
Esta novela de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) que ahora Tusquets ha rescatado del olvido (la primera edición es de 1996), es la historia de una turbulenta conspiración, la que en los años veinte del pasado siglo Ortega y Gasset dirigió para conseguir terminar de una vez por todas con la novela realista y que Galdós se hundiese totalmente en el olvido. Ortega, resentido por no haber podido triunfar, a pesar de haberlo intentado, en esta modalidad narrativa, se propuso desacreditar este modo de narrar poniendo en marcha una Generación Poética de los Años Veinte que impidiera el desarrollo de cualquier tipo de narración que no fuera la vanguardista y deshumanizada.
Ortega no quería acabar con la novela, sino deshumanizarla, eliminar de ella los personajes humanos y sus pasiones para así acabar con el realismo proveniente del diecinueve. En este asombroso y maquiavélico proyecto estaba incluida la creación de una editorial, la Revista de Occidente, para que fuera fagocitando a todas aquellas otras que publicasen novelas realistas. Como es sabido, el catedrático de Metafísica teorizó ampliamente en artículos y ensayos (recuérdese en este sentido La deshumanización del arte), para crear este nuevo gusto literario, este nuevo arte, una nueva concepción de la novela en la que desaparecieran la trama y se desdibujasen los personajes. Se trataba de crear una minoría elitista, selecta, de jóvenes autores que con sus nuevas obras fueran dando cuerpo a la nueva deshumanizada literatura.
La Residencia de Estudiantes de Madrid es el centro del complot, y allí se adoctrinaba en este nuevo estilo artístico a los nuevos artistas, a los que luego la masa seguiría. Para ello, Ortega y sus secuaces no reparaban en nada, y si había que matar se mataba, quitando de en medio a todo aquel que se opusiese a este proyecto.
En la Residencia, en la que se aloja el poeta Juan Ramón Jiménez, se celebran conferencia a las que acuden, además de Ortega y el poeta andaluz, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala y Unamuno entre otros, pero allí también tienen lugar reuniones secretas de la llamada Junta de Apoyo a la Juventud y las Artes, en las que, además de Ortega, Juan Ramón y Gómez de la Serna, participa la plana mayor de la Residencia. En una de esas reuniones, la celebrada el 4 de noviembre de 1923, se decide, a petición de Juan Ramón Jiménez, dar entrada en el grupo de minoría a Dámaso Alonso y a Rafael Alberti.
La nueva generación de escritores que propugnaba Ortega era también un negocio fabuloso, y se aseguraba a quienes financiaban este empeño, pues gente hubo que soltaron la pasta por ello, que en quince años proporcionaría un Nóbel y un mártir.
En la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar viven tres amigos: Santos, Martiniano y Patricio, venidos de provincias a estudiar en Madrid. Patricio Cordero Pereda se ha empeñado en ser novelista, pues de casta le viene al galgo: su tío es el inmortal novelista José María de Pereda, quien se le aparece para convencerle de su talento literario y animarle a publicar la novela que tiene escrita. Pero Patricio se topa con esa conspiración en la sombra dirigida por el inmortal filósofo y todo se complicará hasta límites insospechados.
Y estos hechos suceden en el Madrid de los años veinte y treinta, años en los que el fascismo emergente convive con los movimientos obreros anarquistas y comunistas y los intentos de la República por acompasar España y Europa. En esa época y en los cafés, calles y tertulias del Madrid de aquellos años se desarrolla la historia de amistad de estos tres residentes que terminará rompiéndose como se rompió la República y las ilusiones de muchas gentes con el golpe militar del general Franco y la Guerra Civil.
Ahí también terminó la Generación del 27, pues, si bien todos los poetas continuaron escribiendo, a excepción de Lorca, fusilado en Granada en los momentos iniciales del levantamiento militar, lo hicieron diseminados y diezmados por el exilio, como Alberti y Cernuda, o acallados en el exilio interior, como Aleixandre y Dámaso Alonso.
Si quieren disfrutar leyendo, no lo duden: esta novela de Orejudo no les va a defraudar, ni el en fondo ni en la forma. Que no es poco para los tiempos que corren.
Entrevista al autor en el programa A vivir que son dos días (Cadena Ser)
Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias.
Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 379 páginas. 20 €.
Ya está bien de seguir atado a esa rutina de ciudadano medio pendiente del saldo que aparece impreso en el resguardo del cajero a fin de mes, de continuar siendo una víctima del libre mercado, de padecer la globalización y creer que te puedes librar de ella, de ello, redimido por un boleto de lotería o unas columnas de primitiva.
Los tiempos oscuros están a punto de pasar a mejor vida y pronto conoceremos las claves para salir del oscuro agujero en que nos ha metido la historia, el euribor, las tendencias imparables del mercado y cómo se han puesto los precios.
Estamos a punto de conocer los secretos de esa clase de gente que pensabas que ya no existía, a la que creías sumida en el olvido de los nuevos tiempos: los progres. Sí, los progres, aquellos que cantaban esas canciones que aún eres capaz de tararear, los que se ligaban a la chica que te gustaba como quien no quiere la cosa, los que decían que ir a clase era un rollo, los que no estudiaban pero luego aprobaban más asignaturas que tú, los que se enrollaban con ese profe interino del departamento que les pagaba las cervezas en el bar de la facultad, aquellas cervezas que acabaron siendo certezas, pues ahora son los que dirigen esos departamentos, los mismos que viven en adosados en los barrios residenciales, hablan maravillas de su todoterreno, despotrican de la sociedad de consumo, el sistema capitalista y el cambio climático a la vez que pagan las cañas en la taberna de diseño con su visa oro.
Estos progres sin barba ni melena, sin trenca, con traje de Armani y pantalla de plasma, lista de la compra por Internet y ecuatoriana en casa recogiendo el dormitorio de los niños, que ahora votan a la gaviota sin un pestañeo, sin recordar los títulos de los libros de Marta Harnecker que se apilaban en su mesilla, y les ríen las gracietas a ese descubrimiento apellidado Pizarro, estos progres, digo, van a quedar expuestos a la mirada escrutadora de aquellos que lean este libro esclarecedor que puede cambiarles la vida. Sí, has leído bien: un libro que puede cambiar tu vida.
¡No desaproveches la oportunidad que este libro te ofrece por unos pocos euros!
Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos

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Ian McEwan, Chesil Beach
Traducción de Jaime Zulaika
Edit. Anagrama. Barcelona 2007. 184 páginas. 16 €.
El escritor Ian McEwan (Aldershot, Inglaterra, 1948) ha demostrado sobradamente su capacidad narrativa en la distancia larga (Expiación, 435 páginas), en la media (Sábado, 328 páginas) y ahora viene a corroborar sus excelentes dotes de narrador en la distancia corta con su última novela: Chesil Beach (184 páginas), todas ellas traducidas al español en la editorial Anagrama.
McEwan es junto con Martin Amis (recuérdese Koba el Temible, magnífica novela-ensayo), Julian Barnes (la novela El loro de Flaubert y los cuentos de La mesa limón son buenas muestras de su quehacer), y Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día) la parte más sólida del grupo de novelistas que cierta crítica ha denominado el “dream team” de la narrativa británica actual o generación de los Young British Novelists. Estos autores han sabido conectar con un amplio público lector con textos atractivos y cuidados que en alguna ocasión han sido llevados al cine con excelentes resultados. Y si recientemente hemos visto en pantalla la adaptación de Expiación, parece más que probable que pronto suceda lo mismo con la última novela de McEwan, legitimado por la crítica literaria anglosajona gracias a premios como el codiciado Booker en 1998, obtenido por Ámsterdam.
La historia que se nos narra en Chesil Beach arranca con una pareja de jóvenes cenando en su habitación. Florence y Edward apenas llevan unas horas de casados y han ido a pasar su primera noche juntos en un hotel cerca de la playa de guijarros de Chesil Beach, al sur de Inglaterra.
Edward, que había nacido en 1940, la misma semana en que empezó la batalla de Inglaterra, es licenciado en historia, y pertenece a una familia que está en los escalones más bajos de esa indefinible clase media. Su padre es director de una escuela de primaria y su madre, que vive en un caos mental a causa de un accidente que la tuvo unos días en coma, pinta cuadros que nunca llega a terminar y se pasa días enteros con la bata sin ocuparse de nada. “Daño cerebral” es la expresión con la que el padre le explicó un día al niño Edward el estado de su madre. En casa, las camas nunca se hacen, rara vez se cambiaban las sábanas y en el baño se acumula la mugre.
Florence, una muchacha de clase media alta, es violinista. Su madre es profesora de Filosofía en la universidad y su padre un dinámico hombre de negocios. Viven en una gran casa elegante, con servicio, dos automóviles y comidas caras y sofisticadas. En ocasiones Florence acompaña a su padre en el barco al otro lado del Canal. Le apasiona la música y su ideal es dedicarse al cuarteto en el que de alguna manera se podría decir que lleva la voz cantante.
En la Inglaterra de principios de los sesenta esta pareja son en muchos aspectos unos perfectos desconocidos el uno para el otro, y la perspectiva de una cama a unos pocos metros abre espacios de libertad hasta ahora insospechados. Es esta una época en la que hablar sobre las dificultades sexuales es poco menos que imposible, y en la que muchos jóvenes acudían al matrimonio vírgenes en todos los sentidos; apenas unas caricias era todo lo que el noviazgo había dado de sí en muchas parejas timoratas y educadas en esa moral que está entrando en sus momentos finales para dar lugar a una época nueva.
Tal es el caso de Florence y Edward en las escenas iniciales del arranque de la novela, magistralmente contadas por un narrador omnisciente que nos va desvelando el ansia y la excitación de él ante la perspectiva de poder abrazar desnuda a la que ya es su mujer, esa mujer a la que apenas ha besado y acariciado tímidamente el pecho. Lleva más de un año pensando en ese momento en que una parte de él se alojará en una cavidad natural de ella, y el miedo al fracaso pugna con su deseo de éxtasis.
Florence siente una angustia difícil de expresar, a la que intenta denodadamente sobreponerse; pero esta puede más que ella y experimenta una suerte de repulsión que no puede controlar. A su mente se precipitan palabras leídas en algún manual que se asocian inevitablemente al dolor: membrana, glande, penetración… Así es como el narrador va construyendo sutilmente esa corriente de pasión y deseo, repulsión y náusea, que parece que va a terminar arrastrando a estos personajes envueltos en el limo de la represión, los tabúes y las diferencias de clase.
Edward y Florence son protagonistas involuntarios de los últimos estertores de ese tiempo de resabios postvictorianos que dará paso a una nueva época, en la que las relaciones personales se basarán en decir lo que realmente se piensa, en la que las palabras sinceras habitarán de manera natural en las parejas, al margen de códigos intransigentes y castradores. Edward y Florence son víctimas de ese tiempo agonizante en el que el sentimiento de culpa prevalecía sobre el placer, y ello les hará tomar una decisión que marcará el sentido de sus vidas.
La novela se organiza en cinco capítulos en los que la mirada y la voz del narrador van superponiendo el presente y el pasado, para que el lector entienda en toda su dimensión lo que va a suceder en la habitación de ese hotel en el momento después de Edward deslizara su mano bajo el vestido de ella y la posase sobre su muslo, apenas rozando la tela de sus bragas.
La trama es casi intrascendente en un principio, previsible incluso; pero el oficio del autor planea sobre el texto y el lector atento pronto percibe la tensión entre la pareja, el abismo emocional que se abre entre ellos y que se hace cada vez mayor a medida que son incapaces de comunicarse lo que realmente piensan y sienten, hasta la memorable escena de la playa, en el quinto y último capítulo. Es la resolución del final de la novela lo que la convierte en un texto espléndido y contradictorio. Pero permítaseme dejar aquí las cosas, no vaya a ser que acabemos desvelando demasiadas claves de lectura, y le arrebatemos al lector su incuestionable privilegio como tal: ser el que tenga la última palabra.
Mi hermana me ha dicho que “cuento demasiado” en estas reseñas, y que eso compromete en exceso la lectura. Bien, espero que este no haya sido el caso, y, si algún día decide leer esta novela, que en su lectura le acompañe el ruido de fondo de las olas lamiendo los guijarros de Chesil Beach y mis comentarios no le impidan disfrutar de la emoción de esta pequeña gran novela.
PS: Parece ser que Pedro Almodóvar está trabajando en la adaptación cinematográfica de esta novela. Ya veremos qué hace el manchego con ella…
Aquí pueden leer el primer capítulo o descargárselo en formato pdf.
El autor habla de su obra:
Parte 1
Parte 2:
Hay un instante en la recepción de la obra de arte en el que el receptor nunca estará tan cerca del creador y de su obra como lo está en ese momento.
Es un momento fugaz, apenas un efímero instante, en que el lector ante el libro, o el espectador en el patio de butacas o el oyente en la sala de conciertos o el observador en un museo, siente ese algo inefable que lo conecta brevemente con la magia de la obra de arte, con el espíritu que alienta en el interior de la misma, con el creador en el instante mismo de la creación.
Eso que se percibe en ese momento de conmoción, a veces tremendamente perturbador, es para muchos aquello mismo que el artista quiso que se sintiera en la captación de su obra. Es apenas un instante, pero un instante sublime, en el que el tiempo parece detenerse y todo lo demás deja de existir. Ciertamente, aunque este momento no es extensible a todos los receptores, y tampoco se pueda precisar con exactitud a quiénes, lo cierto es que sucede en ocasiones y así lo han podido experimentar determinadas personas acaso especialmente sensibles o dotadas en ese momento de una especial sensibilidad. Ese receptor, entonces, se siente también de alguna manera creador, pues está contribuyendo en su captación e interpretación al sentido de la obra, que adquiere así una plena dimensión de sentimiento y emoción.
Esta idea de la recepción de la obra artística proviene del Romanticismo, movimiento artístico que, frente a lo que parece suceder en la actualidad, privilegiaba la manifestación de los sentimientos y en el que el artista era considerado un ser excepcional, dotado para la expresión de aquello que los demás no podían expresar. Es, por tanto, un concepto emparentado con el irracionalismo, que a su vez da entrada en el pensamiento decimonónico a los impulsos vitales, al poder de lo individual, aspectos definidores en cierta manera de la modernidad surgida con el Romanticismo y que se proyectará a lo largo de todo el siglo XX; una nueva manera de entender al individuo y sus impulsos vitales enfrentados a la racionalidad de un mundo objetivo, manera que se opone al concepto de consumidor del arte actual, banalización del arte y ligereza.
En 1979 la psiquiatra italiana Graziella Magherini observó y describió más de cien casos de turistas visitantes de la ciudad de Florencia que sufrieron vértigos y desvanecimientos, especialmente en la Galleria degli Uffizi. Denominó al fenómeno “síndrome de Stendhal”, enfermedad psicosomática caracterizada por síntomas tales como una elevación del ritmo cardiaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones, que se producen cuando el individuo se expone a una “sobredosis de belleza artística” al contemplar esculturas, pinturas y obras maestras del arte. La patología descrita por la psiquiatra italiana debe su nombre a Stendhal, escritor francés del siglo XIX, quien describió detalladamente las sensaciones que experimentó en su visita en 1817 a la Basílica de la Santa Cruz en Florencia, Italia, y que publicó en su libro Roma, Nápoles y Florencia: “Saliendo de la Santa Croce sentí los latidos de mi corazón, la vida para mí se había acabado, caminaba temiendo caer”, escribe el francés. Resulta particularmente llamativo, afirma Magherini, que la mayoría de las personas aquejadas de este “mal” sean turistas norteamericanos.
El síndrome de Stendhal es la más clara expresión expresión romántica de la contemplación de la belleza y la exuberancia del goce artístico, tal y como se manifiesta en las caras, gestos y actitudes de algunos de los espectadores que ven y oyen cantar a Farinelli “Lascia ch΄io piangia”, en la representación de Rinaldo, la ópera de Händel (Deja que llore/mi suerte cruel / y que añore la libertad), en una de las escenas más emotivas de la película de Gérard Corbiau. Más de uno habrá que piense, a la vista de ello, que no es exactamente una patología, sino un raro privilegio.
Los creativos que realizaron este anuncio publicitario para el modelo A8 de la marca de automóviles Audi supieron hacer un buen uso de ese halo de romántico misterio. Repárese en la voz en off que narra la sucesión de secuencias del vehículo envueltas en una sugerente melodía, secuencias todas ellas rodadas de noche, con un halo de niebla y misterio, paisaje de luces y sombras, para finalizar con un fundido a negro y un texto altamente significativo: “A veces la perfección resulta difícil de soportar”, toda una irracionalista declaración de principios, y una excelente lección de la unión efectiva de la referencialidad objetiva de las imágenes del coche y los diversos y subjetivos valores connotativos que a estas añaden la ambientación, la música y el texto. Realidad objetiva y perturbación de ánimo. Pregúntese el lector, pues, si este anuncio acaso no apela a ese otro yo más profundo y elevado que todos llevamos dentro, a ese algo de irracional que nos hace diferentes a los demás, a lo pasional y sentimental que en nosotros habita, esa zona oscura que a veces nos da miedo..., y todo surgido de la contemplación de un sofisticado producto tecnológico de nuestros días como es ese automóvil. ¿Acaso hay algo más contradictoriamente romántico que esto?
Recientemente, la siquiatra italiana ha descrito lo que denomina síndrome del David de Miguel Ángel, pero esto será objeto de otro comentario.
Les recomiendo esta interesante web sobre la Guerra Civil española, rigurosa, documentada y actualizada.
Con la intención de ser un sitio neutral y objetivo donde conservar la memoria de esos años difíciles, ofrece al visitante interesado en esta época de la reciente historia de España un sitio donde obtener información de lo más variada en un formato manejable y funcional. Cuenta, además, con foros en los que poder participar de una manera más activa.

Masuji Ibuse, Lluvia negra
Prólogo de Jorge Volpi
Traducción de Pedro Tena
Edit. Libros del Asteroide. Barcelona 2007. 388 páginas, 21.95 €
El 6 de agosto de 1945 estalla sobre Hiroshima una bomba de uranio. En la ciudad están Shigematsu Shizuma, su esposa Shigeko, y su sobrina Yasuko, que junto a otros miles de habitantes se convierten en hibakushas (víctimas de la radiación). Yasuko, que estaba a más de 10 kilómetros del epicentro de la explosión, fue alcanzada por la contaminada lluvia negra que se precipitó sobre Hiroshima después de que el hongo cubriese la ciudad, y que fue la causante de una contaminación que causó graves heridas y en muchos casos la muerte.
Cuatro años después de la rendición de Japón, la sobrina recibe una propuesta de matrimonio, y Shigematsu, para contrarrestar los rumores de que la muchacha está enferma del mal de la radiación, envía a la intermediara casamentera un certificado de salud de su sobrina. Yasuko, preocupada, le muestra a su tío el cuaderno de su diario personal correspondiente a 1945, y este decide entonces que transcriba las entradas del mismo a partir del 5 de agosto para mandárselo a la intermediaria. En el diario, la sobrina relata el episodio de la lluvia y el tío, cuando lo lee, decide entregarle también a la casamentera su propio relato de esos mismos días.
La novela se estructura en veinte capítulos de desigual extensión, narrados por un narrador en tercera persona omnisciente y cuya voz se va alternando con la trascripción del diario de Shigematsu escrito en primera persona y que este titula “Un diario de la bomba atómica”, más otros diversos documentos. De esta manera, las tribulaciones que viven los personajes en el presente, una vez que han asimilado el nuevo orden de las cosas, se van alternando con el relato de lo sucedido en la ciudad entre los días 6 y 15 de agosto que Shigematsu cuenta en su diario. Esta polifonía es un verdadero acierto compositivo de la novela que pone de manifiesto el oficio del autor, en plena madurez como narrador cuando la escribió.
El relato de Shigematsu, personaje y a la vez narrador, da entrada al sufrimiento de anónimos ciudadanos que vivieron aquellos terribles días de agosto, y nos acerca, desprovisto de patetismo y grandilocuencia, a los devastadores efectos de la bomba sobre la ciudad de Hiroshima y sus habitantes. Es un relato que en ocasiones se aproxima al esquema del documental, distanciado, con pretensión objetivista, casi como un documento fotográfico, en el que el personaje-narrador refiere lo que ve como observador en un estilo sencillo, sin efectismos de ningún tipo, funcional, a veces casi descarnado, con una prosa cuidada y altamente eficaz.
Aunque el diario de Shigematsu parece en primera instancia de carácter expositivo, encierra verdaderamente una argumentación sobre los horrores de la guerra, una auténtica intrahistoria que se contrapone a la grandilocuencia de la historia oficial, escrita siempre por los vencedores, que induce al lector a adoptar una postura moral, un posicionamiento en el que no es ajeno lo relatado por Shigematsu. En este caso, es esa voz de los vencidos la que lleva al lector a las terribles vivencias de esos miles de anónimos ciudadanos que padecieron las secuelas del primer bombardeo atómico. La Muerte desfila ante los ojos del lector, y baila su macabra danza con todos sin excepción: militares, jóvenes, viejos, niños, mujeres… es el fuego apocalíptico que se ha abatido sobre la ciudad y sus habitantes.
Para redundar en la eficacia del relato, además del diario de la sobrina y el tío, el autor, en un esquema próximo a la docuficción, introduce en la novela documentos como “La dieta en Hiroshima durante la guerra”, la carta del doctor Hosawaka, o fragmentos de las “Notas sobre el bombardeo de Hiroshima, por Hiroshi Iwatake, Reserva Sanitaria”, dando a la novela la forma de muñeca rusa: una historia que contiene a su vez otras. Todo ello contribuye, como dijimos anteriormente, a la polifonía de este magnífico relato, una novela necesaria para conocer aquellos acontecimientos, que en la línea de textos como el Diario de Hiroshima de un médico japonés (6 de agosto – 30 de septiembre de 1945), de Michihiko Hachiaya, o Hiroshima, de John Hersey, introducen al lector en el epicentro histórico de aquel singular acontecimiento que cambió la concepción de la guerra, de la vida y de la muerte, acercándole al dolor y al sufrimiento de los vencidos, en un momento en que ya eran tales.
Esta novela es una buena muestra de la literatura entendida como conocimiento, y, si aceptamos que para interpretar en toda su dimensión el siglo XIX se hace necesario leer a Galdós, Clarín, Sthendal o Flaubert, igualmente es necesario leer Lluvia negra para comprender uno de los episodios más traumáticos del siglo XX.
Aún hoy, muchos se siguen preguntando si aquello fue realmente necesario. Libros como este no dan respuestas, simplemente nos obligan a hacernos más preguntas.
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