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El realismo honesto de Antonio Ferres

El realismo sigue vigente, y más aún en estos tiempos que corren de incomunicación y de mensajes no solicitados que constantemente nos asaltan envueltos en miles de imágenes, configurando así toda una ceremonia de la confusión. Me refiero al realismo narrativo o, si se quiere, a la novela realista o de corte realista.
Este realismo se manifiesta especialmente en aquellas novelas que contienen una ética que les confiere el difícil estatuto de novelas auténticas, de esas que el lector reconoce como verdaderas obras de arte de la escritura narrativa, aquellas que contienen en sí mismas un universo único, cerrado y completo. Novelas que de alguna manera aspiran a la totalidad, novelas bien armadas, que arrastran en su lectura al lector más exigente y dejan lesionados por el camino a los más apresurados; novelas en las que brilla una prosa poderosa, de limpia factura, de tal manera que discurso e historia se encuentran a la par, sin que uno prevalezca innecesariamente sobre el otro; así, el discurso está al servicio de la historia en la medida que ésta lo está al servicio de aquél.
El lector de estas novelas, obviamente el buen lector, enseguida percibe la dimensión del texto, su auténtica naturaleza, y se siente deudor con su autor, pues reconoce en su escritura un acto de intención que lo implica a él y sólo a él: la configuración de un mundo que existe en el texto en la medida en que también existe en el imaginario del lector. Lector y texto configuran así un diálogo de significados profundos a partir de significantes explícitos e implícitos. El sentido del texto reconocido por el lector, coincide o se acerca al sentido del texto concedido a éste por el autor. La lectura de la novela se convierte entonces en un acto de reconocimiento de sentido fruto de una indagación. Como ejemplo de lo dicho podría citar la novela de Almudena Grandes Los aires difíciles, de la que probablemente hablaré en otro momento, pues ahora quiero hacerlo de Antonio Ferres y de dos novelas suyas recientemente publicadas: La piqueta y Los vencidos.
La carrera literaria de Antonio Ferres comenzó en 1954, año en que obtuvo el Premio Sésamo de cuentos. Por esa época de los últimos años cincuenta y primeros sesenta empezaba a triunfar la llamada novela del realismo social o socialrealismo — Jesús López Pacheco, Armando López Salinas, Alfonso Grosso y el propio Ferres, principalmente—, que había estado precedida por el realismo crítico u objetivo de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Ana María Matute, García Hortelano y Sánchez Ferlosio, entre otros.
Conviene recordar ahora que, mientras los autores del realismo crítico han obtenido o recuperado un lugar de prestigio y respeto en la historia de la literatura española del siglo XX, los novelistas del realismo social fueron enjuiciados negativamente —salvo alguna excepción— porque habían caído en una literatura excesivamente politizada y poco literaturizada (generación de la berza). Una literatura que da testimonio de los más desfavorecidos, de los perdedores de la guerra, los represaliados, siempre ha resultado incómoda.
Es por ello que creo que en estos momentos en los que la figura del escritor comprometido, enfrentado al sistema, ha sido sustituida por el complaciente y asimilado, se debe agradecer la publicación de esas dos novelas de Antonio Ferres.
Nace Antonio Ferres en Madrid, barrio de Argüelles, en el invierno de 1924. Recuerda en sus memorias que cuando acaba la Guerra Civil contaba quince años y en 1940 empieza a trabajar en el Servicio de Recuperación Artística y a la vez estudia para entrar en la Escuela de Peritos Industriales donde conoce a Jesús López Pacheco. Con éste y otros amigos, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, frecuentan tertulias y recitales de poesía en los que entran en contacto con opositores al franquismo.
En los cincuenta empieza a trabajar en el Laboratorio Central de Materiales de Construcción, allí conocerá a Armando López Salinas, del que se hace buen amigo. Por esa época conoce también a Juan Eduardo Zúñiga, a Juan García Hortelano y a Rafael Conte.
En el 56 tienen lugar las primeras protestas del movimiento estudiantil, uno de cuyos cerebros, según informes de la Brigada Político Social, era Enrique Múgica Herzog, militante del PCE por aquellos años. También fue detenido en una de aquellas redadas Luis Martín Santos, que dentro de unos años publicaría la novela que puso fin oficialmente al realismo social, Tiempo de silencio. Por aquella época tuvo lugar el Congreso de Jóvenes Escritores, con participación de Ferres y Pacheco.
En 1957 realiza un viaje a las Hurdes con López Salinas, quien le puso en contacto con el Partido Comunista. Ambos relatan ese viaje en el libro Caminando por las Hurdes, editado en 1960. En 1958 López Pacheco había publicado una de las novelas fundamentales del realismo social, Central eléctrica; al año siguiente Ferres publica La piqueta y seguidamente se publican La mina, de López Salinas, y La zanja, de Alfonso Grosso. Fue por esa época, finales de los cincuenta, cuando Juan Goytisolo, acompañado de Simone de Beauvoir y de Florance Malraux, Hija de André Malraux, visita Madrid y recorren bares y tertulias con Ferres y López Pacheco.
En 1964, se marcha a Francia, y de ahí a México, donde ejerce de profesor y traba amistad con Max Aub. De México marcha a Estados Unidos, a la Universidad de Illinois. Hace esporádicos viajes a España en los setenta, a donde regresa en 1976, encontrándose con una sociedad disparatada y extraña, según sus propias palabras.
Actualmente reside en Madrid, donde se le puede ver pasear con su barba blanca por el Barrio de Maravillas.

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Aunque la novela del realismo social, o socialrealismo, fue sistemáticamente menospreciada, también produjo obras de un importante valor artístico, a pesar de las urgencias por la denuncia. Este es el caso de Antonio Ferres, un autor honesto, del que recientemente se han editado, como dije antes, dos novelas: La piqueta y Los vencidos, así como el primer tomo de sus memorias, Memorias de un hombre perdido.
La piqueta, publicada con éxito en 1959 —un buen momento para la novela con carga social—, está escrita con una clara voluntad testimonial: el novelista testigo de su época. La historia es muy simple pero muy dramática. Una familia de inmigrantes de Jaén, que vive en una chabola de Orcasitas, en el extrarradio de Madrid, recibe la noticia de que su casa será derribada por el Ayuntamiento. A partir de ese momento, la familia que habita la casa se siente perdida, en la incertidumbre de no saber qué será de ellos. Esa familia forma parte de los vencidos en la guerra, y aunque esto no se diga de manera explícita, es fácilmente deducible por el lector atento.
Creo que la novela puede tener sentido en los tiempos que corren, y no sólo como documento histórico —la España de la autarquía— y literario —la novela del realismo social—, sino también por el compromiso ético y político de denuncia de su autor de una sociedad sometida por una dictadura. Había que contarlo y contarlo así, a la manera de Antonio Ferres.
La segunda novela, Los vencidos, es un caso ciertamente extraño en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Escrita en 1960, hasta ahora no había sido editada en España y ha estado todos estos años sumida en un olvido forzoso, a pesar de haber sido traducida a diversas lenguas.
La novela, que se inicia en los últimos días de la Guerra Civil en Madrid y finaliza con la victoria de las potencias aliadas sobre el eje y las expectativas de una intervención en España por parte de las potencias democráticas, se centra en la historia de tres personajes: Asunción, cuyo marido ha sido hecho prisionero en la caída de Madrid; Vidal, médico catalán compañero del marido de Asunción en las cárceles franquistas, y Miguel Armenteros, oficial de prisiones, antiguo oficial franquista cuyo padre fue fusilado por los republicanos.
Estos personajes se articulan en dos bloques narrativos. El primero en torno a una esperanza individual: Asunción espera encontrar vivo a su marido. El segundo, en torno a una esperanza colectiva: que los aliados acaben con el régimen de Franco y devuelvan a España la democracia. Ambas resultan fallidas.
El narrador narra con tono documental la tragedia individual y colectiva de la Guerra Civil, no exento de toques de lirismo que el lector puede apreciar en otros textos de Ferres, y deja que hablen los personajes (el diálogo es uno de los aciertos de la novela) y es a través de ese diálogo como se va levantando la tragedia de lo narrado.
Leer ahora esta novela no es un intento estéril de recuperación de un pasado que definitivamente no fue mejor, sino un acto de justicia y reparación por una parte de un novelista que dice tanto o más por lo que calla que por lo que cuenta, y por otra de una tendencia narrativa que intentó en unos tiempos difíciles, mediante la denuncia de las amarguras y penalidades de los más desfavorecidos, contribuir a la construcción de un mundo más justo. Los tópicos también se rompen leyendo.
Domingo, 05 de Junio de 2005 19:45 #. Las lecturas del lector a la sombra

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gravatar.comAutor: Anónimo

sta chida

Fecha: 10/02/2006 23:25.


gravatar.comAutor: rodrigo

hola

Fecha: 10/08/2006 01:45.


gravatar.comAutor: Lucero

hola, el articulo me parece muy interesante, realmente es completo y de gran ayuda para los consultantes...
Gracias por estos buenos textos.

Fecha: 28/11/2007 01:05.


gravatar.comAutor: jeferson gutierritos

todo es poshco y la respuesta es osho

Fecha: 12/03/2008 02:03.


gravatar.comAutor: MJ

PONGAN ALGO MAS CONCRETO SOBRE EL REALISMO SOCIAL

Fecha: 29/03/2008 18:24.


Autor: eduardo laporte

Buen post. Gran trabajo.

Fecha: 13/06/2008 09:11.


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