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Leyendo a la sombra

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Una mujer en Berlín

Existen ciertos libros que son en sí mismos, independientemente de su lectura, todo un mundo, obras que en su publicación y posterior recepción por el lector han recorrido un camino de avatares que los ha ido conformando poco a poco como obras excepcionales; esa clase de libros que dejan en su camino letraheridos.
Es cierto que toda obra, por el mero hecho de su unicidad, tiene un componente de excepcionalidad, incluso bastantes de las que se han incorporado fácilmente a la cultura de masas conservan, no obstante, dicho componente.
Pero sucede a veces que ciertos libros, en el momento mismo de su gestación por parte del autor y la subsiguiente escritura, empiezan ya a convertirse en algo especial, y si a ello añadimos unas determinadas circunstancias que afectan a su publicación y lectura, entenderemos entonces el por qué de su excepcionalidad. Podríamos decir, incluso, que esos libros gozan de una suerte de vida interior, un corazón de papel que late acompasadamente. Y ese latido es el que le llega al lector en estado puro, estableciéndose así una rara sincronía entre literatura y vida.
Permítanme que ejemplifique lo anteriormente expuesto con un caso concreto.
Berlín. 20 de abril de 1945. Cuatro de la tarde. Una mujer escucha desde un refugio antiaéreo el fragor de la batalla. Las tropas rusas ya están en la ciudad y los combates se libran en ocasiones cuerpo a cuerpo, pronto oirá hablar de las atrocidades de esos soldados. En ese momento, esta mujer inicia un diario, escrito para su novio, que redactará entre abril y junio de 1945 en tres cuadernos de notas y algunos trozos sueltos de papel. Tiene que escribir a la luz de las velas en el sótano. No hay contacto con el mundo exterior apenas y sólo los rumores circulan por la ciudad, la radio y los teléfonos callan y la prensa es inexistente.
Unos mese después del final de la guerra puede corregir sus notas, que entregó a Kurt W. Marek, un amigo, crítico y periodista que logró sobrevivir a la guerra a pesar de haber participado en ella como combatiente alistado a la fuerza por los nazis. Marek publica el manuscrito en los Estados Unidos en 1954 sin que figure el nombre de la autora. En 1959, una editorial suiza publica el texto original, anónimo, en alemán. El libro tuvo una fría y hostil acogida en Alemania. Aún estaban recientes las heridas y desgarros de la guerra y el sentimiento de culpa que invade a la sociedad alemana imposibilita la comprensión de un texto como este.
Hans Magnus Enzersberger, quiso editar el libro en Alemania pero le fue imposible localizar a su autora, y desconocía quién tenía la propiedad sobre los derechos de autor. Marek murió en 1972 y Enzersberger logró contactar con su viuda, quien le dijo que Anónima —como aparece en la edición española— no había querido que su libro se editase en Alemania mientras ella viviera. En el año 2001 la viuda de Marek le dijo que Anónima había muerto, y el texto se publica en Alemania en 2003. Ahora se edita en España.
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Viernes, 11 de la noche, en el refugio, a la luz de una lamparilla de petróleo, mi libreta sobre las rodillas. Hacia las diez cayeron tres o cuatro bombas seguidas. Simultáneamente se puso a aullar la sirena de alarma. Eso significa que ahora la accionan manualmente. No hay luz. Desde el martes hay que bajar las escaleras a oscuras. A tientas y a trompicones. En algún lado chirría una dínamo manual arrojando sombras gigantescas sobre la pared de la escalera. El viento sopla a través de los cristales rotos y hace traquear las persianas para el oscurecimiento que ya nadie se preocupa de bajar... ¿Para qué?
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En esa cueva, en esa catacumba del miedo, esta mujer escribirá sin compasión sobre lo que está pasando. Apenas sabemos de ella, excepto que, al parecer, era periodista y que su implacable mirada sobre sus conciudadanos y los vengativos vencedores registra el derrumbamiento de un mundo en el que las principales víctimas serán las mujeres.
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De los tres soldados rusos que estaban junto a la panadera se ha esfumado uno entretanto. Los otros dos siguen a su lado discutiendo. El oficial se entromete en la conversación, sin tono de mando, de igal a igual. Capto varias veces la expresión Ukas Stalina (decreto de Stalin). Este decreto parece tratar de que no suceda “eso”. Pero naturalmente ocurre, tal como me da a entender el oficial encogiéndose de hombros. Uno de los dos reprendidos replica. Su rostro está contraído en una mueca de cólera. “¿Y qué entonces? ¿Qué hicieron los alemanes con nuestras mujeres? Grita: “A mi hermana la...” etcétera, no entiendo todas las palabras pero sí su sentido.
De nuevo trata de convencerle el oficial con mucha calma. Al mismo tiempo se va retirando lentamente hacia la puerta del refugio. Y tiene a los dos también fuera. La panadera pregunta con voz ronca: “¿Se han marchado?”
Asiento con la cabeza, pero por precaución salgo a ver al pasillo oscuro. Y ahí me pillan. Los dos estaban ahí al acecho.
Grito, grito... Detrás de mí se cierra con un sonido sordo la puerta del refugio. Uno tira de mis muñecas haciéndome avanzar por el pasillo. Ahora tira de mí también el otro poniéndome la mano en la garganta de tal manera que ya no puedo gritar, y ya no quiero gritar por temor a acabar estrangulada. Ahora tiran los dos de mí. Ya estoy tendida en el suelo. Del bolsillo de la chaqueta se me escapa algo que tintinea. Deben de ser las llaves de mi casa, mi manojo de llaves. Llego a tocar con mi cabeza el peldaño más debajo de la escalera, siento en la espalda la humedad fría de las losetas. Arriba, junto a la puerta entreabierta por la que se cuela algo de luz, uno de los hombres hace guardia mientras el otro desgarra mi ropa interior, haciéndose camino violentamente...

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Unas 110.000 mujeres de Berlín fueron brutalmente violadas en la semana en que la ciudad permaneció en poder de las tropas rusas. Los maridos, padres, hermanos o novios de estas mujeres permanecieron escondidos.
Estos hechos todavía hoy estremecen al lector, y son fácilmente comprensibles los recelos de la sociedad alemana al afrontar lo que se cuenta en un texto como este.
Aún hoy, muchos años después de aquellos acontecimientos, hay quienes piensan que Alemania tuvo que expiar sus culpas en el sufrimiento infligido a la población civil (recuérdense los bombardeos de ciudades como Dresde en los últimos días de la guerra, con el ejército nazi prácticamente derrotado) y especialmente a las mujeres.
Reseña de Cecilia Dreymüller en Babelia, suplemento cultural del diario El País, del sábado 8/10/2005.
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Anónima, Una mujer en Berlín. Traducción de Jorge Seca. Edit. Anagrama. Barcelona 2005. 323 páginas. 18 €.
Sábado, 08 de Octubre de 2005 20:46 #. Las lecturas del lector a la sombra

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gravatar.comAutor: Gatito viejo

"Lector a la sombra " cómo me ha gustado tu post . He disfrutado contigo de esta lectura que has hecho de un libro que se me antoja escalofriante ,cuyo conocimiento es tan necesario que no tardaré por pasarme por la librería para adquirirlo y leerlo con devoción ,como si de un libro sagrado se tratara , porque estos libros me interesan mucho por su gran fuerza testimonial .Gracias por hablarnos de él .Saludos

Fecha: 09/10/2005 11:59.


Autor: Gatito viejo

Quería decir "No tardaré en pasarme por la librería "

Fecha: 09/10/2005 12:03.


Autor: Portorosa

Qué horror, qué horror.
Y nada cambia, no aprendemos absolutamente nada.

Fecha: 10/10/2005 09:33.


gravatar.comAutor: Meritxellgris

A todo el mundo le llega su hora de salir como víctima. Después de las escalofriantes noticias sobre los judíos, ahora salen a la luz las pobres víctimas alemanas que también tienen derecho a nuestra compasión y a mirar las cosas desde la otra perspectiva, desde los derrotados que lo pasaron luego tan mal como los otros. La justicia es eso: poner a cada uno en su sitio. De todas maneras, qué pocas cosas sabemos aún de lo pasó...

Un abrazo.

Fecha: 11/10/2005 20:49.


gravatar.comAutor: Rosa Camps

Una traducción excepcional en un momento oportuno. Todo lo que se publique como testimonio de las atrocidades de TODAS LAS GUERRAS es y será poco. Gracias.

Fecha: 28/11/2005 17:32.


gravatar.comAutor: Josetxo

Estoy de acuerdo en la visión que se da del horror y de los atropellos de las tropas soviéticas sobre la población femenina, pero creo que además es un fresco magnífico de un tiempo de cambios, donde se pasa del ambiente asfixiante de los refugios antiaéreos, a las tropelías del ejercito rojo, y cuando estos abandonan la ciudad, como esta comienza a reorganizarse desde las cenizas. Ayuda mucho a la lectura el hecho de que no abunde mucho en los detalles más macabros (que alguno lo hay)

Fecha: 12/12/2005 17:35.


gravatar.comAutor: Josetxo

Estoy de acuerdo en la visión que se da del horror y de los atropellos de las tropas sovieticas sobre la población femenina, pero creo que además es un fresco magnífico de un tiempo de cambios, donde se pasa del ambiente asfixiante de los refugios antiaereos, a las tropelias del ejercito rojo, y cuando estos abandonan la ciudad, como esta comienza a reorganizarse desde las cenizas. Ayuda mucho a la lectura el hecho de que no abunde mucho en los detalles más macabros (que alguno lo hay)

Fecha: 12/12/2005 17:36.


gravatar.comAutor: raul

En cualquier guerra el peligro mas grande y que desacredita a todo el genero humano es: transformarse en el enemigo.
Los rusos que violaron y cometieron atrocidades son iguales que los nazis que hicieron lo mismo. Son la misma raza.
Lo humano siempre pervive. Las mujeres.
Este siglo 21 sera el mas nefasto para la humanidad. Los hombres intentaran una vez mas arrasar la vida en la tierra, y las mujeres y los niños seran nuevamente las victimas.
Pero el siglo 22 sera por fin de la humanidad.
No habra guerras porque ninguna mujer querra ser militar.
No mas violaciones
no mas desapariciones
no mas borracheras
no mas golpes
no mas...
Tampoco dejaran a los hombres serlo. Y no los dejaran porque todo el poder sera de ellas. Por fin.

Fecha: 27/12/2008 20:15.


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