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Leyendo a la sombra

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La caja de conchas (I)

   —¿Puedo llevarme esta caja?

   —Claro. Mamá siempre dijo que te podías llevar lo que quisieras, ya lo sabes —lo dijo indolentemente, mirando hacia la ventana pero sin ver el jardín, con un tono neutro, el mismo que habría empleado para decir que el tren trae retraso o que la sopa está sosa.

   Había llegado a la casa muy temprano, casi dos horas antes de la cita concertada con su hermana. Lo había preferido así; de esa manera tendría tiempo de recorrer el pueblo, tomar un café en algún sitio y ver cómo había cambiado todo. Aparcó el coche en la plaza y recorrió durante un buen rato las calles. Algunas le resultaban vagamente familiares, otras, por el contrario eran totalmente desconocidas para él. El pueblo había crecido bastante en estos veinticinco o treinta años. Ya no era aquel lugar que se ordenaba a lo largo de la carretera que lo cruzaba de parte a parte. Barrios nuevos con impersonales adosados con la parabólica en la fachada evidenciaban la llegada de los nuevos tiempos; barrios que ahora le resultaban extrañamente familiares y que contrastaban con la iglesia románica que apenas era visible en el altozano por la neblina lechosa de la mañana.

   El pueblo empezaba a cobrar vida. La gente asomaba a las calles y algunos cruzaban la plaza mirando con curiosidad mal disimulada el lujoso coche negro. Hacía frío. Es la época, pensó, si no te hielas en Segovia en diciembre, no lo vas a hacer en agosto.

   Cuando regresó a la plaza, donde había dejado el coche, pensó que aún tenía tiempo de tomar un café, pero se dirigió hacia la iglesia. El tenue sol iba arrastrando los jirones de la neblina y conforme se acercaba pudo comprobar los efectos de una esmerada restauración sufragada por el correspondiente fondo europeo. La piedra del pequeño monumento parecía más viva en todos los muros y contrafuertes excepto en una parte del lienzo sur, en donde se mostraba oscurecida y algo mohosa. Todavía se distinguía perfectamente junto a la entrada la leyenda que encabezaba una lista de doce o quince nombres: Caídos por Dios y por España. Permaneció durante unos minutos observando atentamente los efectos de la restauración y supuso que cuando en algún luminoso y funcional despacho de Bruselas una comisión de pulcros funcionarios libra una partida de fondos de cohesión para España nadie tiene ni la más remota idea de que en un pueblo de Segovia todavía queda el perenne recuerdo de aquella media España que se impuso a la otra media. El recuerdo le trajo a la boca la palabra ignominia y con ella vino el recuerdo del padre, que en cierta ocasión le habló delante de esta misma lista conmemorativa de comedores de Auxilio Social, de cartillas de racionamiento y del fusilamiento en Madrid del abuelo Luis. ¡Victoria! Y una mierda, dijo el padre, venganza, pura venganza, y le puso la mano en el hombro y le dijo algún día te hablaré de ello. Y de ello hablaron años después el padre y el hijo, con gran disgusto de la madre. Y volverían a hablar en los veranos que siguieron a aquel día; todos los veranos en los que Carlos, ya estudiante de Medicina en Madrid, iba unos días al pueblo de vacaciones y después de cenar salían a fumar un cigarro al jardín padre e hijo.

   Regresó a la plaza donde estaba el coche y entró al bar. Pidió que le sirvieran el café en una de las mesas que se asomaban a la plaza. Descorrió ligeramente los visillos y se sentó de espaldas a la barra. Intentaba no pensar, sólo mirar. O al menos no pensar qué hacía allí después de casi veinte años, la mañana de un sábado de diciembre, a cinco o seis grados bajo cero.

   Había recibido una llamada telefónica de su hermana tres días antes. Anoche murió mamá. El entierro es mañana, le dijo una voz de mujer al otro lado del teléfono. Si quieres venir ya sabes dónde es. Mañana, a las cuatro de la tarde. Pensó que a las cuatro de la tarde en diciembre quedaría poca luz y tal vez lloviera, eso había dicho el hombre del tiempo. El hombre del tiempo, como decía su padre. A su memoria acudió la imagen en blanco y negro de un señor con gafas, con un puntero en la mano señalando el mapa de la Península y hablando de un anticiclón y un barco en el océano, el barco K. Tal vez lo del barco sea producto de su imaginación. Pero al hombre con gafas y cara redonda lo recordaba perfectamente. Era el único momento en que su padre permanecía atento a la imagen en blanco y negro. Lo demás ya me lo sé, decía, es como el parte de Radio Nacional, la misma filfa. La madre miraba al niño y a la niña y luego al padre, Carlos, por Dios, no hables así delante de los niños. Pero el padre sólo atendía a las isobaras, a las borrascas y a las altas presiones que el hombre del puntero iba desgranando meticulosamente, y cuando acababa la información del tiempo esperaba siempre la pregunta, invariablemente la misma, día tras día, padre, ¿qué tiempo va hacer mañana?

   No había sido capaz de pedirle más detalles a su hermana. Para qué. Ya sabía lo suficiente. Su madre había muerto y la enterraban el viernes en el pueblo, en la tumba donde enterraron al padre. Eso lo sabía bien, se lo había oído decir a su madre en muchas ocasiones, tantas que no le resultaba desagradable recordarlo ahora.

   El café amargaba, pero le amargaba más la sensación de estar allí como de prestado, sentía lo que sentiría un viajante que tiene que hacer noche en un hostal de carretera y entra de mala gana a pedir una habitación y a soltar las consabidas explicaciones.

   —Perdone. ¿Usted es el hijo de don Carlos, el médico, verdad? —El viejo tendría unos ochenta años y le hablaba desde el interior de una pelliza, una gorra y una bufanda. En el bar había calefacción y a pesar de ello el hombre permanecía frente a él abrigado. Los escasos árboles del jardincillo que ocupaba el centro de la plaza tenían desnudas las ramas y esa visión no hizo sino acrecentar la sensación de desvalimiento que el anciano abrigado le produjo. Se levantó cansinamente de la silla intentando disimular lo que la pregunta lo importunaba.

   Los escasos parroquianos que a esa hora se desayunaban los miraban sin disimulo. El hombre de la barra parecía aparentemente ajeno a lo que sucedía en el bar, pero una mirada más atenta nos lo muestra observando la escena en los espejos en los que se reflejan los ventanales y el jardincillo de la plaza.

   —Sí, efectivamente, soy el hijo del médico —lo dijo como si recitara un texto costosamente aprendido, mientras le daba la mano al viejo que lo saludó efusivamente.

   —Ya me pareció raro no verte ayer en el entierro... —Le tuteó el viejo al tiempo que volvía a meter la mano sarmentosa y temblorosa en el bolsillo de donde la había sacado.

   — ...

   —Bueno, quiero decir que vimos a tu hermana y pensamos que...

   —Me resultó imposible venir...  —Depositó unas monedas sobre la mesa y se puso el abrigo y la bufanda—. Bueno. Ahora tengo que marcharme. He quedado en verme con Ana en la casa..., en mi casa.

   No le dio tiempo al viejo a elaborar una respuesta y sin mirar atrás salió del bar. El frío le adelantó la sensación que dentro de unos minutos notaría cuando recorriera el jardín de la casa de la carretera de la estación.

   Cuando llegó a la casa su hermana lo esperaba dentro del coche, con el motor en marcha. Se saludaron formulariamente y antes de que la mujer avanzase apenas un metro en dirección a la entrada, la detuvo suavemente sujetándola por un brazo.

   —Si no te importa, me gustaría ver la casa solo. Espérame en el coche o vete a tomar un café. Veinte minutos, dame sólo veinte minutos.

   La mujer se arrebujó en el abrigo de piel, revolvió en su bolso durante unos segundos con la mano enguantada y le entregó un llavero con dos llaves.

   —La llave grande es la de la cancela, pero lleva rota unos meses, con que empujes con fuerza es suficiente. Voy a tomar un café, en veinte minutos estoy aquí. La llave pequeña es la de la casa, bueno, ya sabes.

   La cancela se abrió con un pequeño empujón y el jardín le pareció enseguida mucho más pequeño de como lo recordaba. Estaba todo descuidado y el sauce seco le daba un aire de abandono que le resultó hiriente.

 

Miércoles, 28 de Diciembre de 2005 00:33 El lector a la sombra #. Fotos veladas

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Autor: Portorosa

Mucho va a tener usted que explicar en la segunda parte, Lector.

Fecha: 28/12/2005 10:57.


gravatar.comAutor: Grial

Creo que reservo el comentario para el final...
Un beso :)

Fecha: 28/12/2005 21:57.


gravatar.comAutor: Meritxellgris

Pues a mí me gusta así, tal cual. Nos ha ido preparando el ambiente para llevarnos a un determinado lugar de desolación y ha conseguido su propósito: ¿quién no ha sentido ese ineludible deber como una losa sobre los hombros?

Muchos así en el año nuevo, por favor. Crean adicción.

Un fuerte abrazo.

Fecha: 29/12/2005 19:46.


Autor: El lector a la sombra

Lo cierto es que aún no sé qué es lo que este hombre busca en esa casa, o qué es lo que se va a encontrar. No tengo otra opción que la de que seguir escribiendo si quiero (queremos) saber más. ¿No les parece, amables lectores?

Fecha: 29/12/2005 23:17.


Autor: La donna è mobile

Aquí, a la mitad del camino, me parece un relato muy bien ambientado, y tal como dice Meritxell, bien perfilado hacia su continuación. Me gusta mucho, Lector, :-)

(Voy a leerme la segunda)

Fecha: 04/01/2006 22:02.


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