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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Navigare necesse est, vivere non necesse

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   Antoni García Porta publicó en el año 2001 una novela notable, El peso del aire, que pasó desapercibida en el confuso panorama narrativo de este país, engullida por la vorágine de las novedades que se suceden a una extraña y sospechosa velocidad en los estantes de las librerías o, para ser más exactos, en las mesas de novedades de los nuevos espacios culturales (eufemismo que hace referencia a los departamentos de libros de FNAC, El Corte Inglés, Hipercor, y establecimientos por el estilo).

   Ya en aquella novela me pareció que el autor apuntaba maneras, oficio y control sobre lo narrado en un texto que revitalizaba de algún modo el género negro, tan poco cultivado por estas tierras, contando una historia que se desarrolla en la Barcelona actual. La novela tiene una buena arquitectura que le da solidez. Pero ya digo, me parece que pasó desapercibida y no llegó a tener el reconocimiento que se merecía de los lectores. Tal vez en un futuro la reconozcan en alguna película, pues de su trasvase al cine podría obtenerse un buen producto si el guión lo “lee” un buen director.

   Recuerdo que por aquellos años, recién iniciada la década del dos mil, tenía bastante tiempo libre, o, para ser más exacto, disponía de ese tiempo pastoso que se enreda en las agujas del reloj y fosiliza las hojas del calendario, el tiempo de los parados. Ciertamente, el tiempo de una persona recién entrada en el paro es algo curioso. Aparece un día de manera inadvertida y toma asiento en uno como si fuera el propietario. En los primeros días te sume en un duermevela existencial que acabas por conocer: no te lleva a ninguna parte, pero es igual, la indiferencia toma posesión de ti y lo notas nada más levantarte. Pero cierto día tu vida da un giro —luego sabrás que no es sino una ilusión: llevas girando sobre ti mismo todo el tiempo—, y decides hacer algo, y lo primero que haces es constatar la importancia que ha cobrado en tu vida la palabra algo. Resulta que tú creías que la palabra algo era una palabra vacía, sin un contenido concreto, pero ahora empiezas a comprobar que es una palabra pesada, tremendamente pesada, hasta tal punto que llegas a sentir su peso sobre los hombros. Intentas sobreponerte y te dices: debo hacer algo. En mi caso ese algo fue leer. No sólo leer, evidentemente. Por aquel entonces mi segunda hija apenas tenía un año y mi dedicación a ella fue para mí un curso intensivo, no sabría decir muy bien de qué, pero intensivo. Callaría parte de la verdad si omitiese que la abuela hacía el curso conmigo, e incluso muchos días iba a clase por mí. Excuso dar explicaciones sobre las excelentes relaciones que hoy en día  mantenemos mi hija y yo con la abuela.

   Como he dicho leía, y tenía mucho tiempo para leer, y decidí establecer entonces un sistema. Ya había pasada a la acción y me pareció meritorio que la palabra sistema comenzase a desplazar a la palabra algo. Me llevó su tiempo, pero di con la fórmula, o al menos eso creí entonces: dedicaría una parte del tiempo a estudiar la oposición (actividad que consiste básicamente en leer temas) y la otra parte a leer libros (actividad que consiste básicamente en leer libros para que la otra actividad no te deprima). Pronto comprendí que lo de los temas había arrinconado a la palabra algo, lo cual tiene una impagable ventaja, y es que mis familiares y amigos ya no me decían tienes que hacer algo, o la variante algo tendrás que hacer. Quien sepa de esto me entenderá sobradamente. Lo cierto es que fue en aquella época cuando más contribuí a aumentar el índice lector de este país, y no lo digo precisamente por los temas.

   Por aquel entonces frecuentaba la librería Crisol (c/ Juan Bravo, Madrid), y hasta allí me llevaban cuatro razones: la más obvia, la de comprar libros; por otra parte, estaba cerca del trabajo de mi mujer, aprovechaba para recogerla después; los dependientes mostraban poco interés en el cliente, practicaban la indiferencia en todo momento, y disponía en aquellos años de unos bancos situados discretamente al fondo del local que me permitían sentirme y sentarme bastante cómodo. En uno de esos bancos empezaba a leer el libro que había escogido deambulando por los pasillos y si creía que la cosa prometía, lo compraba; en caso contrario lo devolvía al sitio de donde lo había cogido. Y en uno de esos bancos un día empecé a leer El peso del aire. Al rato salí de la librería con el libro bajo el brazo.

   La novela me gustó, y volví a recordarla un día de julio de 2003 cuando en una de las mesas de novedades de FNAC me topé con otra novela del mismo autor: Singapur. La compré sin pensármelo dos veces.

   El personaje principal de la novela es Laura, una mujer que se dedica a viajar (ha sido pintora y ahora se dedica a la fotografía). La novela es un diario que Laura escribe, sin fechar las entradas, para apuntalar su vida, una vida sin objetivos, vivida en el día a día, que trata de llenar con el tabaco, la bebida y el mundo de relaciones que la hacen sentirse viva. Cuando el lector entra en el diario Laura está en Sant Pol, junto a Margot, su madre, enferma de Alzheimer (curiosa relación la de Alzheimer y Literatura). La narradora nos refiere lo que hace ella sola o con su madre. Con frecuencia surge la figura del Arquitecto, marido de Margot y padre de Laura, ya muerto, enterrado en Singapur, ciudad en la que desarrolló una parte importante de su obra. Pero ese recuerdo del Arquitecto planea sobre la madre de una manera especial; en efecto, Margot  en el último tramo de su vida, preocupada por su hija y con un profundo sentimiento de aceptación de la muerte, teme olvidarlo a cusa de la enfermedad.

   Singapur es la ciudad del pasado, la ciudad de la felicidad, un mundo que se va diluyendo en la mente de Margot. La novela avanza en planos que se van sucediendo o entrecruzando, como las fotografías de playas desiertas que hace Laura. La línea de sombra que separa los recuerdos del olvido.

   A Karen Blixen, la escritora danesa autora de Lejos de Africa y Cuentos de invierno, su marido le contagió la sífilis siendo aún muy joven, y durante gran parte de su vida sufriría las terribles secuelas de esta enfermedad. Padeció dificultades para caminar, ataques de vómito imprevisibles, deterioro del sentido del equilibrio, dolores abdominales paralizantes y anorexia, más tarde complicada con úlceras. A pesar de su gran valor físico y su desdén por la debilidad, en ocasiones sus sufrimientos eran tales que se deslizaba de la silla en que estaba sentada y se echaba en el suelo “aullando como un animal”. Cuando murió pesaba treinta y cuatro kilos. Fue en esos últimos años cuando solía hablar de las tres formas de la perfecta alegría en la vida. La primera era la cesación del dolor; la segunda, sentirse rebosante de fuerza; y la tercera, el convencimiento de estar cumpliendo el propio destino. A pesar de sus grandes sufrimientos físicos, era esta última la que de verdad valoraba, porque al contrario que las primeras, que podían considerarse un don de la naturaleza, era una conquista de la voluntad. También una decisión ética. La decisión de hacer suyo su solitario destino, sin reparar en los inconvenientes que esto pudiera acarrearle.

   Es esa decisión de Margot y Laura de hacer suyo su destino lo que poco a poco va cobrando cuerpo en la novela en fragmentos sugerentes que se suceden en una narración depurada, mínima y concisa, que envuelve al lector:

......

   Margot se ha preparado para morir. Para iniciar el viaje definitivo, ha dicho. Prefiere morir con las fa­cultades plenas, consciente de sus actos. A veces, ha confesado, veo las cosas con claridad. Me ha pregun­tado si es posible ver las cosas con claridad. Tiene miedo de que sea un espejismo de la misma enfer­medad. Un engaño que le hace la vida más llevadera, aunque sólo sea durante unas horas o unos minutos. Se ha arreglado y se ha maquillado para tener un as­pecto digno. ¿Qué le digo al Arquitecto?, ha pregun­tado. Dile que le quiero, le he dicho, y que le echo de menos. Anochecía. Luego se ha tendido a un lado de la cama, me ha cogido de la mano y la ha apretado con fuerza antes de cerrar los ojos. Había un aire de feli­cidad en su rostro mientras dormía. He necesita­do un par de martinis para seguir escribiendo. ¿Para qué sirve escribir? ¿Para qué sirve fumar? He rebus­cado en el bolso hasta encontrar la postal del Altes Museum y la he reconstruido sobre la mesita de no­che, juntando sus piezas. Margot respira profunda­mente. Ahora pienso en ella, a mi lado, cada vez más cercana a la muerte, y pienso en las series, en la ópe­ra y en las fotografías y pienso en mañana.

......

   Al viejo ideal de mens sana in corpore sano, Karen Blixen acostumbraba a oponer otro más sutil: Navigare necesse est, vivere non necesse, que viene a decir que es más importante no detenerse que vivir. O dicho de otra forma, que lo importante no es tanto la vida en sí como lo que somos capaces de hacer con ella.

   No aprobé la oposición y en una reforma de Crisol quitaron los bancos. Bajé los temas al trastero, donde todavía siguen. Meses después encontré trabajo. De vez en cuando me subo a una silla a colocar en una balda de la librería el libro que he acabado de leer. De algunos de ellos les voy hablando aquí.

....

A. G. Porta, El peso del aire. Edit. El Acantilado, Barcelona 2001. 311 páginas, 16.56 €.

A. G. Porta, Singapur. Edit. El Acantilado, Barcelona 2003. 159 páginas, 9 €. 

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gravatar.comAutor: Portorosa

Perdona por tardar tanto en volver desde mi último mensaje.
Por mi parte, debo decirte que la espera ha valido la pena, pues creo que éste ha sido, de tus textos, el que más me ha gustado hasta ahora. Me ha encantado.

Un abrazo muy fuerte, y que sigas subiéndote a esa silla.

Fecha: 01/06/2006 12:50.


gravatar.comAutor: Meritxellgris

Yo también quiero felicitarte por este magnífico post. Ay, la literatura siempre tirando de nosotros con sus poderosas garras jejejee Sigue por favor ilustrándonos con estos libros recomendados, que seguro que no nos defraudan.

Un abrazo.

Fecha: 01/06/2006 23:49.


gravatar.comAutor: Pedro Quiñones

Me ha gustado más el libro de Porta con Bolaño, el escritor chileno. El primero que escribieron, a dúo. Tiene partes prescindibles pero es mucho mejor y atrevido, opino, que los libros de Porta en solitario, que son interesantes pero que no alcanzan a ser redondos. Hay algo siempre que falla en ellos, aunque no pueda explicar muy bien. Tu reflexión es de todos modos muy oportuna. Dejo aquí otras propuestas por si te animas, o se anima otro amigo, a leerlas:
la última novela de Julián Rodríguez, "Ninguna necesidad" que compré en la Casa del Libro y uf, su mejor libro y dura dura. Está en Mondadori. Ahora veo a menudo un blog suyo en la página de la Fnac, Club Cultura, que me tiene enganchado porque no es de comentario sobre esto y lo otro sino como si fuera un diario real del escritor, y hay recomendaciones semanales que hace el mismo autor de otros libros y de discos y enlaces a otros blogs donde hayinformaicón sobre sus libros y su trabajo. En una de esas recomendaciones llegué a una novela de Rodrigo Rey Rosa que ha publicado hace poco Seixbarral, "Caballeriza". No había leído nada del autor aunque sí sabía de él. Me he enganchado también. Llevo leidos ya dos novelas y un libro de cuentos que me ha sorprendido mucho. Mi última recomendación sería la obra completa del uruguayo Onetti que está publicando ya el Círculo de lectores.

Fecha: 18/06/2006 11:20.


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