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Mujeres en el Lager (I)

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  A media que las tropas americanas iban liberando los campos de concentración algunos mandos instaban a los soldados que tenían cámaras fotográficas a dejar constancia del horror que iba apareciendo ante sus ojos, fotografiando aquello que tenían ante sí y cuya contemplación les llenó de horror desde los primeros momentos. De esta manera se obtuvo un importante material gráfico de primera mano de aquella locura que los curtidos soldados americanos grabaron para siempre en sus retinas y en sus carretes.

  A pesar de que las tropas tenían prohibida la confraternización con los civiles alemanes, pronto tuvieron lugar los primeros contactos entre soldados y paisanos. En las primeras conversaciones entre la tropa y paisanos de pueblos y ciudades próximos a los campos inevitablemente surgieron preguntas sobre esos terribles lugares de exterminio.

  Los soldados comentaron sorprendidos a sus mandos que muchos ciudadanos alemanes les insistían en su absoluto desconocimiento sobre esta cuestión, mostrando su escepticismo ante lo que los soldados les relataban. No sabían, no habían visto, no habían oído... Muchos soldados se mostraban indignados ante esa indiferencia, ese no saber, y algunos propusieron a sus mandos que se llevase a los campos a quienes decían no saber ni haber visto nada, para  que pudieran ver allí ver las fosas comunes, los crematorios, con sus propios ojos. Hubo mandos que accedieron a esta propuesta y bastantes ciudadanos alemanes fueron obligados a contemplar aquello que muchos decían desconocer.

  El propio general Dwight Eisenhower, relató en sus memorias su visita al campo de concentración de Buchenwald, el 13 de abril de 1945: “Visité cada rincón del campo porque sentí que, desde ese momento, era mi obligación estar en condiciones de dar un testimonio de primera mano sobre esas cosas, en caso de que en mi país aumentara la presunción de que “las historias de la brutalidad nazi eran sólo propaganda”. Algunos miembros del grupo de visitantes fueron incapaces de atravesar esa experiencia. Envié comunicaciones tanto a Washington como a Londres, exhortando a ambos gobiernos a que mandaran en el acto a Alemania a diferentes editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debía ser presentada inmediatamente a los públicos norteamericano y británico de una manera que no dejara ningún lugar a dudas cínicas”.

  La mujer que vemos en la fotografía pasa apresuradamente, con una mano tapándose la boca, ante decenas de cuerpos exhumados. Lo hace con los ojos apenas entreabiertos, como si quisiera seguir resistiéndose a no saber. Al fondo, una fila de soldados americanos contempla la escena. La fotografía fue hecha por Edward Belfer el 17 de mayo de 1945. Por aquella fecha muchos alemanes habían arrancado ya la doble S de su uniforme, o quemado algún documento comprometedor.

  Seguramente esa mujer no sabe nada de la pertenencia a las juventudes nazis de un tal Joseph Ratzinger, ni conoce a un  muchacho de diecisiete años que se sintió orgulloso la primera vez que se vistió con el uniforme de las Waffen SS. Es mejor no saber, apresurar el paso y hurtar la mirada.

  Pero hubo otras mujeres que no cerraron los ojos ante el horror y dieron testimonio de ello. Mujeres que un día decidieron escribir y traspasaron su mirada al papel. Esas miradas abrieron otras y por ellas también supimos del horror y la barbarie que vivieron las víctimas del sistema concentracionario del Tercer Reich.

  Aunque la mayor parte de los testimonios sobre los campos de concentración es de hombres —recordemos la imprescindible trilogía de Primo Levi, o las obras de Jean Améry, Jorge Semprún, Elie Wiesel, J. Amat-Piniella, entre tantos otros—, recientemente está apareciendo entre nosotros el testimonio de las mujeres, la barbarie no entendía de sexos, en obras que, en palabras de Primi Levi, “transmiten dolorosa sabiduría del mundo, lo que demuestra que la autora no padeció en vano” (prólogo a  El humo de Birkenau). Me referiré aquí al testimonio de tres de ellas: Liana Millu, Margarete Buber-Neumann y Helene Holzman.

  Liana Millu nació en Pisa en 1914 en el seno de una familia judía. Se dedicó a la enseñanza, pero fue apartada de la docencia por las leyes racistas del estado italiano en 1938. En 1943 se integra en la Resistencia, fue arrestada por la Gestapo al año siguiente y deportada a Auschwitz-Birkenau, de donde logró sobrevivir. Murió en febrero de 2005.

  Millu es autora del libro de relatos El humo de Birkenau, publicado en 1947, el mismo año en que Levi publica Si esto es un hombre. El libro lo constituye un conjunto de seis relatos escritos en primera persona, hay una clara identificación entre narradora y autora, protagonizados por mujeres, en la línea de la literatura testimonial propia de este tipo de textos, en los que se evocan distintas historias que la autora conoció en su cautiverio en Birkenau.

  Millu deja de lado la reflexión y análisis sobre lo que le tocó vivir en el campo y opta por un relato objetivo, a veces distanciado, para que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.

  En los cuentos se narran profundas experiencias protagonizadas por mujeres, con la tortura y la muerte como trasfondo. Así, en Lily Marlene, la primera de las historias, se nos refiere lo acontecido a  la joven húngara Lily, que se sonroja cuando le dicen las compañeras que tiene un hochane (enamorado) en el campo. Lily hace labores de costura para una brutal kapo, encargada de llevarlas a un campo, donde trabajan llenando de tierra grandes carretones. Mientras las presas trabajan, la kapo se encierra en una cabaña con su hochane, un preso de un grupo que trabaja cerca. Un día, el hombre sale de la cabaña y le dice a Lily besándola que sea su enamorada. La escena la contempla la kapo, quien golpea brutalmente a la muchacha. Cuando regresan al campo, a la entrada, la columna es detenida: es una selección. La narradora intenta ayudar a Lily, que, abandonada, no quiere luchar más. La kapo le indica al médico que la muchacha no puede trabajar. El médico la aparta de la fila y la secretaria apunta el número tatuado en el brazo.

  En La clandestina se nos refieren los sufrimientos de una prisionera embarazada de siete meses que intenta ocultar su abultado vientre en el convencimiento de que la guerra acabará y su hijo podrá conocer un nuevo mundo y no acabar siendo humo.

  Bruna, la protagonista de Alta tensión, que ve a diario a su hijo trabajar hasta la extenuación entre hombres, corre a abrazarse con él en un último acto de amor a través de la alambrada electrificada: Llegó a los cables y en el instante en que los bracitos se fundían con los de la madre, se produjo un chisporroteo de llamas de color violeta; sacudidos con violencia los cables emitían un zumbido y esparcieron en el aire un olor acre a quemado. [...] Antes de alejarme me di la vuelta: Bruna y Pinin seguían allí, estrechamente abrazados, la cabeza de la madre posada sobre la del hijo, como si quisiera proteger su sueño. La muerte, siempre inevitablemente la muerte. Muerte que no se siente si oyes la alarma aérea (El billete de cinco rublos), la ilusión de la liberación, que si no existe se inventa para poder vivir al menos un día más. Otras veces es un acto de amor, como en Scheiss Egal, protagonizado por una mujer que se alista en el comando de las prostitutas y poder así conseguir comida para su hermana enferma, que la rechaza desde su lecho de muerte, la antesala del horno crematorio.

  En el último de los relatos, Ardua decisión, Lise encuentra el amor en el campo a pesar de todo. O tal vez a causa de todo eso el amor sea un antídoto contra la muerte.

  Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, sostiene que el holocausto ha entrado a formar parte de nuestra cultura y se ha convertido, además, en un mito (con todo lo que ello supone) para la civilización occidental. Es, además, un problema moral. En Sombra larga y oscura señala: “Europa no es sólo un mercado común y una unión aduanera, sino espíritu y espiritualidad. Quien quiera participar en este espíritu, deberá pasar, entre otras cosas, por la prueba de fuego que supone enfrentarse de forma moral y existencial al holocausto”. El humo de Birkenau es una buena manera de hacerlo.

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Liana Millu, El humo de Birkenau. Edit. Acantilado. Barcelona 2005. 196 pág. 14 €. 

Miércoles, 06 de Septiembre de 2006 17:41 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra

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Autor: Meritxell

Siempre traes libros interesantes. Anoto el título porque segurísimo que me gustará. No conozco apenas mujeres que aborden esa temática y es enriquecedor ver su punto de vista en aquellos tiempos del horror nazi.

(¿Qué tal el comienzo de curso escolar? Un abrazo.)

Fecha: 14/09/2006 20:37.


gravatar.comAutor: Gatito viejo

Interesantísimo post. Buenas recomendaciones nos traes. Habrá que leerlas despacio. Saludos

Fecha: 15/09/2006 19:07.


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