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El momento sublime

   Hay un instante en la recepción de la obra de arte en el que el receptor nunca estará tan cerca del creador y de su obra como lo está en ese momento.

   Es un momento fugaz, apenas un efímero instante, en que el lector ante el libro, o el espectador en el patio de butacas o el oyente en la sala de conciertos o el observador en un museo, siente ese algo inefable que lo conecta brevemente con la magia de la obra de arte, con el espíritu que alienta en el interior de la misma, con el creador en el instante mismo de la creación.

   Eso que se percibe en ese momento de conmoción, a veces tremendamente perturbador, es para muchos aquello mismo que el artista quiso que se sintiera en la captación de su obra. Es apenas un instante, pero un instante sublime, en el que el tiempo parece detenerse y todo lo demás deja de existir. Ciertamente, aunque este momento no es extensible a todos los receptores, y tampoco se pueda precisar con exactitud a quiénes, lo cierto es que sucede en ocasiones y así lo han podido experimentar determinadas personas acaso especialmente sensibles o dotadas en ese momento de una especial sensibilidad. Ese receptor, entonces, se siente también de alguna manera creador, pues está contribuyendo en su captación e interpretación al sentido de la obra, que adquiere así una plena dimensión de sentimiento y emoción.

   Esta idea de la recepción de la obra artística proviene del Romanticismo, movimiento artístico que, frente a lo que parece suceder en la actualidad, privilegiaba la manifestación de los sentimientos y en el que el artista era considerado un ser excepcional, dotado para la expresión de aquello que los demás no podían expresar. Es, por tanto, un concepto emparentado con el irracionalismo, que a su vez da entrada en el pensamiento decimonónico a los impulsos vitales, al poder de lo individual, aspectos definidores en cierta manera de la modernidad surgida con el Romanticismo y que se proyectará a lo largo de todo el siglo XX; una nueva manera de entender al individuo y sus impulsos vitales enfrentados a la racionalidad de un mundo objetivo, manera que se opone al concepto de consumidor del arte actual, banalización del arte y ligereza.

   En 1979 la psiquiatra italiana Graziella Magherini observó y describió más de cien casos de turistas visitantes de la ciudad de Florencia que sufrieron vértigos y desvanecimientos, especialmente en la Galleria degli Uffizi. Denominó al fenómeno “síndrome de Stendhal”, enfermedad psicosomática caracterizada por síntomas tales como una elevación del ritmo cardiaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones, que se producen cuando el individuo se expone a una “sobredosis de belleza artística” al contemplar esculturas, pinturas y obras maestras del arte. La patología descrita por la psiquiatra italiana debe su nombre a Stendhal, escritor francés del siglo XIX, quien describió detalladamente las sensaciones que experimentó en su visita en 1817 a la Basílica de la Santa Cruz en Florencia, Italia, y que publicó en su libro Roma, Nápoles y Florencia: “Saliendo de la Santa Croce sentí los latidos de mi corazón, la vida para mí se había acabado, caminaba temiendo caer”, escribe el francés. Resulta particularmente llamativo, afirma Magherini, que la mayoría de las personas aquejadas de este “mal” sean turistas norteamericanos.

   El síndrome de Stendhal es la más clara expresión expresión romántica de la contemplación de la belleza y la exuberancia del goce artístico, tal y como se manifiesta en las caras, gestos y actitudes de algunos de los espectadores que ven y oyen cantar a Farinelli “Lascia ch΄io piangia”, en la representación de Rinaldo, la ópera de Händel (Deja que llore/mi suerte cruel / y que añore la libertad), en una de las escenas más emotivas de la película de Gérard Corbiau. Más de uno habrá que piense, a la vista de ello, que no es exactamente una patología, sino un raro privilegio. 

    Los creativos que realizaron este anuncio publicitario para el modelo A8 de la marca de automóviles Audi supieron hacer un buen uso de ese halo de romántico misterio. Repárese en la voz en off que narra la sucesión de secuencias del vehículo envueltas en una sugerente melodía, secuencias todas ellas rodadas de noche, con un halo de niebla y misterio, paisaje de luces y sombras, para finalizar con un fundido a negro y un texto altamente significativo: “A veces la perfección resulta difícil de soportar”, toda una irracionalista declaración de principios, y una excelente lección de la unión efectiva de la referencialidad objetiva de las imágenes del coche y los diversos y subjetivos valores connotativos que a estas añaden la ambientación, la música y el texto. Realidad objetiva y perturbación de ánimo. Pregúntese el lector, pues, si este anuncio acaso no apela a ese otro yo más profundo y elevado que todos llevamos dentro, a ese algo de irracional que nos hace diferentes a los demás, a lo pasional y sentimental que en nosotros habita, esa zona oscura que a veces nos da miedo..., y todo surgido de la contemplación de un sofisticado producto tecnológico de nuestros días como es ese automóvil. ¿Acaso hay algo más contradictoriamente romántico que esto?

  

Recientemente, la siquiatra italiana ha descrito lo que denomina síndrome del David de Miguel Ángel, pero esto será objeto de otro comentario.

Viernes, 21 de Marzo de 2008 22:48 El lector a la sombra #. Miscelánea

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Autor: Portorosa

¿Y por qué será lo de los norteamericanos? Es muy curioso, ¿no?

¿Menos prejuicios a la hora de acercarse a las obras? ¿Mayor contraste con lo que los rodea en su país?

Fecha: 01/04/2008 08:50.


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