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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2013.



Verano del sesenta y siete

   Aquel curso del sesenta y siete suspendí en junio dos asignaturas de tercero de Bachillerato, latín y matemáticas. No había hecho un mal curso, pero al final las cosas se me complicaron y no pude aprobarlo todo.

   Había estudiado hasta segundo en el pueblo, con  mi padre, que era maestro, y me examinaba en junio por libre en el instituto de la ciudad. Mi padre me marcaba las lecciones y por la tarde, después de volver de la escuela, me corregía los deberes, me explicaba las lecciones y me ponía la tarea del día siguiente. Yo estudiaba por las mañanas en mi cuarto, después de desayunar y de que mi madre hubiera arreglado la habitación. En el buen tiempo lo hacía en el jardín, contra la voluntad de mi madre, que pensaba que me distraía con cualquier cosa. Y era casi verdad. Debajo del emparrado me ensimismaba viendo los gatos pasear indolentes por entre las macetas o dormitar al sol en los peldaños de la escalera que llevaba al desván. Cuando oía los pasos de mi madre, me ponía a la tarea.

   Un día, después de saber que había aprobado segundo, mi padre me dijo muy serio que el próximo curso tenía que ir a estudiar a la ciudad, yo ya no te puedo preparar aquí en casa, y es mejor que tengas profesores para cada asignatura que sepan explicarte las cosas mejor que yo. Me lo dijo mirándome a los ojos y en ellos vi que había tomado una decisión que de alguna manera me cambiaba la vida. Apenas había salido del pueblo y la idea de ir a estudiar a la ciudad me inquietaba a ratos y a veces me daba miedo. Cuando me dijo que tendría que ir interno a un colegio y que vendría al pueblo todos los fines de semana, no dije nada, y entendí que había algo de inexorable en ello. Mi vida, en efecto, ya no sería la que había llevado hasta ahora.

   Y así fue como me marché a estudiar el tercer curso de bachillerato a la ciudad, en un colegio que albergaban los muros de piedra de un destartalado caserón, una especie de palacio pobre que contrastaba con el moderno edificio del casino, frente al cual se alzaba. El internado estaba próximo, en una calle oscura, de estrechas aceras, por las que casi nunca pasaba nadie.

   En junio suspendí latín y las matemáticas. Cuando mi padre me dijo que él no me podía ayudar y que lo mejor era ir a la ciudad a unas clases de repaso durante el verano, no dije nada. Es lo mejor, no te preocupes, y así las aprobarás con toda seguridad en septiembre. Además, dijo, sólo será un rato por la mañana, puedes ir en el ferrobús de las ocho y media y luego volver en el autobús de la una.

   Y así, aquel verano del sesenta y siete, comprendí que mi padre era un maestro de pueblo que ya no me podía ayudar más con mis estudios, y que mi andadura por los libros a partir de aquel momento la tendría que hacer solo.

   Nos levantábamos a las siete y cuarto, desayunábamos y antes de las ocho cogíamos cada uno nuestra bicicleta. Nos poníamos en el tobillo derecho una pinza de metal para no mancharnos el pantalón con la cadena y nos íbamos a la estación, que distaba del pueblo poco más de un quilómetro.

   Pedaleábamos a buen ritmo. Enseguida salíamos del pueblo y enfilábamos la carretera. Mi padre iba delante y marcaba la cadencia del pedaleo. No hablábamos, solo dábamos pedales suavemente. Yo iba viendo la espalda de mi padre, el movimiento acompasado de sus piernas, como si nada ofreciese resistencia, y a la vez sentía cómo la luz lo iba llenando todo, el aire fresco de la mañana me traía los olores del campo, especialmente el de la mies cortada. Aunque me desagradaba ir a la ciudad a repasar las asignaturas que había suspendido, ese paseo en bicicleta era para mí un verdadero lenitivo, y me hacía pensar en lo rápido que pasaría la mañana y que a mediodía comería en casa.

   Llegábamos a la estación bastante antes de la llegada del tren, apoyábamos las bicicletas en una pared y nos sentábamos a esperar. A veces salía a darnos los buenos días el factor, quien invariablemente miraba a las vías y luego a su reloj para decirnos a continuación a ver si hoy viene a su hora.

   El tren paraba apenas un minuto y casi  siempre yo era el único viajero. Me despedía de mi padre, subía al estribo y me sentaba junto a la ventanilla. Cuando el tren se ponía en marcha veía a mi padre coger las dos bicicletas y encaminarse andando al pueblo. En la curva en la que el tren salía de la estación, cuando los vagones ya empezaban a tomar velocidad, pegaba mi frente al cristal y lo volvía a ver, subiendo la leve cuesta caminando hacia el pueblo, sujetando las bicicletas, una a cada lado, por el centro del manillar. Al salir de aquella curva, el tren siempre pitaba.

   En aquella época yo no sabía que el futuro ensaya en la memoria.


Domingo, 14 de Julio de 2013 01:08 El lector a la sombra #. Fotos veladas Hay 1 comentario.

Esta ciudad irá donde tú vayas

Luisgé Martín, La misma ciudad.

Edit. Anagrama. Barcelona 2013.

131 páginas. 13,90 €

 

 

   Brandon Moy es un brillante abogado que trabaja en el piso 95 de las Torres Gemelas. Vive en un apartamento cerca de Central Park con su mujer Adriana y su hijo Brent, y posee una pequeña casa en Long Island.

   El lunes 10 de septiembre de 2001, ya de noche, de camino a casa, se entretuvo un instante a mirar por los ventanales a los clientes del restaurante Continental, uno de los más valorados de la ciudad. Detrás de las cristaleras vio a un antiguo compañero de la adolescencia, al que había perdido la pista desde los años de la universidad, que salía con una mujer del restaurante.

   Moy y su antiguo compañero, Albert Fergus, se saludan efusivamente y este le cuenta al joven abogado la peripecia vital desde los años de la universidad: viajes, diversos empleos, relaciones con mujeres, drogas… En ese instante Brandon siente que su existencia es insignificante, un conjunto de renuncias y humillaciones, de deseos no cumplidos, justo lo contrario a la vida de libertad de Fergus.

   Al día siguiente, se levanta tarde, y camino del trabajo la policía le impide seguir. Las Torres Gemelas han sido atacadas. Brandon tiene un impulso que le va a cambiar la vida: aprovechar esa hecatombe para desaparecer, esfumarse, hacerse pasar por una de las víctimas del ataque y poder vivir sus anhelos e ilusiones perdidas.

   A partir de este momento la historia irá desgranando las peripecias de Brandon relatadas por un narrador que en diversas ocasiones tuvo contacto con él y al que le refirió su impostura y su existencia: de Nueva York a Boston, Madrid, varios países de Hispanoamérica, ciudades italianas…, convertido en Albert Tracy. Una vida muchas veces al filo del abismo.

   La novela se construye a partir de un poema de Kavafis, La ciudad, que se reproduce en la página 79, traducción del poeta Ángel González y que también aparece en la novela de Juan Marsé El embrujo de Shanghai:

Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.

Buscaré una ciudad mejor que ésta

en la que mis afanes no se cumplieron nunca,

frío sepulcro de mi sentimiento.

¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?

Mire hacia donde mire, sólo veo

la negra ruina de mi vida,

tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»

 

No existen para ti otras tierras, otros mares.

Esta ciudad irá donde tú vayas.

Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo

arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo

en idéntica casa.

Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,

ni barcos ni caminos que te libren de ella.

Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:

en todo el mundo la desbarataste.

 

   Esta historia que arranca del atentado a las Torres Gemelas es una profunda reflexión sobre esa crisis de identidad que hace que en un determinado momento veamos nuestra propia vida como un fracaso, frente al triunfo de la vida de los demás. Ese vano empeño de lo nuevo, de lo posible, de lo que no fue, cuando “No existen para ti otras tierras, otros mares./ Esta ciudad irá donde tú vayas”.

   Tal vez lo más interesante del libro sea que todo él es en el fondo una mirada, tal vez una pregunta, sobre la posibilidad de la felicidad.

   Creo que el libro bien merece una lectura, son apenas 130 páginas, y aunque tal vez pueda estar de más alguna peripecia, lo cierto es que el desarrollo de la trama y la contención en el lenguaje, bastante sobrio, por cierto, lo que es de agradecer, hacen que la lectura te enganche.

   Al posible lector le diría que esta novela tal vez sea una digna muestra de esa literatura en la que uno no encuentra respuestas, sino que se le plantean más preguntas. Eso produce una cierta desazón. La vida misma. La misma vida. La misma ciudad. Pero quién dijo que leer nos hace felices…

   “No soy feliz. Pero ahora al menos sé que no podré serlo. No hay incertidumbre, y eso, a mi juicio, es una forma de felicidad”, le confiesa el protagonista al narrador testigo que refiere la historia.

   Al menos leer este libro no deja indiferente.

 

Martes, 16 de Julio de 2013 02:05 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra No hay comentarios. Comentar.


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