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El mar secreto

 

Me pareció cuando entré que la uci de neonatos estaba muy iluminada. Eso me extrañó.

Cinco minutos, dijo la enfermera. Cinco minutos, ¿qué voy a hacer aquí cinco minutos? Estaba de pie frente a una incubadora, dentro de una bata desechable de color verde, mirando a un bebé de apenas un mes que dormitaba sedado. Seguí con la mirada el manojo de cables que le brotaban del pecho hasta unos pequeños monitores con gráficos y cifras cambiantes. Me conmovió la respiración agitada, su pecho subía y bajaba como si hubiera hecho un gran esfuerzo. Le miré los pies y las manos, cerradas, con unas uñas muy pequeñas, casi transparentes. Miré alrededor. Apenas había alguna incubadora vacía, tal vez dos o tres. Las demás tenían al lado monitores con gráficos y números. En algunas de ellas una madre o un padre, supuse, miraban en silencio a su bebé. Solo se oía un leve zumbido y tenues e intermitentes pitidos provenientes de alguno de aquellos aparatos eléctricos.

No recuerdo bien por qué, pero el caso es que hace veintitantos años una tarde de invierno estoy delante de una incubadora en la UCI de neonatos de un hospital, y apenas puedo mirar al bebé, un niño con unos pocos días, no recuerdo cuántos. Antes de entrar ya sabía que el bebé moriría, su pequeño corazón; su futuro, pensaba, limitaba irremediablemente con esa incubadora. Tenía ganas de salir de allí, pero no quería ver a los padres del bebé, con los que había estado en una sala adyacente unos minutos antes. Pensaba qué cara poner, qué decir, a dónde mirar. Salí antes de que se cumpliera el plazo de la enfermera.

Estos recuerdos han venido en oleadas con la lectura de la novela El nadador en el Mar Secreto, del estadounidense William Kotzwinkle. El libro se publicó en Estados Unidos en 1975, ganó algún premio prestigioso y cayó en el olvido. Hasta que en 2012 el libro aparece citado en la última novela de Ian McEwan, y a partir de ahí ha empezado a tener una nueva vida que lo ha llevado hasta la edición en España, en una traducción de Enrique de Hériz, de la editorial barcelonesa Navona.

William Kotzwinkle (Scranton, Pensilvania, 1938) es escritor de novelas fantásticas y libros infantiles, y autor de la versión en novela de la película E.T. El nadador en el Mar Secreto surge como un acto de desesperación a raíz de la muerte de su primer hijo en 1975, al que vio nacer muerto en el paritorio. Después de la autopsia, Kotzwinkle cogió el cuerpo de su hijo, lo metió en una caja y lo llevó en un trineo al lugar en el que lo enterró. Después, se encerró a escribir esta novela corta, apenas 90 páginas en la edición española.

La novela se inicia la noche en que Diane le dice a Laski, su marido, que acaba de romper aguas, y este arranca su vieja camioneta para dirigirse al hospital. Viven en el bosque, rodeados de árboles y nieve y se ponen en marcha por carreteras nevadas y heladas, ejecutando con precisión los gestos ya pensados previamente que los llevarían esa noche a través de cincuenta quilómetros de carreteras solitarias hasta el hospital donde nacería su hijo.

A partir de ese momento el lector se adentra en el texto de la mano de un narrador omnisciente que de una manera extrañamente contenida, minimalista, nos va contando cómo estos dos seres inician un ilusionado viaje hacia la vida, pero desconocen que la desgarradora muerte les espera en ese hospital. Ya no serán nunca los mismos, pues la pérdida siempre permanece ahí, agazapada para siempre, en el mar secreto, ese mar secreto que se ha llevado a su hijo a su abismo. Ese mar, que era el de la inocencia, el de la felicidad deseada, termina siendo el del dolor y el de la muerte.

Ahora vuelvo a recordar aquella incubadora. Aquel niño también era un nadador en su mar secreto. Allí se hundió para siempre en el recuerdo. Me pregunto si alguien más lo recordará.


William Kotzwinkle, El nadador en el Mar Secreto

Edit. Navona. Barcelona 2014. 90 páginas. 11,50 €

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