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Leyendo a la sombra

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Un antropólogo en Marte

A propósito de la noticia del pianista que apareció cerca de una playa en el sur de Inglaterra, he recordado este libro (*) del neurólogo inglés Oliver Saks, autor del espléndido El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Un antropólogo en Marte contiene lo que Saks denomina “relatos paradójicos”, siete historias en las que se nos refiere el potencial creativo de ciertas enfermedades, historias de pacientes en los que los desórdenes neurológicos (amnesia, autismo, etc.) no les han impedido su relación con ciertas formas artísticas o con su trabajo, como el caso del pintor que a causa de un accidente de coche se queda ciego al color (acromatopsia cerebral) y sólo ve en blanco y negro, lo que incide en su nueva manera de entender el mundo; o el de un cirujano que era capaz de operar a pesar de padecer el síndrome de Tourette, caracterizado por tics convulsivos, mímica involuntaria o repetición de las palabras o los actos de los demás, y por pronunciar de una manera involuntaria o compulsiva maldiciones u obscenidades (algunos suponen que Mozart lo padecía); o el caso de Temple Grandin, una autista que es licenciada en zoología, da clases en la universidad y que diseña y construye instalaciones agrícolas. En fin, casos insólitos y verdaderamente apasionantes narrados con un estilo ameno, un libro que al lector a la sombra le pareció fascinante.
Domingo, 22 de Mayo de 2005 19:19 #. Las lecturas del lector a la sombra

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gravatar.comAutor: Palimp

Un libro que siempre me queda pendiente. Algún día conseguiré, por fin, leerlo.
Un saludo.

Fecha: 22/05/2005 20:19.


Autor: Meritxellgris

Sí, la naturaleza humana es sorprendente a más no poder. Yo, estoy intrigadísima con el caso de el pianista . No debe ser muy agradable para él la situación que está viviendo.

Fecha: 22/05/2005 20:36.


Autor: La donna è mobile

A mí no me tiene especialmente pendiente este caso. Supongo que el pobre hombre habrá sufrido alguna experiencia traumática que le haya apartado de su casa, vaya usted a saber cual (últimamente cualquier barbaridad es posible), y lo único que le sale sólo es el acto mecánico de deslizar las manos sobre las teclas. Cuando te aprendes las partituras van solas al sitio, ya no tienes que llevarlas. Lo mismo sucede al escribir a máquina. O al montar en bicicleta.

Anoto su recomendación, y gracias, :-)

Fecha: 23/05/2005 00:16.


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