Blogia
Leyendo a la sombra

Las lecturas del lector a la sombra

La vida es lo que te pasa mientras haces planes para otra cosa

La vida es lo que te pasa mientras haces planes para otra cosa Sam Shepard (Gil Ivy. Fort Sheridam, Illinois, Estados Unidos 1943) se dedicó hasta los dieciocho años a la cría de caballos en su ciudad natal. Después de instalarse en Nueva York, empieza a escribir teatro y estrena Cowboy en 1964. Durante la segunda mitad de la década de los sesenta sigue escribiendo teatro, viaja sin parar por todo el país y toca la batería en el grupo Acid Rock. En los setenta escribe algunos guiones de cine, entre los que destaca el de Zabriskie Point (1970) de Michelangelo Antonioni, y debuta como actor de cine. Por esa época obtiene el Pulitzer por su obra de teatro Buried Child (1979). En los ochenta continúa escribiendo teatro, se casa con la actriz Jessica Lange, con la que protagoniza algunas películas y debuta como director. Es autor del guión de la magnífica París-Texas (1984) dirigida por Wim Wenders.
El escritor, guionista y director de cine Sam Shepard es autor de El gran sueño del paraíso, un excelente libro de cuentos —dieciocho en total, algunos, muy breves, ocupan dos o tres páginas— en los que se centra en la psicología de personajes olvidados por del gran sueño americano de una manera contenida y escueta, sin digresiones superfluas, lo que el lector agradece como una bendición en estos días de exagerado calor.
Los personajes sin nombre que habitan en este libro no fueron elegidos para la gloria, sino para el fracaso. El gran sueño del paraíso también produce soledad, desengaño y fracaso, y como reza el cartel de un bar en el que sirven alitas de pollo: “La vida es lo que te pasa mientras haces planes para otra cosa”.
En estos días del riguroso mes de julio, leer a la sombra los cuentos de Shepard, no es una actividad refrescante precisamente, pero sí muy estimulante, pues el buen lector intuye que hay algo que se le escapa en esos cuentos, y en efecto, lo hay, y eso es precisamente lo mejor, lo que uno percibe que se deja atrás y le hace reflexionar sobre lo leído. Mientras, el calor lo derrite todo ahí fuera. Si pueden, no se lo pierdan.
..........
El gran sueño del paraíso, Sam Shepard. Edit. Anagrama. Barcelona, 2004. 172 páginas.

Expiación, novela de Ian McEwan

En su clásico ensayo sobre la novela, afirma Forster (1) que es esta un producto artístico que se rige por sus propias leyes, leyes que no son las mismas de la vida real; que el aspecto fundamental de una novela es la historia que cuenta, es decir, que la base de toda novela es la narración de unos hechos por una voz, la del narrador, que nos cuenta, desde un determinado punto de vista, la vida de unos personajes complejos que se van conformando a lo largo de la historia, personajes redondos los llama, y que en la desigual batalla que el argumento libra con los personajes, aquél a veces se toma una cobarde venganza, casi todas las novelas se debilitan hacia el final.
Todas esas afirmaciones, excepto la última, se cumplen a rajatabla en la novela de Ian McEwan Expiación (2), haciendo de ella una narración canónica.
Expiación es uno de esos textos que reconcilian al lector con la novela de calidad, la más exigente, aquella en la que late el aliento de las grandes obras. Una novela cuya lectura suscita emoción y que lleva al lector mucho más allá de la lectura, y a este respecto quiero recordar que Lewis sostenía (3) que en un sentido muy evidente toda lectura es siempre una evasión, pues cuando leemos nuestra mente se aparta durante un tiempo de la realidad que nos rodea para dirigirse hacia algo que sólo existe en nuestra imaginación o en la inteligencia. Ahí es a donde esta novela nos conduce: a la imaginación y a la inteligencia.
Expiación colma con creces las expectativas del buen lector, el que busca en la novela la existencia de un mundo autónomo, que se explique por sus propias leyes, leyes que se van configurando según y conforme se avanza en la lectura del texto, de tal manera que llega a percibir que tiene ante sí un complejo artefacto cuyas instrucciones de uso van incluidas en el mismo. Así, la lectura le depara al lector la presencia de personajes complejos, que se van armando también a medida que avanza la trama; personajes redondos, que nos introducen en un universo de pasiones y avatares que dan sentido a lo narrado y con las que el lector siente la experiencia de leer, de conocer vidas distintas a la que le ha tocado vivir, de saber sobre otros, conocer otros destinos humanos inciertos, a veces inexplicables.
Expiación es una novela que necesita una buena lectura, una lectura exigente, y les animo a que la hagan y disfruten de ella como yo he disfrutado. El esfuerzo tiene su recompensa: una novela sólo existe cuando el lector la lee, algo que se hace más que evidente en este caso.
Llegué a esta novela casi por azar, porque al verla en un expositor de la librería recordé los excelentes comentarios que sobre ella me había hecho un compañero de trabajo —gran lector, es inglés y había leído el texto original—, y después busqué algunas críticas en algún suplemento literario (Babelia, El Cultural de El Mundo, el del ABC, Espéculo.... Pensé entonces: si de esta novela se afirma que es buena, hay bastantes probabilidades de que sea una buena novela.
No querría juzgar la novela (¿lo he hecho ya?), sino describirla y compartir con ustedes el placer de su lectura. No esperen mucho más de estas líneas. Si me apuran, les diré, como mucho, que su lectura es absorbente y nos atrapa hasta el final. Final, por cierto, que desmiente a Forster totalmente, pues es ahí donde radica una parte de lo genial y extraordinario de la novela, pero sólo entenderán su verdadero significado cuando lleguen a él.
Si con esto no se ven tentados a leerla, poco más puedo decirles, pero imagínense una señorial casa de campo en Inglaterra, allá por el verano de 1935. Acaban de empezar las vacaciones y Briony, la hija menor de los Tallis, los propietarios de la mansión, se propone escenificar una pequeña obra de teatro para recibir a su hermano Leon que viene de la universidad a pasar unos días acompañado de un amigo rico. También ha vuelto, después de terminar el curso universitario, Cecilia, hermana de Briony y de la que está enamorado Robbie Turner, hijo de una de las criadas de la mansión y a quien el señor Tallis costea sus estudios superiores. Robbie es un hombre inteligente, ha sacado unas notas extraordinarias y quiere estudiar medicina.
En un momento de la mañana, Cecilia y Robbie están hablando junto a la fuente del jardín. Ella sostiene en su mano un valioso jarrón de porcelana, quiere llenarlo de agua para poner unas flores. Robbie le coje el jarrón para ayudarla pero el jarrón se parte y un par de fragmentos caen a la pileta. Cecilia le censura su acción, se quita el vestido y se meta en la fuente en ropa interior para recuperar los fragmentos. La escena ha sido contemplada desde una ventana de la casa por Briony.
A la tarde, invitan a Robbie a una cena en la casa. Antes de acudir, este le escribe a máquina una nota a Cecilia: «Sé que no sirve de excusa pero últimamente estoy de lo más aturdido contigo. ¿Cómo se me pudo ocurrir entrar descalzo en tu casa? ¿Y alguna vez he arrancado la boca de un jarrón?»
Después de leer la nota, sacó el papel de la máquina, metió otra hoja y escribió otra nota: «Te perdonaría si creyeras que estoy loco, por entrar descalzo en tu casa o romper tu jarrón antiguo. La verdad es que me siento bastante aturdido e idiota en tu presencia, Cee, ¡y no creo que el calor tenga la culpa! ¿Me perdonarás? Robbie.» Luego, al cabo de un rato de ensoñación —nos dice el narrador—, se inclinó hacia adelante y tecleó, antes de poderse contener: «En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día.»
Cuando Robbie se dirige, ya a la noche, a la casa de los Tallis a cenar, se encuentra por el camino a la pequeña Briony y decide darle la nota para que se la entregue a su hermana Cecilia. Apenas la niña echa a correr con la carta en la mano, Robbie se da cuenta de que lo que la niña lleva en el sobre es la segunda de las notas...
La intriga y la acción están servidas. ¿Qué el argumento les parece muy convencional? No se preocupen, la forma no lo es. Pero ahí no acaban las sorpresas de esta, digámoslo ya, excelente novela.
................
(1) Aspectos de la novela, E. M. Forster. Debate. Barcelona, 1995.
(2) Expiación, Ian McEwan. Anagrama. Barcelona, 2002.
(3) La experiencia de leer, C. S. Lewis. Alba Editorial. Barcelona, 2000.

De manías y un encuentro

Debo decir de entrada que soy bastante respetuoso con mis manías de lector, y, consecuentemente, lo soy también con las manías de los demás lectores, y lo que voy a referirles a continuación es la, digamos, reciente consumación de una de mis manías de lector, la persecutoria: conseguir un determinado libro, cuando ya creía que era poco menos que imposible, y en este caso concreto, el de un libro de cuentos: Perros verdes.
Bien, ahora que ya conocen el desenlace, vayamos al nudo, al meollo del asunto. Empezaré por una declaración de principios —¿o debería decir declaración del principio?—: soy un enamorado del cuento. Ya sé que corro el peligro de caer en lo cursi e incluso sobrepasarlo, pero qué se le va a hacer, tengo auténtica pasión lectora por el cuento. Si lo prefieren, pueden catalogar esta pasión como manía, eso sí, por favor, en las acepciones 2 y 3 del diccionario de la RAE, que no me voy a molestar (¡Espero no llegar nunca a la acepción 1, sobre todo por lo del “furor”!).
Discúlpenme si les voy pareciendo (¿demasiado?) sentencioso. Soy consciente de que ya van dos declaraciones de principios: la de las manías y la de los cuentos, pero no habrá más, se lo aseguro, la cuota de declaraciones termina por hoy aquí. Dejemos la digresión y volvamos al nudo: leía el pasado 26 de junio una reflexión de Meritxell sobre la novela Nada, de Carmen Laforet, y recordé entonces el curiosos vínculo que mantengo desde años con un libro de su hijo Agustín Cerezales.
Creo que la primera vez que tuve noticia de este escritor fue en el año 1993, cuando leí su cuento "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)" en una antología de Fernando Valls (Son cuentos, Espasa Calpe) en la que se calificaba al libro de donde procedía este relato, Perros verdes, de excelente. Volví a encontrarme el mismo texto en otra antología del cuento español contemporáneo de Cátedra en el año 1994. En el 98 leí algo sobre este autor en Los cuentos que cuentan (Anagrama), y fue entonces cuando empecé a buscar el libro.
Sería muy prolijo relatar aquí las vueltas que di buscando el dichoso libro, ya saben lo de mi manía persecutoria. Recorrí las librerías más importantes de Madrid (tres o cuatro, no crean que hay muchas más), incluso acabé preguntando por el libro en la FNAC y El Corte Inglés, más que nada por aquello de que por preguntar que no quede. Nada. Siempre nada. El libro no existía. Acudí entonces a las librerías de viejo, pero el libro no era tan viejo (Lumen, Barcelona, 1989). Desistí. Pero sólo temporalmente, como luego sabría más tarde.
Iba a decir que pasaron los años, pero me contengo. Lo cierto es que me olvidé del libro, o, para ser más exactos, su recuerdo se fue desplazando hacia alguna zona arrinconada en mi memoria. Y un día, allá por en el invierno de 2002, hablando de novelas y cuentos con mi amigo Ángel, profesor de universidad y crítico literario para más señas, y cuyas opiniones considero generalmente acertadas, salió a relucir el nombre de Agustín Cerezales. Me hablaba mi amigo de una novela suya y de pronto surgió el título: Perros verdes. Por aquello de ser fiel al principio de verosimilitud reproduzco a continuación, diálogo en estilo directo y narrador omnisciente, el fragmento más relevante de la conversación mantenida con mi amigo:
...................................................................
Ángel señaló con un dedo al lector a la sombra y con el ceño fruncido y expresión evocadora dijo:
—Por cierto, Agustín Cerezales ha escrito uno de los mejores libros de cuentos que he leído últimamente, Perros verdes. ¿Lo conoces?
—No. Lo busqué hace tiempo, pero está totalmente agotado. He leído comentarios muy elogiosos sobre este libro, de él sólo conozco el cuento Expediente en curso, que he visto en alguna antología.
El lector a la sombra le refirió entonces a su interlocutor las vueltas y vueltas que había dado buscando el libro y cómo ya había desistido, y que incluso llegó a ponerse en contacto telefónico con la editorial y le dijeron que nones, que el libro no se iba a reeditar, y que se las apañase como buenamente pudiera.
—Si tienes tanto interés en el libro, te lo puedo dejar —dijo.
El lector a la sombra sopesó esta posibilidad. No quería ofender a su amigo rechazando su ofrecimiento, pero tampoco quería dejar de ser fiel a sus principios. El lector tenía verdadero interés en leer ese libro, es cierto, pero ¿y si le gustaba?, ¿cómo no tener en su biblioteca un libro que le había parecido bueno?, ¿cómo traicionar la confianza de su amigo haciéndose el sueco y no devolviéndole el libro? No podía ser, y tuvo que admitirlo, tenía que seguir siendo fiel a sus principios (manías, para otros). No podía dejar de tener en su biblioteca un libro que ha leído. Esto es bastante frecuente entre algunos lectores, pero a este y a otros muchos les cuesta confesar que poseer en su biblioteca los libros leídos, atesorarlos, verlos ahí, en los estantes, es algo consustancial a su pasión por la lectura. De ahí la manía tan extendida entre ciertos lectores de no leer libros prestados, y, en consecuencia, tampoco prestarlos.
—Bueno, cuando te acuerdes —le respondió el lector, no sin cierto sentimiento de tristeza hábilmente disimulado.
La conversación siguió por otros derroteros literarios pero el lector a la sombra se quedó con la copla.
................................................................................
Y no nos volvimos a acordar. Debería decir ahora que pasó el tiempo, pero no lo diré, pues es de sobra conocido que el tiempo pasa, y hablarles de obviedades a los lectores de esta bitácora puede parecer un insulto a la inteligencia, y no voy a caer en ello.
Pero vayamos cerrando esta historia para que el tedio no invada al amable lector y lo aleje definitivamente de este blog, si es que ya no lo está. La conversación con mi amigo Ángel me reafirmó en la búsqueda del libro. Pensé entonces que si él decía que es un buen libro y las referencias que tengo por ahí vienen a decir lo mismo, es que es un buen libro y lo tengo que leer.
En abril del año 2004 la revista Quimera dedicó un número especial al cuento español en el siglo XX, y otra vez volví a toparme con este libro. En la revista se publicaban los resultados de una encuesta hecha a escritores y críticos, a quienes se les hacían tres preguntas:
1. ¿Cuáles son, en su opinión, los diez mejores libros de cuentos españoles (en castellano) del siglo XX. Intente aunar en la respuesta el valor histórico y sus gustos personales.
2. ¿Qué diez cuentos cree usted que deberían figurar en una antología española del género?
3. ¿Qué autores de cuentos de la literatura universal han influido más en la narrativa breve española del siglo XX?
El libro Perros verdes aparecía citado en cinco ocasiones en las respuestas a la pregunta 1, y el cuento "Expediente en curso(Basilii Afanasiev)" aparecía en tres respuestas a la pregunta 2.
El pasado 26 de junio, domingo, leía el comentario de Meritxell sobre Nada. El día anterior había leído en el suplemento cultural del diario ABC la crítica de Perros verdes; por la tarde me acerqué a la librería Crisol y lo compré. Releí el primer cuento, "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)", y cerré el libro.
Veo ahora el libro ahí, sobre una mesa, y no me atrevo a abrirlo y seguir leyendo. Después de tantos años no sé si el libro será lo que creí que era. No sé si el tiempo habrá pasado bien por él, o tal vez haya envejecido mal. Ya lo tengo, pero sé con certeza que no soy el mismo que lo buscó; esta certidumbre hace que, pese a estar ahí, no sepa realmente dónde está el libro.
Sé que algún día lo leeré de un tirón.
...
...
Perros verdes, Agustín Cerezales. Edit. Menoscuarto. Palencia, 2005.

Historia y discurso en la narrativa de Javier Marías

Baile y sueño (2004), la última novela de Javier Marías, es la segunda parte de la trilogía Tu rostro mañana, iniciada en 2002 con Fiebre y lanza.
Las novelas de Marías se están convirtiendo en novelas para adictos, pues están bastante alejadas del canon (comercial) que se estila últimamente por estos pagos. Cuando digo adictos quiero decir, por una parte, adictos al escritor y, por otra, a la literatura. Esta última afirmación puede parecer una exageración, pero conectada con la anterior, con la que acaba formando inevitablemente cuerpo, nos puede ayudar a entender una de las trayectorias más originales del actual panorama narrativo, bastante gris, por cierto, en términos generales.
Reflexionaba recientemente (3/6/2005) sobre esas novelas que son un mero divertimento (Obra artística o literaria de carácter ligero, cuyo fin es solo divertir, RAE) y sobre esos lectores poco exigentes que vienen a dar por “buena” casi cualquier cosa. En este sentido, creo que se viene imponiendo entre la generalidad de los lectores un tipo de novela en la que se da primacía absoluta a la historia, es decir, a lo que en ellas se cuenta o narra. Esto puede parecer una contradicción, pues eso es lo que hace toda novela: contar una historia. Bien, pero no sólo se trata de contar una historia, puesto que esta debe articularse lingüísticamente de una determinada manera, es decir, sustentarse en un soporte, el discurso. Discurso que puede conferir al texto su carácter de “literaturidad”, aquello por lo cual lo consideramos literario. Pero si el destinatario del texto, el lector, solo confiere categoría a la historia, el discurso se irá relegando a un plano secundario en el conjunto de intereses de dicho lector. La historia, lo que se cuenta, entonces, cobra valor por sí misma, independientemente del modo en que se cuente, el cómo.
Podríamos, en otro orden de cosas, hacer extensible también el comentario al cine: El espectador sólo consume una historia sujeta a ciertos patrones cada vez más previsibles, desentendiéndose de la forma en que esta se cuenta, el discurso cinematográfico se convierte en una simple y anodina sucesión de planos.
Tradicionalmente se viene afirmando que la literatura es la unión solidaria de dos planos: el del contenido (la historia), y el de la expresión (el discurso). En el caso de la narrativa de Javier Marías podemos observar cómo se ha ido produciendo un gradual desplazamiento del foco de interés autorial hacia el discurso, sin que esto necesariamente suponga relegar a un segundo plano la historia. Ésta, entonces, se pone en el texto al servicio de aquel y el resultado es una novela en la que la digresión cobra carta de naturaleza y el discurso se sitúa en un primer plano. Estamos en un territorio híbrido, en el que no se sabe bien cuánto hay de novela y cuánto de ensayo.
Aviso para navegantes: aquí no hay falso retoricismo, prosa leprosa, como dice Andrés Ibáñez. Lo que hay es un texto exigente para lectores exigentes, una novela reflexiva que hace reflexionar al lector. Novela para adictos, como decía más arriba, en la que el discurso se incorpora a la historia y hace del texto algo valioso, tanto por lo que en él se cuenta como por la manera de hacerlo.
..................................
PS: ¿Saben a qué novela recientemente publicada se está refiriendo Andrés Ibáñez en su artículo?

El rito de paso de la Selectividad

Hoy viernes han terminado los exámenes de la famosa Selectividad o PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). Después de la tensión acumulada, la incertidumbre, las noches y días de estudio, el calor... llega la liberación y las vacaciones bien merecidas, siestas, lecturas, trasnochar..., en fin, el verano.
El primer examen fue el de Lengua española y Literatura, mi asignatura. Creo que ha sido un ejercicio fácil, en el sentido de que las dos opciones propuestas ofrecían posibilidades para hacer un buen examen, incluso la tan temida sintaxis era bastante normalita; y las preguntas de Literatura en ambas opciones correspondían al siglo XX. Todo dentro de un orden.
Cuando ves que las propuestas las has trabajado en clase con tus alumnos y que el examen no rompe ningún esquema previo de los que te habías hecho con anterioridad, sientes un cierto alivio. Es decir, entiendes que en este momento tus alumnos dependen ya de ellos mismos. El examen es una especie de rito de paso a la edad adulta, ya han dejado de ser tus alumnos, para ser otra cosa; aún no sabes muy bien qué, pero ya no son tus alumnos en el sentido en que lo eran apenas un mes atrás; y dentro de unos meses estarán sentados en las aulas de una facultad y se sentirán ellos también otros. Y yo me alegro por ellos.
Estuve en la Facultad de Físicas antes del examen de Lengua, charlando con unos y otros, dando ánimos, resolviendo alguna duda de última hora, intentando generar un poco de tranquilidad entre tanto nerviosismo. No sé si sirvió de mucho o de nada, pero allí estuve, compartiendo un poco el trance, espectador de cómo empezaban a ser otros, mejores de lo que ya eran. Y cuando salieron del examen y estuvimos comentando las respuestas, los aciertos, los inevitables errores, me sentí más cerca de mis alumnos que en ningún momento, porque percibí que empezaban en ese momento su andadura, a enfrentarse a su alteridad, con lo que no son, para llegar a comprenderse mejor a sí mismos.
Final de un ciclo. A partir de ahora, seremos recuerdo, acaso olvido.

El realismo honesto de Antonio Ferres

El realismo sigue vigente, y más aún en estos tiempos que corren de incomunicación y de mensajes no solicitados que constantemente nos asaltan envueltos en miles de imágenes, configurando así toda una ceremonia de la confusión. Me refiero al realismo narrativo o, si se quiere, a la novela realista o de corte realista.
Este realismo se manifiesta especialmente en aquellas novelas que contienen una ética que les confiere el difícil estatuto de novelas auténticas, de esas que el lector reconoce como verdaderas obras de arte de la escritura narrativa, aquellas que contienen en sí mismas un universo único, cerrado y completo. Novelas que de alguna manera aspiran a la totalidad, novelas bien armadas, que arrastran en su lectura al lector más exigente y dejan lesionados por el camino a los más apresurados; novelas en las que brilla una prosa poderosa, de limpia factura, de tal manera que discurso e historia se encuentran a la par, sin que uno prevalezca innecesariamente sobre el otro; así, el discurso está al servicio de la historia en la medida que ésta lo está al servicio de aquél.
El lector de estas novelas, obviamente el buen lector, enseguida percibe la dimensión del texto, su auténtica naturaleza, y se siente deudor con su autor, pues reconoce en su escritura un acto de intención que lo implica a él y sólo a él: la configuración de un mundo que existe en el texto en la medida en que también existe en el imaginario del lector. Lector y texto configuran así un diálogo de significados profundos a partir de significantes explícitos e implícitos. El sentido del texto reconocido por el lector, coincide o se acerca al sentido del texto concedido a éste por el autor. La lectura de la novela se convierte entonces en un acto de reconocimiento de sentido fruto de una indagación. Como ejemplo de lo dicho podría citar la novela de Almudena Grandes Los aires difíciles, de la que probablemente hablaré en otro momento, pues ahora quiero hacerlo de Antonio Ferres y de dos novelas suyas recientemente publicadas: La piqueta y Los vencidos.
La carrera literaria de Antonio Ferres comenzó en 1954, año en que obtuvo el Premio Sésamo de cuentos. Por esa época de los últimos años cincuenta y primeros sesenta empezaba a triunfar la llamada novela del realismo social o socialrealismo — Jesús López Pacheco, Armando López Salinas, Alfonso Grosso y el propio Ferres, principalmente—, que había estado precedida por el realismo crítico u objetivo de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Ana María Matute, García Hortelano y Sánchez Ferlosio, entre otros.
Conviene recordar ahora que, mientras los autores del realismo crítico han obtenido o recuperado un lugar de prestigio y respeto en la historia de la literatura española del siglo XX, los novelistas del realismo social fueron enjuiciados negativamente —salvo alguna excepción— porque habían caído en una literatura excesivamente politizada y poco literaturizada (generación de la berza). Una literatura que da testimonio de los más desfavorecidos, de los perdedores de la guerra, los represaliados, siempre ha resultado incómoda.
Es por ello que creo que en estos momentos en los que la figura del escritor comprometido, enfrentado al sistema, ha sido sustituida por el complaciente y asimilado, se debe agradecer la publicación de esas dos novelas de Antonio Ferres.
Nace Antonio Ferres en Madrid, barrio de Argüelles, en el invierno de 1924. Recuerda en sus memorias que cuando acaba la Guerra Civil contaba quince años y en 1940 empieza a trabajar en el Servicio de Recuperación Artística y a la vez estudia para entrar en la Escuela de Peritos Industriales donde conoce a Jesús López Pacheco. Con éste y otros amigos, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, frecuentan tertulias y recitales de poesía en los que entran en contacto con opositores al franquismo.
En los cincuenta empieza a trabajar en el Laboratorio Central de Materiales de Construcción, allí conocerá a Armando López Salinas, del que se hace buen amigo. Por esa época conoce también a Juan Eduardo Zúñiga, a Juan García Hortelano y a Rafael Conte.
En el 56 tienen lugar las primeras protestas del movimiento estudiantil, uno de cuyos cerebros, según informes de la Brigada Político Social, era Enrique Múgica Herzog, militante del PCE por aquellos años. También fue detenido en una de aquellas redadas Luis Martín Santos, que dentro de unos años publicaría la novela que puso fin oficialmente al realismo social, Tiempo de silencio. Por aquella época tuvo lugar el Congreso de Jóvenes Escritores, con participación de Ferres y Pacheco.
En 1957 realiza un viaje a las Hurdes con López Salinas, quien le puso en contacto con el Partido Comunista. Ambos relatan ese viaje en el libro Caminando por las Hurdes, editado en 1960. En 1958 López Pacheco había publicado una de las novelas fundamentales del realismo social, Central eléctrica; al año siguiente Ferres publica La piqueta y seguidamente se publican La mina, de López Salinas, y La zanja, de Alfonso Grosso. Fue por esa época, finales de los cincuenta, cuando Juan Goytisolo, acompañado de Simone de Beauvoir y de Florance Malraux, Hija de André Malraux, visita Madrid y recorren bares y tertulias con Ferres y López Pacheco.
En 1964, se marcha a Francia, y de ahí a México, donde ejerce de profesor y traba amistad con Max Aub. De México marcha a Estados Unidos, a la Universidad de Illinois. Hace esporádicos viajes a España en los setenta, a donde regresa en 1976, encontrándose con una sociedad disparatada y extraña, según sus propias palabras.
Actualmente reside en Madrid, donde se le puede ver pasear con su barba blanca por el Barrio de Maravillas.

....................................................

Aunque la novela del realismo social, o socialrealismo, fue sistemáticamente menospreciada, también produjo obras de un importante valor artístico, a pesar de las urgencias por la denuncia. Este es el caso de Antonio Ferres, un autor honesto, del que recientemente se han editado, como dije antes, dos novelas: La piqueta y Los vencidos, así como el primer tomo de sus memorias, Memorias de un hombre perdido.
La piqueta, publicada con éxito en 1959 —un buen momento para la novela con carga social—, está escrita con una clara voluntad testimonial: el novelista testigo de su época. La historia es muy simple pero muy dramática. Una familia de inmigrantes de Jaén, que vive en una chabola de Orcasitas, en el extrarradio de Madrid, recibe la noticia de que su casa será derribada por el Ayuntamiento. A partir de ese momento, la familia que habita la casa se siente perdida, en la incertidumbre de no saber qué será de ellos. Esa familia forma parte de los vencidos en la guerra, y aunque esto no se diga de manera explícita, es fácilmente deducible por el lector atento.
Creo que la novela puede tener sentido en los tiempos que corren, y no sólo como documento histórico —la España de la autarquía— y literario —la novela del realismo social—, sino también por el compromiso ético y político de denuncia de su autor de una sociedad sometida por una dictadura. Había que contarlo y contarlo así, a la manera de Antonio Ferres.
La segunda novela, Los vencidos, es un caso ciertamente extraño en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Escrita en 1960, hasta ahora no había sido editada en España y ha estado todos estos años sumida en un olvido forzoso, a pesar de haber sido traducida a diversas lenguas.
La novela, que se inicia en los últimos días de la Guerra Civil en Madrid y finaliza con la victoria de las potencias aliadas sobre el eje y las expectativas de una intervención en España por parte de las potencias democráticas, se centra en la historia de tres personajes: Asunción, cuyo marido ha sido hecho prisionero en la caída de Madrid; Vidal, médico catalán compañero del marido de Asunción en las cárceles franquistas, y Miguel Armenteros, oficial de prisiones, antiguo oficial franquista cuyo padre fue fusilado por los republicanos.
Estos personajes se articulan en dos bloques narrativos. El primero en torno a una esperanza individual: Asunción espera encontrar vivo a su marido. El segundo, en torno a una esperanza colectiva: que los aliados acaben con el régimen de Franco y devuelvan a España la democracia. Ambas resultan fallidas.
El narrador narra con tono documental la tragedia individual y colectiva de la Guerra Civil, no exento de toques de lirismo que el lector puede apreciar en otros textos de Ferres, y deja que hablen los personajes (el diálogo es uno de los aciertos de la novela) y es a través de ese diálogo como se va levantando la tragedia de lo narrado.
Leer ahora esta novela no es un intento estéril de recuperación de un pasado que definitivamente no fue mejor, sino un acto de justicia y reparación por una parte de un novelista que dice tanto o más por lo que calla que por lo que cuenta, y por otra de una tendencia narrativa que intentó en unos tiempos difíciles, mediante la denuncia de las amarguras y penalidades de los más desfavorecidos, contribuir a la construcción de un mundo más justo. Los tópicos también se rompen leyendo.