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Leyendo a la sombra

Las lecturas del lector a la sombra

Malas noches

Alguien dijo que todos tenemos una noche de castigo y miedo en nuestra existencia. Suele ser una noche primitiva, una de esas noches de la infancia que, como en tantas otras cosas, inaugura una emoción o un sentimiento perdurable.
Las otras malas noches de castigo y miedo que luego vengan, no podrán borrar el sufrimiento de la primitiva y, a veces, ese sufrimiento posterior crecerá en proporción a aquél que marcó la apauta de nuestra humillación.

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Luis Mateo Díez. Los días del desván. Edit. Edilesa. León, 1997.

Lázaro Cárdenas. Contra la derrota del olvido

A finales de 1939 unos 300.000 refugiados republicanos habían escogido el camino del exilio definitivo, bien en Francia, bien en otros países de Europa o en América. Entre 140.000 y 180.000 habían regresado a España para caer en las manos de Franco.
Los refugiados en Francia, en condiciones más que penosas en duros campos de concentración (en el de Saint-Cyprien se hacinaban más de 90.000 hombre), tienen la opción de reemigrar a otros países. De entre todos los de habla española, México fue el país que ofreció la hospitalidad más generosa.
Los gobernantes de la República en el exilio no sufrieron en su mayoría los padecimientos ni las vejaciones de los campos franceses pero tampoco se libraron de las amarguras del exilio. El expresidente Azaña enfermó enseguida en la localidad donde se refugió, Collonges, y en octubre de 1940 se instaló en Pyla-sur-Mer, localidad cercana a Burdeos, desde donde tuvo que ser trasladado a Montauban. Allí falleció el 4 de noviembre, y fue enterrado cubierto por la bandera de México porque el prefecto de la ciudad prohibió que lo fuera por la bandera republicana y pretendió que se cubriera el féretro con la bandera de Franco, en ese momento, el embajador mexicano se encaró con el funcionario petenista y le dijo: "Pierda cuidado, señor prefecto, no insisto más sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección."
Se celebra estos días, del 3 al 7 de octubre, en Madrid un homenaje a Lázaro Cárdenas, el presidente de México, país que acogió con los brazos abietos a miles de exiliados republicanos españoles.
Cuauhtémoc Cárdenas afirmó: "México sólo hizo lo que debieron hacer todos" .
Estas palabras del nieto del presidente mejicano, recordadas ahora, no hacen sino aumentar la gratitud hacia la persona de su abuelo, el presidente Cárdenas, así como a su gobierno y su pueblo en aquellos infaustos años del exilio republicano, cuando miles de españoles, que se hacinaban en campos de concentración franceses, tuvieron la posiblidad de ser acogidos por el país centroamericano y desarollar allí una intensa labor cultural. Los republicanos españoles encontraron en México la comprensión y el apoyo que las democracias europeas les negaron. No obstante, fueron muchos los que acabaron su viaje en los campos de concentración y exterminio alemanes.
El exilio es hoy uno de los aspectos más desconocidos de nuestra historia reciente. Pero desconocido no significa olvidado del todo. Creo que es de justicia hoy reconocer en la persona de Lázaro Cárdenas todo el apoyo que el pueblo mexicano prestó a aquellos hombres y mujeres que habían sufrido dos derrotas: la de la guerra y la del exilio. Reivindiquemos su memoria en paz y no contribuyamos a la mayor de las derrotas posibles: la del olvido.

Cinco miradas de Almudena Grandes

Cinco miradas de Almudena Grandes Francis Bacon pintó Retrato de George Dyer en el espejo en 1968. En él vemos a un hombre sin rostro, mirándose en un espejo que le devuelve su cara partida en dos. Bacon pintó el cuadro unos cinco años después de iniciar una relación con el modelo y tres antes de que este pusiera fin a su vida en el baño de un hotel de París. Ese retrato es la indagación del autor sobre el personaje, y el propio Bacon lo expresó claramente: «La pintura constituye en sí su propio lenguaje, y cuando hablamos de ella, estamos realizando una traducción inferior.» El retrato es para el pintor algo más que la representación de un sujeto que posa, es una forma de conocimiento, de indagación, y no una mera forma de representación.
La lectura de los cinco relatos —o, si lo prefieren, cinco breves novelas— de Almudena Grandes que integran Estaciones de paso, su último libro publicado, me ha traído a la memoria el cuadro de Bacon. Creo que la escritora utiliza estos cinco relatos para realizar una indagación en los respectivos personajes protagonistas, de tal manera que el lector debe trascender la anécdota narrada (ver) para lograr la captación de la dimensión auténtica de lo narrado (mirar).
De la misma manera que Bacon pintó el retrato años después de conocer al modelo, en estos cinco relatos o nouvelles son los protagonistas quienes cuentan en primera persona un episodio de su pasado que tuvo un valor significativo en lo que luego fueron sus vidas. Es decir, desde su presente el narrador refiere un acontecimiento que de alguna manera cambió su existencia, con lo que la mirada al pasado nos da, como en el cuadro, la cara dual del personaje: presente y pasado vienen a configurar una sola visión que el lector ha de recomponer en su lectura.
La mirada del narrador encauza la del lector en un recorrido sobre lo cotidiano y sencillo, pero no por ello menos sorprendente. Y no hay demérito en el empleo del adjetivo sencillo. Tal vez a algunos lectores estos relatos les parezcan materiales para una obra más que una obra misma, pero, como decía Proust, el artista original procede igual que los oculistas, que al concluir el tratamiento, le dicen al paciente: «Ahora mire», y el paciente ve repentinamente con claridad. Pues eso es exactamente lo que sucede con este libro de Almudena Grandes.
La lectura de estos cinco relatos no defraudará al lector más exigente, si bien es cierto que no todos están a la misma altura. El lector es, en última instancia, el que decide.
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Almudena Grandes, Estaciones de paso. Edit. Tusquets. Barcelona, 2005. 287 páginas

Neguijón

La lectura de El cofrecillo rojo, excelente comentario de Vailima (en tres partes) referido a una pintura de Tiepolo, El sacamuelas, me lleva a animarles a leer dicho comentario, y de paso a recomendarles Neguijón.
Neguijón es el título de la última novela del peruano afincado en Sevilla Fernando Iwasaki (1961), y en ella se nos narran las peripecias de Gregorio Utrilla, sacamuelas sevillano que en el siglo XVII tiene que afincarse en Lima huyendo de la Santa Inquisición. El título hace referencia al gusano que los sacamuelas suponían que se asentaba en la dentadura y que era el causante de terribles dolores, como habrán leído en el triple comentario de La Divina Comedia.
Novela histórica, con contenidas dosis de erudición y humor, con un buen tono narrativo, puede resultar muy recomendable antes de la visita, ritual o forzada, al odontólogo. En cualquier caso, no esperen encontrársela en la sala de espera de su dentista, al lado de las habituales y acaso inevitables (?) revistas del corazón, se supone que para ellas, o de coches, se supone que para ellos, (disculpen la caída en los lugares comunes).
Les iba a hablar de una perversa idea: provéanse de varios ejemplares y, si lo pasan mal en el sillón con su dentista o la factura les deja temblando, se los dejan en la salita de espera disimuladamente... Pero no, no les hablaré de perversiones... al menos por ahora.
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Neguijón, Fernando Iwasaki. Edit. Alfaguara. Madrid 2005. 170 páginas. 13,50 €.

Wolfgang Koeppen, El invernadero

Wolfgang Koeppen escribe El invernadero en 1953, es la segunda novela de la trilogía sobre la situación de la Alemania de posguerra, con anterioridad había publicado como ya comentamos Palomas en la hierba. En El invernadero se narran las convulsiones de la política alemana de los primeros años de la República Federal. En Bonn, la capital del nuevo estado, con las ruinas de los bombardeos aún visibles, luchan por el poder antiguos nazis, conservadores católicos y socialistas; pero los políticos están pactando en secreto el rearme de Alemania.
Inmerso en esta lucha política en la que convergen diputados oportunistas y políticos corruptos, se encuentra el personaje central de la novela, Keetenheuve, parlamentario al que todos quieren apartar, marginar —llegan incluso a ofrecerle la embajada de Guatemala para apartarlo del debate político—, pues su actitud ética les resulta insoportable a los demás: la política es un negocio, y el que no se atiene a las reglas está excluido.
En uno de los momentos finales de la novela podemos leer lo siguiente, no olviden la fecha en que se escribió: 1953... pero de tremenda actualidad.
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En las salas del grupo parlamentario le esperaban, Heinewg y Bierbohm y los otros expertos de las comisiones, los zorros del procedimiento, las águilas del reglamento, volvían a mirar a Keetenheuve con aire de reproche. Knurrewahn vigilaba a los suyos y, mira por dónde, no faltaba sin causa justificada ningún importante. Habían venido a la sesión desde sus provincias, el aire de las provincias colgaba de sus ropas, lo llevaban consigo a la sala, un aire espeso de habitaciones estrechas, en las que habitaban al parecer encerrados, porque tampoco ellos representaban directamente al pueblo, ya no pensaban como el pueblo, también ellos eran —pequeños, muy pequeños— preceptores del pueblo, no precisamente maestros, pero sí personas de respeto o no respeto, ante los que la gente cerraba el pico. Y a su vez ellos, sus huestes, cerraban el pico ante Knurrewahn, que a veces tenía la sensación de que algo no iba bien aquí. Contempló a su guardia silenciosa, parlamentarios de cráneo alargado, tipos estupendos en los que podía confiar. Leales de los tiempos de la persecución, pero todos ellos receptores de órdenes, una tropa firmes ante el sargento, y Knurrewahn, que ahora estaba arriba, como hombre del pueblo, sin duda, pero arriba, en el círculo de los dioses, cercano al Gobierno e influyente, Knurrewahn escuchaba en vano en busca de una palabra de nostalgia de abajo, de un grito de libertad, de un latido de corazón que viniera del fondo; no se agitaba ninguna fuerza virgen, difícil de someterse a la disciplina, no se sentía ninguna indomable voluntad de renovación, ningún valor para derribar los viejos valores muertos, sus mensajeros no traían eco alguno de las calles y plazas, de ls fábricas y de los altos hornos, al contrario, eran ellos los que esperaban instrucciones, signos de la cabeza, órdenes de Knurrewahn, exigían a la burocracia de partido de las centrales y no eran más que puestos avanzados de esa burocracia, y ahí estaba la raíz del mal, regresarían a sus lugares de provincias y allí anunciarían: Knurrewahn quiere que nos comportemos de tal o cual modo, Knurrewahn y el partido desean, Knurrewahn y el partido ordenan, en vez de que fuera al revés, en vez de que los mensajeros de provincias le dijeran a Knurrewahn el pueblo desea, el pueblo no quiere, el pueblo te manda, el pueblo espera de ti, Knurrewahn... nada. Quizás el pueblo sabía lo que quería. Pero sus representantes no lo sabían, así que hacían como si al menos hubiera una fuerte voluntad de partido.
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Wolfgang Koeppen, El invernadero. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2005. 189 páginas. 16 €.

Realidad y verosimilitud

Realidad y verosimilitud Wolfgang Koeppen (1906-1966) fue el gran novelista alemán de la posguerra. Entre 1951 y 1954, cuando los escritores alemanes guardaban silencio intentando ubicarse en la nueva situación que la derrota alemana había traído consigo, escribió tres novelas sobre la realidad de la Alemania que comenzaba a resurgir de las cenizas, sumida en la culpa y en el horror por lo vivido bajo el nazismo: Palomas en la hierba, El invernadero y Muerte en Roma. Por aquellos años era de sobra conocido el hecho de que la mayoría de los soldados y oficiales de las SS que habían estado en Auschwitz no habían sido encausados y que muchos antiguos nazis convencidos empezaban a ocupar puestos en la nueva administración del estado. Koeppen habló sobre aquello que nadie quería hablar, aquello que resultaba incómodo, y expuso sin rodeos su convencimiento de que la Alemania fascista no había sido aniquilada ni con la muerte de Hitler ni con las condenas de Nuremberg. Esta actitud no fue entendida por sus contemporáneos, que lo relegaron al olvido.
Les recomiendo la lectura del primer título de la trilogía, una obra verdaderamente magnífica, y como una breve aproximación al autor, lean detenidamente esta declaración de intenciones que escribió en el prefacio de El invernadero:
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La novela El invernadero sólo tiene que ver con acontecimientos, especialemente políticos, en la medida en que éstos constituyen un catalizador para la imaginación del autor. Los personajes, lugares y acontecimientos que sirven de marco al relato en ningún caso son idénticos a la realidad. La singularidad de personas reales no se ve afectada por la descripción puramente ficticia, ni es ésa la intención del autor. La dimensión de todas las afirmaciones hechas en el libro está más allá de toda referencia a personas, organizaciones y acontecimientos; la novela tiene su propia verdad poética.
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W. Koeppen, Palomas en la hierba. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2003. 237 páginas. 16 euros.

HIROSHIMA, 6 DE AGOSTO DE 1945, 08:15 HORAS.

HIROSHIMA, 6 DE AGOSTO DE 1945, 08:15 HORAS. UN RESPLANDOR SILENCIOSO
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Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masazaku Fujii se acomodaba las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.
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Así empieza el relato de aquellos hechos que escribió el corresponsal de guerra de la revista Time John Hersey.
El libro fue originariamente un reportaje publicado en 1946 y en él se reconstruye de una manera sobria la historia de seis supervivientes desde el momento mismo de la explosión hasta años después, cuando las secuelas psicológicas y físicas afectaban a miles de personas.
El texto nos habla de esos supervivientes a una situación de extrema violencia, que han vivido terribles momentos de dolor y angustia imposibles de comparar a nada vivido o conocido hasta entonces. Esa experiencia fue tan terrible que no fue posible en muchos casos que quienes las vieron fueran capaces de contarlas, no tenían palabras, no había palabras que fueran capaces de contener esa experiencia tan atroz. Este es, de alguna manera, uno de los méritos del libro de Hersey: dar voz al sufrimiento de las víctimas para contrarrestar en parte su silencio.
En estos días en que las televisiones recuerdan con imágenes los bombardeos atómicos a que fue sometido Japón, en que se discute la necesidad de lanzar aquellas bombas, no estaría de más la lectura de las vivencias de estas seis personas que nos relata Hersey. Ellos estuvieron allí, ellos lo vivieron todos y cada uno de los días de sus vidas.
Akiya Utaka, un poeta que sobrevivió ese seis de agosto escribió:
Todo lo que creo
son las palabras dentro del silencio,
palabras atestadas de peligro.
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John Hersey, Hiroshima. Edit. Turner; Madrid 2002. 184 páginas.