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A veces se encuentra uno con un libro cuya lectura lo reconcilia con la auténtica condición de ser lector. Tal es el caso de la breve novela La isla, del italiano Giani Stuparich (Trieste, 1891-Roma, 1961), un relato admirable, como afirma Claudio Magris en el posfacio, "de vida y de muerte, no conjurada sino mirada sin piedad cara a cara y resumida épicamente en el fluir de la vida".
La brevedad del texto lo emparenta indudablemente con la lírica, con esa expresión de lo momentáneo, y la narración se va articulando de una manera aparentemente sencilla pero que en realidad encierra esa complejidad que los buenos lectores disfrutan, y a aquellos que no ahondaren tanto, tampoco les defraudará.
La novela refiere un viaje que hacen un hijo y su viejo padre a la isla natal del Adriático para pasar allí unos días del verano, tal vez este sea el último viaje, la última oportunidad para que padre e hijo estén juntos. El hijo sabe que su padre está desahuciado, y aunque no ha hablado con él de su enfermedad de alguna manera atisba que su padre presiente un final cercano.
El viaje a la isla y la estancia de varios días se cuenta en breves capítulos de apenas unas cuantas páginas. En esa isla sucede el encuentro entre padre e hijo, que hasta ese momento han vivido distanciados y ahora aquel descubre el cariño de este, y este ve en el padre lo que a él inexorablemente algún día le tocará vivir. Ciertamente, nunca llegamos a conocer a las personas del todo, y si se trata de familiares tal vez mucho menos.
El abismo de la existencia, la vida, ese aprendizaje para la muerte, no dejan indiferente al lector en la lectura de esta breve pero intensa novela que hace realidad el tópico de cuando lo menos es más.
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He pasado el día de hoy en Toledo, junto con mis dos hijas. Allí viven mis padres y mi hermana y su familia. Hemos comido todos juntos. Cuando volvíamos del restaurante me he visto reflejado en la cristalera de un comercio caminando al lado de mi padre. Mi madre, unos metros más allá iba del brazo de mi hermana. Caminábamos al paso de unos ancianos de 87 años. Mi padre me iba hablando del sol y de la luz del mediodía después del frío del invierno. Por un momento la luz de Toledo me ha traído a la memoria la luz de esa isla de la novela.
En la comida he hablado con mi hermana de libros y de cine. Nos hemos recomendado algunos títulos, hablado de las manías de lector que tenemos... Los libros siempre acaban estando presentes en nuestra conversación.
Cuando nos hemos despedido he pensado en hablarle de esta novela. Estoy seguro de que la leerá algún día. No le he dicho nada. En el viaje de vuelta hacia Madrid, mientras la tarde declinaba, todavía permanecía en mi retina la luz de la ciudad que dejaba a mis espaldas y la imagen reflejada en el cristal. Ese cristal me ha devuelto mucho más que esa imagen.
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Giani Stuparich, La isla
Traducción de J. Á. Sainz
Edit. Minúscula. Barcelona, 2008. 119 págs. 13 €

Raramente la literatura nos consuela, pero puede ser un espejo en el que mirarnos y reconocernos, un espejo a través del cual podemos establecer un fructífero diálogo con el texto y su contexto, con otros lectores y, en última instancia, con nosotros mismos: leer para leernos. La lectura entendida así contribuye a hacernos como individuos, a construirnos como personas, a entendernos, a levantar el armazón emocional e intelectual del que estamos hechos y que estamos permanentemente haciendo.
Pero una cosa es la literatura y otra la lectura, de modo que podríamos considerar que existen dos modos de leer, dos tipos de lectura.
En primer lugar estaría una lectura que se proyectaría hacia el futuro, anticipatoria, en la que leemos otras vidas que nos ayudarán después a vivir la propia, pues leyendo se aprende de alguna manera a vivir en las vidas de otros. La lectura se convierte así en una auténtica educación sentimental.
En segundo lugar estaría una lectura hacia el pasado, en la que el lector trataría de encontrar una explicación a lo vivido, en una reconstrucción de la memoria tanto personal como social que en algunos casos puede llegar a cambiar la viuda a al lector. Y aún cabría considerar una tercera: la lectura sobre la marcha, irreflexiva o de puro entretenimiento, leer para pasar el rato, sin mayores pretensiones. Si en los años iniciales de formación, años de aprendizaje, prima la lectura anticipatoria, en la edad adulta predominaría la lectura retrospectiva.
Una lectora poco común, novela de Alan Bennett, es una deliciosa y divertida muestra de esa lectura hecha en la edad adulta que le cambia la vida al lector. A una lectora nada convencional en este caso, una mujer de más de ochenta años a la que podríamos incluso calificar de excepcional: la reina Isabel II de Inglaterra.
La novela relata el encuentro accidental de esta real mujer y mujer real con los libros. El argumento es muy simple: un día, persiguiendo a sus perros por los jardines de Buckingham Palace, cerca de las cocinas, un lugar que la reina no frecuenta, descubre la furgoneta de la biblioteca móvil municipal —lo que por aquí llamamos el bibliobús, vaya—, sube al vehículo para disculparse por el alboroto que han organizado los perros y decide llevarse un libro en préstamo. A partir de ahí, se le despertará una fiebre por la lectura que irá cambiando sus intereses y sus conversaciones, provocando el estupor de sus más directos colaboradores o de los jefes de Estado que la visitan.
En esa primera visita a la biblioteca ambulante conoce a Norman, un joven cocinero de las reales cocina con el que entablará una cómplice amistad con los libros de por medio. Norman le irá recomendando lecturas y la reina las irá leyendo con auténtica delectación. La novela arranca dejando claro que los gustos literarios de la realeza no existen, pues no pueden manifestar ningún tipo de preferencia que pudiera dividir al pueblo y excluir a la gente. Tal vez el lector pueda pensar que la reina sea una mujer culta o al menos amante de la cultura, pero su entorno protocolario la aleja de ello. La reina descubrirá en los libros otras vidas, otros sentimientos y otras experiencias que harán aflorar en su personalidad facetas hasta ahora insospechadas en una mujer de su condición.
Incluso la propia reina se da cuenta de que algo está cambiando en ella:
“—La señora está cansada —decía su sirvienta, al oírla rezongar ante su mesa. Es hora de que la señora se tome un descanso.
Pero no era eso. Era la lectura, y había veces que deseaba no haber abierto nunca un libro y entrado en otra vida. La había echado a perder. O al menos la había echado a perder para su oficio.” (Pág. 62-63).
La novela es todo un homenaje al poder de la lectura para cambiar la vida al lector, de la capacidad transformadora de la buena literatura. Una historia deliciosa contada con fino humor e ironía, muy británica, en la que el autor indaga en la capacidad de la lectura en cambiar a una persona y hacerla más lúcida.
“Si le hubieran preguntado si la lectura había enriquecido su vida habría contestado que sí, sin duda alguna, aunque habría añadido con la misma certeza que al mismo tiempo la había vaciado de toda finalidad. En otra época era una mujer resuelta y segura de sí misma, que sabía cuál era su deber y tenía intención de cumplirlo todo el tiempo que pudiera. Ahora muchísimas veces estaba dubitativa. Leer no era actuar, eso era lo malo. Y a pesar de su edad era una mujer activa.
Volvió a encender la luz, tomo su libreta y escribió: «No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos». (Pág. 100-1001).
Una novela realmente recomendable.
Alan Bennett, Una lectora nada común.
Traducción de Jaime Zulaika
Edit. Anagrama. Barcelona 2008. 119 páginas. 13 €.

Esta novela de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) que ahora Tusquets ha rescatado del olvido (la primera edición es de 1996), es la historia de una turbulenta conspiración, la que en los años veinte del pasado siglo Ortega y Gasset dirigió para conseguir terminar de una vez por todas con la novela realista y que Galdós se hundiese totalmente en el olvido. Ortega, resentido por no haber podido triunfar, a pesar de haberlo intentado, en esta modalidad narrativa, se propuso desacreditar este modo de narrar poniendo en marcha una Generación Poética de los Años Veinte que impidiera el desarrollo de cualquier tipo de narración que no fuera la vanguardista y deshumanizada.
Ortega no quería acabar con la novela, sino deshumanizarla, eliminar de ella los personajes humanos y sus pasiones para así acabar con el realismo proveniente del diecinueve. En este asombroso y maquiavélico proyecto estaba incluida la creación de una editorial, la Revista de Occidente, para que fuera fagocitando a todas aquellas otras que publicasen novelas realistas. Como es sabido, el catedrático de Metafísica teorizó ampliamente en artículos y ensayos (recuérdese en este sentido La deshumanización del arte), para crear este nuevo gusto literario, este nuevo arte, una nueva concepción de la novela en la que desaparecieran la trama y se desdibujasen los personajes. Se trataba de crear una minoría elitista, selecta, de jóvenes autores que con sus nuevas obras fueran dando cuerpo a la nueva deshumanizada literatura.
La Residencia de Estudiantes de Madrid es el centro del complot, y allí se adoctrinaba en este nuevo estilo artístico a los nuevos artistas, a los que luego la masa seguiría. Para ello, Ortega y sus secuaces no reparaban en nada, y si había que matar se mataba, quitando de en medio a todo aquel que se opusiese a este proyecto.
En la Residencia, en la que se aloja el poeta Juan Ramón Jiménez, se celebran conferencia a las que acuden, además de Ortega y el poeta andaluz, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala y Unamuno entre otros, pero allí también tienen lugar reuniones secretas de la llamada Junta de Apoyo a la Juventud y las Artes, en las que, además de Ortega, Juan Ramón y Gómez de la Serna, participa la plana mayor de la Residencia. En una de esas reuniones, la celebrada el 4 de noviembre de 1923, se decide, a petición de Juan Ramón Jiménez, dar entrada en el grupo de minoría a Dámaso Alonso y a Rafael Alberti.
La nueva generación de escritores que propugnaba Ortega era también un negocio fabuloso, y se aseguraba a quienes financiaban este empeño, pues gente hubo que soltaron la pasta por ello, que en quince años proporcionaría un Nóbel y un mártir.
En la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar viven tres amigos: Santos, Martiniano y Patricio, venidos de provincias a estudiar en Madrid. Patricio Cordero Pereda se ha empeñado en ser novelista, pues de casta le viene al galgo: su tío es el inmortal novelista José María de Pereda, quien se le aparece para convencerle de su talento literario y animarle a publicar la novela que tiene escrita. Pero Patricio se topa con esa conspiración en la sombra dirigida por el inmortal filósofo y todo se complicará hasta límites insospechados.
Y estos hechos suceden en el Madrid de los años veinte y treinta, años en los que el fascismo emergente convive con los movimientos obreros anarquistas y comunistas y los intentos de la República por acompasar España y Europa. En esa época y en los cafés, calles y tertulias del Madrid de aquellos años se desarrolla la historia de amistad de estos tres residentes que terminará rompiéndose como se rompió la República y las ilusiones de muchas gentes con el golpe militar del general Franco y la Guerra Civil.
Ahí también terminó la Generación del 27, pues, si bien todos los poetas continuaron escribiendo, a excepción de Lorca, fusilado en Granada en los momentos iniciales del levantamiento militar, lo hicieron diseminados y diezmados por el exilio, como Alberti y Cernuda, o acallados en el exilio interior, como Aleixandre y Dámaso Alonso.
Si quieren disfrutar leyendo, no lo duden: esta novela de Orejudo no les va a defraudar, ni el en fondo ni en la forma. Que no es poco para los tiempos que corren.
Entrevista al autor en el programa A vivir que son dos días (Cadena Ser)
Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias.
Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 379 páginas. 20 €.

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Ian McEwan, Chesil Beach
Traducción de Jaime Zulaika
Edit. Anagrama. Barcelona 2007. 184 páginas. 16 €.
El escritor Ian McEwan (Aldershot, Inglaterra, 1948) ha demostrado sobradamente su capacidad narrativa en la distancia larga (Expiación, 435 páginas), en la media (Sábado, 328 páginas) y ahora viene a corroborar sus excelentes dotes de narrador en la distancia corta con su última novela: Chesil Beach (184 páginas), todas ellas traducidas al español en la editorial Anagrama.
McEwan es junto con Martin Amis (recuérdese Koba el Temible, magnífica novela-ensayo), Julian Barnes (la novela El loro de Flaubert y los cuentos de La mesa limón son buenas muestras de su quehacer), y Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día) la parte más sólida del grupo de novelistas que cierta crítica ha denominado el “dream team” de la narrativa británica actual o generación de los Young British Novelists. Estos autores han sabido conectar con un amplio público lector con textos atractivos y cuidados que en alguna ocasión han sido llevados al cine con excelentes resultados. Y si recientemente hemos visto en pantalla la adaptación de Expiación, parece más que probable que pronto suceda lo mismo con la última novela de McEwan, legitimado por la crítica literaria anglosajona gracias a premios como el codiciado Booker en 1998, obtenido por Ámsterdam.
La historia que se nos narra en Chesil Beach arranca con una pareja de jóvenes cenando en su habitación. Florence y Edward apenas llevan unas horas de casados y han ido a pasar su primera noche juntos en un hotel cerca de la playa de guijarros de Chesil Beach, al sur de Inglaterra.
Edward, que había nacido en 1940, la misma semana en que empezó la batalla de Inglaterra, es licenciado en historia, y pertenece a una familia que está en los escalones más bajos de esa indefinible clase media. Su padre es director de una escuela de primaria y su madre, que vive en un caos mental a causa de un accidente que la tuvo unos días en coma, pinta cuadros que nunca llega a terminar y se pasa días enteros con la bata sin ocuparse de nada. “Daño cerebral” es la expresión con la que el padre le explicó un día al niño Edward el estado de su madre. En casa, las camas nunca se hacen, rara vez se cambiaban las sábanas y en el baño se acumula la mugre.
Florence, una muchacha de clase media alta, es violinista. Su madre es profesora de Filosofía en la universidad y su padre un dinámico hombre de negocios. Viven en una gran casa elegante, con servicio, dos automóviles y comidas caras y sofisticadas. En ocasiones Florence acompaña a su padre en el barco al otro lado del Canal. Le apasiona la música y su ideal es dedicarse al cuarteto en el que de alguna manera se podría decir que lleva la voz cantante.
En la Inglaterra de principios de los sesenta esta pareja son en muchos aspectos unos perfectos desconocidos el uno para el otro, y la perspectiva de una cama a unos pocos metros abre espacios de libertad hasta ahora insospechados. Es esta una época en la que hablar sobre las dificultades sexuales es poco menos que imposible, y en la que muchos jóvenes acudían al matrimonio vírgenes en todos los sentidos; apenas unas caricias era todo lo que el noviazgo había dado de sí en muchas parejas timoratas y educadas en esa moral que está entrando en sus momentos finales para dar lugar a una época nueva.
Tal es el caso de Florence y Edward en las escenas iniciales del arranque de la novela, magistralmente contadas por un narrador omnisciente que nos va desvelando el ansia y la excitación de él ante la perspectiva de poder abrazar desnuda a la que ya es su mujer, esa mujer a la que apenas ha besado y acariciado tímidamente el pecho. Lleva más de un año pensando en ese momento en que una parte de él se alojará en una cavidad natural de ella, y el miedo al fracaso pugna con su deseo de éxtasis.
Florence siente una angustia difícil de expresar, a la que intenta denodadamente sobreponerse; pero esta puede más que ella y experimenta una suerte de repulsión que no puede controlar. A su mente se precipitan palabras leídas en algún manual que se asocian inevitablemente al dolor: membrana, glande, penetración… Así es como el narrador va construyendo sutilmente esa corriente de pasión y deseo, repulsión y náusea, que parece que va a terminar arrastrando a estos personajes envueltos en el limo de la represión, los tabúes y las diferencias de clase.
Edward y Florence son protagonistas involuntarios de los últimos estertores de ese tiempo de resabios postvictorianos que dará paso a una nueva época, en la que las relaciones personales se basarán en decir lo que realmente se piensa, en la que las palabras sinceras habitarán de manera natural en las parejas, al margen de códigos intransigentes y castradores. Edward y Florence son víctimas de ese tiempo agonizante en el que el sentimiento de culpa prevalecía sobre el placer, y ello les hará tomar una decisión que marcará el sentido de sus vidas.
La novela se organiza en cinco capítulos en los que la mirada y la voz del narrador van superponiendo el presente y el pasado, para que el lector entienda en toda su dimensión lo que va a suceder en la habitación de ese hotel en el momento después de Edward deslizara su mano bajo el vestido de ella y la posase sobre su muslo, apenas rozando la tela de sus bragas.
La trama es casi intrascendente en un principio, previsible incluso; pero el oficio del autor planea sobre el texto y el lector atento pronto percibe la tensión entre la pareja, el abismo emocional que se abre entre ellos y que se hace cada vez mayor a medida que son incapaces de comunicarse lo que realmente piensan y sienten, hasta la memorable escena de la playa, en el quinto y último capítulo. Es la resolución del final de la novela lo que la convierte en un texto espléndido y contradictorio. Pero permítaseme dejar aquí las cosas, no vaya a ser que acabemos desvelando demasiadas claves de lectura, y le arrebatemos al lector su incuestionable privilegio como tal: ser el que tenga la última palabra.
Mi hermana me ha dicho que “cuento demasiado” en estas reseñas, y que eso compromete en exceso la lectura. Bien, espero que este no haya sido el caso, y, si algún día decide leer esta novela, que en su lectura le acompañe el ruido de fondo de las olas lamiendo los guijarros de Chesil Beach y mis comentarios no le impidan disfrutar de la emoción de esta pequeña gran novela.
PS: Parece ser que Pedro Almodóvar está trabajando en la adaptación cinematográfica de esta novela. Ya veremos qué hace el manchego con ella…
Aquí pueden leer el primer capítulo o descargárselo en formato pdf.
El autor habla de su obra:
Parte 1
Parte 2:

Masuji Ibuse, Lluvia negra
Prólogo de Jorge Volpi
Traducción de Pedro Tena
Edit. Libros del Asteroide. Barcelona 2007. 388 páginas, 21.95 €
El 6 de agosto de 1945 estalla sobre Hiroshima una bomba de uranio. En la ciudad están Shigematsu Shizuma, su esposa Shigeko, y su sobrina Yasuko, que junto a otros miles de habitantes se convierten en hibakushas (víctimas de la radiación). Yasuko, que estaba a más de 10 kilómetros del epicentro de la explosión, fue alcanzada por la contaminada lluvia negra que se precipitó sobre Hiroshima después de que el hongo cubriese la ciudad, y que fue la causante de una contaminación que causó graves heridas y en muchos casos la muerte.
Cuatro años después de la rendición de Japón, la sobrina recibe una propuesta de matrimonio, y Shigematsu, para contrarrestar los rumores de que la muchacha está enferma del mal de la radiación, envía a la intermediara casamentera un certificado de salud de su sobrina. Yasuko, preocupada, le muestra a su tío el cuaderno de su diario personal correspondiente a 1945, y este decide entonces que transcriba las entradas del mismo a partir del 5 de agosto para mandárselo a la intermediaria. En el diario, la sobrina relata el episodio de la lluvia y el tío, cuando lo lee, decide entregarle también a la casamentera su propio relato de esos mismos días.
La novela se estructura en veinte capítulos de desigual extensión, narrados por un narrador en tercera persona omnisciente y cuya voz se va alternando con la trascripción del diario de Shigematsu escrito en primera persona y que este titula “Un diario de la bomba atómica”, más otros diversos documentos. De esta manera, las tribulaciones que viven los personajes en el presente, una vez que han asimilado el nuevo orden de las cosas, se van alternando con el relato de lo sucedido en la ciudad entre los días 6 y 15 de agosto que Shigematsu cuenta en su diario. Esta polifonía es un verdadero acierto compositivo de la novela que pone de manifiesto el oficio del autor, en plena madurez como narrador cuando la escribió.
El relato de Shigematsu, personaje y a la vez narrador, da entrada al sufrimiento de anónimos ciudadanos que vivieron aquellos terribles días de agosto, y nos acerca, desprovisto de patetismo y grandilocuencia, a los devastadores efectos de la bomba sobre la ciudad de Hiroshima y sus habitantes. Es un relato que en ocasiones se aproxima al esquema del documental, distanciado, con pretensión objetivista, casi como un documento fotográfico, en el que el personaje-narrador refiere lo que ve como observador en un estilo sencillo, sin efectismos de ningún tipo, funcional, a veces casi descarnado, con una prosa cuidada y altamente eficaz.
Aunque el diario de Shigematsu parece en primera instancia de carácter expositivo, encierra verdaderamente una argumentación sobre los horrores de la guerra, una auténtica intrahistoria que se contrapone a la grandilocuencia de la historia oficial, escrita siempre por los vencedores, que induce al lector a adoptar una postura moral, un posicionamiento en el que no es ajeno lo relatado por Shigematsu. En este caso, es esa voz de los vencidos la que lleva al lector a las terribles vivencias de esos miles de anónimos ciudadanos que padecieron las secuelas del primer bombardeo atómico. La Muerte desfila ante los ojos del lector, y baila su macabra danza con todos sin excepción: militares, jóvenes, viejos, niños, mujeres… es el fuego apocalíptico que se ha abatido sobre la ciudad y sus habitantes.
Para redundar en la eficacia del relato, además del diario de la sobrina y el tío, el autor, en un esquema próximo a la docuficción, introduce en la novela documentos como “La dieta en Hiroshima durante la guerra”, la carta del doctor Hosawaka, o fragmentos de las “Notas sobre el bombardeo de Hiroshima, por Hiroshi Iwatake, Reserva Sanitaria”, dando a la novela la forma de muñeca rusa: una historia que contiene a su vez otras. Todo ello contribuye, como dijimos anteriormente, a la polifonía de este magnífico relato, una novela necesaria para conocer aquellos acontecimientos, que en la línea de textos como el Diario de Hiroshima de un médico japonés (6 de agosto – 30 de septiembre de 1945), de Michihiko Hachiaya, o Hiroshima, de John Hersey, introducen al lector en el epicentro histórico de aquel singular acontecimiento que cambió la concepción de la guerra, de la vida y de la muerte, acercándole al dolor y al sufrimiento de los vencidos, en un momento en que ya eran tales.
Esta novela es una buena muestra de la literatura entendida como conocimiento, y, si aceptamos que para interpretar en toda su dimensión el siglo XIX se hace necesario leer a Galdós, Clarín, Sthendal o Flaubert, igualmente es necesario leer Lluvia negra para comprender uno de los episodios más traumáticos del siglo XX.
Aún hoy, muchos se siguen preguntando si aquello fue realmente necesario. Libros como este no dan respuestas, simplemente nos obligan a hacernos más preguntas.

Sólo se puede experimentar la alegría de la libertad cuando encontramos en los demás lo que hemos encontrado en nosotros mismos.
Vasili Grossman
Son escasas las ocasiones en que los lectores tienen la impagable oportunidad de acercarse a novelas de la dimensión y entidad de Vida y destino, de Vasili Grossman, con la que este escritor ruso ocupa por méritos propios un lugar destacado en la literatura mundial del siglo XX. Y en pocas podrán esos lectores encontrar una visión como la que en esta obra se da de las tragedias políticas, sociales, humanas y morales del azaroso siglo XX, en la que se combinan la épica del relato de guerra con la intensidad lírica y la humana emoción de los pensamientos más profundos con las acciones desinteresadas.
Vasili Grossman nació el 12 de diciembre de 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, que contaba por aquel entonces con una de las mayores poblaciones judías de Europa central, de la cual la familia Grossman formaba parte de su élite ilustrada. Los padres de Grossman se separaron y este pasó dos años en Suiza con su madre. En 1918 regresan a Berdichev. Ucrania fue devastada por la ocupación alemana dirigida por el mariscal Von Eichhorn y luego, al estallar la guerra civil, por los ejércitos blancos y rojos. Los blancos y los nacionalistas, y en algún caso los guardias rojos, descargaron su odio contra los judíos, de los que fueron asesinados alrededor de 150.000.
Grossman ingresó en 1923 en la Universidad de Moscú, donde estudió Química, y ya entonces se sentía fuertemente atraído por el ejército. En 1928, siendo aún universitario, se casa con Anna Pterovna Matsuk, con la que tuvo una hija a la que llamaron Ekaterina (Katia), como la madre de Grossman. El matrimonio duró poco y la niña se fue a vivir con la abuela a Berdichev.
En 1932 una terrible hambruna provocada por la campaña de Stalin contra los kulaki (campesinos acomodados) y la colectivización forzada de la agricultura mató a unos ocho millones de personas; por ello, no es de extrañar que diez años después muchos ucranianos vieran a los invasores alemanes como unos auténticos libertadores. Aunque Grossman no fue testigo directo de estos hechos, sí tuvo que conocer necesariamente sus efectos y resultados.
Muy pronto le interesó la literatura, a la que se dedicó a partir de 1937 a instancias de Gorki. La publicación de su primera novela coincide con su interrogatorio por el OGPU. Resulta sorprendente que un escritor tan veraz e ingenuo políticamente saliera indemne de las terribles purgas de los años treinta.
En 1935 inicia una relación con Olga Mijailovna Guber, que había estado casada con un escritor ejecutado en 1937. Por este hecho, Olga es detenida y Grossman fue interrogado en la Lubianka. En aquella época de humillación moral fue requerido para que firmase un manifiesto de apoyo a los juicios farsa de viejos bolcheviques, obviamente, no tuvo alternativa. Ese período lo recreará después en varios pasajes de Vida y destino.
La Wehrmacht invade la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. Como la inmensa mayoría de los escritores, Grossman se presenta voluntario para el ejército, sólo tiene treinta y cinco años, pero es totalmente inútil para la guerra, que avanzaba imparable por el territorio soviético. Cuando el escritor percibió la rapidez del avance alemán no tuvo tiempo de ayudar a escapar a su madre, que fue asesinada por las SS. Esto lo recordará toda su vida y dejará una profunda huella en la novela en los personajes de Víctor Shtrum y su madre Anna Semióvnova. Uno de los muchos pasajes emotivos de la novela es la larga carta de despedida que Anna le escribe a su hijo (capítulo 18, primera parte) y que finaliza con estas conmovedoras palabras: “Vítenka… Ésta es la última línea de la última carta de tu madre. Vive, vive, vive siempre…”
En agosto de 1941 parte hacia el frente como corresponsal del periódico Estrella Roja, órgano oficial del Ejército Rojo del que se dice que censuraba Stalin personalmente. En el invierno de ese año cubrió los combates del sur de Ucrania y en agosto llega a Stalingrado. Fue el periodista que más tiempo pasó en la ciudad sitiada. La batalla de Stalingrado fue una de las experiencias más importantes en la vida de Grossman, hasta el punto de llegar a creer apasionadamente que el heroísmo del Ejército Rojo serviría para ganar la guerra y cambiar la sociedad soviética.
De Stalingrado pasó a Kalmukia y estuvo en la batalla de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia. Después, Grossman acompaña al ejército en su avance hacia el oste, siendo uno de los primeros corresponsales que llegaron a los campos de concentración de Majdanek y Treblinka; algunas de sus crónicas fueron utilizadas en el proceso de Nuremberg. Vive el avance de las tropas hacia Berlín con el ejército del general Chuikov y registra en sus cuadernos los crímenes de los soldados soviéticos, especialmente la violación en masa de mujeres alemanas, la “verdad despiadada de la guerra”, como escribió en una ocasión (Anthony Beevor, Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945. Edit. Crítica, Barcelona 2006, 479 páginas).
Después de la guerra, Grossman continuó publicando, y durante la década de 1950 trabajó en Vida y destino, que completó en 1960. Pensaba que, muerto Stalin, con Nikita Jruschov, el principal comisario de Stalingrado y acusador de aquel en el XX Congreso del PCUS en 1956, se podría contar la verdad, de modo que presentó el manuscrito de la novela a la revista Zanamia. El 14 de febrero de 1961, avisados por el aterrorizado editor, se presentan en casa del escritor tres altos funcionarios del KGB y confiscan todas las copias del manuscrito. Saquearon los apartamentos del novelista y de su mecanógrafa, llevándose hasta el papel carbón y las cintas de tela de la máquina de escribir.
Grossman había creído ingenuamente que la desestalinización iniciada por Jruschov cambiaría las cosas, pero pronto comprendió que Stalin no era la perversión del sistema, sino su expresión más genuina.
El manuscrito original terminó en poder de Mijail Suslov, importante ideólogo del partido comunista y jefe de la Sección Cultural del Comité Central, quien afirmó que esa novela no se podría publicar en doscientos años, un certero análisis de la importancia y perdurabilidad de la misma.
Los libros anteriores de Grossman fueron retirados de la circulación y el escritor, empobrecido y con escasos amigos, enfermó de cáncer de estómago. Murió, solo y olvidado, en el verano de 1964 convencido de que su novela nunca sería publicada. Pero había entregado una copia del manuscrito a su amigo el poeta Semión Lipkin; esa copia fue microfilmada por el físico y disidente Andrei Sajarov en 1980. El novelista Vladimir Voinovich pasó el microfilm a Suiza, y ese mismo año se publica la novela en francés. La obra tuvo que esperar hasta la glasnost de Gorbachov para ser editada en Rusia, en 1989. En España la publicó Seix Barral en 1985, traducida del francés, y pasó desapercibida. La edición actual, una excelente traducción del ruso de Marta Rebón, es de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Vida y destino es una reflexión sobre la libertad del hombre, que destruyeron los totalitarismos del siglo XX, el nazismo y el estalinismo; es un relato magistral de uno de los grandes horrores del siglo: la destrucción de la libertad individual en las oscuras redes de detenciones arbitrarias, juicios sumarísimos, interrogatorios, campos de la muerte y fusilamientos.
Los protagonistas de la novela viven la guerra como una intensa lucha por la libertad, de manera que la derrota del nazismo supondría la derrota del estalinismo. Grossman fue testigo privilegiado del cerco de Stalingrado, convertido en la novela en auténtica metáfora de la libertad. No obstante, mientras millones de soldados daban su vida por la victoria final, la novela también refleja las otras vidas, las de la retaguardia, las de las ciudades no ocupadas, que quedaban destrozadas por el aparato represivo que había puesto en marcha el totalitarismo soviético, una maquinaria implacable que tendría su máxima expresión en el gulag, en los campos helados del infierno blanco de Kolimá, de los que hablarán Alexander Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag y Varlam Shalámov en sus magníficos Relatos de Kolimá (vol. I, edit. Minúscula. Barcelona 2007, 350 páginas).
Uno de los ejes temáticos de la novela es la libertad, opuesta al totalitarismo que con sus herramientas implacables busca la destrucción del individuo. Para Grossman, la libertad es salvaguardar la integridad humana, y nada vale tanto como ella, como muy bien sabe el físico Shtrum, uno de los personajes clave de la obra, quien afirma en un pasaje de la misma: “Cada día, cada hora, año tras año, es necesario librar una lucha por el derecho a ser un hombre, ser bueno y puro. Y en esa lucha no debe haber lugar para el orgullo ni la soberbia. Y si en un momento terrible llega la hora desesperada, no se debe temer a la muerte, no se debe temer si se quiere seguir siendo un hombre”.
La idea de la libertad individual y el sometimiento hasta la esclavitud o la anulación ejercido por el estado totalitario estará presente en toda la novela.
Otro de los temas que recorren el libro es el de la bondad. En el capítulo 16 de la 2ª parte, una emocionante reflexión sobre la bondad sin sentido, y que está considerado el testamento filosófico de Grossman, podemos leer:
El daño que esta bondad sin sentido a veces puede ocasionar a la sociedad, a la clase, a la raza, al Estado, palidece ante la luz que irradian los hombres que están dotados de ella.
Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.
Momentos antes, se nos refiere cómo una vieja mujer da agua a un soldado alemán herido mientras sus compañeros fusilan a los hombres de la aldea, “Después explicó a la gente lo que había pasado, pero nadie la comprendió; ni ella misma sabía explicárselo”.
La acción de la novela transcurre desde los momentos más duros del asedio de Stalingrado, en el otoño de 1942, hasta la derrota del IV Ejército alemán de Von Paulus y, una vez roto el cerco a la ciudad, el posterior avance implacable de las tropas rusas hacia el oeste, que les llevará hasta Berlín. Grossman conoció de primera mano los pormenores de la batalla de Stalingrado, pues estuvo destinado en la ciudad como corresponsal del Estrella Roja, y allí pudo ver la capacidad de resistencia de los soldados rusos frente a la poderosa maquinaria bélica alemana. No obstante, la novela no se centra exclusivamente en este episodio bélico, si bien la batalla de Stalingrado funciona de hecho en el texto como eje vertebrador de la narración. La poderosa voz del narrador nos lleva no sólo a las trincheras, pasadizos y búnkeres o a una casa en la primera línea de fuego de la ciudad, sino también a una celda de la Lubianka, a la vivienda del físico Shtrum en Moscú, al puesto de mando de un destacamento de tanques en la estepa calmuca, a la cámara de gas de un campo de exterminio alemán, a los barracones de un campo del gulag, o a un Sonderkommando.
A este variado paisaje físico le corresponde un no menos variado paisaje humano, pues son más de 150 los personajes de la novela. Estos personajes van tejiendo a lo largo de la narración un complejo entramado de relaciones que da coherencia y unidad al relato, acierto compositivo que, no obstante, puede dificultar en cierta manera la lectura del texto, pero que es sin duda un reto para los buenos lectores (la edición de la novela que comentamos tiene un censo de personajes que, sin duda, en algún caso supondrá una inestimable ayuda). Así, el lector atento descubrirá pronto que gran parte de la acción tiene que ver con la familia Sháposhnikov, dispersa por la guerra.
Por ejemplo, el físico Víktor Pávlovich, Shtrum, está casado con Liudmila Nikoláyevna, cuyo primer marido, Abarchuk, está internado en un campo de trabajo en Siberia. Yevguenia (Zhenia), hermana de Liudmila, amante del coronel Piotr Pávlovich Novíkov, héroe de Stalingrado, estuvo casada con Nikolái Grigórievich Krímov, comisario del Ejército Rojo durante la batalla de Stalingrado, detenido después y torturado en la prisión moscovita de la Lubianka. Zhenia no dudará en abandonar al militar y seguir a su exmarido al gulag para ser fiel a su conciencia. Krímov —protagonista, víctima y verdugo de la Revolución—, es un abnegado revolucionario que a pesar de las torturas se niega a confesar crímenes que no ha cometido, sigue confiando en la bondad del hombre, y se enfrenta al juez en el interrogatorio diciéndole vehementemente que “todo esto no es más que una farsa” (cap. 43 de la 3ª parte).
Pávlovich Novíkov, el amante de Zenia, joven coronel al mando de un cuerpo de tanques que tendrá una intervención decisiva en la ruptura del cerco de Stalingrado, es uno de los personajes militares interesantes. Es un militar profesional que en los momentos iniciales de la acometida soviética para romper el cerco de la ciudad se atreve a retrasar el inicio de un ataque ocho minutos, contradiciendo la cadena de órdenes que proviene del mismo Stalin desde Moscú, para que la artillería soviética termine con sus objetivos, con ello consigue penetrar en las líneas alemanas sin perder un tanque ni un solo hombre. Guétmanov, el comisario político del cuerpo de tanques, lo felicita en voz baja, reconociendo su profesionalidad, pero por la noche lo denuncia a sus superiores, poniendo así en marcha un despiadado mecanismo que infinidad de veces acabó en la farsa de juicios sumarísimos y fusilamientos.
Shtrum, alter ego del autor, es uno de los personajes más interesantes y con uno de los papeles más destacados en el entramado narrativo de la novela. Al igual que Grossman, Shtrum también es un científico de origen judío, que en un primer momento es encumbrado por el régimen por sus avances en la física teórica del estudio del átomo y posteriormente es sospechoso de actividades contrarrevolucionarias. Como el autor, pierde a su madre asesinada por los nazis en tierras de Ucrania.
Grossman se sirve magistralmente de un narrador omnisciente para dar a conocer al lector los sentimientos y emociones de sus personajes. Así, se nos revela el complejo mundo interior de Víktor Shtrum, con sus pensamientos, sus deseos y sus miedos. El físico es un hombre íntegro, pero sabe lo fácil que es perder el favor del sistema por algo tan banal como un comentario vertido en una charla con los amigos o con los compañeros del laboratorio. Shtrum representa en cierta manera al hombre que cree en los ideales de la Revolución, pero a la vez rechaza el autoritarismo brutal del Estado, representado frecuentemente en la novela en la represión de los años treinta que siguió a la colectivización.
Shtrum protagoniza pasajes inolvidables narrados con una maestría digna de admiración. Por ejemplo, se enfrenta a su superior en el laboratorio por defender a sus más inmediatos colaboradores y vemos sus tribulaciones cuando rellena un formulario en el que tiene que manifestar su condición de judío pequeñoburgués (cap. 54 de la 2ª parte). Paulatinamente comienza a percibir que algo va mal, y en la reunión del comité del Partido se habla de su enfrentamiento con la dirección. Empieza a ser considerado sospechoso, desleal. Shtrum, un físico teórico dedicado en cuerpo y alma al trabajo, contribuyendo con su esfuerzo intelectual a la victoria sobre el invasor nazi, no entiende qué está sucediendo. Algunos de sus compañeros del laboratorio, complacientes con el sistema o aterrorizados por este, le piden que escriba una carta arrepintiéndose:
—Pero ¿de qué debo arrepentirme? ¿De qué errores? —preguntó Shtrum.
—Qué más da, lo hace todo el mundo: escritores, científicos, dirigentes del Partido; incluso nuestro querido músico Shostakóvich reconoce sus errores, escribe cartas de arrepentimiento y, después, continúa trabajando como si nada.
—Pero ¿de qué debería arrepentirme? ¿Ante quién?
—Escriba a la dirección, escriba al Comité Central. No importa, a cualquier parte. Lo principal es que se arrepienta.
Esta situación cambia radicalmente cuando recibe en su casa una llamada de Stalin alabando su trabajo, el único momento de la novela en que interviene el dictador. Como consecuencia de esa llamada, se le asigna un coche oficial y todos en el laboratorio lo miran con otros ojos, ya no es un traidor desleal acusado de actividades contrarrevolucionarias. Aquellos que antes lo acusaban, ahora lo saludan, le desean todo lo mejor y le dedican elogiosos comentarios por su trabajo, es un verdadero ciudadano soviético ejemplar, y le piden que firme una carta de protesta por una información aparecida en el New York Times en la que se hablaba de científicos y escritores soviéticos fusilados. Firmar la carta le resulta repugnante, pues íntimamente sabe que lo que publica el periódico es cierto, pero no hacerlo sería terrible. El narrador nos adentra en las tribulaciones del físico:
Enseguida se imaginó una noche de insomnio, tormentosa. Titubeos, indecisiones, una repentina improvisación y el miedo ante esa misma determinación; de nuevo dudas, de nuevo una decisión. Era extenuante, peor que la malaria. Y estaba en sus manos prolongar o no esa tortura. No, no tenía fuerzas. Rápido, rápido, tenía que acabar cuanto antes.
Sacó su estilográfica.
Vio entonces que Shishakov se había quedado boquiabierto, porque también él, el más rebelde, había cedido.
Shtrum no pudo trabajar en todo el día. Nadie le distraía, el teléfono no sonaba. Simplemente no podía trabajar. No trabajaba porque el trabajo, aquel día, le parecía aburrido, vacío, inútil.
¿Quién había firmado la carta? ¿Chepizhin? ¿Ioffe? ¿Krilov? ¿Maridelshtam? Tenía ganas de esconderse detrás de alguien. Pero negarse hubiera sido imposible. Equivalía al suicidio. No, nada de eso. Podía haberse negado. No, no, había hecho lo correcto. Nadie le había amenazado. Habría sido mejor si hubiera firmado movido por un miedo animal. Pero no había firmado por miedo, sino por aquel sentimiento oscuro, nauseabundo, de sumisión.” (pág. 1062).
También resultan interesantes algunos personajes femeninos, como Anna Semiónovna, la madre de Víktor Shtrum, cuyo nombre proviene del personaje de un cuento de Chéjov titulado Un niño maligno, o Maria Ivánovna, esposa de Piotr Lavréntievich, científico compañero de Víktor en el laboratorio.
Uno de los momentos más duros y emotivos del relato lo protagoniza Sofia Ósipovna Levinton, médico militar y amiga de Yevguenia Nikoláyevna, hermana de Liudmila. Capturada por los alemanes, de camino a la muerte aferra con su mano la mano de David, un niño judío. Podía haber eludido la fila de los condenados dada su condición de médico, pero decide no hacerlo. El narrador nos introduce de manera estremecedora en el interior de la cámara de gas:
El rumor de pasos se calmó; a veces se oían palabras confusas, gemidos, lamentos. Hablar ya no servía para nada, moverse no tenía sentido: ésas son acciones que se proyectan hacia el futuro, y en la cámara de gas ya no hay futuro. Los movimientos que David hizo con la cabeza y el cuello no despertaron en Sofia Ósipovna el deseo de volverse y mirar qué estaba observando otro ser humano.
Sus ojos, que habían leído a Homero, el Izvestia, Las aventuras de Huckleberry Finn, a Mayne Reid, la Lógica de Hegel, que habían visto gente buena y mala, que habían visto gansos en los vastos prados de Kursk, estrellas en el observatorio de Púlkovo, el brillo del acero quirúrgico, La Gioconda en el Louvre, tomates y nabos en los puestos del mercado, las aguas azules del lago Issik-Kul, ahora ya no eran necesarios. Si alguien la hubiera cegado en ese instante, no habría notado la pérdida de la visión.
Respiraba, pero respirar se había convertido en un trabajo fatigoso, y ese acto tan sencillo la agotaba. Deseaba concentrarse en su último pensamiento a pesar del estruendo de campanas que resonaba en su cabeza. Pero no lograba concebir ningún pensamiento. Estaba de pie, muda, sin cerrar los ojos que ya no veían nada.
El movimiento del niño la colmó de piedad. Su sentimiento hacia el niño era tan sencillo que ya no hacían falta palabras ni miradas. El niño agonizante respiraba, pero el aire que inspiraba no le traía la vida, se la llevaba. Su cabeza se volvía: continuaba queriendo ver. Miraba a los que se habían desplomado en el suelo, las bocas desdentadas abiertas, bocas con dientes blancos y de oro, los hilos de sangre que manaban de la nariz. Vio los ojos curiosos que observaban la cámara de gas a través del cristal; los ojos contemplativos de Roze se cruzaron por un momento con los de David. El todavía necesitaba su voz, le hubiera preguntado a tía Sonia qué eran esos ojos de lobo. Y necesitaba también el pensamiento. Sólo había dado unos pocos pasos en el mundo, había visto las huellas de los talones desnudos de los niños sobre la tierra caliente y polvorienta; en Moscú vivía su madre, la luna miraba desde arriba y desde abajo la miraban los ojos, en la cocina de gas hervía la tetera... Ese mundo, donde corría una gallina decapitada, el mundo donde vivían las ranas que hacía bailar sujetándolas por las patas delanteras y donde bebía la leche por la mañana; ese mundo continuaba interesándole.
Durante todo ese tiempo unos brazos fuertes y cálidos habían estrechado a David. El niño no entendía que en los ojos se le habían hundido las tinieblas, en el corazón, un desierto, y el cerebro se le empañó, invadido del sopor.
Sofia Osipovna Levinton sintió el cuerpo del niño derrumbarse en sus brazos. Luego volvió a separarse de él. En las minas, cuando el aire se intoxica, son siempre las pequeñas criaturas, los pájaros y los ratones, las que mueren primero, y el niño con su cuerpecito de pájaro se había ido antes que ella.
«Soy madre», pensó.
Ése fue su último pensamiento.
Pero en su corazón todavía había vida: se comprimía, sufría, se compadecía de vosotros, tanto de los vivos como de los muertos. Sofia Ósipovna sintió náuseas. Presionó a David contra sí, ahora un muñeco, y murió, también muñeca.
Madre, bondad y libertad son palabras claves en esta excepcional novela en la que la vida y la muerte se nos muestran en todas sus dimensiones mediante diversos registros. Hay capítulos puramente narrativos, con fragmentos descriptivos, también los hay de carácter ensayístico, filosóficos, que podrían parecer en una primera instancia una digresión que lastra la novela, pero que se engarzan perfectamente en el entramado narrativo del texto y lo dotan de profundidad. Algunos pasajes son textos científicos, otros se acercan a la crónica periodística, y otros, como el trascrito más arriba, están impregnados de un hondo lirismo que contrasta fuertemente con las escenas bélicas.
Grossman utiliza el contraste, la oposición, como elemento compositivo de la novela. Tal vez los más importantes los encuentre el lector en los personajes del físico Shtrum y el comisario Krímov, pues en ellos se da la misma contradicción entre los ideales revolucionarios y el rechazo al poder omnímodo del estado; o en la contraposición entre la épica colectiva de los soldados que mueren en masa en Stalingrado y la individual de esas viejecitas que se compadecen de los alemanes que han matado a sus hijos o marido; o en el nacimiento del hijo de Vera en una barcaza en el río Volga y la muerte de David, el niño judío, en la cámara de gas. También encontramos esta contraposición en los lugares en los que discurre lo narrado, y así, vamos de los agobiantes pasadizos y búnkeres de Stalingrado en mitad del fragor de la batalla, a la inmensidad silenciosa de la estepa calmuca, auténtica metáfora de la libertad; o de la casa de los Shtrum, a las humildes viviendas de los campesinos.
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Vida y destino no es una novela de guerra, o, al menos, no sólo, si bien la batalla de Stalingrado puede considerarse el eje de la obra como dijimos anteriormente. La novela es una metáfora de la lucha del hombre por la libertad, en la que se da voz a las víctimas del estado totalitario, a aquellos que se niegan a la esclavitud, a esos criminales que nunca cometieron ningún crimen. Y ello supone una reivindicación de lo humano, de lo individual, una denuncia implacable de que en el siglo XX los totalitarismos fueron los que destruyeron la libertad del individuo. Podríamos afirmar que en la épica del sufrimiento del pueblo ruso que se enfrentó al fascismo encontramos la ética de la novela.
Vida y destino es una compleja y profunda reflexión sobre el hombre y su condición, obra de un escritor que no quiso morir como un homo sovieticus; un hombre que pasó de ser un escritor admirado y complaciente con el sistema a ser señalado y acusado de contrarrevolucionario. En sus últimos años no se resignó a aceptar servilmente los tiempos que corrían, y puso la libertad por encima de cualquier otro imperativo. Escribió esta novela como un hombre libre, pues sabía que esa era su obligación con su pueblo, una obra que salda una deuda personal con los veinte millones de muertos en la guerra contra el fascismo.
Su conversión se produjo en los años de la contienda, cuando en plena batalla de Stalingrado dice que sólo leía Guerra y Paz, pues era el único libro que le resultaba soportable.
En 1937 fue aceptado como miembro en la privilegiada Unión de Escritores Soviéticos. En los años 1938 y 1939 el órgano central de censura del PCUS retiró 7.806 obras «políticamente perjudiciales» de 1.860 escritores diferentes. Otros 4.512 títulos fueron reciclados al ser considerados «de ningún valor para el lector soviético». En total fueron destruidos 24.138.799 libros.
Grossman, que no aceptó ser uno de esos «ingenieros del alma» que preconizaba Stalin, murió en el olvido, pero nunca se olvidó de su madre, a la que dedicó la novela que hemos comentado, y de la que dijo en una carta encontrada en el momento de su fallecimiento: «Tú representas para mí lo humano por excelencia y tu terrible destino es el de la humanidad en tiempos inhumanos».
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Vasili Grossman, Vida y destino
Traducción de Marta Rebón
Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
Barcelona, 2007. 1111 páginas. 26 €
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Entre los libros de ficción más vendidos en las últimas semanas está El niño con el pijama de rayas, de John Boyne (Dublín, 1971). Es una novela que tiene como tema el Hocausto, pero esta vez la novedad está acaso en que el texto va dirigido a jóvenes lectores.
Ahora que han visto la luz en estos días las novelas Las benévolas, de Jonathan Littel (Edit. RBA. Barcelona, 2007. 992 páginas) y Los hundidos, de Daniel Mendelshon (Edit. Destino. Barcelona, 2007. 709 páginas) y con el recuerdo todavía fresco de Suite francesa, la magnífica novela de Irène Nèmirovsky, no deja de resultar cuando menos curioso que esta novelita, de poco más de doscientas páginas y dirigida a un tipo de lector tan concreto, se haya encaramado al número uno de la lista de ventas de las últimas semanas.
El niño con el pijama de rayas es una novela bastante plana, con un lenguaje deliberadamente infantil, en la que se narra la historia de Bruno, un niño de nueve años cuyo padre es un militar de alta graduación en el ejército alemán. Bruno vive con sus padres y su hermana Gretel en Berlín, protegido por esa seguridad de pertenecer a los elegidos, aunque él no sepa muy bien qué significa eso. Pero un día su padre, que es uno de esos elegidos para los que está reservado el porvenir, es trasladado por “el Furias” como jefe a un extraño lugar, lejos de la ciudad, feo y gris, en mitad de ninguna parte, que el niño llama "Auchviz". Cuando Bruno mira por la ventana ve una alambrada, ya no ve las calles y jardines de Berlín que tanto le gustaban. Aburrido, decide investigar por su cuenta, pues es un auténtico explorador al que le interesa conocer qué hay detrás de esas alambradas, en donde ha visto a hombres vestidos con un pijama de rayas. Es así como encuentra a Shmuel, un niño de su misma edad, con el que se verá a escondidas, ya que Bruno solo quiere tener un amigo con el que jugar. Esos encuentros casi diarios terminarán en un final que quiere ser sorprendente, y que no hace falta ser muy perspicaz para intuir.
Si el lector busca el impacto del campo de concentración en un niño, o el despertar a una realidad brutal y criminal y por tanto incomprensible, o la toma de conciencia, no lo encontrará en el texto, pero lo puede añadir en su lectura. La contextualización de lo narrado no es difícil.
Una buena parte del mérito de esta novela está en haber acercado el tema de la Shoá a los lectores jóvenes —que muy posiblemente se acerquen también al diario de Ana Frank—, y tal vez haga nacer en ellos un interés por esta cuestión que les lleve más adelante a leer otro tipo de libros. Por otra parte, el autor tampoco es un superviviente, como ocurre con estos textos, pero lo que realmente hace falta es saber contar una historia con una mínima dosis de talento, y eso sí parece que lo hay en John Boyne.
Lo literario de esta novela (y he de reconocer que no es mucho) no le viene de la mezcla entre verdad y ficción, como reclama Jorge Semprún, para que el lector no sólo se informe sino que comparta los sentimientos de los testigos. Aquí todo es ficción, pero el fondo en el que late la historia es verdad.
Lo meritorio del texto, repito, es acercar el tema del Holocausto a los jóvenes a partir de los trece o catorce años; y por las cifras de ventas, se evidencia claramente que el libro también está llegando a un público adulto. Me pregunto si este público no se dejará conmover excesivamente por lo que de sentimental hay en el texto y será capaz de llegar a una reflexión más profunda y a otras lecturas y comprenderá lo que Annah Arendt denominó la banalidad del mal.
Pero esto ya es otro debate, mucho más complejo, que abarca a otras representaciones artísticas de la barbarie nazi: ¿es posible poder representar lo que fue el Holocausto con películas como La lista de Schindler (1993) o también es posible hacerlo con La vida es bella (1997)?
Este dilema lo podríamos trasladar perfectamente a la Literatura. No obstante, hemos de reconocer algo indubitable: la contribución al conocimiento y comprensión del Holocausto de la película de Spielberg, que ha dado lugar a toda una representación mental del mismo.
La francesa Charlotte Delbo puso estas palabras al frente de su monumental Auschwitz y después (Edit. Turpial. Madrid, 2004. Tres volúmenes): “Hoy no estoy segura de que lo que he escrito sea verdad. Estoy segura deque es verídico.” Que el lector atento no lo olvide.
Como contrapunto, en este video pueden ver al “Furias” en su refugio de verano, el Nido del Águila. Sonrisas, sol, aire puro, charlas, paseos…
John Boyne, El niño con el pijama de rayas
Edit. Salamandra. Barcelona, 2007.
219 páginas. 12.50 €.

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico, se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca del gour y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña. Balanceaba su cabeza a ras del agua como para captar el olor de aquello que no podía ver. Agazapado allí, pálido y desnudo y translúcido, sus huesos de alabastro grabados en sombra en las rocas que tenía detrás. Sus intestinos, su palpitante corazón. El cerebro que latía dentro una empañada campana de cristal. La criatura movía la cabeza de lado a lado y luego soltaba un gemido grave y daba media vuelta y dando tumbos se alejaba silenciosamente hacia la noche.
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Se levantó con la primen luz gris y dejó al chico durmiendo y caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur. Árida, silenciosa, infame. Debía de ser el mes de octubre pero no estaba seguro. Hacía años que no usaba calendario. Irían hacia el sur. Aquí era imposible sobrevivir un invierno más.
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Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.
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Cuando volvió el chico seguía durmiendo. Retiró la lona de plástico azul que lo cubría y la dobló y la llevó al carrito de supermercado y la metió dentro y regresó con los platos y unos copos de avena en su bolsa de plástico y una botella de plástico de sirope. Extendió en el suelo la pequeña lona que les servía de mesa y colocó las cosas y se sacó la pistola del cinturón y la dejó sobre el mantel y luego se quedó mirando cómo dormía el chico. Se había quitado la mascarilla por la noche y estaba sepultada bajo las mantas. Observó al chico y miró entre los árboles hacia la carretera. Ese lugar no era seguro. Ahora que era de día podían verlos desde la carretera. El chico se movió. Luego abrió los ojos. Hola papá dijo.
Aquí estoy.
Ya lo sé.
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Una hora después estaban en la carretera. Él empujaba el carrito y entre los dos cargaban las mochilas. En las mochilas había cosas básicas. Por si tenían que abandonar el carrito y echar a correr. Asegurado al asa del carrito había un retrovisor de motocicleta que él utilizaba para mirar la carretera a sus espaldas. Se subió un poco más la mochila y observó el campo devastado. La carretera estaba desierta. En el pequeño valle la serpiente todavía gris de un río. Inmóvil y precisa. A lo largo de la orilla unos carrizos secos. ¿Estás bien?, dijo. El chico asintió con la cabeza. Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro.
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oo0oo
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Así comienza La carretera, la última novela del escritor estadounidense Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933), premiada con el Pulitzer de este año. Frío, luz gris. Árboles muertos.
Ante los ojos del lector se despliega una sencilla y tremenda historia, la de un padre, de unos cuarenta años, y su hijo de ocho, que recorren a pie una carretera interestatal de Estados Unidos camino del sur, donde esperan encontrar posibilidades de sobrevivir. Van buscando el mar y rehuyen las zonas abiertas en un paisaje desolado, donde no hay vegetación, sólo árboles muertos, ríos de color gris ceniza, casi minerales. El cielo está oscuro y apenas se distingue la luz del sol. Con frecuencia llueve y nieva. El frío parece invadirlo todo. Por equipaje llevan mochilas y un carrito de supermercado, eso son todas sus pertenencias.
No sabemos con exactitud qué ha ocurrido, pero es fácil conjeturar que la acción transcurre en un mundo en el que se ha producido un holocausto nuclear y el padre y el hijo, no los conoceremos de otra manera a lo largo de la novela, son supervivientes buscando un destino en el que apenas creen. Otros como ellos también vagan por carreteras y caminos robándose las pocas cosas que transportan, incluso algunos practican el canibalismo.
El hombre lleva una pistola, con dos únicas balas, su única defensa frente a los malos, esos que cubiertos de harapos y famélicos vagan al acecho de otros. El hombre y su hijo son los buenos, y creen que en alguna aparte podrán encontrar a otros como ellos. En esa búsqueda atraviesan ciudades desiertas, esquilmadas. “No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero”. Baten las calles como zapadores en busca de comida o cualquier cosa que les pueda servir, un trozo de plástico, una chaqueta vieja, un destornillador. Los objetos poseen otro valor. El hombre está enfermo, tose sangre, pero no deja que el desánimo venza a su hijo.
La carretera es más que una novela de ciencia ficción, más que un texto épico de carácter simbólico. Aunque tal vez también sea todo eso. Lo que sí es cierto es que es su lectura no deja indiferente. Poderosa, escrita con un estilo de frase corta, sin ninguna complicación sintáctica, en breves párrafos, con diálogos concisos, casi al borde del silencio, este libro se levanta poco a poco hasta la cima de los grandes textos.
Una novela que atrapa poderosamente al lector, que lo introduce en su mundo sin cartas marcadas: aquí no hay ni trampa ni cartón, no hay concesiones. Novela del conocimiento, pues como afirma Martin Amis, todo escritor sabe que la verdad está en la ficción. Con esta novela, el lector también. El final, una sorpresa.
No se la pierdan por nada. La carretera les está esperando.
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Cormac McCarthy, La carretera
Edit.Mondadori. Barcelona 2007
210 pág. 18.90 €
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Hacia los confines del mundo
Harry Thompson
Edit. Salamandra. Barcelona 2007
823 páginas. 24.50
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Kant afirmó en el siglo XVIII que “la Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración”.
Ciertamente, es en el siglo XVIII cuando surgen las bases de la nueva mentalidad que alumbrará los grandes cambios que se van a producir en el XIX, siglo en el que esa nueva mentalidad dará importantes frutos en el plano científico-especulativo, de suerte que la nueva laicidad empieza a arrinconar a la Iglesia frente a la mayoría de edad que suponen los descubrimientos y avances científicos llevados a cabo en esta centuria por hombres como Charles Darwin.
Las nuevas teorías surgidas a la luz de la ciencia experimental hubieron de enfrentarse con una Iglesia que, con auténtico encono, no se resignaba a dejar de imponer su visión del mundo. No obstante, la realidad era imparable, y la instauración de la ciencia moderna, así como lo que entendemos por comunidad científica, se fraguó definitivamente en el siglo XIX.
Un acercamiento a ese alumbramiento es lo que nos relata Hacia los confines del mundo, la magnífica novela del escritor inglés Harry Thompson (Londres, 1960-2005), finalista del Premio Broker Price: el viaje del bergantín británico Beagle, capitaneado por el capitán FitzRoy, un joven marino de 26 años, y en el que también está embarcado como filósofo naturalista el joven Charles Darwin, un hombre de 22 años que aspiraba a convertirse en clérigo. El barco recorre los procelosos mares que bañan las costas de Tierra del Fuego, azotadas por temerosas tormentas que ponen a prueba la resistencia del barco y sus tripulantes.
El viaje del Beagle, que duró cinco años, alrededor del mundo por mares y tierras desconocidos, tenía por objeto cartografiar las lejanas costas de Tierra del Fuego, pero dio origen, además, a un libro que revolucionó el pensamiento científico de finales del XIX y supuso un cambio en la mentalidad de la época, El origen de las especies. La Biblia ya no servía para explicar el mundo, y afirmaciones hasta ese momento incontrovertidas, como el Diluvio Universal o la creación de Adán y Eva, eran ahora puestas en tela de juicio con un radicalismo científico incuestionable. La minoría de edad del hombre se da definitivamente por terminada. El mundo ya no va a ser el mismo.
En la lectura de la novela asistimos a un viaje del que sus personajes protagonistas, el capitán y el naturalista, no saldrán indemnes, sino que de alguna manera experimentarán un profundo cambio que les convertirá en otros. El relato del viaje exterior por los mares que el bergantín surca, y el interior, que se opera en la mente de los protagonistas, está narrado con auténtica maestría y constituye uno de los alicientes de esta novela, que la convierten en un texto indispensable para el degustador de la buena literatura.
Uno de los pilares fundamentales de la historia es el enfrentamiento dialéctico entre FitzRoy y Darwin. El capitán es un ferviente creyente, lector de la Biblia, convencido del poder creador de Dios, y ve en el registro fósil una prueba irrefutable del Diluvio Universal. Se aferra constantemente a sus convicciones, y llega incluso a enfrentase al naturalista en agrias discusiones que ponen constantemente en peligro una amistad que terminará en el enfrentamiento y la distancia.
Darwin, por su parte, es un naturalista auténtico, siente una insaciable curiosidad por todo lo que ve, acumula datos, colecciona especimenes y analiza todo, y llega incluso a asustarse ante la grandiosidad de su hallazgo. A pesar de que inicialmente su deseo era ser un buen clérigo, ve cómo poco a poco el edificio de su fe se desmorona, y sus descubrimientos refutan palmariamente la teoría creacionista. Sabe que el mundo ya no será igual, y entiende que su teoría de la lógica de la evolución basada en la selección natural de las especies contribuirá de manera decisiva al desmantelamiento de los postulados cristianos vigentes hasta entonces. Cuando regresó a Inglaterra, se sorprendió por la fama que había adquirido entre la comunidad científica, debido a que una parte importante de su trabajo había sido publicado por intermedio de sus maestros, con quienes mantuvo una abundante correspondencia durante el viaje. Desde ese momento Darwin inició el largo camino hacia la publicación de su obra fundamental, El origen de las especies (1859). La obra tuvo un impacto inmediato, tanto en Inglaterra como en el resto del mundo, a través de la rápida distribución de sucesivas ediciones. Esta situación expuso a Darwin a un amplio sector de la sociedad europea y a la Iglesia de Inglaterra, los que pasaron a participar del debate sobre sus ideas acerca del origen del hombre. Por cierto, las teorías darwinistas tardaron aún un tiempo en llegar a España, y hasta 1876 no se pudo leer en español El origen del hombre. Un año después, en 1877, se tradujo El origen de las especies. Si bien la Constitución española de 1876 declaraba el estado español como confesional y católico, en ese mismo año nacía la Institución Libre de Enseñanza, que desde el principio incluía en sus programas educativos de Ciencias Naturales las teorías evolucionistas.
Pero la novela no se reduce únicamente a ese enfrentamiento entre ciencia y religión. El lector encontrará y disfrutará de otras cuestiones de no menor interés, tales como el colonialismo, el racismo, la independencia de los territorios americanos de habla hispana, la evolución del conocimiento en el siglo XIX, cuestión esta magníficamente narrada en el trabajo que lleva a cabo el capitán FitzRoy en los últimos años de su vida, incluso a sus expensas, acerca de la predicción meteorológica, o la historia de Fuegia Basket y Jemmy Button, los fueguinos que el capitán llevó a Inglaterra, donde se asimilaron a las costumbres de la época, y que luego fueron devueltos a su tierra, en un retorno a sus orígenes del que tampoco salieron indemnes.
El autor sabe conducir con mano experta y apasionada el viaje del capitán y el naturalista, un viaje que los conducirá a puertos distintos, como era de prever. Pero el lector atento no debe pasar por alto los sutiles matices que la historia narrada encierra, y que le llevarán a preguntarse en los momentos últimos de la narración si acaso no llegó el capitán a intuir de alguna manera que él era uno de los pilares de un edificio que se desmorona y que lo arrastra en su caída hacia el nacimiento de un mundo nuevo. Ya sabemos que plantear preguntas es un privilegio de los buenos libros.
La historia, narrada linealmente, se nos ofrece como basada en hechos reales acaecidos entre 1828 y 1865. El autor añade al final de la narración un epílogo, en el que se da cuenta de los avatares históricos en lo tocante al capitán FitzRoy, al Beagle, a los fueguinos, etc., que acerca al lector a los aspectos históricos en los que se sustenta una gran parte de lo narrado. A este epílogo le sigue una página de agradecimientos y, por último, una abundante bibliografía consultada para la elaboración de la novela.
Vale la pena decidirse a emprender este viaje que es mucho más que un viaje, e izar las velas de esta novela. Que no dude el lector que el recorrido le será plenamente satisfactorio, y la llegada a puerto lo pondrá del lado de la lectura, del disfrute del placer de leer.Todo un festín para aquellos que gustan de la buena literatura. Déjense salpicar por la espuma de las olas que levanta el Beagle..
Ignacio Echevarría, Desvíos.
Ediciones Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2007.
250 páginas. 26 €.
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Ya se ha hablado en alguna ocasión en este blog de Ignacio Echevarría (vid. el artículo Novela, mercado y el nuevo concepto de lector, del 3 de junio de 2005).
Como bien saben, Echevarría protagonizó muy a su pesar uno de los escándalos periodísticos de los últimos años con su salida intempestiva del suplemento “Babelia”, del diario madrileño El País, en diciembre de 2004 ( aquí pueden leer la carta que el crítico dirigió a Lluís Bassets, por entonces director adjunto del diario y otros textos útiles apara la comprensión del caso). Si hacen un poco de memoria, recordarán que todo el asunto tuvo su origen en una reseña que el crítico publicó en Babelia sobre la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista.
En dicha reseña, Echevarría empezaba diciendo que “le resulta difícil al crítico reponerse del estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta trabajo creer que, a estas alturas, se pueda escribir así. Cuesta aceptar que, quien lo hace, pase por ser para muchos, mascarón de proa de la literatura de toda una comunidad, la del País Vasco, cuya situación tan conflictiva reclama, por parte de quien se ocupa de ella, el máximo rigor y la mayor entereza”.
Lo cierto es que, polémicas aparte, Echevarría, uno de los críticos más solventes e independientes de la actualidad, y supongo que más que harto de todo este asunto, últimamente publica sus textos en la Revista de Libros del diario El Mercurio, de Santiago de Chile.
Esa estancia por tierras de Hispanoamérica ya ha dado sus frutos. Se acaba de publicar un nuevo libro de este autor que de alguna manera viene a completar al anterior (Trayecto. Edit. Debate, Barcelona 2005). Este nuevo texto, titulado Desvíos. Un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana, ha sido publicado por la Universidad Diego Portales en la colección “Huellas”, y consta de un ensayo inicial, titulado “Una narrativa sin territorio”, un conjunto de reseñas de obras de autores latinoamericanos, todas ellas publicadas en el suplemento “Babelia”, un grupo de columnas y artículos sueltos publicados en la prensa chilena y tres conferencias: “Bolaño extraterritorial”, sobre Roberto Bolaño; “Un escritor mutante”, sobre Rodrigo Fresán; y una sobre Nicanor Parra.
Creo que el criterio del editor a la hora de agrupar los textos confunde al lector y no aporta la información propia de una publicación como esta. El libro se articula en cuatro grandes bloques, precedidos de una introducción a cargo de Roberto Brodsky y una nota del autor, en el primero de los cuales se entremezclan las reseñas y las conferencias. En ninguno de los textos se hace referencia a su procedencia, y no aparecen ni la fecha de publicación ni el medio en el que se publicaron. Tampoco se precisa el ámbito y la fecha en que se dieron las conferencias. Sin embargo, sí hay un índice de los autores y libros comentados, así como un completo índice onomástico (éste, por cierto, se echaba de menos en Trayecto).
Si el lector ha seguido la trayectoria del autor y leyó su anterior obra, se sentirá encantado de visitar este nuevo territorio, especialmente con los textos del último bloque, el IV, dedicados al oficio del crítico, muy reveladores del pensamiento y la actitud del autor, y con títulos muy significativos: “Los caníbales los prefieren jóvenes”, “Crítica y dolor”, “Crítica y dureza”, “Trece” y “Crítica y autoridad”. Todos ellos fundamentales para entender el posicionamiento de Echevarría y su actitud ante la literatura y un excelente colofón a todo lo anterior. En este sentido, el autor creo que no defrauda, no hay desperdicio ninguno.
Y si ustedes al leer literatura creen, con el autor, que “lo propio de la literatura es sondear lo inhóspito, y nuestra obligación como lectores es ser hospitalarios con ello'', y están con Walter Benjamin en que “la crítica es una cuestión moral (…). En las manos del crítico, la obra de arte es el arma blanca en el combate de los espíritus”, este libro no les defraudará y les deparará buenos ratos de lectura e interrogantes. ¿Quién da más?
Haruki Murakami, Kakfa en la orilla.Traducción de Lourdes Porta.Edit. Tusquets, Barcelona 2006. 584 páginas. 24 €.
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En pleno siglo XVI (las tres primeras ediciones conservadas datan de 1554) aparece en España la novela La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, que inaugura la picaresca.
La primera palabra con la que el lector se encuentra en el prólogo de la novela es Yo, de tal manera que el texto sorprende desde su mismo arranque con esta identificación entre la voz del narrador y la del personaje.
En la España de la época, el autor anónimo elige esa visión personal sustentada en ese yo implacable para dar justificación y cuenta al lector de una determinada manera de pensar y de vivir, que se compadece mal con los brillos áureos de la imperial España de la época. Por primera vez, la España real se manifiesta frente a la oficial sin amaneramiento alguno en la línea de estilo que propugnó Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua: “el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo”.
El prólogo de la novela empieza así: “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite” (página 3 de la edición de Francisco Rico en la editorial Cátedra, Letras Hispánicas nº 44. Madrid 1992). El autor, aun sabiéndose dentro de la convención literaria, parece plantear la posibilidad de una doble lectura de la novela, una superficial y otra en profundidad. Toda una declaración de intenciones, si dejamos al margen ese pequeño asomo de presunción inicial.
Esto es también, indudablemente, un signo inequívoco de modernidad. Una lectura rápida, superficial, que no vaya más allá de los aspectos más evidentes del texto, es una lectura pobre por pasiva. Por el contrario, cuando el lector aborda la obra con una intención crítica, de lector activo, se sitúa en un nivel de lectura profundo, analítico. Es decir, construye el texto y de alguna manera el texto lo construye a él en un intercambio de significados que puede llegar a ser realmente complejo.
Todo lo cual nos lleva a otra cuestión no menos trascendente: la existencia de buenos lectores que sean capaces de enfrentase a buenos textos y profundizar en su lectura; en definitiva, ir más allá del mero deleite como indicaba el autor anónimo del Lazarillo. Pero esta cuestión trasciende el objeto de este comentario. No obstante, si les apetece reflexionar sobre ello, lean este interesante e inquietante artículo del crítico Ignacio Echevarría.
Tal vez estas digresiones iniciales le sirvan de algo al lector que decida enfrentarse a la lectura de Kafka en la orilla, la última novela de Haruki Murakami.
Abordé la lectura de esta novela de manera totalmente abierta: me la regaló el Día del Libro una alumna y no sabía absolutamente nada acerca de su autor. Nada. Mi lectura ha estado, por tanto, fuera de cualquier marco ideológico previo. En la dedicatoria que esta alumna me escribió en la página de cortesía me decía: “Se me ha hecho difícil encontrar algo que te guste. Ni siquiera sé si en realidad lo he encontrado, pero la intención es lo que cuenta”.
Ahora puedo decir que sí, que me ha gustado, y mucho. Creo que es un buen libro que me ha descubierto a un buen autor, y eso es de agradecer. Me ha parecido un libro que cautiva a medida que se va leyendo, con una historia original en la que se mezclan la realidad y el sueño, lo vulgar y lo extraordinario, y una manera de contarla bien resuelta.
En la novela se narran en paralelo dos historias que poco a poco van estableciendo una sutil relación: la del joven Kafka Tamura, y la del anciano Nakata. La acción transcurre en el Japón actual. Kafka Tamura, el día de su decimoquinto cumpleaños, decide irse de casa y abandonar a su padre, un reconocido artista, con el que apenas tiene relación, y con el que vive en un barrio de Tokio, después de que su madre y su hermana mayor los abandonaran sin explicación ninguna cuando el muchacho era pequeño. El chico cree que sobre él pesa una maldición: el padre le repetía constantemente la profecía de Edipo: que algún día mataría a su padre, se acostaría con su madre y violaría a su hermana. Ese era su destino y no podría escapar de él. El muchazo, sin motivo alguno, decide irse a la pequeña ciudad de Takamatsu, al sur del país. Allí, después de deambular unos días por sus calles, empieza a trabajar en la pequeña biblioteca de una fundación, que conoce por casualidad y donde entabla relación con el joven hermafrodita Ôsimha, el bibliotecario, y con la atractiva y misteriosa señora Saeki, la directora.
En paralelo se va desplegando la historia del viejo Nakata. Este fue uno de los niños evacuados de Tokio durante la Segunda Guerra Mundial que sufrió un extraño percance que le dejó extrañas secuelas. Olvidó todo lo que sabía y es capaz de hablar con los gatos. A los sesenta años no sabe leer ni escribir y abandona precipitadamente Tokio porque cree que ha matado a un hombre. Se encamina como guiado por un extraño impulso obsesivo hacia la ciudad de Takamatsu, en cuya biblioteca también recalará.
Estos dos personajes principales están muy bien construidos, y son todo un acierto, así como la manera en que sus historias van poco a poco acercándose hasta entretejerse en el tramo final de la novela. Igualmente, destacan los personajes del bibliotecario Ôsimha, representación en la novela del poder de los libros y la lectura, y de Sakura, una chica que Kafka conoce en su viaje y con la que entabla una curiosa relación iniciática.
Pero la novela es mucho más que todo esto, como podrá comprobar el lector que viaje por sus páginas de la mano de estos personajes. Y es especialmente un viaje hacia el conocimiento, un mágico viaje interior. En el arranque de la historia, el joven Kafka, instantes antes de abandonar su casa, dialoga con el joven Cuervo (su conciencia):
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—Pero, de aquí en adelante, para poder sobrevivir tendrás que ser muy fuerte [Dice el joven llamado Cuervo].
—Yo me esfuerzo todo lo que puedo —digo.
—Sí, seguro que sí —dice el joven llamado Cuervo—. Durante estos últimos años te has hecho muy fuerte. No es que no lo reconozca, ¿sabes?
Asentí.
—Sin embargo, sólo tienes quince años. Tu vida, en el mejor de los sentidos, no ha hecho más que empezar. El mundo está lleno de cosas que todavía no has visto. Cosas, que tú ahora, ni siquiera puedes imaginar.
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A ese principio es al que asistimos como lectores: el principio de una vida. La novela finaliza enlazando de alguna manera con ese momento inicial. Kafka decide regresar a casa y volver a la escuela. En el tren dialoga con Cuervo:
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—Has hecho lo correcto —me dice el joven llamado Cuervo—. Has hecho lo mejor que podías hacer. Nadie podría haberlo hecho mejor que tú. Porque tú eres el auténtico chico de quince años más fuerte del mundo.
—Pero yo todavía no entiendo el sentido de la vida.
—Mira el cuadro —dice—. Escucha el susurro del viento.
Asiento.
—Es mejor que duermas —dice el joven llamado Cuervo—. Y, al despertar, habrás pasado a formar parte de un mundo nuevo.
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Los personajes están bien caracterizados, y destacaría la manera en que se introduce el personaje del viejo Nakata, reproduciendo un informe de los servicios de inteligencia del ejército de los Estados Unidos.
La estructura de la novela responde perfectamente a la coherencia de la misma. El texto se articula en 49 capítulos en los que, exceptuando los correspondientes al informe de los servicios de inteligencia, se van alternando los narrados en primera persona por el protagonista, el joven Kafka, y los narrados en tercera persona por un narrador omnisciente, que protagoniza el viejo Nakata.
La novela enraiza con viejos arquetipos narrativos que el autor revisita de manera original: la rebelión del protagonista frente a su padre; la búsqueda y el viaje, con ese paralelismo entre el viaje interior y el exterior; el yo reflexivo; el drama (el padre muere violentamente); el anciano bueno y el ayudante; el descubrimiento del sexo, etc. Más de cuatrocientos cincuenta años después del viejo Lázaro, otro muchacho emprende otro viaje a través, también, del yo. Pero no sólo, pues el texto puede leerse como una metáfora del mundo actual, que en cierta manera recuerda en algunos momentos al cine de David Lynch. Un texto, en fin, muy recomendable para acercarse a la obra de este autor japonés en el que creo que no cabe término medio: la novela, o te seduce o la rechazas. O te atrapa o te expulsa.
Para comprobarlo, lean el libro sin ningún condicionamiento ideológico previo. Ni siquiera el de este texto que acaban de leer. Aquí pueden leer los capítulos iniciales de la novela.
Para profundizar más: Reseña publicada en El Cultural del diario El Mundo. Análisis del escritor y profesor peruano Peter Elmore

Tal vez una de las características más importantes de la novela del siglo XX (y trascendente, por su influencia tanto en la manera de escribir como en la de leer) es la participación en la obra del lector.
En la novela realista de la segunda mitad del XIX y prácticamente en la del primer tercio del XX, la primacía absoluta se concedía al autor y al texto, pero en la década de los sesenta del siglo pasado surge una corriente crítica que propone dirigir la atención sobre el lector, con lo que la perspectiva de comprensión del texto literario de carácter narrativo se desplaza de una estética de la producción a una estética de la recepción. Este cambio de perspectiva no fue una radical novedad, pues la relación de la literatura con el público lector (el receptor individual o colectivo en la teoría de la comunicación) ya había sido objeto de análisis desde perspectivas históricas y sociológicas. Pero ahora, la novedad está en el papel que esta nueva visión, denominada Estética de la Recepción, otorga a la influencia de los lectores en la creación y estructura de determinadas novelas.
La lectura es, pues, un acto de creación, en el que el lector coopera al (re)construir en una novela lo que aparece como un simple esquema que ha de ser completado y dotado de sentido por él. La lectura, entonces, deviene en un acto de creación de sentido, de tal manera que el significado de una obra es producto de la interrelación lector-texto. El lector construye en su imaginación el mundo de la novela, y esa visión va cambiando a medida que este avanza en la lectura y se van poniendo en juego estrategias de ordenación, descubrimiento y comprensión de la estructura del texto. El punto de vista del lector va evolucionando a medida que lee al descubrir nuevas perspectivas y “rellenar” los huecos que el texto contiene.
Esta intervención del lector en la novela no la realiza un lector considerado individualmente, sino que sería obra de una conciencia de la comunidad de lectores de una determinada época que da una determinada valoración y significado a una novela concreta. Esto supone que una novela no puede concebirse sin la participación activa de los lectores, y esa participación tiene un sentido histórico, pues las distintas generaciones de lectores van enriqueciendo el texto a medida que lo van recibiendo (incluso hay quien habla de la Literatura y la estética de la Recepción en la literatura infantil y juvenil).
El lector de novelas es, desde el siglo XX, un lector que considera la novela un artefacto complejo, en el que hay múltiples vacíos que ha de llenar de sentido. Se trata, pues, de un lector activo, participativo, como queda de manifiesto en la lectura de los textos más exigentes.
Tal es el caso de Los libros arden mal, la última novela del escritor gallego Manuel Rivas (A Coruña, 1957), en la que el lector que se acerque a ella puede comprobar cómo todo lo dicho anteriormente se pone de manifiesto.
La novela es la obra más ambiciosa hasta ahora del escritor gallego, y es uno de esos libros cuyo tamaño (610 páginas) puede arredrar a más de un lector. En efecto, la novela rebosa por los cuatro costados de literatura y el talento y buen hacer del autor se ponen constantemente de manifiesto cuando va armando ante el lector las piezas de un puzzle complejo que abarca desde los primeros años del siglo XX hasta finales del mismo siglo.
La novela es polifónica, y esas voces narrativas acaban constituyendo una sola voz que cuenta una vida en un territorio en el que se abren cicatrices que tardarán muchos años en cerrarse, si es que aún alguna no permanece abierta. Esas cicatrices tienen su origen en una primera herida: el hecho histórico de la quema de libros en la Dársena del Puerto y en la Plaza de María Pita de la ciudad de A Coruña el 19 de agosto de 1936, en los momentos iniciales de la Guerra Civil española. Ese acontecimiento, espléndidamente narrado, será una especie de eje vertebrador de la novela.
En esa quema de libros encontramos a varios de los personajes que luego volveremos a encontrar apareciendo y desapareciendo a alo largo de la historia, tanto los identificados con el golpe militar, los vencedores, especialmente falangistas, como a los republicanos, los vencidos. Los libros que se queman pertenecen a distintas bibliotecas libertarias de A Coruña, y a la de Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros de la República. Los libros de este, con su exlibris, tendrán una especial importancia en el desarrollo de la novela.
La quema de libros pone de manifiesto dos hechos contradictorios: por una parte la brutalidad fascista y la ignorancia del nuevo Régimen surgido del golpe de estado, y por otra una pasión desbordada por esos libros que comparten algunos franquistas y republicanos.
El grupo de los personajes vencedores está compuesto por tres jóvenes que con el andar del tiempo se convertirán en el juez Ricardo Samos, el comandante y censor Dez y el inspector de la brigada políticosocial Ren. La brutalidad de este y sus métodos acabarán asqueando a Samos, intelectual joseantoniano deslumbrado por la Alemania nazi. El censor Dez es el más exquisito de todos, incluso escribe versos y reivindica la cultura.
El grupo de personajes republicanos es más amplio, social, intelectual e ideológicamente. Hay figuras históricas, como Casares Quiroga y Ánxel Casas, alcalde de Santiago en 1936, y otros como Arturo da Silva, boxeador, Luis Terranova, cantante de tangos que fue brutalmente apaleado por la policía, el pintor Sada, la pintora Chelo Vidal y su hermano Leica, fotógrafo.
La novela se va tejiendo con las múltiples historias de estos y otros personajes, a veces entrelazadas entre sí, por ejemplo: el juez Samos es el marido de Chelo Vidal. El juez se codea con las más altas instancias del Régimen y su obsesión es obtener un destino más alto en Madrid, una especie de reconocimiento a su labor. Su mujer, que en una cena de aniversario en la ciudad para conmemorar el 18 de julio arrojará panfletos sobre las cabezas de los prebostes asistentes a la misma, acabará siendo víctima de la represión que encarna su marido.
Pero la novela es mucho más, es una crónica de la ciudad de A Coruña en el siglo XX, especialmente de la guerra civil, la posguerra y el posfranquismo, y por extensión de la España de aquellos años. También es excelente literatura, con la variedad de sus registros expresivos, y su prosa lírica y rigurosa que llega a convertirse incluso en protagonista de la novela.
Un texto ambicioso y exigente para el lector, que se va construyendo entre sus manos. ¿Hay algo más placentero que aquello que tú mismo has ayudado a construir?
Un auténtico deleite en todos los sentidos. Literatura a raudales. Placer asegurado. Disfrútenla y déjense fascinar según la van “cocinando”.
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Manuel Rivas. Los libros arden mal. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 610 páginas. 22 €.
(Post dedicado a Aurelia, que también sintió emoción)
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Ernesto Sempere tenía 18 años cuando fue condenado en un consejo de guerra a 20 años y un día. En el juicio, que tuvo lugar en 1940, sin garantías, sin legitimidad, se aportaron como pruebas unos dibujos que había hecho tres años antes, cuando contaba 15. Era un muchacho, denunciado por otros chicos, compañeros de su instituto, por una pelea. Quienes lo acusaron nunca comparecieron en aquel juicio-farsa, se limitaron a declarar en oficinas de Falange. Ernesto estuvo en la cárcel desde 1940 hasta 1948. Antes de morir, en el año 2005, buscó a quienes lo delataron para decirles que los perdonaba. Encontró el teléfono de uno de ellos y lo llamó. Habló con un hijo de este hombre, que ya había fallecido, y lo que sorprendentemente escuchó al otro lado del teléfono le disuadió de intentarlo con los demás.
Pero esta historia (diario El País, 13/05/2007) no acaba ahí, y parece condenada a no hacerlo nunca, a permanecer en la memoria de los hijos y nietos de este hombre, que siempre la llevó consigo.
Es una tremenda historia, una de muchas, una de tantas, de esas historias que con el tiempo terminan pareciéndose a otras. Historias que a veces afloran en el relato de hombres y mujeres que saben que ya les queda poco tiempo. Historias que morirán con ellos un poco, pero no del todo. La memoria es tozuda y alberga, ya digo, muchas de esas historias, tan parecidas las unas a las otras, tantas veces contadas sin pasión, acaso en voz baja, en un tono neutro, como para no hacer daño, como si la memoria fuera algo incómodo. ¿Para qué contarlo ahora? ¡Hace tanto tiempo que pasó! Se escucha decir. Pero qué triste es la desmemoria.
Esas historias grandes, a veces feas, tristes y sucias, nos evocan unos años que parecen no haber existido nunca, pero de los que aún quedan testigos. Son esas historias que acaban siendo verdad cuando parecían mentira. Esas historias que han permanecido agazapadas en esa zona helada del corazón, donde apenas llega la luz.
Una de esas historias es la que se cuenta en la última novela de Almudena Grandes. Una historia del pasado que se convierte en una historia del presente para unos personajes que no pueden vivir con ella y acaso tampoco sin ella. Una terrible historia que dos personajes cuyos caminos convergen, Álvaro cree que por azar, Raquel por calculada premeditación, usarán y administrarán para dos fines bien diferentes.
En manos de Raquel supone la venganza, el ajuste de cuentas con el pasado de su familia, una familia destrozada por la guerra civil y arruinada por un ventajista sin escrúpulos. Raquel es una mujer que se mueve en los negocios de inversión, en el mundo financiero de los potentados, y está dispuesta a usar sus conocimientos y su posición para hacerle pagar un precio al hombre que arruinó a su familia. Es algo que cree deberse a sí misma. Ha vivido toda su vida con ese estigma y ahora cree llegado el momento de reparar en parte el daño causado. Su venganza, aun teniendo una cara económica, es realmente moral, y entronca en cierta manera con la dignidad de sus abuelos.
Álvaro, el hijo de ese hombre sin escrúpulos, profesor universitario, científico, se encuentra con ese pasado impensadamente. Se le viene a la cara un día, revolviendo viejos papeles de su padre, como esas imágenes que uno quiere apartar de sí pero que a la vez nos atraen de forma poderosa. Álvaro no sabe, como Raquel, pero quiere saber, y es consciente de que saber tal vez le haga daño, pero aún así, indagará con denuedo en esa zona que le ha sido vedada durante toda su vida.
Raquel siempre supo, Álvaro empezará a saber y querrá saber. Es en ese plano del conocimiento donde estas dos vidas, zarandeadas por algo de lo que ellos no han sido responsables, convergerán en un imposible territorio que acabará haciéndose habitable; pero para ello cada uno deberá desprenderse de algo, algo que le pertenece al otro también. El pasado ya no es suyo, conocerlo no es poseerlo. Pero a pesar de todo y de todos, se saben dueños del futuro, y para llegar a él tendrán que soltar lastre, no es otra la forma de emprender el vuelo.
Al final, el pasado no sólo explica el presente, también lo ensucia. Algunos prefieren seguir ocultando la suciedad bajo los muebles. Ahí sigue.
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Decía un buen amigo que le encantaban las aceitunas negras porque eran las mejores que había, de manera que cuando surgía la ocasión, no cabía controversia alguna: aceitunas negras. Y las comía sin pasión, como asumiendo que no cabía hacer otra cosa. Compadecía sinceramente a los que no sabían, o no querían o no podían apreciar la bondad de aquellas olivas. El problema es de los otros, decía, no de las aceitunas. Me he acordado de este amigo hoy, cuando he terminado de leer las más de novecientas páginas de la última novela de Almudena Grandes.
Empecé la novela convencido de que iba a ser una buena novela, que iba a disfrutar de su lectura. Nada nuevo a estas alturas tratándose de otra obra de Almudena Grandes, me dije. Por otra parte, había leído la anterior novela, Los aires difíciles (Edit. Tusquets, 593 páginas), ciertamente magnífica, que apareció en febrero de 2002. Leí después los cinco relatos tirando a novelas cortas de Estaciones de paso (Edit. Tusquets, 287 páginas, septiembre de 2005), que me convencieron definitivamente de que esta escritora se maneja mejor en la larga distancia que en la corta y que comenté en su día. Y ahora, ya digo, acabo de terminar la última: El corazón helado.
Es una extensa novela, tal vez algunos pensarán que demasiado. A pesar de ello, empecé su lectura totalmente convencido de que entraba en un libro excelente, y según y conforme avanzaba por el texto me iba persuadiendo cada vez de más de estar en lo cierto, como el de las aceitunas, vaya.
Prejuicios de lector aparte —y reconozco que los tengo—, esta novela me ha parecido magnífica, desbordante de literatura. Por momentos, una auténtica desmesura. Un texto que va creciendo, creciendo, levantándose poco a poco hasta hacerse verdad.
La novela es una tremenda historia de amor, de esas que hay tantas por ahí y tan parecidas, grandes o pequeñas, grandiosas o sórdidas, que parece que no van a ir a ningún lado y al final terminan por ser verdad. Pero también es algo más, mucho más que eso. Es la voluntad de contar lo que sucedió en un pasado próximo, reciente, en la época turbulenta de los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil, y la larga posguerra, con sus exiliados, sus vencedores y sus perdedores, su hambre, su dolor y su miseria, y también su dignidad. Un pasado que se nos viene al momento presente en los hijos y nietos de aquellos que lo vivieron y protagonizaron de alguna manera.
Es la historia de un traidor, Julio Carrión, un hombre que se hace a sí mismo sin escrúpulo alguno, que no dudará en marchar a Rusia después de la guerra civil como soldado de la División Azul, escondiendo entre sus ropas un carné de las Juventudes Socialistas. Y un traicionado, Ignacio Fernández, republicano, soldado defensor de Madrid, exiliado. Y esta historia va hilvanándose con otras que van armando un tejido narrativo fluido, una novela de novelas, subyugante y maciza, sin fisuras, que es capaz de convulsionar al lector, que de ninguna manera queda indiferente, sino más bien todo lo contrario. Tocado, pero no hundido.
La obra se articula formalmente en tres partes: “El corazón” (113 páginas), “El hielo” (610 páginas), y “El corazón helado” (176 páginas), a las que hay que sumar una nota de la autora bajo el título “Al otro lado del hielo” (10 páginas). La estructura en tríptico, con ese gran bloque central flanqueado por los otros de menor extensión, consigue un eficaz despliegue de la materia narrada ya que cada una de esas tres partes se divide a su vez en capítulos en los que se van alternando y sucediendo las voces de dos narradoras con un grado diferente de implicación con lo narrado.
En los capítulos impares de cada parte aparece un narrador interno en primera persona que es la voz de un personaje, el hijo de Julio Carrión, Álvaro. Él es quien nos introduce en la novela y su focalización perceptual (vista, oído, olfato, tacto…), psicológica e ideológica van dosificándose con oficio a lo largo de todo el texto según va narrando el encuentro y enamoramiento entre él y Raquel, que les llevará a ambos a descubrir la fractura que supuso la guerra civil y cómo ese pasado todavía alcanza hasta el presente.
Por otra parte, en los capítulos pares un narrador omnisciente en tercera persona va contando fragmentariamente la historia familiar de la familia de Ignacio Fernández, el abuelo de Raquel.
La técnica básica es la realista, pero sabiamente combinada con procedimientos que vienen de la renovación de la novela en el siglo XX, como el estilo indirecto libre o el monólogo interior. Lo moderno y lo tradicional se funden sin estridencias en algunos momentos clave de la novela, como la desgarradora lectura que hace Álvaro de la carta de su abuela Teresa que su padre le ocultó en vida (páginas 302 a 307).
En fin, en estos tiempos en los que parece que no es lícito revisar una inamovible visión histórica, en los que se quiere perpetuar el olvido interesado —algunos voceros hablan de remover el pasado, cuando tal vez deberían decir hacer, por fin, justicia a tantos a los que se les negó durante tanto tiempo—, la lectura de esta novela se hace necesaria.
Permítaseme añadir un dato anecdótico. El texto que les propuse en el examen de la tercera evaluación a mis alumnos de 2º de Bachillerato para que analizaran sus características lingüísticas y literarias, es el siguiente fragmento de la novela, un pasaje en el que se narra la celebración de la muerte de Franco que hacen los exiliados en París (pág. 41-42).
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Raquel se acordaría siempre de aquel día, pero no por la milagrosa transformación de su abuela, que parecía de repente una mujer muy joven, porque le brillaban los ojos, y los labios, ni por la forma en que su abuelo Ignacio miraba a su mujer, pozos salvajes, sombríos, también sus ojos salvo cuando la seguían como si estuviera a punto de enamorarse de ella, treinta y tres años después de que ella le enamorara por primera vez. Los dos se besaron en la boca durante mucho tiempo cuando terminaron de bailar en una plaza donde otros españoles mucho más jóvenes y muy distintos, frutos amargos de la España de Franco, estudiantes y exiliados voluntarios de última hora mezclados con pseudoaventureros izquierdistas de buena familia y trabajadores a secas, habían improvisado una verbena con el acordeón de un argentino que sabía tocar pasodobles.
Eran españoles y bebían champán. Eran españoles y por eso bailaban, y cantaban, y hacían ruido, e invitaban a beber, a bailar, a cantar, a cualquiera que se acercara a mirarlos, pero su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa, más trivial quizás que la que iluminaba las mejillas hundidas de quienes habían pagado un precio elevadísimo por sonreír aquella noche, pero también más entera, más cercana a la felicidad auténtica. Los vieron por casualidad, cuando iban a recoger el coche para volver a casa, y se quedaron mirándoles por pura diversión, sólo porque eran tan jóvenes y hablaban tan alto y se reían tan fuerte y hacían tanto ruido y estaban tan contentos.
—¿Sois españoles? —preguntó a la tía Olga el que se fijó en ellos, y Olga bebió de la botella antes de contestar.
—Sí.
—¿Emigrantes? —insistió, y Olga volvió a beber, negó con la cabeza, hizo una pausa para tomar aire y señaló al abuelo.
—Ese es mi padre —dijo—. Ignacio Fernández Muñoz, alias el Abogado, defensor de Madrid, capitán del Ejército Popular de la República, combatiente antifascista en la segunda guerra mundial, condecorado dos veces por liberar Francia, rojo y español —y en su voz tembló una emoción, un orgullo que Raquel no pudo interpretar..
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Cuando se pasa la última página de esta magnífica, intensa y terrible historia uno se encuentra con esta emotiva cita de don Antonio Machado: para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente no estoy tan seguro... Quizás la hemos ganado.
Pero mejor que oigan las palabras de la propia autora. Les propongo para ello varias opciones: una breve e informal entrevista (2.30 minutos), también pueden ver (se accede directamente a la descarga del archivo) esta entrevista con Almudena Grandes de casi una hora de duración en un programa cultural de una televisión chilena en la que habla de Atlas de geografía humana, y les recomiendo especialmente la grabación de esta entrevista que le hizo a la escritora el periodista Antonio San José para CNN+ con motivo de la publicación de El corazón helado.
Y después, lean esta excelente novela. Merece la pena, es aceitunas negras.
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Almudena Grandes, El corazón helado. Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 933 páginas. 25 €.

Los límites de la novela, sus fronteras, ese territorio que un narrador cuenta, se están diluyendo cada vez más. Y buena prueba de ello viene a ser el texto protagonista de un curioso fenómeno de boca a boca desde que apareció, allá por noviembre del 2006. El pasado año, como aquel que dice: Nocilla Dream.
Ese texto (¿o debería llamarlo novela?) es para la revista Quimera uno de los libros de narrativa destacados de entre los publicados en 2006. Llamo la atención del paciente lector de este humilde blog sobre la adscripción que del libro hace la revista: narrativa, si bien afirma a continuación “decimos narrativa porque la obra está a caballo entre la colección de relatos y la novela. La explosión de fragmentos que sólo tienen en común algunos motivos convierte el proyecto en uno de los más arriesgados del panorama actual”.
El padre de la criatura es Agustín Fernández Mallo, (A Coruña, 1967) licenciado en Ciencias Físicas, ejerce profesionalmente en el ámbito de las radiaciones nucleares con fines médicos. Autor de diversos artículos en los que aborda la relación estética y epistemológica entre la poesía y la ciencia, es colaborador habitual de las revistas culturales Lateral, Contrastes, La Bolsa de Pipas, La fábrica y Anónima, tanto en el ámbito de la creación como en el del ensayo. Ha publicado los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (I Premio Café Mon, 2004), el Poemario-performance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005), y también es autor de Carne de Píxel, y del experimento narrativo El hacedor (de Borges) Remake, ambos inéditos.
Si el lector quiere una aproximarse un poco más a este autor, no estaría de más que leyera esta entrevista, que aunque es del 2005, alguna luz puede arrojar sobre la cuestión.
Y si persevera, es obligado acudir a la página web de la editorial Candaya, donde encontrará el amable y perseverante lector un impresionante dossier de prensa sobre el autor y la obra, del cual les recomiendo encarecidamente la audición de una entrevista radiofónica en el programa El Món a Rac1, el entrevistador hablando en catalán y el entrevistado respondiendo en castellano (observen de paso la impagable muestra que se nos ofrece en 20 minutos de la convivencia entre las dos lenguas mientras oyen al autor hablar sobre su novela).
Oigan detenidamente esta entrevista, lean el dossier de prensa, y lean la novela. O, si lo prefieren, lean primero la novela y después oigan la entrevista y lean todo lo demás. Para abrir (un poco) el apetito (lector), tienen el inicio de la (digámoslo ya) novela aquí.
Algunos dicen que es un interesante experimento narrativo, deudor de una peculiar estética visual y que supone la llegada a la novela de la estética del blog. Una novela fragmentaria, porque así es el mundo. La novela de mañana que deben leer los lectores de hoy…
Si están interesados y no la encuentran, no se preocupen. La editorial les manda gentilmente un ejemplar ingresando en cualquier sucursal del BBVA 16 €, gastos de envío gratis. En la página web encontrarán el enlace “comprar”. De nada.
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Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream. Edit. Candaya. Barcelona 2006.

James Salter (Nueva York, 1925) no es precisamente un autor que se prodigue demasiado, y la aparición de un nuevo libro suyo siempre es saludada por los lectores como una buena noticia, pues la marca de calidad de la casa va a estar presente con casi absoluta seguridad, como ha venido sucediendo desde que publicó su primera novela.
Su libro de cuentos Anochecer, que obtuvo el premio Pen Faulkner en 1988, era hasta ahora lo último que se había publicado de este escritor casi secreto, del que no se da noticia alguna en su particular aquí y ahora de la literatura estadounidense actual que traza Rodrigo Fresán en la revista Letras Libres.
Salter estudió ingeniería, combatió en la guerra de Corea a los mandos de un caza y esa experiencia de la guerra supuso su arranque literario a los 32 años con la novela de claras referencias autobiográficas Pilotos de caza. Después publicó las novelas Años luz, Juego y distracción, En solitario y el ya mencionado libro de cuentos con el que ganó el Pen Faulkner. Ahora, la editorial Salamandra publica en España su último libro, el volumen de cuentos La última noche.
El libro se compone de diez relatos agrupados bajo el título del último de ellos, una muestra magistral de la escritura de este autor, del mismo nivel, por otra parte, que las nueve restantes. Todas las historias hablan de las relaciones entre hombres y mujeres, y suelen tener su arranque en la experiencia de una pérdida que de alguna manera condiciona las actitudes de los protagonistas ante la vida. Son historias de la vida cotidiana, de amor y desengaño, deseo y traición, amistad y soledad, las grandes miserias y las pequeñas grandezas de la vida.
Ninguno de los cuentos acaba de forma previsible, como los excelentes cuentos que son. El silencio de una joven mujer enferma de cáncer ante las diversiones banales de sus amigas, una mujer que se obsesiona con el perro de un escritor en crisis, un hombre que termina acostándose con la amante de su suegro, la esposa que sufre y soporta los líos homosexuales y amorosos de su esposo, un matrimonio en perfecta armonía que puede destruirse tras la revelación de un secreto, la peripecia triste y solitaria una vieja gloria del cine…
Historias aparentemente corrientes, pero literariamente muy elaboradas, en esa prosa con marca de la casa en la que domina “la exquisitez impresionista del lenguaje; la desafiante voluntad de contarlo todo con las palabras justas y exactas; y el magistral logro de conseguirlo sin que se note el esfuerzo detrás de la sólo en apariencia sencillez del trazo. Alguna vez interrogado acerca de cómo había alcanzado lo que para muchos —entre ellos John Irving, Richard Ford, Susan Sontag, Michael Herr y Harold Bloom— era la perfección, Salter le restó mérito al asunto con un "eso que llaman mi estilo no es más que la insistencia, por lo general inconsciente, en unas 10.000 palabras que acaban configurando una suerte de huella digital y que determinan la naturaleza de lo que hago" (Rodrigo Fresán, El País). Esta escritura minimalista, depurada, enraizada permanentemente en la elipsis, en dejar en la recámara de la escritura algo sin contar, en ese guiño cómplice al (buen) lector, da resultados realmente espléndidos, así sucede en el primero de los cuentos, Cometa, donde se nos habla de Philip Ardet, que se casó con Adele en junio, después de que ella hubiera obtenido el divorcio. Todavía era guapa, pero ya demasiado mayor para tener hijos. A ella le gustaba contar anécdotas de su primer marido. Ella y Philip se habían conocido en un campo de golf.
[...]
Llegó el otoño. Una noche estaban en casa de los Morrissey. Él era un abogado alto, albacea de muchas herencias y depositario de otras más. Leer testamentos había sido su verdadera educación, una mirada al alma humana, decía él.
Otro de los comensales era un hombre de Chicago que había hecho fortuna con los ordenadores, un papanatas, como se vio enseguida, que propuso un brindis durante la cena.
—Por el fin de la privacidad y la vida digna —dijo.
Estaba con una mujer apagada que recientemente había descubierto que su marido se entendía con una negra de Cleveland, aventura que por lo visto había durado siete años. Incluso podía ser que tuvieran un hijo.
—Entenderéis por qué para mí venir aquí es como un soplo de aire fresco —dijo ella.
Las mujeres se mostraron solidarias. Sabían lo que tenía que hacer: reconsiderar completamente los últimos siete años.
—Es verdad —convino su acompañante.
—¿Qué es lo que hay que reconsiderar? —quiso saber Phil.
Le respondieron con impaciencia. El engaño, dijeron, la mentira: ella había sido engañada todo aquel tiempo. Mientras tanto, Adele se estaba sirviendo más vino. Con la servilleta tapó el mantel donde había derramado ya una copa.
—Pero fueron tiempos felices, ¿no es cierto? —preguntó inocentemente Phll—. Eso pasó a la historia. No es posible cambiarlo. No se puede convertir en infelicidad.
—Esa mujer me robó a mi marido. Me robó todo cuanto él había prometido.
—Perdona —dijo Phil en voz baja—. Son cosas que pasan a diario.
Hubo un coro de protestas, las cabezas adelantadas como los gansos sagrados. Sólo Adele guardó silencio.
—A diario —repitió él con voz ahogada, seca, la voz de la razón o cuando menos de los hechos.
—Yo nunca le robaría a otra el marido —dijo entonces Adele—. Jamás. —Su rostro adquiría un tono de cansancio cuando bebía, un cansancio que conocía todas las respuestas—. Y jamás rompería una promesa.
—Creo que no lo harías —coincidió Phil.
—Tampoco me enamoraría de uno de veinte años.Estaba hablando de la profesora, la chica que había aparecido aquella vez, rebosante de juventud.
—Desde luego que no.
—Él abandonó a su mujer —les dijo Adele.
Silencio.
La media sonrisa de Phil había desaparecido, pero su semblante aún era agradable.
—Yo no abandoné a mi mujer —dijo en voz queda—. Fue ella la que me echó.
—Abandonó a su mujer y a sus hijos —continuó Adele.
—No los abandoné. Además, entre nosotros ya no había nada. Llevábamos así más de un año. —Lo dijo sin alterarse, casi como si le hubiera sucedido a otro—. Era la profesora de mi hijo —explicó—. Me enamoré de ella.
—Y empezaste una historia con ella —sugirió Morrissey.
—Pues sí.
Existe amor cuando pierdes la capacidad de hablar, cuando ni siquiera puedes respirar.
—Al cabo de dos o tres días —confesó Phil.
—¿Allí mismo, en tu casa?
Phil negó con la cabeza. Tenía una extraña sensación de impotencia. Se estaba abandonando.
—En casa no hice nada.
—Abandonó a su mujer y a sus hijos —repitió Adele.
—Ya lo sabías —dijo Phil.
—Los dejó plantados. Llevaban casados quince años, desde que él tenía diecinueve.
—No llevábamos quince años casados.
—Tenían tres hijos —precisó Adele—, uno de ellos retrasado.
Algo ocurría: Phil se estaba quedando sin habla, una sensación parecida a la náusea en el pecho. Como si estuviera renunciando a fragmentos de un pasado íntimo.
—No era retrasado —acertó a decir—. Sólo… tenía dificultades para aprender a leer, eso es todo.
En ese instante le vino a la cabeza una dolorosa imagen de sí mismo y de su hijo. Una tarde habían remado hasta el centro del estanque de un amigo y se habían zambullido, los dos solos. Era verano. Su hijo tenía seis o siete años. Había una capa de agua cálida sobre otra, más profunda, de agua fría, del verde descolorido de ranas y algas. Nadaron hasta el otro extremo y luego volvieron. La cabeza rubia y la cara nerviosa de su hijo asomando a la superficie como los perros. Año de alegría.
—Cuéntales el resto —dijo Adele.
—No hay nada que contar.
—Resulta que esa profesora era una especie de call girl. La sorprendió en la cama con un tío.
—¿Es verdad? —preguntó Morrissey.
Estaba acodado en la mesa, con la barbilla apoyada en la mano. Crees que conoces a alguien, te lo parece porque cenas con él o con ella, juegas a las cartas, pero en realidad no es así. Siempre te llevas una sorpresa. Uno no sabe nada.
—No tuvo importancia —murmuró Phil.
—Pero el muy burro se casa con ella —continuó Adele—. La chica va a Ciudad de México, donde él estaba trabajando, y se casan.
—No entiendes nada, Adele —repuso Phil. Quería añadir algo, pero no pudo. Era como estar sin resuello.
—¿Todavía hablas con ella? —preguntó Morrissey con toda tranquilidad.
—Sí, sobre mi cadáver —dijo Adele.
Ninguno de ellos podía saber, ninguno podía visualizar Ciudad de México y aquel primer año increíble, conduciendo hasta la costa para pasar el fin de semana, cruzando Cuernavaca, ella con las piernas desnudas al sol, y los brazos, la sensación de mareo y sumisión que experimentaba con ella, como ante una foto prohibida, ante una subyugante obra de arte. Dos años en México ajenos al naufragio, él fortalecido por la devoción que ella le inspiraba. Aún podía ver su cuello inclinado hacia delante y la curva de su nuca. Aún podía ver las finas trazas de hueso que recorrían su tersa espalda como perlas. Aún podía verse a sí mismo, el que era antes.
—Hablo con ella —admitió.
—¿Y tu primera mujer?
—También hablo con ella. Tenemos tres hijos.
—La abandonó —dijo Adele—. Es todo un Casanova.
—Hay mujeres que tienen mentalidad de poli —dijo Phil a nadie en particular—. Esto está bien, esto otro no. En fin... —Se puso en pie. Lo había hecho todo mal, se daba cuenta, mal y a destiempo. Había echado a pique su vida—. Pero hay algo que puedo decir con el corazón en la mano: si se presentara la oportunidad, volvería a hacerlo.
Una vez hubo salido, los demás siguieron hablando. La mujer cuyo marido había sido infiel durante siete años sabía qué se sentía.
—Finge que no puede evitarlo —dijo—. A mí me ocurrió lo mismo. Pasaba por delante de Bergdorf’s un día y vi en el escaparate un abrigo verde que me gustó y entré a comprarlo. Un poco más tarde, en otro lugar, vi uno que me pareció mejor que el primero, y me lo compré. Total, cuando acabé tenía cuatro abrigos verdes en el armario, y todo porque no fui capaz de dominar mis deseos.
El cielo, fuera, su bóveda superior, estaba cuajado de nubes y las estrellas se veían borrosas. Adele finalmente lo vio: estaba de pie en la parte más oscura. Se acercó a él con paso tambaleante. Vio que tenía la cabeza levantada. Se detuvo a unos metros de él y levantó también la cabeza. El cielo empezó a girar. Adele dio un par de pasos imprevistos para mantener el equilibrio.
—¿Qué estás mirando? —preguntó al fin.
Phil no respondió. No tenía intención de responder. Y luego:
—El cometa —dijo—. Salía en la prensa. Se supone que hoy es la noche que se ve mejor.
Hubo un silencio.
—No veo ningún cometa —dijo ella.—¿Dónde está?
—Justo ahí encima —señaló él—. No se distingue de cualquier otra estrella. Es eso que sobra al lado de las Pléyades. —Phil conocía todas las constelaciones. Las había visto surgir con la oscuridad sobre costas desoladoras.
—Vamos, ya lo mirarás mañana —dijo ella, casi como si lo consolara, pero no se acercó a él.
—Mañana no estará. Sólo pasa una vez.
—¿Y tú cómo sabes dónde estará? —dijo ella—. Vamos, es tarde, marchémonos.
Phil no se movió. Al cabo de un rato ella se encaminó hacia la casa, donde, ostentosamente, todas las ventanas del piso y la planta baja estaban encendidas. Él se quedó donde estaba, contemplando el cielo, y luego la miró a medida que se iba haciendo pequeña al cruzar el césped, alcanzar primero el aura, luego la luz, y al cabo tropezar en los escalones de la cocina. (Cometa, págs. 15-21).
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Sirva el fragmento como muestra de la escritura de Salter, en la que sólo se nos dice lo imprescindible. Estamos en una cena de amigos en la que salta a la conversación el engaño y la mentira. Phil pasa a ocupar el centro de la pequeña tormenta que se ha desatado entre los platos y ve impasible cómo una parte de su historia personal, miserable, se sirve en bandeja. El lector percibe que esa cena es el momento que Adele, la mujer de Philip, ha elegido para su particular ajuste de cuentas con el pasado de su marido, soltar algo que la hiere por dentro, con el estímulo de la bebida. Luego, como si se produjese un cambio de escena cinematográfico, un giro, Phil contempla el cielo en el jardín y el desengaño y la traición parecen diluirse en el silencio de la noche. Allí fuera, en el exterior, contemplando el cielo, parece como si las cosas tuvieran un sentido diferente, y la visión del cometa pudiera empequeñecer y hacer olvidar las pequeñas miserias personales.
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Crítica de José María Guelbenzu en el suplemento Babelia del diario El País (13/01/2007)
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James Salter, La última noche. Edit. Salamandra. Barcelona, 2006. 156 páginas, 11.90 €

Gert Ledig es un novelista injustamente olvidado, tal y como afirma Sebald en su ensayo Historia natural de la destrucción (Anagrama, Barcelona 2003. Página 102). Ledig había publicado en Alemania tres novelas en un corto espacio de tiempo: Die Stalinorgel [El órgano de Stalin] (1955), Die Vergeltung [Represalia] (1956) y Faustrech [La ley del más fuerte] (1957), y después no volvió a publicar, a pesar del éxito que obtuvo con la primera novela, tanto entre el público como por la crítica; algunos, incluso, llegaron a firmar que Die Stalinorgel era una de las mejores obras sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero cayó en el olvido y hoy en día es un autor casi desconocido, del que la excelente editorial Minúscula ha recuperado Represalia.
Ledig nació el 4 de noviembre de 1921 en Leipzig y se crió en Viena. En 1939, con 18 años, se alistó como voluntario en la Wehramacht y llegó a conocer en el 42 el horror en Stalingrado, donde sufrió graves heridas —un fragmento de metralla le destrozó la mandíbula inferior— por las que fue devuelto a Alemania. Allí trabajó en tareas burocráticas, que le llevaron a visitar diversas ciudades, en algunas de las cuales llegó a presenciar ataques aéreos que lo marcaron profundamente.
Después de la guerra vagó por un Munich en ruinas instalando andamios y fracasando en distintos negocios. En 1950 trabajó en Austria para el ejército norteamericano. Allí empezó a escribir su primera novela, cuya primera edición se agotó enseguida. Cuando en el otoño de 1956 apreció Represalia, su autor se sentía muy esperanzado después de la buena acogida que tuvo la primera. Sin embargo, la reacción pública ante esta nueva obra fue devastadora, y la crítica dijo de ella que era una «terrorífica pintura deliberadamente macabra», una obra «que desbordaba el marco de lo verosímil y lo razonable», «una abominable perversidad, una cámara de los horrores». El Badische Zeitung expuso con claridad la clave del virulento rechazo de la novela: el lector alemán no admitía descripciones en las que se echaba de menos cualquier trasfondo y visión metafísica de orientación positiva. En definitiva, no se quería leer sobre lo sucedido, se quería olvidar el tema, aún quedaban demasiados escombros que recordaban claramente lo sucedido, y era insoportable revivirlo en la lectura.
Después de ello, Ledig se fue apartando de la literatura, y a partir de los años sesenta se dedicó al periodismo y a escribir para la radio.
A comienzos de 1998 diversos periódicos alemanes se sumaron al debate sobre “Guerra aérea y literatura” que iniciara Sebald con las conferencias pronunciadas en Zurich en el otoño de 1997, publicadas posteriormente con el título citado al principio. Ese debate despertó el interés por Represalia, pues esta novela junto con Der Untergang [La caída], de Hans Erich Nossak, son la gran excepción en la literatura alemana de posguerra, pues se centran totalmente en los bombardeos a ciudades alemanas, un tema que generalmente se ha abordado de pasada.
Gert Ledig murió el 1 de junio de 1999 en un hospital de Landsberg am Lech. Sólo pudo ver las galeradas de la segunda edición de Represalia.
La novela comienza sí:
13.01, hora de Centroeuropa
Dejad que los niños se acerquen a mí.
Cuando explotó la primera bomba, la onda expansiva arrojó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cementerio porque sus padres combatían en el frente y había que buscar primero a las madres. Solo hallaron a una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.
La bomba, al explotar, lanzó un zapatito por los aires. Pero eso carecía de importancia. Ya estaba destrozado. Cuando la tierra proyectada hacia arriba volvió a caer con un repiqueteo, las sirenas empezaron a aullar. Daba la impresión de que se había desatado un huracán. Cien mil personas notaron como latían sus corazones. La ciudad llevaba tres días ardiendo y desde entonces las sirenas aullaban siempre demasiado tarde. Parecía hecho adrede, porque entre la destrucción provocada por los bombardeos se necesitaba tiempo para vivir.
Así comenzó todo.
Al otro lado del muro del cementerio dos mujeres soltaron el cochecito y cruzaron corriendo la calle. Pensaban que el muro del cementerio era seguro, pero se equivocaban.
De repente, los motores atronaron el aire. Una lluvia de bengalas de magnesio se clavó, siseando, en el asfalto. Al instante siguiente estallaron. Las llamas crepitaban en lo que momentos antes era asfalto. La onda expansiva volcó el cochecito. La barra salió proyectada hacia el cielo y un bebé cayó rodando de una manta. La madre, situada junto al muro, no gritó. No le dio tiempo. Aquello no era un parque infantil.
Junto a la madre chillaba una mujer que ardía como una tea. La madre la miró sin saber qué hacer antes de ser ella misma pasto de las llamas, que empezaron por los pies y subieron por las pantorrillas hasta el vientre. Se dio cuenta justo antes de encogerse. Una bomba explotó a lo largo de la tapia del cementerio, y en ese instante ardió también la calle. Y el asfalto, y las piedras, y el aire.
Eso sucedió junto al cementerio.
En el interior era diferente. Dos días antes las bombas habían desenterrado los cuerpos. El día anterior los habían enterrado. Lo que fuera a suceder ese día aun estaba por ver. Hasta los soldados que se pudrían en sus tumbas lo ignoraban. Y ellos hubieran debido saberlo. Sobre sus cruces se leía: «No habéis caído en vano.»
A lo mejor hoy quedaban reducidos a cenizas...
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La novela relata en toda su crudeza el ataque aéreo a una ciudad alemana en julio de 1944, cuando el final de la guerra era ya conocido e irreversible. El narrador, con una fría y distante actitud notarial, muestra en toda su crudeza “la súbita irrupción del invierno un día de verano”.
El relato se organiza en diversos planos que el autor va hilvanando en un eficaz montaje. Esos planos se estructuran en tres niveles. El nivel del suelo, donde destaca un pelotón de adolescentes al servicio de una batería antiaérea a cuyo mando está un nazi enloquecido que pretende enfrentarse a la lluvia descomunal de bombas. En ese mismo nivel también están los prisioneros rusos y algunos habitantes que vagan por las calles sin ningún propósito.
Por encima de ese nivel, un bombardero de la US-Air-Force, que atraviesa la barrera antiaérea.
Llegaron en formación de combate. La primera oleada. Nubes de langosta con inteligencia humana, volando a cuatro kilómetros de altura, bombardero junto a bombardero. Las alas, casi rozándose, refulgían al sol. Cuando el alférez levantó la mano para proteger sus ojos, divisó también a los cazas: insectos por encima de las escuadrillas, zumbando entre las nubes.
Al mando de las palancas que abren las compuertas de la bodega del bombardero está el sargento Strenehem. Acciona los mandos y suelta su mortífera carga sobre el cementerio. El piloto del aparato le recrimina esa acción. Minutos más tarde Strenehem tendrá que saltar en paracaídas y será capturado.
El tercer nivel es el del subsuelo. Los búnkeres y los sótanos convertidos en refugios antiaéreos. En los sótanos se hacina la población civil, los pocos que no han querido o no han podido huir de la ciudad. Con silenciosa resignación esperan su destino, morir ahora bajo las bombas o esperar la llegada de los soldados rusos. En los búnkeres los soldados no piensan, algunos se emborrachan.
—Rezar —sugirió alguien.
La bóveda gemía sin cesar. Detrás de las paredes, el ruido sordo aumentó para después amortiguarse. La chica percibió el movimiento a su espalda y se mordió los labios. Todo parecía afelpado, como si ya estuviera podrido.
La alfombra de bombas cae implacable sobre la ciudad arrasándolo todo en una ceremonia de caos y destrucción sin sentido.
Quien todavía gemía, fue reducido al silencio. El que gritaba, lo hacía en vano. La técnica aniquilaba a la técnica. Doblaba postes, despedazaba maquinaria, abría cráteres, derribaba muros: la vida era un simple despojo.
No es de extrañar que los lectores alemanes de aquellos años, los del famoso milagro alemán, no pudieran soportar la lectura de tanta muerte y destrucción. Estaban reconstruyendo un país y expiando una culpa, aquello ya era demasiado, otra vez el horror.
En el otoño de 1957, cuando ya se había evidenciado el desprecio de los lectores hacia la novela, Ledig escribió a la editorial: «Represalia fue un libro muy fuerte, y de un modo u otro recorrerá su camino. Como mínimo tiene asegurada una nueva edición después de la Tercera Guerra Mundial»...
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PS: En la obra citada de Sebald, páginas 35-38, puede leerse lo siguiente:
En pleno verano de 1943, durante un largo período de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El objetivo de esa empresa, llamada «Operation Gomorrah», era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba, que abarcaba los barrios de Hammerbrook, Hamm Norte y Sur, y Billwerder Ausschlag, así como partes de St. Georg, Eilbek, Barmbek y Wandsbek. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas quedaron rotas y arrancadas de sus marcos mediante bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quince kilos penetraban hasta las plantas más bajas. En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas partes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era un solo mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Hasta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos habían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes. Zonas residenciales cuyas fachadas sumaban doscientos kilómetros en total quedaron completamente destruidas. Por todas partes yacían cadáveres aterradoramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quemado hasta volverse pardos o purpúreos, o se habían reducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían retorcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración comenzaron a despejar el terreno, encontraron personas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pared, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hirviente que había brotado de las calderas de calefacción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas, cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto para la ropa..
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Crítica de la novela en el suplemento Babelia (diario El País).
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Gert Ledig, Represalia. Edit. Minúscula. Barcelona 2006. 232 páginas. 16.50 €.

Margarete Buber-Neumann es tal vez una de las víctimas más representativas del totalitarismo del siglo XX, pues fue testigo del horror de la persecución de la NKVD (la policía estatal soviética similar a la Gestapo alemana), de las cárceles estalinistas, de los campos de concentración de Siberia y del campo alemán de Ravensbrück. Fueron en total ocho largos años los que esta mujer pasó en el sistema concentracionario tanto soviético como nazi.
Heinz Neumann, el marido de Margarete, fue detenido la noche del 27 al 28 de abril de 1937 en la habitación del Lux, el hotel en el que residían en Moscú. Neumann era un dirigente del PC alemán que incluso llegó a gozar de la confianza de Stalin. Hablaba ruso a la perfección y se había exiliado junto con Margarete a la Unión Soviética cuando Hitler alcanzó el poder. Pero Neumann era un intelectual, un hombre que leía y pensaba más allá de las consignas del Partido. No tardó en caer en desgracia, y lo inevitable sucedió. Así refiere su mujer su detención en las primeras páginas:
Era aproximadamente la una de la madrugada cuando golpearon violentamente la puerta de nuestra habitación. Salté de la cama y encendí la luz. Los golpes se repetían en la puerta:
—Heinz, por el amor de Dios, ¡despiértate!
Sonrió y se volvió del otro lado.
Temblaba al abrir la puerta. En el umbral había tres agentes de la policía soviética, con el director del Lux. Sus órdenes no llegaban a mi cerebro; sólo retumbaban en mi oído y me dolían como martillazos. Me falló la voz.
Nuestra habitación fue poseída por el crujido de las botas. Rodearon el lecho del delincuente, apaciblemente dormido. Pero la voz de “¡Neumann, levántese!” le hizo despertar sobresaltado.
—¿Tiene usted armas?
Su cara conservó durante unos segundos aquella expresión de horror casi infantil, para adquirir enseguida una palidez mortal, una vez decidido a luchar por la vida:
—¡Protesto contra esta detención!
—Le queda mucho tiempo para protestar.
La irónica respuesta provenía del natschalnik del grupo. Las gafas sin montura que llevaba le hacían parecer un intelectual.
“¡Vístase!”, ordenó a continuación. Se acercó después a la ventana u corrió cuidadosamente las cortinas. El director del hotel, Gurewitsch, se sentó en una butaca con las piernas extendidas mientras los otros tres comenzaban el registro de la habitación.
Neumann fue fusilado, acosado de troskista y de conspirar contra la Revolución. Varios meses después fue detenida Margarete y comenzó su peregrinaje por las prisiones y los campos de trabajo soviéticos a lo largo de dos años. Llegó a estar a las puertas de la muerte pero logró sobrevivir.
Liberada por los rusos, fue entregada a la Gestapo y llevada al campo de concentración de Ravensbrück, en donde permanecería hasta 1945. Allí trabó amistad con Milena Jesenká, la enamorada de Kafka y destinataria de las Cartas a Milena. Ambas planearon escribir un libro en que se refirieran las atrocidades de los regímenes totalitarios comunista y nazi. Milena murió en 1944 y Margarete escribió este magnífico libro, uno de los documentos memorialísticos más importantes del siglo XX que hace que su sufrimiento no fuera en vano. Su rememoración nos trae a personas concretas, seres humanos de diversa condición, que desde su crueldad o sufrimiento nos recuerdan lo que fue una parte del siglo XX que nos parece cada vez más lejana pero que sigue estando ahí.
En el recuerdo está el sentido, lo que da la verdadera dimensión a aquello que parece que nunca sucedió.
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Margarete Buber-Neumann, Prisionera de Stalin y de Hitler. Prólogo de antonio Muñoz Molina. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona 2005. 512 páginas. 19 €.

Había llegado el momento temible que considerábamos que podía llegar desde hacía ya muchos años y que habíamos discutido con los amigos un centenar de veces, sin creer seriamente que se aproximaba. Durante ocho años el nacionalsocialismo se había hinchado como un fantasma, cada vez más. En nuestros viajes a Alemania, veíamos cómo echaba a perder a la gente, la atontaba, la engañaba con un falso socialismo aparente; y cómo el loco antisemitismo segaba implacable la vida de miles de alemanes, tan buenos alemanes como todos los demás, sólo porque, según la nueva locura, no eran “arios”. (pag. 14)
A ese fantasma sobrevivió Helene Holzman, una mujer de origen alemán descendiente de judíos, culta, liberal, pintora de renombre y profesora de dibujo, que vivía en la ciudad lituana de Kaunas. Estaba casada con Max Holzman, librero, alemán, también de origen judío. Ambos habían adquirido la nacionalidad lituana en 1936.
Según la nomenclatura nazi Max era judío “pleno”, como hijo de dos padres judíos. Helene era “medio judía”, pues era hija de padre judío y madre no judía, pero fue considerada alemana por las autoridades del Reich y las lituanas; además, estaba bautizada como evangélica. El matrimonio se había trasladado junto con sus dos hijas, Marie y Margarete, a Kaunas, donde Max regentaba una librería. En el año 33 el antisemitismo prendió entre los alemanes afincados allí y Max, que hasta ese momento era considerado un alemán más, ahora deja de serlo, y es tenido por judío.
Al atardecer del día 24 de junio de 1944, Kaunas fue tomada por el ejército alemán, pero antes de que llegaran los soldados alemanes, los partisanos habían recibido ya órdenes antisemitas y organizaron los primeros progromos. Muchos de los judíos que trataron de huir en esos días fueron detenidos por los partisanos. El día 25 son detenidos Max y Marie, la hija mayor. Marie es liberada, pero el librero es fusilado al día siguiente.
Marie, una pacifista convencida, miembro del Komsomol, que incluso hablaba con los soldados alemanes con el propósito de convencerlos de lo inútil de la guerra, fue detenida el 4 de agosto. Su madre, como ya había hecho con ocasión de la detención de su marido, inicia un peregrinaje por despachos de policía, abogados, amigos y funcionarios que resulta inútil. Los amigos la aconsejan huir, salir de allí inmediatamente, que ella y su hija pequeña se pongan a salvo. Marie es asesinada en diciembre, en lo que se conoce como “la gran acción”, que supuso la muerte de 10.000 judíos de Kaunas. Mientras tanto, el ejército alemán penetraba hacia el interior de Rusia con paso victorioso.
A partir de este momento a Helene solo le guía una idea fija: salvar a su hija, esa obsesión daría título a estos tres cuadernos publicados ahora y redactados en 1944 en una prosa concisa, distanciada de todo sentimentalismo, casi como un frío informe académico o un acta notarial:
En el gueto reinaba una relativa calma. Ya no se producían grandes carnicerías. Comparada con las lamentables condiciones de vida, la situación sanitaria no era mala, la mortalidad, baja. Se veía que lo que había quedado era realmente una selección natural: hombres y mujeres duros, y cuanto más duras las condiciones, tanto más fanática era su voluntad de vivir, su fuerza para superar todos los peligros (pág. 189).
Helene y Margarete abandonan su casa y se refugian en la humilde cabaña de dos mujeres rusas, a las que llaman las Natachas. En esa cabaña estas mujeres se organizan para ayudar a los judíos del gueto en todo lo que les era posible, incluso ayudándoles a escapar y esconderse, y todo ello corriendo un tremendo riesgo:
Nosotros nos habíamos propuesto no recoger en casa a nadie más, porque durante las visitas diurnas a las brigadas podíamos sufrir fácilmente un registro. Pero las semanas con Mositchen, que habían transcurrido tan felizmente, nos dieron valor para seguir arriesgándonos (pág. 253).
Cuando en agosto de 1944 los soviéticos ocupan Kaunas, el gueto ya no existía, los alemanes lo habían destruido y trasladado sus últimos moradores a campos de concentración en Polonia. Los pocos judíos que lograron sobrevivir a esta masacre lo hicieron gracias a la ayuda de ciudadanos como estas mujeres, y otros muchos como ella que desinteresadamente pusieron en peligro sus vidas para salvar las de otros en un acto de generosidad del que estas memorias dan fe.
Helene Holzman da por finalizados sus cuadernos cuando los alemanes se han marchado: Ese día había terminado el espantoso sueño, la espantosa realidad que había destruido nuestras vidas, la vida de miles y cientos de miles de manera absurda y demente. Mirábamos confiados hacia la nueva era.
Después de la retirada alemana de Lituania, Helene Holzman dio clases de alemán en la universidad de Kaunas. Después de abandonar la universidad dio clases de alemán en la escuela de música de esta ciudad. En 1965 las autoridades soviéticas le conceden a ella y a su hija permiso para viajar a la República Federal de Alemania. En 1967 vistan Israel. El 25 de agosto de 1968 muere en un accidente de automóvil en la ciudad alemana de Giessen.
Había empezado a escribir el lunes 25 de septiembre de 1944, con cincuenta y tres años, a lápiz. Termina su relato el 1 de agosto de 1945. Estos cuadernos estuvieron en manos de su hija Margarete hasta que el escritor y traductor Reinhard Kaiser contactó con esta durante la investigación para otro libro y ambos se decidieron a publicarlos. La obra fue merecedora del premio Geschwister-Scholl porque “en su calidad de testimonio individual impresionante y profundo bien merecía figurar junto a los diarios de Ana Frank y Victor Klemperer.
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Helene Holzman. Esta niña debe vivir. Tres cuadernos 1941-1944. Traducción de Carlos Fortea. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores. Barcelona 2005. 396 páginas. 18.90 €.

A media que las tropas americanas iban liberando los campos de concentración algunos mandos instaban a los soldados que tenían cámaras fotográficas a dejar constancia del horror que iba apareciendo ante sus ojos, fotografiando aquello que tenían ante sí y cuya contemplación les llenó de horror desde los primeros momentos. De esta manera se obtuvo un importante material gráfico de primera mano de aquella locura que los curtidos soldados americanos grabaron para siempre en sus retinas y en sus carretes.
A pesar de que las tropas tenían prohibida la confraternización con los civiles alemanes, pronto tuvieron lugar los primeros contactos entre soldados y paisanos. En las primeras conversaciones entre la tropa y paisanos de pueblos y ciudades próximos a los campos inevitablemente surgieron preguntas sobre esos terribles lugares de exterminio.
Los soldados comentaron sorprendidos a sus mandos que muchos ciudadanos alemanes les insistían en su absoluto desconocimiento sobre esta cuestión, mostrando su escepticismo ante lo que los soldados les relataban. No sabían, no habían visto, no habían oído... Muchos soldados se mostraban indignados ante esa indiferencia, ese no saber, y algunos propusieron a sus mandos que se llevase a los campos a quienes decían no saber ni haber visto nada, para que pudieran ver allí ver las fosas comunes, los crematorios, con sus propios ojos. Hubo mandos que accedieron a esta propuesta y bastantes ciudadanos alemanes fueron obligados a contemplar aquello que muchos decían desconocer.
El propio general Dwight Eisenhower, relató en sus memorias su visita al campo de concentración de Buchenwald, el 13 de abril de 1945: “Visité cada rincón del campo porque sentí que, desde ese momento, era mi obligación estar en condiciones de dar un testimonio de primera mano sobre esas cosas, en caso de que en mi país aumentara la presunción de que “las historias de la brutalidad nazi eran sólo propaganda”. Algunos miembros del grupo de visitantes fueron incapaces de atravesar esa experiencia. Envié comunicaciones tanto a Washington como a Londres, exhortando a ambos gobiernos a que mandaran en el acto a Alemania a diferentes editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debía ser presentada inmediatamente a los públicos norteamericano y británico de una manera que no dejara ningún lugar a dudas cínicas”.
La mujer que vemos en la fotografía pasa apresuradamente, con una mano tapándose la boca, ante decenas de cuerpos exhumados. Lo hace con los ojos apenas entreabiertos, como si quisiera seguir resistiéndose a no saber. Al fondo, una fila de soldados americanos contempla la escena. La fotografía fue hecha por Edward Belfer el 17 de mayo de 1945. Por aquella fecha muchos alemanes habían arrancado ya la doble S de su uniforme, o quemado algún documento comprometedor.
Seguramente esa mujer no sabe nada de la pertenencia a las juventudes nazis de un tal Joseph Ratzinger, ni conoce a un muchacho de diecisiete años que se sintió orgulloso la primera vez que se vistió con el uniforme de las Waffen SS. Es mejor no saber, apresurar el paso y hurtar la mirada.
Pero hubo otras mujeres que no cerraron los ojos ante el horror y dieron testimonio de ello. Mujeres que un día decidieron escribir y traspasaron su mirada al papel. Esas miradas abrieron otras y por ellas también supimos del horror y la barbarie que vivieron las víctimas del sistema concentracionario del Tercer Reich.
Aunque la mayor parte de los testimonios sobre los campos de concentración es de hombres —recordemos la imprescindible trilogía de Primo Levi, o las obras de Jean Améry, Jorge Semprún, Elie Wiesel, J. Amat-Piniella, entre tantos otros—, recientemente está apareciendo entre nosotros el testimonio de las mujeres, la barbarie no entendía de sexos, en obras que, en palabras de Primi Levi, “transmiten dolorosa sabiduría del mundo, lo que demuestra que la autora no padeció en vano” (prólogo a El humo de Birkenau). Me referiré aquí al testimonio de tres de ellas: Liana Millu, Margarete Buber-Neumann y Helene Holzman.
Liana Millu nació en Pisa en 1914 en el seno de una familia judía. Se dedicó a la enseñanza, pero fue apartada de la docencia por las leyes racistas del estado italiano en 1938. En 1943 se integra en la Resistencia, fue arrestada por la Gestapo al año siguiente y deportada a Auschwitz-Birkenau, de donde logró sobrevivir. Murió en febrero de 2005.
Millu es autora del libro de relatos El humo de Birkenau, publicado en 1947, el mismo año en que Levi publica Si esto es un hombre. El libro lo constituye un conjunto de seis relatos escritos en primera persona, hay una clara identificación entre narradora y autora, protagonizados por mujeres, en la línea de la literatura testimonial propia de este tipo de textos, en los que se evocan distintas historias que la autora conoció en su cautiverio en Birkenau.
Millu deja de lado la reflexión y análisis sobre lo que le tocó vivir en el campo y opta por un relato objetivo, a veces distanciado, para que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.
En los cuentos se narran profundas experiencias protagonizadas por mujeres, con la tortura y la muerte como trasfondo. Así, en Lily Marlene, la primera de las historias, se nos refiere lo acontecido a la joven húngara Lily, que se sonroja cuando le dicen las compañeras que tiene un hochane (enamorado) en el campo. Lily hace labores de costura para una brutal kapo, encargada de llevarlas a un campo, donde trabajan llenando de tierra grandes carretones. Mientras las presas trabajan, la kapo se encierra en una cabaña con su hochane, un preso de un grupo que trabaja cerca. Un día, el hombre sale de la cabaña y le dice a Lily besándola que sea su enamorada. La escena la contempla la kapo, quien golpea brutalmente a la muchacha. Cuando regresan al campo, a la entrada, la columna es detenida: es una selección. La narradora intenta ayudar a Lily, que, abandonada, no quiere luchar más. La kapo le indica al médico que la muchacha no puede trabajar. El médico la aparta de la fila y la secretaria apunta el número tatuado en el brazo.
En La clandestina se nos refieren los sufrimientos de una prisionera embarazada de siete meses que intenta ocultar su abultado vientre en el convencimiento de que la guerra acabará y su hijo podrá conocer un nuevo mundo y no acabar siendo humo.
Bruna, la protagonista de Alta tensión, que ve a diario a su hijo trabajar hasta la extenuación entre hombres, corre a abrazarse con él en un último acto de amor a través de la alambrada electrificada: Llegó a los cables y en el instante en que los bracitos se fundían con los de la madre, se produjo un chisporroteo de llamas de color violeta; sacudidos con violencia los cables emitían un zumbido y esparcieron en el aire un olor acre a quemado. [...] Antes de alejarme me di la vuelta: Bruna y Pinin seguían allí, estrechamente abrazados, la cabeza de la madre posada sobre la del hijo, como si quisiera proteger su sueño. La muerte, siempre inevitablemente la muerte. Muerte que no se siente si oyes la alarma aérea (El billete de cinco rublos), la ilusión de la liberación, que si no existe se inventa para poder vivir al menos un día más. Otras veces es un acto de amor, como en Scheiss Egal, protagonizado por una mujer que se alista en el comando de las prostitutas y poder así conseguir comida para su hermana enferma, que la rechaza desde su lecho de muerte, la antesala del horno crematorio.
En el último de los relatos, Ardua decisión, Lise encuentra el amor en el campo a pesar de todo. O tal vez a causa de todo eso el amor sea un antídoto contra la muerte.
Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, sostiene que el holocausto ha entrado a formar parte de nuestra cultura y se ha convertido, además, en un mito (con todo lo que ello supone) para la civilización occidental. Es, además, un problema moral. En Sombra larga y oscura señala: “Europa no es sólo un mercado común y una unión aduanera, sino espíritu y espiritualidad. Quien quiera participar en este espíritu, deberá pasar, entre otras cosas, por la prueba de fuego que supone enfrentarse de forma moral y existencial al holocausto”. El humo de Birkenau es una buena manera de hacerlo.
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Liana Millu, El humo de Birkenau. Edit. Acantilado. Barcelona 2005. 196 pág. 14 €.

Esa vieja sombrilla ha sido testigo este verano durante unos días de mis lecturas playeras. Ahí me ven, en esa especie de diminuto locus amoenus, mientras las medusas campaban a sus anchas, yo leía a la sombra de la sombrilla pasajes como este, perteneciente a la última novela de Mario Vargas Llosa:
La idea de pasar una noche entera con ella, de hacerle el amor, gustar en mis labios el parpadeo de “su sexo de pestañas nocturnas” (un verso del poema Material nupcial, de Neruda, que yo le había recitado al oído la primera noche que pasamos juntos, en mi buhardilla del Hotel du Sénat), sentir que se dormía en mis brazos y despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio acurrucado contra el mío, me tuvo los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y el miedo a que algo frustrara el plan apenas me permitían concentrarme en el trabajo (Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala, pág. 74).
Seguro que Ricardo Somocurcio también cree, como Vargas Losa, que la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse del infortunio, porque si de alguna manera hubiera que calificar su vida, ése sería el calificativo que más le convendría: infortunio.
Pero Ricardo Somocurcio tardó casi toda una vida en darse cuenta de la verdadera naturaleza de la suya, y nunca lo lamentó, a pesar de tener sobradas razones para ello. Todo empezó allá por el verano de 1950, en un Miraflores inundado por los sones del mambo. Aquel verano, además de la Orquesta de Pérez Prado, también llegaron a Miraflores las hermanas Lily y Lucy, las chilenitas, que con sus liberales costumbres deslumbraron a todos los muchachos. Pronto inicia Ricardo una historia de amor con Lily, que se irá convirtiendo con el paso de los años en una verdadera y obsesiva pasión que lo irá atrapando, hasta casi destrozarlo, y que incluso lo lleva a la puerta del suicidio.
Ricardo es el narrador-protagonista de la última novela de Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala, que en un relato en primera persona da cuenta al lector de una vida organizada en torno a dos pasiones: vivir en París y un amor imposible por una mujer fatal, con la que llegará a casarse por conveniencia. El texto es una deposición de un Ricardo maduro, ya entrado en la cincuentena, en la que refiere los avatares de las uniones y separaciones de dos personas con sentimientos, intereses y aspiraciones totalmente diferentes: ella, la “niña mala”, sólo pretende redimirse de su pecado original, pertenecer a una clase social baja; para ello, pragmática y ambiciosa, únicamente busca estar con hombres ricos y poderosos a los que no duda en esquilmar; él, el “niño bueno”, que la ama por encima de todo y vive para perdonarle sus desprecios y abandonos, es el auténtico héroe del melodrama, casi folletín, que es la novela.
La narración constituye una exploración de un misterioso sentimiento que dura toda una vida, una auténtica pasión, en el estricto significado del término (acción de padecer). El autor organiza para ello una historia de amor atormentado e irracional, con ribetes de sadismo y masoquismo, que se sustenta en la atracción casi enfermiza por la persona que puede hacernos daño (¿es amor o enfermedad?, se preguntará el lector en más de una ocasión). Es amar el daño, afirma Rosa Montero.
La historia se estructura en siete capítulos, numerados y titulados, que se corresponden con los sucesivos encuentros y desencuentros de Ricardo y la “niña mala”. En ellos se va construyendo todo un mundo de personajes —eso es básicamente la novela— en un recorrido por distintas ciudades (Lima, París, Londres, Tokio, Madrid) y tiempos por los que discurre ese amor poderoso y obsesivo en la más pura tradición del irracionalismo romántico.
La novela se inicia en la ciudad de Lima (Cap. I), años cincuenta, en donde el quinceañero Ricardito conoce a Lily, una de las hermanas chilenas, de la que se enamorará perdidamente. Pronto descubrirá que no son chilenas.
Diez años después (Cap. II), Ricardo vive en el revuelto París de los sesenta y aprueba el examen para traductores de la Unesco. Lleva una vida un poco a salto de mata y se relaciona con gentes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), como Paúl, el encargado de mandar a jóvenes con ansias revolucionarias a formarse en Cuba, actividad en la que Ricardo lo ayuda ocasionalmente. Esto le pone en contacto con una tal camarada Arlette, a la que reconoce enseguida, pues no es otra que la Lily de Miraflores. Aunque ha pasado bastante tiempo, Ricardo sigue perdidamente enamorado de ella, pero Arlette se marcha a Cuba, donde parece ser que llega a mantener una relación con un gerifalte de la Revolución. Un tiempo después, Ricardo la vuelve a encontrar casualmente en la sede de la Unesco; ahora es madame Robert Arnoux, elegante señora de un alto funcionario de dicho organismo. Retoman los furtivos encuentros sexuales hasta que un día ella desaparece; algo inevitable, pues la señora Arnoux le reconoce que sólo se quedaría con un hombre muy rico y poderoso. Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más (pág. 81). A estas alturas de la novela el melodrama está servido y no tiene caso seguir resumiéndoles lo que en ella se narra. Mejor que la lean, porque lo realmente interesante es leer novelas, no hacerles la autopsia (Vargas Llosa dixit). Con todo, merece la pena hacer una pequeña consideración sobre este aspecto de la novela.
El melodrama es uno de los géneros literarios más populares y su eficacia radica en la repetición de un esquema dramático basado en el principio de positivo/negativo o esperanza/desesperanza, de tal manera que a una situación de bienestar le corresponde una de dolor, y a una de dolor, una de bienestar. En el caso de la última novela de Vargas Llosa, la alternancia se da entre los sucesivos encuentros de Ricardo y la “niña mala”, elemento positivo, y el abandono subsiguiente de aquel por parte de esta, elemento negativo. Este esquema le permite al autor complicar la historia cuanto desee y alargarla lo que le parezca; así, los encuentros y abandonos se suceden cuantas veces necesite el autor para su propósito.
Por otra parte, el melodrama se articula con personajes muy bien definidos desde el principio, como es el caso. El lector percibe pronto que Ricardo es una buena persona, sin fisuras, y que la “niña mala” lo es cada vez más e incluso alcanza la perversión, y así se afirma en el tramo final de la novela:
—Me conoces mal —dijo ella, muy tranquila—. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.
—A mí me has hecho las peores maldades que puede hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque tenían más dinero, y me largabas sin el menor cargo de conciencia. No lo has hecho una sino dos, tres veces. Dejándome destrozado, aturdido, sin ánimos de nada. (Pág. 370)
Travesuras de la niña mala es esencialmente una novela de personajes que en ocasiones acusa demasiado la deuda con el género del melodrama. No obstante, y como contrapunto, creo que debe destacarse, por una parte, el tono humorístico que impregna la novela, y que viene a actuar como contrapeso del melodrama, y por otra, el abanico de personajes secundarios, algunos de ellos suponen realmente un acierto, como el niño que no habla y sus padres.
La novela se lee bien, lo cual no es ningún demérito, y aunque los compases iniciales puede parecer que flojean, a partir del capítulo V (El niño sin voz), cuando la vida de ella da un dramático giro que la redime de su ser egoísta y arribista cuya causa se nos revela en el último capítulo, la novela remonta el vuelo, de tal manera que toma altura hacia el final y el lector puede constatar el buen hacer del autor, su dominio de la narración.
En fin. El que tuvo, retuvo. Pero de este autor me quedo con novelas como Conversación en La Catedral o La tía Julia y el escribidor, sin que ello haga suponer que crea que esta Travesuras de la niña mala sea una mala novela, que no lo es, aunque no alcance la altura de las antedichas.
Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 375 páginas. 19.50 €.

La gran marcha, la nueva novela de E.L. Doctorow, es un inmenso mosaico de piezas que constituyen un rompecabezas de historias y personajes que se van entrelazando finamente entre sí hasta constituir una excelente narración de los momentos finales de la Guerra de Secesión americana. La novela es una pieza más (excelente, en este caso) de ese ejercicio de reconstrucción de la historia de los Estados Unidos que viene haciendo Doctorow, con títulos tan notables como El libro de Daniel (1971) o Ragtime (1975), y en ella se narra la gran marcha de más de sesenta mil hombres que condujo el general Sherman por Georgia y las dos Carolinas arrasando plantaciones, pueblos, ciudades, y liberando esclavos.
Por la novela desfilan personajes reales y ficticios, en la tradición americana de fact and fiction que también pudimos ver en Libra de Don DeLillo, y al lado de Sherman o el presidente Lincoln encontramos a Pearl, la esclava manumitida, los soldados Arly y Will —una especie de criminales nihilistas y uno de los logros de la novela—, el periodista Hugh Pryce, el soldado Calvin y otros que recorren el texto se diría que con precisión militar sustentados por una depurada técnica narrativa (fíjese el lector atento especialmente en los diálogos sin entrecomillar ni guión fundidos en la narración, una auténtica exhibición de poderío estilístico).
En el año 1864, después de incendiar Atlanta, el general unionista William T. Sherman inicia una terrible marcha hacia el mar por los estados de Georgia y las dos Carolinas con un ejército de 60.000 soldados a los que se van uniendo miles de negros liberados, como atraídos por una extraña fuerza que no hace sino aumentar esta marea humana. Es la Guerra de Secesión, una guerra implacable, como piensa Hugh Pryce, enviado especial del Times de Londres y corresponsal con el Ejército del Oeste.
¿Qué guerra se libraba de manera tan implacable y con tanto fervor e intensidad como una guerra civil? Ninguna contienda entre naciones podría igualarla. Los generales del Norte y del Sur se conocían: habían coincidido en West Point o luchado codo con codo en la guerra de México. Inglaterra tenía, desde luego, un largo y sangriento historial de guerras civiles, pero eran hechos antiguos que se estudiaban en los colegios privados. Lo que sucedía en América era algo que uno tenía que ver con sus propios ojos. Y por cruentas y brutales que fueran las contiendas de Lancaster y York, el combate era cuerpo a cuerpo: con hachas de guerra, picas, mazas. Estos hombres eran asesinos de la era industrial: tenían fusiles de repetición capaces de matar a cien metros, metralla capaz de diezmar una fila mientras avanzaba, cañones fijos y móviles, munición capaz de destruir ciudades enteras. Su guerra era tan impersonal y mortífera que, en comparación con cualquier hecho anterior, resultaba poco más que pintoresco.
Sin embargo, todavía quedaba algo de la antigua cultura militar. El brutal romanticismo de la guerra aún era posible en el momento de hacerse con el botín. Cada población por la que pasaba el ejército era un trofeo. En tal pueblo había una gran provisión de vino, en tal otro un granero lleno a rebosar, aquí un rebaño de vacas, allá un arsenal, casa que saquear, esclavos que reclutar. Había algo innegablemente clásico en todo eso, ya que, ¿cómo, si no, se habían abastecido los ejércitos de Grecia y Roma? ¿Cómo, si no, los soldados de Alejandro habían creado un imperio? El ejército invasor, cuando acampaba, se establecía como propietario de la tierra, con todos los elementos de la domesticidad, incluidas las mujeres, ampliando la función puramente comercial de su orden social.
Los hacendados sureños pronto intuyen lo que sucederá, tal es el caso de John Jameson, de Fieldstone, que engrilletó a una docena de sus mejores esclavos y los mandó a un negrero de Columbia —ninguno de mis negros llevará el uniforme federal, eso te lo aseguro— pese a la oposición de Mattie, su mujer. Pero ha llegado el momento de huir.
Ya vienen, Mattie, ya marchan hacia aquí. Es un ejército de perros salvajes bajo el mando de ese apóstata, ese canalla repugnante, ese demonio que primero se beberá tu té y saludará con una reverencia y luego te lo arrebatará todo.
Los ricos terratenientes recogen sus más valiosas pertenencias y abandonan sus plantaciones. Es entonces cuando los esclavos comprenden, al ver el miedo en los ojos de sus amos, que el tiempo de la liberación ha llegado y dirigen sus miradas al horizonte, esperando la llegada del ejército unionista.
Y luego, en la periferia de ese ruido de tierra pisoteada, oyeron, por fin, el vocerío de hombres vivos. Y los mugidos del ganado. Y los chirridos de las ruedas. Peo no vieron nada. Involuntariamente bajaron hacia la carretera, pero siguieron sin ver nada. Aquel clamor sinfónico lo invadía todo, llenando el cielo igual que la nube de polvo rojo que pasaba como una flecha por el sur y empañaba el cielo, era la gran procesión de los ejércitos de la Unión, pero sin más sustancia que un ejército de fantasmas.
Pearl, la esclava negra de piel blanca, hijastra de Jameson, decide como muchos otros unirse al ejército. También se une a la gran marcha la dama sureña Emily Thomson, quien trabajará como enfermera ayudando al doctor Drede Sartorius. No sentirá el menor remordimiento por haber traicionado sus lealtades sureñas y será capaz de contemplar imperturbable todo el horror y la miseria de la guerra.
Otros, como Josiah Culp, fotógrafo, comisionado por el Gobierno para fotografiar la guerra y sus intérpretes, sigue a los ejércitos con el propósito de fotografiar a ambos: Soy fotógrafo con licencia del Ejército de Estados Unidos, explicó Culp. ¿Y por qué cree que es así? Porque el Gobierno es consciente de que, por primera vez en la historia, la guerra quedará grabada para la posteridad. Hago un registro pictórico de este terrible conflicto, caballero. Por eso estoy aquí. Ésa es mi contribución. Retrato la gran marcha del general Sherman para las generaciones venideras.
Josiah todavía no sabe que un soldado rebelde desertor le hará cavar su propia tumba, vestirá sus ropas y a punta de pistola obligará a su ayudante negro a seguirlo hasta el cuartel general de Sherman, donde intentará matar al general. Este personaje recuerda a Mathew Brady, uno de los fotógrafos más importantes que recogió la guerra en sus daguerrotipos.
Pero Sherman sobrevive al atentado y sigue encaminando la guerra hacia su final, con los soldados exhaustos: Esta gente está dando de sí un poco más de lo que yo creía posible, dijo Sherman. [...] Los hombres estaban famélicos y extenuados, y tan consumidos por los meses de marcha y escaramuzas y batallas que ya no quedaba nada de ellos salvo tendón y músculo. Estaban tan coléricos como sólo pueden estarlo los hombres agotados. La ropa que llevaban puesta ni siquiera llegaba a la categoría de harapos, y tenían hinchados y ensangrentados los pies descalzos. No había tamborileros para marcar el paso. No marcaban el paso. Mírelos, dijo Sherman a Teak, montados ambos en sus caballos al pasar revista. ¿Alguna vez ha visto un ejército mejor que éste? Me han dado todo lo que he pedido y más. Cuando acaba esta maldita guerra, los haría marchar Por Pensylvania Avenue en este mismo estado lamentable, apara que la gente se dé cuanta de lo que significa luchar en una guerra, cómo despoja a un hombre de todo lo intrascendente y deja a un luchador aguerrido con entrañas de hierro y el robusto corazón de un héroe.
El General Lee se rinde con todo su ejército ante el general Grant el 9 de abril en el palacio de justicia de Appotomatox, Virginia. La Guerra Civil había terminado, aunque la mente de algunos hombres todavía guarde rescoldos que tardarán tiempo en apagarse.
Aunque esta marcha ha acabado, y airosamente, ahora, y que Dios me perdone, siento nostalgia: no por la sangre y la muerte, sino porque ha dado sentido al suelo mismo que pisó, por cómo ha otorgado trascendencia moral a los campos, ciénagas, ríos y caminos, en tanto que ahora, conforme se disuelve la marcha, también se disuelve su sentido, a la vez que el ejército se disgrega en las intenciones aisladas de la difusa vida privada, y por tanto el terreno queda vacío y también difuso, e inefable, convertido una vez más en objeto, y queda, en la victoria, despojado de su razón de ser, y, ya sea iluminado por el día o a oscuras, ya sea estéril o fértil, aya sea violento o sereno, también queda completamente insensible y sin un objetivo propio.
Y por qué Grant está hoy tan solemne frente a nuestro gran logro si no es porque este planeta inhumano y sin sentido necesitará nuestra huella guerrera para concederle valor, y porque nuestra guerra civil, la fábrica devastadora de los huesos de nuestros hijos, no es más que una guerra posterior a otra guerra, una guerra anterior a otra guerra.
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E.L. Doctorow, La gran marcha. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. Roca Editorial. Barcelona 2006. 379 páginas. 18 €.

Fue al crítico Miguel García-Posada a quien por primera vez le oí hablar en una conferencia de una novela titulada Paradoja del interventor, allá por el mes de abril o mayo del año 2004. La conferencia versaba sobre novela contemporánea y el crítico comentaba la extraña suerte de algunos textos valiosos que pasan desapercibidos, inexistentes para los lectores, engullidos por la vorágine de un mercado editorial en el que priman casi exclusivamente criterios comerciales. Citó entonces a un autor completamente desconocido para mí: Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat. Cáceres, 1950) como ejemplo de lo que venía diciendo. Comentó que era un autor casi desconocido que había publicado una novela excelente en una editorial de Badajoz, que probablemente no traspasaría los estrechos límites de la provincia o de la autonomía.
Apunté en un trozo de papel el título de la novela y el nombre del autor y lo guardé en la cartera. Unos días después, encargué la novela. Me llegó a finales de junio y la leí casi de un tirón.
Ciertamente es una buena novela, muy kafkiana —incluso en algunos momentos me llegó a recordar a alguna de las novelas de Luis Mateo Díez—, en la que se relata la búsqueda de la identidad de un hombre que se apea de un tren nocturno en una perdida estación de provincias para tomar algo en la cantina y pierde el tren. Se queda en la estación y entabla una relación con el camarero de la cantina y con un extraño parroquiano que musita frases en latín. El hombre, forastero y perdido en un mundo extraño, es ayudado por unos y rechazado por otros y pronto es considerado lo que no es, el interventor de la estación. Ese mundo inconcreto, indefinido y misterioso, una metáfora del mundo actual, atrapa al lector hasta el final, en una peregrinación en busca del sentido que de alguna manera nos resulta familiarmente cercana.
La novela ha sido recientemente editada (¿o reeditada?) por Tusquets y de ella ha dicho Rafael Conte en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, que es la mejor novela que ha leído en los últimos años.
Hipérboles aparte, creo que merece la pena leer un texto original, sobre todo en estos días, con la que está cayendo: 37º grados a la sombra en Madrid....
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Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor. Del Oeste Ediciones. Badajoz, 2004. 239 páginas. 12 €.
>> Edit. Tusquets. Barcelona, 2006. 232 páginas.

El 20 de enero del año de 1942 se celebró en una villa a las afueras de Berlín la Conferencia de Wannsee, en la que se ultimó el plan para llevar a cabo la denominada “solución final al problema judío”, lo que suponía el traslado de los judíos europeos a campos de concentración del Este, primer paso hacia su eliminación total. Las actas de la reunión fueron descubiertas en marzo de 1947 por el equipo del fiscal de EEUU que recopilaba información para los juicios de Nuremberg (Mark Roseman, La villa, el lago, la reunión. Edit. RBA).
En la ofensiva de verano de ese mismo año de 1942, los alemanes tienen como objetivo principal la conquista de los campos petrolíferos del Cáucaso y Estalingrado. Los ejércitos alemanes llegan hasta el Ebrus pero no consiguen alcanzar la frontera meridional rusa ni cortar la ayuda militar americana.
La mañana del lunes 13 de julio de 1942, Victor Klemplerer va caminando por una calle de Dresde con Sara Kätchen a visitar una residencia de ancianos. No puede viajar en tranvía, medio de transporte prohibido a los judíos. En su diario anota lo siguiente: “Por el camino creímos durante unos minutos que un joven (¿Gestapo?) nos seguía; nos había adelantado y mirado de un modo sospechoso, se quedó parado delante de un escaparate; hasta que no torció por una bocacalle no nos quedamos tranquilos” (Víctor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1942-1945. Vol. II. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Su mujer, Eva, dada su condición de aria, ha podido realizar el trayecto hasta la residencia en transporte público.
Ese mismo día del 13 de julio del año 1942 unos gendarmes franceses detienen a Irène Némironsky en su casa de Issy-l'Évêque. La familia Némironsky había abandonado París la víspera del día 1 de septiembre de 1939, día en que Alemania invade Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial. Iréne y Michel Epstein, su marido, habían decidido llevar a sus dos hijas, Denise y Élisabeth, al pequeño pueblo de Issy-l'Évêque, de donde es su niñera, Cécile Michaud, y dejarlas allí a cargo de la madre de esta. Iréne y Michel vuelven a París y visitan con frecuencia a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en 1940.
Los Némironsky son censados como judíos por las autoridades francesas en 1941. Michel no puede seguir trabajando en la banca ni Iréne, que por aquellas fechas era ya una novelista de prestigio reconocida por la crítica e incluso traducida al alemán, puede seguir publicando. La ley sobre los ciudadanos extranjeros de raza judía promulgada en 1940 estipulaba que los judíos pueden ser arrestados en su domicilio o internados en campos de concentración.
El matrimonio abandona París y se instala con sus dos hijas en un hotel en Issy-l'Évêque, donde también se alojan soldados y oficiales de la Wehrmacht. Después de vivir un año en el hotel, alquilan una casa en el pueblo. Iréne consigue que su editor le publique varias novelas cortas con pseudónimo, y durante 1941 y 1942 inicia su obra más ambiciosa, Suite francesa, que concibe en cinco partes, pero de las que solo logrará terminar dos.
El 13 de julio de 1942 los gendarmes a las órdenes del gobierno de Vichy detienen a Iréne. El 16 es internada en el campo de concentración de Pithiviers. Al día siguiente es deportada en el tren número 6 a Auschwitz. Es asesinada el 17 de agosto de 1942.
Michel Epstein es detenido en octubre de 1942. Fue deportado a Auschwitz el 6 de noviembre del mismo año y ejecutado nada más llegar.
Cuando arrestaron a Michel, los gendarmes se dirigieron a la escuela a buscar a sus dos hijas, pero estas lograron escapar del acoso escondidas por su institutriz en conventos y refugios de provincias. En su peregrinaje las dos niñas nunca se separaron de la maleta de piel marrón de su madre, que guardaba su ropa, fotos, cartas y diversos cuadernos y papeles sueltos escritos con una apretada letra. Sus hijas siempre creyeron que esos papeles eran un diario de su madre, pero en realidad eran el manuscrito de Suite francesa, que la autora había escrito con una letra minúscula para economizar papel.
Denise Epstein, que hoy cuenta 75 años, ha recordado que cuando terminó la guerra ella y su hermana acudían a diario a la Gare de L’Est para ver si sus padres regresaban entre los supervivientes de los campos. Tuvieron que pasar varios años para que conocieran las circunstancias reales de la muerte de sus padres.
Los papeles de la maleta permanecieron en el fondo de un armario hasta 1980, año en que Denise los empezó a leer y se dio cuenta de que lo que ella creía un diario era en realidad una novela. Todavía hubo que esperar hasta 2004 para que se decidiera a dar el texto a la imprenta.
Suite francesa es una novela organizada en dos partes (Tempestad en junio y Dolce). En la primera se describe en breves capítulos la evacuación de París por parte de diversos personajes, de una manera coral. Así, vemos las diversas reacciones de una familia de la alta burguesía, de un célebre escritor y su amante, de unos empleados de un banco que tienen un hijo en la guerra, de un coleccionista de antigüedades, etc. Es la derrota y el caos, los momentos de incertidumbre en los que nadie sabe realmente lo que sucede. La segunda parte varía el enfoque. Ahora la acción se desarrolla en el pueblo de Bussy, próximo a Dijon, y se nos narra la ocupación y la convivencia entre alemanes y franceses, en ocasiones forzados a confraternizar.
Némironsky ha escrito una novela en la que afloran el sustrato moral y social que mueve a los individuos en una época convulsa. Eso fue lo que le tocó vivir y sobre lo que escribe, y lo hace al mismo tiempo que está pasando y sin pasión —casi notas del natural—, distanciadamente, de tal manera que el lector se erige en testigo de unos acontecimientos que han permanecido vivos en el interior de una maleta marrón, que afectaron a hombres y mujeres brutalmente zarandeados por el horror y la miseria de la guerra.
En la página 44 de la edición española, uno de los personajes de la novela, el escritor Gabriel Corte, pronuncia estas palabras: “Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo”.
Suite francesa es una de las calles más importantes de la narrativa europea de la segunda mitad del convulso siglo XX. Déjense llevar de la mano de la autora por ese fascinante mundo de esta novela. El paseo por ella merece realmente la pena.
La edición española contiene dos interesantes apéndices al texto: las notas manuscritas de la autora y unas cartas (1936-1945), documentos que ayudan inestimablemente a la contextualización y comprensión del texto.
Reseña de Francisco Solano en el suplemento Babelia del diario El País (5/11/2005).
Una visión de la escritora por Octavi Martí, suplemento “Domingo” del diario El País (5/12/2004).
Reseña de Rafael Narbona en El Cultural del diario El Mundo (17/11/2005).
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Irène Némironsky, Suite francesa. Edit. Salamandra. Barcelona 2005. 473 páginas. 19 €.

La Virgen de la Anunciación, de Antonello da Messina, se puede contemplar en el Palazzo Abatellis de Palermo. Bruno Gouvy quiso que Nadia Orlov, su mujer, y su hija Brooklyn conocieran el cuadro y con ocasión de un viaje a Roma, antes de regresar a Londres, alquiló un coche y logró concertar a través de la embajada una visita privada al Palazzo.
Bruno Gouvy es diplomático, hijo y nieto de diplomáticos, pero sin vocación. Nadia lo conoció en París, en el año 85, a donde había acudido becada a estudiar en el conservatorio, después de años de esfuerzo tocando el violín. Enseguida se enamoraron y se casaron después de unos meses. Con Bruno Nadia encontró una estabilidad que le había sido negada hasta entonces y pudo conseguir algo que siempre había creído imposible, quedarse embarazada. En sus variadas relaciones anteriores con otros hombres Nadia abortó varias veces, siempre en el cuarto mes; eso llegó a crearle una situación de culpabilidad extrema.
Nadia nació y creció en Laryat, una ciudad de Siberia, una de esas ciudades de científicos que en una época no figuraban en los mapas. Cuando sus padres emigraron a Estados Unidos ya era una niña prodigio con el violín.
Néstor Oliver-Chapman escucha atentamente este relato que le está refiriendo Brooklyn Gouvy entre las tumbas de un cementerio, en Cádiz, bajo un sol luminoso. Néstor es un periodista de origen español que ha logrado terminar una novela que su amigo Gal Ackerman dejó inacabada a su muerte. Un día ya lejano Gal conoció a Nadia y nada más verla supo que se enamoraría de esa mujer.
Muchas veces pensó en ella cuando escribía su novela en el Oakland, un bar que descubrió por casualidad. El bar lo regenta Frank Otero, un tipo despreocupado y generoso al que le encantaba hablar con desconocidos...
Podría seguir hablándoles de estas y otras historias, historias que se entrelazan formando un complejo y a veces confuso tejido, que a algunos lectores les puede resultar escurridizo, como le ocurría a Gal con su novela, que se le escapaba de entre las manos y no supo o no pudo terminar, delegando para ello en su amigo Néstor. Eso es lo que narra la novela Llámame Brooklyn, la trastienda de otra novela, Brooklyn; literatura desde la literatura, novela de una novela.
En los tiempos que corren —que se lo digan a Auster—, escribir una novela que hable del proceso de creación de otra es una empresa arriesgada, máxime cuando el lector tiene la sensación de tener entre sus manos un cubo de Rubik narrativo, y que después de manipular sus variadas facetas intuye la existencia de una ley que ordena el artefacto pero que parece escapársele en la lectura. Sin embargo esa ley existe, y no se le hurta al lector, aquí no hay extraños guiños ni escamoteos. Lo que ocurre es más bien sencillo: toda buena novela tiene una historia indisociable de la manera de contarla y en esta novela hecha desde la novela el lector encontrará una buena historia y una buena manera de contarla.
Muchos de los lectores actuales tal vez no estén acostumbrados a lidiar con la forma, pues los envoltorios predominantes han favorecido la especie de los lectores limitados, exigentes apenas con la historia, demasiado complacientes y a los que era fácil complacer, pero que rechazaban cualquier movimiento en lo formal que vaya más allá de una convención realista. En este sentido hago mías las palabras de Félix de Azúa: “Todo artefacto (y la novela es un artefacto) es artificioso, pero no tiene por qué ser complejo. Es complejo aquello que requiere uno conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado” (F. de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama).
Llámame Brooklyn se inserta en la fecunda tradición de fragmentarismo de la novela experimental del siglo XX, y a la vez entronca con nuestra tradición literaria de una manera audaz, con desparpajo; es una novela de personajes y ambientes, en la que las distintas voces van orquestando un coro de múltiples caras que se van armando en la lectura hasta resolver el cubo de Rubik narrativo. Las caras encajan a la perfección si seguimos las instrucciones de uso que el texto contiene.
El lector disfrutará armando (leyendo) la novela, como cuando de niños rematábamos en las tardes de invierno aquellos interminables puzzles de cientos de piezas con la colocación de la última, la que nos permitía entonces disfrutar del todo, sin asombro, contemplando aquello que tenía algo de nosotros. Tal vez algo de eso debió de sentir Bruno Gouvy cuando contemplaba absorto la Nunziata de Antonello da Messina en el silencio de aquel museo vacío.
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Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Edit. Destino. 397 páginas. 19.50 €. Premio Nadal 2006.

Antoni García Porta publicó en el año 2001 una novela notable, El peso del aire, que pasó desapercibida en el confuso panorama narrativo de este país, engullida por la vorágine de las novedades que se suceden a una extraña y sospechosa velocidad en los estantes de las librerías o, para ser más exactos, en las mesas de novedades de los nuevos espacios culturales (eufemismo que hace referencia a los departamentos de libros de FNAC, El Corte Inglés, Hipercor, y establecimientos por el estilo).
Ya en aquella novela me pareció que el autor apuntaba maneras, oficio y control sobre lo narrado en un texto que revitalizaba de algún modo el género negro, tan poco cultivado por estas tierras, contando una historia que se desarrolla en la Barcelona actual. La novela tiene una buena arquitectura que le da solidez. Pero ya digo, me parece que pasó desapercibida y no llegó a tener el reconocimiento que se merecía de los lectores. Tal vez en un futuro la reconozcan en alguna película, pues de su trasvase al cine podría obtenerse un buen producto si el guión lo “lee” un buen director.
Recuerdo que por aquellos años, recién iniciada la década del dos mil, tenía bastante tiempo libre, o, para ser más exacto, disponía de ese tiempo pastoso que se enreda en las agujas del reloj y fosiliza las hojas del calendario, el tiempo de los parados. Ciertamente, el tiempo de una persona recién entrada en el paro es algo curioso. Aparece un día de manera inadvertida y toma asiento en uno como si fuera el propietario. En los primeros días te sume en un duermevela existencial que acabas por conocer: no te lleva a ninguna parte, pero es igual, la indiferencia toma posesión de ti y lo notas nada más levantarte. Pero cierto día tu vida da un giro —luego sabrás que no es sino una ilusión: llevas girando sobre ti mismo todo el tiempo—, y decides hacer algo, y lo primero que haces es constatar la importancia que ha cobrado en tu vida la palabra algo. Resulta que tú creías que la palabra algo era una palabra vacía, sin un contenido concreto, pero ahora empiezas a comprobar que es una palabra pesada, tremendamente pesada, hasta tal punto que llegas a sentir su peso sobre los hombros. Intentas sobreponerte y te dices: debo hacer algo. En mi caso ese algo fue leer. No sólo leer, evidentemente. Por aquel entonces mi segunda hija apenas tenía un año y mi dedicación a ella fue para mí un curso intensivo, no sabría decir muy bien de qué, pero intensivo. Callaría parte de la verdad si omitiese que la abuela hacía el curso conmigo, e incluso muchos días iba a clase por mí. Excuso dar explicaciones sobre las excelentes relaciones que hoy en día mantenemos mi hija y yo con la abuela.
Como he dicho leía, y tenía mucho tiempo para leer, y decidí establecer entonces un sistema. Ya había pasada a la acción y me pareció meritorio que la palabra sistema comenzase a desplazar a la palabra algo. Me llevó su tiempo, pero di con la fórmula, o al menos eso creí entonces: dedicaría una parte del tiempo a estudiar la oposición (actividad que consiste básicamente en leer temas) y la otra parte a leer libros (actividad que consiste básicamente en leer libros para que la otra actividad no te deprima). Pronto comprendí que lo de los temas había arrinconado a la palabra algo, lo cual tiene una impagable ventaja, y es que mis familiares y amigos ya no me decían tienes que hacer algo, o la variante algo tendrás que hacer. Quien sepa de esto me entenderá sobradamente. Lo cierto es que fue en aquella época cuando más contribuí a aumentar el índice lector de este país, y no lo digo precisamente por los temas.
Por aquel entonces frecuentaba la librería Crisol (c/ Juan Bravo, Madrid), y hasta allí me llevaban cuatro razones: la más obvia, la de comprar libros; por otra parte, estaba cerca del trabajo de mi mujer, aprovechaba para recogerla después; los dependientes mostraban poco interés en el cliente, practicaban la indiferencia en todo momento, y disponía en aquellos años de unos bancos situados discretamente al fondo del local que me permitían sentirme y sentarme bastante cómodo. En uno de esos bancos empezaba a leer el libro que había escogido deambulando por los pasillos y si creía que la cosa prometía, lo compraba; en caso contrario lo devolvía al sitio de donde lo había cogido. Y en uno de esos bancos un día empecé a leer El peso del aire. Al rato salí de la librería con el libro bajo el brazo.
La novela me gustó, y volví a recordarla un día de julio de 2003 cuando en una de las mesas de novedades de FNAC me topé con otra novela del mismo autor: Singapur. La compré sin pensármelo dos veces.
El personaje principal de la novela es Laura, una mujer que se dedica a viajar (ha sido pintora y ahora se dedica a la fotografía). La novela es un diario que Laura escribe, sin fechar las entradas, para apuntalar su vida, una vida sin objetivos, vivida en el día a día, que trata de llenar con el tabaco, la bebida y el mundo de relaciones que la hacen sentirse viva. Cuando el lector entra en el diario Laura está en Sant Pol, junto a Margot, su madre, enferma de Alzheimer (curiosa relación la de Alzheimer y Literatura). La narradora nos refiere lo que hace ella sola o con su madre. Con frecuencia surge la figura del Arquitecto, marido de Margot y padre de Laura, ya muerto, enterrado en Singapur, ciudad en la que desarrolló una parte importante de su obra. Pero ese recuerdo del Arquitecto planea sobre la madre de una manera especial; en efecto, Margot en el último tramo de su vida, preocupada por su hija y con un profundo sentimiento de aceptación de la muerte, teme olvidarlo a cusa de la enfermedad.
Singapur es la ciudad del pasado, la ciudad de la felicidad, un mundo que se va diluyendo en la mente de Margot. La novela avanza en planos que se van sucediendo o entrecruzando, como las fotografías de playas desiertas que hace Laura. La línea de sombra que separa los recuerdos del olvido.
A Karen Blixen, la escritora danesa autora de Lejos de Africa y Cuentos de invierno, su marido le contagió la sífilis siendo aún muy joven, y durante gran parte de su vida sufriría las terribles secuelas de esta enfermedad. Padeció dificultades para caminar, ataques de vómito imprevisibles, deterioro del sentido del equilibrio, dolores abdominales paralizantes y anorexia, más tarde complicada con úlceras. A pesar de su gran valor físico y su desdén por la debilidad, en ocasiones sus sufrimientos eran tales que se deslizaba de la silla en que estaba sentada y se echaba en el suelo “aullando como un animal”. Cuando murió pesaba treinta y cuatro kilos. Fue en esos últimos años cuando solía hablar de las tres formas de la perfecta alegría en la vida. La primera era la cesación del dolor; la segunda, sentirse rebosante de fuerza; y la tercera, el convencimiento de estar cumpliendo el propio destino. A pesar de sus grandes sufrimientos físicos, era esta última la que de verdad valoraba, porque al contrario que las primeras, que podían considerarse un don de la naturaleza, era una conquista de la voluntad. También una decisión ética. La decisión de hacer suyo su solitario destino, sin reparar en los inconvenientes que esto pudiera acarrearle.
Es esa decisión de Margot y Laura de hacer suyo su destino lo que poco a poco va cobrando cuerpo en la novela en fragmentos sugerentes que se suceden en una narración depurada, mínima y concisa, que envuelve al lector:
......
Margot se ha preparado para morir. Para iniciar el viaje definitivo, ha dicho. Prefiere morir con las facultades plenas, consciente de sus actos. A veces, ha confesado, veo las cosas con claridad. Me ha preguntado si es posible ver las cosas con claridad. Tiene miedo de que sea un espejismo de la misma enfermedad. Un engaño que le hace la vida más llevadera, aunque sólo sea durante unas horas o unos minutos. Se ha arreglado y se ha maquillado para tener un aspecto digno. ¿Qué le digo al Arquitecto?, ha preguntado. Dile que le quiero, le he dicho, y que le echo de menos. Anochecía. Luego se ha tendido a un lado de la cama, me ha cogido de la mano y la ha apretado con fuerza antes de cerrar los ojos. Había un aire de felicidad en su rostro mientras dormía. He necesitado un par de martinis para seguir escribiendo. ¿Para qué sirve escribir? ¿Para qué sirve fumar? He rebuscado en el bolso hasta encontrar la postal del Altes Museum y la he reconstruido sobre la mesita de noche, juntando sus piezas. Margot respira profundamente. Ahora pienso en ella, a mi lado, cada vez más cercana a la muerte, y pienso en las series, en la ópera y en las fotografías y pienso en mañana.
......
Al viejo ideal de mens sana in corpore sano, Karen Blixen acostumbraba a oponer otro más sutil: Navigare necesse est, vivere non necesse, que viene a decir que es más importante no detenerse que vivir. O dicho de otra forma, que lo importante no es tanto la vida en sí como lo que somos capaces de hacer con ella.
No aprobé la oposición y en una reforma de Crisol quitaron los bancos. Bajé los temas al trastero, donde todavía siguen. Meses después encontré trabajo. De vez en cuando me subo a una silla a colocar en una balda de la librería el libro que he acabado de leer. De algunos de ellos les voy hablando aquí.
....
A. G. Porta, El peso del aire. Edit. El Acantilado, Barcelona 2001. 311 páginas, 16.56 €.
A. G. Porta, Singapur. Edit. El Acantilado, Barcelona 2003. 159 páginas, 9 €.

Sostenía Benjamin que el laberinto es la patria de los indecisos, y acaso sea un laberinto la patria de las mujeres de Alice Munro, las protagonistas de los cuentos de Escapada, pues son mujeres que huyen, renuncian a una existencia, parten en busca de algo sin saber muy bien qué es.
Estas mujeres no son heroínas, ni padecen tensiones que las aboquen a una situación límite. Su mundo es sencillo, pero en su interior alienta algo que las impulsa a tomar decisiones por las que a veces deberán pagar un precio. Y es esa elección la que nos permite entrar en unas vidas en las que los actos y los sentimientos van conformando las coordenadas de un laberinto sujeto a un orden. Quizás estas mujeres, a diferencia de lo que decía Benjamin, tomen decisiones para salir de un laberinto a sabiendas de que a la salida les espera otro, el laberinto inexcusable de sus propias vidas.
Como le sucede a Robin, la protagonista de Desencuentro, una enfermera que vive en una pequeña ciudad, y cuida a su hermana mayor, enferma de asma. Todos los años acude en tren un día de verano a una ciudad cercana para ver la representación de una obra de Shakespeare. Pero en esta ocasión un pequeño incidente alterará su anodina existencia. En el teatro pierde el bolso y su dinero para pagar el billete de vuelta. Desolada por el suceso se sienta en un banco para pensar qué hacer. Un hombre con acento extranjero que pasea un perro se ofrece para dejarle algo de dinero. Ambos se dirigen a la casa del hombre, pues este ha salido sin dinero. Robin no desconfía del hombre, tal vez por su acento. El hombre tiene una tienda en la que vende y repara relojes, la vivienda ocupa el piso de arriba. Invita a Robin a subir y le ofrece algo de cenar.
Robin no había tenido novio, ni amantes, y ahora está cenando con un desconocido en su casa. Después de cenar van a pasear hasta la hora de salida del último tren. Ella le pregunta cómo puede devolverle el dinero, y el hombre le dice que el verano próximo estará en el mismo sitio, en su tienda y le pide que se ponga el mismo vestido. Antes de que ella suba a su tren el hombre la abraza y los dos se besan. Deciden no escribirse cartas, sólo volverse a ver el próximo verano.
Y ese verano ella acude a la nueva representación teatral, y después de la obra va a la tienda y lo ve allí, al fondo, ocupado en sus relojes. Cuando el hombre la vio se quedó perturbado y con un gesto de repulsión le cerró la puerta en la cara.
Tendrán que pasar unos años para que Robin, en una sala del hospital donde trabaja, vuelva a reencontrarse con aquel episodio doloroso del pasado. Entonces, las sombras cobrarán sentido y el laberinto de su vida se le abrirá insospechadamente ante sus ojos, cuando ya no hay lugar para preguntarse cómo hubieran sido las cosas.
Escapada consta de ocho historias protagonizadas por mujeres que transitan por un laberinto cuyas paredes están hechas de desamor y de vacío. Tres de esas historias —Destino, Pronto y Silencio— están protagonizadas por Juliet, en tres momentos importantes de su vida, por lo que realmente pueden leerse como capítulos de una novela corta.
Esta señora canadiense de pelo blanco ha escrito un libro excelente, extraordinario en algunos momentos. Uno de esos libros de los que uno habla con entusiasmo a sus amigos, que dejan ese sabor que al lector a la sombra le ha hecho pensar si el próximo libro estará o no a esa altura de los libros con los que uno disfruta del placer de la lectura y se hace mejor leyendo la vida de los otros. Otros como él, como nosotros. Como la vida misma.
Alice Munro, Escapada, Edit. RBA. Barcelona 2005. 286 páginas. 20 €.
Los Bentwood llevan diez años de feliz matrimonio sin hijos ni preocupaciones. Viven en una sólida y confortable casa del siglo XIX con dos pisos y un pequeño jardín en Brooklyn, finales de los años sesenta, en Nueva York. La zona se está empezando a poner de moda y las casas se revalorizan, aunque todavía se pueden ver por el vecindario a marginados, y no es infrecuente que haya algún robo o asalto.
En el siglo XXVI el detective trisexual José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, es contratado por los dirigentes del Gobierno Vasco del planeta Nueva Euzkadi para una misión de carácter altamente patriótico y altamente peligrosa.

Hablábamos un grupo de amigos un día de las pasadas vacaciones navideñas sobre los excesos en la ingesta propios de estas fechas. La charla discurría, como no podía ser menos, alrededor de una bien surtida bandeja de dulces navideños, unas tazas de café y unas copitas de licores varios. Casi todos conveníamos en que es cierto que se engordaba algo estos días, pero eran solo unos días y unos gramos, y luego ya volveríamos a la normalidad.
Una de las contertulias amigas se quejaba desconsoladamente de esos kilos que, arteramente, decía, vienen a buscar refugio y acomodo en aquellas zonas más propensas a ello, a saber: caderas, cintura y culo, sin que el orden de enumeración suponga preferencia alguna, al menos por mi parte. Esta mujer, a la que bien podríamos clasificar como de buen ver —ya metidos en tópicos, qué le vamos a hacer—, echábase mano sin disimulo ninguno y sin asombro de los presentes a esas zonas de su anatomía —supongo que para constatar la veracidad de sus afirmaciones— al tiempo que largaba diatribas e improperios contra turrones, mazapanes, polvorones y otras viandas propias y pertinentes de estos días, incluyendo incluso carnes y pescados, para que no hubiera discriminación ninguna en el reino animal.
Mujer, le dije, con el mejor de mis propósitos, tómatelo con calma, que no es para tanto. Acudes tres días en semana al gimnasio, eres frugal a diario, de vez en cuando haces dietas de ensaladas y frutas... total, los gramos que ahora cojas ya te los quitarás en enero, febrero como mucho.
Con ánimo conciliatorio, no exento de cierto regodeo, tuve a bien recordarle que los mazapanes de Toledo, de los que todos los años le proveo una bien surtida muestra —y más concretamente de la que pasa por ser la marca acaso más acreditada— bien merecen el elogio, la admiración y la degustación, reconociendo en ellos la exquisitez hecha postre como ya hicieron desde antiguo y hacen en la actualidad los toledanos y forasteros. A pesar de que mi exordio parecía ir por buen camino, mi amiga dio inequívocas muestras faciales de que todo esfuerzo por mi parte iba a ser infructuoso, por lo que no me quedó más remedio que cambiar radicalmente de estrategia, así que recurrí a consolarla echando mano de otro tópico, tópico típico totalmente ineficaz, pero en fin. Y recurrí entonces a la poesía, y le di una copia de este poema de Giovanna Pollarolo que había descubierto curioseando por Internet:
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Mientras las demás Mi amiga sonrió con ladina expresión y dirigiéndome una artera mirada me dijo: con que Pollaloro, ¿eh?... ¡No!, corté, Po-lla-ro-lo. ¿Pollarolo?, respondió mientras me miraba no sé si también ladina y arteramente. Po-lla-ro-lo, repetí. Mi amiga miró el texto y me miró a mí. Cuando creí que todo estaba claro, resulta que no lo estaba: Esta poeta es apócrifa, ¿verdad?, este poema lo has escrito tú, ¡no me fastidies!, dijo con muestras de satisfacción.
No. Yo no quería fastidiar. Me levanté. Abrí la última caja de mazapán, la expuse abierta en toda su impúdica exquisitez sobre la mesa, hice unos cafés y le dije a mi incrédula amiga, esta poeta existe, es peruana, puedes buscarla en Internet, al tiempo que degustaba una delicia de mazapán y animaba a los presentes a hacer lo mismo.
Entonces les referí el encuentro que tuve hace un par de años con un poema y cómo llegué al libro que lo contenía.
Hace un par de años, como decía, un compañero me dio fotocopiado este poema para utilizarlo en clase con los alumnos de cuarto de ESO, para iniciarlos en el comentario de textos literarios. El texto, me dijo, es un poema amoroso que les va a resultar muy atractivo y además se puede comentar muy bien, porque es una sucesión de tópicos y metáforas claramente descifrables:
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SUMA DE OPÓSITOS
Eres toda de nieve, ¿quién lo duda?
Frío en tus manos, y en tus labios frío.
En tu interior, un gélido vacío,
y un viento norte en tu mirada aguda.
Un témpano polar tu lengua muda;
tu boca, un lago helado en el estío;
tu corazón, un páramo sombrío,
y una escarcha invernal tu piel desnuda.
Eres toda de nieve... Pero a veces
eres toda de fuego y resplandeces
con un destello níveo que me ciega.
Eres fuego glacial, nieve encendida.
Eres toda de nieve, ¿quién lo olvida?
Eres toda de fuego, ¿quién lo niega?
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En efecto, el texto nos dio mucho juego en clase y le pregunté de quién era. No lo sabía, tampoco recordaba de dónde habías sacado la fotocopia o quién se la había dado. Ahí quedó la cosa. A veces recordábamos el poema y continuábamos preguntándonos por su origen. Llegué a pensar que era obra de mi amigo, y así se lo hice saber en más de una ocasión, cosa que él negaba rotundamente.
Tiempo después de aquello, el pasado año en un curso sobre Literatura española actual en la Fundación Juan March, después de una de las conferencias dedicadas a la poesía, charlando con unos de los asistentes, salió a colación el poema, cómo nos había dado buen resultado con los alumnos y cómo llegué a pensar que lo había escrito un compañero. Les recité los dos o tres primeros versos iniciales y ante mi asombro una de las asistentes dijo sí, hombre, ese es un soneto del Conde de Abascal. ¿Conde de Abascal?, a excepción de esta mujer, ninguno de los allí presentes habíamos oído hablar de ese autor. Nos dijo la compañera de curso que el poema pertenecía a un curioso libro titulado Todos los coños el coño y otros poemas profundos, y que ella lo había comprado hace un tiempo en La casa del Libro.
Esa misma noche, nada más llegar a casa, me puse a la búsqueda, y encontré en Google, pinchando en la primera referencia, la editorial que publicó el libro y alguna que otra referencia más. En efecto, todo muy curioso, como los interesados podrán verificar. Incluso hay por medio una Academia...
El texto no existía en ninguna de las librerías en las que recalé en su busca, pero me puse en contacto con la editorial y me lo mandaron por correo, previo ingreso de su importe en una cuenta corriente, junto con otro curioso libro del mismo autor.
El libro, titulado efectivamente Todos los coños el coño y otros poemas profundos, cuya portada han podido ver más arriba y cuyo sentido habrán podido captar aquí abajo, reposa ahora en un estante. Lo he colocado junto a un texto de Juan Manuel de Prada titulado Coños, libro que en su día, allá por el año 1995 publicó la editorial Valdemar, y que parece ser que había circulado con anterioridad en Salamanca en una edición clandestina. En fin, como ven, todo muy literario.
Si una semana de estas no tienen nada mejor que hacer, dense una vuelta por estos libros.
Más arriba les dejé un poema del conde de Abascal, me parece justo dejarles un texto del libro de Juan Manuel de Prada. Ahí va:
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Mi amigo Evaristo Ramos, de nombre artístico Doctor Carruthers, comenzó tragando clavos en un teatrucho de los arrabales y ahora es el faquir más famoso de Europa, una estrella en el cielo ajado de las variedades. Mi amigo Evaristo Ramos, de nombre artístico Doctor Carruthers, es oriundo de Soria, pero finge un acento foráneo, austrohúngaro o así, para darse tono. Evaristo es un hombre de fisonomía luctuosa, enjuto, muy ordenado en sus hábitos, que se transforma cuando pisa un escenario. Si en la intimidad sólo come espinacas, en los teatros ingiere arena, cuchillas de afeitar y hasta bombillas (incluido el filamento de wolframio); si en la intimidad duerme sobre colchones de lana, en los teatros se tumba sobre plataformas erizadas y carbones al rojo. Esta esquizofrenia entre vida vivida y vida fingida, o, si se prefiere, entre realidad y representación, terminó por producirle desavenencias conyugales. La esposa de mi amigo Evaristo Ramos es una mujer también vegetariana y poco proclive a los colchones incómodos; una mujer honesta, laboriosa, soporífera, que para nada da el tipo de faquiresa. Durante años, Evaristo (pero quizá deba llamarlo Doctor Carruthers cuando me refiera a su faceta artística) probó a trabajar con ella, utilizándola como simple ayudante o recadera, nunca con intervenciones activas en el espectáculo. Esta limitación actuaba en detrimento de su éxito, ya que el público, con frecuencia, solicitaba de la presunta faquiresa que se chamuscase el vello púbico o se metiera alfanjes por el coño, solicitudes que, amén de malintencionadas, resultaban desatendidas, con los consiguientes abucheos y deserciones en la platea. Viendo que el negocio se le escapaba de las manos, el Doctor Carruthers reservó a su esposa para el hogar y buscó a través de agencias y promotores una faquiresa que tuviese buenas referencias. Al fin la encontró: resultó ser una muchacha hindú, de una elasticidad y una belleza tribales, felinas, casi insoportables. Fue entonces, aprovechando la procedencia de su partenaire, cuando mi amigo Evaristo (quiero decir, el Doctor Carruthers) incorporó a su vestuario turbantes, babuchas y trajes de lentejuelas; la faquiresa, por su parte, aparecía semidesnuda, con pezoneras de pinchos, bragas de latón y cilicios, aportando al espectáculo esa dosis de exotismo y participación activa que reclamaba el público.
Curiosamente, la faquiresa nunca se avino a chamuscarse el vello púbico, ni a introducirse alfanjes en el coño, ni a mutilarse de otras formas más o menos triviales. Tampoco Evaristo (quiero decir, el Doctor Carruthers) volvió a masticar vidrios, ni a atravesarse la lengua con agujas de ganchillo. Ambos se limitaban a fornicar (el uno con el otro, se entiende), para perplejidad, irritación o entusiasmo del público. La faquiresa poseía, por malformación de nacimiento o implantación quirúrgica, una vagina dentada, unn coño de afiladísimos colmillos sobre el que posaban los reflectores, un segundo antes de que engullera el miembro de Evaristo. Mi amigo, lo repetiré, arrastra serios problemas conyugales. Vuelve al hogar con el prepucio hecho jirones, y su mujer está hasta el gorro de arreglar los estropicios que origina el coño de la faquiresa, a quien considera su rival. No tardará en pedir el divorcio, me temo.
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Conde de Abascal, Todos los coños el coño y otros poemas profundos. Edit. La Discreta. San Lorenzo del Escorial 2000. 86 páginas.
Juan Manuel de Prada, Coños. Edit. Valdemar. Madrid, 1995. 155 páginas.

Casi todos los reporteros y tres cámaras de televisión se encontraban en la rampa que comunicaba con Main Street, a la derecha de Jack. En lo alto de la otra rampa aguardaba un camión blindado. Ya lega. Ya llega. Ya llega. La puntualidad era absoluta, el emplazamiento era exacto. Se encendieron los focos. Todo fue en blanco u negro, toques de luz y grandes sombras. Vio que un grupo de agentes salía de la oficina de las celdas escoltando al detenido, que llevaba un jersey oscuro y parecía un don nadie salido de la nada. Los periodistas se estremecieron. Fogonazos, gritos que retumbaron en las paredes, a Jack todo le resultó extraño, como si ya lo hubiera vivido, y permaneció bajo la luz artificial del sótano húmedo, con las rampas sucias por el humo de los tubos de escape y una sobrecarga de octanos en la atmósfera.
Ya llega.
Jack se aparta del gentío y de antemano vio cómo ocurría todo. Sacó la pistola del bolsillo, la movió disimuladamente, la golpeó contra su muslo. Se abrió un sendero. Nadie se interponía entre Oswald y él. Jack levantó el arma. Dio una última zancada y disparó una vez, un tiro en el centro del cuerpo y apocos centímetros de distancia.
Oswald cruzó los brazos y sus ojos se tensaron. Emitió un sonido, un gruñido ronco, grave y desolado. Inició la caída a través de un mundo de dolores.
Una maraña de cuerpos cubrió al pistolero, todos aquellos hombres con Stetson que respiraban con dificultad y luchaban por hacerse con la pistola. Alguien clavó una rodilla en la barriga de Jack. No entendió por qué adoptaban esa actitud. Puesto que lo conocían, resultaba innecesaria. Se sintió aún peor al oír la voz de Russell Shively por encima de otros sonidos.
—Jack, Jack, hijo de puta.
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Así narra Don DeLillo en Libra el momento en que Jack Ryby dispara con su revólver del 38 a Lee Harvey Oswald en Dallas el 24 de noviembre de 1963, cuando iba a ser conducido de la comisaría de Dallas a la cárcel del distrito. Oswald había matado al presidente Jonh F. Kennedy a las 12:30 horas del día anterior.
En principio toda ficción es por definición una impostura, una realidad que es sin serlo, y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, pero en Libra, del escritor estadounidense Don DeLillo, los hechos narrados se circunscriben a un acontecimiento histórico que aún está presente en la conciencia norteamericana: el asesinato del presidente Kennedy en la ciudad de Dallas el 23 de noviembre de 1963.
Aún se desconocen muchos aspectos del magnicidio y se han elaborado varias hipótesis para explicarlo, desde aquellas que suponen que el asesinato fue obra de un comunista desquiciado con afán de notoriedad, Lee H. Oswald, tal y como sostuvo la Comisión Warren, hasta quienes piensan, como Jim Garrison, fiscal del distrito de Nueva Orleans, Luosiana, que fue una conspiración en la que intervinieron principalmente la Mafia, agentes de la CIA y organizaciones de cubanos anticastristas refugiados en Miami.
La novela nos narra los movimientos de esa hidra de múltiples cabezas que acaban desencadenando la tragedia en la que Oswald es también una víctima. El autor ha optado por dar a la novela un determinado esquema formal que refleja de alguna manera ese mundo informe e indefinible, de sutiles movimientos, que propició la muerte de Kennedy por un certero disparo en la cabeza.
La obra se organiza en dos partes de similar extensión. La primera parte de la novela consta de 11 capítulos, y la segunda de 13; a su vez, cada capítulo tiene distintas secuencias organizadas mediante la técnica de fragmentación simultánea, lo que obliga al lector a realizar una lectura muy atenta, una lectura activa y participativa en la construcción de lo que se cuenta. En cierta manera, esta construcción nos recuerda el esquema constructivo de Manhattan Transfer, de John Dos Passos.
Por una parte, se nos van contando los diferentes acontecimientos de los distintos actores que van a ir confluyendo a la mañana del fatídico día 23 en Dallas, en que Kennedy recorre en coches descubierto junto a su esposa. De Lillo se adentra en la personalidad del Oswald adolescente, un chico marginado, idealista, objeto de burlas por parte de sus amigos, que se refugia en las lecturas de textos marxistas. Deja muy pronto los estudios y se alista en los marines. Es destinado a una base aérea en Japón desde la que despegan los aviones espías U-2 que sobrevuelan territorio ruso. Allí decide desertar y pedir asilo en la URSS, ofreciéndose como informador al KGB. En Rusia se casa y pronto se desengaña del paraíso comunista. Regresa con Marina, su mujer, a los EEUU y allí cae en manos de oscuros y turbios hombres que representan oscuros y turbios intereses: refugiados anticastristas, resentidos de la bahía de Cochinos que responsabilizan directamente a Kennedy del desastre, agentes de la CIA que deciden corregir a su manera la política del presidente que consideran entreguista y blanda después de la fallida invasión de la bahía de Cochinos (abril de 1961) y la crisis de los misiles (octubre de 1962).
Por otra parte, tenemos a un analista de la CIA jubilado, Nicholas Branch, encerrado permanentemente en un despacho y rodeado de miles de informes y documentos, que está escribiendo la historia del asesinato, una historia secreta que nunca se hará pública. Esa historia crece constantemente y se desparrama en múltiples meandros que le confieren a partes iguales el ideal de grandeza y de obra absurda. Branch continúa recibiendo informes y material literario (novelas y obras de teatro sobre el magnicidio) en los que trata de encontrar un sentido a lo que está investigando. Está persuadido de que la conspiración contra el presidente fue un asunto tortuoso, un asunto que, a corto plazo, triunfó sobre todo gracias al azar.
Y por último está la voz de Marguerite, la madre de Oswald. Es una voz en primera persona que nos habla de su condición de mujer abandonada, que ha luchado para sacar adelante a sus hijos en una vida llena de carencias, tanto materiales como afectivas. Es una mujer vulgar, que en su soledad se identifica con la soledad de su hijo y ahora que lo ha perdido todo, sólo quiere justicia para él:
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Aquí estoy, sobre la tierra, con el corazón destrozado, y miro las lápidas sepulcrales, el campo ondulado de los muertos, la capilla en lo alto de la colina, los cedros inclinados por el viento, y sé que se espera que el funeral consuele a los deudos con la cualidad de la ceremonia y del escenario. Pero yo no tengo consuelo.
Esto viene de muy lejos; los hombres se matarán entre sí y las mujeres permanecerán en pie ante las tumbas. Señoría, yo no me doy por satisfecha con permanecer en pie.
Cronometraré sus movimientos durante aquel día fatídico. Entrevistaré hasta el último testigo. No hablo por hablar. En tanto madre del acusado, sé que debo contar con hechos. Escúcheme. ¿Sabe que asistí a clases de ruso en la biblioteca? Una vez por semana, en mi día libre, iba a estudiar, esperando de corazón que si algún día Lee se ponía en contacto conmigo, Marina y yo podríamos hablar con normalidad. Escúcheme, preste atención. No puedo vivir de pequeñas donaciones. Marina ya tiene un contrato y un escritor que redactará sus textos. Se negó a ponerse los pantalones cortos que le compré. Un domingo, en Fort Worth mi chico no tenía preparada la maleta, y al día siguiente desapareció con su esposa y su hija para irse a trabajar a Dallas, de la noche a la mañana, sin avisar a su patrón ni a su madre. Un trabajo fotográfico cuyos detalles se desconocen. Da que pensar. ¿Quién organizó la vida de Lee Harvey Oswald? Es un tema que se prolonga hasta el infinito. Lee tenía una colección de sellos. Lee nadaba en la piscina de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Solía verlo por Ewing Street con el pelo mojado. Cariño, corre a casa o cogerás un buen resfriado. Señor juez, no es que yo sea muy lista pero me las he apañado. He trabajado en muchas casas de buenas familias. He visto cómo un caballero pegaba a su esposa en mi presencia. Ocasionalmente tiene lugar un crimen en las casas de la gente bien. Este chico y su esposa rusa ni siquiera tenían teléfono o televisor en Estados Unidos. Ya podemos acabar con el mito. Escúcheme, Soy incapaz de enumerar en frío. Necesito desarrollar el relato. Volvió a casa con una jaula de pie y portamaletas. Había hiedra en la maceta, estaba la jaula, el periquito, había toda una variedad de alimentos para el pájaro. El chico le compraba regalos a su madre. Se sentía demasiado aislado para leer.
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DeLillo ha escrito una novela realista en el sentido de que ha escrito una obra literaria “verídica” cuya lectura le induce al lector a pensar que lo que nos cuenta sucedió así, que esas cosas pudieron suceder en aquel momento en ese lugar. Creo que la intención del autor es que el lector vea una determinada realidad con otros ojos, que sea capaz de ensayar hipótesis, especulaciones, que no se contente con la propia y única visión de aquellos hechos. Como afrimaba C. S. Lewis, “la persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones.
La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub-individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo”.
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Al final de la novela, que ya fue publicada aquí por ediciones B en 1988, aparece la siguiente nota del autor, reveladora de lo que la novela es y, sobre todo, el autor quiere que sea. La transcribo en su integridad (y llamo especialmente su atención sobre el último párrafo):
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Este libro es una obra de ficción. Aunque me he basado en los archivos históricos, no he intentado proporcionar respuestas objetivas a las cuestiones planteadas por el asesinato.
Toda novela que trata de un importante acontecimiento no resuelto aspira a llenar algunos de los vacíos de la versión conocida. Para conseguirlo, modifiqué y embellecí la realidad, inventé incidentes y diálogos, prolongué las personas de carne y hueso en un espacio y tiempo imaginarios.
En un caso en el que los rumores, los hechos, las sospechas, los subterfugios oficiales, los contradictorios conjuntos de pruebas y una docena de teorías laberínticas se funden, a veces de forma indiscernible, algunos pueden pensar que una obra de ficción sólo es un punto oscuro más en la crónica de lo desconocido.
Como esta novela no pretende aludir a la verdad literal; como sólo es lo que es, separada y completa, es posible que los lectores encuentren refugio en ella: un modo de pensar en el asesinato sin las limitaciones de las verdades a medias y sin dejarse abrumar por las posibilidades ni por la marea de especulaciones que con el paso de los años se acrecienta.
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Don DeLillo, Libra. Edit. Seix Barral. Barcelona 2005. 498 páginas, 23 euros.

En abril de 1932, cuando Máximo Gorki decide establecerse permanentemente en la ciudad de Moscú, Stalin ordena la disolución de todas las asociaciones de escritores que hubiera en la Unión de Repúblicas Soviéticas en aquel momento.
Gorki había vivido hasta ese momento en Italia, adonde había llegado a causa de un enfrentamiento con el propio Stalin. Recordémoslo: en el mes de mayo de 1918 —en febrero de 1917 los bolcheviques habían derrocado al zar—Trotski firma con los alemanes el tratado de Brest-Litovsk, pero la paz trae una nueva guerra, la de los blancos y los rojos en el propio país. Los bolcheviques practican su “comunismo de guerra” y a golpe de decreto ponen el control de las fábricas en manos de los trabajadores. El caos es total, los precios aumentan brutalmente y los ejércitos blancos ganan terreno. Durante la hambruna que asola Petrogrado, Gorki administra una editorial del Estado y una fundación cultural, y concede lo que llama una subvención artística de emergencia a Dmitri Shostakovich, un músico de quince años, para que pueda terminar sus estudios en el conservatorio. También ayuda al escritor Isaak Babel, así como al fisiólogo Paulov, galardonado con el Premio Nobel por sus investigaciones del reflejo condicionado en los perros.
Gorki está cada vez más enfrentado a los comisarios del pueblo y a la inmensa burocracia, y en 1921 se queja personalmente al propio Stalin por no haber permitido el viaje a Finlandia para recibir tratamiento médico urgente al poeta Alexandr Blok, que falleció poco después. Gorki declara públicamente que Lenin es un soñador, “una guillotina pensante”.
Lenin toma inmediatamente cartas en el asunto y convence a Yekaterina, la esposa de Gorki, de que este padece una enfermedad nerviosa, que debe someterse a un tratamiento y descansar. Ciertamente el escritor estaba bastante enfermo del pulmón, pues se había disparado una bala al pecho en 1887. La conversación con Lenin termina de forma tajante: Gorki debe irse al extranjero y si no se va por su cuenta lo echarán del país.
Alexei Maximovich Pechkov, Máximo Gorki, tras una breve estancia en Alemania, viaja a Italia y permanece de 1924 a 1928 en Sorrento, cerca de Nápoles. Le han diagnosticado una tuberculosis. Es ya un escritor famoso en toda Europa y sus libros se convierten en éxitos de venta.
El gran Gorki, que escribió en estados Unidos su novela La madre, que a juicio de Lenin era “un libro útil”, elogiado como un testimonio inigualable del idealismo social, considerada la primera novela del llamado realismo socialista, es la precursora del género que Stalin fijaría en los años treinta como el único permitido, el gran Máximo Gorki ha caído en desgracia y es despreciado por los emigrados de su país, se debate entre la nostalgia y la repulsión, y de él dice el poeta Mayakosky: “Es un cuerpo muerto. Carece ya de todo valor para las letras rusas”.
Pero en 1924 muere Lenin, Stalin se hace con el poder y quiere tener cerca a Gorki, pues piensa que puede serle útil como fiel guardián de la literatura soviética. Se inicia entonces una operación secreta para persuadir al escritor de que vuelva a Moscú, y mediante gratificaciones y decenas de cartas de admiradores (todas falsificadas) el nostálgico Gorki acaba cediendo y con sesenta años recién cumplidos en 1928 vuelve a la Unión Soviética. Las cartas que el escritor contestaba a sus “admiradores” eran copiadas y archivadas en la Lubianka, el cuartel del servicio secreto en Moscú.
Volvamos a abril de 1932, cuando Stalin ordena disolver las asociaciones de escritores y ordena a Gorki la aplicación del decreto “Acerca de la reestructuración de las organizaciones literarias”. Gorki había animado en 1928 a los escritores de Moscú a trabajar en el espíritu socialista, pero su recomendación no triunfó. Los escritores jóvenes lo veían como un escritor ajeno a ellos, alguien que no había reparado en el experimentalismo vanguardista de los años veinte.
El 26 de octubre de ese año de 1932 decenas de escritores son invitados a la casa de Gorki; no se les comunica el motivo de la invitación, pero se les advierte que no deben faltar a la cita. Gorki recibe a sus invitados en su mansión, requisada a un poderoso burgués, los acompaña al comedor y se les pide que se sienten. Una vez que están todos sentados, se abre una puerta y aparece Stalin, acompañados por algunos miembros del Politburó.
Aquella noche cenaron en casa de Gorki unos cuarenta escritores, pero hubo llamativas ausencias: Boris Pasternak, Mijail Bulgakov, Osip Mandelstam, Anna Ajmatova y otros.
En su discurso de bienvenida Gorki afirma que ha llegado el momento de intercambiar ideas sobre la creación de la literatura soviética de alto nivel, “una literatura digna de la Revolución, que a punto está de cumplir quince años”. Tras el primer brindis, Gorki cede la palabra a los escritores; los que hablan miden bien sus palabras, pues no saben qué se espera realmente de ellos. Después del último brindis, Stalin, que ha permanecido algo apartado fumando su pipa, comienza su discurso: “Nuestros tanques son inútiles cuando quienes los que los conducen son almas de barro. Por eso afirmo que la producción de almas es más importante que la producción de tanques. Alguien acaba de observar que los escritores no deben permanecer inactivos, que deben conocer la vida de su país. La vida transforma al ser humano y vosotros tenéis que colaborar en la transformación de su alma. La producción de almas humanas es de suma importancia. ¡Y por eso alzo mi copa y brindo por vosotros, escritores, ingenieros del alma!”
En esa cena y con ese brindis se inició un gigantesco exterminio literario que borró del mapa a lo mejor de la literatura de aquella época, heredera de Tolstoi, Chéjov, Dostoievski. Platonov, por ejemplo, uno de los escritores más importante, murió de tuberculosis en la miseria; Bulgakov y Ajmatova fueron proscritos, censurados y prohibidos. Sólo sobrevivían los adaptados al medio, es decir, los domesticados. Y en ese escenario dantesco destaca la figura de Gorki, subordinado a Stalin y correa de transmisión de la locura del tirano.
El lector interesado puede continuar este recorrido por esa oscura zona de la construcción del nuevo homo sovieticus en la novela/ensayo Ingenieros del alma, de Frank Westerman, editorial Siruela, Madrid 2005. 318 páginas, 22.50 €.
Estas palabras de Marisa Madieri (Fiume 1938 – Trieste 1996), la cara sonriente que aquí ven, bien podrían definir el método de escritura de esta mujer, escritora secreta durante años.
Poco conocemos de Alberto Méndez (1941-2004), madrileño, estudiante de Filosofía y Letras, vinculado al mundo editorial y autor finalista en el 2002 del Premio Internacional de Cuentos Max Aub.
Francis Bacon pintó Retrato de George Dyer en el espejo en 1968. En él vemos a un hombre sin rostro, mirándose en un espejo que le devuelve su cara partida en dos. Bacon pintó el cuadro unos cinco años después de iniciar una relación con el modelo y tres antes de que este pusiera fin a su vida en el baño de un hotel de París. Ese retrato es la indagación del autor sobre el personaje, y el propio Bacon lo expresó claramente: «La pintura constituye en sí su propio lenguaje, y cuando hablamos de ella, estamos realizando una traducción inferior.» El retrato es para el pintor algo más que la representación de un sujeto que posa, es una forma de conocimiento, de indagación, y no una mera forma de representación.
Alessandro Boffa es un italiano nacido en Moscú, que se ha estrenado como autor con Eres una bestia, Viskovitz, 20 relatos protagonizados por el personaje del título, que en cada cuento es un animal diferente, junto a Ljuba, la hermosa hembra a la que desea, y tres congéneres: Petrovic, Zucotic y López. El libro es un divertidísimo bestiario en el que podemos encontrar desde un caracol que siente pánico con su sexo hermafrodita (¿Pero es que nunca piensas en el sexo, Viskovitz?) hasta una mantis religiosa que logra salvar el pellejo por ser eyaculador precoz (Estás perdiendo la cabeza, Viskovitz), y así hasta veinte animales con sus problemas existenciales, sociales o sexuales, que harán las delicias del lector.
Wolfgang Koeppen (1906-1966) fue el gran novelista alemán de la posguerra. Entre 1951 y 1954, cuando los escritores alemanes guardaban silencio intentando ubicarse en la nueva situación que la derrota alemana había traído consigo, escribió tres novelas sobre la realidad de la Alemania que comenzaba a resurgir de las cenizas, sumida en la culpa y en el horror por lo vivido bajo el nazismo: Palomas en la hierba, El invernadero y Muerte en Roma. Por aquellos años era de sobra conocido el hecho de que la mayoría de los soldados y oficiales de las SS que habían estado en Auschwitz no habían sido encausados y que muchos antiguos nazis convencidos empezaban a ocupar puestos en la nueva administración del estado. Koeppen habló sobre aquello que nadie quería hablar, aquello que resultaba incómodo, y expuso sin rodeos su convencimiento de que la Alemania fascista no había sido aniquilada ni con la muerte de Hitler ni con las condenas de Nuremberg. Esta actitud no fue entendida por sus contemporáneos, que lo relegaron al olvido.
UN RESPLANDOR SILENCIOSO
Sam Shepard (Gil Ivy. Fort Sheridam, Illinois, Estados Unidos 1943) se dedicó hasta los dieciocho años a la cría de caballos en su ciudad natal. Después de instalarse en Nueva York, empieza a escribir teatro y estrena Cowboy en 1964. Durante la segunda mitad de la década de los sesenta sigue escribiendo teatro, viaja sin parar por todo el país y toca la batería en el grupo Acid Rock. En los setenta escribe algunos guiones de cine, entre los que destaca el de Zabriskie Point (1970) de Michelangelo Antonioni, y debuta como actor de cine. Por esa época obtiene el Pulitzer por su obra de teatro Buried Child (1979). En los ochenta continúa escribiendo teatro, se casa con la actriz Jessica Lange, con la que protagoniza algunas películas y debuta como director. Es autor del guión de la magnífica París-Texas (1984) dirigida por Wim Wenders.En su clásico ensayo sobre la novela, afirma Forster (1) que es esta un producto artístico que se rige por sus propias leyes, leyes que no son las mismas de la vida real; que el aspecto fundamental de una novela es la historia que cuenta, es decir, que la base de toda novela es la narración de unos hechos por una voz, la del narrador, que nos cuenta, desde un determinado punto de vista, la vida de unos personajes complejos que se van conformando a lo largo de la historia, personajes redondos los llama, y que en la desigual batalla que el argumento libra con los personajes, aquél a veces se toma una cobarde venganza, casi todas las novelas se debilitan hacia el final.
Todas esas afirmaciones, excepto la última, se cumplen a rajatabla en la novela de Ian McEwan Expiación (2), haciendo de ella una narración canónica.
Expiación es uno de esos textos que reconcilian al lector con la novela de calidad, la más exigente, aquella en la que late el aliento de las grandes obras. Una novela cuya lectura suscita emoción y que lleva al lector mucho más allá de la lectura, y a este respecto quiero recordar que Lewis sostenía (3) que en un sentido muy evidente toda lectura es siempre una evasión, pues cuando leemos nuestra mente se aparta durante un tiempo de la realidad que nos rodea para dirigirse hacia algo que sólo existe en nuestra imaginación o en la inteligencia. Ahí es a donde esta novela nos conduce: a la imaginación y a la inteligencia.
Expiación colma con creces las expectativas del buen lector, el que busca en la novela la existencia de un mundo autónomo, que se explique por sus propias leyes, leyes que se van configurando según y conforme se avanza en la lectura del texto, de tal manera que llega a percibir que tiene ante sí un complejo artefacto cuyas instrucciones de uso van incluidas en el mismo. Así, la lectura le depara al lector la presencia de personajes complejos, que se van armando también a medida que avanza la trama; personajes redondos, que nos introducen en un universo de pasiones y avatares que dan sentido a lo narrado y con las que el lector siente la experiencia de leer, de conocer vidas distintas a la que le ha tocado vivir, de saber sobre otros, conocer otros destinos humanos inciertos, a veces inexplicables.
Expiación es una novela que necesita una buena lectura, una lectura exigente, y les animo a que la hagan y disfruten de ella como yo he disfrutado. El esfuerzo tiene su recompensa: una novela sólo existe cuando el lector la lee, algo que se hace más que evidente en este caso.
Llegué a esta novela casi por azar, porque al verla en un expositor de la librería recordé los excelentes comentarios que sobre ella me había hecho un compañero de trabajo —gran lector, es inglés y había leído el texto original—, y después busqué algunas críticas en algún suplemento literario (Babelia, El Cultural de El Mundo, el del ABC, Espéculo.... Pensé entonces: si de esta novela se afirma que es buena, hay bastantes probabilidades de que sea una buena novela.
No querría juzgar la novela (¿lo he hecho ya?), sino describirla y compartir con ustedes el placer de su lectura. No esperen mucho más de estas líneas. Si me apuran, les diré, como mucho, que su lectura es absorbente y nos atrapa hasta el final. Final, por cierto, que desmiente a Forster totalmente, pues es ahí donde radica una parte de lo genial y extraordinario de la novela, pero sólo entenderán su verdadero significado cuando lleguen a él.
Si con esto no se ven tentados a leerla, poco más puedo decirles, pero imagínense una señorial casa de campo en Inglaterra, allá por el verano de 1935. Acaban de empezar las vacaciones y Briony, la hija menor de los Tallis, los propietarios de la mansión, se propone escenificar una pequeña obra de teatro para recibir a su hermano Leon que viene de la universidad a pasar unos días acompañado de un amigo rico. También ha vuelto, después de terminar el curso universitario, Cecilia, hermana de Briony y de la que está enamorado Robbie Turner, hijo de una de las criadas de la mansión y a quien el señor Tallis costea sus estudios superiores. Robbie es un hombre inteligente, ha sacado unas notas extraordinarias y quiere estudiar medicina.
En un momento de la mañana, Cecilia y Robbie están hablando junto a la fuente del jardín. Ella sostiene en su mano un valioso jarrón de porcelana, quiere llenarlo de agua para poner unas flores. Robbie le coje el jarrón para ayudarla pero el jarrón se parte y un par de fragmentos caen a la pileta. Cecilia le censura su acción, se quita el vestido y se meta en la fuente en ropa interior para recuperar los fragmentos. La escena ha sido contemplada desde una ventana de la casa por Briony.
A la tarde, invitan a Robbie a una cena en la casa. Antes de acudir, este le escribe a máquina una nota a Cecilia: «Sé que no sirve de excusa pero últimamente estoy de lo más aturdido contigo. ¿Cómo se me pudo ocurrir entrar descalzo en tu casa? ¿Y alguna vez he arrancado la boca de un jarrón?»
Después de leer la nota, sacó el papel de la máquina, metió otra hoja y escribió otra nota: «Te perdonaría si creyeras que estoy loco, por entrar descalzo en tu casa o romper tu jarrón antiguo. La verdad es que me siento bastante aturdido e idiota en tu presencia, Cee, ¡y no creo que el calor tenga la culpa! ¿Me perdonarás? Robbie.» Luego, al cabo de un rato de ensoñación —nos dice el narrador—, se inclinó hacia adelante y tecleó, antes de poderse contener: «En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día.»
Cuando Robbie se dirige, ya a la noche, a la casa de los Tallis a cenar, se encuentra por el camino a la pequeña Briony y decide darle la nota para que se la entregue a su hermana Cecilia. Apenas la niña echa a correr con la carta en la mano, Robbie se da cuenta de que lo que la niña lleva en el sobre es la segunda de las notas...
La intriga y la acción están servidas. ¿Qué el argumento les parece muy convencional? No se preocupen, la forma no lo es. Pero ahí no acaban las sorpresas de esta, digámoslo ya, excelente novela.
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(1) Aspectos de la novela, E. M. Forster. Debate. Barcelona, 1995.
(2) Expiación, Ian McEwan. Anagrama. Barcelona, 2002.
(3) La experiencia de leer, C. S. Lewis. Alba Editorial. Barcelona, 2000.