Blogia
Leyendo a la sombra

Las lecturas del lector a la sombra

Mujeres en el Lager (I)

Mujeres en el Lager (I)

  A media que las tropas americanas iban liberando los campos de concentración algunos mandos instaban a los soldados que tenían cámaras fotográficas a dejar constancia del horror que iba apareciendo ante sus ojos, fotografiando aquello que tenían ante sí y cuya contemplación les llenó de horror desde los primeros momentos. De esta manera se obtuvo un importante material gráfico de primera mano de aquella locura que los curtidos soldados americanos grabaron para siempre en sus retinas y en sus carretes.

  A pesar de que las tropas tenían prohibida la confraternización con los civiles alemanes, pronto tuvieron lugar los primeros contactos entre soldados y paisanos. En las primeras conversaciones entre la tropa y paisanos de pueblos y ciudades próximos a los campos inevitablemente surgieron preguntas sobre esos terribles lugares de exterminio.

  Los soldados comentaron sorprendidos a sus mandos que muchos ciudadanos alemanes les insistían en su absoluto desconocimiento sobre esta cuestión, mostrando su escepticismo ante lo que los soldados les relataban. No sabían, no habían visto, no habían oído... Muchos soldados se mostraban indignados ante esa indiferencia, ese no saber, y algunos propusieron a sus mandos que se llevase a los campos a quienes decían no saber ni haber visto nada, para  que pudieran ver allí ver las fosas comunes, los crematorios, con sus propios ojos. Hubo mandos que accedieron a esta propuesta y bastantes ciudadanos alemanes fueron obligados a contemplar aquello que muchos decían desconocer.

  El propio general Dwight Eisenhower, relató en sus memorias su visita al campo de concentración de Buchenwald, el 13 de abril de 1945: “Visité cada rincón del campo porque sentí que, desde ese momento, era mi obligación estar en condiciones de dar un testimonio de primera mano sobre esas cosas, en caso de que en mi país aumentara la presunción de que “las historias de la brutalidad nazi eran sólo propaganda”. Algunos miembros del grupo de visitantes fueron incapaces de atravesar esa experiencia. Envié comunicaciones tanto a Washington como a Londres, exhortando a ambos gobiernos a que mandaran en el acto a Alemania a diferentes editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debía ser presentada inmediatamente a los públicos norteamericano y británico de una manera que no dejara ningún lugar a dudas cínicas”.

  La mujer que vemos en la fotografía pasa apresuradamente, con una mano tapándose la boca, ante decenas de cuerpos exhumados. Lo hace con los ojos apenas entreabiertos, como si quisiera seguir resistiéndose a no saber. Al fondo, una fila de soldados americanos contempla la escena. La fotografía fue hecha por Edward Belfer el 17 de mayo de 1945. Por aquella fecha muchos alemanes habían arrancado ya la doble S de su uniforme, o quemado algún documento comprometedor.

  Seguramente esa mujer no sabe nada de la pertenencia a las juventudes nazis de un tal Joseph Ratzinger, ni conoce a un  muchacho de diecisiete años que se sintió orgulloso la primera vez que se vistió con el uniforme de las Waffen SS. Es mejor no saber, apresurar el paso y hurtar la mirada.

  Pero hubo otras mujeres que no cerraron los ojos ante el horror y dieron testimonio de ello. Mujeres que un día decidieron escribir y traspasaron su mirada al papel. Esas miradas abrieron otras y por ellas también supimos del horror y la barbarie que vivieron las víctimas del sistema concentracionario del Tercer Reich.

  Aunque la mayor parte de los testimonios sobre los campos de concentración es de hombres —recordemos la imprescindible trilogía de Primo Levi, o las obras de Jean Améry, Jorge Semprún, Elie Wiesel, J. Amat-Piniella, entre tantos otros—, recientemente está apareciendo entre nosotros el testimonio de las mujeres, la barbarie no entendía de sexos, en obras que, en palabras de Primi Levi, “transmiten dolorosa sabiduría del mundo, lo que demuestra que la autora no padeció en vano” (prólogo a  El humo de Birkenau). Me referiré aquí al testimonio de tres de ellas: Liana Millu, Margarete Buber-Neumann y Helene Holzman.

  Liana Millu nació en Pisa en 1914 en el seno de una familia judía. Se dedicó a la enseñanza, pero fue apartada de la docencia por las leyes racistas del estado italiano en 1938. En 1943 se integra en la Resistencia, fue arrestada por la Gestapo al año siguiente y deportada a Auschwitz-Birkenau, de donde logró sobrevivir. Murió en febrero de 2005.

  Millu es autora del libro de relatos El humo de Birkenau, publicado en 1947, el mismo año en que Levi publica Si esto es un hombre. El libro lo constituye un conjunto de seis relatos escritos en primera persona, hay una clara identificación entre narradora y autora, protagonizados por mujeres, en la línea de la literatura testimonial propia de este tipo de textos, en los que se evocan distintas historias que la autora conoció en su cautiverio en Birkenau.

  Millu deja de lado la reflexión y análisis sobre lo que le tocó vivir en el campo y opta por un relato objetivo, a veces distanciado, para que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.

  En los cuentos se narran profundas experiencias protagonizadas por mujeres, con la tortura y la muerte como trasfondo. Así, en Lily Marlene, la primera de las historias, se nos refiere lo acontecido a  la joven húngara Lily, que se sonroja cuando le dicen las compañeras que tiene un hochane (enamorado) en el campo. Lily hace labores de costura para una brutal kapo, encargada de llevarlas a un campo, donde trabajan llenando de tierra grandes carretones. Mientras las presas trabajan, la kapo se encierra en una cabaña con su hochane, un preso de un grupo que trabaja cerca. Un día, el hombre sale de la cabaña y le dice a Lily besándola que sea su enamorada. La escena la contempla la kapo, quien golpea brutalmente a la muchacha. Cuando regresan al campo, a la entrada, la columna es detenida: es una selección. La narradora intenta ayudar a Lily, que, abandonada, no quiere luchar más. La kapo le indica al médico que la muchacha no puede trabajar. El médico la aparta de la fila y la secretaria apunta el número tatuado en el brazo.

  En La clandestina se nos refieren los sufrimientos de una prisionera embarazada de siete meses que intenta ocultar su abultado vientre en el convencimiento de que la guerra acabará y su hijo podrá conocer un nuevo mundo y no acabar siendo humo.

  Bruna, la protagonista de Alta tensión, que ve a diario a su hijo trabajar hasta la extenuación entre hombres, corre a abrazarse con él en un último acto de amor a través de la alambrada electrificada: Llegó a los cables y en el instante en que los bracitos se fundían con los de la madre, se produjo un chisporroteo de llamas de color violeta; sacudidos con violencia los cables emitían un zumbido y esparcieron en el aire un olor acre a quemado. [...] Antes de alejarme me di la vuelta: Bruna y Pinin seguían allí, estrechamente abrazados, la cabeza de la madre posada sobre la del hijo, como si quisiera proteger su sueño. La muerte, siempre inevitablemente la muerte. Muerte que no se siente si oyes la alarma aérea (El billete de cinco rublos), la ilusión de la liberación, que si no existe se inventa para poder vivir al menos un día más. Otras veces es un acto de amor, como en Scheiss Egal, protagonizado por una mujer que se alista en el comando de las prostitutas y poder así conseguir comida para su hermana enferma, que la rechaza desde su lecho de muerte, la antesala del horno crematorio.

  En el último de los relatos, Ardua decisión, Lise encuentra el amor en el campo a pesar de todo. O tal vez a causa de todo eso el amor sea un antídoto contra la muerte.

  Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, sostiene que el holocausto ha entrado a formar parte de nuestra cultura y se ha convertido, además, en un mito (con todo lo que ello supone) para la civilización occidental. Es, además, un problema moral. En Sombra larga y oscura señala: “Europa no es sólo un mercado común y una unión aduanera, sino espíritu y espiritualidad. Quien quiera participar en este espíritu, deberá pasar, entre otras cosas, por la prueba de fuego que supone enfrentarse de forma moral y existencial al holocausto”. El humo de Birkenau es una buena manera de hacerlo.

.

Liana Millu, El humo de Birkenau. Edit. Acantilado. Barcelona 2005. 196 pág. 14 €. 

Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala (o el que tuvo, retuvo)

Mario Vargas llosa, <em>Travesuras de la niña mala</em> (o el que tuvo, retuvo)

 

  Esa vieja sombrilla ha sido testigo este verano durante unos días de mis lecturas playeras. Ahí me ven, en esa especie de diminuto locus amoenus, mientras las medusas campaban a sus anchas, yo leía a la sombra de la sombrilla pasajes como este, perteneciente a la última novela de Mario Vargas Llosa:

 

  La idea de pasar una noche entera con ella, de hacerle el amor, gustar en mis labios el parpadeo de “su sexo de pestañas nocturnas” (un verso del poema Material nupcial, de Neruda, que yo le había recitado al oído la primera noche que pasamos juntos, en mi buhardilla del Hotel du Sénat), sentir que se dormía en mis brazos y despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio acurrucado contra el mío, me tuvo los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y el miedo a que algo frustrara el plan apenas me permitían concentrarme en el trabajo (Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala, pág. 74).

  Seguro que Ricardo Somocurcio también cree, como Vargas Losa, que la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse del infortunio, porque si de alguna manera hubiera que calificar su vida, ése sería el calificativo que más le convendría: infortunio.

  Pero Ricardo Somocurcio tardó casi toda una vida en darse cuenta de la verdadera naturaleza de la suya, y nunca lo lamentó, a pesar de tener sobradas razones para ello. Todo empezó allá por el verano de 1950, en un Miraflores inundado por los sones del mambo. Aquel verano, además de la Orquesta de Pérez Prado, también llegaron a Miraflores las hermanas Lily y Lucy, las chilenitas, que con sus liberales costumbres deslumbraron a todos los muchachos. Pronto inicia Ricardo una historia de amor con Lily, que se irá convirtiendo con el paso de los años en una verdadera y obsesiva pasión que lo irá atrapando, hasta casi destrozarlo, y que incluso lo lleva a la puerta del suicidio.

  Ricardo es el narrador-protagonista de la última novela de Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala, que en un relato en primera persona da cuenta al lector de una vida organizada en torno a dos pasiones: vivir en París y un amor imposible por una mujer fatal, con la que llegará a casarse por conveniencia. El texto es una deposición de un Ricardo maduro, ya entrado en la cincuentena, en la que refiere los avatares de las uniones y separaciones de dos personas con sentimientos, intereses y aspiraciones totalmente diferentes: ella, la “niña mala”, sólo pretende redimirse de su pecado original, pertenecer a una clase social baja; para ello, pragmática y ambiciosa, únicamente busca estar con hombres ricos y poderosos a los que no duda en esquilmar; él, el “niño bueno”, que la ama por encima de todo y vive para perdonarle sus desprecios y abandonos, es el auténtico héroe del melodrama, casi folletín, que es la novela.

  La narración constituye una exploración de un misterioso sentimiento que dura toda una vida, una auténtica pasión, en el estricto significado del término (acción de padecer). El autor organiza para ello una historia de amor atormentado e irracional, con ribetes de sadismo y masoquismo, que se sustenta en la atracción casi enfermiza por la persona que puede hacernos daño (¿es amor o enfermedad?, se preguntará el lector en más de una ocasión). Es amar el daño, afirma Rosa Montero.

  La historia se estructura en siete capítulos, numerados y titulados, que se corresponden con los sucesivos encuentros y desencuentros de Ricardo y la “niña mala”. En ellos se va construyendo todo un mundo de personajes —eso es básicamente la novela— en un recorrido por distintas ciudades (Lima, París, Londres, Tokio, Madrid) y tiempos por los que discurre ese amor poderoso y obsesivo en la más pura tradición del irracionalismo romántico.

  La novela se inicia en la ciudad de Lima (Cap. I), años cincuenta, en donde el quinceañero Ricardito conoce a Lily, una de las hermanas chilenas, de la que se enamorará perdidamente. Pronto descubrirá que no son chilenas.

  Diez años después (Cap. II), Ricardo vive en el revuelto París de los sesenta y aprueba el examen para traductores de la Unesco. Lleva una vida un poco a salto de mata y se relaciona con gentes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), como Paúl, el encargado de mandar a jóvenes con ansias revolucionarias a formarse en Cuba, actividad en la que Ricardo lo ayuda ocasionalmente. Esto le pone en contacto con una tal camarada Arlette, a la que reconoce enseguida, pues no es otra que la Lily de Miraflores. Aunque ha pasado bastante tiempo, Ricardo sigue perdidamente enamorado de ella, pero Arlette se marcha a Cuba, donde parece ser que llega a mantener una relación con un gerifalte de la Revolución. Un tiempo después, Ricardo la vuelve a encontrar casualmente en la sede de la Unesco; ahora es madame Robert Arnoux, elegante señora de un alto funcionario de dicho organismo. Retoman los furtivos encuentros sexuales hasta que un día ella desaparece; algo inevitable, pues la señora Arnoux le reconoce que sólo se quedaría con un hombre muy rico y poderoso. Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más (pág. 81). A estas alturas de la novela el melodrama está servido y no tiene caso seguir resumiéndoles lo que en ella se narra. Mejor que la lean, porque lo realmente interesante es leer novelas, no hacerles la autopsia (Vargas Llosa dixit). Con todo, merece la pena hacer una pequeña consideración sobre este aspecto de la novela.

  El melodrama es uno de los géneros literarios más populares y su eficacia radica en la repetición de un esquema  dramático basado en el principio de positivo/negativo o esperanza/desesperanza, de tal manera que a una situación de bienestar le corresponde una de dolor, y a una de dolor, una de bienestar. En el caso de la última novela de Vargas Llosa, la alternancia se da entre los sucesivos encuentros de Ricardo y la “niña mala”, elemento positivo, y el abandono subsiguiente de aquel por parte de esta, elemento negativo. Este esquema le permite al autor complicar la historia cuanto desee y alargarla lo que le parezca; así, los encuentros y abandonos se suceden cuantas veces necesite el autor para su propósito.

  Por otra parte, el melodrama se articula con personajes muy bien definidos desde el principio, como es el caso. El lector percibe pronto que Ricardo es una buena persona, sin fisuras, y que la “niña mala” lo es cada vez más e incluso alcanza la perversión, y así se afirma en el tramo final de la novela:

  —Me conoces mal —dijo ella, muy tranquila—. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.

  —A mí me has hecho las peores maldades que puede hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque tenían más dinero, y me largabas sin el menor cargo de conciencia. No lo has hecho una sino dos, tres veces. Dejándome destrozado, aturdido, sin ánimos de nada. (Pág. 370)

  Travesuras de la niña mala es esencialmente una novela de personajes que en ocasiones acusa demasiado la deuda con el género del melodrama. No obstante, y como contrapunto, creo que debe destacarse, por una parte, el tono humorístico que impregna la novela, y que viene a actuar como contrapeso del melodrama, y por otra, el abanico de personajes secundarios, algunos de ellos suponen realmente un acierto, como el niño que no habla y sus padres.

  La novela se lee bien, lo cual no es ningún demérito, y aunque los compases iniciales puede parecer que flojean, a partir del capítulo V (El niño sin voz), cuando la vida de ella da un dramático giro que la redime de su ser egoísta y arribista cuya causa se nos revela en el último capítulo, la novela remonta el vuelo, de tal manera que toma altura hacia el final y el lector puede constatar el buen hacer del autor, su dominio de la narración.

  En fin. El que tuvo, retuvo. Pero de este autor me quedo con novelas como Conversación en La Catedral o La tía Julia y el escribidor, sin que ello haga suponer que crea que esta Travesuras de la niña mala sea una mala novela, que no lo es, aunque no alcance la altura de las antedichas.

.

Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 375 páginas. 19.50 €.

E. L. Doctorow, La gran marcha

E. L. Doctorow, <em>La gran marcha</em>

  La gran marcha, la nueva novela de E.L. Doctorow, es un inmenso mosaico de piezas que constituyen un rompecabezas de historias y personajes que se van entrelazando finamente entre sí hasta constituir una excelente narración de los momentos finales de la Guerra de Secesión americana. La novela es una pieza más (excelente, en este caso) de ese ejercicio de reconstrucción de la historia de los Estados Unidos que viene haciendo Doctorow, con títulos tan notables como El libro de Daniel (1971) o Ragtime (1975), y en ella se narra la gran marcha de más de sesenta mil hombres que condujo el general Sherman por Georgia y las dos Carolinas arrasando plantaciones, pueblos, ciudades, y liberando esclavos.

  Por la novela desfilan personajes reales y ficticios, en la tradición americana de fact and fiction que también pudimos ver en Libra de Don DeLillo, y al lado de Sherman o el presidente Lincoln encontramos a Pearl, la esclava manumitida, los soldados Arly y Will —una especie de criminales nihilistas y uno de los logros de la novela—, el periodista Hugh Pryce, el soldado Calvin y otros que recorren el texto se diría que con precisión militar sustentados por una depurada técnica narrativa (fíjese el lector atento especialmente en los diálogos sin entrecomillar ni guión fundidos en la narración, una auténtica exhibición de poderío estilístico).

  En el año 1864, después de incendiar Atlanta, el general unionista William T. Sherman inicia una terrible marcha hacia el mar por los estados de Georgia y las dos Carolinas con un ejército de 60.000 soldados a los que se van uniendo miles de negros liberados, como atraídos por una extraña fuerza que no hace sino aumentar esta marea humana. Es la Guerra de Secesión, una guerra implacable, como piensa Hugh Pryce, enviado especial del Times de Londres y corresponsal con el Ejército del Oeste.

  ¿Qué guerra se libraba de manera tan implacable y con tanto fervor e intensidad como una guerra civil? Ninguna contienda entre naciones podría igualarla. Los generales del Norte y del Sur se conocían: habían coincidido en West Point o luchado codo con codo en la guerra de México. Inglaterra tenía, desde luego, un largo y sangriento historial de guerras civiles, pero eran hechos antiguos que se estudiaban en los colegios privados. Lo que sucedía en América era algo que uno tenía que ver con sus propios ojos. Y por cruentas y brutales que fueran las contiendas de Lancaster y York, el combate era cuerpo a cuerpo: con hachas de guerra, picas, mazas. Estos hombres eran asesinos de la era industrial: tenían fusiles de repetición capaces de matar a cien metros, metralla capaz de diezmar una fila mientras avanzaba, cañones fijos y móviles, munición capaz de destruir ciudades enteras. Su guerra era tan impersonal y mortífera que, en comparación con cualquier hecho anterior, resultaba poco más que pintoresco.

  Sin embargo, todavía quedaba algo de la antigua cultura militar. El brutal romanticismo de la guerra aún era posible en el momento de hacerse con el botín. Cada población por la que pasaba el ejército era un trofeo. En tal pueblo había una gran provisión de vino, en tal otro un granero lleno a rebosar, aquí un rebaño de vacas, allá un arsenal, casa que saquear, esclavos que reclutar. Había algo innegablemente clásico en todo eso, ya que, ¿cómo, si no, se habían abastecido los ejércitos de Grecia y Roma? ¿Cómo, si no, los soldados de Alejandro habían creado un imperio? El ejército invasor, cuando acampaba, se establecía como propietario de la tierra, con todos los elementos de la domesticidad, incluidas las mujeres, ampliando la función puramente comercial de su orden social.

  Los hacendados sureños pronto intuyen lo que sucederá, tal es el caso de John Jameson, de Fieldstone, que engrilletó a una docena de sus mejores esclavos y los mandó a un negrero de Columbia —ninguno de mis negros llevará el uniforme federal, eso te lo aseguro— pese a la oposición de Mattie, su mujer. Pero ha llegado el momento de huir.

  Ya vienen, Mattie, ya marchan hacia aquí. Es un ejército de perros salvajes bajo el mando de ese apóstata, ese canalla repugnante, ese demonio que primero se beberá tu té y saludará con una reverencia y luego te lo arrebatará todo.

  Los ricos terratenientes recogen sus más valiosas pertenencias y abandonan sus plantaciones. Es entonces cuando los esclavos comprenden, al ver el miedo en los ojos de sus amos, que el tiempo de la liberación ha llegado y dirigen sus miradas al horizonte, esperando la llegada del ejército unionista.

  Y luego, en la periferia de ese ruido de tierra pisoteada, oyeron, por fin, el vocerío de hombres vivos. Y los mugidos del ganado. Y los chirridos de las ruedas. Peo no vieron nada. Involuntariamente bajaron hacia la carretera, pero siguieron sin ver nada. Aquel clamor sinfónico lo invadía todo, llenando el cielo igual que la nube de polvo rojo que pasaba como una flecha  por el sur y empañaba el cielo, era la gran procesión de los ejércitos de la Unión, pero sin más sustancia que un ejército de fantasmas.

  Pearl, la esclava negra de piel blanca, hijastra de Jameson, decide como muchos otros unirse al ejército. También se une a la gran marcha la dama sureña Emily Thomson, quien trabajará como enfermera ayudando al doctor Drede Sartorius. No sentirá el menor remordimiento por haber traicionado sus lealtades sureñas y será capaz de contemplar imperturbable todo el horror y la miseria de la guerra.

  Otros, como Josiah Culp, fotógrafo, comisionado por el Gobierno para fotografiar la guerra y sus intérpretes, sigue a los ejércitos con el propósito de fotografiar a ambos: Soy fotógrafo con licencia del Ejército de Estados Unidos, explicó Culp. ¿Y por qué cree que es así? Porque el Gobierno es consciente de que, por primera vez en la historia, la guerra quedará grabada para la posteridad. Hago un registro pictórico de este terrible conflicto, caballero. Por eso estoy aquí. Ésa es mi contribución. Retrato la gran marcha del general Sherman para las generaciones venideras.

  Josiah todavía no sabe que un soldado rebelde desertor le hará cavar su propia tumba, vestirá sus ropas y a punta de pistola obligará a su ayudante negro a seguirlo hasta el cuartel general de Sherman, donde intentará matar al general. Este personaje recuerda a  Mathew Brady, uno de los fotógrafos más importantes que recogió la guerra en sus daguerrotipos.

  Pero Sherman sobrevive al atentado y sigue encaminando la guerra hacia su final, con los soldados exhaustos: Esta gente está dando de sí un poco más de  lo que yo creía posible, dijo Sherman. [...] Los hombres estaban famélicos y extenuados, y tan consumidos por los meses de marcha y escaramuzas y batallas que ya no quedaba nada de ellos salvo tendón y músculo. Estaban tan coléricos como sólo pueden estarlo los hombres agotados. La ropa que llevaban puesta ni siquiera llegaba a la categoría de harapos, y tenían hinchados y ensangrentados los pies descalzos. No había tamborileros para marcar el paso. No marcaban el paso. Mírelos, dijo Sherman a Teak, montados ambos en sus caballos al pasar revista. ¿Alguna vez ha visto un ejército mejor que éste? Me han dado todo lo que he pedido y más. Cuando acaba esta maldita guerra, los haría marchar Por Pensylvania Avenue en este mismo estado lamentable, apara que la gente se dé cuanta de lo que significa luchar en una guerra, cómo despoja a un hombre de todo lo intrascendente y deja a un luchador aguerrido con entrañas de hierro y el robusto corazón de un héroe.

  El General Lee se rinde con todo su ejército ante el general Grant el 9 de abril en el palacio de justicia de Appotomatox, Virginia. La Guerra Civil había terminado, aunque la mente de algunos hombres todavía guarde rescoldos que tardarán tiempo en apagarse.

  Aunque esta marcha ha acabado, y airosamente, ahora, y que Dios me perdone, siento nostalgia: no por la sangre y la muerte, sino porque ha dado sentido al suelo mismo que pisó, por cómo ha otorgado trascendencia moral a los campos, ciénagas, ríos y caminos, en tanto que ahora, conforme se disuelve la marcha, también se disuelve su sentido, a la vez que el ejército se disgrega en las intenciones aisladas de la difusa vida privada, y por tanto el terreno queda vacío y también difuso, e inefable, convertido una vez más en objeto, y queda, en la victoria, despojado de su razón de ser, y, ya sea iluminado por el día o a oscuras, ya sea estéril o fértil, aya sea violento o sereno, también queda completamente insensible y sin un objetivo propio.

  Y por qué Grant está hoy tan solemne frente a nuestro gran logro si no es porque este planeta inhumano y sin sentido necesitará nuestra huella guerrera para concederle valor, y porque nuestra guerra civil, la fábrica devastadora de los huesos de nuestros hijos, no es más que una guerra posterior a otra guerra, una guerra anterior a otra guerra.

.

E.L. Doctorow, La gran marcha. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. Roca Editorial. Barcelona 2006. 379 páginas. 18 €.

Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor (y editorial)

Gonzalo Hidalgo Bayal, <em>Paradoja del interventor</em> (y editorial)

   Fue al crítico Miguel García-Posada a quien por primera vez le oí hablar en una conferencia de una novela titulada Paradoja del interventor, allá por el mes de abril o mayo del año 2004. La conferencia versaba sobre novela contemporánea y el crítico comentaba  la extraña suerte de algunos textos valiosos que pasan desapercibidos, inexistentes para los lectores, engullidos por la vorágine de un mercado editorial en el que priman casi exclusivamente criterios comerciales. Citó entonces a un autor completamente desconocido para mí: Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat. Cáceres, 1950) como ejemplo de lo que venía diciendo. Comentó que era un autor casi desconocido que había publicado una novela excelente en una editorial de Badajoz, que probablemente no traspasaría los estrechos límites de la provincia o de la autonomía.

   Apunté en un trozo de papel el título de la novela y el nombre del autor y lo guardé en la cartera. Unos días después, encargué la novela. Me llegó a finales de junio y la leí casi de un tirón.

   Ciertamente es una buena novela, muy kafkiana —incluso en algunos momentos me llegó a recordar a alguna de las novelas de Luis Mateo Díez—, en la que se relata la búsqueda de la identidad de un hombre que se apea de un tren nocturno en una perdida estación de provincias para tomar algo en la cantina y pierde el tren. Se queda en la estación y entabla una relación con el camarero de la cantina y con un extraño parroquiano que musita frases en latín. El hombre, forastero y perdido en un mundo extraño, es ayudado por unos y rechazado por otros y pronto es considerado lo que no es, el interventor de la estación. Ese mundo inconcreto, indefinido y misterioso, una metáfora del mundo actual, atrapa al lector hasta el final, en una peregrinación en busca del sentido que de alguna manera nos resulta familiarmente cercana.

   La novela ha sido recientemente editada (¿o reeditada?) por Tusquets y de ella ha dicho Rafael Conte en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, que es la mejor novela que ha leído en los últimos años.

   Hipérboles aparte, creo que merece la pena leer un texto original, sobre todo en estos días, con la que está cayendo: 37º grados a la sombra en Madrid....

.

Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor. Del Oeste Ediciones. Badajoz, 2004. 239 páginas. 12 €.

>> Edit. Tusquets. Barcelona, 2006. 232 páginas.

Irène Némironsky, Suite francesa. La calle de los desconocidos a los que se acaba conociendo

Irène Némironsky, <em>Suite francesa</em>. La calle de los desconocidos a los que se acaba conociendo

   El 20 de enero del año de 1942 se celebró en una villa a las afueras de Berlín la Conferencia de Wannsee, en la que se ultimó el plan para llevar a cabo la denominada “solución final al problema judío”, lo que suponía el traslado de los judíos europeos a campos de concentración del Este, primer paso hacia su eliminación total. Las actas de la reunión fueron descubiertas en marzo de 1947 por el equipo del fiscal de EEUU que recopilaba información para los juicios de Nuremberg (Mark Roseman, La villa, el lago, la reunión. Edit. RBA).

   En la ofensiva de verano de ese mismo año de 1942, los alemanes tienen como objetivo principal la conquista de los campos petrolíferos del Cáucaso y Estalingrado. Los ejércitos alemanes llegan hasta el Ebrus pero no consiguen alcanzar la frontera meridional rusa ni cortar la ayuda militar americana.

   La mañana del lunes 13 de julio de 1942, Victor Klemplerer va caminando por una calle de Dresde con Sara Kätchen a visitar una residencia de ancianos. No puede viajar en tranvía, medio de transporte prohibido a los judíos. En su diario anota lo siguiente: “Por el camino creímos durante unos minutos que un joven (¿Gestapo?) nos seguía; nos había adelantado y mirado de un modo sospechoso, se quedó parado delante de un escaparate; hasta que no torció por una bocacalle no nos quedamos tranquilos” (Víctor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1942-1945. Vol. II. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Su mujer, Eva, dada su condición de aria, ha podido realizar el trayecto hasta la residencia en transporte público.

   Ese mismo día del 13 de julio del año 1942 unos gendarmes franceses detienen a Irène Némironsky en su casa de Issy-l'Évêque. La familia Némironsky había abandonado París la víspera del día 1 de septiembre de 1939, día en que Alemania invade Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial. Iréne y Michel Epstein, su marido, habían decidido llevar a sus dos hijas, Denise y Élisabeth, al pequeño pueblo de Issy-l'Évêque, de donde es su niñera, Cécile Michaud, y dejarlas allí a cargo de la madre de esta. Iréne y Michel vuelven a París y visitan con frecuencia a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en 1940.

   Los Némironsky son censados como judíos por las autoridades francesas en 1941. Michel no puede seguir trabajando en la banca ni Iréne, que por aquellas fechas era ya una novelista de prestigio reconocida por la crítica e incluso traducida al alemán, puede seguir publicando. La ley sobre los ciudadanos extranjeros de raza judía promulgada en 1940 estipulaba que los judíos pueden ser arrestados en su domicilio o internados en campos de concentración.

   El matrimonio abandona París y se instala con sus dos hijas en un hotel en Issy-l'Évêque, donde también se alojan soldados y oficiales de la Wehrmacht. Después de vivir un año en el hotel, alquilan una casa en el pueblo. Iréne consigue que su editor le publique varias novelas cortas con pseudónimo, y durante 1941 y 1942 inicia su obra más ambiciosa, Suite francesa, que concibe en cinco partes, pero de las que solo logrará terminar dos.

   El 13 de julio de 1942 los gendarmes a las órdenes del gobierno de Vichy detienen a Iréne. El 16 es internada en el campo de concentración de Pithiviers. Al día siguiente es deportada en el tren número 6 a Auschwitz. Es asesinada el 17 de agosto de 1942.

   Michel Epstein es detenido en octubre de 1942. Fue deportado a Auschwitz el 6 de noviembre del mismo año y ejecutado nada más llegar.

   Cuando arrestaron a Michel, los gendarmes se dirigieron a la escuela a buscar a sus dos hijas, pero estas lograron escapar del acoso escondidas por su institutriz en conventos y refugios de provincias. En su peregrinaje las dos niñas nunca se separaron de la maleta de piel marrón de su madre, que guardaba su ropa, fotos, cartas y diversos cuadernos y papeles sueltos escritos con una apretada letra. Sus hijas siempre creyeron que esos papeles eran un diario de su madre, pero en realidad eran el manuscrito de Suite francesa, que la autora había escrito con una letra minúscula para economizar papel.

   Denise Epstein, que hoy cuenta 75 años, ha recordado que cuando terminó la guerra ella y su hermana acudían a diario a la Gare de L’Est para ver si sus padres regresaban entre los supervivientes de los campos. Tuvieron que pasar varios años para que conocieran las circunstancias reales de la muerte de sus padres.

   Los papeles de la maleta permanecieron en el fondo de un armario hasta 1980, año en que Denise los empezó a leer y se dio cuenta de que lo que ella creía un diario era en realidad una novela. Todavía hubo que esperar hasta 2004 para que se decidiera a dar el texto a la imprenta.

   Suite francesa es una novela organizada en dos partes (Tempestad en junio y Dolce). En la primera se describe en breves capítulos la evacuación de París por parte de diversos personajes, de una manera coral. Así, vemos las diversas reacciones de una familia  de la alta burguesía, de un célebre escritor y su amante, de unos empleados de un banco que tienen un hijo en la guerra, de un coleccionista de antigüedades, etc. Es la derrota y el caos, los momentos de incertidumbre en los que nadie sabe realmente lo que sucede. La segunda parte varía el enfoque. Ahora la acción se desarrolla en el pueblo de Bussy, próximo a Dijon, y se nos narra la ocupación y la convivencia entre alemanes y  franceses, en ocasiones forzados a confraternizar.

   Némironsky ha escrito una novela en la que afloran el sustrato moral y social que mueve a los individuos en una época convulsa. Eso fue lo que le tocó vivir y sobre lo que escribe, y lo hace al mismo tiempo que está pasando y sin pasión —casi notas del natural—, distanciadamente, de tal manera que el lector se erige en testigo de unos acontecimientos que han permanecido vivos en el interior de una maleta marrón, que afectaron a hombres y mujeres brutalmente zarandeados por el horror y la miseria de la guerra.

   En la página 44 de la edición española, uno de los personajes de la novela, el escritor Gabriel Corte, pronuncia estas palabras: “Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo”.

   Suite francesa es una de las calles más importantes de la narrativa europea de la segunda mitad del convulso siglo XX. Déjense llevar de la mano de la autora por ese fascinante mundo de esta novela. El paseo por ella merece realmente la pena.

   La edición española contiene dos interesantes apéndices al texto: las notas manuscritas de la autora y unas cartas (1936-1945), documentos que ayudan inestimablemente a la contextualización y comprensión del texto.

   Reseña de Francisco Solano en el suplemento Babelia del diario El País (5/11/2005).

   Una visión de la escritora por Octavi Martí, suplemento “Domingo” del diario El País (5/12/2004).

   Reseña de Rafael Narbona en El Cultural del diario El  Mundo (17/11/2005).

.

Irène Némironsky, Suite francesa. Edit. Salamandra. Barcelona 2005. 473 páginas. 19 €.

Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Una novela con instrucciones de uso

Eduardo Lago, <em>Llámame Brooklyn</em>. Una novela con instrucciones de uso

  La Virgen de la Anunciación, de Antonello da Messina, se puede contemplar en el Palazzo Abatellis de Palermo. Bruno Gouvy quiso que Nadia Orlov, su mujer, y su hija Brooklyn conocieran el cuadro y con ocasión de un viaje  a Roma, antes de regresar a Londres, alquiló un coche y logró concertar a través de la embajada una visita privada al Palazzo.

  Bruno Gouvy es diplomático, hijo y nieto de diplomáticos, pero sin vocación. Nadia lo conoció en París, en el año 85, a donde había acudido becada a estudiar en el conservatorio, después de años de esfuerzo tocando el violín. Enseguida se enamoraron y se casaron después de unos meses. Con Bruno Nadia encontró una estabilidad que le había sido negada hasta entonces y pudo conseguir algo que siempre había creído imposible, quedarse embarazada. En sus variadas relaciones anteriores con otros hombres Nadia abortó varias veces, siempre en el cuarto mes; eso llegó a crearle una situación de culpabilidad extrema.

  Nadia nació y creció en Laryat, una ciudad de Siberia, una de esas ciudades de científicos que en una época no figuraban en los mapas. Cuando sus padres emigraron a Estados Unidos ya era una niña prodigio con el violín.

  Néstor Oliver-Chapman escucha atentamente este relato que le está refiriendo Brooklyn Gouvy entre las tumbas de un cementerio, en Cádiz, bajo un sol luminoso. Néstor es un periodista de origen español que ha logrado terminar una novela que su amigo Gal Ackerman dejó inacabada a su muerte. Un día ya lejano Gal conoció a Nadia y nada más verla supo que se enamoraría de esa mujer.

  Muchas veces pensó en ella cuando escribía su novela en el Oakland, un bar que descubrió por casualidad. El bar lo regenta Frank Otero, un tipo despreocupado y generoso al que le encantaba hablar con desconocidos...

  Podría seguir hablándoles de estas y otras historias, historias que se entrelazan formando un complejo y a veces confuso tejido, que a algunos lectores les puede resultar escurridizo, como le ocurría a Gal con su novela, que se le escapaba de entre las manos y no supo o no pudo terminar, delegando para ello en su amigo Néstor. Eso es lo que narra la novela Llámame Brooklyn, la trastienda de otra novela, Brooklyn; literatura desde la literatura, novela de una novela.

  En los tiempos que corren —que se lo digan a Auster—, escribir una novela que hable del proceso de creación de otra es una empresa arriesgada, máxime cuando el lector tiene la sensación de tener entre sus manos un cubo de Rubik narrativo, y que después de manipular sus variadas facetas intuye la existencia de una ley que ordena el artefacto pero que parece escapársele en la lectura. Sin embargo esa ley existe, y no se le hurta al lector, aquí no hay extraños guiños ni escamoteos. Lo que ocurre es más bien sencillo: toda buena novela tiene una historia indisociable de la manera de contarla y en esta novela hecha desde la novela el lector encontrará una buena historia y una buena manera de contarla.

  Muchos de los lectores actuales tal vez no estén acostumbrados a lidiar con la forma, pues los envoltorios predominantes han favorecido la especie de los lectores limitados, exigentes apenas con la historia, demasiado complacientes y a los que era fácil complacer, pero que rechazaban cualquier movimiento en lo formal que vaya más allá de una convención realista. En este sentido hago mías las palabras de Félix de Azúa: “Todo artefacto (y la novela es un artefacto) es artificioso, pero no tiene por qué ser complejo. Es complejo aquello que requiere uno conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado” (F. de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama).

  Llámame Brooklyn se inserta en la fecunda tradición de fragmentarismo de la novela experimental del siglo XX, y a la vez entronca con nuestra tradición literaria de una manera audaz, con desparpajo; es una novela de personajes y ambientes, en la que las distintas voces van orquestando un coro de múltiples caras que se van armando en la lectura hasta resolver el cubo de Rubik narrativo. Las caras encajan a la perfección si seguimos las instrucciones de uso que el texto contiene.

  El lector disfrutará armando (leyendo) la novela, como cuando de niños rematábamos en las tardes de invierno aquellos interminables puzzles de cientos de piezas con la colocación de la última, la que nos permitía entonces disfrutar del todo, sin asombro, contemplando aquello que tenía algo de nosotros. Tal vez algo de eso debió de sentir Bruno Gouvy cuando contemplaba absorto la Nunziata de Antonello da Messina en el silencio de aquel museo vacío.

.

Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Edit. Destino. 397 páginas. 19.50 €. Premio Nadal 2006.

Navigare necesse est, vivere non necesse

Navigare necesse est, vivere non necesse

   Antoni García Porta publicó en el año 2001 una novela notable, El peso del aire, que pasó desapercibida en el confuso panorama narrativo de este país, engullida por la vorágine de las novedades que se suceden a una extraña y sospechosa velocidad en los estantes de las librerías o, para ser más exactos, en las mesas de novedades de los nuevos espacios culturales (eufemismo que hace referencia a los departamentos de libros de FNAC, El Corte Inglés, Hipercor, y establecimientos por el estilo).

   Ya en aquella novela me pareció que el autor apuntaba maneras, oficio y control sobre lo narrado en un texto que revitalizaba de algún modo el género negro, tan poco cultivado por estas tierras, contando una historia que se desarrolla en la Barcelona actual. La novela tiene una buena arquitectura que le da solidez. Pero ya digo, me parece que pasó desapercibida y no llegó a tener el reconocimiento que se merecía de los lectores. Tal vez en un futuro la reconozcan en alguna película, pues de su trasvase al cine podría obtenerse un buen producto si el guión lo “lee” un buen director.

   Recuerdo que por aquellos años, recién iniciada la década del dos mil, tenía bastante tiempo libre, o, para ser más exacto, disponía de ese tiempo pastoso que se enreda en las agujas del reloj y fosiliza las hojas del calendario, el tiempo de los parados. Ciertamente, el tiempo de una persona recién entrada en el paro es algo curioso. Aparece un día de manera inadvertida y toma asiento en uno como si fuera el propietario. En los primeros días te sume en un duermevela existencial que acabas por conocer: no te lleva a ninguna parte, pero es igual, la indiferencia toma posesión de ti y lo notas nada más levantarte. Pero cierto día tu vida da un giro —luego sabrás que no es sino una ilusión: llevas girando sobre ti mismo todo el tiempo—, y decides hacer algo, y lo primero que haces es constatar la importancia que ha cobrado en tu vida la palabra algo. Resulta que tú creías que la palabra algo era una palabra vacía, sin un contenido concreto, pero ahora empiezas a comprobar que es una palabra pesada, tremendamente pesada, hasta tal punto que llegas a sentir su peso sobre los hombros. Intentas sobreponerte y te dices: debo hacer algo. En mi caso ese algo fue leer. No sólo leer, evidentemente. Por aquel entonces mi segunda hija apenas tenía un año y mi dedicación a ella fue para mí un curso intensivo, no sabría decir muy bien de qué, pero intensivo. Callaría parte de la verdad si omitiese que la abuela hacía el curso conmigo, e incluso muchos días iba a clase por mí. Excuso dar explicaciones sobre las excelentes relaciones que hoy en día  mantenemos mi hija y yo con la abuela.

   Como he dicho leía, y tenía mucho tiempo para leer, y decidí establecer entonces un sistema. Ya había pasada a la acción y me pareció meritorio que la palabra sistema comenzase a desplazar a la palabra algo. Me llevó su tiempo, pero di con la fórmula, o al menos eso creí entonces: dedicaría una parte del tiempo a estudiar la oposición (actividad que consiste básicamente en leer temas) y la otra parte a leer libros (actividad que consiste básicamente en leer libros para que la otra actividad no te deprima). Pronto comprendí que lo de los temas había arrinconado a la palabra algo, lo cual tiene una impagable ventaja, y es que mis familiares y amigos ya no me decían tienes que hacer algo, o la variante algo tendrás que hacer. Quien sepa de esto me entenderá sobradamente. Lo cierto es que fue en aquella época cuando más contribuí a aumentar el índice lector de este país, y no lo digo precisamente por los temas.

   Por aquel entonces frecuentaba la librería Crisol (c/ Juan Bravo, Madrid), y hasta allí me llevaban cuatro razones: la más obvia, la de comprar libros; por otra parte, estaba cerca del trabajo de mi mujer, aprovechaba para recogerla después; los dependientes mostraban poco interés en el cliente, practicaban la indiferencia en todo momento, y disponía en aquellos años de unos bancos situados discretamente al fondo del local que me permitían sentirme y sentarme bastante cómodo. En uno de esos bancos empezaba a leer el libro que había escogido deambulando por los pasillos y si creía que la cosa prometía, lo compraba; en caso contrario lo devolvía al sitio de donde lo había cogido. Y en uno de esos bancos un día empecé a leer El peso del aire. Al rato salí de la librería con el libro bajo el brazo.

   La novela me gustó, y volví a recordarla un día de julio de 2003 cuando en una de las mesas de novedades de FNAC me topé con otra novela del mismo autor: Singapur. La compré sin pensármelo dos veces.

   El personaje principal de la novela es Laura, una mujer que se dedica a viajar (ha sido pintora y ahora se dedica a la fotografía). La novela es un diario que Laura escribe, sin fechar las entradas, para apuntalar su vida, una vida sin objetivos, vivida en el día a día, que trata de llenar con el tabaco, la bebida y el mundo de relaciones que la hacen sentirse viva. Cuando el lector entra en el diario Laura está en Sant Pol, junto a Margot, su madre, enferma de Alzheimer (curiosa relación la de Alzheimer y Literatura). La narradora nos refiere lo que hace ella sola o con su madre. Con frecuencia surge la figura del Arquitecto, marido de Margot y padre de Laura, ya muerto, enterrado en Singapur, ciudad en la que desarrolló una parte importante de su obra. Pero ese recuerdo del Arquitecto planea sobre la madre de una manera especial; en efecto, Margot  en el último tramo de su vida, preocupada por su hija y con un profundo sentimiento de aceptación de la muerte, teme olvidarlo a cusa de la enfermedad.

   Singapur es la ciudad del pasado, la ciudad de la felicidad, un mundo que se va diluyendo en la mente de Margot. La novela avanza en planos que se van sucediendo o entrecruzando, como las fotografías de playas desiertas que hace Laura. La línea de sombra que separa los recuerdos del olvido.

   A Karen Blixen, la escritora danesa autora de Lejos de Africa y Cuentos de invierno, su marido le contagió la sífilis siendo aún muy joven, y durante gran parte de su vida sufriría las terribles secuelas de esta enfermedad. Padeció dificultades para caminar, ataques de vómito imprevisibles, deterioro del sentido del equilibrio, dolores abdominales paralizantes y anorexia, más tarde complicada con úlceras. A pesar de su gran valor físico y su desdén por la debilidad, en ocasiones sus sufrimientos eran tales que se deslizaba de la silla en que estaba sentada y se echaba en el suelo “aullando como un animal”. Cuando murió pesaba treinta y cuatro kilos. Fue en esos últimos años cuando solía hablar de las tres formas de la perfecta alegría en la vida. La primera era la cesación del dolor; la segunda, sentirse rebosante de fuerza; y la tercera, el convencimiento de estar cumpliendo el propio destino. A pesar de sus grandes sufrimientos físicos, era esta última la que de verdad valoraba, porque al contrario que las primeras, que podían considerarse un don de la naturaleza, era una conquista de la voluntad. También una decisión ética. La decisión de hacer suyo su solitario destino, sin reparar en los inconvenientes que esto pudiera acarrearle.

   Es esa decisión de Margot y Laura de hacer suyo su destino lo que poco a poco va cobrando cuerpo en la novela en fragmentos sugerentes que se suceden en una narración depurada, mínima y concisa, que envuelve al lector:

......

   Margot se ha preparado para morir. Para iniciar el viaje definitivo, ha dicho. Prefiere morir con las fa­cultades plenas, consciente de sus actos. A veces, ha confesado, veo las cosas con claridad. Me ha pregun­tado si es posible ver las cosas con claridad. Tiene miedo de que sea un espejismo de la misma enfer­medad. Un engaño que le hace la vida más llevadera, aunque sólo sea durante unas horas o unos minutos. Se ha arreglado y se ha maquillado para tener un as­pecto digno. ¿Qué le digo al Arquitecto?, ha pregun­tado. Dile que le quiero, le he dicho, y que le echo de menos. Anochecía. Luego se ha tendido a un lado de la cama, me ha cogido de la mano y la ha apretado con fuerza antes de cerrar los ojos. Había un aire de feli­cidad en su rostro mientras dormía. He necesita­do un par de martinis para seguir escribiendo. ¿Para qué sirve escribir? ¿Para qué sirve fumar? He rebus­cado en el bolso hasta encontrar la postal del Altes Museum y la he reconstruido sobre la mesita de no­che, juntando sus piezas. Margot respira profunda­mente. Ahora pienso en ella, a mi lado, cada vez más cercana a la muerte, y pienso en las series, en la ópe­ra y en las fotografías y pienso en mañana.

......

   Al viejo ideal de mens sana in corpore sano, Karen Blixen acostumbraba a oponer otro más sutil: Navigare necesse est, vivere non necesse, que viene a decir que es más importante no detenerse que vivir. O dicho de otra forma, que lo importante no es tanto la vida en sí como lo que somos capaces de hacer con ella.

   No aprobé la oposición y en una reforma de Crisol quitaron los bancos. Bajé los temas al trastero, donde todavía siguen. Meses después encontré trabajo. De vez en cuando me subo a una silla a colocar en una balda de la librería el libro que he acabado de leer. De algunos de ellos les voy hablando aquí.

....

A. G. Porta, El peso del aire. Edit. El Acantilado, Barcelona 2001. 311 páginas, 16.56 €.

A. G. Porta, Singapur. Edit. El Acantilado, Barcelona 2003. 159 páginas, 9 €. 

Un laberinto de paredes de desamor y vacío

Un laberinto de paredes de desamor y vacío

  Sostenía Benjamin que el laberinto es la patria de los indecisos, y acaso sea un laberinto la patria de las mujeres de Alice Munro, las protagonistas de los cuentos de Escapada, pues son mujeres que huyen, renuncian a una existencia, parten en busca de algo sin saber muy bien qué es.
  Estas mujeres no son heroínas, ni padecen tensiones que las aboquen a una situación límite. Su mundo es sencillo, pero en su interior alienta algo que las impulsa a tomar decisiones por las que a veces deberán pagar un precio. Y es esa elección la que nos permite entrar en unas vidas en las que los actos y los sentimientos van conformando las coordenadas de un laberinto sujeto a un orden. Quizás estas mujeres, a diferencia de lo que decía Benjamin, tomen decisiones para salir de un laberinto a sabiendas de que a la salida les espera otro, el laberinto inexcusable de sus propias vidas.
  Como le sucede a Robin, la protagonista de Desencuentro, una enfermera que vive en una pequeña ciudad, y cuida a su hermana mayor, enferma de asma. Todos los años acude en tren un día de verano a una ciudad cercana para ver la representación de una obra de Shakespeare. Pero en esta ocasión un pequeño incidente alterará su anodina existencia. En el teatro pierde el bolso y su dinero para pagar el billete de vuelta. Desolada por el suceso se sienta en un banco para pensar qué hacer. Un hombre con acento extranjero que pasea un perro se ofrece para dejarle algo de dinero. Ambos se dirigen a la casa del hombre, pues este ha salido sin dinero. Robin no desconfía del hombre, tal vez por su acento. El hombre tiene una tienda en la que vende y repara relojes, la vivienda ocupa el piso de arriba. Invita a Robin a subir y le ofrece algo de cenar.
  Robin no había tenido novio, ni amantes, y ahora está cenando con un desconocido en su casa. Después de cenar van a pasear hasta la hora de salida del último tren. Ella le pregunta cómo puede devolverle el dinero, y el hombre le dice que el verano próximo estará en el mismo sitio, en su tienda y le pide que se ponga el mismo vestido. Antes de que ella suba a su tren el hombre la abraza y los dos se besan. Deciden no escribirse cartas, sólo volverse a ver el próximo verano.
  Y ese verano ella acude a la nueva representación teatral, y después de la obra va a la tienda y lo ve allí, al fondo, ocupado en sus relojes. Cuando el hombre la vio se quedó perturbado y con un gesto de repulsión le cerró la puerta en la cara.
  Tendrán que pasar unos años para que Robin, en una sala del hospital donde trabaja, vuelva a reencontrarse con aquel episodio doloroso del pasado. Entonces, las sombras cobrarán sentido y el laberinto de su vida se le abrirá insospechadamente ante sus ojos, cuando ya no hay lugar para preguntarse cómo hubieran sido las cosas.
  Escapada consta de ocho historias protagonizadas por mujeres que transitan por un laberinto cuyas paredes están hechas de desamor y de vacío. Tres de esas historias —Destino, Pronto y Silencio— están protagonizadas por Juliet, en tres momentos importantes de su vida, por lo que realmente pueden leerse como capítulos de una novela corta.
  Esta señora canadiense de pelo blanco ha escrito un libro excelente, extraordinario en algunos momentos. Uno de esos libros de los que uno habla con entusiasmo a sus amigos, que dejan ese sabor que al lector a la sombra le ha hecho pensar si el próximo libro estará o no a esa altura de los libros con los que uno disfruta del placer de la lectura y se hace mejor leyendo la vida de los otros. Otros como él, como nosotros. Como la vida misma.

Alice  Munro, Escapada, Edit. RBA. Barcelona 2005. 286 páginas. 20 €.