Escribo esto en el examen final de la asignatura Lengua castellana y Literatura II, del curso 2º de Bachillerato.
Veintidós alumnos y alumnas han elegido entre un texto de una conferencia de García Lorca, Las nanas infantiles, y un texto de Juan Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico, y su correspondiente repertorio de preguntas. Es el último examen que harán conmigo y el último también de Bachillerato. Después, la Universidad.
A algunos de ellos, ahora con dieciocho años, los conozco de cuando tenían trece. Unos críos, que gritaban por las pistas detrás de un balón. Ahora, fuman durante el recreo en el parque de al lado y escriben mensajes en el WhatsApp de manera compulsiva mientras hablan entre ellos.
Alguno habrá que piense que no va a aprobar la asignatura, los más están haciendo el examen para subir nota, ya han aprobado. Tal vez alguno haya que está aquí a ver qué pasa… En fin, cada cual con sus intereses.
Y afuera la prima de riesgo marca límites históricos, Grecia se hunde un poco más, y México despide a Carlos Fuentes. Y me pregunto si el mundo de afuera late en este de dentro de alguna manera, si estos chicos y chicas que ahora tienen que escribir sobre la novela realista y naturalista del siglo XIX o sobre el Modernismo y la Generación del 98 habrán pensado en qué es lo que les mueve a los que acuden a la Puerta del Sol, o si conocen a gente a la que los recortes económicos y sociales les haya supuesto un importante quebranto. Si son conscientes de la merma de derechos que una situación de crisis económica tan grave como esta comporta.
Y me digo que espero que sí, que estén en este mundo, porque de alguna manera ellos también serán víctimas, y antes o después tendrán que tomar partido, y cuando lo hagan, espero que piensen en los demás. Y actúen en consecuencia.
Este país se está yendo al garete y sorprendentemente no pasa nada.

Déjame que vaya a brazadas hacia ti, con mis brazos hacia tus brazos en ese remar juntos del abrazo. Y que los cuatro brazos se fundan en ese mar en el que las palabras escritas a trazos en tu espalda te traigan, como olas, otras palabras ya dichas y acaso olvidadas, que ahora vuelven y vuelven renovadas. En ese ir y venir sé tú misma, no otra. Déjame sumergir tus brazos en mi abrazo, y a brazadas y abrazados, cerremos nuestros ojos al espejismo que invariablemente nos devuelve siempre la misma imagen: cuatro brazos que no saben que desean bracear hacia el abrazo.
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No es muy dado este lector a conceder excesivo crédito a las primeras novelas, y no porque no sea condescendiente, que lo es sin duda, sino más bien por aquello de que primeras obras fueron siempre primeras obras y, como mucho y en la mayoría de los casos, el texto apunta maneras y poco más.
Y bien mirado, hay que reconocer que en alguna ocasión se ha dado el caso de que la primera novela de un autor, aquella con la que se lanza a navegar por las procelosas aguas de los mares de la Literatura, ha salido realmente excepcional rayando la condición de obra maestra, lo cual ha debido de suponer más de un quebradero de cabeza para su autor, pues colocar de salida el listón tan alto en esa su primera obra abre el abismo del vértigo a la hora de ponerse con la segunda. En fin, recuerdo ahora Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero, una verdadera magnífica primera obra.
En el caso que nos ocupa, sorprende la madurez de Sukkwan Island, del estadounidense de 43 años nacido en Alaska David Vann, obra con la que este autor ha ganado el Premio Médicis 2010 a la mejor novela extranjera editada en Francia y que aquí publica la editorial Alfabia. Confiesa el autor que escribir la novela le ocupó diez años y publicarla doce más. El libro apareció en Estados Unidos con el título de Leyendas del suicidio, título revelador cuando conocemos que el padre del novelista se suicidó cuando este tenía trece años. Sin embargo, la novela pasó sin pena ni gloria y ha tenido que venir a Europa, cambiar el título a sugerencia del editor y triunfar de manera incuestionable.
Sukkwan Island es una obra breve, 210 páginas, pero intensa, y encierra un artefacto poco corriente: un dentista de mediana edad, James Edwin Fenn, vende su casa y su consulta y adquiere un terreno con una cabaña de madera en una despoblada isla de Alaska. Convence a su hijo Roy, de trece años, y a su ex mujer y madre del chico, para que los dos se vayan a pasar un año a la isla. Roy vive en California con su madre y su hermana y acepta a regañadientes acompañar a su padre pues este plantea la estancia en la isla como una ruptura con el pasado, una forma de iniciar así una nueva vida en compañía del hijo, de reencontrarse en el marco de una naturaleza inhóspita.
El hijo acepta porque ve que su padre no quiere afrontar solo la nueva situación y entiende que su afecto puede ayudarlo de alguna manera. Un hidroavión los traslada hasta la isla, y allí, en la inmensa soledad de aquellas tierras, deberán hacer todo con sus propias manos. Pero pronto las cosas se desviarán del rumbo inicialmente previsto, y enseguida veremos las dudas y torpezas del padre, que no sabe construir un almacén, guardar los alimentos o conseguir leña para el fuego.
Los acontecimientos se van sucediendo y la acción se tensa cada vez más, y Roy quiere irse pero no quiere causar daño a su padre, quien poco a poco empieza a meterse en un callejón sin salida del que no logrará salir indemne. Así, lo que inicialmente planeó como una aventura con tintes adánicos, de regeneración, se está empezando a convertir en una trampa que lo va atrapando cada vez más. Ya nada tiene sentido, todo es un desastre y el lector sabe que algo va a estallar. Hasta que estalla.
La novela se organiza en dos partes de semejante extensión. La primera de ellas finaliza de manera realmente sorprendente, dejando al lector descolocado y abriendo las expectativas para afrontar la lectura de la segunda. Si en la primera se relatan los acontecimientos vividos por el padre y el hijo en la isla, la segunda es el relato despiadado del derrumbamiento de un individuo que se ha instalado en una zona de sombra en la que cada vez se le hace más difícil vislumbrar la luz de la salida. La oscuridad del túnel en que se encuentra este hombre es un tormento para el que nunca estuvo preparado este ser desnortado y desdichado.
James Edwin Fenn se siente hundido en el pozo, y ve cómo está arrastrando a su hijo al fondo, sin que este tenga la culpa de ello. Es un fracasado y no sabe reaccionar, nunca lo ha hecho, todo le ha salido mal en la vida porque sólo piensa y ha pensado siempre en sí mismo, ajeno por completo a las consecuencias derivadas de sus actos. El pobre dentista James Edwin Fenn "no había entendido nada a tiempo".
La lectura de esta breve novela, en la que según se avanza en ella se va asistiendo a la construcción paulatina del derrumbamiento psicológico del personaje del padre, arrastra verdaderamente al lector. Este siente toda la hondura del ser interior del padre, conoce su fracaso en la vida y lo va acompañando en ese descenso a los infiernos que inicialmente emprendió como un viaje regenerador. Es ese sinsentido lo que al final dota de sentido al comportamiento del padre.
Una novela cuya lectura exige del lector comprensión, no compasión. Un reto, sin duda, entre tanto texto inane.
Sukkwan Island. David Vann.
Traducción de Daniel Gascón. Ediciones Alfabia. Barcelona, 2010. 210 páginas. 18 euros.
Entrevista al autor en el programa Página 2
El autor presenta su libro
Recuerda el lector en estos días de verano la mirada de su padre y evoca la tertulia de las noches de julio y agosto, allá en el pueblo, en la que el tema de la guerra civil no tardaba en acudir a la memoria y se hacía presente en la conversación. El lector sabe que su padre y su tío Jesús disfrutan hablando de aquellos tiempos, y por ello, junto con sus primos, les hacen entrar al trapo, de modo que los recuerdos y vivencias de los dos hermanos se adueñan de la calurosa noche. El lector echa de menos esa tertulia y medita sobre el tiempo pasado, si fue o no mejor, y concluye sin devanarse demasiado los sesos que no, que ni mejor ni peor, vaya, que simplemente se perdió y ya no volverá. Y antes de que lo tilden de filósofo con recochineo, piensa que las cosas son como son y no hay más cera que la que arde, y que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, y tal. En fin.
El lector recuerda al padre muerto y piensa si es mejor no pensar, o pensar en no pensar, y estos devaneos le recuerdan a Unamuno (el lector sabe que lo de este señor era pensar-pensar), que en cierta ocasión le dijo a alguien: "extravaga, extravaga, que más vale extravagar que vagar a secas". Y el lector siente que extravaga, que vaga e incluso divaga, y no sabe si acaso no le estará dando un acceso de melancolía o de misantropía, o vaya usted a saber de qué.
Pero lo cierto es que el lector recuerda al padre recientemente fallecido y se siente un poco más solo. Esto, se dice en algunos momentos, va a ser que me estoy haciendo viejo. Ay. A saber.
Y el lector vaga y divaga por los meandros de su memoria y allí se encuentra con su tío Jesús, el hermano de su padre, que está regando el jardín unas veces y otras trabajando la madera en la carpintería. Al lector, de chico, le embelesaba ver a su tío en el taller de carpintería sacar virutas con la garlopa, y a nada que se lo proponga son muchos los recuerdos de su tío Jesús que salen a la luz como esas virutas. También aparece en el divagar un impresionante coche negro con chófer, su tío Benito le dice al niño súbete y vamos a ver las obras del depósito del agua. Y el niño no sale de su asombro en este su primer viaje en coche y no sabe qué le impresiona más, si el coche, el depósito o su tío Benito, y en su ternura infantil el niño cree que este hombre tiene que ser muy importante porque la gente dice que va a traer el agua al pueblo, y cuando el agua salga de un grifo y no del cubo del pozo la tía Mary podrá regar el jardín mejor y se cansará menos, y el lector la ve cojeando por entre los rosales con su mano impedida pegada a la cadera arrastrando la goma que lleva el agua a los parterres con su otra mano. Aquel jardín es muy grande en la memoria del lector y aunque este sabe que la memoria engaña, le da igual. Lo que no le da igual al niño que fue es la calavera que tenía su prima Marigel en la habitación de arriba, donde estudiaba en los veranos. Marigel iba para médica, pero el niño que fue mira con recelo aquello y le da repelús, lo toca y no entiende para qué querrá su prima eso.
Es lo que tiene el verano…

Una tarde de julio de los años cincuenta, aparece montando en bicicleta en Rathmoye, un pequeño y tranquilo pueblo de Irlanda en el que nunca pasa nada, Florian Kilderry, un joven de poco más de veinte años con la intención de hacer unas fotografías de un cine en ruinas. Le indica el camino la joven Ellie, mujer de Dillahan, un maduro granjero marcado por una terrible tragedia familiar, con el que se casó después de salir del orfanato.
El destino llevó a Ellie a servir a la granja de Dillahan, hombre viudo que soporta el sufrimiento de la muerte de su esposa y su bebé en un extraño accidente. La vida de Ellie transcurre tranquila y rutinaria, una vida aparentemente feliz pero sin ningún horizonte. Ayuda a su marido en algunas tareas de la granja y acude al pueblo a vender huevos y a hacer compras. Esa vida se altera cuando aparece Florian, un veinteañero melancólico que está ultimando la venta de la casa de sus padres, pues carece de recursos para vivir y necesita ese dinero.
Aunque la vida de Ellie y Dillahan transcurre de manera ordenada, el azar hace que la pasión, repentina, empuje a Ellie hacia una turbadora relación con Florian, quien siente ternura por la ingenuidad de la muchacha, que descubre entonces un mundo que ni siquiera había imaginado. Esa pasión, como las ondas de un estanque, llegará incluso a afectar a algunos habitantes del pueblo y desembocará en un desenlace sorprendente y magistral.
Y todo ello en un marco en el que el autor va desgranando por aquí y allá trozos de las vidas de los habitantes del pueblo, que se van enlazando poco a poco, se relacionan unas con otras, y configuran un complejo mapa en el que esas vidas adquieren sentido en esa sociedad pequeña y tradicional.
Pero esta novela no es solamente una historia de amor, y su autor da entrada en ella a otros temas también complejos, como el papel del destino en la vida que nos llega a llevar a territorios que nunca habíamos sospechado siquiera que existieran; o la presencia inevitable del pasado.
Quisiera llamar la atención de los posibles lectores sobre otro de los interesantes temas de esta obrita: la irresponsabilidad de los afectos, pues Florian siente ternura por la muchacha, pero esta se enamora ingenuamente de él, lo que plantea la posibilidad de un amor cruel.
Y todo ello contado de manera magistral, con un estilo detallista no exento de un lirismo contenido.
Repare el lector en el final y déjese llevar…
Wiliam Trevor, Verano y amor
Edit. Salamandra. Barcelona 2011. 218 pág. 15,90 €.
Tal vez te apetezca leer el primer capítulo

Antonio Batista, La carta. Historia de un comisario franquista.
Editorial Debate. Barcelona, 2010. 287 páginas. 21,90 €
Querido amigo Rodolfo: Me atrevo a adjuntarte un resumen de mi historial profesional, por si puedes distraer tu atención y leerlo. En él va relatado sucintamente lo sucedido desde mi nombramiento como Jefe Superior de Bilbao y de Sevilla, en lo que atañe también a las causas del expediente, pues sé de sobras que la contestación de la Dirección Gral. de Seguridad será lacónica y fría. Por eso quiero que tengas mi versión, que he procurado fuera todo lo objetiva posible dentro de mi desesperanza, dolor y resentimiento. Perdona mi insistencia en este asunto que por otra parte mis abogados y procuradores llevarán si es preciso ante el Supremo, Contencioso Administrativo, pues creo que no merezco esta medida tan draconiana y falta de humanidad, castigándome de esa forma no sólo a mi sino que a mi esposa e hijos.
Reitero mi afecto y lealtad a la persona que tanto interés y comprensión ha tenido para conmigo. Un gran y fuerte abrazo.
Antonio
En el año 1941, fui trasladado de Bilbao a Barcelona, en la capital vizcaína empecé mi vida profesional, teniendo varias felicitaciones y premios por mi actuación, encuadrado en la Brigada Social y más tarde en la de Información.
En la ciudad condal pasé destinado, voluntario a la Brigada Social que mandaba el Sr. Quíntela (q.e.p.d.) y en el Grupo Anti-comunista que dirigía el Sr. Polo (q.e.p.d.).
En el transcurso de mi vida profesional, dedicado por completo a ella, sin tener otra ocupación o colocación nunca, intervine siempre en los servicios más importantes realizados por la Policía desde el año 1941 al 1968, en Cataluña, atracos, Partido Comunista, Movimiento Libertario, F.A.I. — C.N.T. —J.J.L.L., Sección Militar del Front Nacional de Catalunya, y su organización política, de carácter ultra-separatista, Movimiento Socialista de Catalunya, del mismo ideario separatista que la anterior, organizaciones del P.S.U. de C. y sus organizaciones de masas. Captura por mi del «líder», Secretario General del P.S.U. de C., Juan Comorera Soler, y de otros muchos dirigentes del Comité Central venidos de Francia, grupos de «guerrilleros» (bandoleros) de ciudad y de montaña del Partido Comunista, perfectamente armados e instruidos. Captura y desarticulación en España, por primera vez, de un aparato de espionaje del Ejército Soviético, que funcionaba en Madrid, Barcelona y Valencia, denominado G.R.U. ¡Directorio General de Inteligencia!, con incautación de varias emisoras, máquinas fotográficas y otro material, detención de varios «agentes» de dicho Servicio. Todo fue pasado al Alto Estado Mayor, por su gran interés. Fui felicitado por las autoridades militares.
Tiroteos y captura de los Grupos «Sariego, Hermanos Sabater, Facerías, Los Primos, Los Culebras» y otros, siempre voluntario y con riesgo de mi vida, muchos días salía confesado y comulgado a tomar el servicio, pues no sabía si me tocaría caer como tantos compañeros. […]
Así empieza la extensa carta manuscrita que, con fecha del 14 de septiembre del año 1974, el entonces gobernador civil de Barcelona y jefe provincial del Movimiento, Rodolfo Martín Villa, recibió del comisario Antonio Juan Creix.
Martín Villa, uno de los personajes claves de la Transición, desempeñó altos cargos en la dictadura franquista, fue Ministro de Relaciones Sindicales en el primer gobierno de la monarquía, presidido por Carlos Arias Navarro, y al comienzo de la transición democrática, con Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno, ocupó la cartera de Gobernación. Se le conocía popularmente como "la porra de la Transición", debido a la excesiva dureza que empleaba en reprimir manifestaciones obreras y estudiantiles. Llegó incluso a negociar con ETA, y se le relacionó con la guerra sucia contra el terrorismo en aquellos años.
El comisario Creix había desempeñado todos los cargos posibles en la policía, desde el de policía raso al acabar la Guerra Civil, hasta jefe superior en el País Vasco y Andalucía. Estaba especializado en la lucha anticomunista a la que se dedicó con total abnegación, como muy bien recordaron siempre las víctimas de la temible Brigada Político Social. Era un policía eficaz que había estado detenido en una checa de Barcelona durante la Guerra Civil y ahora se empleaba a conciencia contra sus antiguos enemigos.
Pero el condecorado y tantas veces felicitado por sus superiores comisario Creix acabaría su carrera de brillante policía de la manera más ignominiosa: acusado de malversar fondos, fue sancionado con un expediente disciplinario y una suspensión de empleo y sueldo de tres años que vino a suponer una jubilación anticipada pero sin derecho a cobrarla. Por aquel entonces, Franco había iniciado el largo camino irreversible hacia la muerte y todo el mundo sabía que en los meses venideros se iba a dilucidar el futuro del país. Había llegado la hora de tomar posiciones para estar bien situado en los nuevos tiempos que se avecinaban. Incluso los propios franquistas se iban preparando para ese momento, y se iniciaba así el debate entre los que querían a toda costa perpetuar el franquismo, la vieja guardia, y aquellos que veían la necesidad de reformarlo.
Era el momento en el que los llamados reformistas escamoteaban parte de su pasado y tiraban de maquillaje astutamente, pues veían que se les venía encima un sistema democrático que amenazaba sus aspiraciones y estatus de poder.
En este contexto, en el que los más moderados del régimen veían como inevitable posicionarse para el pacto de la famosa Transición, el comisario Creix suponía un grave problema, pues era el prototipo de la represión franquista contra los demócratas con los que habría que negociar en un futuro que estaba a la vuelta de la esquina. Y había que quitarlo de en medio. Creix era el prototipo del policía franquista que arrancaba las confesiones a los detenidos a base de torturas de todo tipo, y los franquistas que veían la oportunidad de hacer política en la democracia no iban a ser creíbles si se mantenía a policías como él. Su depuración supuso que otros policías con historiales parecidos al suyo fueran reciclados para aprovechar sus métodos y experiencia en la lucha contra ETA.
Esa carta de Creix a Martín Villa le ha servido a Antoni Batista para construir un buen reportaje sobre la vida de este policía y la época en la que trabajó, un relato de la represión policial de nacionalistas catalanes, y la descripción detallada de juicios e interrogatorios, detenciones y torturas.
En estos tiempos "líquidos" en los que los hechos que se refieren en este libro resultan muy lejanos o completamente desconocidos para muchos, no estaría de más una lectura detallada de esta obra. Aquellos que vieron con estupor la película La vida de los otros encontrarán en este libro nuestra particular versión del asunto. A veces se olvida demasiado deprisa y en estos tiempos de crisis y desencanto, la mirada crítica hacia el pasado se hace cada vez más necesaria, pues es de allí de donde venimos.
Todavía recuerdo de mis tiempos de estudiante en Madrid, en los años setenta, el miedo que infundía uno de esos "eficaces" policías, Juan Antonio González Pacheco, al que se conocía como "Billy el Niño", y el terror a sus interrogatorios en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Curiosamente, muchos de los policías que estuvieron a sus órdenes se integraron en los ochenta en la Brigada Antigolpe, pues sus relaciones con la extrema derecha les facilitaban las labores de información como infiltrados.
Policías como estos nunca respondieron ante ningún juez de sus actividades represivas en los últimos años del franquismo.
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Más información en estos enlaces (muy recomendable la lectura del texto del poeta Luis García Montero):
Un comisario caído en desgracia. El País, 27/09/2010
La realidad y el deseo, Luis García Montero
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Es filóloga.
Es joven.
Tiene mucho que decir.
Su voz te llegará y llegará lejos.
Está aquí...
PS: Y está totalmente cuerda.
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