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El final de los años de plomo

Camilo José Cela empieza a alumbrar el oscuro panorama narrativo de posguerra en el año 1942 con el tremendismo de La familia de Pascual Duarte. La novela logró pasar la censura pese a contener asesinatos, matricidio, prostitución y adulterio; y fue calificada en el semanario “Ecclesia”, órgano de la iglesia católica española, con un (3), lo que equivalía a “dañosa para la generalidad” y allí se dijo de ella lo siguiente:
“Obra literaria notable; no se debe leer, más que por inmoral, que lo es bastante, por repulsivamente realista. Su nota es la brutal crudeza con que se expresa todo, incluso lo deshonesto, alrededor del relato que hace un condenado a la última pena de su vida y la de su familia. Contagiada del fatalismo ruso, llegan sus personajes al crimen contra su propia voluntad; y en el duro y desconsolador ambiente y en el moroso detalle superan el horror y al repugnancia: el asesinato de una madre por su propio hijo”.
En noviembre de 1943 fue prohibida la segunda edición, pero la policía apenas encontró ejemplares, pues la novela ya había sido distribuida.
En el otoño de ese mismo año, el falangista Rafael García Serrano había publicado en la Editora Nacional la novela La fiel infantería, novela de guerra desde el bando nacional. Fue prohibida en enero de 1944 pues existió un Decreto del Arzobispo de Toledo, Enrique Plá y Daniel que la atacaba duramente:
“Es deber gravísimo de los Obispos el vigilar los libros que se publican, condenando aquellos que, por sus doctrinas o por la licencia de su lenguaje y narraciones inmorales, pongan en peligro la fe o las buenas costumbres de sus lectores [...] El Gobierno dispensará apoyo a los Obispos cuando hubiera de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos.
Examinada serena y objetivamente la novela La fiel infantería de D. Rafael García Serrano, resulta:
1º Que se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud.
2º En la novela se describen varias veces escenas de cabaret y de prostíbulo.
3º Está salpicada toda la novela de expresiones indecorosas y obscenas.
4º Aun cuando varios personajes de la novela manifiestan sentimientos religiosos aparecen éstos como algo rutinario; y al lado de ellos se destacan muchas expresiones de sabor escéptico volteriano y de regusto anticlerical, aun en labios de soldados nacionales.
Por todo ello, la lectura de esta novela resulta muy nociva para la juventud, debilitando su fe, su piedad y la moralidad de costumbres; por lo cual, así lo declaramos y denunciamos oficialmente, cumpliendo nuestros deberes pastorales.
Se nos ha comunicado antes de la publicación de este Decreto, y lo recogemos con satisfacción, la Vicesecretaría de Educación Popular había ordenado la recogida de los ejemplares que aún quedasen de la edición y prohibido publicar nuevas ediciones en tanto no sea la novela satisfactoriamente corregida.
Toledo, 15 de Enero de 1944. ENRIQUE, Arzobispo de Toledo”.
En 1952 Cela publica La colmena. La novela había salido el año antes en Argentina. El primer informe de la censura lo hace Leopoldo Panero, quien benévolamente enjuicia la obra y la califica como “de considerable valor literario”. Pero alguien, descontento con este informe, y considerando el precedente del Pascual Duarte, decidió que el texto pasase a un censor más cualificado, el Padre Andrés de Lucas Casla, quien emite el siguiente veredicto:
“¿Ataca al dogma o al moral? Sí. ¿A las instituciones del Régimen? No. ¿Tiene valor literario documental? Escaso. Razones circunstanciales que aconsejan una u otra decisión: Breves cuadros de la vida madrileña actual hechos a base de conversaciones entre los distintos personajes, a quienes une una breve ligazón, pero sin que exista en esta mal llamada novela un argumento serio. Se sacan a relucir defectos y vicios actuales, especialmente los de tipo sexual. El estilo, muy realista a base de conversaciones chabacanas y salpicadas de frases groseras, no tiene mérito literario alguno. La obra es francamente inmoral y a veces resulta pornográfica y en ocasiones irreverente”.
Cuando la novela sale en Argentina, dice el autor: “me expulsan de la Asociación de la Prensa de Madrid y prohibieron mi nombre en los periódicos”.
También en ese año de 1952 se publica La noria, de Luis Romero. Pero la cosecha narrativa de ese año trajo otros frutos: Juan Goytisolo ganó el premio “Joven literatura” con El mundo de los espejos, y Jesús Fernández Santos obtiene con Los bravos una brillante clasificación en el Nadal; por cierto, también estuvo bien clasificado Mario Lacruz.
La guerra civil iba quedando cada vez más lejos. Los años cuarenta constituyeron la unión de nuestra particular posguerra con otra posguerra, la mundial. Son los años de plomo de una novela orientada por la Iglesia y sometida a una férrea censura, años en los que escritores como Rafael García Serrano marcan la pauta:
“No es nada para nosotros la Literatura, ni el Arte, ni la Música. Nada nos importa pasar por el mundo sin otra huella que la de las botas de clavos, que la de la cruz en un rincón, que la removida huella de una tumba ocasional. No aspiramos a consagrarnos por la obra maestra, por el verso que sentimos y no tenemos tiempo de escribir, por el cuadro que vemos y no podemos pintar, por la estatua que tantea, hermosa y desnuda, nuestra imaginación, mientras la piedra que la contiene nos sirve de parapeto. La misión única de los que ahora vamos bajo la bandera hispana es conseguir un siglo útil para la Patria” (27/6/1943).
Pero en 1952, además de La colmena y las otras novelas citadas apareció también Helena o el mar del verano, la única y extraordinaria novela de Julián Ayesta, que se dio a conocer como poeta y narrador en la revista Garcilaso.
Esta nouvelle (apenas 90 páginas) es un relato lírico, presentado desde la evocación del narrador protagonista, que se inscribe en la tradición del idilio en prosa, inspirado en Daphnis y Clhoe, pero idilio interrumpido cuando el amor adolescente todavía no ha entrado en fase definitiva.
Como contrapunto al caleidoscópico y áspero poderío narrativo de La colmena, traigo aquí el lirismo impresionista y sensual, el inicio del deseo, los prolegómenos del amor, de la novela de Julián Ayesta en sus líneas iniciales e iniciáticas. Los años de plomo habían definitivamente terminado.
Déjense, como en esos cuadros con que de vez en cuando nos obsequia Vailima, conducir a lo demás...
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El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las manchas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y de los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz —los grandes persiguiendo a los pequeños— corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas. Y por la tarde había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza. Y los hombres se reían de medio lado porque tenían un puro en la boca y hablaban y se reían como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva y todo entre una nube azulada de humo. Y era muy bonito ver cómo el color del humo iba cambiando según le diera el sol. Y como era el día de la Asunción de nuestra Señora los niños habíamos ido a tirar pétalos de rosa a la Virgen y sonaban las gaitas, y los voladores, y los violines y la voz de los cantores ya dentro de la iglesia. Y olía todo a incienso, y a flores, y a rosquillas, y a churros, y a la sidra que estaban echando los hombres en el campo de la Iglesia y al vestido nuevo. Y después todos corrimos a los automóviles y todo empezó a oler a gasolina y vinieron con nosotros los curas (que no se dice “curas”, se dice “señores sacerdotes”) que habían dicho la misa cantada a comer. Y antes de empezar la comida nos apretaban lo carrillos y nos preguntaban cómo nos llamábamos y si sabíamos qué día caía nuestro santo y si era un Santo Confeso o un Santo Obispo o una Santa Virgen o un Santo Eremita (¿qué es eremita?) y los paganos los echaban a los leones del Circo Romano. Y los sacerdotes olían muy suave, muy diferente a las demás personas mayores porque eran Ministros de Dios y discutían porque los querían hacer servirse los primeros, y decían:”No faltaba más”, y tío Arturo decía:”Ande, ande, sírvase usted, don José, que ya sabemos todos que tenemos la mitra en casa”. (¿Qué es la mitra? “Los niños, a callarse”.) Y todos se reían y don José empezaba a hablar tartamudeando: “Home, por Dios; home, por Dios...” pero todos seguían riéndose y los niños también, pero con la cara tapada con la servilleta.
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Julián Ayesta, Helena o el mar del verano. Edit. El Acantilado, Barcelona.
Jueves, 09 de Junio de 2005 11:03 #. Las lecturas del lector a la sombra

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