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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes al tema El lector a la sombra y sus alumnos.

Examen (¿de conciencia?)

    Escribo esto en el examen final de la asignatura Lengua castellana y Literatura II, del curso 2º de Bachillerato.

    Veintidós alumnos y alumnas han elegido entre un texto de una conferencia de García Lorca, Las nanas infantiles,  y un texto de Juan Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico, y su correspondiente repertorio de preguntas. Es el último examen que harán conmigo y el último también de Bachillerato. Después, la Universidad.

    A algunos de ellos, ahora con dieciocho años, los conozco de cuando tenían trece. Unos críos, que gritaban por las pistas detrás de un balón. Ahora, fuman durante el recreo en el parque de al lado y escriben mensajes en el WhatsApp de manera compulsiva mientras hablan entre ellos.

    Alguno habrá que piense que no va a aprobar la asignatura, los más están haciendo el examen para subir nota, ya han aprobado. Tal vez alguno haya que está aquí a ver qué pasa… En fin, cada cual con sus intereses.

    Y afuera la prima de riesgo marca límites históricos, Grecia se hunde un poco más, y México despide a Carlos Fuentes. Y me pregunto si el mundo de afuera late en este de dentro de alguna manera, si estos chicos y chicas que ahora tienen que escribir sobre la novela realista y naturalista del siglo XIX o sobre el Modernismo y la Generación del 98 habrán pensado en qué es lo que les mueve a los manifestantes del 15M que acuden a la Puerta del Sol, o si conocen a gente a la que los recortes económicos y sociales les hayan supuesto un importante quebranto. Si son conscientes de la merma de derechos que una situación de crisis económica tan grave como esta comporta.

    Y me digo que espero que sí, que estén en este mundo, porque de alguna manera ellos también serán víctimas, y antes o después tendrán que tomar partido, y cuando lo hagan, espero que piensen en los demás. Y actúen en consecuencia.

    Este país se está yendo al garete y sorprendentemente no pasa nada.

Miércoles, 16 de Mayo de 2012 13:08 El lector a la sombra #. El lector a la sombra y sus alumnos No hay comentarios. Comentar.

Un fracaso esperanzador

Ya saben que teníamos pendiente el tema de la lectura de Expiación que les propuse a mis alumnos de un grupo de Bachillerato, cuyas edades oscilan entre los 17 y los 18 años, (Vid. Va de reto, 26/12/50).

Pues bien, el oxímoron del título de este comentario viene a ser una definición adecuada del resultado: el grupo consta de 25 alumnos y cuando el primer día de clase después de las vacaciones navideñas les pregunté por la lectura de la novela levantaron el brazo dos alumnas y un alumno, o sea, tres personas.

No está mal, pensé, podían haber sido dos, o una, incluso hasta podía no haber encontrado a ningún lector. Me pregunto ahora si podríamos describir a esta “minoría” como lectores maduros pese a su juventud, ¿por qué no? Desconozco lo que estos alumnos leen, pero también desconozco lo que les impulsa a leer, lo que buscan en los libros. Pero en fin, ahí estábamos cuatro lectores de una excelente novela, tres de los cuales se van a terminar convirtiendo, seguramente en buenos lectores. Cada uno de nosotros ha leído la misma novela y, sin embargo, todos hemos leído una novela distinta. Cada uno hemos encontrado nuestro sentido al texto, y se lo hemos dado en la lectura, y eso nos une como a cofrades de una extraña cofradía. Ahora sabemos que tenemos algo en común. Quizás nos hayamos acercado a la novela por motivaciones diferentes, pero todos probablemente nos hemos emocionado con el discurrir de las vidas que narra la novela. Y en ese discurrir hemos vivido más tiempo, porque como bien sabemos por los sueños y por las novelas, en poco tiempo real cabe muchísimo tiempo imaginario.
Leyendo novelas como éstas nos prevenimos contra la brevedad de la existencia en nuestro cuarto de estar, bajo una lámpara o recibiendo la luz que entra por la ventana. Ahí, en su sillón de lectura, estos jóvenes lectores se han convertido en espectadores de otras vidas, al mismo tiempo que se van preparando para entender la suya.

Tres lectores. Por algo se empieza.



Va de reto

En grave empeño ando últimamente metido con mis alumnos de 2º de Bachillerato: que lean estas vacaciones de Navidad Expiación, la excelente novela de Ian McEwan, de la que ya dije algo en este blog (Las lecturas del lector a la sombra).

El asunto surgió a raíz de la lectura de una de las obras obligatorias de este curso, Pepita Jiménez, de Juan Valera; una novela decimonónica que alternado una estructura epistolar y un narrador convencional en tercera persona nos cuenta cómo el joven seminarista don Luis de Vargas se enamora en unas vacaciones de verano de la joven y apuesta viuda Pepita Jiménez. Don Luis sucumbe al poder del amor humano y se pone en evidencia su falsa vocación sustentada en el orgullo, la terquedad y un misticismo superficial. Es esta una lectura digamos técnica: en este curso se estudia la novela realista del siglo XIX en España y se analiza críticamente esta obra en sus aspectos formales y temáticos más relevantes.

No se me escapa que esta novela puede quedar hoy lejos del mundo y de los intereses de alumnos y alumnas de 18 años, si bien es cierto que, como todo buen texto, indaga en los intersticios del ser humano aunque dándonos una visión edulcorada y amable de una pasión amorosa. Otros autores de la misma época dieron perspectivas distintas de lo mismo: Galdós en Fortunata y Jacinta y Clarín en La Regenta, por citar los ejemplos más relevantes.

No obstante, intenté animarles con el mayor énfasis a leer esta novela de Valera, pues cada vez que abrimos un libro entramos en un territorio del que desconocemos cómo vamos a salir, si con la conciencia intacta, o alterada, satisfechos, decepcionados, dubitativos, conocedores... En fin, los libros nos ofrecen un pequeño mundo que se va construyendo en la lectura y que vamos construyendo nosotros en ella. Los lectores construimos los libros, es cierto, pero también los libros nos construyen —y destruyen— a nosotros. Los libros no son la vida, pero nos ayudan a entenderla, nos la agrandan, nos la magnifican, a veces la dotan de sentido.

Pues bien, sentadas estas premisas, comentamos Pepita Jiménez en clase. Rehúyo en estos casos, aunque no siempre lo consigo, apreciaciones exclusivamente subjetivas (me ha gustado/no me ha gustado) y me limito a analizar críticamente el texto, desbrozando los aspectos temáticos más importantes, analizando el personaje principal, la forma, el estilo, y explico el sentido de la novela enmarcándola en su época. Pero es inevitable que surjan en los alumnos opiniones valorativas sobre la novela; bienvenidas sean si se apoyan en el propio texto o en una interpretación analítica del mismo producto de una lectura atenta. Hubo para todos los gustos y opiniones. Escuché a todos los que quisieron o tuvieron algo que decir y entonces les dije: muy bien, ya conocéis varios ejemplos de la novela decimonónica (en cursos anteriores habían leído Misericordia o Doña Perfecta, de Galdós), ¿por qué no leéis ahora una novela actual, reciente, que utiliza procedimientos realistas y los combina con soluciones técnicas propias de la novela del siglo XX? ¿Por qué no leéis una novela que articula en su interior un mundo complejo y sutil, una novela que contiene la pura aventura de leer? ¿Por qué no leéis una gran novela, una de esas novelas que nunca te dejan indiferente, que te cambian como lector? Eso es exactamente lo que creo que vais a encontrar en Expiación, de Ian McEwan. Pero para comprobarlo, tendréis que leerla.

Y ahí, en ese punto, y así, de esa manera, quedó la cosa. Me pregunto quiénes de mis alumnos habrán recogido este guante. La respuesta, a la vuelta de vacaciones, ya en enero...

(Por favor: no nos instalemos en el escepticismo)

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¿Por qué leo?

Porque me gusta aislarme del mundo real y meterme en el universo ficticio del libro, tanto si es de aventuras, como si es de cualquier otra cosa. Me gusta alejarme y ponerme en el lugar de los personajes, y vivir los acontecimientos desde su punto de vista. Eso me hace reflexionar sobre las situaciones en las que te puedes encontrar en la vida. Además, seas quien seas, siempre hay un libro para ti, un libro que nunca olvidarás. En él puedes encontrar desde la solución a tus problemas a una actividad entretenida con la que podrás disfrutar. Pero para eso debes encontrar el libro pues, si no te esfuerzas en buscarlo, es muy improbable que lo encuentres.
Carmen F. 2º de ESO, 13 años.
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Yo leo, la mayoría de las veces, para divertirme y para pasar el tiempo. Muchas veces me lo paso bien leyendo libros que me mandan mis padres, mis abuelos o los que el colegio exige. Pero cuando yo elijo el libro que más me apetece es cuando me lo paso mejor leyendo. También leo libros de un autor determinado que me haya gustado mucho y que tiene otros muchos libros o colecciones de libros. Los libros que más me han gustado son los de la colección de Harry Potter porque me enganchaban mucho y cuando me había leído cincuenta páginas no podía parar hasta terminarlo y después, otro más.
También leo para mejorar la lectura y la ortografía. Por ejemplo, este verano, antes de hacer el examen del cole me leí el cuento de El Saltamontes Verde de Ana María Matute y me ayudo mucho a mejorar la lectura y a retomar lo que había perdido de castellano en Estados Unidos.
Poder leer bien lo valoro mucho porque necestitas leer durante toda la vida y cuando sea mayor y me retire me gustaría saber disfrutar de la lectura y así pasar el tiempo. Con la de libros buenos que hay, seguro que casi todos me gustarán.
Nicolás E. 2º de ESO, 13 años.
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Transcripción literal.
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Hay algo naif en estas dos opiniones y se las traigo aquí porque esta mañana les he pedido a mis alumnos más pequeños que escriban en un folio las razones por las que leen. Cuando terminaron y leyeron algunas de sus opiniones en voz alta les dije que leer les hace mejores, que sigan leyendo, y recordé entonces la columna de Juan José Millás del viernes pasado, Clandestinos. Se la transcribo íntegra:
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Un amigo íntimo me pidió que acudiera el sábado por la noche a su casa para mostrarme algo. Al llegar, abrió la puerta con aire de misterio y me hizo pasar sigilosamente a su cuarto de trabajo. Mientras yo curioseaba entre sus libros, él iba de acá para allá, ofreciéndome té, café, whisky, como si le diera miedo entrar en materia. Tras dejar transcurrir un tiempo prudencial, le pregunté si tenía algún problema. Respondió que no estaba seguro y a continuación, colocando el dedo índice sobre los labios, me arrastró al pasillo, desde donde nos dirigimos con movimientos furtivos al salón, cuya puerta estaba entreabierta. Al asomarme, vi a su hijo, de 18 años, instalado en el sofá, leyendo tranquilamente Madame Bovary.

De vuelta a su estudio, me miró con expresión interrogativa. "¿No te parece alarmante?", preguntó. "¿Preferirías que leyera Ana Karenina?", pregunté a mi vez. "Por Dios", gritó, "es sábado por la noche y tiene 18 años; debería estar tomando cervezas con los amigos". No le dije nada, pero lo cierto es que la imagen del joven, devorando aquella obra clásica, me había perturbado. Quizá no fuera un psicópata, pero tampoco se podía negar que le ocurría algo. Se empieza con rarezas de este tipo, que al principio hacen gracia, y se acaba leyendo a Samuel Beckett. "La lectura es buena", le tranquilicé, "en eso está de acuerdo hasta el Ministerio de Cultura". "La lectura", respondió mi amigo, "es buena cuando tus amigos leen, como pasaba en nuestra época. Ahora es un síntoma jodido. Si al menos le diera por El Código Da Vinci, que no hace daño a nadie...".

Me pidió que hablara con su hijo. "Después de todo", añadió, "lo conoces desde que era un niño y te escuchará mejor que a mí". A los pocos días, me hice el encontradizo con el chaval y entramos en un bar. Hablamos de literatura y me pidió algún consejo para abordar la lectura de los clásicos latinos, que se le resistían. Le recomendé una edición bilingüe de la Eneida y me ofrecí para que la comentáramos juntos. Pagó él y, al despedirnos, me guiñó un ojo, diciéndome: "De todo esto, ni una palabra a mi padre, que está muy preocupado conmigo". Así que llevamos dos semanas leyendo clandestinamente a Virgilio. ¿Adónde vamos a llegar?
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El País, 14/10/2005.
Lunes, 17 de Octubre de 2005 23:28 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

Arranques

Comentaba recientemente con los alumnos el poder subyugador que tiene el arranque de determinadas novelas —alguien citó los momentos iniciales de Cien años de soledad, de García Márquez—, esos primeros quince o veinte minutos de lectura. Ese inicio, les decía, que te hace sentir, en cierta manera, vinculado con el texto desde los primeros párrafos y que es fundamental para articular la relación del lector con la novela, puede ser o bien de índole argumental, o bien de índole discursiva, y en los mejores textos, una sabia suma de ambas.
En el primer caso, lo que te está contando el narrador te resulta fascinante en sí mismo, independientemente de cómo lo cuente; podríamos denominar a este efecto el poder de la historia —el buen cine lo ha heredado de manera evidente—, y es, tal vez, una herencia de la gran novela decimonónica. En las novelas en las que domina esta clase de inicio, el narrador se suele ver impulsado antes o después a dar entrada en la historia a un determinado elemento desencadenante e impulsor de la trama.
En el segundo caso, el de aquellas novelas en las que domina el inicio de carácter discursivo, parece dominar la voz autorial sobre la del narrador, por lo que el discurso se impone a la historia en los inicios de la misma. Importa en ellas más el cómo se cuenta que lo que se cuenta.
En cualquier caso, de lo que se trata es de subyugar al lector, y el problema surge cuando el autor quiere conseguirlo a toda costa.
En fin, el eterno dilema, entre historia y discurso, contenido y expresión..., lo que me llevó a recordar a mis alumnos aquella conversación de Juan de Mairena con uno de sus alumnos en clase de Retórica y Poética:
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—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena.— No está mal.
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Les propongo a ustedes, al igual que a mis alumnos, el mismo ejercicio que le propuso Mairena al señor Pérez, pero esta vez con el primer capítulo de Cuando la noche obliga, de Montero Glez (Edit. El Cobre. Barcelona 2003. 248 págs.). Ahí va:
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Tenía más curvas que una botella de Cocacola, ojos de carbón mojado y piel café. No llevaba sujetador. Se advertía en su cara nada más verla.
Apareció a la hora de las meriendas, cuando más trajín había. Lo hizo envuelta en piel de zorra y remolinos de viento. Con una forma muy especial de castigar el suelo con el tacón alcanzó la barra y se sentó, pierna sobre pierna, en el único taburete libre de la tarde. Emputeció la sonrisa para pedir un cortado, con dos de azúcar, por favor. Vista de lejos parecía estar pidiendo otra cosa. Llevaba el pelo del mismo color que la mantequilla fresca y él imaginó que se lo había teñido así por aquello de que las rubias gustan más, o tal vez para contrastar con el color de su piel, del mismo color que la tinta. Por lo que fuere, había dado en el blanco, siguió imaginando con la bandeja en la mano y el mandilón atado a los riñones.
Luego vino lo mejor, cuando giró media vuelta sobre el taburete y le regaló un oportuno espectáculo de piernas, trabajado con carne negra y mucha sombra. Y así estuvo la de la mantequilla fresca hasta que le sirvieron el cortado, con dos de azúcar, por favor. Entonces volvió a girar y se puso a hurgar en el bolso, de donde sacó una pitillera de plata. Ajustó un cigarro a su boca y le arrancó la primera calada. Con humo borró un trozo de espejo, tras la barra, que contenía su cara, ovalada como una cucharilla. Después se relamió. La lengua era felina y los labio carnívoros y llenos.
A él se le disparó el resorte de un arma de fuego que palpitaba a la altura de su ombligo. Y le entraron ganas de tirar la bandeja y mandarlo todo a hacer puñetas y unir sus sangres y sus huesos a los de aquella piel de seda negra. Contó hasta diez antes de hacerlo. Cuando iba por el siete le pegaron una voz. Pedían una cuenta desde la última mesa, la más cercana a los retretes y también la más indecente. Y hasta allí que se fue, bandeja en alto, disculpándose siempre que pisaba una pierna o la pata de una silla, perdón, pues no era mi intención, distraído por la figura que se recortaba al final de la barra.
Después del café, acarició el palabreo con los labios para preguntar que cuánto se debía. Él logró escucharlo a pesar de la distancia y el silbido de la puta cafetera. Su voz llevaba el azúcar suficiente como para levantar el bastón a un ciego sólo con hablarle al oído. Sin embargo, él no estaba ciego aquella tarde y ni falta que le hacía. Lo único que echaba en falta era más vista de la que le tocó en el reparto, así que empotró los ojos en el meneo de caderas, en la rumba de agua que marcaban los tacones, afilados y deliciosamente obscenos. Bang, bang. Cada paso de aquella mujer le repercutía en las sienes como si fuese un disparo. La siguió con la mirada hasta la puerta y un poco más. Y pudo ver cómo se colocaba los cabellos y cómo después se borró calle abajo. Y también pudo ver olvidada la pitillera, sobre la barra, junto a una taza de café con los bordes corridos de carmín. Y fue que cayó en la cuenta y que salió a la calle por si veía a su dueña. Sin embargo, lo único que consiguió ver fue verse a sí mismo haciendo el ridículo, en plena Granvía madrileña y con la bandeja bajo el sobaco. Entonces no sospechaba, ni por asomo, que lo que empezaría siendo el despiste de una mujer con más curvas que una Cocacola acabaría convirtiéndose en el nudo de una trama que le llevaría hasta la muerte. Vamos a contar cómo sucedió todo.
Lunes, 19 de Septiembre de 2005 23:20 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 8 comentarios.

Nuevo curso

Se inicia un nuevo curso cuando aún resuenan algunos ecos del anterior, reacios a extinguirse del todo.
Los pasillos y aulas vuelven a recobrar el pulso y las pizarras adquieren nuevamente esa pátina blanquecina que deja la tiza que no se ha ido con el borrado. Suenan nuevamente los ruidos cotidianos que nos indican que el Colegio, como un inmenso ser vivo, se ha puesto en marcha: el organismo funciona.
Un perfecto ajuste de piezas evidencia que el cuerpo ha salido del letargo veraniego, y los seres que lo habitan durante unas horas se mueven por su interior como si nunca lo hubieran abandonado y éste fuera su lugar natural. Sólo por algunas caras de sorpresa y algunas miradas perdidas el profano sería capaz de adivinar que la nostalgia del verano se resiste a abandonarnos. Tiempo al tiempo. El otoño empieza a hacerse hueco tímidamente y el verano empieza a pegarse a las paredes, dentro de poco sólo quedarán de él algunos resquicios en las solanas.
Hoy ha llovido. La tierra apenas recordaba la lluvia.
Un nuevo curso, y las nuevas emociones preceden secretamente a las ideas.
Martes, 13 de Septiembre de 2005 00:17 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 1 comentario.

Una metanovela en clase

La velocidad de la luz.jpgCreo que puedo considerar como una experiencia positiva la lectura de La velocidad de la luz, la novela de Javier Cercas que había propuesto a mis alumnos de 4º de ESO.
Plantear en clase la lectura de una novela no es asunto fácil, pues en ese complejo mapa humano que es la clase conviven intereses diversos, alumnos que tienen afición por la lectura y alumnos que leen a regañadientes sólo aquello que se les manda, y entre ambos extremos, un poco de todo. Intentar hacer converger todos estos aspectos tan diferentes en un texto es poco menos que un imposible.
En una primera instancia me pregunté si el planteamiento de esta lectura obedecía exclusivamente a mis gustos particulares —que de alguna manera quisiera hacer extensibles a mis alumnos—, o bien obedecía a la bondad intrínseca de la novela. Me inclino por esto último, pues, intentando ser objetivo, la novela me parece buena y no especialmente difícil para un lector que se esfuerce un poco.
La idea consistía en que todos leyeran la misma obra para después comentarla en clase guiados por el profesor, pero dejar básicamente que fueran los alumnos quienes condujeran la novela a los territorios que creyeran convenientes. En este sentido fueron esenciales las aportaciones que hicieron los alumnos más lectores y críticos, aquellos que están acostumbrados a enfrentarse a textos de cierta complejidad, es decir, aquellos que leen textos que no se encuadrarían en lo que habitualmente se viene llamando “literatura juvenil”. Las aportaciones de estos alumnos funcionaron como un estímulo para los demás: si este lo entendió, yo también puedo entenderlo; si él hizo el esfuerzo, yo también puedo hacerlo.
Así, orientados y conducidos por mí, nos fuimos adentrando en la novela, comentando los matices de los personajes, de la estructura, la trama argumental, el sentido de la obra. En fin, aquellos aspectos que les habían resultado interesantes a los lectores. Y de entre todos ellos hice un especial hincapié en que entendieran que lo que han leído es una metanovela, es decir, una novela en la que se narra el proceso de creación de una novela, convirtiéndose así el texto en objeto de reflexión sobre el proceso de escritura del propio texto.
Tal vez todos estos aspectos se hayan tratado de una manera superficial, pero es que se trata de alumnos de 15/16 años. No se podía pretender más, pero supongo que tampoco menos. Mi objetivo creo que se ha cumplido: que mis alumnos de 4º leyeran una novela actual y original, bien construida, que les haya hecho pensar no sólo sobre aspectos argumentales, sino también sobre aspectos estructurales, de construcción del texto.
Por supuesto que no todos los lectores han estado ni al mismo nivel lector, ni en el mismo nivel de interpretación ni valoración del texto. En este sentido he de decir que me interesan todos mis alumnos como lectores, pero me interesan especialmente, y a ellos creo que debemos dirigirnos en determinadas ocasiones, aquéllos que reciben lo que les ofreces, que se sienten interesados, que cuando les dices que esta novela de Cercas es literatura, y que La sombra del viento —que muchos han leído, por cierto—, no lo es en el sentido que lo es ésta, te preguntan, quieren saber; aquellos alumnos a los que ves con libros, que te preguntan por títulos, por autores, que te dicen haber leído esta novela o esa otra. Los otros, los indiferentes, los que apenas sienten interés por la lectura, tendrán que leer otras cosas de menor calado, “divertidas” en el sentido más fácil del término, y dejar que poco a poco lleguen a donde los otros ya llegaron o van a llegar. O no.

PS: No tengo muy claro qué es eso de literatura juvenil. No voy a entrar en planteamientos académicos, pero creo que es simplemente aquella literatura que puede leer, y gustarle, un lector joven, con inquietudes, con ganas de conocer y acceder a otras lecturas que no sean las manidas lecturas juveniles. Si La velocidad de la luz la han leído alumnos de 4º de ESO y les ha gustado a algunos, como ocurrió con Crónica de una muerte anunciada, pues estas novelas pueden ser consideradas aptas para esos lectores. Hago esta afirmación con ciertas reservas, pues entiendo que un chico de 16 años no es un lector adulto y maduro, pero puede estar en el camino, y convertirse en ello con el tiempo.
Miércoles, 15 de Junio de 2005 15:03 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

El rito de paso de la Selectividad

Hoy viernes han terminado los exámenes de la famosa Selectividad o PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). Después de la tensión acumulada, la incertidumbre, las noches y días de estudio, el calor... llega la liberación y las vacaciones bien merecidas, siestas, lecturas, trasnochar..., en fin, el verano.
El primer examen fue el de Lengua española y Literatura, mi asignatura. Creo que ha sido un ejercicio fácil, en el sentido de que las dos opciones propuestas ofrecían posibilidades para hacer un buen examen, incluso la tan temida sintaxis era bastante normalita; y las preguntas de Literatura en ambas opciones correspondían al siglo XX. Todo dentro de un orden.
Cuando ves que las propuestas las has trabajado en clase con tus alumnos y que el examen no rompe ningún esquema previo de los que te habías hecho con anterioridad, sientes un cierto alivio. Es decir, entiendes que en este momento tus alumnos dependen ya de ellos mismos. El examen es una especie de rito de paso a la edad adulta, ya han dejado de ser tus alumnos, para ser otra cosa; aún no sabes muy bien qué, pero ya no son tus alumnos en el sentido en que lo eran apenas un mes atrás; y dentro de unos meses estarán sentados en las aulas de una facultad y se sentirán ellos también otros. Y yo me alegro por ellos.
Estuve en la Facultad de Físicas antes del examen de Lengua, charlando con unos y otros, dando ánimos, resolviendo alguna duda de última hora, intentando generar un poco de tranquilidad entre tanto nerviosismo. No sé si sirvió de mucho o de nada, pero allí estuve, compartiendo un poco el trance, espectador de cómo empezaban a ser otros, mejores de lo que ya eran. Y cuando salieron del examen y estuvimos comentando las respuestas, los aciertos, los inevitables errores, me sentí más cerca de mis alumnos que en ningún momento, porque percibí que empezaban en ese momento su andadura, a enfrentarse a su alteridad, con lo que no son, para llegar a comprenderse mejor a sí mismos.
Final de un ciclo. A partir de ahora, seremos recuerdo, acaso olvido.
Viernes, 10 de Junio de 2005 20:02 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

Vamos a leer La velocidad de la luz

Les he propuesto a mis alumnos de 4º de ESO (16 años) para este mes de mayo la lectura de la última novela de Javier Cercas. De este autor ya había leído El inquilino y Soldados de Salamina, ambas me gustaron. Esta última me ha parecido una novela excelente y creo que a algunos de mis alumnos les puede llegar a gustar.
Cuando en clase recomiendo la lectura de algún libro intento dejar claro que las razones que aduzco son estrictamente de índole personal, procuro razonar por qué me ha gustado tal o cual obra, cuáles son las bondades que a mi juicio tiene y por qué recomiendo su lectura. Insisto en que quede claro que uno se mueve por sus propias apreciaciones, y cuando planteo una lectura intento que los lectores sepan qué vamos a leer y qué podemos encontrar ahí.
Anteriormente, a este grupo de 4º les di la posibilidad de elegir entre La metamorfosis, Crónica de una muerte anunciada o Los cachorros. La mayoría se decantó por Kafka, una parte importante leyó a Gabriel García Márquez, y sólo una alumna leyó a Vargas Llosa.
Ahora les he dicho que la decisión corría de mi cuenta y todos van a leer La velocidad de la luz.
Algunos me han preguntado por qué vamos a leer esta novela, y, entre otras consideraciones, les he dicho que vamos a leerla porque en ella se plantea un interesante viaje, un recorrido, y porque en ese viaje la novela se orienta hacia la explicación de un yo, el de un narrador que nos habla sobre la escritura. Es una novela en la que se reflexiona sobre hacer una novela, sobre la escritura. Y también es la novela de una amistad, la del narrador con un excombatiente de Vietnam, que recorrerá toda la obra. Se trata de una novela de indagación psicológica, en la que se construyen y reconstruyen dos mundos principales, el del narrador-escritor y el del excombatiente, además de otros mundos de menor rango. Y la percepción de ese universo narrativo es toda una prueba para el lector.
Ya sé que es un reto leer y entender esta novela, pero puede ser placentero enfrentarte a un texto complejo y llegar a entenderlo. Leer es un arte, como afirma José María Merino, un arte que se construye leyendo y en el que influye poderosamente el contagio, pues sólo los buenos lectores pueden transmitir el encantamiento de la lectura y despertar su gusto en los jóvenes (*). En fin, ya veremos si lo que tengo de lector ha sabido contagiar ese entusiasmo a una parte de mis alumnos y son capaces de entrar en algunos interticios de esta novela y disfrutar con su lectura.

(*) "Leer, aventura y arte" en Ficción continua, edit. Seix Barral, Barcelona 2004.
Sábado, 21 de Mayo de 2005 23:25 #. El lector a la sombra y sus alumnos No hay comentarios. Comentar.

Quien quiera respuestas que guarde silencio; quien busque preguntas que lea poesía

Estas palabras del filósofo Heidegger se citan en el ensayo Elogio de la transmisión, de George Steiner y Cécile Ladjali, editorial Siruela, Madrid 2005. El libro, subtitulado Maestro y alumno, es una reflexión sobre la enseñanza, la enseñanza de la Literatura, y la creatividad y la escuela, entre otros aspectos, y surge de una suerte de aventura pedagógico-literaria, si se me permite la expresión, que emprende Cécile Ladjali, profesora de un liceo de la periferia de París con sus alumnos de Literatura cuando les propone como trabajo de clase la escritura de unos sonetos. Animada por los resultados, la profesora escribe a Steiner relatándole la experiencia y le manda algunos poemas. Este accede a viajar a París y encontrarse con la profesora y sus alumnos. El libro contiene un prefacio de la profesora y la transcripción del diálogo que ella y Steiner mantuvieron en un coloquio en un programa de radio.
En un momento de ese diálogo se dice lo siguiente:
-----------------
Cécile Ladjali: Hay determinados pedagogos que consideran que es un gran paso adelante el hecho de que los alumnos se vean liberados del aprendizaje memorístico, de esa relación en cierto modo autista con un texto, de esa especie de tortura que, en el pasado, consistía en hacerles aprender poesías y recitarlas delante de toda la clase [...].
George Steiner: ¡Es justo al revés! Lo que los deja vacíos es arrebatarles todo lo que llevan dentro, su bagaje interior, privarles del lastre de felicidad para la gran travesía marítima que es la vida.
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Suelo insistir a mis alumnos en la necesidad de aprender, para poder recordar, y les cito a Aristóteles: saber es recordar. Pero aprender supone un esfuerzo, y no todos están dispuestos a hacer ese esfuerzo. No estoy afirmando que se trate de aprender conceptos para luego evacuarlos sin más. Estoy hablando de aprender razonadamente.
Creo que hay conceptos que sirve de poco almacenarlos en la memoria, sin más; no es cuestión de aprender por aprender. Por ejemplo, me suelo preguntar qué sentido tiene que un alumno memorice todos los tipos de estrofas. Creo que es mejor hacerle ver que el poeta ha elegido un determinado esquema para expresar un contenido, pero lo importante es ese contenido, hacérselo ver claramente, y hacerle ver cómo se organiza el poema, cómo es el ritmo tanto fónico como semántico, pero dudo que la percepción del hecho artístico y humano que es el poema se incremente por saber que esa forma es una octava real o una lira. Entiendo que la obra literaria es la combinación de un significante y un significado, el plano de la expresión y el del contenido, pero los alumnos no deben trabajar los textos como si fueran filólogos de la escuela formalista.
Es evidente que leyendo textos y trabajándolos en clase, acabarán reconociendo estrofas tales como el romance o el soneto, pero me parece más importante encontrar el sentido de las coplas de Manrique, descubrir la expresión del dolor, que saber qué es una estrofa de pie quebrado; o comprender la expresión literaria de la desolación que hace Machado tras la muerte de Leonor.
Creo que la enseñanza de la Literatura es fundamentalmente el acercamiento a los textos, para mostrar cómo en ellos se levanta un mundo sustentado en la palabra.
Recientemente comentaba en una clase de Bachillerato la novela del realismo social de los cincuenta. Los alumnos preguntaban cuántos autores y títulos debían aprenderse, y yo me preguntaba qué sentido tiene memorizar cinco o siete autores y sus correspondientes novelas, que no han leído, frente a leer en clase con ellos y comentar algunos capítulos de algún título significativo, o incluso leer y analizar una obra de esta tendencia. ¿Tiene algún sentido saber que un tal López Pacheco escribió Central eléctrica, o que La piqueta la escribió Antonio Ferres? Me parece que lo importante es comentar las características de la novela social y luego leer en clase algunos capítulos de determinados textos en los que los alumnos puedan reconocer claramente dichas características; hablarles de las novelas más interesantes en incitarles a su lectura, que no es poco. Y a partir de ahí disfrutar con ellos de la lectura, y que ésta no se una especie de martirio filológico. En clase tenemos alumnos de Secundaria y Bachillerato, no de Filología.
Retomo la cita de Heidegger: Quien quiera respuestas que guarde silencio y quien busque preguntas, simplemente que lea.
Sábado, 14 de Mayo de 2005 19:42 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 2 comentarios.


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