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Leyendo a la sombra

De manías y un encuentro

Debo decir de entrada que soy bastante respetuoso con mis manías de lector, y, consecuentemente, lo soy también con las manías de los demás lectores, y lo que voy a referirles a continuación es la, digamos, reciente consumación de una de mis manías de lector, la persecutoria: conseguir un determinado libro, cuando ya creía que era poco menos que imposible, y en este caso concreto, el de un libro de cuentos: Perros verdes.
Bien, ahora que ya conocen el desenlace, vayamos al nudo, al meollo del asunto. Empezaré por una declaración de principios —¿o debería decir declaración del principio?—: soy un enamorado del cuento. Ya sé que corro el peligro de caer en lo cursi e incluso sobrepasarlo, pero qué se le va a hacer, tengo auténtica pasión lectora por el cuento. Si lo prefieren, pueden catalogar esta pasión como manía, eso sí, por favor, en las acepciones 2 y 3 del diccionario de la RAE, que no me voy a molestar (¡Espero no llegar nunca a la acepción 1, sobre todo por lo del “furor”!).
Discúlpenme si les voy pareciendo (¿demasiado?) sentencioso. Soy consciente de que ya van dos declaraciones de principios: la de las manías y la de los cuentos, pero no habrá más, se lo aseguro, la cuota de declaraciones termina por hoy aquí. Dejemos la digresión y volvamos al nudo: leía el pasado 26 de junio una reflexión de Meritxell sobre la novela Nada, de Carmen Laforet, y recordé entonces el curiosos vínculo que mantengo desde años con un libro de su hijo Agustín Cerezales.
Creo que la primera vez que tuve noticia de este escritor fue en el año 1993, cuando leí su cuento "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)" en una antología de Fernando Valls (Son cuentos, Espasa Calpe) en la que se calificaba al libro de donde procedía este relato, Perros verdes, de excelente. Volví a encontrarme el mismo texto en otra antología del cuento español contemporáneo de Cátedra en el año 1994. En el 98 leí algo sobre este autor en Los cuentos que cuentan (Anagrama), y fue entonces cuando empecé a buscar el libro.
Sería muy prolijo relatar aquí las vueltas que di buscando el dichoso libro, ya saben lo de mi manía persecutoria. Recorrí las librerías más importantes de Madrid (tres o cuatro, no crean que hay muchas más), incluso acabé preguntando por el libro en la FNAC y El Corte Inglés, más que nada por aquello de que por preguntar que no quede. Nada. Siempre nada. El libro no existía. Acudí entonces a las librerías de viejo, pero el libro no era tan viejo (Lumen, Barcelona, 1989). Desistí. Pero sólo temporalmente, como luego sabría más tarde.
Iba a decir que pasaron los años, pero me contengo. Lo cierto es que me olvidé del libro, o, para ser más exactos, su recuerdo se fue desplazando hacia alguna zona arrinconada en mi memoria. Y un día, allá por en el invierno de 2002, hablando de novelas y cuentos con mi amigo Ángel, profesor de universidad y crítico literario para más señas, y cuyas opiniones considero generalmente acertadas, salió a relucir el nombre de Agustín Cerezales. Me hablaba mi amigo de una novela suya y de pronto surgió el título: Perros verdes. Por aquello de ser fiel al principio de verosimilitud reproduzco a continuación, diálogo en estilo directo y narrador omnisciente, el fragmento más relevante de la conversación mantenida con mi amigo:
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Ángel señaló con un dedo al lector a la sombra y con el ceño fruncido y expresión evocadora dijo:
—Por cierto, Agustín Cerezales ha escrito uno de los mejores libros de cuentos que he leído últimamente, Perros verdes. ¿Lo conoces?
—No. Lo busqué hace tiempo, pero está totalmente agotado. He leído comentarios muy elogiosos sobre este libro, de él sólo conozco el cuento Expediente en curso, que he visto en alguna antología.
El lector a la sombra le refirió entonces a su interlocutor las vueltas y vueltas que había dado buscando el libro y cómo ya había desistido, y que incluso llegó a ponerse en contacto telefónico con la editorial y le dijeron que nones, que el libro no se iba a reeditar, y que se las apañase como buenamente pudiera.
—Si tienes tanto interés en el libro, te lo puedo dejar —dijo.
El lector a la sombra sopesó esta posibilidad. No quería ofender a su amigo rechazando su ofrecimiento, pero tampoco quería dejar de ser fiel a sus principios. El lector tenía verdadero interés en leer ese libro, es cierto, pero ¿y si le gustaba?, ¿cómo no tener en su biblioteca un libro que le había parecido bueno?, ¿cómo traicionar la confianza de su amigo haciéndose el sueco y no devolviéndole el libro? No podía ser, y tuvo que admitirlo, tenía que seguir siendo fiel a sus principios (manías, para otros). No podía dejar de tener en su biblioteca un libro que ha leído. Esto es bastante frecuente entre algunos lectores, pero a este y a otros muchos les cuesta confesar que poseer en su biblioteca los libros leídos, atesorarlos, verlos ahí, en los estantes, es algo consustancial a su pasión por la lectura. De ahí la manía tan extendida entre ciertos lectores de no leer libros prestados, y, en consecuencia, tampoco prestarlos.
—Bueno, cuando te acuerdes —le respondió el lector, no sin cierto sentimiento de tristeza hábilmente disimulado.
La conversación siguió por otros derroteros literarios pero el lector a la sombra se quedó con la copla.
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Y no nos volvimos a acordar. Debería decir ahora que pasó el tiempo, pero no lo diré, pues es de sobra conocido que el tiempo pasa, y hablarles de obviedades a los lectores de esta bitácora puede parecer un insulto a la inteligencia, y no voy a caer en ello.
Pero vayamos cerrando esta historia para que el tedio no invada al amable lector y lo aleje definitivamente de este blog, si es que ya no lo está. La conversación con mi amigo Ángel me reafirmó en la búsqueda del libro. Pensé entonces que si él decía que es un buen libro y las referencias que tengo por ahí vienen a decir lo mismo, es que es un buen libro y lo tengo que leer.
En abril del año 2004 la revista Quimera dedicó un número especial al cuento español en el siglo XX, y otra vez volví a toparme con este libro. En la revista se publicaban los resultados de una encuesta hecha a escritores y críticos, a quienes se les hacían tres preguntas:
1. ¿Cuáles son, en su opinión, los diez mejores libros de cuentos españoles (en castellano) del siglo XX. Intente aunar en la respuesta el valor histórico y sus gustos personales.
2. ¿Qué diez cuentos cree usted que deberían figurar en una antología española del género?
3. ¿Qué autores de cuentos de la literatura universal han influido más en la narrativa breve española del siglo XX?
El libro Perros verdes aparecía citado en cinco ocasiones en las respuestas a la pregunta 1, y el cuento "Expediente en curso(Basilii Afanasiev)" aparecía en tres respuestas a la pregunta 2.
El pasado 26 de junio, domingo, leía el comentario de Meritxell sobre Nada. El día anterior había leído en el suplemento cultural del diario ABC la crítica de Perros verdes; por la tarde me acerqué a la librería Crisol y lo compré. Releí el primer cuento, "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)", y cerré el libro.
Veo ahora el libro ahí, sobre una mesa, y no me atrevo a abrirlo y seguir leyendo. Después de tantos años no sé si el libro será lo que creí que era. No sé si el tiempo habrá pasado bien por él, o tal vez haya envejecido mal. Ya lo tengo, pero sé con certeza que no soy el mismo que lo buscó; esta certidumbre hace que, pese a estar ahí, no sepa realmente dónde está el libro.
Sé que algún día lo leeré de un tirón.
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Perros verdes, Agustín Cerezales. Edit. Menoscuarto. Palencia, 2005.

El exilio de los niños

Este es el título de la exposición que el Círculo de Bellas Artes de Madrid ha dedicado a aquellos que nunca han empezado una guerra pero han sido los que más han sufrido y perdido en todas. El objeto de la muestra es el exilio de los niños españoles que el Gobierno de la República junto con distintas organizaciones evacuó a otros países que les dieron acogida para alejarlos de la guerra de España, nuestra Guerra Civil (1936-1939).
La exposición recorre a través de diversos documentos, fotografías, cartas, materiales de distintos archivos tanto españoles como extranjeros, objetos cotidianos como muñecos de trapo, cuadernos escolares, precarios juguetes, el drama de estos expatriados forzosos que tuvieron que abandonar su país e instalarse en otros cuyas lenguas y costumbres en la mayoría de los casos desconocían por completo.
Por ejemplo, Francia, el país que más niños acogió (unos 20.000); o Gran Bretaña, a donde fueron unos 4.000; la Unión Soviética, allá fueron 2.900. Bélgica acogió a 5.000; México recibió a 500, como Suiza. En total unos 33.000 niños y niñas fueron evacuados de España en distintos momentos de la guerra e iniciaron así un exilio forzoso que les deparó circunstancias diversas: unos volvieron reclamados por sus padres o algún familiar directo, otros, con menos suerte, allí quedaron, en algunos casos para siempre.
En el recorrido por las salas de la exposición el visitante ve fotografías de grupos de niños pobremente vestidos, los chicos con el pelo muy corto —al rape, se decía—, junto a bultos, hatos, maletas de madera, que constituyen su equipaje. Se les ve con caras serias, de niños-hombre, como si de alguna manera fueran perfectamente conscientes de lo que están viviendo y tal vez de lo que van a vivir. También puede leer el visitante alguna carta que mandó algún niño con esmerada caligrafía a sus padres, o documentos de estos reclamando a través de organizaciones internacionales a sus hijos. Sobrecoge, especialmente, la lectura de una carta escrita a su mujer e hijos por un hombre apenas unas horas antes de ser fusilado.
En esas fotografías, ya digo, casi siempre de grupo, suele haber un niño o una niña que mira directamente al objetivo de la cámara; la cara seria, digna, y unos ojos que transmiten una extraña sensación de tristeza. Es una tristeza que ha recorrido tiempos y espacios, una tristeza universal. Tal vez el paradigma de la tristeza absoluta, la de un niño a quien sus padres han tenido que mandar a otro lugar, muy lejos de donde nació. No es solamente la tristeza del abandono, no. Es una tristeza que de alguna manera se transmite a los ojos del visitante, como si algo en el papel de la foto permaneciera vivo aún, resistiéndose al paso del tiempo. El visitante, perturbado ante esta visión, no tarda en reconocer esos ojos en otros más cercanos: Vietnam, Etiopía, Ruanda, Afganistán, Irak...
El visitante ve las fotografías, y éstas le están mirando desde el pasado. Hay reciprocidad en la mirada. No es una mirada lo que allí se ve. Y el espectador, inevitablemente, se pregunta por el destino de esos niños, que no son historia, sino intrahistoria, una parte de la memoria que se actualiza en la mirada de otros niños, los mismos siempre, los que lo perdieron todo. ¿Qué habrá sido de esta niña que da a la mano a un niño pequeño? ¿Serían hermanos? ¿Y aquél, que mira desafiante a la cámara, volvería a casa? ¿Por qué sonríe esta niña, ésta, la que está al lado de este muchacho con el pelo casi al cero, completamente hierático?
Cuando el visitante abandona la exposición y recorre la acera de la calle de Alcalá, la Cibeles al fondo, entre un mar de chapas de colores, va pensando si no se le habrá pasado algo, algún detalle, ese algo que otorgue un cierto sentido a lo que ha visto, o al menos un sentido diferente. Recuerda los rostros, las manos, los vestidos, los harapos. Pero no recuerda haber visto lágrimas, una cara llorosa, ni siquiera una cara que gimotee. El visitante, entonces, piensa que tal vez debería volver otro día.

Vacaciones

Vacaciones

Ha llegado el momento de las vacaciones. El colegio, como un gigantesco cetáceo varado en la orilla, reposa ahora exhausto, como agotado después de un gran esfuerzo. Las aulas, vacías, apenas iluminadas por la tenue luz que se cuela por las rendijas de las persianas, permanecen en un oscuro silencio, tal vez en algún rincón perduren aún los ecos de los alumnos que hasta hace unos días las pisaron. El fino polvo de la tiza se ha depositado en el suelo y ya no se percibe esa mezcla de olores que se hacían presentes a diario. Ahora huele a nada. En algunas pizarras todavía pueden verse dibujos, palabras, números, despedidas; son como extraños ecos carentes de sentido. Dentro de poco manos afanosas las convertirán en silencio, sumándolas a la nada circundante.
Las mesas alineadas son apenas un esqueleto de metal y madera, y su simétrica disposición contribuye a dotarles de cierto aire fantasmal. Todavía se pueden ver algunos libros y cuadernos, como objetos fieles que quisieran resistirse a abandonar su lugar natural, pero no es fidelidad precisamente lo que los mantiene ahí.
Los pasillos parecen más grandes, y en la penumbra semejan los intestinos vacíos de un monstruo mudo que acabara de ser derrotado en una desigual batalla. Los pasos apenas resuenan en ellos. Las puertas cerradas no esconden secretos tras ellas, al otro lado no hay nada.
En la biblioteca los libros, correctamente formados en sus estanterías como tropa de papel, esperan.
Todos los años, por estas fechas de inicio de vacaciones, recuerdo el niño que fui en mi pueblo. El día que nos daban las vacaciones llegaba a casa corriendo y tiraba en cualquier lugar mi cartera de cuero. Vacaciones era poder estar casi todo el día en la calle, yendo y viniendo con mi vieja bicicleta, irnos los amigos a bañar al arroyo o a la alberca de alguna huerta, bajar a la vía del tren a poner unas monedas sobre el raíl y esperar que pasase el mercancías. Vacaciones era poder ir a las eras, a ver cómo se trillaban las mieses y se aventaba el grano. Vacaciones era regañar todos los días con mi madre porque no me quería echar la siesta, a pesar de que me amenazaba con una insolación que nunca me dio cuando intentaba coger alguna chicharra en el olivar. Vacaciones era dejar en la cartera la Enciclopedia Álvarez hasta después del verano y no sacar punta a los lápices con la navajilla que nos dejaba el maestro.
Vacaciones era, según mi madre, hacer el bruto por ahí a todas horas y exponernos a rompernos la crisma y dar un día algún disgusto gordo a alguien. Pero nosotros sabíamos que vacaciones era ser más felices de lo que ya éramos.

La poética de la libertad en el Quijote (y su recreación por Itziar, 7 años, residente en Madrid, aunque viguesa, amiga de sus amigas y futura lectora de la novela de Cervantes)

Una de las claves para entender el Quijote, como ya notaron los lectores del XIX, es la poética de la libertad, poética que Cervantes aplicó tanto a lo argumental como a lo formal en su novela.
En efecto, en su novela Cervantes, que sufrió cautiverio en Argel, como recordarán, configura un héroe que quiere restituir el ideal de justicia en aquellas situaciones y circunstancias en que este ideal ha sido conculcado de alguna manera. Para ello no repara ni en nada ni en nadie, como sucede en la aventura de los galeotes (Quijote I, cap. XXII), en la cual tiene lugar el siguiente diálogo entre el caballero y su escudero bastante esclarecedor de las intenciones del personaje:
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—Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras, de por fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello sea, este gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
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Este es el espíritu que anima a don Quijote: deshacer injusticias y ayudar a los miserables, a los más débiles; la poética de la libertad explica la conducta del personaje.
Pero, por otra parte, también Cervantes escribe su novela bajo los parámetros de la libertad compositiva, como se pone de manifiesto en las historias intercaladas, los personajes de la segunda parte que han leído la primera (la literatura se hace vida y la vida literatura), el juego de mediaciones autoriales (un autor encuentra los papeles en árabe de otro autor cuando se le han acabado los documentos de los Anales Manchegos y que manda traducir) etc.; la poética de la libertad en lo formal nos ayuda a entender la escritura de la novela.

Si leen atentamente la recreación quijotesca que ha hecho Itziar en La nueva aventura de Don Quijote, lo entenderán perfectamente. Y también entenderán cómo, pese a los temores que manifiesta su padre, Itziar se está convirtiendo en alguien solidario, respetuoso, sensible hacia los otros, autónomo... en una persona que en su momento se encontrará con la novela de Cervantes y de alguna manera se reconocerá en ella.

Luna lunera

Luna lunera

Hoy la luna se adueña del cielo, y en la inmensa negrura vacía será ella la protagonista por esta noche. Estimado lector (inciso: no sé a quién me dirijo, ¿me leerá alguien? me pregunto...), si estás ahí, al otro lado de la pantalla, no dejes de echar hoy una mirada a la luna y no envidies a Júpiter, que con sus dieciséis hubiera vuelto locos a los lunáticos y licántropos más exigentes.

Historia y discurso en la narrativa de Javier Marías

Baile y sueño (2004), la última novela de Javier Marías, es la segunda parte de la trilogía Tu rostro mañana, iniciada en 2002 con Fiebre y lanza.
Las novelas de Marías se están convirtiendo en novelas para adictos, pues están bastante alejadas del canon (comercial) que se estila últimamente por estos pagos. Cuando digo adictos quiero decir, por una parte, adictos al escritor y, por otra, a la literatura. Esta última afirmación puede parecer una exageración, pero conectada con la anterior, con la que acaba formando inevitablemente cuerpo, nos puede ayudar a entender una de las trayectorias más originales del actual panorama narrativo, bastante gris, por cierto, en términos generales.
Reflexionaba recientemente (3/6/2005) sobre esas novelas que son un mero divertimento (Obra artística o literaria de carácter ligero, cuyo fin es solo divertir, RAE) y sobre esos lectores poco exigentes que vienen a dar por “buena” casi cualquier cosa. En este sentido, creo que se viene imponiendo entre la generalidad de los lectores un tipo de novela en la que se da primacía absoluta a la historia, es decir, a lo que en ellas se cuenta o narra. Esto puede parecer una contradicción, pues eso es lo que hace toda novela: contar una historia. Bien, pero no sólo se trata de contar una historia, puesto que esta debe articularse lingüísticamente de una determinada manera, es decir, sustentarse en un soporte, el discurso. Discurso que puede conferir al texto su carácter de “literaturidad”, aquello por lo cual lo consideramos literario. Pero si el destinatario del texto, el lector, solo confiere categoría a la historia, el discurso se irá relegando a un plano secundario en el conjunto de intereses de dicho lector. La historia, lo que se cuenta, entonces, cobra valor por sí misma, independientemente del modo en que se cuente, el cómo.
Podríamos, en otro orden de cosas, hacer extensible también el comentario al cine: El espectador sólo consume una historia sujeta a ciertos patrones cada vez más previsibles, desentendiéndose de la forma en que esta se cuenta, el discurso cinematográfico se convierte en una simple y anodina sucesión de planos.
Tradicionalmente se viene afirmando que la literatura es la unión solidaria de dos planos: el del contenido (la historia), y el de la expresión (el discurso). En el caso de la narrativa de Javier Marías podemos observar cómo se ha ido produciendo un gradual desplazamiento del foco de interés autorial hacia el discurso, sin que esto necesariamente suponga relegar a un segundo plano la historia. Ésta, entonces, se pone en el texto al servicio de aquel y el resultado es una novela en la que la digresión cobra carta de naturaleza y el discurso se sitúa en un primer plano. Estamos en un territorio híbrido, en el que no se sabe bien cuánto hay de novela y cuánto de ensayo.
Aviso para navegantes: aquí no hay falso retoricismo, prosa leprosa, como dice Andrés Ibáñez. Lo que hay es un texto exigente para lectores exigentes, una novela reflexiva que hace reflexionar al lector. Novela para adictos, como decía más arriba, en la que el discurso se incorpora a la historia y hace del texto algo valioso, tanto por lo que en él se cuenta como por la manera de hacerlo.
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PS: ¿Saben a qué novela recientemente publicada se está refiriendo Andrés Ibáñez en su artículo?

Una metanovela en clase

Una metanovela en clase

Creo que puedo considerar como una experiencia positiva la lectura de La velocidad de la luz, la novela de Javier Cercas que había propuesto a mis alumnos de 4º de ESO.
Plantear en clase la lectura de una novela no es asunto fácil, pues en ese complejo mapa humano que es la clase conviven intereses diversos, alumnos que tienen afición por la lectura y alumnos que leen a regañadientes sólo aquello que se les manda, y entre ambos extremos, un poco de todo. Intentar hacer converger todos estos aspectos tan diferentes en un texto es poco menos que un imposible.
En una primera instancia me pregunté si el planteamiento de esta lectura obedecía exclusivamente a mis gustos particulares —que de alguna manera quisiera hacer extensibles a mis alumnos—, o bien obedecía a la bondad intrínseca de la novela. Me inclino por esto último, pues, intentando ser objetivo, la novela me parece buena y no especialmente difícil para un lector que se esfuerce un poco.
La idea consistía en que todos leyeran la misma obra para después comentarla en clase guiados por el profesor, pero dejar básicamente que fueran los alumnos quienes condujeran la novela a los territorios que creyeran convenientes. En este sentido fueron esenciales las aportaciones que hicieron los alumnos más lectores y críticos, aquellos que están acostumbrados a enfrentarse a textos de cierta complejidad, es decir, aquellos que leen textos que no se encuadrarían en lo que habitualmente se viene llamando “literatura juvenil”. Las aportaciones de estos alumnos funcionaron como un estímulo para los demás: si este lo entendió, yo también puedo entenderlo; si él hizo el esfuerzo, yo también puedo hacerlo.
Así, orientados y conducidos por mí, nos fuimos adentrando en la novela, comentando los matices de los personajes, de la estructura, la trama argumental, el sentido de la obra. En fin, aquellos aspectos que les habían resultado interesantes a los lectores. Y de entre todos ellos hice un especial hincapié en que entendieran que lo que han leído es una metanovela, es decir, una novela en la que se narra el proceso de creación de una novela, convirtiéndose así el texto en objeto de reflexión sobre el proceso de escritura del propio texto.
Tal vez todos estos aspectos se hayan tratado de una manera superficial, pero es que se trata de alumnos de 15/16 años. No se podía pretender más, pero supongo que tampoco menos. Mi objetivo creo que se ha cumplido: que mis alumnos de 4º leyeran una novela actual y original, bien construida, que les haya hecho pensar no sólo sobre aspectos argumentales, sino también sobre aspectos estructurales, de construcción del texto.
Por supuesto que no todos los lectores han estado ni al mismo nivel lector, ni en el mismo nivel de interpretación ni valoración del texto. En este sentido he de decir que me interesan todos mis alumnos como lectores, pero me interesan especialmente, y a ellos creo que debemos dirigirnos en determinadas ocasiones, aquéllos que reciben lo que les ofreces, que se sienten interesados, que cuando les dices que esta novela de Cercas es literatura, y que La sombra del viento —que muchos han leído, por cierto—, no lo es en el sentido que lo es ésta, te preguntan, quieren saber; aquellos alumnos a los que ves con libros, que te preguntan por títulos, por autores, que te dicen haber leído esta novela o esa otra. Los otros, los indiferentes, los que apenas sienten interés por la lectura, tendrán que leer otras cosas de menor calado, “divertidas” en el sentido más fácil del término, y dejar que poco a poco lleguen a donde los otros ya llegaron o van a llegar. O no.

PS: No tengo muy claro qué es eso de literatura juvenil. No voy a entrar en planteamientos académicos, pero creo que es simplemente aquella literatura que puede leer, y gustarle, un lector joven, con inquietudes, con ganas de conocer y acceder a otras lecturas que no sean las manidas lecturas juveniles. Si La velocidad de la luz la han leído alumnos de 4º de ESO y les ha gustado a algunos, como ocurrió con Crónica de una muerte anunciada, pues estas novelas pueden ser consideradas aptas para esos lectores. Hago esta afirmación con ciertas reservas, pues entiendo que un chico de 16 años no es un lector adulto y maduro, pero puede estar en el camino, y convertirse en ello con el tiempo.

Leer hacia el pasado, leer hacia el futuro

La literatura no consuela, pero puede servirnos de espejo en el que mirarnos y reconocernos, y a través del cual podamos establecer un fructífero diálogo con el texto, con otros lectores y, en última instancia, con nosotros mismos. La lectura, así, contribuye a hacernos, a construirnos, a levantar el armazón emocional e intelectual del que estamos hechos y del que estamos permanentemente haciéndonos. Aceptada esta idea de la literatura como formación, podemos hablar básicamente de dos tipos de lectura.
En primer lugar está una lectura hacia el futuro, anticipatoria, con la que leemos la vida, lo que nos ayudará después a vivirla, pues leyendo se aprende de alguna manera a vivir. La lectura deviene así en una auténtica educación sentimental.
La segunda es una lectura hacia el pasado que trata de explicar lo vivido reconstruyendo la memoria personal y social. Y aún cabe considerar una tercera: la lectura sobre la marcha, irreflexiva o de puro entretenimiento, leer para pasar el rato, sin mayores pretensiones.
En los años iniciales de formación, años de aprendizaje, prima la lectura anticipatoria, mientras que en la edad adulta lo que predomina es la lectura retrospectiva. Ahora bien, me pregunto si estos esquemas no estarán cambiando en la actualidad, pues parece que los lectores jóvenes tienden a ser menos, mientras que los adultos tienden a ser más. Es decir, se estaría empezando a imponer en el marco lector la lectura retrospectiva frente a la anticipatoria. Tal vez los lectores adultos sean bastante escépticos ante el futuro, y vivir al día es lo que se impone en este mundo tan complejo y a veces caótico, imprevisible. El futuro está ahí, sí, pero bastante tengo con soportar y administrar mi presente, sobrevivir a diario y encima entender mi pasado, no se me pida más; parece que vienen a decirse muchos lectores.
No es de extrañar, por tanto, que en este escenario de incertidumbre ante los destinos humanos se vaya imponiendo en una amplia franja de lectores esa tercera vía, la de la lectura como puro entretenimiento, literatura kleenex, de usar y olvidar, que no consuela, pero al menos distrae.
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PS: Lista de los libros de ficción más vendidos
1º.- La conspiración, Dan Brown.
2º.- La velocidad de la luz, Javier Cercas.
3º.- La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
4º.- La mujer justa, Sandor Marai.
5º.- Pasión india, Javier Moro.
6º.- Ángeles y demonios, Dan Brown.
7º.- La pirámide, Henning Mankell.
8º.- El Código Da Vinci, Dan Brown.
9º.- En el blanco, Ken Follet.

Libros más solicitados en bibliotecas públicas:
1º.- Ángeles y demonios, Dan Brown.
2º.- El reino del Dragón de Oro, Isabel Allende.
3º.- Cabo Trafalgar, A. Pérez-Reverte.

(Fuente: Suplemento ABCD las artes y las letras, 11/6/05)