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Leyendo a la sombra

El rito de paso de la Selectividad

Hoy viernes han terminado los exámenes de la famosa Selectividad o PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). Después de la tensión acumulada, la incertidumbre, las noches y días de estudio, el calor... llega la liberación y las vacaciones bien merecidas, siestas, lecturas, trasnochar..., en fin, el verano.
El primer examen fue el de Lengua española y Literatura, mi asignatura. Creo que ha sido un ejercicio fácil, en el sentido de que las dos opciones propuestas ofrecían posibilidades para hacer un buen examen, incluso la tan temida sintaxis era bastante normalita; y las preguntas de Literatura en ambas opciones correspondían al siglo XX. Todo dentro de un orden.
Cuando ves que las propuestas las has trabajado en clase con tus alumnos y que el examen no rompe ningún esquema previo de los que te habías hecho con anterioridad, sientes un cierto alivio. Es decir, entiendes que en este momento tus alumnos dependen ya de ellos mismos. El examen es una especie de rito de paso a la edad adulta, ya han dejado de ser tus alumnos, para ser otra cosa; aún no sabes muy bien qué, pero ya no son tus alumnos en el sentido en que lo eran apenas un mes atrás; y dentro de unos meses estarán sentados en las aulas de una facultad y se sentirán ellos también otros. Y yo me alegro por ellos.
Estuve en la Facultad de Físicas antes del examen de Lengua, charlando con unos y otros, dando ánimos, resolviendo alguna duda de última hora, intentando generar un poco de tranquilidad entre tanto nerviosismo. No sé si sirvió de mucho o de nada, pero allí estuve, compartiendo un poco el trance, espectador de cómo empezaban a ser otros, mejores de lo que ya eran. Y cuando salieron del examen y estuvimos comentando las respuestas, los aciertos, los inevitables errores, me sentí más cerca de mis alumnos que en ningún momento, porque percibí que empezaban en ese momento su andadura, a enfrentarse a su alteridad, con lo que no son, para llegar a comprenderse mejor a sí mismos.
Final de un ciclo. A partir de ahora, seremos recuerdo, acaso olvido.

El final de los años de plomo

Camilo José Cela empieza a alumbrar el oscuro panorama narrativo de posguerra en el año 1942 con el tremendismo de La familia de Pascual Duarte. La novela logró pasar la censura pese a contener asesinatos, matricidio, prostitución y adulterio; y fue calificada en el semanario “Ecclesia”, órgano de la iglesia católica española, con un (3), lo que equivalía a “dañosa para la generalidad” y allí se dijo de ella lo siguiente:
“Obra literaria notable; no se debe leer, más que por inmoral, que lo es bastante, por repulsivamente realista. Su nota es la brutal crudeza con que se expresa todo, incluso lo deshonesto, alrededor del relato que hace un condenado a la última pena de su vida y la de su familia. Contagiada del fatalismo ruso, llegan sus personajes al crimen contra su propia voluntad; y en el duro y desconsolador ambiente y en el moroso detalle superan el horror y al repugnancia: el asesinato de una madre por su propio hijo”.
En noviembre de 1943 fue prohibida la segunda edición, pero la policía apenas encontró ejemplares, pues la novela ya había sido distribuida.
En el otoño de ese mismo año, el falangista Rafael García Serrano había publicado en la Editora Nacional la novela La fiel infantería, novela de guerra desde el bando nacional. Fue prohibida en enero de 1944 pues existió un Decreto del Arzobispo de Toledo, Enrique Plá y Daniel que la atacaba duramente:
“Es deber gravísimo de los Obispos el vigilar los libros que se publican, condenando aquellos que, por sus doctrinas o por la licencia de su lenguaje y narraciones inmorales, pongan en peligro la fe o las buenas costumbres de sus lectores [...] El Gobierno dispensará apoyo a los Obispos cuando hubiera de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos.
Examinada serena y objetivamente la novela La fiel infantería de D. Rafael García Serrano, resulta:
1º Que se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud.
2º En la novela se describen varias veces escenas de cabaret y de prostíbulo.
3º Está salpicada toda la novela de expresiones indecorosas y obscenas.
4º Aun cuando varios personajes de la novela manifiestan sentimientos religiosos aparecen éstos como algo rutinario; y al lado de ellos se destacan muchas expresiones de sabor escéptico volteriano y de regusto anticlerical, aun en labios de soldados nacionales.
Por todo ello, la lectura de esta novela resulta muy nociva para la juventud, debilitando su fe, su piedad y la moralidad de costumbres; por lo cual, así lo declaramos y denunciamos oficialmente, cumpliendo nuestros deberes pastorales.
Se nos ha comunicado antes de la publicación de este Decreto, y lo recogemos con satisfacción, la Vicesecretaría de Educación Popular había ordenado la recogida de los ejemplares que aún quedasen de la edición y prohibido publicar nuevas ediciones en tanto no sea la novela satisfactoriamente corregida.
Toledo, 15 de Enero de 1944. ENRIQUE, Arzobispo de Toledo”.
En 1952 Cela publica La colmena. La novela había salido el año antes en Argentina. El primer informe de la censura lo hace Leopoldo Panero, quien benévolamente enjuicia la obra y la califica como “de considerable valor literario”. Pero alguien, descontento con este informe, y considerando el precedente del Pascual Duarte, decidió que el texto pasase a un censor más cualificado, el Padre Andrés de Lucas Casla, quien emite el siguiente veredicto:
“¿Ataca al dogma o al moral? Sí. ¿A las instituciones del Régimen? No. ¿Tiene valor literario documental? Escaso. Razones circunstanciales que aconsejan una u otra decisión: Breves cuadros de la vida madrileña actual hechos a base de conversaciones entre los distintos personajes, a quienes une una breve ligazón, pero sin que exista en esta mal llamada novela un argumento serio. Se sacan a relucir defectos y vicios actuales, especialmente los de tipo sexual. El estilo, muy realista a base de conversaciones chabacanas y salpicadas de frases groseras, no tiene mérito literario alguno. La obra es francamente inmoral y a veces resulta pornográfica y en ocasiones irreverente”.
Cuando la novela sale en Argentina, dice el autor: “me expulsan de la Asociación de la Prensa de Madrid y prohibieron mi nombre en los periódicos”.
También en ese año de 1952 se publica La noria, de Luis Romero. Pero la cosecha narrativa de ese año trajo otros frutos: Juan Goytisolo ganó el premio “Joven literatura” con El mundo de los espejos, y Jesús Fernández Santos obtiene con Los bravos una brillante clasificación en el Nadal; por cierto, también estuvo bien clasificado Mario Lacruz.
La guerra civil iba quedando cada vez más lejos. Los años cuarenta constituyeron la unión de nuestra particular posguerra con otra posguerra, la mundial. Son los años de plomo de una novela orientada por la Iglesia y sometida a una férrea censura, años en los que escritores como Rafael García Serrano marcan la pauta:
“No es nada para nosotros la Literatura, ni el Arte, ni la Música. Nada nos importa pasar por el mundo sin otra huella que la de las botas de clavos, que la de la cruz en un rincón, que la removida huella de una tumba ocasional. No aspiramos a consagrarnos por la obra maestra, por el verso que sentimos y no tenemos tiempo de escribir, por el cuadro que vemos y no podemos pintar, por la estatua que tantea, hermosa y desnuda, nuestra imaginación, mientras la piedra que la contiene nos sirve de parapeto. La misión única de los que ahora vamos bajo la bandera hispana es conseguir un siglo útil para la Patria” (27/6/1943).
Pero en 1952, además de La colmena y las otras novelas citadas apareció también Helena o el mar del verano, la única y extraordinaria novela de Julián Ayesta, que se dio a conocer como poeta y narrador en la revista Garcilaso.
Esta nouvelle (apenas 90 páginas) es un relato lírico, presentado desde la evocación del narrador protagonista, que se inscribe en la tradición del idilio en prosa, inspirado en Daphnis y Clhoe, pero idilio interrumpido cuando el amor adolescente todavía no ha entrado en fase definitiva.
Como contrapunto al caleidoscópico y áspero poderío narrativo de La colmena, traigo aquí el lirismo impresionista y sensual, el inicio del deseo, los prolegómenos del amor, de la novela de Julián Ayesta en sus líneas iniciales e iniciáticas. Los años de plomo habían definitivamente terminado.
Déjense, como en esos cuadros con que de vez en cuando nos obsequia Vailima, conducir a lo demás...
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El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las manchas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y de los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz —los grandes persiguiendo a los pequeños— corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas. Y por la tarde había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza. Y los hombres se reían de medio lado porque tenían un puro en la boca y hablaban y se reían como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva y todo entre una nube azulada de humo. Y era muy bonito ver cómo el color del humo iba cambiando según le diera el sol. Y como era el día de la Asunción de nuestra Señora los niños habíamos ido a tirar pétalos de rosa a la Virgen y sonaban las gaitas, y los voladores, y los violines y la voz de los cantores ya dentro de la iglesia. Y olía todo a incienso, y a flores, y a rosquillas, y a churros, y a la sidra que estaban echando los hombres en el campo de la Iglesia y al vestido nuevo. Y después todos corrimos a los automóviles y todo empezó a oler a gasolina y vinieron con nosotros los curas (que no se dice “curas”, se dice “señores sacerdotes”) que habían dicho la misa cantada a comer. Y antes de empezar la comida nos apretaban lo carrillos y nos preguntaban cómo nos llamábamos y si sabíamos qué día caía nuestro santo y si era un Santo Confeso o un Santo Obispo o una Santa Virgen o un Santo Eremita (¿qué es eremita?) y los paganos los echaban a los leones del Circo Romano. Y los sacerdotes olían muy suave, muy diferente a las demás personas mayores porque eran Ministros de Dios y discutían porque los querían hacer servirse los primeros, y decían:”No faltaba más”, y tío Arturo decía:”Ande, ande, sírvase usted, don José, que ya sabemos todos que tenemos la mitra en casa”. (¿Qué es la mitra? “Los niños, a callarse”.) Y todos se reían y don José empezaba a hablar tartamudeando: “Home, por Dios; home, por Dios...” pero todos seguían riéndose y los niños también, pero con la cara tapada con la servilleta.
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Julián Ayesta, Helena o el mar del verano. Edit. El Acantilado, Barcelona.

El realismo honesto de Antonio Ferres

El realismo sigue vigente, y más aún en estos tiempos que corren de incomunicación y de mensajes no solicitados que constantemente nos asaltan envueltos en miles de imágenes, configurando así toda una ceremonia de la confusión. Me refiero al realismo narrativo o, si se quiere, a la novela realista o de corte realista.
Este realismo se manifiesta especialmente en aquellas novelas que contienen una ética que les confiere el difícil estatuto de novelas auténticas, de esas que el lector reconoce como verdaderas obras de arte de la escritura narrativa, aquellas que contienen en sí mismas un universo único, cerrado y completo. Novelas que de alguna manera aspiran a la totalidad, novelas bien armadas, que arrastran en su lectura al lector más exigente y dejan lesionados por el camino a los más apresurados; novelas en las que brilla una prosa poderosa, de limpia factura, de tal manera que discurso e historia se encuentran a la par, sin que uno prevalezca innecesariamente sobre el otro; así, el discurso está al servicio de la historia en la medida que ésta lo está al servicio de aquél.
El lector de estas novelas, obviamente el buen lector, enseguida percibe la dimensión del texto, su auténtica naturaleza, y se siente deudor con su autor, pues reconoce en su escritura un acto de intención que lo implica a él y sólo a él: la configuración de un mundo que existe en el texto en la medida en que también existe en el imaginario del lector. Lector y texto configuran así un diálogo de significados profundos a partir de significantes explícitos e implícitos. El sentido del texto reconocido por el lector, coincide o se acerca al sentido del texto concedido a éste por el autor. La lectura de la novela se convierte entonces en un acto de reconocimiento de sentido fruto de una indagación. Como ejemplo de lo dicho podría citar la novela de Almudena Grandes Los aires difíciles, de la que probablemente hablaré en otro momento, pues ahora quiero hacerlo de Antonio Ferres y de dos novelas suyas recientemente publicadas: La piqueta y Los vencidos.
La carrera literaria de Antonio Ferres comenzó en 1954, año en que obtuvo el Premio Sésamo de cuentos. Por esa época de los últimos años cincuenta y primeros sesenta empezaba a triunfar la llamada novela del realismo social o socialrealismo — Jesús López Pacheco, Armando López Salinas, Alfonso Grosso y el propio Ferres, principalmente—, que había estado precedida por el realismo crítico u objetivo de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Ana María Matute, García Hortelano y Sánchez Ferlosio, entre otros.
Conviene recordar ahora que, mientras los autores del realismo crítico han obtenido o recuperado un lugar de prestigio y respeto en la historia de la literatura española del siglo XX, los novelistas del realismo social fueron enjuiciados negativamente —salvo alguna excepción— porque habían caído en una literatura excesivamente politizada y poco literaturizada (generación de la berza). Una literatura que da testimonio de los más desfavorecidos, de los perdedores de la guerra, los represaliados, siempre ha resultado incómoda.
Es por ello que creo que en estos momentos en los que la figura del escritor comprometido, enfrentado al sistema, ha sido sustituida por el complaciente y asimilado, se debe agradecer la publicación de esas dos novelas de Antonio Ferres.
Nace Antonio Ferres en Madrid, barrio de Argüelles, en el invierno de 1924. Recuerda en sus memorias que cuando acaba la Guerra Civil contaba quince años y en 1940 empieza a trabajar en el Servicio de Recuperación Artística y a la vez estudia para entrar en la Escuela de Peritos Industriales donde conoce a Jesús López Pacheco. Con éste y otros amigos, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, frecuentan tertulias y recitales de poesía en los que entran en contacto con opositores al franquismo.
En los cincuenta empieza a trabajar en el Laboratorio Central de Materiales de Construcción, allí conocerá a Armando López Salinas, del que se hace buen amigo. Por esa época conoce también a Juan Eduardo Zúñiga, a Juan García Hortelano y a Rafael Conte.
En el 56 tienen lugar las primeras protestas del movimiento estudiantil, uno de cuyos cerebros, según informes de la Brigada Político Social, era Enrique Múgica Herzog, militante del PCE por aquellos años. También fue detenido en una de aquellas redadas Luis Martín Santos, que dentro de unos años publicaría la novela que puso fin oficialmente al realismo social, Tiempo de silencio. Por aquella época tuvo lugar el Congreso de Jóvenes Escritores, con participación de Ferres y Pacheco.
En 1957 realiza un viaje a las Hurdes con López Salinas, quien le puso en contacto con el Partido Comunista. Ambos relatan ese viaje en el libro Caminando por las Hurdes, editado en 1960. En 1958 López Pacheco había publicado una de las novelas fundamentales del realismo social, Central eléctrica; al año siguiente Ferres publica La piqueta y seguidamente se publican La mina, de López Salinas, y La zanja, de Alfonso Grosso. Fue por esa época, finales de los cincuenta, cuando Juan Goytisolo, acompañado de Simone de Beauvoir y de Florance Malraux, Hija de André Malraux, visita Madrid y recorren bares y tertulias con Ferres y López Pacheco.
En 1964, se marcha a Francia, y de ahí a México, donde ejerce de profesor y traba amistad con Max Aub. De México marcha a Estados Unidos, a la Universidad de Illinois. Hace esporádicos viajes a España en los setenta, a donde regresa en 1976, encontrándose con una sociedad disparatada y extraña, según sus propias palabras.
Actualmente reside en Madrid, donde se le puede ver pasear con su barba blanca por el Barrio de Maravillas.

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Aunque la novela del realismo social, o socialrealismo, fue sistemáticamente menospreciada, también produjo obras de un importante valor artístico, a pesar de las urgencias por la denuncia. Este es el caso de Antonio Ferres, un autor honesto, del que recientemente se han editado, como dije antes, dos novelas: La piqueta y Los vencidos, así como el primer tomo de sus memorias, Memorias de un hombre perdido.
La piqueta, publicada con éxito en 1959 —un buen momento para la novela con carga social—, está escrita con una clara voluntad testimonial: el novelista testigo de su época. La historia es muy simple pero muy dramática. Una familia de inmigrantes de Jaén, que vive en una chabola de Orcasitas, en el extrarradio de Madrid, recibe la noticia de que su casa será derribada por el Ayuntamiento. A partir de ese momento, la familia que habita la casa se siente perdida, en la incertidumbre de no saber qué será de ellos. Esa familia forma parte de los vencidos en la guerra, y aunque esto no se diga de manera explícita, es fácilmente deducible por el lector atento.
Creo que la novela puede tener sentido en los tiempos que corren, y no sólo como documento histórico —la España de la autarquía— y literario —la novela del realismo social—, sino también por el compromiso ético y político de denuncia de su autor de una sociedad sometida por una dictadura. Había que contarlo y contarlo así, a la manera de Antonio Ferres.
La segunda novela, Los vencidos, es un caso ciertamente extraño en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Escrita en 1960, hasta ahora no había sido editada en España y ha estado todos estos años sumida en un olvido forzoso, a pesar de haber sido traducida a diversas lenguas.
La novela, que se inicia en los últimos días de la Guerra Civil en Madrid y finaliza con la victoria de las potencias aliadas sobre el eje y las expectativas de una intervención en España por parte de las potencias democráticas, se centra en la historia de tres personajes: Asunción, cuyo marido ha sido hecho prisionero en la caída de Madrid; Vidal, médico catalán compañero del marido de Asunción en las cárceles franquistas, y Miguel Armenteros, oficial de prisiones, antiguo oficial franquista cuyo padre fue fusilado por los republicanos.
Estos personajes se articulan en dos bloques narrativos. El primero en torno a una esperanza individual: Asunción espera encontrar vivo a su marido. El segundo, en torno a una esperanza colectiva: que los aliados acaben con el régimen de Franco y devuelvan a España la democracia. Ambas resultan fallidas.
El narrador narra con tono documental la tragedia individual y colectiva de la Guerra Civil, no exento de toques de lirismo que el lector puede apreciar en otros textos de Ferres, y deja que hablen los personajes (el diálogo es uno de los aciertos de la novela) y es a través de ese diálogo como se va levantando la tragedia de lo narrado.
Leer ahora esta novela no es un intento estéril de recuperación de un pasado que definitivamente no fue mejor, sino un acto de justicia y reparación por una parte de un novelista que dice tanto o más por lo que calla que por lo que cuenta, y por otra de una tendencia narrativa que intentó en unos tiempos difíciles, mediante la denuncia de las amarguras y penalidades de los más desfavorecidos, contribuir a la construcción de un mundo más justo. Los tópicos también se rompen leyendo.

Novela, mercado y el nuevo concepto de lector

Para la mayoría de los lectores la lectura de una novela es, sobre todo, una vía de esparcimiento y sus expectativas de distracción se ven cubiertas sobradamente con novelas convencionales que poco o nada aportan a la Literatura. Estas novelas están en la mayor parte de los casos correctamente escritas, sus autores son novelistas con oficio, y conectan fácilmente con la sensibilidad del lector porque le cuentan cuestiones de la realidad social, de las relaciones de pareja, del mundo laboral, etc., que a aquél le llegan a resultar medianamente interesantes, y en las que fácilmente tiende a reconocerse.

Algunas de estas novelas han adquirido o están adquiriendo una cierta relevancia y sus autores una cierta significación, que se deben a factores extraliterarios relacionados con las leyes de la promoción y del mercado. Esto es una clara manifestación del poder de una industria editorial desarrollada en los años noventa, asociada en algunos casos a poderosos grupos de comunicación, y que dictamina qué es bueno y qué debe leerse, con criterios ajenos, en la mayoría de las veces, a esquemas propiamente literarios. Se impone el mercado en detrimento de la literatura, tal y como vienen a evidenciar la promoción mediática de la última novela de Pérez Reverte o los premios Nadal y Planeta de Lucía Etchevarría.

Es cierto que ahora en España se venden más libros que antes y se lee más que antes, y posiblemente se esté editando por encima de la demanda real del mercado. Una visita a la Feria del Libro de Madrid bastaría y sobraría para comprender que es casi imposible que todo lo que se publique sea leído, o que alguien pueda estar al día en narrativa española actual.

Cuestión muy diferente es qué se lee, es decir, la calidad de lo leído. Que tenemos actualmente una gran oferta narrativa es indudable, pero deberíamos preguntarnos por la calidad de lo que se publica. No creo equivocarme mucho si afirmo que la calida de la novela española actual deja mucho que desear. Es esta una apreciación de lector que se empezó a interesar seriamente por la novela española ya en la década de los ochenta y que pocas veces tiene ocasión de leer novelas que reconozca como buenas y que sean capaces de aguantar el juicio de la posteridad, de nutrir la conciencia, de desempeñar una función esencial en la creación de la vida interior, novelas que no nos dejen indiferentes, que perduren en nuestra conciencia de lector días y semanas después de haber sido leídas y que algún día podamos revisitar renovando y aumentando las sensaciones que un principio nos provocaron; novelas, en fin, que tengan la capacidad de nutrir a los lectores, a los verdaderos lectores, como afirmó Susan Sontag en su discurso de los Premios Príncipe de Asturias.
Afirma Nuria Amat que “el desprestigio que, desde el punto de vista de calidad literaria, sufre la novela tiene su origen, en parte, en las leyes devoradoras del mercado y en la banalidad que impregna la cultura de la sociedad moderna. Estas causas han hecho que se considere la novela como el más frívolo de los géneros literarios y que los novelistas seamos vistos y utilizados como marionetas mediáticas. Símbolos o marcas de una realidad social cada vez más ruidosa e impostada, dispuesta a servirse de la novela como trampolín publicitario de sus productos de mercado.” ("La enfermedad de la novela". Diario El País, martes 13 de noviembre de 2001).

Ciertamente, en el mundo de hoy la novela se ha convertido en una esclava de los grandes grupos mediáticos, y sus autores en novelistas que se acaban asimilando a esos grupos como columnistas en sus diarios, asesores de sus editoriales, colaboradores en sus programas de radio y televisión y algunos hasta llegan a convertirse en escritores de novelas que terminarán siendo inevitables guiones cinematográficos. La imagen del escritor rebelde, del enfant terrible, opuesto al sistema, ha pasado a mejor gloria. Ahora los autores se arriman a la sombra protectora de esos grandes grupos de comunicación o se convierten en funcionarios de un Estado generoso con los que se supone que debían militar en la disidencia (1).
Como muestra de esa relación perversa entre novela y grupos mediáticos, no quiero dejar pasar la ocasión de referirme someramente a la vergonzosa salida del crítico Ignacio Echevarría del suplemento Babelia del diario El País por haber criticado duramente la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista. La novela apareció en el sello Alfaguara, editorial del grupo Prisa, propietario también de El País, y el director del periódico zanjó la cuestión de manera meridiana censurando al crítico y dejando claro que Atxaga es un autor “blindado” para Prisa. Aunque el asunto circuló ampliamente por Internet, donde aún quedan rastros, remito al lector interesado al reciente libro de Echevarría, donde encontrará cumplida noticia de este asunto y de otros de no menos interés.(2)
La novela actual adolece en demasía de facilidad, y esa facilidad está en relación con el cambio operado en el concepto de lectura y en las exigencias del lector. En este sentido, creo que nos deberíamos hacer dos preguntas: ¿para qué se leen novelas? y ¿para qué sirve la novela? Intentaré dar respuestas simples a preguntas complejas, aun a riesgo de simplificar en exceso.

¿Para qué se leen novelas? Muchos lectores, si no la mayoría, leen novelas para divertirse, porque la literatura y la novela, sobre todo, tienen que ser algo divertido, algo entretenido en sí mismo. Esto es una falacia mercantilista que emparenta lo bueno a lo divertido, y consecuentemente a lo fácil. Supone, más que nada, una actitud ante la lectura: si la novela me gusta, me divierte, merece la pena. Pero el peligro de esta superficialidad es que abona el terreno de lo costumbrista, de lo anecdótico, lo previsible, lo trivial, en detrimento de una lectura del texto narrativo emparentada con el conocimiento, la formación, una lectura que no nos dé tregua, que nos instale en las preguntas, que nos perturbe. Una lectura, en fin, que sea constructora del sentido del texto, una lectura que en cierta manera sea capaz de cambiar la vida del lector.
La relación mercado/literatura ha originado un nuevo tipo de lector, un lector que busca la satisfacción inmediata, casi instantánea, sin excesivas complicaciones, atento a los premios y a los lanzamientos, que consume lo que aparece en los estantes de novedades de las librerías, poco exigente, con escasas pretensiones. Lee, o más bien consume, una novela “fácil”, de recompensa inmediata.
Para matizar el concepto de novela fácil quiero recordar lo que dijo Milan Kundera: me gustan las novelas fáciles de leer pero difíciles de entender. Creo que debemos entender esta idea en la línea que propugna Félix de Azúa (3): la novela es un artefacto artificioso pero no tiene por qué ser complejo, es complejo aquello que requiere un conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado, y descubrir y aplicar ese código incorporado es el auténtico reto del lector, ahí radica la dificultad a la que se refiere Kundera.

No estoy propugnando una novela hermética, destinada a especialistas, con claves que hagan de la lectura una reconstrucción poco menos que detectivesca propia de un curso de doctorado. No. Me alineo con Kundera: una novela que sea fácil de leer pero que su desentrañamiento nos haga entrar en diálogo con el texto, un diálogo lleno de posibilidades, que nos lleve a preguntas más que a respuestas.
En cuanto a la segunda pregunta, ¿para qué sirve la novela?, he de reconocer que es lo mismo que si me preguntara por la literatura o por la pintura, por lo que no creo que sea fácil elaborar una respuesta medianamente aceptable. Si creemos que la novela sirve sólo para divertirnos, para distraernos, estaremos concibiendo su lectura como un pasatiempo más, reduciendo el texto a un esquema próximo a otros sistemas de diversión muy atractivos y eficaces y relacionados con la imagen, de entre los que destaca el cine. Y sospecho que en este terreno la novela está perdiendo la partida entre los más jóvenes.

Pero, como dije más arriba, respuestas sencillas a preguntas complejas. Podríamos convenir que la novela sirve para proporcionar un placer de orden intelectual al lector en el transcurso de su lectura y para ayudarle a entender un mundo que no acaba de entender, para ponerle ante sí el reto de la lectura y sentirse coautor de lo narrado, para nutrir el alma, para entender que la ficción es necesaria, para mirar hacia fuera y ver dentro de uno mismo, para leer la vida, para vivir más vidas... para llegar a pensar, en fin, que la novela y, por extensión, la Literatura es algo necesario.

(1) Rafael Chirbes, El novelista perplejo. Edit. Anagrama, Barcelona 2002.
(2) Ignacio Echevarría, Trayecto. Un recorrido crítico por la reciente narrativa española. Edit. Debate, Barcelona 2005.
(3) Félix de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama, Barcelona 2003.

Laberinto

Es difícil imaginar la cara que se le puede poner a un hombre en el instante en que siente que su vida cambia por completo en un giro inesperado. La vida y la cara de Alberto cambiaron en la barra de un bar y en un instante fugaz en el que se sintió solo y desvalido, desamparado, una sensación que no había vuelto a sentir desde aquella noche en que, de niño, soñó la muerte de su padre. Acodado y aturdido en la barra del bar al que acude casi a diario con los compañeros del trabajo Alberto no oye nada. Ve moverse los labios de los demás. Asiente apenas, pero no sabe de qué le están hablando. Su mirada recorre los límites del local y los espejos de la pared se la devuelven turbia y extrañamente multiplicada. Días después, recordando este momento, creerá entender la ingrávida soledad del pez en el acuario. Ahora sólo siente que algo se ha roto, un fino hilo que ya no lo une a nada cruza brillante su cerebro de lado a lado arrastrando sus pensamientos. La sensación de mareo le hace concentrar su mirada en el vacío, tal vez, piensa, el mejor de los sitios al que llevar la mirada de niño que contempla su juguete hecho añicos en el suelo. Si ahora fuera capaz de hablar sólo pronunciaría una palabra: laberinto. El murmullo del bar recobra su sentido. A pesar de que está bebiendo una cerveza nota la boca seca y siente que le falta el aire; es una sensación momentánea pero tan poderosa que las aletas de su nariz se agiten rítmicamente como las agallas de un pez. La imagen de su padre mostrándole una trucha cobra cuerpo en su memoria; las agallas del pez también se agitan y el pecho del niño se encoge. Cuando su padre lo llevaba con él a pescar no soportaba las miradas redondas y agonizantes. Quizás por eso, cuando ahora mira compasivo al pez del acuario se acuerda de aquellas tardes con su padre en el río. Siente que alguien le agarra del brazo y le habla, pero apenas logra entender lo que dice; aunque asiente disciplinadamente, su cabeza es un espacio vacío en el que las palabras golpean una superficie mullida buscando un eco imposible y arrastran el recuerdo del padre. Atina a decir que está un poco mareado, que se va a sentar un momento y que enseguida se le pasará. Se sienta y desde la silla observa al hombre y piensa en un laberinto. El hombre es joven, tal vez uno o dos años menos que él; le da la espalda y con gesto preciso guarda en el bolsillo interior de su chaqueta una cartera. Acaba de pagar su consumición y deja unas monedas sobre el mostrador. Dobla su periódico bajo el brazo y sale a la calle. Por un momento pensó en seguirlo, pero desechó inmediatamente esa idea, pues le resultaría complicado justificar su comportamiento ante los demás. Por otra parte, daba igual; es un desconocido, piensa, él y yo nos ignoramos, estamos en peceras diferentes, bebemos aguas distintas y vivimos vidas distantes. Pero a pesar de todo nos hemos encontrado en un punto, como esas rectas que se cortaban en el colegio y tenían un punto en común llamado punto de intersección. Elena es ese punto de intersección. Los compañeros del trabajo hablan de irse a casa a comer, pero él prefiere quedarse a comer en el bar, porque Elena le dijo anoche que hoy no podrían comer juntos. La mentira lo alivia momentáneamente. Se despiden y pide otra cerveza. Los ve salir y dispersarse por la acera. Desde donde está puede ver un buen tramo de la calle. Busca al hombre entre la gente pero no lo ve. Tal vez esté en un coche camino de su casa. Quizás no tenga coche. Quizás tampoco tenga casa. Otra vez vuelve a sentirse aturdido. Llama al camarero. Lo conoce desde hace años pero sólo sabe que es el dueño del bar y que su mujer es la cocinera; se llama Luis, pero no sabe el nombre de ella. Se tratan como amigos, con esa rara familiaridad que se da entre los clientes y el dueño de un bar a donde los de la oficina bajan a desayunar por inercia y más tarde a tomar unas cervezas antes de marcharse a casa. El dueño los trata bien y ellos corresponden con una fidelidad monótona. Cuando Luis puso el acuario en la pared del fondo le pidió consejo a Alberto y éste se ocupó prácticamente de todo, incluso le ha regalado un pez de su acuario. Alberto le pregunta indolente al dueño del bar por el hombre que ha estado aquí hace un rato, el que leía el periódico, si lo conoce. Alberto finge indeferencia y dice que su cara le suena, que le suena de algo y no sabe de qué. Luis le dice que ha venido por el bar en las últimas semanas, después del verano, que toma siempre dos cervezas, dobla su periódico y se va. Alberto no insiste, no quiere mostrar un interés excesivo por un desconocido que le acaba de joder la vida en un instante, se dice. Mira distraído el acuario donde un único pez levita indiferente ajeno a todo. Piensa en Elena. Elena, llevan juntos seis años, tal vez siete. Comparten el piso, una buena biblioteca, el coche, el acuario y poco más. Elena, siempre la ha sentido cercana y al mismo tiempo distante. Elena, han ido construyendo una vida que se ha ido haciendo poco a poco, con la minuciosidad de un orfebre. Cuando ella le propuso que vivieran juntos él le preguntó si le gustaría tener un acuario. Es extraño –piensa–, mi vida con Elena se ha ido pareciendo cada vez más a un laberinto, sabes cuando entras, pero desconoces la salida. Hace unos minutos ha mirado distraídamente al hombre que estaba a su lado, ha visto cómo sacaba un billete de su cartera para pagar su consumición. Alberto se ha fijado en él como podría haberlo hecho en cualquier otro cliente del bar. La cartera del hombre ha permanecido abierta unos segundos en su mano, el tiempo suficiente para que Alberto haya visto en ella una fotografía de Elena, que permanece en su retina cuando cierra sus ojos. Es una fotografía reciente, de este verano, en la playa. La cara de Elena es un laberinto que Alberto imagina con los ojos cerrados, ajeno a todo. La sincronía del tic-tac de las agallas del único pez del acuario mide el tiempo en la pecera.

No sé por qué

No sé por qué

pero la contemplación de este cuadro de Hopper me ha recordado a cierto personaje de la última novela de Javier Cercas, La velocidad de la luz, editorial Tusquets, Barcelona 2005.
Muchos cuadros de Hopper transmiten la idea de soledad, tal vez desolación. Son personajes solos, contemplativos, quizás abandonados, como si estuvieran a punto de gritar o tal vez de bostezar, nunca se sabe. Esos personajes están en ambientes cerrados y frecuentemente hay una ventana o un ventanal. En este cuadro vemos a los clientes de un bar, posiblemente de esos que permanecen abiertos toda la noche. La luz parece acentuar la soledad de los personajes, pero al mismo tiempo deja en sombra alguna zona del cuadro que se nos escapa. Sabemos que ahí hay algo o alguien, pero no sabemos bien qué o quién. Soledad e incertidumbre.
En la novela de Cercas sucede algo parecido, hay un personaje al que uno se imagina sentado en el borde de la cama, sin que sepamos a ciencia cierta en qué está pensando. Duda si levantarse o no, es esa zona de incertidumbre la que nos lleva a preguntarnos por él. El personaje, muy nítido en el "cuadro" inicial de la novela, se desdibuja, pero de alguna manera ha dejado una estela que permanece y que va a condicionar el comportamieneto de otros personajes.
En uno de los momentos finales, el narrador --cuando le preguntan sobre una historia que estaba escribiendo-- dice: "No sé si está acabada. Tampoco sé si la entiendo, o si la entiendo del todo. Claro que a lo mejor no hace falta entender del todo una historia para poder contarla".
Soledad e incertidumbre.
A veces no hay por qué entender del todo una historia para poder disfrutarla, pero este no es el caso de esta excelente novela.
Puedes leer la crítica de Santos Sanz Villanueva en
http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=11508

Se te ve muy feliz

La intuición del engaño se convirtió en certeza instantes después de oler aquel perfume que me regaló unos días más tarde. Su sonrisa empezó a ser definitivamente de idiota después de un corto pero definitivo proceso de parecer de idiota. Desde entonces decidí dedicarme a él plenamente: ahora soy una mujer extremadamente complaciente en todo y con todo; hace meses que apenas pronuncio la palabra “no”, que he dejado de indagar en sus gestos, sus miradas, sus palabras, buscando significados ocultos en significantes carentes de ellos. Hace meses que abandoné la ironía. Mi vida está dedicada enteramente a él. Quiero lograr que sienta un remordimiento total, redondo, absoluto y perfecto, la semilla del odio. Mi madre me dice a veces que se me ve muy feliz.

De cuento

Si tuviera que definirme como lector, no dudaría en hacerlo como lector de cuentos.
También soy fiel a la novela, a esa novela que intenta abarcar toda una vida, pero leer cuentos es entrar en un fragmento, un episodio, un instante de vida que aspira a la eternidad.
Ya nadie menosprecia el cuento como hermano raquítico de la novela, y se reconoce ampliamente que este subgénero narrativo tiene, debido a su economía de medios, unas dificultades que hacen de él algo complejo, y que su complejidad radica precisamente en esa economía.
Es complicado definir qué es un cuento, y más si lo hacemos por oposición a la novela (1). También resulta difícil precisar qué es una novela. Tal vez solo se me ocurra decir ahora que aquél es más antiguo que ésta, y poco más. A veces el cuento se solapa con otros géneros, pensemos —por ejemplo— en los articuentos de Juan José Millás. Si para definir la novela aceptamos que en esta cabe todo, para el cuento digamos que puede ser casi cualquier cosa.
Gabriel García Márquez afirma que “la intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.”
No es cuestión de elaborar ahora una poética del cuento, pero podríamos convenir, para no liarnos demasiado, que un buen cuento es una ficción en prosa de corta extensión, un auténtico reto, en el que prescindiendo de cualquier elemento que no esté al servicio de lo narrado, el lector se vea abocado a un final que sea un auténtico quiebro, de tal manera que el enigma se produzca en la mente del lector y no en el texto. Ahí es nada: que lo pequeño se haga grande. Es por ello que un suceso cualquiera, sin importancia, puede ser el germen de un gran cuento, como han demostrado autores de la talla de Ana María Matute, Luis Mateo Díez, Cortázar, Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile, etc., que supieron entender el cuento como un artefacto narrativo complejo, que incita al lector a descifrar un misterio que está más allá del propio texto. Tal vez por eso sea el cuento la modalidad literaria más inflexible, territorio fronterizo con la novela y la poesía. En muchos cuentos de esos y de otros autores he encontrado historias aparentemente insignificantes e insustanciales que se han convertido en magnífico observatorio de la conducta humana en su insignificancia y su grandeza.
(1) M. Baquero Goyanes, Qué es la novela, qué es el cuento. Universidad de Murcia.