Blogia

Leyendo a la sombra

Cabeza, tórax y extremidades

Cabeza, tórax y extremidades

Hojeando el diario El País de ayer (26 de mayo) me he encontrado con una noticia que a medida que iba leyendo se ha convertido poco a poco en un extraño insecto que emite un ruido que no sabría bien definir. Es negro, y con sus patas se desplaza pesadamente no sé bien a dónde. El día ha terminado de una forma turbia que no había previsto. He leído la noticia con ese cuidado con el que los entomólogos manipulan delicadamente al animal objeto de estudio. He levantado sus élitros y han aparecido malformaciones: redefinición de la tortura, usurpación del lenguaje, subcontratación de la tortura... Creo que estoy ante una mutación. Debería levantar el exoesqueleto, pero no estoy seguro de lo que me voy a encontrar.

CABEZA
Amnistía denuncia que EE UU está redefiniendo la tortura

TÓRAX
Amnistía Internacional denuncia que la guerra contra el terrorismo liderada por EE UU se está llevando por delante 60 años de derecho internacional hasta el punto de que en 2004 dio pasos para "redefinir" la tortura para poder aplicarla. En su informe anual sobre el estado de los derechos humanos, la organización dibuja un panorama sombrío en el que los derechos básicos son laminados "en nombre de los derechos humanos". Y el mundo, sostiene, no es más seguro, sino todo lo contrario: los terroristas llegaron en 2004 a "niveles inauditos de crueldad", según Amnistía.

EXTREMIDADES
Amnistía considera que las prácticas de tortura que en su opinión Estados Unidos ha aplicado a detenidos de la "guerra contra el terrorismo" —en las cárceles de Abu Ghraib (Irak), Bagram (Afganistán) y Guantánamo (Cuba)—, prohibidas por todas las convenciones internacionales, se practican bajo un nuevo "lenguaje administrativo", que aspira a hacerlas admisibles con expresiones como "manipulación sensorial", "posturas estresantes" o "manipulación medioambiental". En Londres, la secretaria general de la organización, Irene Khan, calificó incluso a Guantánamo de "el gulag de nuestro tiempo", informa Reuters.
Amnistía considera que, en 2004, se ha documentado por vez primera la "subcontratación de la tortura" por parte de EE UU hacia países cuyos estándares en la protección de derechos humanos son muy inferiores a los de las democracias occidentales. Con esta política, centenares de presos capturados por EE UU en Afganistán e Irak han sido supuestamente trasladados en cárceles de Marruecos, Egipto y otros países y en algunos casos se les ha perdido la pista, según la prestigiosa organización de derechos humanos.

La carta del librero de la calle Santiago

En una librería de lance de la calle Santiago de Madrid apareció en 1968, entre los documentos exhumados de una vieja herencia familiar, un lote de libros y diversos documentos pertenecientes a una biblioteca de Granada.
La biblioteca había sido vendida unos años antes en veinticinco lotes, de los cuales la mayoría habían ido a parar al Rastro, e incluso alguno terminó en cierto ropavejero de la calle Juanelo, junto a la plaza de Cascorro, y se sabe de otro que acabó sus días en la cuesta de Moyano, como refirió Andrés Trapiello.
El lote incluía copias de dos testamentos; un fajo de cartas, unas veinte, con matasellos de Cuba y fechadas todas ellas en 1934; una colección de los Episodios Nacionales editados en Madrid por Perlado, Páez y Compañía (sucesores de Hernando) en 1906 en bastante buen estado; cuatro tomos del Panorama Español, editados en Madrid en 1845, con grabados, algunos de ellos arrancados; un ejemplar de las Fábulas de Samaniego en verso castellano para uso de las escuelas de instrucción primaria, Madrid, 1878, con diversas anotaciones a pluma; cuadernos escolares de caligrafía; una colección completa de la revista de toros Sol y Sombra del año 1935 y los seis primeros meses del año 1936; 235 fotografías en blanco y negro de toreros, banderilleros, mozos de espada, etc., tomadas en diversas plazas de España, de entre las que destaca una del cadáver de Joselito en la enfermería de la plaza de toros de Talavera de la Reina, y un carné de redactor de la revista taurina Sol y Sombra a nombre de un tal Eduardo Quirós, Arponcillo.
El librero de la calle Santiago, si estaba de buenas y se le ofrecía tabaco negro, contaba al visitante cómo encontró aquella carta entre las hojas del tomo tres del Panorama Español, pura casualidad. Y si estaba más que de buenas, lo que no ocurría frecuentemente, le hacía pasar a lo que llamaba la rebotica y con un viejo y asmático acento argentino le leía quedamente al visitante una carta amarillenta que conservaba entre dos cristales sujetos precariamente con cuatro pinzas de madera, de esas de tender la ropa. Y luego, ceremoniosamente, le pasaba con cuidado los dos cristales y le decía: óigame, decía, la carta reza así, lea, hombre, lea. Y en la rebotica resonaba la carta:
..................
mi muy querida Adela: antes de na quiero que sepas que esta carta me la escribe la Maria el hama de la casa del señorito Federico. su familia me tiene aqui en la guerta y no me deja volver al pueblo pues dicen que otra vez tu madre no herrara el tiro. le contao todo al señorito Federico. que yo quiero volver pa verte pa tenerte entre mis brazos a tumbarnos en la paja del corral pa mirar el zielo. con el señorito Federico me quedo hablando por la noche cuando la luna se afila y sentintan de plata las palabras como dize el señorito. yo le cuento muchas cosas y el se rie, se rie. yo le digo que me enseñe a decir te palabras de amor y el se rie y me habla del agua de los peces de los pozos de tus ojos tus ojos que me beben cuando me miran y palabras desas que yo no entiendo. y el me dice hablame de la Adela romano y yo le hablo de ti y la sangre me se calienta y me buye en la boca y no cayo lo que deviera y siento como si yo no fuera yo como si fuera otro que sesale de mi por la boca pa ir a buscar te, y no se porque y macuerdo de mi yegua y de lo que aqueya noche mis ojos vieron cuando te vieron y que ya no olvidaran. solo quiero mas que dicirte esto de mi boca y de mis manos que dice el señorito Federico

La expiación de la culpa: la ley del talión se abatió sobre Alemania

Se reflexiona en La Librería (Deutsches Réquiem, del 20 de mayo) sobre los terribles bombardeos de la aviación aliada sobre ciudades alemanas como Hamburgo, Dresde, Colonia, Nuremberg o Berlín entre 1942 y 1945 (en la madrugada del 27 de julio de 1943 Hamburgo se derrite, literalmente, bajo un mar de llamas, mueren unas 200.000 personas).
La cuestión apenas se abordó en los años inmediatamente posteriores al final del conflicto por los escritores e intelectuales alemanes. Parece como si esta especie de amnesia colectiva estuviera justificada, pues se trataba de un merecido castigo a un pueblo que había asesinado y maltratado a millones de personas en los campos de concentración, luego no se podían pedir cuentas a las potencias vencedoras: a la destrucción se respondió con destrucción. Vistas así las cosas, se instaló en la conciencia del pueblo alemán la idea de que los bombardeos aliados eran en cierta manera merecidos. El pago de la culpa.
En el magnífico ensayo Sobre la historia natural de la destrucción Sebald recuerda que en agosto de 1942 la ciudad de Stalingrado, que en aquellos momentos rebosaba de refugiados fue bombardeada por mil doscientos aviones, y que durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que estaban en la otra orilla del Don, 40.000 personas perdieron la vida.
No nos extrañemos, nadie dudaría hoy en día de que el mariscal Göring habría arrasado Londres si hubiera tenido medios técnicos para ello. Cuando Churchill expresa en alguna ocasión sus escrúpulos por los horribles bombardeos sobre ciudades abiertas, Sir Arthur Harris, comandante en jefe del Bomber Command lo tranquiliza diciéndole que sólo se estaba produciendo una justicia poética más alta. El justo castigo, la expiación de la culpa.
Las preguntas que uno se hace son varias: ¿cómo podemos justificar estos ataques aéreos sobre ciudades que carecían de interés estratégico? ¿Cuánto de venganza llegó a haber en esas misiones aéreas?
En el exhaustivo libro El incendio el historiador militar Jörg Friedrich llega a una rotunda conclusión: hubo una planificada decisión de arrasar las ciudades y causar el mayor daño posible entre la población civil para socavar la moral de esa población.
Pero leamos con atención estas palabras de Sebald: la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción.
El libro de Sebald, es un perfecto complemento al de Friedrich y una lectura imprescindible para entender esta cuestión histórica.
Sobre la historia natural de la destrucción, W. G. Sebald. Edit. Anagrama, Barcelona 2003.

Fin de año

Aquel treinta y uno de diciembre, contra lo acostumbrado, no recibí la llamada de mi padre, sino la de mi hermano. Soy tu hermano -–me dijo–-, papá ha muerto, pero no te entristezcas, la tristeza es un sentimiento denso, pastoso y mineral que sólo te hará sentir tristeza; tampoco te molestes en venir, ya sabes lo que papá pensaba de ti; ahórrate las flores, papá las detesta, y el viaje e intenta superarlo. Después calló. Me quedé unos momentos a la escucha, sin oír nada y, a pesar de ser hijo único, colgué el teléfono sin sentir desazón. No, no sabía con certeza lo que mi padre pensaba de mí, pero me alivió intuirlo por las palabras que escuché a través del auricular. Haber ido al funeral sólo por compromiso hubiera sido algo insoportable. Lo que me sorprendió fue lo de las flores. No sé bien por qué, pero suponía que a mi padre le encantaban, en especial las rosas. Desde ese día espero que mi hermano me vuelva a llamar para agradecerle sus palabras. Seguro que mi padre, a pesar de que no le mandé flores, no esperaría otra cosa de mí.

Canciones de amor en Lolit’as Club

Me considero un lector de novelistas, es decir, si leo algo que me gusta especialmente de un autor determinado, leo otros títulos del mismo autor, e incluso llego a leer todo o casi todo del mismo. A eso es a lo que me refería cuando hablaba de lector de novelistas. Es lo que me ha ocurrido con escritores como Miguel Delibes, Juan Marsé, Luis Mateo Díez, Rafael Chirles y alguno más.
Así he podido conocer la mayor parte de la obra y la trayectoria de estos autores, es cierto, pero también me he cuestionado en alguna ocasión por qué los leo, y si no tendré con ellos una cierta relación de servidumbre, pues el hecho de que determinados textos de un autor me hayan gustado mucho, esto no presupone automáticamente que todo lo que escriba me vaya a gustar necesariamente.
Canciones de amor en Lolit’as Club es la última novela de Juan Marsé,un novelista y cuentista excepcional, uno de mis autores preferidos. Recuerdo especialmente la primera obra suya que leí, en septiembre de 1977: Si te dicen que caí. Esa novela me enganchó totalmente a este autor, y luego he ido leyendo todo lo demás. Un solo título me condujo a toda una obra. Una obra que ha ido creciendo y madurando con los años hasta convertirse, en mi opinión, en una de las mejores de la narrativa española actual; con títulos impagables como La oscura historia de la prima Montse, Ronda del Guinardó, Últimas tardes con Teresa, El embrujo de Shanghay, Rabos de lagartija y los cuentos de Teniente Bravo.
La novela que ahora publica tiene el sello Marsé, indudablemente, pero no me ha parecido que esté a la altura de las citadas anteriormente, especialmente la publicada con anterioridad a esta: Rabos de lagartija, una obra maestra. Tal vez el origen del texto, un guión cinematográfico, haya sudo un lastre para la novela, convencional y previsible en algunas ocasiones.
La novela narra básicamente una historia de perdedores. Un policía que participó en la lucha contraterrorista, expedientado ahora por sus violentos métodos, viaja a Cataluña, donde reside su familia. Allí se reencuentra con su hermano gemelo, un disminuido psíquico al que siempre protegió, y que ahora trabaja en un club de alterne. El policía es objetivo de ETA y de los narcotraficantes gallegos que trafican con prostitutas sudamericanas. La historia se va construyendo en torno al tema del doble antagónico, el hermano brutal y despiadado y el disminuido con un carácter infantil. El personaje de Raúl, el policía, me parece demasiado plano, poco rico en los matices a los que nos tiene acostumbrados el autor. Con todo, el texto lleva el sello Marsé, la cual ya es una cierta garantía, y se deja leer, aunque personalmente prefiero la novela anterior: Rabos de lagartija, una novela excepcional.
Los lectores de Marsé esperábamos, tal vez, una novela de más aliento, de esas que, como dijo Kundera, son fáciles de leer y difíciles de entender. Esta de ahora no decepciona, y no hablo como lector complaciente, pero para leer al mejor Marsé habrá que esperar a la próxima vez.

Un antropólogo en Marte

A propósito de la noticia del pianista que apareció cerca de una playa en el sur de Inglaterra, he recordado este libro (*) del neurólogo inglés Oliver Saks, autor del espléndido El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Un antropólogo en Marte contiene lo que Saks denomina “relatos paradójicos”, siete historias en las que se nos refiere el potencial creativo de ciertas enfermedades, historias de pacientes en los que los desórdenes neurológicos (amnesia, autismo, etc.) no les han impedido su relación con ciertas formas artísticas o con su trabajo, como el caso del pintor que a causa de un accidente de coche se queda ciego al color (acromatopsia cerebral) y sólo ve en blanco y negro, lo que incide en su nueva manera de entender el mundo; o el de un cirujano que era capaz de operar a pesar de padecer el síndrome de Tourette, caracterizado por tics convulsivos, mímica involuntaria o repetición de las palabras o los actos de los demás, y por pronunciar de una manera involuntaria o compulsiva maldiciones u obscenidades (algunos suponen que Mozart lo padecía); o el caso de Temple Grandin, una autista que es licenciada en zoología, da clases en la universidad y que diseña y construye instalaciones agrícolas. En fin, casos insólitos y verdaderamente apasionantes narrados con un estilo ameno, un libro que al lector a la sombra le pareció fascinante.

El pianista de la playa

El pianista de la playa

Los periódicos daban cuenta recientemente de la aparición el pasado 7 de abril en una carretera de una ciudad del condado de Kent, cerca de una playa, al sur de Inglaterra, de un hombre elegantemente vestido, con las etiquetas de sus ropas cortadas y que no decía palabra alguna. Cuando la policía se acercó el hombre se asustó pero dejó que se lo llevaran. Nervioso y desorientado, fue conducido al hospital marítimo de Medway, donde, en un intento de comunicarse con él, le dieron lápiz y papel y el hombre dibujó un piano de cola y una bandera sueca. Lo llevaron a la capilla del hospital y cuando vio el viejo piano se sentó y comenzó a interpretar música clásica durante cuatro horas. Desde entonces sólo toca el piano y continúa sin hablar, incluso escribe en papel pautado sus propias composiciones. Ahora, en un intento de averiguar quién es este hombre se ha hecho pública su fotografía, después de que intérpretes de varias lenguas intentasen hablar con él. El Piano Man, como le llama la prensa británica, sigue siendo un misterio y de él nada se sabe todavía.
Los médicos del hospital desconocen qué es lo que ha llevado a este hombre a su actual situación pero por sus reacciones afirman que está angustiado y deprimido y su estado es de máxima ansiedad. Sólo se relaja frente al piano, que toca como un virtuoso, y del que hay que separarle casi a la fuerza.
Me pregunto qué experiencia traumática habrá provocado en este hombre esa amnesia de la palabra, que no de la música. No se expresa con la palabra, pero lo hace con sus manos recorriendo las teclas del piano. En su cerebro, el área del lenguaje oral ha enmudecido, pero no esa otra parte del lenguaje musical.
Para nosotros es un hombre sin pasado, pues no puede hacer un relato oral de lo vivido, y eso nos resulta inquietante. Queremos saber quién es, pero también quién ha sido —recuerdo ahora las palabras de Paul Valéry: la memoria es el porvenir del pasado—, por ello encontramos el sentido del presente en el pasado. Los médicos se preguntan si habrá sufrido algún tipo de trauma que le haya llevado a esta situación, pero también deberíamos preguntarnos si en su cerebro no ha tenido lugar alguna alteración neurofísica, alguna clase de tumor, por ejemplo, que haya originado alteraciones en su mente.

Vamos a leer La velocidad de la luz

Les he propuesto a mis alumnos de 4º de ESO (16 años) para este mes de mayo la lectura de la última novela de Javier Cercas. De este autor ya había leído El inquilino y Soldados de Salamina, ambas me gustaron. Esta última me ha parecido una novela excelente y creo que a algunos de mis alumnos les puede llegar a gustar.
Cuando en clase recomiendo la lectura de algún libro intento dejar claro que las razones que aduzco son estrictamente de índole personal, procuro razonar por qué me ha gustado tal o cual obra, cuáles son las bondades que a mi juicio tiene y por qué recomiendo su lectura. Insisto en que quede claro que uno se mueve por sus propias apreciaciones, y cuando planteo una lectura intento que los lectores sepan qué vamos a leer y qué podemos encontrar ahí.
Anteriormente, a este grupo de 4º les di la posibilidad de elegir entre La metamorfosis, Crónica de una muerte anunciada o Los cachorros. La mayoría se decantó por Kafka, una parte importante leyó a Gabriel García Márquez, y sólo una alumna leyó a Vargas Llosa.
Ahora les he dicho que la decisión corría de mi cuenta y todos van a leer La velocidad de la luz.
Algunos me han preguntado por qué vamos a leer esta novela, y, entre otras consideraciones, les he dicho que vamos a leerla porque en ella se plantea un interesante viaje, un recorrido, y porque en ese viaje la novela se orienta hacia la explicación de un yo, el de un narrador que nos habla sobre la escritura. Es una novela en la que se reflexiona sobre hacer una novela, sobre la escritura. Y también es la novela de una amistad, la del narrador con un excombatiente de Vietnam, que recorrerá toda la obra. Se trata de una novela de indagación psicológica, en la que se construyen y reconstruyen dos mundos principales, el del narrador-escritor y el del excombatiente, además de otros mundos de menor rango. Y la percepción de ese universo narrativo es toda una prueba para el lector.
Ya sé que es un reto leer y entender esta novela, pero puede ser placentero enfrentarte a un texto complejo y llegar a entenderlo. Leer es un arte, como afirma José María Merino, un arte que se construye leyendo y en el que influye poderosamente el contagio, pues sólo los buenos lectores pueden transmitir el encantamiento de la lectura y despertar su gusto en los jóvenes (*). En fin, ya veremos si lo que tengo de lector ha sabido contagiar ese entusiasmo a una parte de mis alumnos y son capaces de entrar en algunos interticios de esta novela y disfrutar con su lectura.

(*) "Leer, aventura y arte" en Ficción continua, edit. Seix Barral, Barcelona 2004.