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Leyendo a la sombra

Tu quoque

Allí, tumbado en el suelo, mientras se le entra la muerte entre sus manos y su perfil blanquecino apenas deja ver la mueca de sonrisa, lo que va dejando de ser su cuerpo dibuja como un quiebro en la acera de los pares de la Gran Vía. Los que le rodean, ejecutantes rituales de esa coreografía de tubos, inyecciones de adrenalina y cables, no saben que este es el último lance del Bolerito, torero fracasado, aficionado al latín desde sus años mozos en Sevilla y lector de Julio César. Él mismo se quitó la navaja, le dice el policía al médico, que suelta en la acera los guantes que ya no son blancos. Cuando el Bolerito se llevó las manos al costado se acordó de las clases de latín de don Luis, allí, en su Sevilla, y cuando supo que de esta no salía dijo, sonriendo apenas, ¡me has jodido, tío! El conductor de la ambulancia ha apagado los destellos naranjas y enciende un cigarrillo. La muerte vuelve a ser otra vez del color de la noche, pero esto ya no lo sabe el Bolerito.

John Boyne, El niño con el pijama de rayas

John Boyne, <em>El niño con el pijama de rayas</em>

Entre los libros de ficción más vendidos en las últimas semanas está El niño con el pijama de rayas, de John Boyne (Dublín, 1971). Es una novela que tiene como tema el Hocausto, pero esta vez la novedad está acaso en que el texto va dirigido a jóvenes lectores.

    Ahora que han visto la luz en estos días las novelas Las benévolas, de Jonathan Littel (Edit. RBA. Barcelona, 2007. 992 páginas) y Los hundidos, de Daniel Mendelshon (Edit. Destino. Barcelona, 2007. 709 páginas) y con el recuerdo todavía fresco de Suite francesa, la magnífica novela de Irène Nèmirovsky, no deja de resultar cuando menos curioso que esta novelita, de poco más de doscientas páginas y dirigida a un tipo de lector tan concreto, se haya encaramado al número uno de la lista de ventas de las últimas semanas.

    El niño con el pijama de rayas es una novela bastante plana, con un lenguaje deliberadamente infantil, en la que se narra la historia de Bruno, un niño de nueve años cuyo padre es un militar de alta graduación en el ejército alemán. Bruno vive con sus padres y su hermana Gretel en Berlín, protegido por esa seguridad de pertenecer a los elegidos, aunque él no sepa muy bien qué significa eso. Pero un día su padre, que es uno de esos elegidos para los que está reservado el porvenir, es trasladado por “el Furias” como jefe a un extraño lugar, lejos de la ciudad, feo y gris, en mitad de ninguna parte, que el niño llama "Auchviz". Cuando Bruno mira por la ventana ve una alambrada, ya no ve las calles y jardines de Berlín que tanto le gustaban. Aburrido, decide investigar por su cuenta, pues es un auténtico explorador al que le interesa conocer qué hay detrás de esas alambradas, en donde ha visto a hombres vestidos con un pijama de rayas. Es así como encuentra a Shmuel, un niño de su misma edad, con el que se verá a escondidas, ya que Bruno solo quiere tener un amigo con el que jugar. Esos encuentros casi diarios terminarán en un final que quiere ser sorprendente, y que no hace falta ser muy perspicaz para intuir.

    Si el lector busca el impacto del campo de concentración en un niño, o el despertar a una realidad brutal y criminal y por tanto incomprensible, o la toma de conciencia, no lo encontrará en el texto, pero lo puede añadir en su lectura. La contextualización de lo narrado no es difícil.

    Una buena parte del mérito de esta novela está en haber acercado el tema de la Shoá a los lectores jóvenes —que muy posiblemente se acerquen también al diario de Ana Frank—, y tal vez haga nacer en ellos un interés por esta cuestión que les lleve más adelante a leer otro tipo de libros. Por otra parte, el autor tampoco es un superviviente, como ocurre con estos textos, pero lo que realmente hace falta es saber contar una historia con una mínima dosis de talento, y eso sí parece que lo hay en John Boyne.

    Lo literario de esta novela (y he de reconocer que no es mucho) no le viene de la mezcla entre verdad y ficción, como reclama Jorge Semprún, para que el lector no sólo se informe sino que comparta los sentimientos de los testigos. Aquí todo es ficción, pero el fondo en el que late la historia es verdad.

    Lo meritorio del texto, repito, es acercar el tema del Holocausto a los jóvenes a partir de los trece o catorce años; y por las cifras de ventas, se evidencia claramente que el libro también está llegando a un público adulto. Me pregunto si este público no se dejará conmover excesivamente por lo que de sentimental hay en el texto y será capaz de llegar a una reflexión más profunda y a otras lecturas y comprenderá lo que Annah Arendt denominó la banalidad del mal.

    Pero esto ya es otro debate, mucho más complejo, que abarca a otras representaciones artísticas de la barbarie nazi: ¿es posible poder representar lo que fue el Holocausto con películas como La lista de Schindler (1993) o también es posible hacerlo con La vida es bella (1997)?

    Este dilema lo podríamos trasladar perfectamente a la Literatura. No obstante, hemos de reconocer algo indubitable: la contribución al conocimiento y comprensión del Holocausto de la película de Spielberg, que ha dado lugar a toda una representación mental del mismo.

    La francesa Charlotte Delbo puso estas palabras al frente de su monumental Auschwitz y después (Edit. Turpial. Madrid, 2004. Tres volúmenes): “Hoy no estoy segura de que lo que he escrito sea verdad. Estoy segura deque es verídico.” Que el lector atento no lo olvide.

    Como contrapunto, en este video pueden ver al “Furias” en su refugio de verano, el Nido del Águila. Sonrisas, sol, aire puro, charlas, paseos…

 

John Boyne, El niño con el pijama de rayas

Edit. Salamandra. Barcelona, 2007.

219 páginas. 12.50 €.

 

 

¿Problemas con el libro?

    Ciertamente, es fácil imaginar los problemas que algunos torpes monjes tuvieron que tener en los primeros momentos de la llegada del libro a los monasterios. Por ello, no es de extrañar que se tuviera que crear la figura del monje ayuda de escritorio.


Cormac McCarthy, La carretera

Cormac McCarthy, <em>La carretera</em>

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico, se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y ne­gro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca del gour y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña. Balanceaba su cabeza a ras del agua como para captar el olor de aquello que no podía ver. Agazapado allí, pálido y desnudo y translúcido, sus huesos de alabastro grabados en sombra en las rocas que tenía detrás. Sus intestinos, su palpitante corazón. El cerebro que latía dentro una empañada campana de cristal. La criatura movía la cabeza de lado a lado y luego soltaba un gemido grave y daba media vuelta y dando tumbos se alejaba silenciosamente hacia la noche.

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Se levantó con la primen luz gris y dejó al chico durmiendo y caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur. Árida, silenciosa, infame. Debía de ser el mes de octubre pero no estaba seguro. Hacía años que no usaba ca­lendario. Irían hacia el sur. Aquí era imposible sobrevivir un invierno más.

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Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Exa­minó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árbo­les muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

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Cuando volvió el chico seguía durmiendo. Retiró la lona de plástico azul que lo cubría y la dobló y la llevó al carrito de su­permercado y la metió dentro y regresó con los platos y unos copos de avena en su bolsa de plástico y una botella de plástico de sirope. Extendió en el suelo la pequeña lona que les servía de mesa y colocó las cosas y se sacó la pistola del cintu­rón y la dejó sobre el mantel y luego se quedó mirando cómo dormía el chico. Se había quitado la mascarilla por la noche y estaba sepultada bajo las mantas. Observó al chico y miró entre los árboles hacia la carretera. Ese lugar no era seguro. Ahora que era de día podían verlos desde la carretera. El chico se movió. Luego abrió los ojos. Hola papá dijo.

Aquí estoy.

Ya lo sé.

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Una hora después estaban en la carretera. Él empujaba el carri­to y entre los dos cargaban las mochilas. En las mochilas ha­bía cosas básicas. Por si tenían que abandonar el carrito y echar a correr. Asegurado al asa del carrito había un retrovisor de motocicleta que él utilizaba para mirar la carretera a sus es­paldas. Se subió un poco más la mochila y observó el campo devastado. La carretera estaba desierta. En el pequeño valle la serpiente todavía gris de un río. Inmóvil y precisa. A lo largo de la orilla unos carrizos secos. ¿Estás bien?, dijo. El chico asintió con la cabeza. Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro.

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   Así comienza La carretera, la última novela del escritor estadounidense Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933), premiada con el Pulitzer de este año. Frío, luz gris. Árboles muertos.

   Ante los ojos del lector se despliega una sencilla y tremenda historia, la de un padre, de unos cuarenta años, y su hijo de ocho, que recorren a pie una carretera interestatal de Estados Unidos camino del sur, donde esperan encontrar posibilidades de sobrevivir. Van buscando el mar y rehuyen las zonas abiertas en un paisaje desolado, donde no hay vegetación, sólo árboles muertos, ríos de color gris ceniza, casi minerales. El cielo está oscuro y apenas se distingue la luz del sol. Con frecuencia llueve y nieva. El frío parece invadirlo todo. Por equipaje llevan mochilas y un carrito de supermercado, eso son todas sus pertenencias.

   No sabemos con exactitud qué ha ocurrido, pero es fácil conjeturar que la acción transcurre en un mundo en el que se ha producido un holocausto nuclear y el padre y el hijo, no los conoceremos de otra manera a lo largo de la novela, son supervivientes buscando un destino en el que apenas creen. Otros como ellos también vagan por carreteras y caminos robándose las pocas cosas que transportan, incluso algunos practican el canibalismo.

   El hombre lleva una pistola, con dos únicas balas, su única defensa frente a los malos, esos que cubiertos de harapos y famélicos vagan al acecho de otros. El hombre y su hijo son los buenos, y creen que en alguna aparte podrán encontrar a otros como ellos. En esa búsqueda atraviesan ciudades desiertas, esquilmadas. “No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero”. Baten las calles como zapadores en busca de comida o cualquier cosa que les pueda servir, un trozo de plástico, una chaqueta vieja, un destornillador. Los objetos poseen otro valor. El hombre está enfermo, tose sangre, pero no deja que el desánimo venza a su hijo.

   La carretera es más que una novela de ciencia ficción, más que un texto épico de carácter simbólico. Aunque tal vez también sea todo eso. Lo que sí es cierto es que es su lectura no deja indiferente. Poderosa, escrita con un estilo de frase corta, sin ninguna complicación sintáctica, en breves párrafos, con diálogos concisos, casi al borde del silencio, este libro se levanta poco a poco hasta la cima de los grandes textos.

   Una novela que atrapa poderosamente al lector, que lo introduce en su mundo sin cartas marcadas: aquí no hay ni trampa ni cartón, no hay concesiones. Novela del conocimiento, pues como afirma Martin Amis, todo escritor sabe que la verdad está en la ficción. Con esta novela, el lector también. El final, una sorpresa.

   No se la pierdan por nada. La carretera les está esperando.

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Cormac McCarthy, La carretera

Edit.Mondadori. Barcelona 2007

210 pág. 18.90 €

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Harry Thompson, Hacia los confines del mundo

Harry Thompson, <em>Hacia los confines del  mundo</em>

Hacia los confines del mundo

Harry Thompson

Edit. Salamandra. Barcelona 2007

823 páginas. 24.50

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Kant afirmó en el siglo XVIII que “la Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración”.

Ciertamente, es en el siglo XVIII cuando surgen las bases de la nueva mentalidad que alumbrará los grandes cambios que se van a producir en el XIX, siglo en el que esa nueva mentalidad dará importantes frutos en el plano científico-especulativo, de suerte que la nueva laicidad empieza a arrinconar a la Iglesia frente a la mayoría de edad que suponen los descubrimientos y avances científicos llevados a cabo en esta centuria por hombres como Charles Darwin.

Las nuevas teorías surgidas a la luz de la ciencia experimental hubieron de enfrentarse con una Iglesia que, con auténtico encono, no se resignaba a dejar de imponer su visión del mundo. No obstante, la realidad era imparable, y la instauración de la ciencia moderna, así como lo que entendemos por comunidad científica, se fraguó definitivamente en el siglo XIX.

Un acercamiento a ese alumbramiento es lo que nos relata Hacia los confines del mundo, la magnífica novela del escritor inglés Harry Thompson (Londres, 1960-2005), finalista del Premio Broker Price: el viaje del bergantín británico Beagle, capitaneado por el capitán FitzRoy, un joven marino de 26 años, y en el que también está embarcado como filósofo naturalista el joven Charles Darwin, un hombre de 22 años que aspiraba a convertirse en clérigo. El barco recorre los procelosos mares que bañan las costas de Tierra del Fuego, azotadas por temerosas tormentas que ponen a prueba la resistencia del barco y sus tripulantes.

El viaje del Beagle, que duró cinco años, alrededor del mundo por mares y tierras desconocidos, tenía por objeto cartografiar las lejanas costas de Tierra del Fuego, pero dio origen, además, a un libro que revolucionó el pensamiento científico de finales del XIX y supuso un cambio en la mentalidad de la época, El origen de las especies. La Biblia ya no servía para explicar el mundo, y afirmaciones hasta ese momento incontrovertidas, como el Diluvio Universal o la creación de Adán y Eva, eran ahora puestas en tela de juicio con un radicalismo científico incuestionable. La minoría de edad del hombre se da definitivamente por terminada. El mundo ya no va a ser el mismo.

En la lectura de la novela asistimos a un viaje del que sus personajes protagonistas, el capitán y el naturalista, no saldrán indemnes, sino que de alguna manera experimentarán un profundo cambio que les convertirá en otros. El relato del viaje exterior por los mares que el bergantín surca, y el interior, que se opera en la mente de los protagonistas, está narrado con auténtica maestría y constituye uno de los alicientes de esta novela, que la convierten en un texto indispensable para el degustador de la buena literatura.

Uno de los pilares fundamentales de la historia es el enfrentamiento dialéctico entre FitzRoy y Darwin. El capitán es un ferviente creyente, lector de la Biblia, convencido del poder creador de Dios, y ve en el registro fósil una prueba irrefutable del Diluvio Universal. Se aferra constantemente a sus convicciones, y llega incluso a enfrentase al naturalista en agrias discusiones que ponen constantemente en peligro una amistad que terminará en el enfrentamiento y la distancia.

Darwin, por su parte, es un naturalista auténtico, siente una insaciable curiosidad por todo lo que ve, acumula datos, colecciona especimenes y analiza todo, y llega incluso a asustarse ante la grandiosidad de su hallazgo. A pesar de que inicialmente su deseo era ser un buen clérigo, ve cómo poco a poco el edificio de su fe se desmorona, y sus descubrimientos refutan palmariamente la teoría creacionista. Sabe que el mundo ya no será igual, y entiende que su teoría de la lógica de la evolución basada en la selección natural de las especies contribuirá de manera decisiva al desmantelamiento de los postulados cristianos vigentes hasta entonces. Cuando regresó a Inglaterra, se sorprendió por la fama que había adquirido entre la comunidad científica, debido a que una parte importante de su trabajo había sido publicado por intermedio de sus maestros, con quienes mantuvo una abundante correspondencia durante el viaje. Desde ese momento Darwin inició el largo camino hacia la publicación de su obra fundamental, El origen de las especies (1859). La obra tuvo un impacto inmediato, tanto en Inglaterra como en el resto del mundo, a través de la rápida distribución de sucesivas ediciones. Esta situación expuso a Darwin a un amplio sector de la sociedad europea y a la Iglesia de Inglaterra, los que pasaron a participar del debate sobre sus ideas acerca del origen del hombre. Por cierto, las teorías darwinistas tardaron aún un tiempo en llegar a España, y hasta 1876 no se pudo leer en español El origen del hombre. Un año después, en 1877, se tradujo El origen de las especies. Si bien la Constitución española de 1876 declaraba el estado español como confesional y católico, en ese mismo año nacía la Institución Libre de Enseñanza, que desde el principio incluía en sus programas educativos de Ciencias Naturales las teorías evolucionistas.

Pero la novela no se reduce únicamente a ese enfrentamiento entre ciencia y religión. El lector encontrará y disfrutará de otras cuestiones de no menor interés, tales como el colonialismo, el racismo, la independencia de los territorios americanos de habla hispana, la evolución del conocimiento en el siglo XIX, cuestión esta magníficamente narrada en el trabajo que lleva a cabo el capitán FitzRoy en los últimos años de su vida, incluso a sus expensas, acerca de la predicción meteorológica, o la historia de Fuegia Basket y Jemmy Button, los fueguinos que el capitán llevó a Inglaterra, donde se asimilaron a las costumbres de la época, y que luego fueron devueltos a su tierra, en un retorno a sus orígenes del que tampoco salieron indemnes.

El autor sabe conducir con mano experta y apasionada el viaje del capitán y el naturalista, un viaje que los conducirá a puertos distintos, como era de prever. Pero el lector atento no debe pasar por alto los sutiles matices que la historia narrada encierra, y que le llevarán a preguntarse en los momentos últimos de la narración si acaso no llegó el capitán a intuir de alguna manera que él era uno de los pilares de un edificio que se desmorona y que lo arrastra en su caída hacia el nacimiento de un mundo nuevo. Ya sabemos que plantear preguntas es un privilegio de los buenos libros.

La historia, narrada linealmente, se nos ofrece como basada en hechos reales acaecidos entre 1828 y 1865. El autor añade al final de la narración un epílogo, en el que se da cuenta de los avatares históricos en lo tocante al capitán FitzRoy, al Beagle, a los fueguinos, etc.,  que acerca al lector a los aspectos históricos en los que se sustenta una gran parte de lo narrado. A este epílogo le sigue una página de agradecimientos y, por último, una abundante bibliografía consultada para la elaboración de la novela.

Vale la pena decidirse a emprender este viaje que es mucho más que un viaje, e izar las velas de esta novela. Que no dude el lector que el recorrido le será plenamente satisfactorio, y la llegada a puerto lo pondrá del lado de la lectura, del disfrute del placer de leer.Todo un festín para aquellos que gustan de la buena literatura. Déjense salpicar por la espuma de las olas que levanta el Beagle.

Ignacio Echevarría, Desvíos

Ignacio Echevarría, <em>Desvíos</em>

Ignacio Echevarría, Desvíos.

Ediciones Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2007.

250 páginas. 26 €.

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    Ya se ha hablado en alguna ocasión en este blog de Ignacio Echevarría (vid. el artículo Novela, mercado y el nuevo concepto de lector, del 3 de junio de 2005).

    Como bien saben, Echevarría protagonizó muy a su pesar uno de los escándalos periodísticos de los últimos años con su salida intempestiva del suplemento “Babelia”, del diario madrileño El País, en diciembre de 2004 ( aquí pueden leer la carta que el crítico dirigió a Lluís Bassets, por entonces director adjunto del diario y otros textos útiles apara la comprensión del caso). Si hacen un poco de memoria, recordarán que todo el asunto tuvo su origen en una reseña que el crítico publicó en Babelia sobre la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista.

    En dicha reseña, Echevarría empezaba diciendo que “le resulta difícil al crítico reponerse del estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta trabajo creer que, a estas alturas, se pueda escribir así. Cuesta aceptar que, quien lo hace, pase por ser para muchos, mascarón de proa de la literatura de toda una comunidad, la del País Vasco, cuya situación tan conflictiva reclama, por parte de quien se ocupa de ella, el máximo rigor y la mayor entereza”.

    Lo cierto es que, polémicas aparte, Echevarría, uno de los críticos más solventes e independientes de la actualidad, y supongo que más que harto de todo este asunto, últimamente publica sus textos en la Revista de Libros del diario El Mercurio, de Santiago de Chile.

    Esa estancia por tierras de Hispanoamérica ya ha dado sus frutos. Se acaba de publicar un nuevo libro de este autor que de alguna manera viene a completar al anterior (Trayecto. Edit. Debate, Barcelona 2005). Este nuevo texto, titulado Desvíos. Un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana, ha sido publicado por la Universidad Diego Portales en la colección “Huellas”, y consta de un ensayo inicial, titulado “Una narrativa sin territorio”, un conjunto de reseñas de obras de autores latinoamericanos, todas ellas publicadas en el suplemento “Babelia”, un grupo de columnas y  artículos  sueltos publicados en la prensa chilena y tres conferencias: “Bolaño extraterritorial”, sobre Roberto Bolaño; “Un escritor mutante”, sobre Rodrigo Fresán; y una sobre Nicanor Parra.

    Creo que el criterio del editor a la hora de agrupar los textos confunde al lector y no aporta la información propia de una publicación como esta. El libro se articula en cuatro grandes bloques, precedidos de una introducción a cargo de Roberto Brodsky y una nota del autor, en el primero de los cuales se entremezclan las reseñas y las conferencias. En ninguno de los textos se hace referencia a su procedencia, y no aparecen ni la fecha de publicación ni el medio en el que se publicaron. Tampoco se precisa el ámbito y la fecha en que se dieron las conferencias. Sin embargo, sí hay un índice de los autores y libros comentados, así como un completo índice onomástico (éste, por cierto, se echaba de menos en Trayecto).

    Si el lector ha seguido la trayectoria del autor y leyó su anterior obra, se sentirá encantado de visitar este nuevo territorio, especialmente con los textos del último bloque, el IV, dedicados al oficio del crítico, muy reveladores del pensamiento y la actitud del autor, y con títulos muy significativos: “Los caníbales los prefieren jóvenes”, “Crítica y dolor”, “Crítica y dureza”, “Trece” y “Crítica y autoridad”. Todos ellos fundamentales para entender el posicionamiento de Echevarría y su actitud ante la literatura y un excelente colofón a todo lo anterior. En este sentido, el autor creo que no defrauda, no hay desperdicio ninguno.

    Y si ustedes al leer literatura creen, con el autor, que “lo propio de la literatura es sondear lo inhóspito, y nuestra obligación como lectores es ser hospitalarios con ello'', y están con Walter Benjamin en que “la crítica es una cuestión moral (…). En las manos del crítico, la obra de arte es el arma blanca en el combate de los espíritus”, este libro no les defraudará y les deparará buenos ratos de lectura e interrogantes. ¿Quién da más? 

Haruki Murakami, Kafka en la orilla

Haruki Murakami, <em>Kafka en la orilla</em>

Haruki Murakami, Kakfa en la orilla.Traducción de Lourdes Porta.Edit. Tusquets,  Barcelona 2006.

584 páginas. 24 €.

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   En pleno siglo XVI (las tres primeras ediciones conservadas datan de 1554) aparece en España la novela La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, que inaugura la picaresca.

   La primera palabra con la que el lector se encuentra en el prólogo de la novela es Yo, de tal manera que el texto sorprende desde su mismo arranque con esta identificación entre la voz del narrador y la del personaje.

   En la España de la época, el autor anónimo elige esa visión personal sustentada en ese yo implacable para dar justificación y cuenta al lector de una determinada manera de pensar y de vivir, que se compadece mal con los brillos áureos de la imperial España de la época. Por primera vez, la España real se manifiesta frente a la oficial sin amaneramiento alguno en la línea de estilo que propugnó Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua: “el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo”.

   El prólogo de la novela empieza así: “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite” (página 3 de la edición de Francisco Rico en la editorial Cátedra, Letras Hispánicas nº 44. Madrid 1992). El autor, aun sabiéndose dentro de la convención literaria, parece plantear la posibilidad de una doble lectura de la novela, una superficial y otra en profundidad. Toda una declaración de intenciones, si dejamos al margen ese pequeño asomo de presunción inicial.

   Esto es también, indudablemente, un signo inequívoco de modernidad. Una lectura rápida, superficial, que no vaya más allá de los aspectos más evidentes del texto, es una lectura pobre por pasiva. Por el contrario, cuando el lector aborda la obra con una intención crítica, de lector activo, se sitúa en un nivel de lectura profundo, analítico. Es decir, construye el texto y de alguna manera el texto lo construye a él en un intercambio de significados que puede llegar a ser realmente complejo.

   Todo lo cual nos lleva a otra cuestión no menos trascendente: la existencia de buenos lectores que sean capaces de enfrentase a buenos textos y profundizar en su lectura; en definitiva, ir más allá del mero deleite como indicaba el autor anónimo del Lazarillo. Pero esta cuestión trasciende el objeto de este comentario. No obstante, si les apetece reflexionar sobre ello, lean este interesante e inquietante artículo del crítico Ignacio Echevarría.

   Tal vez estas digresiones iniciales le sirvan de algo al lector que decida enfrentarse a la lectura de Kafka en la orilla, la última novela de Haruki Murakami.

   Abordé la lectura de esta novela de manera totalmente abierta: me la regaló el Día del Libro una alumna y no sabía absolutamente nada acerca de su autor. Nada. Mi lectura ha estado, por tanto, fuera de cualquier marco ideológico previo. En la dedicatoria que esta alumna me escribió en la página de cortesía me decía: “Se me ha hecho difícil encontrar algo que te guste. Ni siquiera sé si en realidad lo he encontrado, pero la intención es lo que cuenta”.

   Ahora puedo decir que sí, que me ha gustado, y mucho. Creo que es un buen libro que me ha descubierto a un buen autor, y eso es de agradecer. Me ha parecido un libro que cautiva a medida que se va leyendo, con una historia original en la que se mezclan la realidad y el sueño, lo vulgar y lo extraordinario, y una manera de contarla bien resuelta.

   En la novela se narran en paralelo dos historias que poco a poco van estableciendo una sutil relación: la del joven Kafka Tamura, y la del anciano Nakata. La acción transcurre en el Japón actual.   Kafka Tamura, el día de su decimoquinto cumpleaños, decide irse de casa y abandonar a su padre, un reconocido artista, con el que apenas tiene relación, y con el que vive en un barrio de Tokio, después de que su madre y su hermana mayor los abandonaran sin explicación ninguna cuando el muchacho era pequeño. El chico cree que sobre él pesa una maldición: el padre le repetía constantemente la profecía de Edipo: que algún día mataría a su padre, se acostaría con su madre y violaría a su hermana. Ese era su destino y no podría escapar de él. El muchazo, sin motivo alguno, decide irse a la pequeña ciudad de Takamatsu, al sur del país. Allí, después de deambular unos días por sus calles,  empieza a trabajar en la pequeña biblioteca de una fundación, que conoce por casualidad y donde entabla relación con el joven hermafrodita Ôsimha, el bibliotecario, y con la atractiva y misteriosa señora Saeki, la directora.

   En paralelo se va desplegando la historia del viejo Nakata. Este fue uno de los niños evacuados de Tokio durante la Segunda Guerra Mundial que sufrió un extraño percance que le dejó extrañas secuelas. Olvidó todo lo que sabía y es capaz de hablar con los gatos. A los sesenta años no sabe leer ni escribir y abandona precipitadamente Tokio porque cree que ha matado a un hombre. Se encamina como guiado por un extraño impulso obsesivo hacia la ciudad de Takamatsu, en cuya biblioteca también recalará.

   Estos dos personajes principales están muy bien construidos, y son todo un acierto, así como la manera en que sus historias van poco a poco acercándose hasta entretejerse en el tramo final de la novela.   Igualmente, destacan los personajes del bibliotecario Ôsimha, representación en la novela del poder de los libros y la lectura, y de Sakura, una chica que Kafka conoce en su viaje y con la que entabla una curiosa relación iniciática.

   Pero la novela es mucho más que todo esto, como podrá comprobar el lector que viaje por sus páginas de la mano de estos personajes. Y es especialmente un viaje hacia el conocimiento, un mágico viaje interior. En el arranque de la historia, el joven Kafka, instantes antes de abandonar su casa, dialoga con el joven Cuervo (su conciencia):

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   —Pero, de aquí en adelante, para poder sobrevivir tendrás que ser muy fuerte [Dice el joven llamado Cuervo].

   —Yo me esfuerzo todo lo que puedo —digo.

   —Sí, seguro que sí —dice el joven llamado Cuervo—. Durante estos últimos años te has hecho muy fuerte. No es que no lo reconozca, ¿sabes?

   Asentí.

   —Sin embargo, sólo tienes quince años. Tu vida, en el mejor de los sentidos, no ha hecho más que empezar. El mundo está lleno de cosas que todavía no has visto. Cosas, que tú ahora, ni siquiera puedes imaginar.

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   A ese principio es al que asistimos como lectores: el principio de una vida. La novela finaliza enlazando de alguna manera con ese momento inicial. Kafka decide regresar a casa y volver a la escuela. En el tren dialoga con Cuervo:

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   —Has hecho lo correcto —me dice el joven llamado Cuervo—. Has hecho lo mejor que podías hacer. Nadie podría haberlo hecho mejor que tú. Porque tú eres el auténtico chico de quince años más fuerte del mundo.

   —Pero yo todavía no entiendo el sentido de la vida.

   —Mira el cuadro —dice—. Escucha el susurro del viento.

   Asiento.

   —Es mejor que duermas —dice el joven llamado Cuervo—. Y, al despertar, habrás pasado a formar parte de un mundo nuevo.

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   Los personajes están bien caracterizados, y destacaría la manera en que se introduce el personaje del viejo Nakata, reproduciendo un informe de los servicios de inteligencia del ejército de los Estados Unidos.

   La estructura de la novela responde perfectamente a la coherencia de la misma. El texto se articula en 49 capítulos en los que, exceptuando los correspondientes al informe de los servicios de inteligencia, se van alternando los narrados en primera persona por el protagonista, el joven Kafka, y los narrados en tercera persona por un narrador omnisciente, que protagoniza el viejo Nakata.

   La novela enraiza con viejos arquetipos narrativos que el autor revisita de manera original: la rebelión del protagonista frente a su padre; la  búsqueda y el viaje, con ese paralelismo entre el viaje interior y el exterior; el yo reflexivo; el drama (el padre muere violentamente); el anciano bueno y el ayudante; el descubrimiento del sexo, etc.   Más de cuatrocientos cincuenta años después del viejo Lázaro, otro muchacho emprende otro viaje a través, también, del yo. Pero no sólo, pues el texto puede leerse como una metáfora del mundo actual, que en cierta manera recuerda en algunos momentos al cine de David Lynch. Un texto, en fin, muy recomendable para acercarse a la obra de este autor japonés en el que creo que no cabe término medio: la novela, o te seduce o la rechazas. O te atrapa o te expulsa.

   Para comprobarlo, lean el libro sin ningún condicionamiento ideológico previo. Ni siquiera  el de este texto que acaban de leer.   Aquí pueden leer los capítulos iniciales de la novela.

   Para profundizar más: Reseña publicada en El Cultural del diario El Mundo. Análisis del escritor y profesor peruano Peter Elmore

Carretera y manta (I)

—Sí, papá, ya sé que fumo demasiado. No hace falta que me lo estés recordando constantemente —rezonga suavemente la mujer, prolongando la afirmación y la negación—. Duérmete un poco, que el viaje es largo.

La mujer conduce con el cigarrillo en la boca. El humo azulado asciende suavemente pegado a una de sus mejillas y le hace guiñar un ojo. La carretera brilla de una manera extraña. Debe ser el sol que me da de espaldas —piensa —, ¡bonito día!

Está amaneciendo y el vehículo enfila la nacional 5 dejando atrás Madrid. Los carrilles de la autovía en dirección a la ciudad son un amasijo coloreado de coches. Los de salida presentan un tráfico fluido, piensa la mujer recordando la voz del locutor que acaba de oír en la radio. El sol empieza a calentar el interior del vehículo y el anciano siente que los párpados le pesan. Apenas duerme por la noche y hoy se ha levantado muy temprano; pese a ello, ha tomado la determinación de no dormirse y estar atento a la carretera. No es que no se fíe de su hija. No, no es eso —se dice—. Quiero ver todo bien.

Pero el viejo no sabe que el paisaje es muy distinto al que vio la última vez que volvió al pueblo, hace de ello ya más de cuarenta años. No obstante, los ratos que esté despierto mirará fijamente con sus pequeños ojos húmedos ambos lados de la carretera y no hará apenas comentarios.

—Entonces la carretera era más estrecha y pasaba por los pueblos: Móstoles, Navalcarnero, Santa Cruz del Retamar. En Talavera parábamos a comer. A veces hacíamos noche allí. Ya sabes, tu madre no soportaba los viajes. Parábamos en un hotel que había en la estación de autobuses, creo que por aquella época era el único que había. Antes de reemprender el viaje nos dábamos un paseo por un parque que hay junto a la plaza de toros.

»En esa plaza murió un torero muy famoso, Joselito el Gallo, que había dado la alternativa a otro torero también muy conocido, ya sabes, Ignacio Sánchez Mejías, que toreaba con él la tarde en que murió. Mi padre estuvo ese día en aquella corrida.

La mujer conduce concentrada en la carretera. Mantiene uno de sus ojos entrecerrado, aunque ahora no está fumando. Apenas presta atención a las palabras de su padre. Tal vez ya conozca la historia, o quizás no le interese.

—Le oí decir a mi padre muchas veces, cuando contaba lo que sucedió aquella tarde —prosigue el hombre—, que cuando la gente supo que Joselito había muerto en la enfermería de la plaza, una ola de consternación corrió por toda la ciudad. ¡Una ola de consternación! Sí, eso decía siempre.

»Cuando el público abandonó la plaza mi padre se dirigió a una taberna en la que se juntaban los aficionados a los toros. Allí todos lo tenían por un entendido y sabían que no se perdía ninguna corrida de la feria de mayo. Enseguida se hizo un corro alrededor de la mesa en la que él y un amigo con el que había visto la lidia comentaban lo que habían visto en la plaza. Los parroquianos callaban ante las palabras de los dos hombres. Entonces, el dueño de la taberna le dijo a mi padre: “Don Eduardo, píntelo usted”, y retiró los vasos de la  mesa, pasó una bayeta al mármol con esmero y le dio a mi padre un trozo de lápiz que llevaba en la oreja.

»Ya sabes que tu abuelo pintaba y dibujaba, y no lo hacía nada mal. Y Allí, delante de todos, dibujó en el mármol de la mesa el instante  de la cogida. Aquel dibujo permaneció en el mármol del velador durante muchos años, en un rincón de aquella taberna, debajo de un inmenso cartel que anunciaba aquella corrida, y que iba del suelo al techo. Lo recuerdo perfectamente.

»Alguna vez fui de chico con él a los toros. A la salida, siempre le pedía que me llevase a ver aquel dibujo, y allí que nos íbamos. Yo miraba el mármol atentamente mientras mi padre tomaba un chato de vino. Una de esas veces me habló de Ignacio Sánchez Mejías, que dejó los toros en 1927 para dedicarse a la literatura, ¡nada menos!, exclamaba mi padre. Luego, en voz baja, me decía que fue amigo de muchos poetas de la Generación del 27, especialmente de Lorca, que le compuso un extraordinario poema cuando un toro mató a Sánchez Mejías en Manzanares. Y bajando más la voz, casi susurrando me recitaba:

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde.

»Federico García Lorca, ¡un gran poeta!, aseguraba. Cuando crezcas ya te dejaré alguno de sus libros y de otros poetas, como Cernuda, Salinas, Alberti. En fin, ya los leerás, me decía mi padre, pero no le hables de esto a tu madre, y me daba un suave pescozón sonriendo.

»Yo no sabía entonces de qué me hablaba mi padre, pero intuía que era algo de lo que no se podía hablar, porque en una ocasión cuando le pregunté por los libros de aquellos poetas después de haber mirado concienzudamente en la biblioteca de su despacho sin llegar a ver ninguno, me insistía en que no dijera nada, que en su momento él me los dejaría.

—Pero papá, ¿aquellos libros realmente existieron alguna vez? —pregunta la mujer sin despegar la mirada de la banda negra de la carretera.

—Supongo, hija. Pero nunca los llegué a encontrar. Y mira que los busqué la misma tarde en que enterraron a mi padre. Nada más volver del cementerio me fui derecho a su despacho y estuve buscándolos hasta la hora de la cena. Tu abuela sabía bien lo que estaba haciendo, porque cuando me senté a cenar me miró fijamente y me dijo: ¡Los libros, los malditos libros! ¡Y no me preguntes!

—¿La abuela sabía lo de los libros?

—¡Cómo no lo iba a saber! Y si en alguna ocasión volvía a salir el tema, ya sabes lo que me decía, que por aquellos libros estuvo a punto de entrar la desgracia en la casa. Y nunca habló más de ellos. Llegué a pensar más de una vez que mi padre los había quemado, que no existían. En cierta ocasión, unos meses antes de su muerte le pregunté a tu abuela por los libros, si estaban escondidos o se los habían llevado aquellos legionarios que bajo el mando de un capitán de las tropas de Castejón registraron la casa. Tampoco obtuve respuesta. Ya ves. Lo que sea, murió con ella en el 64. Y fíjate si ya había pasado tiempo de la guerra, ¡como que Fraga estaba entonces con aquello de los 25 años de paz!

—¿Y nadie en el pueblo lo sabía? No sé, algún amigo del abuelo, o su hermano, alguien que lo conociera.

—No. Pregunté a varios, y nada. Mi tío Jesús tampoco sabía nada, pero me aseguró que había visto aquellos libros en una balda de la librería de mi padre.

El viejo calla y parece rumiar sus recuerdos al compás del suave sonido del motor. La sombra del coche es ahora más pequeña. El sol ya no le da a la mujer en los ojos reflejado en el espejo retrovisor. La carretera ha cambiado ligeramente de color. Ahora es más clara y los remiendos de los baches más evidentes. La mujer piensa que tal vez no haya sido una buena idea emprender este viaje e inconscientemente levanta por unos instantes el pie del acelerador. Se pone unas gafas de sol. Oscuras. La carretera vuelve a cambiar de color. Su padre parece dormir o tal vez dormitar. Piensa en los libros. Ha leído a esos poetas y muchos de sus textos los ha recitado incluso en sus clases. Recuerda la cara de indiferencia de muchos de los alumnos. Algunos de ellos le han llegado a decir que les gustaban los poemas que leía, cuando les propone que lean al autor, esbozan una medio sonrisa y dan la conversación por terminada.

El viejo reposa la cabeza sobre el cristal de la ventanilla, buscando tal vez el calor del sol de este día de primavera. Ahora parece dormir. Mueve levemente los labios. La mujer recuerda a Ignacio Sánchez Mejías, torero, novelista, poeta, actor de cine y presidente del Betis. Le quitó la novia a Joselito. No sabe si su padre conoce el poema que le dedicó Miguel Hernández. No recuerda el título.

 Un letrero deja una cifra y una frase en la retina de la mujer: Talavera de la Reina 22 Km.