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Leyendo a la sombra

Manuel Rivas, Los libros arden mal

Manuel Rivas, <em>Los libros arden mal</em>

Tal vez una de las características más importantes de la novela del siglo XX (y trascendente, por su influencia tanto en la manera de escribir como en la de leer) es la participación en la obra del lector.

En la novela realista de la segunda mitad del XIX y prácticamente en la del primer tercio del XX, la primacía absoluta se concedía al autor y al texto, pero en la década de los sesenta del siglo pasado surge una corriente crítica que propone dirigir la atención sobre el lector, con lo que la perspectiva de comprensión del texto literario de carácter narrativo se desplaza de una estética de la producción a una estética de la recepción. Este cambio de perspectiva no fue una radical novedad, pues la relación de la literatura con el público lector (el receptor individual o colectivo en la teoría de la comunicación) ya había sido objeto de análisis desde perspectivas históricas y sociológicas. Pero ahora, la novedad está en el papel que esta nueva visión, denominada Estética de la Recepción, otorga a la influencia de los lectores en la creación y estructura de determinadas novelas.

La lectura es, pues, un acto de creación, en el que el lector coopera al (re)construir en una novela lo que aparece como un simple esquema que ha de ser completado y dotado de sentido por él. La lectura, entonces, deviene en un acto de creación de sentido, de tal manera que el significado de una obra es producto de la interrelación lector-texto. El lector construye en su imaginación el mundo de la novela, y esa visión va cambiando a medida que este avanza en la lectura y se van poniendo en juego estrategias de ordenación, descubrimiento y comprensión de la estructura del texto. El punto de vista del lector va evolucionando a medida que lee al descubrir nuevas perspectivas y “rellenar” los huecos que el texto contiene.

Esta intervención del lector en la novela no la realiza un lector considerado individualmente, sino que sería obra de una conciencia de la comunidad de lectores de una determinada época que da una determinada valoración y significado a una novela concreta. Esto supone que una novela no puede concebirse sin la participación activa de los lectores, y esa participación tiene un sentido histórico, pues las distintas generaciones de lectores van enriqueciendo el texto a medida que lo van recibiendo (incluso hay quien habla de la Literatura y la estética de la Recepción en la literatura infantil y juvenil).

El lector de novelas es, desde el siglo XX, un lector que considera la novela un artefacto complejo, en el que hay múltiples vacíos que ha de llenar de sentido. Se trata, pues, de un lector activo, participativo, como queda de manifiesto en la lectura de los textos más exigentes.

Tal es el caso de Los libros arden mal, la última novela del escritor gallego Manuel Rivas (A Coruña, 1957), en la que el lector que se acerque a ella puede comprobar cómo todo lo dicho anteriormente se pone de manifiesto.

La novela es la obra más ambiciosa hasta ahora del escritor gallego, y es uno de esos libros cuyo tamaño (610 páginas) puede arredrar a más de un lector. En efecto, la novela rebosa por los cuatro costados de literatura y el talento y buen hacer del autor se ponen constantemente de manifiesto cuando va armando ante el lector las piezas de un puzzle complejo que abarca desde los primeros años del siglo XX hasta finales del mismo siglo.

La novela es polifónica, y esas voces narrativas acaban constituyendo una sola voz que cuenta una vida en un territorio en el que se abren cicatrices que tardarán muchos años en cerrarse, si es que aún alguna no permanece abierta. Esas cicatrices tienen su origen en una primera herida: el hecho histórico de la quema de libros en la Dársena del Puerto y en la Plaza de María Pita de la ciudad de A Coruña el 19 de agosto de 1936, en los momentos iniciales de la Guerra Civil española. Ese acontecimiento, espléndidamente narrado, será una especie de eje vertebrador de la novela.

En esa quema de libros encontramos a varios de los personajes que luego volveremos a encontrar apareciendo y desapareciendo a alo largo de la historia, tanto los identificados con el golpe militar, los vencedores, especialmente falangistas, como a los republicanos, los vencidos. Los libros que se queman pertenecen a distintas bibliotecas libertarias de A Coruña, y a la de Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros de la República. Los libros de este, con su exlibris, tendrán una especial importancia en el desarrollo de la novela.

La quema de libros pone de manifiesto dos hechos contradictorios: por una parte la brutalidad fascista y la ignorancia del nuevo Régimen surgido del golpe de estado, y por otra una pasión desbordada por esos libros que comparten algunos franquistas y republicanos.

El grupo de los personajes vencedores está compuesto por tres jóvenes que con el andar del tiempo se convertirán en el juez Ricardo Samos, el comandante y censor Dez y el inspector de la brigada políticosocial Ren. La brutalidad de este y sus métodos acabarán asqueando a Samos, intelectual joseantoniano deslumbrado por la Alemania nazi. El censor Dez es el más exquisito de todos, incluso escribe versos y reivindica la cultura.

El grupo de personajes republicanos es más amplio, social, intelectual e ideológicamente. Hay figuras históricas, como Casares Quiroga y Ánxel Casas, alcalde de Santiago en 1936, y otros como Arturo da Silva, boxeador, Luis Terranova, cantante de tangos que fue brutalmente apaleado por la policía, el pintor Sada, la pintora Chelo Vidal y su hermano Leica, fotógrafo.

La novela se va tejiendo con las múltiples historias de estos y otros personajes, a veces entrelazadas entre sí, por ejemplo: el juez Samos es el marido de Chelo Vidal. El juez se codea con las más altas instancias del Régimen y su obsesión es obtener un destino más alto en Madrid, una especie de reconocimiento a su labor. Su mujer, que en una cena de aniversario en la ciudad para conmemorar el 18 de julio arrojará panfletos sobre las cabezas de los prebostes asistentes a la misma, acabará siendo víctima de la represión que encarna su marido.

Pero la novela es mucho más, es una crónica de la ciudad de A Coruña en el siglo XX, especialmente de la guerra civil, la posguerra y el posfranquismo, y por extensión de la España de aquellos años. También es excelente literatura, con la variedad de sus registros expresivos, y su prosa lírica y rigurosa que llega a convertirse incluso en protagonista de la novela.

Un texto ambicioso y exigente para el lector, que se va construyendo entre sus manos. ¿Hay algo más placentero que aquello que tú mismo has ayudado a construir?

Un auténtico deleite en todos los sentidos. Literatura a raudales. Placer asegurado. Disfrútenla y déjense fascinar según la van “cocinando”.

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Manuel Rivas. Los libros arden mal. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 610 páginas. 22 €.

 

Horror vacui

El verano se ofrece en esa extraña dimensión en la que parece posible aquello que hace apenas un mes o dos se veía como inalcanzable.

Es fácil instalarse en estos días de calor en la lectura de textos aplazados a lo largo del invierno, libros que sigilosamente reposan en un rincón de la estantería. Si los miras de soslayo, es fácil imaginar su destino. Cuando parece que les ha llegado el momento, uno siente al escoger uno de ellos que traiciona al resto.  A veces, la elección obedece al simple capricho, otras, es la ansiedad la que te lleva a coger uno determinado. Es entonces, en esos momentos en los que el lector comienza su andadura en una de esas tardes en la que la siesta parece ceder a la lectura, cuando siente que la espera tiene un sentido. El aplazamiento no es casual, aunque tampoco obedece a leyes, o al menos así lo siente el lector.

Es el libro el que te ha hecho esperar a ti, te dices, no tú el que ha hecho esperar el libro.

En esa espera, cobra sentido el tiempo. El tiempo de la lectura, egoísta, no compartido con otras actividades inaplazables e imperiosas, absolutamente necesarias. El viejo enfrentamiento entre prisa y lentitud ahora desaparece, y casi todo da igual.

El libro empezado en esas horas sin tiempo de la siesta se prolonga en el silencio de la noche, cuando leer es soñar de la mano de otro. Leer en la cama es un extraño placer, como pasear a la caída de la tarde, escuchar a tus hijos hablar de futuro, ver llover o no hacer nada. El vacío.

En verano te conviertes en un vago que sólo se dedica a leer, me decía mi madre. Y era cierto. Lo que mi madre no sabía es que la palabra vago proviene del latín vacuus (vacío), y que yo, modestamente, me dedicaba a rellenar ese vacío.

Todavía lo sigo haciendo.

Feliz verano (leyendo).

Una noticia de ahora (aunque a muchos no se lo parezca)

Esta es una de esas noticias cuya lectura no deja indiferente e incluso puede llegar a ser inquietante para algunos. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha dicho en varias ocasiones en la pasada campaña electoral que profesores y alumnos no deben tutearse, sino tratarse de usted, y que se debe recuperar la costumbre de que los alumnos se pongan de pie cuando al aula entre un profesor.

Como era de suponer, ya han surgido opiniones a favor y en contra, y ya hay quien ve en la propuesta del presidente francés el inicio de un rearme moral del que estamos realmente necesitados; otros, por el contrario, opinan que supeditar todo a lo meramente formal no conduce a ningún sitio. Los sectores conservadores parecen ver con buenos ojos la propuesta del francés, mientras que sectores progresistas sostienen que más bien parece una vuelta al pasado, un anacronismo impropio de la época que vivimos.

Una vez más, se pone en evidencia lo fácil que es incurrir en los tópicos. Parece como si el respeto fuera patrimonio exclusivo de la derecha, y la autoridad del profesor debiera hacerse evidente, marcar las distancias, se dice, colocar a cada uno en su sitio. De paso, no faltará quien aproveche para cargar una vez más contra el sistema educativo. Por otra parte, qué fácil es identificar posiciones progresistas con actitudes disolutas. En fin, lo de siempre. Ya vendrán después los matices, supongo.

Al leer esta noticia, he rememorado mis tiempos de internado. Época de pantalón con rodillera, zapatos “gorila”, cartera de cuero —aún no existían las mochilas—, dormitorios con literas, estudio vigilado y miedo. El miedo presidía las relaciones entre alumnos y profesores. Y castigos, estúpidos, arbitrarios —a veces sádicos— castigos que sólo tenían como fin en muchos casos, demasiados casos, humillar a los alumnos, dejar claro que allí no existían relaciones de poder, sólo existía el poder. Unos lo tenían y otros se sometían a él. No era posible discutir nada, sólo había una opinión, la del jerárquicamente superior. Los alumnos no podían expresar su punto de vista, simplemente acataban lo que los adultos decían, se les educaba en el sometimiento

En más de una ocasión me tocó aguantar la reprimenda del director del internado o de alguno de los cuidadores. Sabíamos que después de las voces y los gestos grotescos vendría el castigo. Ni siquiera nos atrevíamos a mirar a la cara a quienes nos acusaban, pues hacerlo podría ser entendido como un atrevimiento, como una muestra de osadía, que no iba a quedar impune.

Esta noticia me ha traído a la memoria aquella época, casi olvidada, que pasé en aquel internado de la calle El Sol, cuyas puertas traspasábamos cuatro veces al día. El colegio, distante apenas cuatrocientos metros, estaba en un edificio vetusto, con fachada de piedra y portada neogótica, sobre la que colgaba un rótulo con el nombre del lugar: Colegio Electrón. Allí pasábamos la mañana, hasta el mediodía, momento en que volvíamos a comer al internado, para regresar después al colegio para las clases de la tarde. Una vez que terminaban estas, otra vez de vuelta al internado; merendar, estudio vigilado, un rato de ocio, la cena, otro rato de estudio y a los dormitorios. Si había algún partido se nos permitía verlo como algo excepcional en un televisor en blanco y negro encaramado a una estantería en el fondo del estudio. Las más de las veces, ya en los dormitorios, alguno que había visto recientemente una película nos la contaba en voz baja. Auténticos narradores que susurraban lo visto a un complaciente auditorio que se adormecía en los pasajes más aburridos de la narración.

Una tarde, cuando regresábamos al internado, un avión dibujaba con su estela blanca una figura en el cielo. Al día siguiente, el profesor de “Política” nos dijo orgulloso que el avión había dibujado en el cielo el número 25. Nadie dijo nada. El profesor, señalando con su dedo la calle nos dijo: “¡25! ¡25 años de paz! ¡Es que no os enteráis de nada!”. En efecto, nada más cierto, no nos enterábamos de nada.

Tuvieron que pasar unos años para que empezara a enterarme de algo. Todavía sigo haciéndolo.

Esta mañana cuando he entrado en clase, he saludado a mis alumnos y les he explicado la poesía española de los años cincuenta. Hemos leído algunos poemas de Celaya y de José Hierro. En esos momentos sólo me interesaba que entendieran los textos, que fueran capaces de aproximarse al sentimiento de aquellos autores que escribieron esos poemas en aquellas difíciles circunstancias, que juntos nos alzáramos al plano superior de la comprensión y disfrute de la poesía. Nada más (¡y nada menos!).

Una historia española, de esas que parecen imposibles y acaban siendo verdad

(Post dedicado a Aurelia, que también sintió emoción)

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Ernesto Sempere tenía 18 años cuando fue condenado en un consejo de guerra a 20 años y un día. En el juicio, que tuvo lugar en 1940, sin garantías, sin legitimidad, se aportaron como pruebas unos dibujos que había hecho tres años antes, cuando contaba 15. Era un muchacho, denunciado por otros chicos, compañeros de su instituto, por una pelea. Quienes lo acusaron nunca comparecieron en aquel juicio-farsa, se limitaron a declarar en oficinas de Falange. Ernesto estuvo en la cárcel desde 1940 hasta 1948. Antes de morir, en el año 2005, buscó a quienes lo delataron para decirles que los perdonaba. Encontró el teléfono de uno de ellos y lo llamó. Habló con un hijo de este hombre, que ya había fallecido, y lo que sorprendentemente escuchó al otro lado del teléfono le disuadió de intentarlo con los demás.

Pero esta historia (diario El País, 13/05/2007) no acaba ahí, y parece condenada a no hacerlo nunca, a permanecer en la memoria de los hijos y nietos de este hombre, que siempre la llevó consigo.

Es una tremenda historia, una de muchas, una de tantas, de esas historias que con el tiempo terminan pareciéndose a otras. Historias que a veces afloran en el relato de hombres y mujeres que saben que ya les queda poco tiempo. Historias que morirán con ellos un poco, pero no del todo. La memoria es tozuda y alberga, ya digo, muchas de esas historias, tan parecidas las unas a las otras, tantas veces contadas sin pasión, acaso en voz baja, en un tono neutro, como para no hacer daño, como si la memoria fuera algo incómodo. ¿Para qué contarlo ahora? ¡Hace tanto tiempo que pasó! Se escucha decir. Pero qué triste es la desmemoria.

Esas historias grandes, a veces feas, tristes y sucias, nos evocan unos años que parecen no haber existido nunca, pero de los que aún quedan testigos. Son esas historias que acaban siendo verdad cuando parecían mentira. Esas historias que han permanecido agazapadas en esa zona helada del corazón, donde apenas llega la luz.

Una de esas historias es la que se cuenta en la última novela de Almudena Grandes. Una historia del pasado que se convierte en una historia del presente para unos personajes que no pueden vivir con ella y acaso tampoco sin ella. Una terrible historia que dos personajes cuyos caminos convergen, Álvaro cree que por azar, Raquel por calculada premeditación, usarán y administrarán para dos fines bien diferentes.

En manos de Raquel supone la venganza, el ajuste de cuentas con el pasado de su familia, una familia destrozada por la guerra civil y arruinada por un ventajista sin escrúpulos. Raquel es una mujer que se mueve en los negocios de inversión, en el mundo financiero de los potentados, y está dispuesta a usar sus conocimientos y su posición para hacerle pagar un precio al hombre que arruinó a su familia. Es algo que cree deberse a sí misma. Ha vivido toda su vida con ese estigma y ahora cree llegado el momento de reparar en parte el daño causado. Su venganza, aun teniendo una cara económica, es realmente moral, y entronca en cierta manera con la dignidad de sus abuelos.

Álvaro, el hijo de ese hombre sin escrúpulos, profesor universitario, científico, se encuentra con ese pasado impensadamente. Se le viene a la cara un día, revolviendo viejos papeles de su padre, como esas imágenes que uno quiere apartar de sí pero que a la vez nos atraen de forma poderosa. Álvaro no sabe, como Raquel, pero quiere saber, y es consciente de que saber tal vez le haga daño, pero aún así, indagará con denuedo en esa zona que le ha sido vedada durante toda su vida.

Raquel siempre supo, Álvaro empezará a saber y querrá saber. Es en ese plano del conocimiento donde estas dos vidas, zarandeadas por algo de lo que ellos no han sido responsables, convergerán en un imposible territorio que acabará haciéndose habitable; pero para ello cada uno deberá desprenderse de algo, algo que le pertenece al otro también. El pasado ya no es suyo, conocerlo no es poseerlo. Pero  a pesar de todo y de todos, se saben dueños del futuro, y para llegar a él tendrán que soltar lastre, no es otra la forma de emprender el vuelo.

Al final, el pasado no sólo explica el presente, también lo ensucia. Algunos prefieren seguir ocultando la suciedad bajo los muebles. Ahí sigue.

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Esto se acaba...

Fin de curso para 2º de Bachilerato.

Notas.

Alegrías.

Decepciones.

Frustraciones.

Las pruebas de acceso a la universidad a la vuelta de la esquina.

¡Cómo pasa el tiempo!

Un poco de diversión podrá compensar los duros momentos.

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Almudena Grandes, El corazón helado

Almudena Grandes, <em>El corazón helado</em>

Decía un buen amigo que le encantaban las aceitunas negras porque eran las mejores que había, de manera que cuando surgía la ocasión, no cabía controversia alguna: aceitunas negras. Y las comía sin pasión, como asumiendo que no cabía hacer otra cosa. Compadecía sinceramente a los que no sabían, o no querían o no podían apreciar la bondad de aquellas olivas. El problema es de los otros, decía, no de las aceitunas. Me he acordado de este amigo hoy, cuando he terminado de leer las más de novecientas páginas de la última novela de Almudena Grandes.

Empecé la  novela convencido de que iba a ser una buena novela, que iba a disfrutar de su lectura. Nada nuevo a estas alturas tratándose de otra obra de Almudena Grandes, me dije. Por otra parte, había leído la anterior novela, Los aires difíciles (Edit. Tusquets, 593 páginas), ciertamente magnífica, que apareció en febrero de 2002. Leí después los cinco relatos tirando a novelas cortas de Estaciones de paso (Edit. Tusquets, 287 páginas, septiembre de 2005), que me convencieron definitivamente de que esta escritora se maneja mejor en la larga distancia que en la corta y que comenté en su día. Y ahora, ya digo, acabo de terminar la última: El corazón helado.

Es una extensa novela, tal vez algunos pensarán que demasiado. A pesar de ello, empecé su lectura totalmente convencido de que entraba en un libro excelente, y según y conforme avanzaba por el texto me iba persuadiendo cada vez de más de estar en lo cierto, como el de las aceitunas, vaya.

Prejuicios de lector aparte —y reconozco que los tengo—, esta novela me ha parecido magnífica, desbordante de literatura. Por momentos, una auténtica desmesura. Un texto que va creciendo, creciendo, levantándose poco a poco hasta hacerse verdad.

La novela es una tremenda historia de amor, de esas que hay tantas por ahí y tan parecidas, grandes o pequeñas, grandiosas o sórdidas, que parece que no van a ir a ningún lado y al final terminan por ser verdad. Pero también es algo más, mucho más que eso. Es la voluntad de contar lo que sucedió en un pasado próximo, reciente, en la época turbulenta de los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil, y la larga posguerra, con sus exiliados, sus vencedores y sus perdedores, su hambre, su dolor y su miseria, y también su dignidad. Un pasado que se nos viene al momento presente en los hijos y nietos de aquellos que lo vivieron y protagonizaron de alguna manera.

Es la historia de un traidor, Julio Carrión, un hombre que se hace a sí mismo sin escrúpulo alguno, que no dudará en marchar a Rusia después de la guerra civil como soldado de la División Azul, escondiendo entre sus ropas un carné de las Juventudes Socialistas. Y un traicionado, Ignacio Fernández, republicano, soldado defensor de Madrid, exiliado. Y esta historia va hilvanándose con otras que van armando un tejido narrativo fluido, una novela de novelas, subyugante y maciza, sin fisuras, que es capaz de convulsionar al lector, que de ninguna manera queda indiferente, sino más bien todo lo contrario. Tocado, pero no hundido.

La obra se articula formalmente en tres partes: “El corazón” (113 páginas), “El hielo” (610 páginas), y “El corazón helado” (176 páginas), a las que hay que sumar una nota de la autora bajo el título “Al otro lado del hielo” (10 páginas). La estructura en tríptico, con ese gran bloque central flanqueado por los otros de menor extensión, consigue un eficaz despliegue de la materia narrada ya que cada una de esas tres partes se divide a su vez en capítulos en los que se van alternando y sucediendo las voces de dos narradoras con un grado diferente de implicación con lo narrado.

En los capítulos impares de cada parte aparece un narrador interno en primera persona que es la voz de un personaje, el hijo de Julio Carrión, Álvaro. Él es quien nos introduce en la novela y su focalización perceptual (vista, oído, olfato, tacto…), psicológica e ideológica van dosificándose con oficio a lo largo de todo el texto según va narrando el encuentro y enamoramiento entre él y Raquel, que les llevará a ambos a descubrir la fractura que supuso la guerra civil y cómo ese pasado todavía alcanza hasta el presente.

Por otra parte, en los capítulos pares un narrador omnisciente en tercera persona va contando fragmentariamente la historia familiar de la familia de Ignacio Fernández, el abuelo de Raquel.

La técnica básica es la realista, pero sabiamente combinada con procedimientos que vienen de la renovación de la novela en el siglo XX, como el estilo indirecto libre o el monólogo interior. Lo moderno y lo tradicional se funden sin estridencias en algunos momentos clave de la novela, como la desgarradora lectura que hace Álvaro de la carta de su abuela Teresa que su padre le ocultó en vida (páginas 302 a 307).

En fin, en estos tiempos en los que parece que no es lícito revisar una inamovible visión histórica, en los que se quiere perpetuar el olvido interesado —algunos voceros hablan de remover el pasado, cuando tal vez deberían decir hacer, por fin, justicia a tantos a los que se les negó durante tanto tiempo—, la lectura de esta novela se hace necesaria.

Permítaseme añadir un dato anecdótico. El texto que les propuse en el examen de la tercera evaluación a mis alumnos de 2º de Bachillerato para que analizaran sus características lingüísticas y literarias, es el siguiente fragmento de la novela, un pasaje en el que se narra la celebración de la muerte de Franco que hacen los exiliados en París (pág. 41-42).

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  Raquel se acordaría siempre de aquel día, pero no por la milagro­sa transformación de su abuela, que parecía de repente una mujer muy joven, porque le brillaban los ojos, y los labios, ni por la forma en que su abuelo Ignacio miraba a su mujer, pozos salvajes, sombríos, también sus ojos salvo cuando la seguían como si estuviera a punto de enamorarse de ella, treinta y tres años después de que ella le enamorara por primera vez. Los dos se besaron en la boca durante mucho tiempo cuando terminaron de bailar en una plaza don­de otros españoles mucho más jóvenes y muy distintos, frutos amar­gos de la España de Franco, estudiantes y exiliados voluntarios de últi­ma hora mezclados con pseudoaventureros izquierdistas de buena familia y trabajadores a secas, habían improvisado una verbena con el acor­deón de un argentino que sabía tocar pasodobles.

  Eran españoles y bebían champán. Eran españoles y por eso baila­ban, y cantaban, y hacían ruido, e invitaban a beber, a bailar, a cantar, a cualquiera que se acercara a mirarlos, pero su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa, más trivial quizás que la que ilumina­ba las mejillas hundidas de quienes habían pagado un precio elevadí­simo por sonreír aquella noche, pero también más entera, más cercana a la felicidad auténtica. Los vieron por casualidad, cuando iban a recoger el coche para volver a casa, y se quedaron mirándoles por pura di­versión, sólo porque eran tan jóvenes y hablaban tan alto y se reían tan fuerte y hacían tanto ruido y estaban tan contentos.

  —¿Sois españoles? —preguntó a la tía Olga el que se fijó en ellos, y Olga bebió de la botella antes de contestar.

  —Sí.

  —¿Emigrantes? —insistió, y Olga volvió a beber, negó con la cabeza, hizo una pausa para tomar aire y señaló al abuelo.

  —Ese es mi padre —dijo—. Ignacio Fernández Muñoz, alias el Abo­gado, defensor de Madrid, capitán del Ejército Popular de la Repúbli­ca, combatiente antifascista en la segunda guerra mundial, condeco­rado dos veces por liberar Francia, rojo y español —y en su voz tembló una emoción, un orgullo que Raquel no pudo interpretar..

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Cuando se pasa la última página de esta magnífica, intensa y terrible historia uno se encuentra con esta emotiva cita de don Antonio Machado: para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente no estoy tan seguro... Quizás la hemos ganado.

Pero mejor que oigan las palabras de la propia autora. Les propongo para ello varias opciones: una breve e informal entrevista (2.30 minutos), también pueden ver (se accede directamente a la descarga del archivo) esta entrevista con Almudena Grandes de casi una hora de duración en un programa cultural de una televisión chilena en la que habla de Atlas de geografía humana, y les recomiendo especialmente la grabación de esta entrevista que le hizo a la escritora el periodista Antonio San José para CNN+ con motivo de la publicación de El corazón helado.

Y después, lean esta excelente novela. Merece la pena, es aceitunas negras.

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Almudena Grandes, El corazón helado. Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 933 páginas. 25 €.

   

Volviendo a casa

Llegó al barrio una mañana de domingo, cargada con dos grandes bolsas en las que, como después supimos, arrastraba todo su equipaje. Tomaba el sol en un rincón apartado del parque. Un sol apenas tibio que compartía con abuelos y nietos a los que miraba indiferente con sus grandes ojos mientras a ratos escribía en un cuaderno escolar de tapas azules. Uno dijo que dormía en un cajero; otro comentó sorprendido que no pedía dinero, pero que le dio unos euros que aceptó agradecida mirándole a los ojos. A veces la veíamos hablar con doña Concha, la anciana del décimo, que raramente salía a la calle, excepto para proveerse de sus medicinas en la farmacia de la esquina. Cuando toma el sol, hierática en su rincón del parque, su figura adquiere una extraña dignidad. Los perros y los niños lo saben, se acercan a ella y parecen  mirarla con respeto; ella los mira y sonríe vagamente, apenas desvía su mirada del imposible horizonte de este barrio de Madrid. Esta mañana me he sentado en un banco del parque a leer el periódico. Un olor dulzón me ha hecho levantar la vista del diario y ahí estaba, a mi lado, dándose crema en los brazos, con sus dos grandes bolsas y su cuaderno de tapas azules. He reanudado la lectura, pero no podía sustraerme a su presencia y por un momento pensé que deberíamos ofrecer una estampa curiosa; una escribiendo en su cuaderno, las mangas de su jersey arremangadas ofreciendo al sol su piel dorada, yo leyendo y mirándola de reojo. Al cabo de una hora, he separado el suplemento cultural y mientras me levantaba para marcharme a casa le he ofrecido el periódico, yo ya lo he leído, me ha sonreído, gracias, ha cerrado el cuaderno y lo ha cogido. De nada. ¿Qué tal por el barrio? ¿Le gusta? Ha sonreído y afirmando con la cabeza me ha dicho sí, no está mal, hay gente muy amable, como en muchas partes. Claro, como en muchos sitios. Cuando me disponía a irme me ha vuelto a dar las gracias por el periódico. Está bien saber cómo está el mundo, ¿verdad?, aunque a veces dé miedo. He sonreído y le he dicho adiós con la mano. ¿Vive por aquí? Sí, ahí, al otro lado del parque, en ese edificio alto de color gris. Yo vivo por aquí, ha dicho extendiendo los brazos y la sonrisa. Pero estoy sólo de paso, ¿sabe?, hace un tiempo me fui de casa, tenía demasiadas preguntas en mi cabeza y pensé que era bueno buscarles respuestas, ¿verdad?, no conviene vivir con tanto interrogante, ¿no cree?; ahora ya sé que estoy volviendo y que mi hijo me estará esperando en casa, y eso está bien. Claro, feliz regreso. Y he cruzado el parque preguntándome por las preguntas de esa mujer. Desde el ventanal del salón la he visto leyendo el periódico, allá abajo. Va camino a casa, he pensado. Feliz regreso.

Animalario

Animalario

    Marco nunca llegó a entender por qué Gregorio no se inmutaba  cuando le llamaban cerdo, burro, borrego, gallina y otros ultrajes por el estilo, sin que siquiera pestañeara. Ocurría con frecuencia, de camino a casa, después de las clases, por los motivos más nimios, el caso era insultarlo. Gregorio se pegaba a la pared y no los miraba, miraba al suelo, y apenas variaba el ritmo de sus pasos, como si llegar antes a casa no constituyera una auténtica necesidad. Cuando los insultos arreciaban, abrazaba su cartera de cuero marrón contra el pecho y parecía que encontraba así un parapeto tras el que guarecerse de lo que le decían los otros chicos. Tal vez aquella fuera la causa de que la lluvia de insultos se recrudeciera sobre Gregorio, que no se inmutaba. O al menos eso pensaba Marco, una de las piezas de aquella maquinaria perfectamente engrasada que funcionaba muchas tardes. No se inmutaba, recordó Marco muchos años después, el día que supo que a uno le llega el momento de hacer juicios morales distanciados de las emociones. Ese día le vinieron a la memoria Gregorio y los otros chicos de la pandilla del colegio, de los que no volvió a saber cuando se fue de la ciudad para emprender lo que él pensaba que sería una nueva vida, lejos de presentir que nunca lo iba a ser. Entonces cobró fuerza la imagen de Gregorio de camino a casa aquel último día de curso de aquel mes de junio de aquel año que no podía precisar. Ninguno se resistió a poner en marcha la maquinaria, acaso en cierta manera intuían que aquella sería la última vez, pues en alguno de ellos parecía asomar débilmente la compasión. Pero contrariamente a lo que sucedía siempre, Gregorio se les encaró cuando escuchó aquel nuevo insulto que vino a engordar la letanía de los habituales. Cucaracha, cucaracha, cucaracha, giraban a su alrededor. Pasó el verano y en septiembre, en los primeros días del nuevo curso nadie echó en falta a Gregorio. Era un buen chaval, tenía mucho aguante. Mira que la teníamos tomada con él, pensó Marco.