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Leyendo a la sombra

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream (¿la novela del futuro ahora?)

Agustín Fernández Mallo, <em>Nocilla Dream</em> (¿la novela del futuro ahora?)

   Los límites de la novela, sus fronteras, ese territorio que un narrador cuenta, se están diluyendo cada vez más. Y buena prueba de ello viene a ser el texto protagonista de un curioso fenómeno de boca a boca desde que apareció, allá por noviembre del 2006. El pasado año, como aquel que dice: Nocilla Dream.

   Ese texto (¿o debería llamarlo novela?) es para la revista Quimera uno de los libros de narrativa destacados de entre los publicados en 2006. Llamo la atención del paciente lector de este humilde blog sobre la adscripción que del libro hace la revista: narrativa, si bien afirma a continuación “decimos narrativa porque la obra está a caballo entre la colección de relatos y la novela. La explosión de fragmentos que sólo tienen en común algunos motivos convierte el proyecto en uno de los más arriesgados del panorama actual”.

   El padre de la criatura es Agustín Fernández Mallo, (A Coruña, 1967) licenciado en Ciencias Físicas, ejerce profesionalmente en el ámbito de las radiaciones nucleares con fines médicos. Autor de diversos artículos en los que aborda la relación estética y epistemológica entre la poesía y la ciencia, es colaborador habitual de las revistas culturales Lateral, Contrastes, La Bolsa de Pipas, La fábrica y Anónima, tanto en el ámbito de la creación como en el del ensayo. Ha publicado los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (I Premio Café Mon, 2004), el Poemario-performance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005), y también es autor de Carne de Píxel, y del experimento narrativo El hacedor (de Borges) Remake, ambos inéditos.

   Si el lector quiere una aproximarse un poco más a este autor, no estaría de más que leyera esta entrevista, que aunque es del 2005, alguna luz puede arrojar sobre la cuestión.

   Y si persevera, es obligado acudir a la página web de la editorial Candaya, donde encontrará el amable y perseverante lector un impresionante dossier de prensa sobre el autor y la obra, del cual les recomiendo encarecidamente la audición de una entrevista radiofónica en el programa El Món a Rac1, el entrevistador hablando en catalán y el entrevistado respondiendo en castellano (observen de paso la impagable muestra que se nos ofrece en 20 minutos de la convivencia entre las dos lenguas mientras oyen al autor hablar sobre su novela).

   Oigan detenidamente esta entrevista, lean el dossier de prensa, y lean la novela. O, si lo prefieren, lean primero la novela y después oigan la entrevista y lean todo lo demás. Para abrir (un poco) el apetito (lector), tienen el inicio de la (digámoslo ya) novela aquí.

   Algunos dicen que es un interesante experimento narrativo, deudor de una peculiar estética visual y que supone la llegada a la novela de la estética del blog. Una novela fragmentaria, porque así es el mundo. La novela de mañana que deben leer los lectores de hoy…

   Si están interesados y no la encuentran, no se preocupen. La editorial les manda gentilmente un ejemplar ingresando en cualquier sucursal del BBVA 16 €, gastos de envío gratis. En la página web encontrarán el enlace “comprar”. De nada.

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Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream. Edit. Candaya. Barcelona 2006. 

James Salter, La última noche

James Salter, <em>La última noche</em>

James Salter (Nueva York, 1925) no es precisamente un autor que se prodigue demasiado, y la aparición de un nuevo libro suyo siempre es saludada por los lectores como una buena noticia, pues la marca de calidad de la casa va a estar presente con casi absoluta seguridad, como ha venido sucediendo desde que publicó su primera novela.

Su libro de cuentos Anochecer, que obtuvo el premio Pen Faulkner en 1988, era hasta ahora lo último que se había publicado de este escritor casi secreto, del que no se da noticia alguna en su particular aquí y ahora de la literatura estadounidense actual que traza Rodrigo Fresán en la revista Letras Libres.

Salter estudió ingeniería, combatió en la guerra de Corea a los mandos de un caza y esa experiencia de la guerra supuso su arranque literario a los 32 años con la novela de claras referencias autobiográficas Pilotos de caza. Después publicó las novelas Años luz, Juego y distracción, En solitario y el ya mencionado libro de cuentos con el que ganó el Pen Faulkner. Ahora, la editorial Salamandra publica en España su último libro, el volumen de cuentos La última noche.

El libro se compone de diez relatos agrupados bajo el título del último de ellos, una muestra magistral de la escritura de este autor, del mismo nivel, por otra parte, que las nueve restantes. Todas las historias hablan de las relaciones entre hombres y mujeres, y suelen  tener su arranque en la experiencia de una pérdida que de alguna manera condiciona las actitudes de los protagonistas ante la vida. Son historias de la vida cotidiana, de amor y desengaño, deseo y traición, amistad y soledad, las grandes miserias y las pequeñas grandezas de la vida.

Ninguno de los cuentos acaba de forma previsible, como los excelentes cuentos que son. El silencio de una joven mujer enferma de cáncer ante las diversiones banales de sus amigas, una mujer que se obsesiona con el  perro de un escritor en crisis, un hombre que termina acostándose con la amante de su suegro, la esposa que sufre y soporta los líos homosexuales y amorosos de su esposo, un matrimonio en perfecta armonía que puede destruirse tras la revelación de un secreto, la peripecia triste y solitaria una vieja gloria del cine…

Historias aparentemente corrientes, pero literariamente muy elaboradas, en esa prosa con marca de la casa en la que domina “la exquisitez impresionista del lenguaje; la desafiante voluntad de contarlo todo con las palabras justas y exactas; y el magistral logro de conseguirlo sin que se note el esfuerzo detrás de la sólo en apariencia sencillez del trazo. Alguna vez interrogado acerca de cómo había alcanzado lo que para muchos —entre ellos John Irving, Richard Ford, Susan Sontag, Michael Herr y Harold Bloom— era la perfección, Salter le restó mérito al asunto con un "eso que llaman mi estilo no es más que la insistencia, por lo general inconsciente, en unas 10.000 palabras que acaban configurando una suerte de huella digital y que determinan la naturaleza de lo que hago" (Rodrigo Fresán, El País). Esta escritura minimalista, depurada, enraizada permanentemente en la elipsis, en dejar en la recámara de la escritura algo sin contar, en ese guiño cómplice al (buen) lector, da resultados realmente espléndidos, así sucede en el primero de los cuentos, Cometa, donde se nos habla de Philip Ardet, que se casó con Adele en junio, después de que ella hubiera obtenido el divorcio. Todavía era guapa, pero ya demasiado mayor para tener hijos. A ella le gustaba contar anécdotas de su primer marido. Ella y Philip se habían conocido en un campo de golf.

[...]

Llegó el otoño. Una noche estaban en casa de los Mo­rrissey. Él era un abogado alto, albacea de muchas he­rencias y depositario de otras más. Leer testamentos había sido su verdadera educación, una mirada al alma humana, decía él.

Otro de los comensales era un hombre de Chicago que había hecho fortuna con los ordenadores, un papa­natas, como se vio enseguida, que propuso un brindis durante la cena.

—Por el fin de la privacidad y la vida digna —dijo.

Estaba con una mujer apagada que recientemente había descubierto que su marido se entendía con una negra de Cleveland, aventura que por lo visto había du­rado siete años. Incluso podía ser que tuvieran un hijo.

—Entenderéis por qué para mí venir aquí es como un soplo de aire fresco —dijo ella.

Las mujeres se mostraron solidarias. Sabían lo que tenía que hacer: reconsiderar completamente los últi­mos siete años.

—Es verdad —convino su acompañante.

—¿Qué es lo que hay que reconsiderar? —quiso saber Phil.

Le respondieron con impaciencia. El engaño, dije­ron, la mentira: ella había sido engañada todo aquel tiempo. Mientras tanto, Adele se estaba sirviendo más vino. Con la servilleta tapó el mantel donde había de­rramado ya una copa.

—Pero fueron tiempos felices, ¿no es cierto? —pre­guntó inocentemente Phll—. Eso pasó a la historia. No es posible cambiarlo. No se puede convertir en infelici­dad.

—Esa mujer me robó a mi marido. Me robó todo cuanto él había prometido.

—Perdona —dijo Phil en voz baja—. Son cosas que pasan a diario.

Hubo un coro de protestas, las cabezas adelanta­das como los gansos sagrados. Sólo Adele guardó si­lencio.

—A diario —repitió él con voz ahogada, seca, la voz de la razón o cuando menos de los hechos.

—Yo nunca le robaría a otra el marido —dijo en­tonces Adele—. Jamás. —Su rostro adquiría un tono de cansancio cuando bebía, un cansancio que conocía todas las respuestas—. Y jamás rompería una promesa.

—Creo que no lo harías —coincidió Phil.

—Tampoco me enamoraría de uno de veinte años.Estaba hablando de la profesora, la chica que había aparecido aquella vez, rebosante de juventud.

—Desde luego que no.

—Él abandonó a su mujer —les dijo Adele.

Silencio.

La media sonrisa de Phil había desaparecido, pero su semblante aún era agradable.

—Yo no abandoné a mi mujer —dijo en voz que­da—. Fue ella la que me echó.

—Abandonó a su mujer y a sus hijos —continuó Adele.

—No los abandoné. Además, entre nosotros ya no había nada. Llevábamos así más de un año. —Lo dijo sin alterarse, casi como si le hubiera sucedido a otro—. Era la profesora de mi hijo —explicó—. Me enamoré de ella.

—Y empezaste una historia con ella —sugirió Mo­rrissey.

—Pues sí.

Existe amor cuando pierdes la capacidad de hablar, cuando ni siquiera puedes respirar.

—Al cabo de dos o tres días —confesó Phil.

—¿Allí mismo, en tu casa?

Phil negó con la cabeza. Tenía una extraña sensa­ción de impotencia. Se estaba abandonando.

—En casa no hice nada.

—Abandonó a su mujer y a sus hijos —repitió Adele.

—Ya lo sabías —dijo Phil.

—Los dejó plantados. Llevaban casados quince años, desde que él tenía diecinueve.

—No llevábamos quince años casados.

—Tenían tres hijos —precisó Adele—, uno de ellos retrasado.

Algo ocurría: Phil se estaba quedando sin habla, una sensación parecida a la náusea en el pecho. Como si es­tuviera renunciando a fragmentos de un pasado íntimo.

—No era retrasado —acertó a decir—. Sólo… te­nía dificultades para aprender a leer, eso es todo.

En ese instante le vino a la cabeza una dolorosa imagen de sí mismo y de su hijo. Una tarde habían re­mado hasta el centro del estanque de un amigo y se habían zambullido, los dos solos. Era verano. Su hijo tenía seis o siete años. Había una capa de agua cálida sobre otra, más profunda, de agua fría, del verde desco­lorido de ranas y algas. Nadaron hasta el otro extremo y luego volvieron. La cabeza rubia y la cara nerviosa de su hijo asomando a la superficie como los perros. Año de alegría.

—Cuéntales el resto —dijo Adele.

—No hay nada que contar.

—Resulta que esa profesora era una especie de call girl. La sorprendió en la cama con un tío.

—¿Es verdad? —preguntó Morrissey.

Estaba acodado en la mesa, con la barbilla apoyada en la mano. Crees que conoces a alguien, te lo parece porque cenas con él o con ella, juegas a las cartas, pero en realidad no es así. Siempre te llevas una sorpresa. Uno no sabe nada.

—No tuvo importancia —murmuró Phil.

—Pero el muy burro se casa con ella —continuó Adele—. La chica va a Ciudad de México, donde él es­taba trabajando, y se casan.

—No entiendes nada, Adele —repuso Phil. Que­ría añadir algo, pero no pudo. Era como estar sin resue­llo.

—¿Todavía hablas con ella? —preguntó Morrissey con toda tranquilidad.

—Sí, sobre mi cadáver —dijo Adele.

Ninguno de ellos podía saber, ninguno podía vi­sualizar Ciudad de México y aquel primer año increíble, conduciendo hasta la costa para pasar el fin de semana, cruzando Cuernavaca, ella con las piernas desnudas al sol, y los brazos, la sensación de mareo y sumisión que experimentaba con ella, como ante una foto prohibida, ante una subyugante obra de arte. Dos años en Méxi­co ajenos al naufragio, él fortalecido por la devoción que ella le inspiraba. Aún podía ver su cuello inclina­do hacia delante y la curva de su nuca. Aún podía ver las finas trazas de hueso que recorrían su tersa espalda como perlas. Aún podía verse a sí mismo, el que era antes.

—Hablo con ella —admitió.

—¿Y tu primera mujer?

—También hablo con ella. Tenemos tres hijos.

—La abandonó —dijo Adele—. Es todo un Casa­nova.

—Hay mujeres que tienen mentalidad de poli —dijo Phil a nadie en particular—. Esto está bien, esto otro no. En fin... —Se puso en pie. Lo había hecho todo mal, se daba cuenta, mal y a destiempo. Había echado a pique su vida—. Pero hay algo que puedo decir con el corazón en la mano: si se presentara la opor­tunidad, volvería a hacerlo.

Una vez hubo salido, los demás siguieron hablan­do. La mujer cuyo marido había sido infiel durante sie­te años sabía qué se sentía.

—Finge que no puede evitarlo —dijo—. A mí me ocurrió lo mismo. Pasaba por delante de Bergdorf’s un día y vi en el escaparate un abrigo verde que me gustó y entré a comprarlo. Un poco más tarde, en otro lugar, vi uno que me pareció mejor que el primero, y me lo com­pré. Total, cuando acabé tenía cuatro abrigos verdes en el armario, y todo porque no fui capaz de dominar mis deseos.

El cielo, fuera, su bóveda superior, estaba cuajado de nubes y las estrellas se veían borrosas. Adele final­mente lo vio: estaba de pie en la parte más oscura. Se acercó a él con paso tambaleante. Vio que tenía la cabeza levantada. Se detuvo a unos metros de él y levantó tam­bién la cabeza. El cielo empezó a girar. Adele dio un par de pasos imprevistos para mantener el equilibrio.

—¿Qué estás mirando? —preguntó al fin.

Phil no respondió. No tenía intención de respon­der. Y luego:

—El cometa —dijo—. Salía en la prensa. Se supo­ne que hoy es la noche que se ve mejor.

Hubo un silencio.

—No veo ningún cometa —dijo ella.—¿Dónde está?

—Justo ahí encima —señaló él—. No se distingue de cualquier otra estrella. Es eso que sobra al lado de las Pléyades. —Phil conocía todas las constelaciones. Las había visto surgir con la oscuridad sobre costas de­soladoras.

—Vamos, ya lo mirarás mañana —dijo ella, casi como si lo consolara, pero no se acercó a él.

—Mañana no estará. Sólo pasa una vez.

—¿Y tú cómo sabes dónde estará? —dijo ella—. Vamos, es tarde, marchémonos.

Phil no se movió. Al cabo de un rato ella se enca­minó hacia la casa, donde, ostentosamente, todas las ventanas del piso y la planta baja estaban encendidas. Él se quedó donde estaba, contemplando el cielo, y lue­go la miró a medida que se iba haciendo pequeña al cruzar el césped, alcanzar primero el aura, luego la luz, y al cabo tropezar en los escalones de la cocina. (Cometa, págs. 15-21).

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Sirva el fragmento como muestra de la escritura de Salter, en la que sólo se nos dice lo imprescindible. Estamos en una cena de amigos en la que salta a la conversación el engaño y la mentira. Phil pasa a ocupar el centro de la pequeña tormenta que se ha desatado entre los platos y ve impasible cómo una parte de su historia personal, miserable, se sirve en bandeja.  El lector percibe que esa cena es el momento que Adele, la mujer de Philip, ha elegido para su particular ajuste de cuentas con el pasado de su marido, soltar algo que la hiere por dentro, con el estímulo de la bebida. Luego, como si se produjese un cambio de escena cinematográfico, un giro, Phil contempla el cielo en el jardín y el desengaño y la traición parecen diluirse en el silencio de la noche. Allí fuera, en el exterior, contemplando el cielo, parece como si las cosas tuvieran un sentido diferente, y la visión del cometa pudiera empequeñecer y hacer olvidar las pequeñas miserias personales.

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Crítica de José María Guelbenzu  en el suplemento Babelia del diario El País (13/01/2007)

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James Salter, La última noche. Edit. Salamandra. Barcelona, 2006. 156 páginas, 11.90 €

El ojo que ves

El ojo que ves

   Entre los amasijos de hierro y cascotes se puede percibir aún el olor de los adioses. El polvillo blanco, que paulatinamente se va desvaneciendo en el aire, deja un sabor agrio, mezcla de cemento y goma quemada que desgasta las escasas palabras que se pronuncian sin eco. A lo lejos, tras las bandas de plástico amarillo, las miradas viscosas de los curiosos se enmohecen en segundos. Los charcos de agua oscura reflejan apenas en silencio la grisura del cielo sin pájaros del aeropuerto de Madrid. Los únicos ruidos que el paisaje emite son leves quejas de chasquidos metálicos y cristales astillados, como los últimos estertores de un gigantesco, mineral y doliente organismo, monstruo extenuado, que todavía agoniza en los entresijos del aparcamiento después de una batalla más allá de la línea de la vida, donde el horizonte sin sentido de la muerte adquiere la textura pastosa del dolor. Pero el sentido aflora, en primer término, en ese tótem de los nuevos tiempos sostenido con seguridad y convicción. Queda servido, así, el banal juego de los espejos.

El libro

El libro

[...] El requerido es camarero en la cantina de la estación del Norte y está domiciliado en la calle Espíritu Santo 18 bajo 1ª, manifiesta no saber nada de dicho libro y no conocer a su autor. Preguntado por el Señor Comisario sobre el dueño del libro que el guardia Morrazo aquí presente encontró sobre una de las mesas de la cantina de la estación dice no recordar bien al hombre que estuvo sentado en  dicha mesa si bien recuerda que tomo un tazón de café con leche y unos churros y que le preguntó de qué estaban hechos dichos churros explicándole que los mismos son una masa de harina y agua y que luego se fríen en aceite muy caliente. También manifiesta que le llamó la atención el bulto que a modo de equipaje el hombre había depositado en el suelo pues tenía bordado un dibujo de una playa con palmeras. Afirma que apenas cruzó unas palabras con el hombre y que por lo poco que le oyó decir notó que hablaba español pero no como se habla aquí. Dice le preguntó que si era gallego pero el hombre no respondió. A la pregunta de que por qué cree que el hombre dejó el libro sobre la mesa tratándose como se trata de un libro de un autor prohibido por las Autoridades el cantinero manifiesta desconocer la razón o razones que llevaron al hombre a ello. Advertido por el Señor Comisario de que deberá avisar inmediatamente a la Autoridad si este hombre volviera a hacer acto de presencia el requerido manifiesta si puede llevarse el libro por si su propietario vuelve a recogerlo [...]

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  Ignacio Jurado recordó nada más salir de la Estación del Norte aquella fría mañana de febrero por qué acera no debía caminar. Se había bajado del tren que lo había traído de Francia con el cuerpo entumecido por la dureza del asiento y las horas interminables de un paisaje apenas visto que creía reconocer. La Castilla mesetaria, había oído en más de una ocasión a más de uno, pensó. El viaje lo había ocupado en repasar lo que llamaba ‘el plan’, comer dos bocadillos, releer Campos de Castilla y dormir lo que buenamente pudo.

  Después de bajar del tren recorrió durante unos minutos los andenes de la estación. Era la primera vez que pisaba Madrid y sabía que nunca volvería, lo había sabido cuando cambió de tren en Hendaya, a donde había llegado procedente de París. Ni siquiera unos minutos antes de pasar el control fronterizo tuvo dudas del motivo de su viaje.

  El frío del andén de la estación del Norte le arrancó las últimas hebras de sueño. Tomó un café y churros en la cantina de la estación, y al salir dejó sobre la mesa el libro de Antonio Machado que le había regalado el señor Arana, “¡qué mejor manera de entrar en España que hacerlo por los poemas de Machado”! Le daba reparo tirarlo a un cubo de basura como le había aconsejado don José Ramón, y prefirió dejarlo allí, como olvidado. El libro estaba forrado con dos hojas de El Popular, el periódico donde el señor Arana escribía una sección llamada “La hora de España”, que era lo primero que leía en cuanto tenía ocasión. En un primer momento pensó arrojarlo a la basura, como le había dicho el señor Arana, pero luego se hizo otras cuentas. Tal vez en aquella mesa alguien lo encontrara y le sirviera de provecho. Lo que Ignacio Jurado nunca supo es que el libro lo encontró Pedro Morrazo, un policía armada de Orense, que entró en Madrid con las tropas por la Moncloa y decidió que bastantes méritos había hecho ya en aquella guerra.

  Don José Ramón Arana nunca entendió los motivos de Ignacio Jurado y tampoco se lo propuso, ciertamente, pero sí pretendió disuadirlo desde el primer momento. Aquel empeño le pareció algo totalmente descabellado y sin ningún fundamento. Es más, aquello no podía salir bien, de ninguna manera. ¿Pero qué se le había metido en la cabeza a este hombre?

  Se conocían desde que empezó a acudir regularmente a aquel café en la calle 15 de Mayo, en la capital de la República, y en más de una ocasión le había referido a aquel mesero, ‘camarero’ se le escapaba a veces, los avatares de exiliado desde que terminó la guerra de España hasta su llegada a México. Ignacio Jurado apenas pestañeaba al oírlo, como si escuchase la historia por primera vez. Era en aquellos ratos en los que el café casi se vaciaba, cuando Ignacio Jurado se arrimaba  a la mesa de los españoles y les escuchaba con devoción, con una extraña devoción que más de uno creyó admiración. Allí le oyó referir al señor Arana lo que tantas otras veces tendría ocasión de oír.

  —Cuando en la primavera del 38 se hundió el frente de Aragón comprendí que la guerra terminaría inevitablemente como luego acabó terminando. Estuve en el campo de Gurs, hasta que me pude instalar en Bayona. Tenía miedo de la Gestapo y de la policía de Franco. Todos teníamos miedo. Yo ya estaba en Francia antes de que acabase la guerra y conocía bien aquello. De Bayona nos fuimos a Marsella con la intención de embarcar, cosa que hicimos gracias a la ayuda de Margaret Palmer, una cuáquera que nos consiguió los pasajes en el La Salle, el vapor que nos llevó hasta La Martinica, donde nació Federico. De allí pasamos a la República Dominicana. Luego quise ir a Cuba, pues allí estaban algunos conocidos, como Manolo Altolaguirrre y Juan Chabás, de los que ya te he hablado en alguna ocasión.

  “Vine aquí, a México, con la ayuda de Manuel Andújar, que nos ofreció su casa. Manolo y yo fundamos en 1946 Las Españas... Manolo fue el que me trajo a este café y el que nos presentó: a ti, el mesero que lee lo que los exiliados españoles publican, y a mí, el periodista de El Popular. En fin, de sobra sabes ya mi historia, como la de tantos otros de por aquí.

  El señor Arana creía entender el interés de Ignacio por España, admiraba en él ese tesón con el que leía algunas obras de españoles exiliados en México, pero lo que nunca entendió fue la decisión que tomó Ignacio en los primeros días del mes de febrero. Alguno hubo después, de aquellos que inicialmente creyeron ver en él admiración, que vieron luego demencia o algo parecido.

  El señor Arana se lo comentó a Max Aub, y este le dijo que veía en ello un buen motivo para una novela, la última del franquismo. Arana quería que Aub hablara con él y le convenciera del despropósito en el que estaba a punto de embarcarse.

  No hubo ocasión. El 20 de febrero de 1959 Ignacio Jurado habló con su patrón, don Rogelio García, y le dijo que tomaba vacaciones, algo que nunca había hecho en los veinte años que llevaba de mesero en el café. Unos días antes le había dicho al señor Arana que se iba a España a matar a Franco. Desde esa fecha no se le volvió a ver por el café de la calle 15 de mayo.

  Tuvieron que pasar muchos años para que el guardia Morrazo entrase un día a una librería en la calle de San Bernardo y comprase un ejemplar de las Poesías completas de Antonio Machado. El único libro que este hombre leería en su vida. Todavía hoy, en alguna ocasión, sus hijos lo recuerdan sacando el libro de un cajón del aparador y sosteniéndolo entre sus manos reverencialmente. Leía en voz baja, despacio, apenas moviendo los labios, y algunas veces callaba sin levantar la vista del libro. Leía cuatro o cinco poemas, y luego de cerrar el libro lo guardaba cuidadosamente en el cajón de donde lo había sacado. Raro fue el mes que no hubiera un día en que cogiese aquel libro y leyera algún poema. Sólo él pudo saber, si es que alguna vez lo supo, las veces que lo leyó.

Gert Ledig, Represalia

Gert Ledig, <em>Represalia</em>

   Gert Ledig es un novelista injustamente olvidado, tal y como afirma Sebald en su ensayo Historia natural de la destrucción (Anagrama, Barcelona 2003. Página 102). Ledig había publicado en Alemania tres novelas en un corto espacio de tiempo: Die Stalinorgel [El órgano de Stalin] (1955), Die Vergeltung [Represalia] (1956) y Faustrech [La ley del más fuerte] (1957), y después no volvió a publicar, a pesar del éxito que obtuvo con la primera novela, tanto entre el público como por la crítica; algunos, incluso, llegaron a firmar que  Die Stalinorgel era una de las mejores obras sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero cayó en el olvido y hoy en día es un autor casi desconocido, del que la excelente editorial Minúscula ha recuperado Represalia.

  Ledig nació el 4 de noviembre de 1921 en Leipzig y se crió en Viena. En 1939, con 18 años, se alistó como voluntario en la Wehramacht y llegó a conocer en el 42 el horror en Stalingrado, donde sufrió graves heridas —un fragmento de metralla le destrozó la mandíbula inferior— por las que fue devuelto a Alemania. Allí trabajó en tareas burocráticas, que le llevaron a visitar diversas ciudades, en algunas de las cuales llegó a presenciar ataques aéreos que lo marcaron profundamente.

  Después de la guerra vagó por un Munich en ruinas instalando andamios y fracasando en distintos negocios. En 1950 trabajó en Austria para el ejército norteamericano. Allí empezó a escribir su primera novela, cuya primera edición se agotó enseguida. Cuando en el otoño de 1956 apreció Represalia, su autor se sentía muy esperanzado después de la buena acogida que tuvo la primera. Sin embargo, la reacción pública ante esta nueva obra fue devastadora, y la crítica dijo de ella que era una «terrorífica pintura deliberadamente macabra», una obra «que desbordaba el marco de lo verosímil y lo razonable», «una abominable perversidad, una cámara de los horrores». El Badische Zeitung expuso con claridad la clave del virulento rechazo de la novela: el lector alemán no admitía descripciones en las que se echaba de menos cualquier trasfondo y visión metafísica de orientación positiva. En definitiva, no se quería leer sobre lo sucedido, se quería olvidar el tema, aún quedaban demasiados escombros que recordaban claramente lo sucedido, y era insoportable revivirlo en la lectura.

  Después de ello, Ledig se fue apartando de la literatura, y a partir de los años sesenta se dedicó al periodismo y a escribir para la radio.

  A comienzos de 1998 diversos periódicos alemanes se sumaron al debate sobre “Guerra aérea y literatura” que iniciara Sebald con las conferencias pronunciadas en Zurich en el otoño de 1997, publicadas posteriormente con el título citado al principio. Ese debate despertó el interés por Represalia, pues esta novela junto con Der Untergang [La caída], de Hans Erich Nossak, son la gran excepción en la literatura alemana de posguerra, pues se centran totalmente en los bombardeos a ciudades alemanas, un tema que generalmente se ha abordado de pasada.

  Gert Ledig murió el 1 de junio de 1999 en un hospital de Landsberg am Lech. Sólo pudo ver las galeradas de la segunda edición de Represalia.

  La novela comienza sí:

                                                                                       13.01, hora de Centroeuropa

  Dejad que los niños se acerquen a mí.

  Cuando explotó la primera bomba, la onda expansiva arro­jó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cemen­terio porque sus padres combatían en el frente y había que bus­car primero a las madres. Solo hallaron a una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.

  La bomba, al explotar, lanzó un zapatito por los aires. Pero eso carecía de importancia. Ya estaba destrozado. Cuando la tie­rra proyectada hacia arriba volvió a caer con un repiqueteo, las sirenas empezaron a aullar. Daba la impresión de que se había desatado un huracán. Cien mil personas notaron como latían sus corazones. La ciudad llevaba tres días ardiendo y desde entonces las sirenas aullaban siempre demasiado tarde. Parecía hecho adre­de, porque entre la destrucción provocada por los bombardeos se necesitaba tiempo para vivir.

  Así comenzó todo.

  Al otro lado del muro del cementerio dos mujeres soltaron el cochecito y cruzaron corriendo la calle. Pensaban que el muro del cementerio era seguro, pero se equivocaban.

  De repente, los motores atronaron el aire. Una lluvia de bengalas de magnesio se clavó, siseando, en el asfalto. Al instan­te siguiente estallaron. Las llamas crepitaban en lo que momen­tos antes era asfalto. La onda expansiva volcó el cochecito. La barra salió proyectada hacia el cielo y un bebé cayó rodando de una manta. La madre, situada junto al muro, no gritó. No le dio tiem­po. Aquello no era un parque infantil.

  Junto a la madre chillaba una mujer que ardía como una tea. La madre la miró sin saber qué hacer antes de ser ella misma pasto de las llamas, que empezaron por los pies y subieron por las pan­torrillas hasta el vientre. Se dio cuenta justo antes de encogerse. Una bomba explotó a lo largo de la tapia del cementerio, y en ese ins­tante ardió también la calle. Y el asfalto, y las piedras, y el aire.

  Eso sucedió junto al cementerio.

  En el interior era diferente. Dos días antes las bombas habían desenterrado los cuerpos. El día anterior los habían ente­rrado. Lo que fuera a suceder ese día aun estaba por ver. Hasta los soldados que se pudrían en sus tumbas lo ignoraban. Y ellos hu­bieran debido saberlo. Sobre sus cruces se leía: «No habéis caído en vano.»

  A lo mejor hoy quedaban reducidos a cenizas...

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  La novela relata en toda su crudeza el ataque aéreo a una ciudad alemana en julio de 1944, cuando el final de la guerra era ya conocido e irreversible. El narrador, con una fría y distante actitud notarial, muestra en toda su crudeza “la súbita irrupción del invierno un día de verano”.

  El relato se organiza en diversos planos que el autor va hilvanando en un eficaz montaje. Esos planos se estructuran en tres niveles. El nivel del suelo, donde destaca un pelotón de adolescentes al servicio de una batería antiaérea a cuyo mando está un nazi enloquecido que pretende enfrentarse a la lluvia descomunal de bombas. En ese mismo nivel también están los prisioneros rusos y algunos habitantes que vagan por las calles sin ningún propósito.

  Por encima de ese nivel, un bombardero de la US-Air-Force, que atraviesa la barrera antiaérea.

  Llegaron en formación de combate. La primera oleada. Nubes de langosta con inteligencia humana, volando a cuatro kilómetros de altura, bombardero junto a bombardero. Las alas, casi rozándose, refulgían al sol. Cuando el alférez levantó la mano para proteger sus ojos, divisó también a los cazas: insectos por encima de las escuadrillas, zumbando entre las nubes.

  Al mando de las palancas que abren las compuertas de la bodega del bombardero está el sargento Strenehem. Acciona los mandos y suelta su mortífera carga sobre el cementerio. El piloto del aparato le recrimina esa acción. Minutos más tarde Strenehem tendrá que saltar en paracaídas y será capturado.

  El tercer nivel es el del subsuelo. Los búnkeres y los sótanos convertidos en refugios antiaéreos. En los sótanos se hacina la población civil, los pocos que no han querido o no han podido huir de la ciudad. Con silenciosa resignación esperan su destino, morir ahora bajo las bombas o esperar la llegada de los soldados rusos. En los búnkeres los soldados no piensan, algunos se emborrachan.

  —Rezar —sugirió alguien.

  La bóveda gemía sin cesar. Detrás de las paredes, el ruido sordo aumentó para después amortiguarse. La chica percibió el movimiento a su espalda y se mordió los labios. Todo parecía afelpado, como si ya estuviera podrido.

  La alfombra de bombas cae implacable sobre la ciudad arrasándolo todo  en una ceremonia de caos y destrucción sin sentido.

  Quien todavía gemía, fue reducido al silencio. El que gritaba, lo hacía en vano. La técnica aniquilaba a la técnica. Doblaba postes, despedazaba maquinaria, abría cráteres, derribaba muros: la vida era un simple despojo.

  No es de extrañar que los lectores alemanes de aquellos años, los del famoso milagro alemán, no pudieran soportar la lectura de tanta muerte y destrucción. Estaban reconstruyendo un país y expiando una culpa, aquello ya era demasiado, otra vez el horror.

  En el otoño de 1957, cuando ya se había evidenciado el desprecio de los lectores hacia la novela, Ledig escribió a la editorial: «Represalia fue un libro muy fuerte, y de un modo u otro recorrerá su camino. Como mínimo tiene asegurada una nueva edición después de la Tercera Guerra Mundial»...

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 PS: En la obra citada de Sebald, páginas 35-38, puede leerse lo siguiente:

 En pleno verano de 1943, durante un largo pe­ríodo de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El ob­jetivo de esa empresa, llamada «Operation Gomo­rrah», era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madru­gada, se descargaron diez toneladas de bombas explo­sivas e incendiarias sobre la zona residencial densa­mente poblada situada al este del Elba, que abarcaba los barrios de Hammerbrook, Hamm Norte y Sur, y Billwerder Ausschlag, así como partes de St. Georg, Eilbek, Barmbek y Wandsbek. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas que­daron rotas y arrancadas de sus marcos median­te bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quin­ce kilos penetraban hasta las plantas más bajas. En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas par­tes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanza­ba la vista, era un solo mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran ac­cionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivien­tes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las ca­lles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas con­torsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos per­dieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Has­ta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos ha­bían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes. Zonas residenciales cuyas fachadas sumaban doscien­tos kilómetros en total quedaron completamente destruidas. Por todas partes yacían cadáveres aterra­doramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quema­do hasta volverse pardos o purpúreos, o se habían re­ducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían re­torcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración co­menzaron a despejar el terreno, encontraron perso­nas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pa­red, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hir­viente que había brotado de las calderas de calefac­ción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas,  cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto  para la ropa..

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Crítica de la novela en el suplemento Babelia (diario El País).

Editorial minúscula

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Gert Ledig, Represalia. Edit. Minúscula. Barcelona 2006. 232 páginas. 16.50 €.

Mujeres en el Lager (y III)

Mujeres en el Lager (y III)

   Margarete Buber-Neumann es tal vez una de las víctimas más representativas del totalitarismo del siglo XX, pues fue testigo del horror de la persecución de la NKVD (la policía estatal soviética similar a la Gestapo alemana), de las cárceles estalinistas, de los campos de concentración de Siberia y del campo alemán de Ravensbrück. Fueron en total ocho largos años los que esta mujer pasó en el sistema concentracionario tanto soviético como nazi.

 Heinz Neumann, el marido de Margarete, fue detenido la noche del 27 al 28 de abril de 1937 en la habitación del Lux, el hotel en el que residían en Moscú. Neumann era un dirigente del PC alemán que incluso llegó a gozar de la confianza de Stalin. Hablaba ruso a la perfección y se había exiliado junto con Margarete a la Unión Soviética cuando Hitler alcanzó el poder. Pero Neumann era un intelectual, un hombre que leía y pensaba más allá de las consignas del Partido. No tardó en caer en desgracia, y lo inevitable sucedió. Así refiere su mujer su detención en las primeras páginas:

 Era aproximadamente la una de la madrugada cuando golpearon violentamente la puerta de nuestra habitación. Salté de la cama y encendí la luz. Los golpes se repetían en la puerta:

 —Heinz, por el amor de Dios, ¡despiértate!

 Sonrió y se volvió del otro lado.

Temblaba al abrir la puerta. En el umbral había tres agentes de la policía soviética, con el director del Lux. Sus órdenes no llegaban a mi cerebro; sólo retumbaban en mi oído y me dolían como martillazos. Me falló la voz.

 Nuestra habitación fue poseída por el crujido de las botas. Rodearon el lecho del delincuente, apaciblemente dormido. Pero la voz de “¡Neumann, levántese!” le hizo despertar sobresaltado.

 —¿Tiene usted armas?

 Su cara conservó durante unos segundos aquella expresión de horror casi infantil, para adquirir enseguida una palidez mortal, una vez decidido a luchar por la vida:

 ¡Protesto contra esta detención!

 —Le queda mucho tiempo para protestar.

 La irónica respuesta provenía del natschalnik del grupo. Las gafas sin montura que llevaba le hacían parecer un intelectual.

 “¡Vístase!”, ordenó a continuación. Se acercó después a la ventana u corrió cuidadosamente las cortinas. El director del hotel, Gurewitsch, se sentó en una butaca con las piernas extendidas mientras los otros tres comenzaban el registro de la habitación.

 Neumann fue fusilado, acosado de troskista y de conspirar contra la Revolución. Varios meses después fue detenida Margarete y comenzó su peregrinaje por las prisiones y los campos de trabajo soviéticos a lo largo de dos años. Llegó a estar a las puertas de la muerte pero logró sobrevivir.

 Liberada por los rusos, fue entregada a la Gestapo y llevada al campo de concentración de Ravensbrück, en donde permanecería hasta 1945. Allí trabó amistad con Milena Jesenká, la enamorada de Kafka y destinataria de las Cartas a Milena. Ambas planearon escribir un libro en que se refirieran las atrocidades de los regímenes totalitarios comunista y nazi. Milena murió en 1944 y Margarete escribió este magnífico libro, uno de los documentos memorialísticos más importantes del siglo XX que hace que su sufrimiento no fuera en vano. Su rememoración nos trae a personas concretas, seres humanos de diversa condición, que desde su crueldad o sufrimiento nos recuerdan lo que fue una parte del siglo XX que nos parece cada vez más lejana pero que sigue estando ahí.

 En el recuerdo está el sentido, lo que da la verdadera dimensión a aquello que parece que nunca sucedió.

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Margarete Buber-Neumann, Prisionera de Stalin y de Hitler. Prólogo de antonio Muñoz Molina. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona 2005. 512 páginas. 19 €.

Mujeres en el Lager (II)

Mujeres en el Lager (II)

Había llegado el momento temible que considerábamos que podía llegar desde hacía ya muchos años y que habíamos discutido con los amigos un centenar de veces, sin creer seriamente que se aproximaba. Durante ocho años el nacionalsocialismo se había hinchado como un fantasma, cada vez más. En nuestros viajes a Alemania, veíamos cómo echaba a perder a la gente, la atontaba, la engañaba con un falso socialismo aparente; y cómo el loco antisemitismo segaba implacable la vida de miles de alemanes, tan buenos alemanes como todos los demás, sólo porque, según la nueva locura, no eran “arios”. (pag. 14)

 A ese fantasma sobrevivió Helene Holzman, una mujer de origen alemán descendiente de judíos, culta, liberal, pintora de renombre y profesora de dibujo, que vivía en la ciudad lituana de Kaunas. Estaba casada con Max Holzman, librero, alemán, también de origen judío. Ambos habían adquirido la nacionalidad lituana en 1936.

 Según la nomenclatura nazi Max era judío “pleno”, como hijo de dos padres judíos. Helene era “medio judía”, pues era hija de padre judío y madre no judía, pero fue considerada alemana por las autoridades del Reich y las lituanas; además, estaba bautizada como evangélica. El matrimonio se había trasladado junto con sus dos hijas, Marie y Margarete, a Kaunas, donde Max regentaba una librería. En el año 33 el antisemitismo prendió entre los alemanes afincados allí y Max, que hasta ese momento era considerado un alemán más, ahora deja de serlo, y es tenido por judío.

 Al atardecer del día 24 de junio de 1944, Kaunas fue tomada por el ejército alemán, pero antes de que llegaran los soldados alemanes, los partisanos habían recibido ya órdenes antisemitas y organizaron los primeros progromos. Muchos de los judíos que trataron de huir en esos días fueron detenidos por los partisanos. El día 25 son detenidos Max y Marie, la hija mayor. Marie es liberada, pero el librero es fusilado al día siguiente.

 Marie, una pacifista convencida, miembro del Komsomol, que incluso hablaba con los soldados alemanes con el propósito de convencerlos de lo inútil de la guerra, fue detenida el 4 de agosto. Su madre, como ya había hecho con ocasión de la detención de su marido, inicia un peregrinaje por despachos de policía, abogados, amigos y funcionarios que resulta inútil. Los amigos la aconsejan huir, salir de allí inmediatamente, que ella y su hija pequeña se pongan a salvo. Marie es asesinada en diciembre, en lo que se conoce como “la gran acción”, que supuso la muerte de 10.000 judíos de Kaunas. Mientras tanto, el ejército alemán penetraba hacia el interior de Rusia con paso victorioso.

 A partir de este momento a Helene solo le guía una idea fija: salvar a su hija, esa obsesión daría título a estos tres cuadernos publicados ahora y redactados en 1944 en una prosa concisa, distanciada de todo sentimentalismo, casi como un frío informe académico o un acta notarial:

 En el gueto reinaba una relativa calma. Ya no se producían grandes carnicerías. Comparada con las lamentables condiciones de vida, la situación sanitaria no era mala, la mortalidad, baja. Se veía que lo que había quedado era realmente una selección natural: hombres y mujeres duros, y cuanto más duras las condiciones, tanto más fanática era su voluntad de vivir, su fuerza para superar todos los peligros (pág. 189).

 Helene y Margarete abandonan su casa y se refugian en la humilde cabaña de dos mujeres rusas, a las que llaman las Natachas. En esa cabaña estas mujeres se organizan para ayudar a los judíos del gueto en todo lo que les era posible, incluso ayudándoles a escapar y esconderse, y todo ello corriendo un tremendo riesgo:

 Nosotros nos habíamos propuesto no recoger en casa a nadie más, porque durante las visitas diurnas a las brigadas podíamos sufrir fácilmente un registro. Pero las semanas con Mositchen, que habían transcurrido tan felizmente, nos dieron valor para seguir arriesgándonos (pág. 253).

 Cuando en agosto de 1944 los soviéticos ocupan Kaunas, el gueto ya no existía, los alemanes lo habían destruido y trasladado sus últimos moradores a campos de concentración en Polonia. Los pocos judíos que lograron sobrevivir a esta masacre lo hicieron gracias a la ayuda de ciudadanos como estas mujeres, y otros muchos como ella que desinteresadamente pusieron en peligro sus vidas para salvar las de otros en un acto de generosidad del que estas memorias dan fe.

 Helene Holzman da por finalizados sus cuadernos cuando los alemanes se han marchado: Ese día había terminado el espantoso sueño, la espantosa realidad que había destruido nuestras vidas, la vida de miles y cientos de miles de manera absurda y demente. Mirábamos confiados hacia la nueva era.

 Después de la retirada alemana de Lituania, Helene Holzman dio clases de alemán en la universidad de Kaunas. Después de abandonar la universidad dio clases de alemán en la escuela de música de esta ciudad. En 1965 las autoridades soviéticas le conceden a ella y a su hija permiso para viajar a la República Federal de Alemania. En 1967 vistan Israel. El 25 de agosto de 1968 muere en un accidente de automóvil en la ciudad alemana de Giessen.

 Había empezado a escribir el lunes 25 de septiembre de 1944, con cincuenta y tres años, a lápiz. Termina su relato el 1 de agosto de 1945. Estos cuadernos estuvieron en manos de su hija Margarete hasta que el escritor y traductor Reinhard Kaiser contactó con esta durante la investigación para otro libro y ambos se decidieron a publicarlos. La obra fue merecedora del premio Geschwister-Scholl porque “en su calidad de testimonio  individual impresionante y profundo bien merecía figurar junto a los diarios de Ana Frank y Victor Klemperer.

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Helene Holzman. Esta niña debe vivir. Tres cuadernos 1941-1944. Traducción de Carlos Fortea. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores. Barcelona 2005. 396 páginas. 18.90 €.

Mujeres en el Lager (I)

Mujeres en el Lager (I)

  A media que las tropas americanas iban liberando los campos de concentración algunos mandos instaban a los soldados que tenían cámaras fotográficas a dejar constancia del horror que iba apareciendo ante sus ojos, fotografiando aquello que tenían ante sí y cuya contemplación les llenó de horror desde los primeros momentos. De esta manera se obtuvo un importante material gráfico de primera mano de aquella locura que los curtidos soldados americanos grabaron para siempre en sus retinas y en sus carretes.

  A pesar de que las tropas tenían prohibida la confraternización con los civiles alemanes, pronto tuvieron lugar los primeros contactos entre soldados y paisanos. En las primeras conversaciones entre la tropa y paisanos de pueblos y ciudades próximos a los campos inevitablemente surgieron preguntas sobre esos terribles lugares de exterminio.

  Los soldados comentaron sorprendidos a sus mandos que muchos ciudadanos alemanes les insistían en su absoluto desconocimiento sobre esta cuestión, mostrando su escepticismo ante lo que los soldados les relataban. No sabían, no habían visto, no habían oído... Muchos soldados se mostraban indignados ante esa indiferencia, ese no saber, y algunos propusieron a sus mandos que se llevase a los campos a quienes decían no saber ni haber visto nada, para  que pudieran ver allí ver las fosas comunes, los crematorios, con sus propios ojos. Hubo mandos que accedieron a esta propuesta y bastantes ciudadanos alemanes fueron obligados a contemplar aquello que muchos decían desconocer.

  El propio general Dwight Eisenhower, relató en sus memorias su visita al campo de concentración de Buchenwald, el 13 de abril de 1945: “Visité cada rincón del campo porque sentí que, desde ese momento, era mi obligación estar en condiciones de dar un testimonio de primera mano sobre esas cosas, en caso de que en mi país aumentara la presunción de que “las historias de la brutalidad nazi eran sólo propaganda”. Algunos miembros del grupo de visitantes fueron incapaces de atravesar esa experiencia. Envié comunicaciones tanto a Washington como a Londres, exhortando a ambos gobiernos a que mandaran en el acto a Alemania a diferentes editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debía ser presentada inmediatamente a los públicos norteamericano y británico de una manera que no dejara ningún lugar a dudas cínicas”.

  La mujer que vemos en la fotografía pasa apresuradamente, con una mano tapándose la boca, ante decenas de cuerpos exhumados. Lo hace con los ojos apenas entreabiertos, como si quisiera seguir resistiéndose a no saber. Al fondo, una fila de soldados americanos contempla la escena. La fotografía fue hecha por Edward Belfer el 17 de mayo de 1945. Por aquella fecha muchos alemanes habían arrancado ya la doble S de su uniforme, o quemado algún documento comprometedor.

  Seguramente esa mujer no sabe nada de la pertenencia a las juventudes nazis de un tal Joseph Ratzinger, ni conoce a un  muchacho de diecisiete años que se sintió orgulloso la primera vez que se vistió con el uniforme de las Waffen SS. Es mejor no saber, apresurar el paso y hurtar la mirada.

  Pero hubo otras mujeres que no cerraron los ojos ante el horror y dieron testimonio de ello. Mujeres que un día decidieron escribir y traspasaron su mirada al papel. Esas miradas abrieron otras y por ellas también supimos del horror y la barbarie que vivieron las víctimas del sistema concentracionario del Tercer Reich.

  Aunque la mayor parte de los testimonios sobre los campos de concentración es de hombres —recordemos la imprescindible trilogía de Primo Levi, o las obras de Jean Améry, Jorge Semprún, Elie Wiesel, J. Amat-Piniella, entre tantos otros—, recientemente está apareciendo entre nosotros el testimonio de las mujeres, la barbarie no entendía de sexos, en obras que, en palabras de Primi Levi, “transmiten dolorosa sabiduría del mundo, lo que demuestra que la autora no padeció en vano” (prólogo a  El humo de Birkenau). Me referiré aquí al testimonio de tres de ellas: Liana Millu, Margarete Buber-Neumann y Helene Holzman.

  Liana Millu nació en Pisa en 1914 en el seno de una familia judía. Se dedicó a la enseñanza, pero fue apartada de la docencia por las leyes racistas del estado italiano en 1938. En 1943 se integra en la Resistencia, fue arrestada por la Gestapo al año siguiente y deportada a Auschwitz-Birkenau, de donde logró sobrevivir. Murió en febrero de 2005.

  Millu es autora del libro de relatos El humo de Birkenau, publicado en 1947, el mismo año en que Levi publica Si esto es un hombre. El libro lo constituye un conjunto de seis relatos escritos en primera persona, hay una clara identificación entre narradora y autora, protagonizados por mujeres, en la línea de la literatura testimonial propia de este tipo de textos, en los que se evocan distintas historias que la autora conoció en su cautiverio en Birkenau.

  Millu deja de lado la reflexión y análisis sobre lo que le tocó vivir en el campo y opta por un relato objetivo, a veces distanciado, para que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.

  En los cuentos se narran profundas experiencias protagonizadas por mujeres, con la tortura y la muerte como trasfondo. Así, en Lily Marlene, la primera de las historias, se nos refiere lo acontecido a  la joven húngara Lily, que se sonroja cuando le dicen las compañeras que tiene un hochane (enamorado) en el campo. Lily hace labores de costura para una brutal kapo, encargada de llevarlas a un campo, donde trabajan llenando de tierra grandes carretones. Mientras las presas trabajan, la kapo se encierra en una cabaña con su hochane, un preso de un grupo que trabaja cerca. Un día, el hombre sale de la cabaña y le dice a Lily besándola que sea su enamorada. La escena la contempla la kapo, quien golpea brutalmente a la muchacha. Cuando regresan al campo, a la entrada, la columna es detenida: es una selección. La narradora intenta ayudar a Lily, que, abandonada, no quiere luchar más. La kapo le indica al médico que la muchacha no puede trabajar. El médico la aparta de la fila y la secretaria apunta el número tatuado en el brazo.

  En La clandestina se nos refieren los sufrimientos de una prisionera embarazada de siete meses que intenta ocultar su abultado vientre en el convencimiento de que la guerra acabará y su hijo podrá conocer un nuevo mundo y no acabar siendo humo.

  Bruna, la protagonista de Alta tensión, que ve a diario a su hijo trabajar hasta la extenuación entre hombres, corre a abrazarse con él en un último acto de amor a través de la alambrada electrificada: Llegó a los cables y en el instante en que los bracitos se fundían con los de la madre, se produjo un chisporroteo de llamas de color violeta; sacudidos con violencia los cables emitían un zumbido y esparcieron en el aire un olor acre a quemado. [...] Antes de alejarme me di la vuelta: Bruna y Pinin seguían allí, estrechamente abrazados, la cabeza de la madre posada sobre la del hijo, como si quisiera proteger su sueño. La muerte, siempre inevitablemente la muerte. Muerte que no se siente si oyes la alarma aérea (El billete de cinco rublos), la ilusión de la liberación, que si no existe se inventa para poder vivir al menos un día más. Otras veces es un acto de amor, como en Scheiss Egal, protagonizado por una mujer que se alista en el comando de las prostitutas y poder así conseguir comida para su hermana enferma, que la rechaza desde su lecho de muerte, la antesala del horno crematorio.

  En el último de los relatos, Ardua decisión, Lise encuentra el amor en el campo a pesar de todo. O tal vez a causa de todo eso el amor sea un antídoto contra la muerte.

  Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, sostiene que el holocausto ha entrado a formar parte de nuestra cultura y se ha convertido, además, en un mito (con todo lo que ello supone) para la civilización occidental. Es, además, un problema moral. En Sombra larga y oscura señala: “Europa no es sólo un mercado común y una unión aduanera, sino espíritu y espiritualidad. Quien quiera participar en este espíritu, deberá pasar, entre otras cosas, por la prueba de fuego que supone enfrentarse de forma moral y existencial al holocausto”. El humo de Birkenau es una buena manera de hacerlo.

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Liana Millu, El humo de Birkenau. Edit. Acantilado. Barcelona 2005. 196 pág. 14 €.