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Leyendo a la sombra

Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala (o el que tuvo, retuvo)

Mario Vargas llosa, <em>Travesuras de la niña mala</em> (o el que tuvo, retuvo)

 

  Esa vieja sombrilla ha sido testigo este verano durante unos días de mis lecturas playeras. Ahí me ven, en esa especie de diminuto locus amoenus, mientras las medusas campaban a sus anchas, yo leía a la sombra de la sombrilla pasajes como este, perteneciente a la última novela de Mario Vargas Llosa:

 

  La idea de pasar una noche entera con ella, de hacerle el amor, gustar en mis labios el parpadeo de “su sexo de pestañas nocturnas” (un verso del poema Material nupcial, de Neruda, que yo le había recitado al oído la primera noche que pasamos juntos, en mi buhardilla del Hotel du Sénat), sentir que se dormía en mis brazos y despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio acurrucado contra el mío, me tuvo los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y el miedo a que algo frustrara el plan apenas me permitían concentrarme en el trabajo (Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala, pág. 74).

  Seguro que Ricardo Somocurcio también cree, como Vargas Losa, que la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse del infortunio, porque si de alguna manera hubiera que calificar su vida, ése sería el calificativo que más le convendría: infortunio.

  Pero Ricardo Somocurcio tardó casi toda una vida en darse cuenta de la verdadera naturaleza de la suya, y nunca lo lamentó, a pesar de tener sobradas razones para ello. Todo empezó allá por el verano de 1950, en un Miraflores inundado por los sones del mambo. Aquel verano, además de la Orquesta de Pérez Prado, también llegaron a Miraflores las hermanas Lily y Lucy, las chilenitas, que con sus liberales costumbres deslumbraron a todos los muchachos. Pronto inicia Ricardo una historia de amor con Lily, que se irá convirtiendo con el paso de los años en una verdadera y obsesiva pasión que lo irá atrapando, hasta casi destrozarlo, y que incluso lo lleva a la puerta del suicidio.

  Ricardo es el narrador-protagonista de la última novela de Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala, que en un relato en primera persona da cuenta al lector de una vida organizada en torno a dos pasiones: vivir en París y un amor imposible por una mujer fatal, con la que llegará a casarse por conveniencia. El texto es una deposición de un Ricardo maduro, ya entrado en la cincuentena, en la que refiere los avatares de las uniones y separaciones de dos personas con sentimientos, intereses y aspiraciones totalmente diferentes: ella, la “niña mala”, sólo pretende redimirse de su pecado original, pertenecer a una clase social baja; para ello, pragmática y ambiciosa, únicamente busca estar con hombres ricos y poderosos a los que no duda en esquilmar; él, el “niño bueno”, que la ama por encima de todo y vive para perdonarle sus desprecios y abandonos, es el auténtico héroe del melodrama, casi folletín, que es la novela.

  La narración constituye una exploración de un misterioso sentimiento que dura toda una vida, una auténtica pasión, en el estricto significado del término (acción de padecer). El autor organiza para ello una historia de amor atormentado e irracional, con ribetes de sadismo y masoquismo, que se sustenta en la atracción casi enfermiza por la persona que puede hacernos daño (¿es amor o enfermedad?, se preguntará el lector en más de una ocasión). Es amar el daño, afirma Rosa Montero.

  La historia se estructura en siete capítulos, numerados y titulados, que se corresponden con los sucesivos encuentros y desencuentros de Ricardo y la “niña mala”. En ellos se va construyendo todo un mundo de personajes —eso es básicamente la novela— en un recorrido por distintas ciudades (Lima, París, Londres, Tokio, Madrid) y tiempos por los que discurre ese amor poderoso y obsesivo en la más pura tradición del irracionalismo romántico.

  La novela se inicia en la ciudad de Lima (Cap. I), años cincuenta, en donde el quinceañero Ricardito conoce a Lily, una de las hermanas chilenas, de la que se enamorará perdidamente. Pronto descubrirá que no son chilenas.

  Diez años después (Cap. II), Ricardo vive en el revuelto París de los sesenta y aprueba el examen para traductores de la Unesco. Lleva una vida un poco a salto de mata y se relaciona con gentes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), como Paúl, el encargado de mandar a jóvenes con ansias revolucionarias a formarse en Cuba, actividad en la que Ricardo lo ayuda ocasionalmente. Esto le pone en contacto con una tal camarada Arlette, a la que reconoce enseguida, pues no es otra que la Lily de Miraflores. Aunque ha pasado bastante tiempo, Ricardo sigue perdidamente enamorado de ella, pero Arlette se marcha a Cuba, donde parece ser que llega a mantener una relación con un gerifalte de la Revolución. Un tiempo después, Ricardo la vuelve a encontrar casualmente en la sede de la Unesco; ahora es madame Robert Arnoux, elegante señora de un alto funcionario de dicho organismo. Retoman los furtivos encuentros sexuales hasta que un día ella desaparece; algo inevitable, pues la señora Arnoux le reconoce que sólo se quedaría con un hombre muy rico y poderoso. Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más (pág. 81). A estas alturas de la novela el melodrama está servido y no tiene caso seguir resumiéndoles lo que en ella se narra. Mejor que la lean, porque lo realmente interesante es leer novelas, no hacerles la autopsia (Vargas Llosa dixit). Con todo, merece la pena hacer una pequeña consideración sobre este aspecto de la novela.

  El melodrama es uno de los géneros literarios más populares y su eficacia radica en la repetición de un esquema  dramático basado en el principio de positivo/negativo o esperanza/desesperanza, de tal manera que a una situación de bienestar le corresponde una de dolor, y a una de dolor, una de bienestar. En el caso de la última novela de Vargas Llosa, la alternancia se da entre los sucesivos encuentros de Ricardo y la “niña mala”, elemento positivo, y el abandono subsiguiente de aquel por parte de esta, elemento negativo. Este esquema le permite al autor complicar la historia cuanto desee y alargarla lo que le parezca; así, los encuentros y abandonos se suceden cuantas veces necesite el autor para su propósito.

  Por otra parte, el melodrama se articula con personajes muy bien definidos desde el principio, como es el caso. El lector percibe pronto que Ricardo es una buena persona, sin fisuras, y que la “niña mala” lo es cada vez más e incluso alcanza la perversión, y así se afirma en el tramo final de la novela:

  —Me conoces mal —dijo ella, muy tranquila—. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.

  —A mí me has hecho las peores maldades que puede hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque tenían más dinero, y me largabas sin el menor cargo de conciencia. No lo has hecho una sino dos, tres veces. Dejándome destrozado, aturdido, sin ánimos de nada. (Pág. 370)

  Travesuras de la niña mala es esencialmente una novela de personajes que en ocasiones acusa demasiado la deuda con el género del melodrama. No obstante, y como contrapunto, creo que debe destacarse, por una parte, el tono humorístico que impregna la novela, y que viene a actuar como contrapeso del melodrama, y por otra, el abanico de personajes secundarios, algunos de ellos suponen realmente un acierto, como el niño que no habla y sus padres.

  La novela se lee bien, lo cual no es ningún demérito, y aunque los compases iniciales puede parecer que flojean, a partir del capítulo V (El niño sin voz), cuando la vida de ella da un dramático giro que la redime de su ser egoísta y arribista cuya causa se nos revela en el último capítulo, la novela remonta el vuelo, de tal manera que toma altura hacia el final y el lector puede constatar el buen hacer del autor, su dominio de la narración.

  En fin. El que tuvo, retuvo. Pero de este autor me quedo con novelas como Conversación en La Catedral o La tía Julia y el escribidor, sin que ello haga suponer que crea que esta Travesuras de la niña mala sea una mala novela, que no lo es, aunque no alcance la altura de las antedichas.

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Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 375 páginas. 19.50 €.

E. L. Doctorow, La gran marcha

E. L. Doctorow, <em>La gran marcha</em>

  La gran marcha, la nueva novela de E.L. Doctorow, es un inmenso mosaico de piezas que constituyen un rompecabezas de historias y personajes que se van entrelazando finamente entre sí hasta constituir una excelente narración de los momentos finales de la Guerra de Secesión americana. La novela es una pieza más (excelente, en este caso) de ese ejercicio de reconstrucción de la historia de los Estados Unidos que viene haciendo Doctorow, con títulos tan notables como El libro de Daniel (1971) o Ragtime (1975), y en ella se narra la gran marcha de más de sesenta mil hombres que condujo el general Sherman por Georgia y las dos Carolinas arrasando plantaciones, pueblos, ciudades, y liberando esclavos.

  Por la novela desfilan personajes reales y ficticios, en la tradición americana de fact and fiction que también pudimos ver en Libra de Don DeLillo, y al lado de Sherman o el presidente Lincoln encontramos a Pearl, la esclava manumitida, los soldados Arly y Will —una especie de criminales nihilistas y uno de los logros de la novela—, el periodista Hugh Pryce, el soldado Calvin y otros que recorren el texto se diría que con precisión militar sustentados por una depurada técnica narrativa (fíjese el lector atento especialmente en los diálogos sin entrecomillar ni guión fundidos en la narración, una auténtica exhibición de poderío estilístico).

  En el año 1864, después de incendiar Atlanta, el general unionista William T. Sherman inicia una terrible marcha hacia el mar por los estados de Georgia y las dos Carolinas con un ejército de 60.000 soldados a los que se van uniendo miles de negros liberados, como atraídos por una extraña fuerza que no hace sino aumentar esta marea humana. Es la Guerra de Secesión, una guerra implacable, como piensa Hugh Pryce, enviado especial del Times de Londres y corresponsal con el Ejército del Oeste.

  ¿Qué guerra se libraba de manera tan implacable y con tanto fervor e intensidad como una guerra civil? Ninguna contienda entre naciones podría igualarla. Los generales del Norte y del Sur se conocían: habían coincidido en West Point o luchado codo con codo en la guerra de México. Inglaterra tenía, desde luego, un largo y sangriento historial de guerras civiles, pero eran hechos antiguos que se estudiaban en los colegios privados. Lo que sucedía en América era algo que uno tenía que ver con sus propios ojos. Y por cruentas y brutales que fueran las contiendas de Lancaster y York, el combate era cuerpo a cuerpo: con hachas de guerra, picas, mazas. Estos hombres eran asesinos de la era industrial: tenían fusiles de repetición capaces de matar a cien metros, metralla capaz de diezmar una fila mientras avanzaba, cañones fijos y móviles, munición capaz de destruir ciudades enteras. Su guerra era tan impersonal y mortífera que, en comparación con cualquier hecho anterior, resultaba poco más que pintoresco.

  Sin embargo, todavía quedaba algo de la antigua cultura militar. El brutal romanticismo de la guerra aún era posible en el momento de hacerse con el botín. Cada población por la que pasaba el ejército era un trofeo. En tal pueblo había una gran provisión de vino, en tal otro un granero lleno a rebosar, aquí un rebaño de vacas, allá un arsenal, casa que saquear, esclavos que reclutar. Había algo innegablemente clásico en todo eso, ya que, ¿cómo, si no, se habían abastecido los ejércitos de Grecia y Roma? ¿Cómo, si no, los soldados de Alejandro habían creado un imperio? El ejército invasor, cuando acampaba, se establecía como propietario de la tierra, con todos los elementos de la domesticidad, incluidas las mujeres, ampliando la función puramente comercial de su orden social.

  Los hacendados sureños pronto intuyen lo que sucederá, tal es el caso de John Jameson, de Fieldstone, que engrilletó a una docena de sus mejores esclavos y los mandó a un negrero de Columbia —ninguno de mis negros llevará el uniforme federal, eso te lo aseguro— pese a la oposición de Mattie, su mujer. Pero ha llegado el momento de huir.

  Ya vienen, Mattie, ya marchan hacia aquí. Es un ejército de perros salvajes bajo el mando de ese apóstata, ese canalla repugnante, ese demonio que primero se beberá tu té y saludará con una reverencia y luego te lo arrebatará todo.

  Los ricos terratenientes recogen sus más valiosas pertenencias y abandonan sus plantaciones. Es entonces cuando los esclavos comprenden, al ver el miedo en los ojos de sus amos, que el tiempo de la liberación ha llegado y dirigen sus miradas al horizonte, esperando la llegada del ejército unionista.

  Y luego, en la periferia de ese ruido de tierra pisoteada, oyeron, por fin, el vocerío de hombres vivos. Y los mugidos del ganado. Y los chirridos de las ruedas. Peo no vieron nada. Involuntariamente bajaron hacia la carretera, pero siguieron sin ver nada. Aquel clamor sinfónico lo invadía todo, llenando el cielo igual que la nube de polvo rojo que pasaba como una flecha  por el sur y empañaba el cielo, era la gran procesión de los ejércitos de la Unión, pero sin más sustancia que un ejército de fantasmas.

  Pearl, la esclava negra de piel blanca, hijastra de Jameson, decide como muchos otros unirse al ejército. También se une a la gran marcha la dama sureña Emily Thomson, quien trabajará como enfermera ayudando al doctor Drede Sartorius. No sentirá el menor remordimiento por haber traicionado sus lealtades sureñas y será capaz de contemplar imperturbable todo el horror y la miseria de la guerra.

  Otros, como Josiah Culp, fotógrafo, comisionado por el Gobierno para fotografiar la guerra y sus intérpretes, sigue a los ejércitos con el propósito de fotografiar a ambos: Soy fotógrafo con licencia del Ejército de Estados Unidos, explicó Culp. ¿Y por qué cree que es así? Porque el Gobierno es consciente de que, por primera vez en la historia, la guerra quedará grabada para la posteridad. Hago un registro pictórico de este terrible conflicto, caballero. Por eso estoy aquí. Ésa es mi contribución. Retrato la gran marcha del general Sherman para las generaciones venideras.

  Josiah todavía no sabe que un soldado rebelde desertor le hará cavar su propia tumba, vestirá sus ropas y a punta de pistola obligará a su ayudante negro a seguirlo hasta el cuartel general de Sherman, donde intentará matar al general. Este personaje recuerda a  Mathew Brady, uno de los fotógrafos más importantes que recogió la guerra en sus daguerrotipos.

  Pero Sherman sobrevive al atentado y sigue encaminando la guerra hacia su final, con los soldados exhaustos: Esta gente está dando de sí un poco más de  lo que yo creía posible, dijo Sherman. [...] Los hombres estaban famélicos y extenuados, y tan consumidos por los meses de marcha y escaramuzas y batallas que ya no quedaba nada de ellos salvo tendón y músculo. Estaban tan coléricos como sólo pueden estarlo los hombres agotados. La ropa que llevaban puesta ni siquiera llegaba a la categoría de harapos, y tenían hinchados y ensangrentados los pies descalzos. No había tamborileros para marcar el paso. No marcaban el paso. Mírelos, dijo Sherman a Teak, montados ambos en sus caballos al pasar revista. ¿Alguna vez ha visto un ejército mejor que éste? Me han dado todo lo que he pedido y más. Cuando acaba esta maldita guerra, los haría marchar Por Pensylvania Avenue en este mismo estado lamentable, apara que la gente se dé cuanta de lo que significa luchar en una guerra, cómo despoja a un hombre de todo lo intrascendente y deja a un luchador aguerrido con entrañas de hierro y el robusto corazón de un héroe.

  El General Lee se rinde con todo su ejército ante el general Grant el 9 de abril en el palacio de justicia de Appotomatox, Virginia. La Guerra Civil había terminado, aunque la mente de algunos hombres todavía guarde rescoldos que tardarán tiempo en apagarse.

  Aunque esta marcha ha acabado, y airosamente, ahora, y que Dios me perdone, siento nostalgia: no por la sangre y la muerte, sino porque ha dado sentido al suelo mismo que pisó, por cómo ha otorgado trascendencia moral a los campos, ciénagas, ríos y caminos, en tanto que ahora, conforme se disuelve la marcha, también se disuelve su sentido, a la vez que el ejército se disgrega en las intenciones aisladas de la difusa vida privada, y por tanto el terreno queda vacío y también difuso, e inefable, convertido una vez más en objeto, y queda, en la victoria, despojado de su razón de ser, y, ya sea iluminado por el día o a oscuras, ya sea estéril o fértil, aya sea violento o sereno, también queda completamente insensible y sin un objetivo propio.

  Y por qué Grant está hoy tan solemne frente a nuestro gran logro si no es porque este planeta inhumano y sin sentido necesitará nuestra huella guerrera para concederle valor, y porque nuestra guerra civil, la fábrica devastadora de los huesos de nuestros hijos, no es más que una guerra posterior a otra guerra, una guerra anterior a otra guerra.

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E.L. Doctorow, La gran marcha. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. Roca Editorial. Barcelona 2006. 379 páginas. 18 €.

Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor (y editorial)

Gonzalo Hidalgo Bayal, <em>Paradoja del interventor</em> (y editorial)

   Fue al crítico Miguel García-Posada a quien por primera vez le oí hablar en una conferencia de una novela titulada Paradoja del interventor, allá por el mes de abril o mayo del año 2004. La conferencia versaba sobre novela contemporánea y el crítico comentaba  la extraña suerte de algunos textos valiosos que pasan desapercibidos, inexistentes para los lectores, engullidos por la vorágine de un mercado editorial en el que priman casi exclusivamente criterios comerciales. Citó entonces a un autor completamente desconocido para mí: Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat. Cáceres, 1950) como ejemplo de lo que venía diciendo. Comentó que era un autor casi desconocido que había publicado una novela excelente en una editorial de Badajoz, que probablemente no traspasaría los estrechos límites de la provincia o de la autonomía.

   Apunté en un trozo de papel el título de la novela y el nombre del autor y lo guardé en la cartera. Unos días después, encargué la novela. Me llegó a finales de junio y la leí casi de un tirón.

   Ciertamente es una buena novela, muy kafkiana —incluso en algunos momentos me llegó a recordar a alguna de las novelas de Luis Mateo Díez—, en la que se relata la búsqueda de la identidad de un hombre que se apea de un tren nocturno en una perdida estación de provincias para tomar algo en la cantina y pierde el tren. Se queda en la estación y entabla una relación con el camarero de la cantina y con un extraño parroquiano que musita frases en latín. El hombre, forastero y perdido en un mundo extraño, es ayudado por unos y rechazado por otros y pronto es considerado lo que no es, el interventor de la estación. Ese mundo inconcreto, indefinido y misterioso, una metáfora del mundo actual, atrapa al lector hasta el final, en una peregrinación en busca del sentido que de alguna manera nos resulta familiarmente cercana.

   La novela ha sido recientemente editada (¿o reeditada?) por Tusquets y de ella ha dicho Rafael Conte en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, que es la mejor novela que ha leído en los últimos años.

   Hipérboles aparte, creo que merece la pena leer un texto original, sobre todo en estos días, con la que está cayendo: 37º grados a la sombra en Madrid....

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Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor. Del Oeste Ediciones. Badajoz, 2004. 239 páginas. 12 €.

>> Edit. Tusquets. Barcelona, 2006. 232 páginas.

Irène Némironsky, Suite francesa. La calle de los desconocidos a los que se acaba conociendo

Irène Némironsky, <em>Suite francesa</em>. La calle de los desconocidos a los que se acaba conociendo

   El 20 de enero del año de 1942 se celebró en una villa a las afueras de Berlín la Conferencia de Wannsee, en la que se ultimó el plan para llevar a cabo la denominada “solución final al problema judío”, lo que suponía el traslado de los judíos europeos a campos de concentración del Este, primer paso hacia su eliminación total. Las actas de la reunión fueron descubiertas en marzo de 1947 por el equipo del fiscal de EEUU que recopilaba información para los juicios de Nuremberg (Mark Roseman, La villa, el lago, la reunión. Edit. RBA).

   En la ofensiva de verano de ese mismo año de 1942, los alemanes tienen como objetivo principal la conquista de los campos petrolíferos del Cáucaso y Estalingrado. Los ejércitos alemanes llegan hasta el Ebrus pero no consiguen alcanzar la frontera meridional rusa ni cortar la ayuda militar americana.

   La mañana del lunes 13 de julio de 1942, Victor Klemplerer va caminando por una calle de Dresde con Sara Kätchen a visitar una residencia de ancianos. No puede viajar en tranvía, medio de transporte prohibido a los judíos. En su diario anota lo siguiente: “Por el camino creímos durante unos minutos que un joven (¿Gestapo?) nos seguía; nos había adelantado y mirado de un modo sospechoso, se quedó parado delante de un escaparate; hasta que no torció por una bocacalle no nos quedamos tranquilos” (Víctor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1942-1945. Vol. II. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Su mujer, Eva, dada su condición de aria, ha podido realizar el trayecto hasta la residencia en transporte público.

   Ese mismo día del 13 de julio del año 1942 unos gendarmes franceses detienen a Irène Némironsky en su casa de Issy-l'Évêque. La familia Némironsky había abandonado París la víspera del día 1 de septiembre de 1939, día en que Alemania invade Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial. Iréne y Michel Epstein, su marido, habían decidido llevar a sus dos hijas, Denise y Élisabeth, al pequeño pueblo de Issy-l'Évêque, de donde es su niñera, Cécile Michaud, y dejarlas allí a cargo de la madre de esta. Iréne y Michel vuelven a París y visitan con frecuencia a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en 1940.

   Los Némironsky son censados como judíos por las autoridades francesas en 1941. Michel no puede seguir trabajando en la banca ni Iréne, que por aquellas fechas era ya una novelista de prestigio reconocida por la crítica e incluso traducida al alemán, puede seguir publicando. La ley sobre los ciudadanos extranjeros de raza judía promulgada en 1940 estipulaba que los judíos pueden ser arrestados en su domicilio o internados en campos de concentración.

   El matrimonio abandona París y se instala con sus dos hijas en un hotel en Issy-l'Évêque, donde también se alojan soldados y oficiales de la Wehrmacht. Después de vivir un año en el hotel, alquilan una casa en el pueblo. Iréne consigue que su editor le publique varias novelas cortas con pseudónimo, y durante 1941 y 1942 inicia su obra más ambiciosa, Suite francesa, que concibe en cinco partes, pero de las que solo logrará terminar dos.

   El 13 de julio de 1942 los gendarmes a las órdenes del gobierno de Vichy detienen a Iréne. El 16 es internada en el campo de concentración de Pithiviers. Al día siguiente es deportada en el tren número 6 a Auschwitz. Es asesinada el 17 de agosto de 1942.

   Michel Epstein es detenido en octubre de 1942. Fue deportado a Auschwitz el 6 de noviembre del mismo año y ejecutado nada más llegar.

   Cuando arrestaron a Michel, los gendarmes se dirigieron a la escuela a buscar a sus dos hijas, pero estas lograron escapar del acoso escondidas por su institutriz en conventos y refugios de provincias. En su peregrinaje las dos niñas nunca se separaron de la maleta de piel marrón de su madre, que guardaba su ropa, fotos, cartas y diversos cuadernos y papeles sueltos escritos con una apretada letra. Sus hijas siempre creyeron que esos papeles eran un diario de su madre, pero en realidad eran el manuscrito de Suite francesa, que la autora había escrito con una letra minúscula para economizar papel.

   Denise Epstein, que hoy cuenta 75 años, ha recordado que cuando terminó la guerra ella y su hermana acudían a diario a la Gare de L’Est para ver si sus padres regresaban entre los supervivientes de los campos. Tuvieron que pasar varios años para que conocieran las circunstancias reales de la muerte de sus padres.

   Los papeles de la maleta permanecieron en el fondo de un armario hasta 1980, año en que Denise los empezó a leer y se dio cuenta de que lo que ella creía un diario era en realidad una novela. Todavía hubo que esperar hasta 2004 para que se decidiera a dar el texto a la imprenta.

   Suite francesa es una novela organizada en dos partes (Tempestad en junio y Dolce). En la primera se describe en breves capítulos la evacuación de París por parte de diversos personajes, de una manera coral. Así, vemos las diversas reacciones de una familia  de la alta burguesía, de un célebre escritor y su amante, de unos empleados de un banco que tienen un hijo en la guerra, de un coleccionista de antigüedades, etc. Es la derrota y el caos, los momentos de incertidumbre en los que nadie sabe realmente lo que sucede. La segunda parte varía el enfoque. Ahora la acción se desarrolla en el pueblo de Bussy, próximo a Dijon, y se nos narra la ocupación y la convivencia entre alemanes y  franceses, en ocasiones forzados a confraternizar.

   Némironsky ha escrito una novela en la que afloran el sustrato moral y social que mueve a los individuos en una época convulsa. Eso fue lo que le tocó vivir y sobre lo que escribe, y lo hace al mismo tiempo que está pasando y sin pasión —casi notas del natural—, distanciadamente, de tal manera que el lector se erige en testigo de unos acontecimientos que han permanecido vivos en el interior de una maleta marrón, que afectaron a hombres y mujeres brutalmente zarandeados por el horror y la miseria de la guerra.

   En la página 44 de la edición española, uno de los personajes de la novela, el escritor Gabriel Corte, pronuncia estas palabras: “Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo”.

   Suite francesa es una de las calles más importantes de la narrativa europea de la segunda mitad del convulso siglo XX. Déjense llevar de la mano de la autora por ese fascinante mundo de esta novela. El paseo por ella merece realmente la pena.

   La edición española contiene dos interesantes apéndices al texto: las notas manuscritas de la autora y unas cartas (1936-1945), documentos que ayudan inestimablemente a la contextualización y comprensión del texto.

   Reseña de Francisco Solano en el suplemento Babelia del diario El País (5/11/2005).

   Una visión de la escritora por Octavi Martí, suplemento “Domingo” del diario El País (5/12/2004).

   Reseña de Rafael Narbona en El Cultural del diario El  Mundo (17/11/2005).

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Irène Némironsky, Suite francesa. Edit. Salamandra. Barcelona 2005. 473 páginas. 19 €.

Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Una novela con instrucciones de uso

Eduardo Lago, <em>Llámame Brooklyn</em>. Una novela con instrucciones de uso

  La Virgen de la Anunciación, de Antonello da Messina, se puede contemplar en el Palazzo Abatellis de Palermo. Bruno Gouvy quiso que Nadia Orlov, su mujer, y su hija Brooklyn conocieran el cuadro y con ocasión de un viaje  a Roma, antes de regresar a Londres, alquiló un coche y logró concertar a través de la embajada una visita privada al Palazzo.

  Bruno Gouvy es diplomático, hijo y nieto de diplomáticos, pero sin vocación. Nadia lo conoció en París, en el año 85, a donde había acudido becada a estudiar en el conservatorio, después de años de esfuerzo tocando el violín. Enseguida se enamoraron y se casaron después de unos meses. Con Bruno Nadia encontró una estabilidad que le había sido negada hasta entonces y pudo conseguir algo que siempre había creído imposible, quedarse embarazada. En sus variadas relaciones anteriores con otros hombres Nadia abortó varias veces, siempre en el cuarto mes; eso llegó a crearle una situación de culpabilidad extrema.

  Nadia nació y creció en Laryat, una ciudad de Siberia, una de esas ciudades de científicos que en una época no figuraban en los mapas. Cuando sus padres emigraron a Estados Unidos ya era una niña prodigio con el violín.

  Néstor Oliver-Chapman escucha atentamente este relato que le está refiriendo Brooklyn Gouvy entre las tumbas de un cementerio, en Cádiz, bajo un sol luminoso. Néstor es un periodista de origen español que ha logrado terminar una novela que su amigo Gal Ackerman dejó inacabada a su muerte. Un día ya lejano Gal conoció a Nadia y nada más verla supo que se enamoraría de esa mujer.

  Muchas veces pensó en ella cuando escribía su novela en el Oakland, un bar que descubrió por casualidad. El bar lo regenta Frank Otero, un tipo despreocupado y generoso al que le encantaba hablar con desconocidos...

  Podría seguir hablándoles de estas y otras historias, historias que se entrelazan formando un complejo y a veces confuso tejido, que a algunos lectores les puede resultar escurridizo, como le ocurría a Gal con su novela, que se le escapaba de entre las manos y no supo o no pudo terminar, delegando para ello en su amigo Néstor. Eso es lo que narra la novela Llámame Brooklyn, la trastienda de otra novela, Brooklyn; literatura desde la literatura, novela de una novela.

  En los tiempos que corren —que se lo digan a Auster—, escribir una novela que hable del proceso de creación de otra es una empresa arriesgada, máxime cuando el lector tiene la sensación de tener entre sus manos un cubo de Rubik narrativo, y que después de manipular sus variadas facetas intuye la existencia de una ley que ordena el artefacto pero que parece escapársele en la lectura. Sin embargo esa ley existe, y no se le hurta al lector, aquí no hay extraños guiños ni escamoteos. Lo que ocurre es más bien sencillo: toda buena novela tiene una historia indisociable de la manera de contarla y en esta novela hecha desde la novela el lector encontrará una buena historia y una buena manera de contarla.

  Muchos de los lectores actuales tal vez no estén acostumbrados a lidiar con la forma, pues los envoltorios predominantes han favorecido la especie de los lectores limitados, exigentes apenas con la historia, demasiado complacientes y a los que era fácil complacer, pero que rechazaban cualquier movimiento en lo formal que vaya más allá de una convención realista. En este sentido hago mías las palabras de Félix de Azúa: “Todo artefacto (y la novela es un artefacto) es artificioso, pero no tiene por qué ser complejo. Es complejo aquello que requiere uno conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado” (F. de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama).

  Llámame Brooklyn se inserta en la fecunda tradición de fragmentarismo de la novela experimental del siglo XX, y a la vez entronca con nuestra tradición literaria de una manera audaz, con desparpajo; es una novela de personajes y ambientes, en la que las distintas voces van orquestando un coro de múltiples caras que se van armando en la lectura hasta resolver el cubo de Rubik narrativo. Las caras encajan a la perfección si seguimos las instrucciones de uso que el texto contiene.

  El lector disfrutará armando (leyendo) la novela, como cuando de niños rematábamos en las tardes de invierno aquellos interminables puzzles de cientos de piezas con la colocación de la última, la que nos permitía entonces disfrutar del todo, sin asombro, contemplando aquello que tenía algo de nosotros. Tal vez algo de eso debió de sentir Bruno Gouvy cuando contemplaba absorto la Nunziata de Antonello da Messina en el silencio de aquel museo vacío.

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Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Edit. Destino. 397 páginas. 19.50 €. Premio Nadal 2006.

Navigare necesse est, vivere non necesse

Navigare necesse est, vivere non necesse

   Antoni García Porta publicó en el año 2001 una novela notable, El peso del aire, que pasó desapercibida en el confuso panorama narrativo de este país, engullida por la vorágine de las novedades que se suceden a una extraña y sospechosa velocidad en los estantes de las librerías o, para ser más exactos, en las mesas de novedades de los nuevos espacios culturales (eufemismo que hace referencia a los departamentos de libros de FNAC, El Corte Inglés, Hipercor, y establecimientos por el estilo).

   Ya en aquella novela me pareció que el autor apuntaba maneras, oficio y control sobre lo narrado en un texto que revitalizaba de algún modo el género negro, tan poco cultivado por estas tierras, contando una historia que se desarrolla en la Barcelona actual. La novela tiene una buena arquitectura que le da solidez. Pero ya digo, me parece que pasó desapercibida y no llegó a tener el reconocimiento que se merecía de los lectores. Tal vez en un futuro la reconozcan en alguna película, pues de su trasvase al cine podría obtenerse un buen producto si el guión lo “lee” un buen director.

   Recuerdo que por aquellos años, recién iniciada la década del dos mil, tenía bastante tiempo libre, o, para ser más exacto, disponía de ese tiempo pastoso que se enreda en las agujas del reloj y fosiliza las hojas del calendario, el tiempo de los parados. Ciertamente, el tiempo de una persona recién entrada en el paro es algo curioso. Aparece un día de manera inadvertida y toma asiento en uno como si fuera el propietario. En los primeros días te sume en un duermevela existencial que acabas por conocer: no te lleva a ninguna parte, pero es igual, la indiferencia toma posesión de ti y lo notas nada más levantarte. Pero cierto día tu vida da un giro —luego sabrás que no es sino una ilusión: llevas girando sobre ti mismo todo el tiempo—, y decides hacer algo, y lo primero que haces es constatar la importancia que ha cobrado en tu vida la palabra algo. Resulta que tú creías que la palabra algo era una palabra vacía, sin un contenido concreto, pero ahora empiezas a comprobar que es una palabra pesada, tremendamente pesada, hasta tal punto que llegas a sentir su peso sobre los hombros. Intentas sobreponerte y te dices: debo hacer algo. En mi caso ese algo fue leer. No sólo leer, evidentemente. Por aquel entonces mi segunda hija apenas tenía un año y mi dedicación a ella fue para mí un curso intensivo, no sabría decir muy bien de qué, pero intensivo. Callaría parte de la verdad si omitiese que la abuela hacía el curso conmigo, e incluso muchos días iba a clase por mí. Excuso dar explicaciones sobre las excelentes relaciones que hoy en día  mantenemos mi hija y yo con la abuela.

   Como he dicho leía, y tenía mucho tiempo para leer, y decidí establecer entonces un sistema. Ya había pasada a la acción y me pareció meritorio que la palabra sistema comenzase a desplazar a la palabra algo. Me llevó su tiempo, pero di con la fórmula, o al menos eso creí entonces: dedicaría una parte del tiempo a estudiar la oposición (actividad que consiste básicamente en leer temas) y la otra parte a leer libros (actividad que consiste básicamente en leer libros para que la otra actividad no te deprima). Pronto comprendí que lo de los temas había arrinconado a la palabra algo, lo cual tiene una impagable ventaja, y es que mis familiares y amigos ya no me decían tienes que hacer algo, o la variante algo tendrás que hacer. Quien sepa de esto me entenderá sobradamente. Lo cierto es que fue en aquella época cuando más contribuí a aumentar el índice lector de este país, y no lo digo precisamente por los temas.

   Por aquel entonces frecuentaba la librería Crisol (c/ Juan Bravo, Madrid), y hasta allí me llevaban cuatro razones: la más obvia, la de comprar libros; por otra parte, estaba cerca del trabajo de mi mujer, aprovechaba para recogerla después; los dependientes mostraban poco interés en el cliente, practicaban la indiferencia en todo momento, y disponía en aquellos años de unos bancos situados discretamente al fondo del local que me permitían sentirme y sentarme bastante cómodo. En uno de esos bancos empezaba a leer el libro que había escogido deambulando por los pasillos y si creía que la cosa prometía, lo compraba; en caso contrario lo devolvía al sitio de donde lo había cogido. Y en uno de esos bancos un día empecé a leer El peso del aire. Al rato salí de la librería con el libro bajo el brazo.

   La novela me gustó, y volví a recordarla un día de julio de 2003 cuando en una de las mesas de novedades de FNAC me topé con otra novela del mismo autor: Singapur. La compré sin pensármelo dos veces.

   El personaje principal de la novela es Laura, una mujer que se dedica a viajar (ha sido pintora y ahora se dedica a la fotografía). La novela es un diario que Laura escribe, sin fechar las entradas, para apuntalar su vida, una vida sin objetivos, vivida en el día a día, que trata de llenar con el tabaco, la bebida y el mundo de relaciones que la hacen sentirse viva. Cuando el lector entra en el diario Laura está en Sant Pol, junto a Margot, su madre, enferma de Alzheimer (curiosa relación la de Alzheimer y Literatura). La narradora nos refiere lo que hace ella sola o con su madre. Con frecuencia surge la figura del Arquitecto, marido de Margot y padre de Laura, ya muerto, enterrado en Singapur, ciudad en la que desarrolló una parte importante de su obra. Pero ese recuerdo del Arquitecto planea sobre la madre de una manera especial; en efecto, Margot  en el último tramo de su vida, preocupada por su hija y con un profundo sentimiento de aceptación de la muerte, teme olvidarlo a cusa de la enfermedad.

   Singapur es la ciudad del pasado, la ciudad de la felicidad, un mundo que se va diluyendo en la mente de Margot. La novela avanza en planos que se van sucediendo o entrecruzando, como las fotografías de playas desiertas que hace Laura. La línea de sombra que separa los recuerdos del olvido.

   A Karen Blixen, la escritora danesa autora de Lejos de Africa y Cuentos de invierno, su marido le contagió la sífilis siendo aún muy joven, y durante gran parte de su vida sufriría las terribles secuelas de esta enfermedad. Padeció dificultades para caminar, ataques de vómito imprevisibles, deterioro del sentido del equilibrio, dolores abdominales paralizantes y anorexia, más tarde complicada con úlceras. A pesar de su gran valor físico y su desdén por la debilidad, en ocasiones sus sufrimientos eran tales que se deslizaba de la silla en que estaba sentada y se echaba en el suelo “aullando como un animal”. Cuando murió pesaba treinta y cuatro kilos. Fue en esos últimos años cuando solía hablar de las tres formas de la perfecta alegría en la vida. La primera era la cesación del dolor; la segunda, sentirse rebosante de fuerza; y la tercera, el convencimiento de estar cumpliendo el propio destino. A pesar de sus grandes sufrimientos físicos, era esta última la que de verdad valoraba, porque al contrario que las primeras, que podían considerarse un don de la naturaleza, era una conquista de la voluntad. También una decisión ética. La decisión de hacer suyo su solitario destino, sin reparar en los inconvenientes que esto pudiera acarrearle.

   Es esa decisión de Margot y Laura de hacer suyo su destino lo que poco a poco va cobrando cuerpo en la novela en fragmentos sugerentes que se suceden en una narración depurada, mínima y concisa, que envuelve al lector:

......

   Margot se ha preparado para morir. Para iniciar el viaje definitivo, ha dicho. Prefiere morir con las fa­cultades plenas, consciente de sus actos. A veces, ha confesado, veo las cosas con claridad. Me ha pregun­tado si es posible ver las cosas con claridad. Tiene miedo de que sea un espejismo de la misma enfer­medad. Un engaño que le hace la vida más llevadera, aunque sólo sea durante unas horas o unos minutos. Se ha arreglado y se ha maquillado para tener un as­pecto digno. ¿Qué le digo al Arquitecto?, ha pregun­tado. Dile que le quiero, le he dicho, y que le echo de menos. Anochecía. Luego se ha tendido a un lado de la cama, me ha cogido de la mano y la ha apretado con fuerza antes de cerrar los ojos. Había un aire de feli­cidad en su rostro mientras dormía. He necesita­do un par de martinis para seguir escribiendo. ¿Para qué sirve escribir? ¿Para qué sirve fumar? He rebus­cado en el bolso hasta encontrar la postal del Altes Museum y la he reconstruido sobre la mesita de no­che, juntando sus piezas. Margot respira profunda­mente. Ahora pienso en ella, a mi lado, cada vez más cercana a la muerte, y pienso en las series, en la ópe­ra y en las fotografías y pienso en mañana.

......

   Al viejo ideal de mens sana in corpore sano, Karen Blixen acostumbraba a oponer otro más sutil: Navigare necesse est, vivere non necesse, que viene a decir que es más importante no detenerse que vivir. O dicho de otra forma, que lo importante no es tanto la vida en sí como lo que somos capaces de hacer con ella.

   No aprobé la oposición y en una reforma de Crisol quitaron los bancos. Bajé los temas al trastero, donde todavía siguen. Meses después encontré trabajo. De vez en cuando me subo a una silla a colocar en una balda de la librería el libro que he acabado de leer. De algunos de ellos les voy hablando aquí.

....

A. G. Porta, El peso del aire. Edit. El Acantilado, Barcelona 2001. 311 páginas, 16.56 €.

A. G. Porta, Singapur. Edit. El Acantilado, Barcelona 2003. 159 páginas, 9 €. 

Un laberinto de paredes de desamor y vacío

Un laberinto de paredes de desamor y vacío

  Sostenía Benjamin que el laberinto es la patria de los indecisos, y acaso sea un laberinto la patria de las mujeres de Alice Munro, las protagonistas de los cuentos de Escapada, pues son mujeres que huyen, renuncian a una existencia, parten en busca de algo sin saber muy bien qué es.
  Estas mujeres no son heroínas, ni padecen tensiones que las aboquen a una situación límite. Su mundo es sencillo, pero en su interior alienta algo que las impulsa a tomar decisiones por las que a veces deberán pagar un precio. Y es esa elección la que nos permite entrar en unas vidas en las que los actos y los sentimientos van conformando las coordenadas de un laberinto sujeto a un orden. Quizás estas mujeres, a diferencia de lo que decía Benjamin, tomen decisiones para salir de un laberinto a sabiendas de que a la salida les espera otro, el laberinto inexcusable de sus propias vidas.
  Como le sucede a Robin, la protagonista de Desencuentro, una enfermera que vive en una pequeña ciudad, y cuida a su hermana mayor, enferma de asma. Todos los años acude en tren un día de verano a una ciudad cercana para ver la representación de una obra de Shakespeare. Pero en esta ocasión un pequeño incidente alterará su anodina existencia. En el teatro pierde el bolso y su dinero para pagar el billete de vuelta. Desolada por el suceso se sienta en un banco para pensar qué hacer. Un hombre con acento extranjero que pasea un perro se ofrece para dejarle algo de dinero. Ambos se dirigen a la casa del hombre, pues este ha salido sin dinero. Robin no desconfía del hombre, tal vez por su acento. El hombre tiene una tienda en la que vende y repara relojes, la vivienda ocupa el piso de arriba. Invita a Robin a subir y le ofrece algo de cenar.
  Robin no había tenido novio, ni amantes, y ahora está cenando con un desconocido en su casa. Después de cenar van a pasear hasta la hora de salida del último tren. Ella le pregunta cómo puede devolverle el dinero, y el hombre le dice que el verano próximo estará en el mismo sitio, en su tienda y le pide que se ponga el mismo vestido. Antes de que ella suba a su tren el hombre la abraza y los dos se besan. Deciden no escribirse cartas, sólo volverse a ver el próximo verano.
  Y ese verano ella acude a la nueva representación teatral, y después de la obra va a la tienda y lo ve allí, al fondo, ocupado en sus relojes. Cuando el hombre la vio se quedó perturbado y con un gesto de repulsión le cerró la puerta en la cara.
  Tendrán que pasar unos años para que Robin, en una sala del hospital donde trabaja, vuelva a reencontrarse con aquel episodio doloroso del pasado. Entonces, las sombras cobrarán sentido y el laberinto de su vida se le abrirá insospechadamente ante sus ojos, cuando ya no hay lugar para preguntarse cómo hubieran sido las cosas.
  Escapada consta de ocho historias protagonizadas por mujeres que transitan por un laberinto cuyas paredes están hechas de desamor y de vacío. Tres de esas historias —Destino, Pronto y Silencio— están protagonizadas por Juliet, en tres momentos importantes de su vida, por lo que realmente pueden leerse como capítulos de una novela corta.
  Esta señora canadiense de pelo blanco ha escrito un libro excelente, extraordinario en algunos momentos. Uno de esos libros de los que uno habla con entusiasmo a sus amigos, que dejan ese sabor que al lector a la sombra le ha hecho pensar si el próximo libro estará o no a esa altura de los libros con los que uno disfruta del placer de la lectura y se hace mejor leyendo la vida de los otros. Otros como él, como nosotros. Como la vida misma.

Alice  Munro, Escapada, Edit. RBA. Barcelona 2005. 286 páginas. 20 €.

Sueño de arena

   Supo en aquel momento que decía la verdad y ni siquiera por un segundo lo dudó. También supo en aquel instante que se quitaría la vida, y esta vez no era un simple comentario a pesar de que lo dijo sonriendo, mientras encendía un cigarrillo, el humo enredándosele en los ojos, enturbiando su mirada más de lo que habitualmente se enturbiaba aquellas tardes en el fondo del campo de fútbol, junto a las vías del tren, donde los alumnos de los cursos superiores fumaban tumbados en el suelo, desafiando la prohibición de los cuidadores del internado, que no dudaban en castigar severamente a quienes pillasen con el pitillo en la mano o en los labios.
   Fumar en el fondo del patio grande del colegio y no hacerlo en los servicios era algo reservado exclusivamente a los alumnos mayores, los de sexto y COU. Los demás solían hacerlo en los baños del edificio del internado, en el piso superior, donde estaban los dormitorios, y raramente se veía fumar a alguno en los baños del edificio del colegio, donde estaban las clases, pues allí no era extraño ver a algún profesor o cuidador especialmente celoso de su cometido, como don Demetrio o el Culebras, los más temidos y odiados de todos, que no pasaban ni una,  siempre andando al acecho, casi nunca fallando en la caza.
   Don Demetrio y don Paco, el Culebras, tenían un olfato especial y podían distinguir fácilmente entre el humo de un cigarro negro y uno rubio.
   —¡A ver, qué está pasando aquí! ¿Quién de vosotros estaba fumado?
   —Nadie, don Demetrio. Se lo juro.
   —¿Cómo que nadie, si huele a rubio desde el pasillo?
   —Que no, don Demetrio, que no hemos fumado.
   —A ver, Fernández, y tú, Adánez, las manos. ¡Rubio, ya lo decía yo!
   Y don Demetrio les olía las manos mirándoles fijamente a los ojos. Nunca se supo si era su mirada o su olfato, pero dicen que jamás se equivocó.
El Culebras no se gastaba tanto protocolo ni sofisticación. Le agarraba al sospechoso de una oreja amenazándole con castigarlo varias tardes en el estudio, sin salir al patio, apuntaba su nombre y curso en papeles doblados que siempre llevaba en los bolsillos, y a partir de ese momento la vida del interno se convertía poco menos que en una pesadilla. El Culebras era el cuidador que desempeñaba el papel de cabrón, como decían los de COU, un requetecabrón, eso es lo que es este. Con él no se podía negociar nada y por mucho que se insistiera con él no había nada que hacer.
   La tarde en que dijo me voy a suicidar pero antes le voy a dar una patada en los huevos al hijoputa ese del Culebra que se va acordar de mí toda su puta vida, Fernández no dudó que su compañero de dormitorio decía la verdad. Le había oído decir lo mismo otras veces, pero nunca había pensado que fuera capaz de hacerlo. Fernández sabía que tomaba pastillas para la epilepsia, le había oído decir muchas veces que acabaría loco, que tal vez ya lo estaba y que todo le daba igual. Decía que sus padres lo habían mandado interno porque no podían soportar su enfermedad y que todo eso se iba a terminar algún día. También dijo en alguna ocasión que dejaría una nota metida en un hueco de los ladrillos del internado, en la pared del edificio que daba al campo de fútbol.
   Epilepsia. Tengo epilepsia, y sé que me volveré loco, por eso quiero matarme, así todo será más fácil. Lo llevo pensando desde hace tiempo y lo tengo decidido. Hablaba totalmente convencido, repitiendo algunas palabras, a veces vacilando en otras. Estoy guardando pastillas. Algunos días no me tomo las cinco y guardo alguna. Cuando tenga un buen montón me las tomaré todas de una vez. Será como un sueño. Como un sueño de arena. Decía como un sueño de arena y Fernández no entendía nada, pero no le preguntaba. Fernández sólo le decía deberías tomarte las medicinas como te ha dicho el médico, no digas que te vas a suicidar, no digas burradas. Venga, vamos a fumar un cigarro. Y el Loco le contaba extraños sueños, sueños de arena que achacaba a las pastillas.
   Fernández nunca le llamaba Loco, acaso porque en su fuero interno pensase que un poco loco sí lo estaba, y aunque el Loco raras veces diera razones, a Fernández siempre lo trató con deferencia desde el primer día en que coincidieron en el dormitorio y el muchacho cogió la cama de abajo, a pesar de que la bolsa de Fernández sobre la colcha azul indicaba que esa cama ya estaba cogida.
   En el dormitorio había cuatro literas y era costumbre que los alumnos eligiesen cama según fueran llegando. Las camas de abajo eran generalmente las primeras en ser elegidas, y rara vez había disputas entre los internos por este motivo, y menos entre veteranos. Los nuevos que elegían la cama de abajo eran desalojados sin contemplaciones por los veteranos que hacían valer la ley del internado, y si alguna vez alguno protestaba y decía que él había llegado antes y los que llegan antes eligen y que iba a decírselo al cuidador, los veteranos lo rodeaban y tranquilamente ¿cómo te llamas? Mira, Luis, aquí siempre han elegido cama primero los veteranos, y tú eres un novato, y a los novatos les conviene llevarse bien con los veteranos de su dormitorio, verás cómo el curso que viene, si vuelves, lo entenderás. La cosa no pasaba de ahí, y en los casos más difíciles se llamaba a uno de los repetidores de COU, que le volvía a decir lo mismo poniéndole una mano en el hombro al novato y dándole un par o tres de argumentos más, y asunto solucionado. Lo importante era que ni don Demetrio ni el Culebras se enterasen del tema.
   Don Demetrio y el Culebras eran los cuidadores del internado y hacían prácticamente la misma vida que los internos. El Culebras vivía en la ciudad y al final de la tarde, cuando los internos salían del estudio a jugar a los patios antes de la hora de la cena, se marchaba a su casa en un viejo seat de color azul. Don Demetrio vivía en el internado y dormía en una habitación al fondo del pasillo, donde estaban los dormitorios de los internos más pequeños. A las once iba tocando las palmas por lo pasillos y todos sabían que era la hora de acostarse. Apagaba las luces de la sala de juegos, donde estaba la televisión, regañaba a los que armaban jaleo y se quedaba viendo la tele a oscuras hasta las doce y media, momento en que hacía la última ronda y se acostaba.
   Fernández no hizo uso de su condición de veterano y consintió en ocupar la cama de arriba y que el Loco ocupara la de abajo. Esa noche, coincidieron en el comedor y Fernández le preguntó por las pastillas de colores que sacó de una caja. Tengo que tomármelas antes de la cena. Dos. Y otra en el desayuno y otras dos en la comida. Cinco diarias. Soy epiléptico. Nadie hizo caso. Sólo Fernández dejó de comer y lo miró, quizás esperando más explicaciones. Pero el Loco siguió cenando y le dijo quieres la cama de abajo, no me importa dormir arriba.
   Aquella mañana de primeros de mayo los internos del dormitorio 10 no bajaron a desayunar. Don Demetrio les dijo os vais a la sala de televisión y me esperáis ahí. Voy a llamar al director. Tampoco les dejó que se vistieran en el dormitorio. Les hizo coger rápidamente la ropa, venga, cualquier cosa, daos prisa, hombre, y les dijo que se vistieran en el baño, ¡y no pongáis la tele! Que nadie entre en la habitación. El Culebras se encargó de bajar a los demás al comedor y los internos se vistieron en silencio y se fueron a la sala de televisión. Algunos se pusieron a fumar, sabían que nadie les diría nada.
   Con el tiempo, casi todos los internos del dormitorio 10 conocían las intenciones del Loco, pero todos creían que era una más de sus cosas, de sus rarezas. Incluso los alumnos  con los que más hablaba, Fernández y Silván, así lo pensaban y a veces bromeaban con ello. De vez en cuando el tema salía en alguna conversación pero era engullido rápidamente por otros. El Loco se mostraba cada vez más retraído y rara vez acudía a la valla de las vías del tren a fumar con los demás. Después de las vacaciones de Semana Santa no se volvió a hablar de aquello y todos parecían concentrarse en el inminente final del curso y las próximas vacaciones de verano. El Loco volvió al fondo del patio a fumar, donde las vías del tren, y aquella tarde de finales de abril, cuando dijo que le iba a dar una patada en los huevos al hijoputa del Culebras, Fernández supo que lo haría, y así lo manifestó en el despacho del director, mientras el juez levantaba el cadáver. No. No se lo había dicho a nadie y no sabía por qué. Los otros compañeros dijeron que eso lo habían oído muchas veces, que nadie hacía caso y nunca pensaron que fuera a hacer lo que había hecho.
   El director no quiso hablar más. Antes de hablar con los internos del dormitorio 10 lo hizo con don Demetrio. Fue este quien le dijo que el primero que notó algo raro había sido Silván, uno de COU. Cuando sonó el timbre a las ocho menos cuarto los internos se levantaron, cogieron las toallas y sus cosas de aseo y se fueron a los lavabos. Todos menos él. Silván fue el primero en volver y antes de hacer su cama lo llamó a voces; como no respondía se acercó y lo zarandeó. Notó que se movía como un saco de arena, pesado y frío. Entonces salió corriendo a llamar a los demás y avisar a don Demetrio.
   El colegio ya no está a las afueras de la ciudad, en el campo, como lo estaba en aquellos años, en los que había que ir andando hasta allí, a las huertas, junto a la vía del ferrocarril. El edificio del internado es ahora una residencia de ancianos que toman el sol en butacas de plástico blanco, junto a la pared del antiguo campo de fútbol. La carretera por la que se llegaba desde la ciudad comunica ahora esta con la autovía de Extremadura. Silván suele entrar a la ciudad por esta carretera y cuando pasa por delante del edificio del colegio recuerda siempre aquella tarde de mayo en la que recorrió todas las grietas de la pared del internado buscando un papel que nunca encontró. Ya no recuerda el nombre del Loco, aquel alumno que no llegó a estar ni siquiera un curso y del que no se volvió a hablar en el colegio, por respeto a él y a la familia, se decía siempre. Por recomendación de los psicólogos, les decía el Culebras que había dicho el forense.
   Desde aquel día permitieron fumar a los internos mayores en la sala de televisión. Algunos dieron las gracias por ello a los internos del dormitorio 10, donde llamaban la atención los alambres desnudos del somier de una de las literas.
   Silván ha dejado de fumar. A veces recuerda aquellos años en el internado y recita en voz alta los nombres de algunos de sus compañeros del dormitorio 10. No ha vuelto a ver a ninguno desde entonces.

   A la semana siguiente se celebró un funeral en el salón de actos del colegio. Lo ofició don Augusto, el profesor de Religión. Cuando dijo aquello de vuestro compañero duerme ahora el sueño eterno, todos pudieron oír a Fernández, esperemos que este no sea de arena.