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Leyendo a la sombra

Paula Fox, Personajes desesperados (o cuidado con el gato)

Paula Fox, <em>Personajes desesperados</em> (o cuidado con el gato)

  Los Bentwood llevan diez años de feliz matrimonio sin hijos ni preocupaciones. Viven en una sólida y confortable casa del siglo XIX con dos pisos y un pequeño jardín en Brooklyn, finales de los años sesenta, en Nueva York. La zona se está empezando a poner de moda y las casas se revalorizan, aunque todavía se pueden ver por el vecindario a marginados, y no es infrecuente que haya algún robo o asalto.
  Otto Betwood es abogado; él y su socio Charlie  Russel regentan  un bufete con una buena cartera de clientes. Sophie, su mujer, traductora de literatura francesa, no trabaja, y a sus cuarenta años empieza a sentir una cierta desilusión por lo que la vida le está deparando.
  Un viernes por la noche, antes de salir a visitar a unos amigos, Sophie da de comer a un gato callejero que ha aparecido en el jardín, e inopinadamente este la araña y le muerde en una mano. Esta dolorosa agresión se diría que es el detonante que hace aflorar en ella su malestar. Pese a todo, intenta en un primer momento que su marido no lo note; no obstante, empieza a sentirse preocupada por si el gato le pueda contagiar la rabia. Esta inquietud se irá convirtiendo paulatinamente en angustia por contraer la enfermedad, aunque también se dice a sí misma que el gato está sano y decide no acudir de momento a un hospital, pese a que su marido le insta a ello.
  Otto, por su parte, le comenta a su mujer que Charlie, su socio, se ha marchado, rompiendo así una relación laboral y supuestamente amistosa de casi veinte años. Otto también se siente confuso por este hecho y las repercusiones que la nueva situación derivada del mismo pueda tener en la marcha del bufete.
  Se diría que el convencional y acomodado matrimonio Bentwood siente a su manera que el mundo se mueve bajo sus pies, que ese mundo sólido que creían conocer y disfrutar no es tan sólido como suponían y esos pequeños indicios que van jalonando tercamente unas horas de unos días de su existencia se empeñan en hacérselo ver: Sophie cree que el gato le ha transmitido una grave enfermedad pero no acude al hospital y Otto no sabe por qué razones se ha marchado su socio y qué va a ocurrir con el despacho.
  Cuando por fin acuden al hospital, allí les dicen que deberán llevar el gato a la Protectora para verificar si tenía o no la rabia, y que ya les llamarán para comunicarles el resultado. Al día siguiente de la visita al hospital Otto decide ir a Flynders, un pueblo donde poseen una casa de campo. Hacen el viaje en su Mercedes, mientras Sophie le lee a su marido Memorias de África...
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    Este es básicamente el esquema narrativo de Personajes desesperados, novela de la escritora estadounidense Paula Fox (Nueva York, 1923), con la que indaga en la pequeña tragedia existencial del matrimonio Bentwood y en su incapacidad para entender la esencia de la vida en un mundo en el que la ausencia de valores, la inseguridad y la violencia son la línea de un nuevo horizonte. La novela es un fino análisis de un mundo que se desmorona y cuyos actores no acaban de entender, incapaces de leer los significados que subyacen bajo la apariencia de las cosas, los sentimientos y la impostura de una sociedad.
  A lo largo de 160 páginas acompañaremos a Sophie y a Otto en la intimidada de su vida, asistiremos a las contradicciones que les embargan, seremos testigos de los pequeños cataclismos domésticos que van modulando su existencia a lo largo de un fin de semana y nos sorprenderá, como a ellos, el final.
  La edición cuenta con un entusiasta prólogo del también novelista Jonathan Franzen, capaz de convencer al más reacio de leer el texto.
  Muy recomendable para estas tardes de invierno, cielo gris, metálico, frío en las aceras, árboles desnudos y atardeceres en parques sin sentido. Un artefacto narrativo impecable, de fina factura, un texto, en fin, en el que, le tomo prestadas las palabras a Franzen, “es difícil hallar una palabra superflua o arbitraria. Un rigor y una densidad temática de tal magnitud no ocurren por casualidad y, no obstante, es casi imposible que un escritor los logre mientras se relaja lo suficiente para permitir que los personajes cobren vida. Y, sin embargo, aquí está la novela, muy superior a cualquier otra obra de ficción realista norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial”.
  Por si queda alguna duda, como muestra del saber hacer de la autora les ofrezco a continuación la llegada de Sophie y su marido al servicio de urgencias del hospital.
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  Era como una estación de autobús, como un solar abandonado, como el pasillo de un viejo vagón de tren, de un andén de metro, de una comisaría. Combinaba la cualidad transitoria, el ambiente desaliñado de una terminal pública, con el terror que se respira en una parada intermedia de la ruta al desastre.
  Era un agujero infecto, olía a piel sintética y a desinfectante, aromas que parecían emanar de los asientos rajados que se distribuían a lo largo de tres paredes. Olía a las cenizas de tabaco que inundaban los dos ceniceros metálicos de pie. En borde cromado de uno, había una colilla de puro encendida que parecía un trozo de carne masticada. Olía a las cáscaras cacahuete y a los céreos envoltorios de caramelo que había esparcidos por el suelo, olía a periódicos viejos, un seco aroma a tinta, asfixiante y ligeramente parecido al de la orina, olía a sudor de axilas, entrepiernas, espaldas y caras, saliendo a raudales y secándose en aquel aire exánime, olía a ropa —productos de limpieza embebidos en el tejido que proliferaban sin piedad en aquel ambiente tibio y sudoroso, clavándose como púas en los orificios nasales—, todas las exudaciones de la carne mana, el aroma de la esencia animal, secretándose, secándose pero dejando un olor peculiar y perpetuo a desesperación en la sala, como si la química se transformara en espíritu, en una suerte de ascensión.
  Apoyada contra la cuarta pared había una mesa larga poco sólida que contenía unas cuantas revistas. Las páginas de una de ellas se levantaban bajo un chorro de calor expulsado por el respiradero de una caja metálica colgada del techo. La luz emitida por los focos del techo era agria y cegadora como el aliento de un enfermo.
  Reinaba en aquella sala una confusión implícita sobre la función de los sentidos. El olor se tornaba color, el color, olor. Los mudos miraban a los mudos con tanta atención que podrían haber estado escuchando con los ojos, y el oído se tornaba excepcionalmente agudo, pero sólo aguardaba las familiares sílabas de los apellidos. El sabor moría, abiertas las bocas por el negativo sopor de la espera.
  Había dos niños dormidos en los asientos. Su padre, con la cabeza echada hacia atrás, la boca floja, se quejaba regularmente. Su esposa estaba acurrucada junto a él; llevaba un pa­ñuelo atado a la cabeza y las piernas, cubiertas de vello negro, apenas le llegaban al suelo. Era pequeña, oscura y huesuda, y estaba tan inquieta que parecía la única persona de la sala que había encontrado refugio en ella —como si viniera de un lugar aún más desolador—. A su lado, había tres hombres sentados muy juntos que llevaban sombreros negros de ala estrecha. El del centro tenía el brazo sujeto por un tosco cabestrillo y no apartaba los ojos del reloj de la pared, mirando fijamente las interminables vueltas de la segundera. Frente a ellos había una anciana bien vestida con la pierna profusamente vendada. Ju­gaba distraídamente con el puño curvo de un bastón negro, y en una ocasión golpeó con él uno de los ceniceros de pie. El hombre que se quejaba levantó bruscamente la cabeza, se agarró la panza y la fulminó con la mirada. La anciana frunció su boca surcada de arrugas y, con mucha delicadeza, pero a propósito, volvió a golpear el cenicero.
—Vámonos —susurró Sophie en tono apremiante—. Iré a ver a Noel el martes. Ahora ya da igual. No hace falta que sigamos sentados aquí. —Otto la sujetó por el antebrazo y se lo estrujó violentamente,
  —¡Aguanta! —le exigió apretando los dientes—. ¡Aguanta! —repitió—. Todos los demás lo hacen.
  Al cabo de una hora, tal vez dos, la madre despertó a sus hijos cuando intentó acompañar a su esposo a la sala de curas. Él, soltándose la panza un instante, la empujó para que se que­dara sentada. El hijo mayor se echó a reír y le asestó un puñe­tazo en el cuello a su hermano. Éste se puso a llorar ruidosa­mente y la mujer se sujetó la mandíbula como si le doliera una muela. Luego volvió a levantarse. El hombre le habló rápidamente en español mientras la enfermera que había venido en su busca lo observaba con impaciencia. Sólo Sophie alzó la para mirar al niño que lloraba, al hombre que ahora comenzaba a gritar, la obstinada figura de la mujer. El resto de los heridos apartaron los ojos de la escena; su atención continuaba fija en la segundera del reloj, el bastón negro, las páginas de revista que levantaba el aire caliente del respiradero.
  Al fin, la mujer volvió a desplomarse en el banco. Su hijo apoyó la cabeza en su regazo, sonándose la nariz con su falda. Pronto, el hombre regresó, agitando un trozo de papel, una amedrantadora expresión de felicidad en el rostro. Llamaron a la mujer del bastón, que al fin cruzó la sala de espera renqueando de camino a la salida, con otra venda en la pierna. Los tres hombres permanecieron en silencio, inmutables, como los extras de una escena, contratados y luego olvidados.
  —¿Y si alguien se estuviera desangrando? —susurró Sophie. Otto no respondió. Se había quedado dormido, con mentón hundido en el cuello de la camisa.
  —¡Señora Bentwood! —dijo la enfermera desde la puerta. Otto se levantó de un salto. A lo mejor no estaba dormido, pensó Sophie, sino que había estado fingiéndolo porque no la soportaba, no soportaba otra palabra suya.
  —No hace falta que me acompañes —dijo ella.
  —¡Venga! —dijo el, y la tomó del brazo.
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Paula Fox, Personajes desesperados. Introducción de Jonathan Franzen. Edit. El Aleph. Barcelona 2005. 175 páginas. 17 €.

 


París, 18 de mayo de 1883

Les reproduzco a continuación parte de una carta que el pensador y activista musulmán Yamaleddin al-Afgani, refugiado por aquel entonces en la capital francesa, envió al director del Journal des débats y que fue publicada en dicho periódico el 18 de mayo de 1883. La carta es una refutación de tópicos sobre el Islam y la ciencia difundidos entonces por Europa, así como una muestra de que otro Islam es posible si se ejercita el iytihad, el verdadero esfuerzo de interpretación libre de los textos sagrados fundamentales del Islam.

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   [...] Ha hecho falta que la humanidad busque fuera de sí misma un refugio, un apacible lugar en que su conciencia atormentada pueda encontrar el reposo y ha sido entonces cuando ha surgido un educador cualquiera que no teniendo el poder necesario para obligar a seguir las inspiraciones de la razón, la abandona a lo desconocido, abriéndole los amplios horizontes en que la imaginación se complace y donde pude encontrar, si no la satisfacción completa de sus deseos, sí al menos un campo ilimitado para sus esperanzas. Y como en su origen la humanidad ignoraba las causas de los acontecimientos que acaecían frente a sus ojos y los secretos de las cosas, se vio obligada a seguir los consejos de sus preceptores y las órdenes que estos les daban. Esta obediencia le fue impuesta en nombre del Ser supremo, al que estos educadores atribuían todos los acontecimientos, sin permitir discutir sobre su utilidad o inconvenientes. Para el hombre es, sin duda, un yugo de lo más pesado y humillante, lo reconozco, pero no puede negarse que es gracias a esta educación religiosa, ya sea musulmana, cristiana o pagana, como todas las naciones han salido de la barbarie y han progresado hacia una civilización más avanzada.
   Si es verdad que la religión musulmana es un obstáculo para el desarrollo de las ciencias, ¿puede afirmarse que este obstáculo no desaparecerá algún día? ¿En qué se diferencia sobre este punto la religión musulmana respecto a las demás? Todas las religiones son intolerantes, cada una a su manera. La religión cristiana, quiero decir la sociedad que sigue sus inspiraciones y enseñanzas y que se ha formado a su imagen, ha salido del primer período al  que acabo de aludir. Y a partir de ahora, libre e independiente, parece avanzar rápidamente por la vía del progreso y de las ciencias, mientras que la musulmana no se ha liberado aún de la tutela de la religión. Pensando en todo que la religión cristiana ha precedido en varios siglos a la musulmana en el mundo, no puedo dejar de esperar que la sociedad mahometana llegue un día a quebrar sus lazos y a avanzar resueltamente por la vía de la civilización, a imagen de la sociedad occidental para la que la fe cristiana, a pesar de sus rigores e intolerancia, no ha supuesto ningún obstáculo invencible. Abogo aquí [...] ante el Sr. Renan no por la causa de la religión musulmana, sino por la de varios cientos de millones de hombres que estarían así condenados a vivir en la barbarie la ignorancia.
   En verdad, la religión musulmana ha intentado ahogar la ciencia y frenar sus propósitos. Ha conseguido así detener al movimiento intelectual o filosófico y desviar a los espíritus de la investigación sobre la verdad científica. Si no me equivoco, pareja tentativa llevó a cabo la religión cristiana y los venerados patriarcas de la Iglesia católica, que yo sepa, no han dado su brazo a torcer. Continúan luchando enérgicamente contra lo que llaman el espíritu del vértigo y del error. Conozco todas las dificultadas que los musulmanes tendrán que superar para alcanzar el mismo grado de civilización, estándoles prohibido el acceso a la verdad a la que conducen los procedimientos filosóficos y científicos. Un auténtico creyente debe, en efecto, desviarse de los estudios cuyo objeto es la verdad científica de la que toda verdad debe depender, según opinión aceptada al menos por algunos en Europa. Uncido como un buey al carro, al dogma del que es esclavo, debe andar eternamente por el mismo surco que ha sido trazado con anterioridad por los intérpre­tes de la ley. Convencido, además, de que la religión encierra en sí misma toda la moral y todas las ciencias, se aferra a ella resueltamente y no hace el menor esfuerzo para ir más allá. ¿Para qué agotarse en vanas tentativas? ¿De qué le serviría buscar la verdad si cree poseerla por entero? ¿Sería más feliz el día que hubiera per­dido su fe, el día en que hubiera dejado de creer que toda perfección está en la religión que practica y no en otra? Por eso desprecia la ciencia. Sé de eso, pero sé igualmente que este niño musulmán y árabe, del que el Sr. Renan nos pinta un vigoroso retrato y que a una edad más avanzada se convierte en un «fanático imbuido del estúpido orgullo de poseer lo que cree ser la verdad absoluta», pertenece a una raza que ha dejado huellas de su paso por el mundo. Y no sólo huellas de sangre y fuego, sino de obras brillantes y fecundas que dan tes­timonio de su gusto por la ciencia, por todas las ciencias, incluida la filosofía con la que, debo reconocerlo, su matrimonio no ha dura­do mucho tiempo.

   [...] Sin embargo, es legítimo preguntarse cómo la civilización árabe, tras haber repartido tan viva luz por el mundo, se apagó de golpe: cómo la llama no ha vuelto a encenderse después y por qué el mundo árabe permanece envuelto en profundas tinieblas.

   En este punto se manifiesta totalmente la responsabilidad de la religión musulmana. Está claro que allá donde se estableció, esta religión quiso ahogar a las ciencias, empeño en el que sir­vió extraordinariamente el despotismo. Al-Siuli narra que el califa Al-Hadi ejecutó en Bagdad a cinco mil filósofos para extirpar las ciencias has­ta la raíz en los países musulmanes. Aun admi­tiendo que este historiador haya exagerado el número de víctimas, de lo que no cabe duda es que esta persecución tuvo lugar y supone una mancha sangrienta para la historia de una reli­gión como para la historia de un pueblo. Podría encontrar en el pasado de la religión cristiana hechos análogos. Las religiones, se designen como se designen, se parecen todas. Ningún entendimiento ni reconciliación son posibles entre estas religiones y la filosofía. La religión impone al hombre su fe y creencia, mientras que la filosofía lo libera totalmente o en parte. ¿Cómo pretender entonces que se entiendan entre sí? Cuando la religión cristiana, bajo sus formas más modestas y atractivas, entró en Ate­nas y en Alejandría, que eran, como todo el mundo sabe, los dos principales centros de la ciencia y la filosofía, su primer empeño fue, des­pués de establecerse sólidamente en las dos ciudades, apartar tanto a la ciencia propiamente dicha como a la filosofía, buscando ahogarlas bajo el matorral de las discusiones teológicas, para explicar los inexplicables misterios de la Trinidad, de la Encarnación y la Transubstanciación. Y así ocurrirá siempre. Cada vez que sea la religión la que gane la partida, eliminará a la filosofía. Y sucede lo contrario cuando es la filo­sofía la que se convierte en soberana. En tanto exista la humanidad, no cesará la contienda entre el dogma y el libre examen, entre la religión y la filosofía, en una encarnizada lucha en la  que —me temo— el triunfo no será para el libre pensamiento, porque la razón desagrada a las masas y porque sus enseñanzas no son comprendidas más que por ciertas inteligencias de las  elites, a la vez que la ciencia, por hermosa que sea, no satisfará por entero a una humanidad sedienta de un ideal y a la que le gusta refugiarse en las oscuras y leja­nas regiones que los filósofos y los sabios no pue­den percibir ni explorar.

No por ello

El lector a la sombra declara formalmente que no tiene miedo a la libertad,

que lo que de verdad le da miedo es la intolerancia,

el cerrilismo,

la incomprensión,

la censura,

los profetas y mesías que por el mundo andan sueltos, sean del signo que sean,

los conversos fanáticos,

los intransigentes,

los intolerantes,

los que hacen de la ira un modo de ¿vida?

Este humilde lector cree, o al menos cree saber, que el que se convierte en una bestia deja de vivir como un hombre,

que el que teme es un esclavo de su propio temor,

que la verdadera desgracia no es sufrir injusticias, sino cometerlas,

que la auténtica libertad es someterse a las leyes de la razón.

Este lector defiende la alegría, propia y ajena,

sabe que hay que cuidarse de los que dicen poseer la verdad en exclusiva,

porque la verdad nunca es pura y raramente sencilla,

porque todos nacemos sinceros y morimos mentirosos.

Este lector no pretende saber aquello que muchos ignorantes consideran seguro e indiscutible, Dios sabrá disculparle su agnosticismo.

Este lector está convencido del poder de la cultura

para hacernos más fuertes,

mejores,

tolerantes,

compasivos.

En fin, este lector que afirma que el odio es una venda que ciega,

que el odio es la cólera de los débiles,

por mucho que se esfuerce,

se siente,

hoy por hoy,

incapaz de comprender que esto

haya derivado en esto.

Pero no por ello

renuncia a intentar entender el mundo

y a los demás;

renuncia a contribuir con la educación de sus alumnos

a que sean personas fáciles de gobernar,

pero imposibles de esclavizar,

porque el conocimiento es la fuerza de los débiles,

y algo que los poderosos temen.

Peregrinatio ad loca santa

Peregrinatio ad loca santa

En el siglo XXVI el detective trisexual José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, es contratado por los dirigentes del Gobierno Vasco del planeta Nueva Euzkadi para una misión de carácter altamente patriótico y altamente peligrosa.
    La Inteligencia Artificial del TBB (Tecno Buru Batzar), el superordenador de ultimísima generación, vital para Nueva Euzkadi, contiene una síntesis del genio político de los más destacados dirigentes e ideólogos de los últimos seis siglos y medio. Pero se ha descubierto que en el proceso se cometió un terrible error: la muestra genética más importante no se recogió y fue sustituida por una falsa. La misión del detective es regresar a la Tierra y recuperar los restos del Fundador: Sabino Arana.
    El demencial viaje, a modo de bajada a los infiernos o loca peregrinación, que emprende el detective Belausteguieta en pos de los huesos del Fundador para recuperar y sintetizar su ADN, es lo que se nos narra en la novela Si Sabino viviría, de Iban Zaldua (San Sebastián 1966, profesor de Historia Económica en la Universidad del País Vasco).
    En clave de ciencia ficción la novela arremete contra el patrioterismo de cualquier índole con un tono de humor digno de agradecer en estos tiempos de cabreo y crispación que corren últimamente por estos (y otros) pagos.
No es una gran novela esta ciertamente, pero es una novela divertida, desenfadada, paródica, inteligente a veces, cuyo mérito acaso esté en plantear el humor como la única clave posible para enfrentarse a los salvapatrias, salvadores y mesías de cualquier clase y condición. La novela se lee bien, divierte, frecuentemente provoca la sonrisa y a veces, incluso, uno hasta se ríe abiertamente.
    Aunque de este autor prefiero el libro de cuentos La isla de los antropólogos y otros relatos (Lengua de Trapo, 2002), no dudaría en recomendar esta su primera novela a más de uno (seguro que en esto coincidiría con ustedes, o, al menos, con algunos de ustedes).
    Si les apetece entrar en materia, cosa que les recomiendo desinteresadamente, pueden leer los tres primeros capítulos de la primera parte, Nueva Euzkadi, en la página de la editorial. Cópienlos, péguenlos en un documento de Word, impriman y lean. Ya me dirán después.
    El diario El País informó de la novela en la edición del País Vasco. No me consta que en la edición del país España hiciera lo mismo. Desconozco, igualmente, si la novela ha tenido algún espacio, hueco, reseña, o atención en la prensa de alguna que otra autonomía, tanto las revisionistas estatutarias como las otras, en trance de revisión, amén de las ciudades de Ceuta y Melilla; aunque en estas supongo que últimamente andarán muy atentos a la crisis de los dibujos del Profeta y no estarán por estas veleidades galáctico-detectivescas.
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Iban Zaldua, Si Sabino viviría.
Edit. Lengua de Tapo. Madrid 2005.
186 páginas. 15.95 € (2654 de las antiguas pesetas)

 

Shoah, película de Claude Lanzmann (o sobre la dificultad de la representación del Holocasusto)

Shoah, película de Claude Lanzmann (o sobre la dificultad de la representación del Holocasusto)

Generalmente se sostiene que la representación de un objeto nada nuevo añade al mismo, si bien su contemplación puede producir alteraciones o cambios en el espectador. En este sentido, dada la extremadamente difícil relación entre forma y contenido en un hecho de semejante magnitud como fue el exterminio de seis millones de personas debido a su condición de judíos, se ha cuestionado en muchas ocasiones la representación artística del Holocausto.Afirmaba Eli Wiesel, uno de los supervivientes, que la enormidad de la empresa asesina perpetrada por los nazis había privado a la historia de palabras para describirla. En esta ausencia de palabras podríamos encontrar una de las primeras claves de esa enormidad: el exterminio fue de tal magnitud que los verdugos sabían que nadie que lograra sobrevivir iba a ser creído, y lo que no se nombra no existe. Eso explicaría la resistencia a la verbalización de la experiencia sufrida por muchos de los supervivientes: carecían de palabras para nombrar lo que era imposible nombrar.Surge entonces el problema de cómo representar esa imagen del campo de concentración, del horror absoluto, cómo testimoniarla, cómo hacerla visible, cómo hacer corresponder el acontecimiento histórico y su expresión. En definitiva, ¿es posible representar artísticamente aquel horror sin traicionarlo, sin convertirlo en un simple hecho estético? Y, en caso de que ello sea posible, ¿las obras artísticas cuyo tema sea el Holocausto, qué exigencias formales han de cumplir?

Hemos visto y conocemos sobradamente manifestaciones artísticas, tanto cinematográficas como literarias, que tienen como referente el exterminio, es decir, que han hecho de la barbarie y la muerte del campo de concentración su tema. Incluso los autores de muchas de esos textos, sobre todo aquellos de carácter literario y memorial, han sido los propios protagonistas, los supervivientes, los que han hecho de la memoria el objeto de su propia permanencia entre nosotros después de los terribles acontecimientos a los que sobrevivieron (Primo Levi, Jean Améry, Robert Antelme, Roman Frister, Imre Kertész, etc.).Pero la expresión audiovisual es más compleja en este sentido que la literaria. El cine y la televisión pertenecen a la industria de la cultura de masas, en expresión de Umberto Eco, y esta pertenencia anula su legitimidad para representar el Holocausto, pues la mercantilización de la cultura es sinónimo de canalización y desmemoria ya que esa mercantilización convierte todo sentido real de historia y memoria en espectáculo y entretenimiento. Así, las series de televisión o las películas de la industria de Hollywood estarían imposibilitadas para asumir las tareas de esclarecimiento, educación o concienciación asociadas a la transmisión de la memoria del Holocausto. En definitiva, existiría una incompatibilidad elemental entre la comprensión racional, cognitiva de la historia y las representaciones emocionales o melodramáticas que ofrecen el cine y la televisión comerciales. De aquí se deriva la preocupación respecto a la “verdad” que ofrecen la televisión y el cine, ya que con demasiada frecuencia desdibujan peligrosamente la línea divisoria entre ficción y realidad. La crítica de Elie Wiesel a la famosa serie televisiva Holocausto se inserta en estos parámetros. En un artículo en el New York Times titulado La trivialización de la memoria: mitad hecho, mitad ficción, afirmaba lo siguiente:

“Me espanta la idea de que un día el Holocausto será medido y juzgado a partir de la serie de la NBC que lleva su nombre. El Holocausto debe ser recordado pero no como serie de televisión.”

Lo que le preocupaba a Wiesel es que el acontecimiento histórico sería eclipsado e incluso sustituido por su representación fílmica, por una simulación. No olvidemos que la televisión “fabrica” realidades, y lo que no sale en ella simplemente no existe. La misma crítica podríamos hacerla extensible a la famosa película La lista de Schindler.

Parece entonces que las únicas imágenes posibles que cabe admitir para la expresión del Holocausto serían las de archivo, pues a estas no se les puede negar su capacidad de documento histórico no ficcional dado, en un principio, su fuerte carácter referencial. No obstante, también existen reservas respecto al uso de dichas imágenes en las producciones audiovisuales sobre el exterminio de los judíos, y sobre ello se han hecho varias consideraciones:

a) Las imágenes históricas documentales que existen sobre el Holocausto (selecciones en andenes, guetos, campos de concentración) fueron en su gran mayoría realizadas por los SS, y aunque sean empleadas en contextos de producción y recepción diferentes, siguen inevitablemente proyectando la imagen distorsionada que los nazis querían dar de sus víctimas. Esto no solamente es un problema para el cine documental, sino también lo ha sido para el cine de ficción, ya sea porque éste ha incorporado imágenes de archivo (como en la serie Holocausto) o porque ha recreado estas imágenes con actores (como es el caso de La decisión de Sofía o La Lista de Schindler).

b) Las imágenes de la liberación de los campos se convirtieron equivocadamente en iconos del Holocausto,  pero fueron grabadas por los aliados en los campos occidentales (Bergen Belsen, Dachau, Buchenwald, etc.) y no en aquellos en los que tuvo lugar exterminio, los campos del este. Por ello no deberían ser empleadas para representar el Holocausto.

c) El horror de las imágenes de los campos liberados, mostrado con esa crudeza realista produce un efecto de irrealidad y bloquea la capacidad de conocimiento del espectador.

d) Esta misma crudeza de las imágenes desposee a las víctimas de la dignidad debida, y ofrece la imagen deshumanizada de reducción a meros cuerpos en que los nazis los convirtieron.

¿Es posible, entonces, un cine sobre el Holocausto, sobre el mal absoluto, como lo definió Claudio Magris (DACHAU, 1942 ¿El mal absoluto? En esa carta. Diario El País, 15/3/2003)? ¿Es posible, en definitiva, superar la aporía de Auschwitz? Tal vez encontremos en Shoah, la monumental película del francés Claude Lanzmann, las respuestas.

Shoah (1985) es la respuesta cinematográfica al problema de la representación del Holocausto, una reconstrucción de la ignominia sin caer en lo mórbido. Lanzmann empezó a construir su película desde la nada, con el único objetivo de descubrir qué sucedió en el interior de la cámara de gas mediante un método que no se basa en la reconstrucción, como hace Spielberg, sino en la encarnación mediante la memoria. Empezó a trabajar en la película en 1974 y la finalizó en 1985. El material sumaba 350 horas y el montaje le ocupó unos cinco años. La versión definitiva de más de nueve horas se estrena en el festival de Cannes en 1985, y desde entonces ha estado en permanente circulación por el mundo.

Lanzmann considera a los supervivientes del Holocausto como “revenants”, los que regresan, seres que han traspasado el umbral de la muerte y que después de vagar por el mundo como zombis deciden dar su testimonio. El director no ha querido actores ni escenarios artificiales de campos o guetos ni imágenes históricas, sólo supervivientes y lugares tal y como se conservan en la actualidad. La película es un alegato contra el olvido, pues, ¿acaso el Holocausto no fue la negación de una identidad?, ¿no fue el exterminio industrial de un pueblo? Contra ese olvido se erige esta película en la que no hay un solo llanto infantil pero se escucha llorar a los niños, en la que todo el poder de la narración se deposita en los hombres y mujeres que hablan, que testimonian, y en su propio testimonio. El director visita los lugares e insta a los supervivientes a que los visiten, bien con la memoria, bien realmente. La película se convierte así en la construcción de la memoria y de la verdad.

Shoah se proyectó por primera vez en España en un cine de Madrid en 1987 durante dos días. El primer día unos revisionistas camisas marrones plantaron delante del cine un tenderete con libros que negaban el Holocausto. Al día siguiente un aviso de bomba impidió la proyección. Televisión española pasó la película a las dos de la madrugada en cuatro sesiones repartidas en cuatro semanas.

Hace dos años conseguí la edición en DVD de esta monumental obra de arte (4 discos en versión original con subtítulos en español). La vi en aquella ocasión y la he vuelto a ver estas pasadas Navidades, pero, a diferencia de aquel primer visionado, ahora la he visto de un tirón, con las pausas necesarias e inevitables de orden alimenticio o fisiológico. Ha sido realmente una experiencia sobrecogedora. Dudé antes de sentarme delante del televisor, dudé de mi capacidad para asimilar un mensaje tan complejo de forma continuada, dudé de mi capacidad de aguante, pensé que terminaría abominando de la película, pero cuando flaqueaba pensaba en que Lanzmann afirmaba que la película no es segmentable, como tampoco lo es un pensamiento. Fue realmente una experiencia extenuante y sobrecogedora.

En el año 2003 se publicó en España el texto íntegro de la película, que se incluye en la edición en DVD francesa.

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SHOAH. Un film de Claude Lanzmann.

9h 10mn. Versión original en francés. Subtítulos en francés, inglés, español y alemán. Formato de imagen 4/3. Les Films Aleph.

 

 

Un fracaso esperanzador

Ya saben que teníamos pendiente el tema de la lectura de Expiación que les propuse a mis alumnos de un grupo de Bachillerato, cuyas edades oscilan entre los 17 y los 18 años, (Vid. Va de reto, 26/12/50).

Pues bien, el oxímoron del título de este comentario viene a ser una definición adecuada del resultado: el grupo consta de 25 alumnos y cuando el primer día de clase después de las vacaciones navideñas les pregunté por la lectura de la novela levantaron el brazo dos alumnas y un alumno, o sea, tres personas.

No está mal, pensé, podían haber sido dos, o una, incluso hasta podía no haber encontrado a ningún lector. Me pregunto ahora si podríamos describir a esta “minoría” como lectores maduros pese a su juventud, ¿por qué no? Desconozco lo que estos alumnos leen, pero también desconozco lo que les impulsa a leer, lo que buscan en los libros. Pero en fin, ahí estábamos cuatro lectores de una excelente novela, tres de los cuales se van a terminar convirtiendo, seguramente en buenos lectores. Cada uno de nosotros ha leído la misma novela y, sin embargo, todos hemos leído una novela distinta. Cada uno hemos encontrado nuestro sentido al texto, y se lo hemos dado en la lectura, y eso nos une como a cofrades de una extraña cofradía. Ahora sabemos que tenemos algo en común. Quizás nos hayamos acercado a la novela por motivaciones diferentes, pero todos probablemente nos hemos emocionado con el discurrir de las vidas que narra la novela. Y en ese discurrir hemos vivido más tiempo, porque como bien sabemos por los sueños y por las novelas, en poco tiempo real cabe muchísimo tiempo imaginario.
Leyendo novelas como éstas nos prevenimos contra la brevedad de la existencia en nuestro cuarto de estar, bajo una lámpara o recibiendo la luz que entra por la ventana. Ahí, en su sillón de lectura, estos jóvenes lectores se han convertido en espectadores de otras vidas, al mismo tiempo que se van preparando para entender la suya.

Tres lectores. Por algo se empieza.

Cuenta el Lector cómo llegó a tener noticia del Conde de Abascal y cómo supo más a base de porfiar en ello.

Cuenta el Lector cómo llegó a tener noticia del Conde de Abascal y cómo supo más a base de porfiar en ello.

  Hablábamos un grupo de amigos un día de las pasadas vacaciones navideñas sobre los excesos en la ingesta propios de estas fechas. La charla discurría, como no podía ser menos, alrededor de una bien surtida bandeja de dulces navideños, unas tazas de café y unas copitas de licores varios. Casi todos conveníamos en que es cierto que se engordaba algo estos días, pero eran solo unos días y unos gramos, y luego ya volveríamos a la normalidad.

  Una de las contertulias amigas se quejaba desconsoladamente de esos kilos que, arteramente, decía, vienen a buscar refugio y acomodo en aquellas zonas más propensas a ello, a saber: caderas, cintura y culo, sin que el orden de enumeración suponga preferencia alguna, al menos por mi parte. Esta mujer, a la que bien podríamos clasificar como de buen ver —ya metidos en tópicos, qué le vamos a hacer—, echábase mano sin disimulo ninguno y sin asombro de los presentes a esas zonas de su anatomía —supongo que para constatar la veracidad de sus afirmaciones—  al tiempo que largaba diatribas e improperios contra turrones, mazapanes, polvorones y otras viandas propias y pertinentes de estos días, incluyendo incluso carnes y pescados, para que no hubiera discriminación ninguna en el reino animal.

  Mujer, le dije, con el mejor de mis propósitos, tómatelo con calma, que no es para tanto. Acudes tres días en semana al gimnasio, eres frugal a diario, de vez en cuando haces dietas de ensaladas y frutas... total, los gramos que ahora cojas ya te los quitarás en enero, febrero como mucho.

  Con ánimo conciliatorio, no exento de cierto regodeo, tuve a bien recordarle que los mazapanes de Toledo, de los que todos los años le proveo una bien surtida muestra —y más concretamente de la que pasa por ser la marca acaso más acreditada— bien merecen el elogio, la admiración y la degustación, reconociendo en ellos la exquisitez hecha postre como ya hicieron desde antiguo y hacen en la actualidad los toledanos y forasteros. A pesar de que mi exordio parecía ir por buen camino, mi amiga dio inequívocas muestras faciales de que todo esfuerzo por mi parte iba a ser infructuoso, por lo que no me quedó más remedio que cambiar radicalmente de estrategia, así que recurrí a consolarla echando mano de otro tópico, tópico típico totalmente ineficaz, pero en fin. Y recurrí entonces a la poesía, y le di una copia de este poema de Giovanna Pollarolo que había descubierto curioseando por Internet:

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Mientras las demás
hablan de cremas y cosméticos
comentan las bondades de la liposucción
discuten si es mejor una cirugía radical
barriga
senos
ojos
muslos
boca
cortar lo que sobra
ser otra vez dibujada
contra las que abogan por largas sesiones de masajes
irritantes dietas, gimnasia diaria
no reír, no hacer gestos
nuestra piel es peor que cemento fresco,
ella sonríe serena y curiosa
¿la revolución del Retín A? ¿crema para párpados?
no, nunca usa
odio las cremas, dice
va a la peluquería sólo a cortarse el pelo
y se burla cómo parecen payasos sus amigas
que se ponen máscaras faciales
y las gordas sudorosas que se afanan
los rollos colgando, las mallas
a punto de reventar.
¿No te importa? Pregunta la que más sabe
y va por la segunda liposucción:
levanta los hombros, sonríe.
Y las que leen Hola y Vanidades
la miran con pena
saben que en su casa, ante el espejo
ocultará con desazón su cuerpo
sabiendo que ya es tarde
como lo será para ellas mañana o pasado
y fatigadas
terminen dándose por vencidas.
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  Mi amiga sonrió con ladina expresión y dirigiéndome una artera mirada me dijo: con que Pollaloro, ¿eh?... ¡No!, corté, Po-lla-ro-lo. ¿Pollarolo?, respondió mientras me miraba no sé si también ladina y arteramente. Po-lla-ro-lo, repetí. Mi amiga miró el texto y me miró a mí. Cuando creí que todo estaba claro, resulta que no lo estaba: Esta poeta es apócrifa, ¿verdad?, este poema lo has escrito tú, ¡no me fastidies!, dijo con muestras de satisfacción.
  No. Yo no quería fastidiar. Me levanté. Abrí la última caja de mazapán, la expuse abierta en toda su impúdica exquisitez sobre la mesa, hice unos cafés y le dije a mi incrédula amiga, esta poeta existe, es peruana, puedes buscarla en Internet, al tiempo que degustaba una delicia de mazapán y animaba a los presentes a hacer lo mismo.
  Entonces les referí el encuentro que tuve hace un par de años con un poema y cómo llegué al libro que lo contenía.
  Hace un par de años, como decía, un compañero me dio fotocopiado este poema para utilizarlo en clase con los alumnos de cuarto de ESO, para iniciarlos en el comentario de textos literarios. El texto, me dijo, es un poema amoroso que les va a resultar muy atractivo y además se puede comentar muy bien, porque es una sucesión de tópicos y metáforas claramente descifrables:

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SUMA DE OPÓSITOS

   Eres toda de nieve, ¿quién lo duda?
Frío en tus manos, y en tus labios frío.
En tu interior, un gélido vacío,
y un viento norte en tu mirada aguda.
   Un témpano polar tu lengua muda;
tu boca, un lago helado en el estío;
tu corazón, un páramo sombrío,
y una escarcha invernal tu piel desnuda.
   Eres toda de nieve... Pero a veces
eres toda de fuego y resplandeces
con un destello níveo que me ciega.
   Eres fuego glacial, nieve encendida.
Eres toda de nieve, ¿quién lo olvida?
Eres toda de fuego, ¿quién lo niega?

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  En efecto, el texto nos dio mucho juego en clase y le pregunté de quién era. No lo sabía, tampoco recordaba de dónde habías sacado la fotocopia o quién se la había dado. Ahí quedó la cosa. A veces recordábamos el poema y continuábamos preguntándonos por su origen. Llegué a pensar que era obra de mi amigo, y así se lo hice saber en más de una ocasión, cosa que él negaba rotundamente.
  Tiempo después de aquello, el pasado año en un curso sobre Literatura española actual en la
Fundación Juan March, después de una de las conferencias dedicadas a la poesía, charlando con unos de los asistentes, salió a colación el poema, cómo nos había dado buen resultado con los alumnos y cómo llegué a pensar que lo había escrito un compañero. Les recité los dos o tres primeros versos iniciales y ante mi asombro una de las asistentes dijo sí, hombre, ese es un soneto del Conde de Abascal. ¿Conde de Abascal?, a excepción de esta mujer, ninguno de los allí presentes habíamos oído hablar de ese autor. Nos dijo la compañera de curso que el poema pertenecía a un curioso libro titulado Todos los coños el coño y otros poemas profundos, y que ella lo había comprado hace un tiempo en La casa del Libro.
  Esa misma noche, nada más llegar a casa, me puse a la búsqueda, y encontré en Google, pinchando en la primera referencia, la
editorial que publicó el libro y alguna que otra referencia más. En efecto, todo muy curioso, como los interesados podrán verificar. Incluso hay por medio una Academia...
  El texto no existía en ninguna de las librerías en las que recalé en su busca, pero me puse en contacto con la editorial y me lo mandaron por correo, previo ingreso de su importe en una cuenta corriente, junto con otro curioso libro del mismo autor.
  El libro, titulado efectivamente Todos los coños el coño y otros poemas profundos, cuya portada han podido ver más arriba y cuyo sentido habrán podido captar aquí abajo, reposa ahora en un estante. Lo he colocado junto a un texto de Juan Manuel de Prada titulado Coños, libro que en su día, allá por el año 1995 publicó la editorial
Valdemar, y que parece ser que había circulado con anterioridad en Salamanca en una edición clandestina. En fin, como ven, todo muy literario.
  Si una semana de estas no tienen nada mejor que hacer, dense una vuelta por estos libros.
  Más arriba les dejé un poema del conde de Abascal, me parece justo dejarles un texto del libro de Juan Manuel de Prada. Ahí va:

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  Mi amigo Evaristo Ramos, de nombre artístico Doc­tor Carruthers, comenzó tragando clavos en un teatrucho de los arrabales y ahora es el faquir más fa­moso de Europa, una es­trella en el cielo ajado de las variedades. Mi amigo Evaristo Ramos, de nombre artístico Doctor Carruthers, es oriundo de Soria, pero finge un acento foráneo, austrohúngaro o así, para darse tono. Evaristo es un hombre de fiso­nomía luctuosa, enjuto, muy ordenado en sus hábitos, que se transforma cuando pisa un esce­nario. Si en la intimidad sólo come espinacas, en los teatros ingiere arena, cuchillas de afeitar y hasta bombillas (incluido el filamento de wol­framio); si en la intimidad duerme sobre colcho­nes de lana, en los teatros se tumba sobre plata­formas erizadas y carbones al rojo. Esta esquizo­frenia entre vida vivida y vida fingida, o, si se prefiere, entre realidad y representación, termi­nó por producirle desavenencias conyugales. La esposa de mi amigo Evaristo Ramos es una mujer también vegetariana y poco proclive a los colchones incómodos; una mujer honesta, labo­riosa, soporífera, que para nada da el tipo de faquiresa. Durante años, Evaristo (pero quizá deba llamarlo Doctor Carruthers cuando me refiera a su faceta artística) probó a trabajar con ella, utilizándola como simple ayudante o reca­dera, nunca con intervenciones activas en el espectáculo. Esta limitación actuaba en detri­mento de su éxito, ya que el público, con fre­cuencia, solicitaba de la presunta faquiresa que se chamuscase el vello púbico o se metiera alfan­jes por el coño, solicitudes que, amén de malin­tencionadas, resultaban desatendidas, con los consiguientes abucheos y deserciones en la pla­tea. Viendo que el negocio se le escapaba de las manos, el Doctor Carruthers reservó a su esposa para el hogar y buscó a través de agencias y promotores una faquiresa que tuviese buenas referencias. Al fin la encontró: resultó ser una muchacha hindú, de una elasticidad y una be­lleza tribales, felinas, casi insoportables. Fue entonces, aprovechando la procedencia de su partenaire, cuando mi amigo Evaristo (quiero decir, el Doctor Carruthers) incorporó a su vestuario turbantes, babuchas y trajes de lente­juelas; la faquiresa, por su parte, aparecía semi­desnuda, con pezoneras de pinchos, bragas de latón y cilicios, aportando al espectáculo esa dosis de exotismo y participación activa que reclamaba el público.
  Curiosamente, la faquiresa nunca se avino a chamuscarse el vello púbico, ni a introducirse alfanjes en el coño, ni a mutilarse de otras formas más o menos triviales. Tampoco Evaristo (quie­ro decir, el Doctor Carruthers) volvió a masticar vidrios, ni a atravesarse la lengua con agujas de ganchillo. Ambos se limitaban a fornicar (el uno con el otro, se entiende), para perplejidad, irri­tación o entusiasmo del público. La faquiresa poseía, por malformación de nacimiento o implantación quirúrgica, una vagina dentada, unn coño de afiladísimos colmillos sobre el que posaban los reflectores, un segundo antes de que engullera el miembro de Evaristo. Mi amigo, lo repetiré, arrastra serios problemas conyugales. Vuelve al hogar con el prepucio hecho jirones, y su mujer está hasta el gorro de arreglar los estropicios que origina el coño de la faquiresa, a quien considera su rival. No tardará en pedir el divorcio, me temo.

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Conde de Abascal, Todos los coños el coño y otros poemas profundos. Edit. La Discreta. San Lorenzo del Escorial 2000. 86 páginas.

Juan Manuel de Prada, Coños. Edit. Valdemar. Madrid, 1995. 155 páginas.

 

Don DeLillo, Libra

Don DeLillo, <em>Libra</em>

   Casi todos los reporteros y tres cámaras de televisión se encontraban en la rampa  que comunicaba con Main Street, a la derecha de Jack. En lo alto de la otra rampa aguardaba un camión blindado. Ya lega. Ya llega. Ya llega. La puntualidad era absoluta, el emplazamiento era exacto. Se encendieron los focos. Todo fue en blanco u negro, toques de luz y grandes sombras. Vio que un grupo de agentes salía de la oficina de las celdas escoltando al detenido, que llevaba un jersey oscuro y parecía un don nadie salido de la nada. Los periodistas se estremecieron. Fogonazos, gritos que retumbaron en las paredes, a Jack todo le resultó extraño, como si ya lo hubiera vivido, y permaneció bajo la luz artificial del sótano húmedo, con las rampas sucias por el humo de los tubos de escape y una sobrecarga de octanos en la atmósfera.

   Ya llega.

   Jack se aparta del gentío y de antemano vio cómo ocurría todo. Sacó la pistola del bolsillo, la movió disimuladamente, la golpeó contra su muslo. Se abrió un sendero. Nadie se interponía entre Oswald y él. Jack levantó el arma. Dio una última zancada y disparó una vez, un tiro en el centro del cuerpo y apocos centímetros de distancia.

   Oswald cruzó los brazos y sus ojos se tensaron. Emitió un sonido, un gruñido ronco, grave y desolado. Inició la caída a través de un mundo de dolores.

   Una maraña de cuerpos cubrió al pistolero, todos aquellos hombres con Stetson que respiraban con dificultad y luchaban por hacerse con la pistola. Alguien clavó una rodilla en la barriga de Jack. No entendió por qué adoptaban esa actitud. Puesto que lo conocían, resultaba innecesaria. Se sintió aún peor al oír la voz de Russell Shively por encima de otros sonidos.

   —Jack, Jack, hijo de puta.

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   Así narra Don DeLillo en Libra el momento en que Jack Ryby dispara con su revólver del 38 a Lee Harvey Oswald en Dallas el 24 de noviembre de 1963, cuando iba a ser conducido de la comisaría de Dallas a la cárcel del distrito. Oswald había matado al presidente Jonh F. Kennedy a las 12:30 horas del día anterior.

   En principio toda ficción es por definición una impostura, una realidad que es sin serlo, y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, pero en Libra, del escritor estadounidense Don DeLillo, los hechos narrados se circunscriben a un acontecimiento histórico que aún está presente en la conciencia norteamericana: el asesinato del presidente Kennedy en la ciudad de Dallas el 23 de noviembre de 1963.

   Aún se desconocen muchos aspectos del magnicidio y se han elaborado varias hipótesis para explicarlo, desde aquellas que suponen que el asesinato fue obra de un comunista desquiciado con afán de notoriedad, Lee H. Oswald, tal y como sostuvo la Comisión Warren, hasta quienes piensan, como Jim Garrison, fiscal del distrito de Nueva Orleans, Luosiana, que fue una conspiración en la que intervinieron principalmente la Mafia, agentes de la CIA y organizaciones de cubanos anticastristas refugiados en Miami.

   La novela nos narra los movimientos de esa hidra de múltiples cabezas que acaban desencadenando la tragedia en la que Oswald es también una víctima. El autor ha optado por dar a la novela un determinado esquema formal que refleja de alguna manera ese mundo informe e indefinible, de sutiles movimientos, que propició la muerte de Kennedy por un certero disparo en la cabeza.

   La obra se organiza en dos partes de similar extensión. La primera parte de la novela consta de 11 capítulos, y la segunda de 13; a su vez, cada capítulo tiene distintas secuencias organizadas mediante la técnica de fragmentación simultánea, lo que obliga al lector a realizar una lectura muy atenta, una lectura activa y participativa en la construcción de lo que se cuenta. En cierta manera, esta construcción nos recuerda el esquema constructivo de Manhattan Transfer, de John Dos Passos.

   Por una parte, se nos van contando los diferentes acontecimientos de los distintos actores que van a ir confluyendo a la mañana del fatídico día 23 en Dallas, en que Kennedy recorre en coches descubierto junto a su esposa. De Lillo se adentra en la personalidad del Oswald adolescente, un chico marginado, idealista, objeto de burlas por parte de sus amigos, que se refugia en las lecturas de textos marxistas. Deja muy pronto los estudios y se alista en los marines. Es destinado a una base aérea en Japón desde la que despegan los aviones espías U-2 que sobrevuelan territorio ruso. Allí decide desertar y pedir asilo en la URSS, ofreciéndose como informador al KGB. En Rusia se casa y pronto se desengaña del paraíso comunista. Regresa con Marina, su mujer, a los EEUU y allí cae en manos de oscuros y turbios hombres que representan oscuros y turbios intereses: refugiados anticastristas, resentidos de la bahía de Cochinos que responsabilizan directamente a Kennedy del desastre, agentes de la CIA que deciden corregir a su manera la política del presidente que consideran entreguista y blanda después de la fallida invasión de la bahía de Cochinos (abril de 1961) y la crisis de los misiles (octubre de 1962).

   Por otra parte, tenemos a un analista de la CIA jubilado, Nicholas Branch, encerrado permanentemente en un despacho y rodeado de miles de informes y documentos, que está escribiendo la historia del asesinato, una historia secreta que nunca se hará pública. Esa historia crece constantemente y se desparrama en múltiples meandros que le confieren a partes iguales el ideal de grandeza y de obra absurda. Branch continúa recibiendo informes y material literario (novelas y obras de teatro sobre el magnicidio) en los que trata de encontrar un sentido a lo que está investigando. Está persuadido de que la conspiración contra el presidente fue un asunto tortuoso, un asunto que, a corto plazo, triunfó sobre todo gracias al azar.

   Y por último está la voz de Marguerite, la madre de Oswald. Es una voz en primera persona que nos habla de su condición de mujer abandonada, que ha luchado para sacar adelante a sus hijos en una vida llena de carencias, tanto materiales como afectivas. Es una mujer vulgar, que en su soledad se identifica con la soledad de su hijo y ahora que lo ha perdido todo, sólo quiere justicia para él:

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   Aquí estoy, sobre la tierra, con el corazón destrozado, y miro las lápidas sepulcrales, el campo ondulado de los muertos, la capilla en lo alto de la colina, los cedros inclinados por el viento, y sé que se espera que el funeral consuele a los deudos con la cualidad de la ceremonia y del escenario. Pero yo no ten­go consuelo.
   Esto viene de muy lejos; los hombres se matarán entre sí y las mujeres permanecerán en pie ante las tumbas. Señoría, yo no me doy por satisfecha con permanecer en pie.
   Cronometraré sus movimientos durante aquel día fatídico. Entrevistaré hasta el último testigo. No hablo por hablar. En tanto madre del acusado, sé que debo contar con hechos. Es­cúcheme. ¿Sabe que asistí a clases de ruso en la biblioteca? Una vez por semana, en mi día libre, iba a estudiar, esperando de corazón que si algún día Lee se ponía en contacto conmigo, Marina y yo podríamos hablar con normalidad. Escúcheme, preste atención. No puedo vivir de pequeñas donaciones. Ma­rina ya tiene un contrato y un escritor que redactará sus textos. Se negó a ponerse los pantalones cortos que le compré. Un do­mingo, en Fort Worth mi chico no tenía preparada la maleta, y al día siguiente desapareció con su esposa y su hija para irse a trabajar a Dallas, de la noche a la mañana, sin avisar a su pa­trón ni a su madre. Un trabajo fotográfico cuyos detalles se desconocen. Da que pensar. ¿Quién organizó la vida de Lee Harvey Oswald? Es un tema que se prolonga hasta el infinito. Lee tenía una colección de sellos. Lee nadaba en la piscina de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Solía verlo por Ewing Street con el pelo mojado. Cariño, corre a casa o cogerás un buen res­friado. Señor juez, no es que yo sea muy lista pero me las he apañado. He trabajado en muchas casas de buenas familias. He visto cómo un caballero pegaba a su esposa en mi presencia. Ocasionalmente tiene lugar un crimen en las casas de la gente bien. Este chico y su esposa rusa ni siquiera tenían teléfono o televisor en Estados Unidos. Ya podemos acabar con el mito. Escúcheme, Soy incapaz de enumerar en frío. Necesito desa­rrollar el relato. Volvió a casa con una jaula de pie y portamaletas. Había hiedra en la maceta, estaba la jaula, el periquito, había toda una variedad de alimentos para el pájaro. El chico le compraba regalos a su madre. Se sentía demasiado aislado para leer.

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   DeLillo ha escrito una novela realista en el sentido de que ha escrito una obra literaria “verídica” cuya lectura le induce al lector a pensar que lo que nos cuenta sucedió así, que esas cosas pudieron suceder en aquel momento en ese lugar. Creo que la intención del autor es que el lector vea una determinada realidad con otros ojos, que sea capaz de ensayar hipótesis, especulaciones, que no se contente con la propia y única visión de aquellos hechos. Como afrimaba C. S. Lewis, “la persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cár­cel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamen­to que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones.

   La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que tam­bién curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub-individualidad. En cam­bio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo”.

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   Al final de la novela, que ya fue publicada aquí por ediciones B en 1988, aparece la siguiente nota del autor, reveladora de lo que la novela es y, sobre todo, el autor quiere que sea. La transcribo en su integridad (y llamo especialmente su atención sobre el último párrafo):

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   Este libro es una obra de ficción. Aunque me he basado en los archivos históricos, no he intentado proporcionar respuestas objetivas a las cuestiones planteadas por el asesinato.

   Toda novela que trata de un importante acontecimiento no resuelto aspira a llenar algunos de los vacíos de la versión cono­cida. Para conseguirlo, modifiqué y embellecí la realidad, inven­té incidentes y diálogos, prolongué las personas de carne y hue­so en un espacio y tiempo imaginarios.

   En un caso en el que los rumores, los hechos, las sospe­chas, los subterfugios oficiales, los contradictorios conjuntos de pruebas y una docena de teorías laberínticas se funden, a ve­ces de forma indiscernible, algunos pueden pensar que una obra de ficción sólo es un punto oscuro más en la crónica de lo desconocido.

   Como esta novela no pretende aludir a la verdad literal; como sólo es lo que es, separada y completa, es posible que los lectores encuentren refugio en ella: un modo de pensar en el asesinato sin las limitaciones de las verdades a medias y sin de­jarse abrumar por las posibilidades ni por la marea de especu­laciones que con el paso de los años se acrecienta.

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Don DeLillo, Libra. Edit. Seix Barral. Barcelona 2005. 498 páginas, 23 euros.