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Leyendo a la sombra

Apostillas a "La caja de conchas"

   Observa acertadamente Portorosa después de la lectura de La caja de conchas “que no queda muy claro lo del padre, ni por qué, si el problema era con él y él ya estaba muerto, no había ido al entierro de la madre”.

   Ciertamente, en el relato hay una importante zona de sombra, un escamoteo intencionado al lector. El narrador —que es quien en definitiva nos cuenta lo que leemos— deja sin resolver el núcleo dramático del asunto, y el autor es consciente de que esto le plantea al lector algunas dudas (legítimas), si bien es cierto que en el texto hay veladas alusiones a ciertos sucesos que provocaron que el hijo abandonase la casa para no regresar jamás, como se había jurado, hasta que un recuerdo que roza el absurdo, sobrevenido al conocer la muerte de la madre, lo empuja a ponerse en camino.

   Creo que en este relato el narrador ha tratado de de mostrarle al lector sólo lo imprescindible, entregarle la historia de tal manera que, aun a riesgo de parecer ambiguo, algo quede sin revelar y se vea obligado a comprender el mecanismo interno del texto, que es justamente ese, no revelarlo todo, dejar zonas de sombra, huecos sin rellenar, de tal manera que el lector se pregunte cómo será el color de la llama de una vela cuando contempla la vela apagada. Tal vez a este relato le ocurra como a esas fotos veladas, que no conservan ningún resto de la impresión de la luz, pero hubo un momento en que esa luz estuvo allí, en la emulsión del negativo.

   Quizás por ello el narrador ha pretendido meternos en el pellejo de un hombre que emprende un viaje con una certeza, y al final de un par de horas de carretera, la única justificación que encuentra para haber regresado es un objeto impersonal, carente de todo mérito, estúpidamente anodino. En esa caja de conchas supone que está la clave del regreso, y cuando contempla su interior iluminado por las luces de neón de la cafetería de una gasolinera, lo que ve es sólo una parte del pasado, fragmentos de otro tiempo. Un tiempo oscuro, como la ciudad que parece aguardarlo al final de la autopista. Esta tal vez sea la única certeza que este hombre tiene en este momento: que esos puntos que brillan tras la lluvia es la ciudad de donde salió y a donde regresa.

   El narrador nos ha dado una historia aparentemente insignificante, incluso hasta trivial, pero en ella el lector puede observar una parte de la conducta humana. Leámosla no en busca de respuestas, sino en busca de preguntas.

La caja de conchas (y II)

   En el porche, arrumbadas en un rincón,  se pudrían la mesita verde y las butacas de madera, que aun conservaban jirones de la pintura rojiza que a su madre tanto le gustaba. Las persianas estaban subidas, lo que interpretó como una señal de la visita a la casa de su hermana. Junto a la puerta, a la altura de sus ojos, brillaba el azulejo de cerámica de Talavera, “Aquí vive un médico”, como si lo hubieran puesto ayer; era lo único del jardín que parecía ajeno al paso del tiempo.

   Rodear la casa e inspeccionar lo que había sido el jardín le ocupó apenas unos minutos. No había nada que ver, o mejor dicho, no se podía ver nada. Los sarmientos de la parra caían del emparrado por todos lados; el suelo estaba cubierto por una espesa capa de hojas que le mojó los zapatos, trasmitiéndole una incómoda impresión de humedad. Todo era desolación y decrepitud, y esa sensación parecía contaminar también a la casa, lo que acentuaba el abandono en el que se sumía desde hace años, ¿cuántos ya?, se preguntó. Le conmovió la visión del sauce, que le trajo el recuerdo de su madre sentada bajo sus ramas en los días calurosos de verano. Cuando uno recuerda a los viejos, pensó, siempre aparece la imagen de un anciano sentado, siempre un viejo sentado, ensimismado, mirando con ojos húmedos a un punto distante, sin ver nada.

   En verano colocaban el velador y las butacas de madera debajo del sauce, la zona más fresca del jardín. Ahí se sentaba con su padre después de cenar y le oía hablar de la guerra. Siempre hablaban de la guerra. Ya son ganas, decía la madre, otra vez la maldita guerra, como si no hubiéramos tenido bastante. Y el padre le hablaba del frente, de la toma de Talavera, de las barbaridades de Badajoz, de las tropas dirigiéndose a liberar Toledo. El padre era entonces un muchacho. Mi padre, el abuelo Luis, estaba entonces de médico en Talavera. Cuando las tropas rebeldes tomaron la ciudad, dirigía un improvisado hospital de campaña cerca del puente viejo. Los primeros soldados que entraron, por la carretera de Badajoz, fueron los regulares y legionarios del comandante Castejón. Tu abuelo no consintió que lo evacuaran, y se quedó en el hospital con los enfermos más graves, cinco o seis milicianos que no habrían aguantado el viaje a Madrid. Por lo visto, salió a recibir a los soldados a la puerta del hospital junto con una enfermera y pidió hablar con un mando de la legión. Sin mediar palabra, unos regulares se los llevaron al puente y allí los fusilaron. Tiraron sus cadáveres al Tajo. La abuela y yo buscamos su cuerpo río abajo, hasta Puente del Arzobispo, durante tres días.

   La cerradura cedió al primer intento, aunque con cierta resistencia. La penumbra del interior aumentó en él la sensación real de frío. Ciertamente, la casa estaba helada, y ese frío contribuía a hacer más patente su soledad, sentirse un intruso en un lugar que no pisaba desde hacía años, tantos que la memoria se resiste a concretar algo más que no sea esta idea de desvalimiento que parece adueñarse de él. Fue recorriendo pausadamente las estancias, notando en su mano el frío de la manija de las puertas conforme iba entrando en las distintas habitaciones. Reconoció las fotografías colgadas de las paredes o expuestas sobre los muebles. El mundo interior revelado. El tiempo de otro tiempo.

   Se asomó a la habitación de sus padres y contempló su reflejo en el espejo del fondo. Una figura extraña, pensó, pero ese soy yo. Recordó la última vez que entró en esa habitación, la mañana del día en que se marchó definitivamente. El padre parecía dormir sobre la cama, vestido, ni siquiera se había quitado los zapatos. Se marchó con la idea firme de no volver. Lo sentía por su madre, pero quedaba la hermana. Los gritos, las humillaciones eran ya algo demasiado habitual. La madre se empeñaba inútilmente en ocultar las ojeras, los restos del naufragio de una falsa, imposible convivencia con el padre. Los silencios. El secreto. Sin saber que lo que esconde todo secreto es la traición, que antes o después alguien llega a una situación en la que tiene necesidad de contar lo que sabe, acaso para saber más. Aquella mañana el padre no respondió a sus preguntas, tampoco la madre. El secreto quemaba, como los ácidos recuerdos regurgitados por la memoria en las madrugadas de duermevela.

No había vuelto a pisar la casa hasta ahora. Supo de la muerte del padre por una llamada de la hermana. Quería sentir cierto pesar, pero sólo experimentó una incómoda sensación de indiferencia. Como forense, la muerte tenía para él sólo una cara clínica, profesional, indiferente. No buscó razones, explicaciones, justificaciones. Ni siquiera afloró la cara emocional que cualquiera hubiera creído propia del momento, no así él. Se había jurado no volver a saber nada más y nunca quiso saberlo.

   —¿A qué has venido? ¿Por qué has vuelto? —oyó a la hermana hablar a su espalda. No la había oído llegar, pero allí estaba. Miró el reloj: veinte minutos exactos—. Sabía que no vendrías al entierro y estaba convencida de que tampoco vendrías hoy. Me llamarías con cualquier excusa...

   —He venido por la caja.

   —¿La caja?

   —Esta caja de conchas. La compró mamá el verano en que se casaron, creo que en Valencia.

   Conducía despacio. Concentrado en la carretera. Lloviznaba suavemente y el movimiento intermitente y monótono de los limpiaparabrisas distraía su atención de cualquier otro pensamiento.

   Le había dicho a su hermana que de pronto se acordó de esa caja. No sabía por qué, pero fue así. Eso le empujó a venir. La caja de conchas. Sólo por eso, nada más, fue como una visión, algo que le empuja a uno a ponerse en marcha, a la acción. Le preguntó si podía llevársela.

   —Claro. Mamá siempre dijo que te podías llevar lo que quisieras, ya lo sabes.  —La hermana no dijo nada más, apagó el cigarrillo y le miró a los ojos por primera vez mientras le daba la caja.

   Se detuvo en una gasolinera. Llenó el depósito, aparcó el coche y entró a la cafetería. Desde la mesa podía ver los puntos de luz entre la neblina de agua. Puntos blancos y puntos rojos. Madrid era una masa negra con puntos que se intuía al final de la autopista. Se bebió la cerveza y sacó la caja de la bolsa. Era una de esas inútiles cajas de concha que siempre le habían parecido estúpidas, vulgares. Sobre una valva que aún conservaba el brillo del barniz se podía leer Castellón, 1950. La estuvo mirando durante unos minutos sin encontrar el significado último que creía que la caja poseía. Pero sólo veía ante sí una caja de conchas. Levantó la tapa y observó el interior.

   Dos mechones de pelo atados cada uno con hilo rojo, dos dientes de leche envueltos en un trozo de papel de periódico, una alianza con la fecha de 1950 grabada en su interior, un recorte de revista con una receta de pastel de manzana, una foto en la que se veía a su padre y a él subidos a unos autos de choque, en su reverso su padre había escrito Segovia, verano de 1955, y una carta dirigida a los Reyes Magos en la que reconoció la letra de su madre. Debajo de la lista de juguetes y muñecas la madre había firmado, Carlitos y Anita.

   Cerró la caja y apuró la cerveza. Fuera seguía lloviendo. La autopista era una tira de goma negra que llevaba hasta una ciudad negra con pequeños puntos de luz brillando a lo lejos. Es tarde, pero da lo mismo, pensó.

La caja de conchas (I)

   —¿Puedo llevarme esta caja?

   —Claro. Mamá siempre dijo que te podías llevar lo que quisieras, ya lo sabes —lo dijo indolentemente, mirando hacia la ventana pero sin ver el jardín, con un tono neutro, el mismo que habría empleado para decir que el tren trae retraso o que la sopa está sosa.

   Había llegado a la casa muy temprano, casi dos horas antes de la cita concertada con su hermana. Lo había preferido así; de esa manera tendría tiempo de recorrer el pueblo, tomar un café en algún sitio y ver cómo había cambiado todo. Aparcó el coche en la plaza y recorrió durante un buen rato las calles. Algunas le resultaban vagamente familiares, otras, por el contrario eran totalmente desconocidas para él. El pueblo había crecido bastante en estos veinticinco o treinta años. Ya no era aquel lugar que se ordenaba a lo largo de la carretera que lo cruzaba de parte a parte. Barrios nuevos con impersonales adosados con la parabólica en la fachada evidenciaban la llegada de los nuevos tiempos; barrios que ahora le resultaban extrañamente familiares y que contrastaban con la iglesia románica que apenas era visible en el altozano por la neblina lechosa de la mañana.

   El pueblo empezaba a cobrar vida. La gente asomaba a las calles y algunos cruzaban la plaza mirando con curiosidad mal disimulada el lujoso coche negro. Hacía frío. Es la época, pensó, si no te hielas en Segovia en diciembre, no lo vas a hacer en agosto.

   Cuando regresó a la plaza, donde había dejado el coche, pensó que aún tenía tiempo de tomar un café, pero se dirigió hacia la iglesia. El tenue sol iba arrastrando los jirones de la neblina y conforme se acercaba pudo comprobar los efectos de una esmerada restauración sufragada por el correspondiente fondo europeo. La piedra del pequeño monumento parecía más viva en todos los muros y contrafuertes excepto en una parte del lienzo sur, en donde se mostraba oscurecida y algo mohosa. Todavía se distinguía perfectamente junto a la entrada la leyenda que encabezaba una lista de doce o quince nombres: Caídos por Dios y por España. Permaneció durante unos minutos observando atentamente los efectos de la restauración y supuso que cuando en algún luminoso y funcional despacho de Bruselas una comisión de pulcros funcionarios libra una partida de fondos de cohesión para España nadie tiene ni la más remota idea de que en un pueblo de Segovia todavía queda el perenne recuerdo de aquella media España que se impuso a la otra media. El recuerdo le trajo a la boca la palabra ignominia y con ella vino el recuerdo del padre, que en cierta ocasión le habló delante de esta misma lista conmemorativa de comedores de Auxilio Social, de cartillas de racionamiento y del fusilamiento en Madrid del abuelo Luis. ¡Victoria! Y una mierda, dijo el padre, venganza, pura venganza, y le puso la mano en el hombro y le dijo algún día te hablaré de ello. Y de ello hablaron años después el padre y el hijo, con gran disgusto de la madre. Y volverían a hablar en los veranos que siguieron a aquel día; todos los veranos en los que Carlos, ya estudiante de Medicina en Madrid, iba unos días al pueblo de vacaciones y después de cenar salían a fumar un cigarro al jardín padre e hijo.

   Regresó a la plaza donde estaba el coche y entró al bar. Pidió que le sirvieran el café en una de las mesas que se asomaban a la plaza. Descorrió ligeramente los visillos y se sentó de espaldas a la barra. Intentaba no pensar, sólo mirar. O al menos no pensar qué hacía allí después de casi veinte años, la mañana de un sábado de diciembre, a cinco o seis grados bajo cero.

   Había recibido una llamada telefónica de su hermana tres días antes. Anoche murió mamá. El entierro es mañana, le dijo una voz de mujer al otro lado del teléfono. Si quieres venir ya sabes dónde es. Mañana, a las cuatro de la tarde. Pensó que a las cuatro de la tarde en diciembre quedaría poca luz y tal vez lloviera, eso había dicho el hombre del tiempo. El hombre del tiempo, como decía su padre. A su memoria acudió la imagen en blanco y negro de un señor con gafas, con un puntero en la mano señalando el mapa de la Península y hablando de un anticiclón y un barco en el océano, el barco K. Tal vez lo del barco sea producto de su imaginación. Pero al hombre con gafas y cara redonda lo recordaba perfectamente. Era el único momento en que su padre permanecía atento a la imagen en blanco y negro. Lo demás ya me lo sé, decía, es como el parte de Radio Nacional, la misma filfa. La madre miraba al niño y a la niña y luego al padre, Carlos, por Dios, no hables así delante de los niños. Pero el padre sólo atendía a las isobaras, a las borrascas y a las altas presiones que el hombre del puntero iba desgranando meticulosamente, y cuando acababa la información del tiempo esperaba siempre la pregunta, invariablemente la misma, día tras día, padre, ¿qué tiempo va hacer mañana?

   No había sido capaz de pedirle más detalles a su hermana. Para qué. Ya sabía lo suficiente. Su madre había muerto y la enterraban el viernes en el pueblo, en la tumba donde enterraron al padre. Eso lo sabía bien, se lo había oído decir a su madre en muchas ocasiones, tantas que no le resultaba desagradable recordarlo ahora.

   El café amargaba, pero le amargaba más la sensación de estar allí como de prestado, sentía lo que sentiría un viajante que tiene que hacer noche en un hostal de carretera y entra de mala gana a pedir una habitación y a soltar las consabidas explicaciones.

   —Perdone. ¿Usted es el hijo de don Carlos, el médico, verdad? —El viejo tendría unos ochenta años y le hablaba desde el interior de una pelliza, una gorra y una bufanda. En el bar había calefacción y a pesar de ello el hombre permanecía frente a él abrigado. Los escasos árboles del jardincillo que ocupaba el centro de la plaza tenían desnudas las ramas y esa visión no hizo sino acrecentar la sensación de desvalimiento que el anciano abrigado le produjo. Se levantó cansinamente de la silla intentando disimular lo que la pregunta lo importunaba.

   Los escasos parroquianos que a esa hora se desayunaban los miraban sin disimulo. El hombre de la barra parecía aparentemente ajeno a lo que sucedía en el bar, pero una mirada más atenta nos lo muestra observando la escena en los espejos en los que se reflejan los ventanales y el jardincillo de la plaza.

   —Sí, efectivamente, soy el hijo del médico —lo dijo como si recitara un texto costosamente aprendido, mientras le daba la mano al viejo que lo saludó efusivamente.

   —Ya me pareció raro no verte ayer en el entierro... —Le tuteó el viejo al tiempo que volvía a meter la mano sarmentosa y temblorosa en el bolsillo de donde la había sacado.

   — ...

   —Bueno, quiero decir que vimos a tu hermana y pensamos que...

   —Me resultó imposible venir...  —Depositó unas monedas sobre la mesa y se puso el abrigo y la bufanda—. Bueno. Ahora tengo que marcharme. He quedado en verme con Ana en la casa..., en mi casa.

   No le dio tiempo al viejo a elaborar una respuesta y sin mirar atrás salió del bar. El frío le adelantó la sensación que dentro de unos minutos notaría cuando recorriera el jardín de la casa de la carretera de la estación.

   Cuando llegó a la casa su hermana lo esperaba dentro del coche, con el motor en marcha. Se saludaron formulariamente y antes de que la mujer avanzase apenas un metro en dirección a la entrada, la detuvo suavemente sujetándola por un brazo.

   —Si no te importa, me gustaría ver la casa solo. Espérame en el coche o vete a tomar un café. Veinte minutos, dame sólo veinte minutos.

   La mujer se arrebujó en el abrigo de piel, revolvió en su bolso durante unos segundos con la mano enguantada y le entregó un llavero con dos llaves.

   —La llave grande es la de la cancela, pero lleva rota unos meses, con que empujes con fuerza es suficiente. Voy a tomar un café, en veinte minutos estoy aquí. La llave pequeña es la de la casa, bueno, ya sabes.

   La cancela se abrió con un pequeño empujón y el jardín le pareció enseguida mucho más pequeño de como lo recordaba. Estaba todo descuidado y el sauce seco le daba un aire de abandono que le resultó hiriente.

 

Va de reto

En grave empeño ando últimamente metido con mis alumnos de 2º de Bachillerato: que lean estas vacaciones de Navidad Expiación, la excelente novela de Ian McEwan, de la que ya dije algo en este blog (Las lecturas del lector a la sombra).

El asunto surgió a raíz de la lectura de una de las obras obligatorias de este curso, Pepita Jiménez, de Juan Valera; una novela decimonónica que alternado una estructura epistolar y un narrador convencional en tercera persona nos cuenta cómo el joven seminarista don Luis de Vargas se enamora en unas vacaciones de verano de la joven y apuesta viuda Pepita Jiménez. Don Luis sucumbe al poder del amor humano y se pone en evidencia su falsa vocación sustentada en el orgullo, la terquedad y un misticismo superficial. Es esta una lectura digamos técnica: en este curso se estudia la novela realista del siglo XIX en España y se analiza críticamente esta obra en sus aspectos formales y temáticos más relevantes.

No se me escapa que esta novela puede quedar hoy lejos del mundo y de los intereses de alumnos y alumnas de 18 años, si bien es cierto que, como todo buen texto, indaga en los intersticios del ser humano aunque dándonos una visión edulcorada y amable de una pasión amorosa. Otros autores de la misma época dieron perspectivas distintas de lo mismo: Galdós en Fortunata y Jacinta y Clarín en La Regenta, por citar los ejemplos más relevantes.

No obstante, intenté animarles con el mayor énfasis a leer esta novela de Valera, pues cada vez que abrimos un libro entramos en un territorio del que desconocemos cómo vamos a salir, si con la conciencia intacta, o alterada, satisfechos, decepcionados, dubitativos, conocedores... En fin, los libros nos ofrecen un pequeño mundo que se va construyendo en la lectura y que vamos construyendo nosotros en ella. Los lectores construimos los libros, es cierto, pero también los libros nos construyen —y destruyen— a nosotros. Los libros no son la vida, pero nos ayudan a entenderla, nos la agrandan, nos la magnifican, a veces la dotan de sentido.

Pues bien, sentadas estas premisas, comentamos Pepita Jiménez en clase. Rehúyo en estos casos, aunque no siempre lo consigo, apreciaciones exclusivamente subjetivas (me ha gustado/no me ha gustado) y me limito a analizar críticamente el texto, desbrozando los aspectos temáticos más importantes, analizando el personaje principal, la forma, el estilo, y explico el sentido de la novela enmarcándola en su época. Pero es inevitable que surjan en los alumnos opiniones valorativas sobre la novela; bienvenidas sean si se apoyan en el propio texto o en una interpretación analítica del mismo producto de una lectura atenta. Hubo para todos los gustos y opiniones. Escuché a todos los que quisieron o tuvieron algo que decir y entonces les dije: muy bien, ya conocéis varios ejemplos de la novela decimonónica (en cursos anteriores habían leído Misericordia o Doña Perfecta, de Galdós), ¿por qué no leéis ahora una novela actual, reciente, que utiliza procedimientos realistas y los combina con soluciones técnicas propias de la novela del siglo XX? ¿Por qué no leéis una novela que articula en su interior un mundo complejo y sutil, una novela que contiene la pura aventura de leer? ¿Por qué no leéis una gran novela, una de esas novelas que nunca te dejan indiferente, que te cambian como lector? Eso es exactamente lo que creo que vais a encontrar en Expiación, de Ian McEwan. Pero para comprobarlo, tendréis que leerla.

Y ahí, en ese punto, y así, de esa manera, quedó la cosa. Me pregunto quiénes de mis alumnos habrán recogido este guante. La respuesta, a la vuelta de vacaciones, ya en enero...

(Por favor: no nos instalemos en el escepticismo)

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Un papel en la cartera

   Mientras muere indolente la mañana

tu piel solo es recuerdo en los cristales.

¿Dormitan en tus pliegues cerebrales

palabras de mi boca ya lejana?

    Del sueño mortecino y sus señales,

de tu mirada azul y su sabor,

el recuerdo persiguen con dolor

mis antiguos desvelos colegiales.

    Grabé tu nombre un día en la madera.

Te juré amor eterno en el oído.

Esas palabras de niño atrevido

   viven en un papel en mi cartera.

Dime: ¿sabes en qué se ha convertido

aquel amor ahora descolorido?

.

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(Después de haber leído a Donna)

Navidad en el distrito ario (diciembre de 1942)

Navidad en el distrito ario (diciembre de 1942)

El periodista polaco Henryk  Ryszewski no era judío. Vivía en Varsovia, en el distrito ario, muy cerca del gueto. Era un ferviente antisemita, pero esta actitud cambió cuando empezó a conocer el comportamiento de los alemanes en Polonia y especialmente en Varsovia, la capital, donde vivía.

Allí, en el número 7 de la calle Novy Zjazd, él e Irena, su mujer, escondieron a 13 judíos del gueto, con los que celebraron la Navidad de 1942, bajo la amenaza permanente de ser descubiertos o delatados por vecinos que buscaban una ganancias fáciles.

El propio Ryszewski nos lo relata así: Nos vimos rodeados por todas partes  por una omnipresente vigilancia, perfectamente organizada, que había aprendido en la mejor escuela. Las escaleras de los grandes edificios de alquiler se hicieron transparentes como el cristal. Un gran ojo lo veía todo, lo atravesaba todo, lo observaba todo sin cesar, siempre estaba en el lugar y el  omento oportunos. Desde que habíamos escondido a fugitivos del gueto en nuestra casa, sentíamos con fuerza la presencia de ese gran ojo. ¡Deseábamos ardientemente formular un conjuro para convertir a los proscritos en invisibles, impedir que pudieran verlos todas aquellas personas con las que nos cruzábamos en el portal, por mucho que fueran personas de confianza o seres queridos! Y es que en aquellos tiempos no era posible fiarse de nadie, ni siquiera de los parientes. Estaba en juego la vida y la seguridad de las personas a las que dábamos refugio.

Como pueden leer, Ryszewski no dice “estaba en juego la vida de todos nosotros” en su relato de aquellos hechos. Sólo se está refiriendo a las personas que tiene escondidas en su casa y que celosamente oculta de las miradas de los demás. Esta actitud moral le valió el reconocimiento en 1972, después de su muerte, del Instituto Yad Vashem de Jerusalén, concediéndosele el título de Justo entre las Naciones.

Tarde de teatro

Tarde de teatro

En ocasiones los archipiélagos de la realidad se disuelven en incertidumbre y es necesario replantearse la reconstrucción de lo vivido. La memoria nos trae al presente el pasado, que se clarifica al hilo de los recuerdos; pero a veces ocurre que esos recuerdos son decepcionantes y amargos y no aportan la felicidad, aunque es cierto que traen el conocimiento. Somos lo que fuimos, y recordar es conocer.

Tal vez la lucidez sólo añade dolor, y nos hace ver que nada cambia ni va a mejor. Algunos encontronazos con la realidad son insoportables, pero necesarios. Y nos olvidamos de lo que el físico alemán Werner Heisenberg llamó el principio de indeterminación: la presencia del observador altera los datos del fenómeno observado. De ello podemos deducir que tantos espectadores, tantas visiones de la realidad. Somos sujetos, e imponemos la subjetividad.

El pasado jueves fui al teatro. Fui esta vez por referencias: unas compañeras me habían hablado de esta obra como algo realmente bueno, de esas obras que “no te debes perder”. Lo cierto es que me decidí a ir, y allí que nos plantamos (Teatro Reina Victoria, Carrera de San Jerónimo 24, Madrid).

Madrid estaba insoportablemente vulgar, las aceras llenas de gente, los comercios atiborrados, las luces de Navidad coloreaban las caras de los viandantes que iban de comercio en comercio siendo fieles a la liturgia del consumo que por estas fechas convierte a esta ciudad en un extraño mercado. Las calles —el teatro está en el centro, a unos metros de las Cortes— han perdido toda referencia cultural para quien las pisa. La ciudad se hace anónima y por unos momentos absurda. Los valleinclanescos espejos del callejón del gato protegidos por vidrios de seguridad, la galdosiana taberna La Fontana de Oro es ahora un pub inglés donde se tiran cañas de cerveza negra y se dan los partidos de la liga inglesa... Max Estrella acabaría hoy en cualquier “museo del jamón” o refugiándose en la antigua pastelería de la calle del Pozo (el mejor hojaldre de Madrid), que se conserva prácticamente igual a como la conoció don Benito.

 Estas calles que recorren los que homenajean a Valle-Inclán ahora están imposibles.

El teatro estaba completo. Buen síntoma. Había venido, como dije, por referencias. La obra se había estrenado en el Bellas Artes y ahora ha vuelto a Madrid. Ha sido un éxito rotundo de público, lo cual es decir mucho en los tiempos que corren para el teatro, y sigue llenando todavía. El público heterogéneo, gente joven y no tan joven; no es ese público incondicional que llenaba los estrenos de Buero. La obra, según reza el programa de mano, está escrita por el Actor, la Actriz y el Director, algo bastante inusual.

Pero cuando se apagan las luces y se encienden las candilejas la magia del teatro se adueña del escenario y del espectador. El Actor y la Actriz, complacientes, van ganando terreno, imponiendo su presencia hasta dotar de sentido al escenario. El texto, imperceptiblemente, va cautivando al espectador, que se deja llevar por el discurso. La puesta en escena se convierte en un pretexto para el texto, inteligente, polisémico, lleno de matices. Y el patio de butacas, el teatro todo, va creciendo con la obra. Un espectáculo brillante, conmovedor, pero, sobre todo, inteligente, de esos que hacen público, que levantan el listón. El espectáculo no acaba cuando las luces y los aplausos  se apagan. El texto sigue bullendo en la mente, en la conversación, la evocación, entonces el espectador comprende que ha asistido, cómplice, a un acto de la inteligencia y la sensibilidad, que la obra tiene sentido porque él se lo da, pero a la vez percibe la existencia de otros sentidos. El texto refleja una visión del mundo, filtrada por la visión de los autores, y el espectador se acerca o cree acercarse a esa visión, o tal vez crea y recrea la suya propia a partir de la que el texto ofrece.

Si convenimos que el mensaje literario no tiene una finalidad práctica inmediata, que su naturaleza es estética, y se destina a producir un placer espiritual desinteresado y a la vez tiene una relación con el conocimiento, el espectador de esta obra de teatro entenderá perfectamente que la literatura es la creación de una obra de arte mediante la palabra, y que si todos leyésemos más, viésemos obras como estas y las comentásemos con nuestros amigos, familias..., el mundo sería distinto.

Merecía la pena, realmente. Toda una experiencia.

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Hoy: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain. Escrita por Miguel Ángel Solá, Blanca Oteyza y Manuel González Gil.

El Gulag de la literatura

El Gulag de la literatura

En abril de 1932, cuando Máximo Gorki decide establecerse permanentemente en la ciudad de Moscú, Stalin ordena la disolución de todas las asociaciones de escritores que hubiera en la Unión de Repúblicas Soviéticas en aquel momento.

   Gorki había vivido hasta ese momento en Italia, adonde había llegado a causa de un enfrentamiento con el propio Stalin. Recordémoslo: en el mes de mayo de 1918 —en febrero de 1917 los bolcheviques habían derrocado al zar—Trotski firma con los alemanes el tratado de Brest-Litovsk, pero la paz trae una nueva guerra, la de los blancos y los rojos en el propio país. Los bolcheviques practican su “comunismo de guerra” y a golpe de decreto ponen el control de las fábricas en manos de los trabajadores. El caos es total, los precios aumentan brutalmente y los ejércitos blancos ganan terreno. Durante la hambruna que asola Petrogrado, Gorki administra una editorial del Estado y una fundación cultural, y concede lo que llama una subvención artística de emergencia a Dmitri Shostakovich, un músico de quince años, para que pueda terminar sus estudios en el conservatorio. También ayuda al escritor Isaak Babel, así como al fisiólogo Paulov, galardonado con el Premio Nobel por sus investigaciones del reflejo condicionado en los perros.

   Gorki está cada vez más enfrentado a los comisarios del pueblo y a la inmensa burocracia, y en 1921 se queja personalmente al propio Stalin por no haber permitido el viaje a Finlandia para recibir tratamiento médico urgente al poeta Alexandr Blok, que falleció poco después. Gorki declara públicamente que Lenin es un soñador, “una guillotina pensante”.

   Lenin toma inmediatamente cartas en el asunto y convence a Yekaterina, la esposa de Gorki, de que este padece una enfermedad nerviosa, que debe someterse a un tratamiento y descansar. Ciertamente el escritor estaba bastante enfermo del pulmón, pues se había disparado una bala al pecho en 1887. La conversación con Lenin termina de forma tajante: Gorki debe irse al extranjero y si no se va por su cuenta lo echarán del país.

   Alexei Maximovich Pechkov, Máximo Gorki, tras una breve estancia en Alemania, viaja a Italia y permanece de 1924 a 1928 en Sorrento, cerca de Nápoles. Le han diagnosticado una tuberculosis. Es ya un escritor famoso en toda Europa y sus libros se convierten en éxitos de venta.

   El gran Gorki, que escribió en estados Unidos su novela La madre, que a juicio de Lenin era “un libro útil”, elogiado como un testimonio inigualable del idealismo social, considerada la primera novela del llamado realismo socialista, es la precursora del género que Stalin fijaría en los años treinta como el único permitido, el gran Máximo Gorki ha caído en desgracia y es despreciado por los emigrados de su país, se debate entre la nostalgia y la repulsión, y de él dice el poeta Mayakosky: “Es un cuerpo muerto. Carece ya de todo valor para las letras rusas”.

   Pero en 1924 muere Lenin, Stalin se hace con el poder y quiere tener cerca a Gorki, pues piensa que puede serle útil como fiel guardián de la literatura soviética. Se inicia entonces una operación secreta para persuadir al escritor de que vuelva a Moscú, y mediante gratificaciones y decenas de cartas de admiradores (todas falsificadas) el nostálgico Gorki acaba cediendo y con sesenta años recién cumplidos en 1928 vuelve a la Unión Soviética. Las cartas que el escritor contestaba a sus “admiradores” eran copiadas y archivadas en la Lubianka, el cuartel del servicio secreto en Moscú.

   Volvamos a abril de 1932, cuando Stalin ordena disolver las asociaciones de escritores y ordena a Gorki la aplicación del decreto “Acerca de la reestructuración de las organizaciones literarias”. Gorki había animado en 1928 a los escritores de Moscú a trabajar en el espíritu socialista, pero su recomendación no triunfó. Los escritores jóvenes lo veían como un escritor ajeno a ellos, alguien que no había reparado en el experimentalismo vanguardista de los años veinte.

   El 26 de octubre de ese año de 1932 decenas de escritores son invitados a la casa de Gorki; no se les comunica el motivo de la invitación, pero se les advierte que no deben faltar a la cita. Gorki recibe a sus invitados en su mansión, requisada a un poderoso burgués, los acompaña al comedor y se les pide que se sienten. Una vez que están todos sentados, se abre una puerta y aparece Stalin, acompañados por algunos miembros del Politburó.

   Aquella noche cenaron en casa de Gorki unos cuarenta escritores, pero hubo llamativas ausencias: Boris Pasternak, Mijail Bulgakov, Osip Mandelstam, Anna Ajmatova y otros.

   En su discurso de bienvenida Gorki afirma que ha llegado el momento de intercambiar ideas sobre la creación de la literatura soviética de alto nivel, “una literatura digna de la Revolución, que a punto está de cumplir quince años”. Tras el primer brindis, Gorki cede la palabra a los escritores; los que hablan miden bien sus palabras, pues no saben qué se espera realmente de ellos. Después del último brindis, Stalin, que ha permanecido algo apartado fumando su pipa, comienza su discurso: “Nuestros tanques son inútiles cuando quienes los que los conducen son almas de barro. Por eso afirmo que la producción de almas es más importante que la producción de tanques. Alguien acaba de observar que los escritores no deben permanecer inactivos, que deben conocer la vida  de su país. La vida transforma al ser humano y vosotros tenéis que colaborar en la transformación de su alma. La producción de almas humanas es de suma importancia. ¡Y por eso alzo mi copa y brindo por vosotros, escritores, ingenieros del alma!”

   En esa cena y con ese brindis se inició un gigantesco exterminio literario que borró del mapa a lo mejor de la literatura de aquella época, heredera de Tolstoi, Chéjov, Dostoievski. Platonov, por ejemplo, uno de los escritores más importante, murió de tuberculosis en la miseria; Bulgakov y Ajmatova fueron proscritos, censurados y prohibidos. Sólo sobrevivían los adaptados al medio, es decir, los domesticados. Y en ese escenario dantesco destaca la figura de Gorki, subordinado a Stalin y correa de transmisión de la locura del tirano.

   El lector interesado puede continuar este recorrido por esa oscura zona de la construcción del nuevo homo sovieticus en la novela/ensayo Ingenieros del alma, de Frank Westerman, editorial Siruela, Madrid 2005. 318 páginas, 22.50 €.