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Leyendo a la sombra

Resiliencia

TACTO

   Con precisión de topógrafo, la mano diestra de él acaricia el cuerpo de ella, delineando minuciosamente la superficie caliente. Tiene en su mente una cuadrícula mil veces conocida y sigue un plan minucioso, repetido cada tarde. La piel de ella, territorio al fin, se deja hacer con laxitud. El calor pasa a la palma de su mano, que recorre minuciosa el vivo territorio. El leve temblor de la espalda de ella se acopla en perfecta correspondencia al de la mano de él. Un íntimo terremoto le habla a la piel ella de la mano de él. Una, hace. La otra, se deja hacer. Llega reptando, lamiendo las paredes de la habitación, una pastosa melodía de jazz que él no oye, sólo ella. Las notas del piano que suena envidian la luz que las láminas de la persiana dejan penetrar en la habitación. El sonido encuentra la simetría en la luz, y ella lo sabe, no así él.

 

OLOR

   Por un momento el tiempo no existe, pero nada se detiene. Los olores hablan, dicen mensajes que sólo él es capaza de interpretar. Un pequeño temblor de ella lo detiene, extraña interferencia, pero es sólo el instante necesario para que mano y cuerpo se reconozcan una vez más nuevamente en su tibieza. Luego, él siente en su palma el calor tibio de la ceniza y la piel de ella se asemeja a la arena, desprendiendo un olor húmedo que por un momento permanece enredado en los dedos de su mano, que, en extraña resonancia con la música que suena, acaso un instante, parecen tocar, no acariciar, como es su propósito. Si por un instante nos detuviéramos apenas en ese olor percibiríamos tal vez algo antiguo que no nos infundiría temor. Él sabe muy bien por qué. Ella nunca se lo ha preguntado.

 

SABOR

   Diríase que el cuerpo de ella ofrece por un instante una leve resistencia a la mano de él, no así a sus labios, que rozan apenas la ceniza, gustando y degustando, una vez más, un sabor antiguo. Es sólo un instante: la intensidad lo barca todo, aunque él sabe que su mano es limitada. Mientras, la otra mano reposa indolente, extrañamente ajena a la simetría. El territorio va cobrando sentido. El mapa habla, basta escuchar, y sabe. El beso va más allá del beso que se da. Él lo sabe. Tal vez ella también, pero sus labios sólo besan el beso que los besa.

 

SONIDO

   Los dedos de ella. Diez. Sobre la espalda de él. La melodía de jazz apenas logra ahora traspasar la oscuridad laminada. Las notas del piano se arrastran trabajosas y se enredan en los dedos de ella. Diez. Sobre la espalda de él, que es recorrida por la simetría del pianista. Una vez. Una vez más. Sus labios susurran extrañas voces antiguas: Ergotimo, el alfarero; Clitias, el pintor. Pintor y alfarero se confunden en ella –que calla– y la confunden. El territorio es el barro. La mano lo moldea, le da forma. Pero la forma es inestable y cambiante –ella bien lo sabe– y se renueva a cada instante: se hace necesario volver a empezar y otra vez el barro late. La piel de ella es barro ahora, que no arena. La mano de él ya no es envidiada por la mano de él. Las manos de ella se han desprendido de las notas del piano. El silencio se adueña de la espalda de él y la ceniza ahoga las palabras en su boca; allí se enfría. El silencio todo lo puede. Ella es sólo ella al lado de él. Él cree que es sólo él al lado de ella en imposible simetría. Los dos lo saben.

 

VISTA

   Él se mira en el fondo del espejo y busca allí el cuerpo de ella. La siente otra en ese fondo. No es la misma que fue, ni siquiera su piel ahora es la misma. ¿Lo sabe ella y tal vez por eso no le devuelve la mirada? ¿Qué contiene el vacío del espejo? Simplemente pensarlo da dolor. ¿Da dolor pensar en miradas que se unen en un espejo porque la soledad lo convierte todo en espejismo? ¿Asusta no ver el silencio de unos ojos? La lechosa luz de neón de las farolas de la calle ­—poderosa e inmisericorde— va poco a poco expulsando de sus dominios a la sombra. Unos pocos jirones de oscuridad van quedando desamparados en los rincones. La luz blanquecina también arrastra hasta allí las preguntas, donde obscenamente se confunden con la oscuridad.

 

DOLOR

   Un hombre solo ante un espejo. El espejo le devuelve toda su soledad. El hombre siente en su boca el sabor agridulce del metal oxidado, aunque se empeña vanamente en recordar el calor áspero de la arena o el sabor tibio de la ceniza. La luz paralela que indolentemente filtran las persianas le dibuja en la espalda la añoranza de las teclas de un piano. Pero él no lo sabe. Es un hombre solo que se mira en un espejo, y lo que ve es un hombre solo que se mira en un espejo y que sabe que ya no son posibles las respuestas porque tampoco existen las preguntas. Ese espejo, duro y metálico, devuelve soledad, como un cuadro de Hopper. Él lo sabe. Ella no está.

El lubricán

—Es niña, como ésta, estoy casi segura. Lo sé por cómo se mueve —dijo mi madre con indiferencia, moviendo sus manos alrededor de su abultado vientre. Las llamas de la lumbre en donde un puchero borboteaba con unas patatas se reflejaban apenas en sus ojos
Recuerdo ahora las palabras de mi madre.... ¡Y hace de ello ya tanto tiempo, tanto...! Me basta con entornar los ojos para ver la figura de mi padre, junto a la chimenea,  tirando los huesos de aceituna a las brasas, sentado en una silla baja de anea, con dibujos de hojas de parra en el respaldo, que todavía conservo como un extraño tesoro. Cada vez que la miro veo la pequeña cocina, la chimenea y a mi madre sentada en la silla, zurciendo unos calcetines de mi padre, al calor de la leña de encina, con la cara del color brillante de las manzanas, por el fulgor de las brasas.
Mi madre, de pie, acaricia con sus manos su vientre, donde ahora sé que está mi hermana. Una niña. Mi madre me ha hablado mucho de su vientre, pero siempre decía el niño, "cuando nazca el niño verás qué bien va a dormir en tu cuna, ¿lo cuidarás?". Yo la miraba y asentía. Me gustaba que me cogiera la cabeza y me acercara hasta poner mi cara en su tripa. Entonces yo también me sentía un poco allí dentro, en lo oscuro, como debía de estar mi hermana. Cerraba los ojos y no pensaba en nada. Podría estar allí horas, pero mi madre me separaba suavemente, "anda, vamos a espulgar estas lentejas", y otra vez aparecía la cocina, tenuemente iluminada como de amarillo, con aquella bombilla colgada del techo.
—A ver si no te pones de parto con el lubricán, como ya pasó con ésta —dijo mi padre señalándome con las tenazas de avivar la lumbre—. Remigio ya me ha dicho que la carretera del puerto, como nos descuidemos y nos metamos en las nevadas... La noche es muy traicionera en la sierra, y el auto de Remigio está ya para pocos trotes.
El lubricán. Esa fue la primera vez que oí esa palabra. Tendría entonces siete años, tal vez ocho, no lo sé con exactitud. Mi padre no dijo más y continuó removiendo las brasas con las tenazas. Miré a  mi madre; ella tampoco dijo nada, me miró y sonrió.
Yo sabía que por entonces todos los niños del pueblo ya no nacían allí, porque "aquí no se podía nacer", como decía mi madre, "sin médico, ni comadrona, ni farmacia en el pueblo, sin nada, vamos". Fue por aquella época, mediados de los sesenta, cuando los niños de mi generación empezamos a nacer en la ciudad. Remigio llevaba a las madres en su Citroën largo y negro al hospital, si es que antes la parturienta no paría en alguna de las curvas del puerto. Ese puerto que en invierno tanto respeto imponía y al que los hombres maldecían cuando el coche de Remigio no llegaba a tiempo al hospital. Entonces Remigio estaba dos o tres días sin pisar el bar. Lo recuerdo en el corral de su casa, mirando bajo el aguanieve el bulto oscuro del coche en el cobertizo, dando vueltas a su alrededor, fumando y hablando en voz baja. Remigio siempre hablaba en voz baja.
Podía haber dicho "madre, ¿qué es el lubricán?", pero me callé. Y lo mismo al día siguiente. Esperaba que mi padre volviera a decir esa palabra, pero no la volví a oír de su boca hasta que mi madre nos trajo a casa a mi hermana. Algunas noches musitaba aquella palabra en la cama, lu-bri-can, y me daba miedo. Un miedo frío y negro, como el coche de Remigio, el único coche del pueblo. Un miedo que acudía sin darme cuenta, como en voz baja. Entonces pensaba en los niños que iban a nacer a la ciudad en el Citroën y el coche no llegaba a tiempo, y al día siguiente nadie en el pueblo levantaba la mirada del suelo y nuestros padres nos besaban esa noche como con desesperación. Tuvieron que pasar muchos años para que pudiera entender esto; ya entonces había más coches en el pueblo y Remigio hablaba de su Citroën en el bar en voz muy baja, casi inaudible.
Me daba miedo el lubricán. Pero sólo cuando pensaba en ello de noche o al atardecer. Era un miedo acerado, brillante, que me podía llevar casi al dolor. Era sólo una palabra, pero en mi mundo infantil esa palabra nombraba lo malo, lo que yo sola sabía, aun sin saber nada. Imaginaba entonces que el lubricán era el viento helado del puerto que penetraba por las rendijas del coche de Remigio, camino de la ciudad; o un animal que vive en la sierra y en las noches de invierno se muestra feroz y destroza las ovejas en la majada ante los ojos del pastor, sus ojos como mis ojos, cerrados, apretados hasta el dolor, secos, sin lágrimas. Cuando lo recuerdo ahora sigo sintiendo una inquietud que no me ha abandonado desde entonces.
Aún ahora, que sé que mi hermana nació con el lubricán, le tengo un oscuro respeto a esa palabra. Nunca lo he hablado con nadie. Tampoco con mi hermana. Ni siquiera con ella.
Aquella mañana salimos avisados por el agudo pitido del Citroën; Remigio abrió la puerta del coche y vimos a mi madre con mi hermana en sus brazos, envuelta en una manta verde.
—Naciste también con el lubricán, como tu hermana —murmuró mi padre, al tiempo que posaba su áspera mano en el hato y hurgaba con un dedo entre los pliegues. Ayudó  a mi madre a salir del coche y entrar en la casa. Yo me quedé en la calle contenta, no sé por qué, pero muy contenta, mirando a Remigio, que seguía sin hablar.
—Remigio, mi hermana y yo hemos nacido con el lubricán. Las dos.
—Anda, vete dentro, con tu madre —murmuró ya dentro del coche y poniéndolo en marcha.
Cuando entré en la casa mi madre lloraba en silencio acunando contra su pecho el bulto de ropa que envolvía a mi hermana. Mi padre, agachado frente a la lumbre, respiraba con dificultad y pronunciaba palabras extrañas que yo nunca había oído. Con un movimiento rápido metió su mano entre las cenizas de la lumbre y sacó el puño, lo agitó tembloroso delante de su cara por unos instantes, se restregó la mano por los labios y arrojó al suelo una de aquellas ascuas todavía humeante.
Esa palabra y el recuerdo de los labios rugosos de mi padre besándome la frente es casi lo único que conservo de aquella época. Soy incapaz de decir por qué nunca les pregunté a mis padres qué era el lubricán. Esa palabra habita en mí como el primer día que la escuché; pero ya no siento ningún miedo, como sucedía los años que vivió mi hermana. Ahora sólo le tengo respeto, como ya he dicho, nada más que eso: respeto.
Lo curioso es que no sé qué significa y no me importa. O tal vez sí.

Premios y literatura: ¿es la calidad compatible con el mercado?

La dimisión del novelista Juan Marsé del jurado de Premio Planeta (ganador en 1978 con La muchacha de las bragas de oro) me lleva a reflexionar brevemente sobre el montaje que los premios literarios han ido adquiriendo en España y la influencia de estos en el panorama de la literatura española actual.

Se trata, para entrar directamente en materia y no andar dando rodeos innecesarios, de una cuestión puramente comercial, lo que viene a decirnos que son premios abiertos a la manipulación para asegurar la comercialización de la obra premiada. Sumida esta premisa, creo que podemos convenir que casi todos los premios literarios, al menos aquellos de mayor dotación económica, están más o menos amañados previamente a la concesión. Esto entra dentro de la lógica de las cosas, pues al fin y al cabo estamos hablando de comercio puro y duro, y el producto más rentable es aquel que más se vende, independientemente de otros considerandos. Y la dinámica comercial no iba a ser ajena a esta modalidad literaria de los premios, y si no, piénsese en la cuantía de los premios en el caso del Planeta: 601.000 euros para el ganador y 150.250 euros para el finalista (lo cual choca con las declaraciones hechas el día antes por algunos miembros del jurado) o en el Torrevieja de novela: 360.000, ganado en la última edición por el ínclito César Vidal.

Posiblemente esta curiosa y escandalosa situación tenga su origen en aquellos años de la posguerra cuando era necesario revitalizar la literatura, especialmente la novela, y a ellos se aplicaron editoriales como Destino con el premio Nadal, de tanta importancia en aquellos años, que ayudó ciertamente a dar a conocer al gran público a autores que de otra manera prácticamente hubieran permanecido en el anonimato, tal es el caso de Nada de Carmen Laforet, ganadora en 1944 de la primera convocatoria. Ahí es donde entran editores buen conocedores del mercado, como es el caso de Lara, que creó en 1952 el premio Planeta, que ya desde entonces fue el mejor dotado económicamente y por ende el más proclive a lo comercial. Después vendrían otros como el Biblioteca Breve, o el Herralde.

Todo lo anterior me lleva a pensar que estamos concibiendo el libro como un producto comercial más, y en las reglas del comercio se juega sobre seguro, nadie apuesta por aquello que cree que tendrá una mala salida, es decir: una mala venta. Y esto, en el caso de la novela, viene a decir que los premios están consagrando el eminente carácter comercial de las lecturas que el mercado demandará siguiendo las leyes propias del mismo. Aquí no valen más apuestas que las de vender y vender el mayor número de ejemplares, es decir, ser complaciente con los gustos del público. Esto nos llevaría a una cuestión colateral pero no menos importante: ¿quién impone esos gustos: las editoriales (el mercado) o el público (el consumidor).

En fin, la fórmula parece que se va imponiendo y los lectores y los medios de comunicación contribuyen con su apoyo al triunfo de la misma. El sistema es perfecto y perverso: sólo importan las ventas, y todo lo demás está al servicio de la industria editorial: ediciones, promociones, ruedas de prensa, etc.

Tengo delante un ejemplar de la novela citada con la que Juan Marsé ganó el Planeta en noviembre de 1978 (en diciembre se aprobaría la Constitución), dotado entonces con cuatro millones de pesetas. En la portada se anuncia: 1ª edición, 110.000 ejemplares. Dentro del libro hay un recorte del diario ABC, del domingo 26 de noviembre de aquel año. Es una entrevista en la que se dice que el crítico Rafael Conte ha calificado la novela de Marsé como una de las peores del escritor y se le define como un espíritu independiente que no se casa con nadie. El hasta entonces enfant terrible de la narrativa española afirma que no cree ni en los premios ni en las políticas editoriales.

Encontrar ahora a Juan Marsé saliéndose airosamente del sistema que ya criticaba hace años, pero que parece que lo absorbió sin mayores problemas no deja de ser cuando menos curioso, pero sea bienvenido el francotirador novelista si ello nos supone a los lectores una excelente novela, mejor que la publicada recientemente.

Una última referencia, para ir terminando, a los únicos premios que en este desolador panorama editorial me merecen cierta consideración: el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Ambos se conceden al mejor libro publicado en el año, el primero lo otorgan la Asociación de Críticos Españoles y el segundo la Dirección General del Libro, dependiente del Ministerio de Cultura. El de la crítica no tiene dotación económica alguna y el Nacional creo que tiene una dotación de unos 15.000 euros. Ambos premios se sitúan en la línea de los grandes premios europeos, como el Goncourt francés.

Si les soy franco, leo sistemáticamente, salvo alguna excepción las novelas galardonadas con el Premio de la Crítica, con el Nacional de narrativa y con el Herralde. Siempre han sido lecturas gratificantes, de esas que a uno le animan a seguir leyendo y a conocer más obras del novelista ganador. Lo demás, ustedes no sé, pero para mí: humo. Y el humo, ya saben, se lo lleva el viento. Y si no, díganme: ¿qué aporta realmente a la novela española el señor César Vidal?, ¿será este un autor que merezca estar al lado de otros?, y aquí podría citar a autores como Luis Mateo Díez, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Muñoz Molina, y un largo etcétera. Eso sí: seguro que venderá muchos ejemplares de la novela ganadora, de cuyo nombre ni me acuerdo en este momento, y disculpen el quiebro cervantino, pero es la verdad.

Respecto a la pregunta del título, si la calidad es compatible con el mercado, ustedes me dirán, pero me temo que en el caso de la novela, no.

Novela y memoria

En un reciente (y creo que magnífico) artículo sobre la memoria histórica de la Guerra Civil española plantea Enrique Moradiellos cómo este asunto ha vuelto al primer plano del debate público, pues la contienda civil —afirma está en el origen de nuestro tiempo.  A su juicio, el debate está cobrando un confuso y peligroso perfil, pues las posturas enconadas surgen con facilidad, y cree que es necesario establecer unos parámetros historiográficos para discutir razonadamente esta cuestión, parámetros que facilitarían el encauzamiento del debate.

Es cierto que la Guerra Civil sigue siendo un tema que no nos abandona, recurrente; muestra, tal vez, de que el conflicto aún no ha sido superado del todo. Buena prueba de ello es el alto número de publicaciones, tanto de carácter literario como ensayístico o histórico que se han publicado recientemente. Ya pasó el tiempo vergonzoso de los consejos de guerra sumarísimos sin las más mínimas garantías, del único punto de vista, el del vencedor, del ocultamiento interesado, del miedo y del dolor. Ahora podemos encontrar toda clase de enfoques y análisis sobre la contienda, en textos tanto literarios como no literarios.

Hugh Thomas, uno de los hispanistas que más ha estudiado la Guerra y la pos-Guerra Civil española, advertía recientemente que: "Quien olvida el pasado se enfrenta con un porvenir incierto". La literatura y especialmente la novela, ha contribuido poderosamente al conocimiento de ese pasado que algunos se empeñan en olvidar, cuando no en tergiversar interesadamente, pues, hablar de narrativa es, en última instancia, hablar de la memoria.

Era lógico que en estos años se recuperara la memoria histórica en la literatura, para combatir el olvido al que fueron condenados los hechos y los protagonistas de la derrota militar de la población civil durante la guerra de España. No era de extrañar que, tarde o temprano, empezasen a publicarse libros y novelas sobre la guerra, la posguerra y las consecuencias de la etapa de dictadura que sufrió España hasta 1975.

Así, la producción novelística española de los últimos años sobre la guerra civil y la posguerra ha sido abundante, en la estela del camino abierto tempranamente por La colmena, la ya clásica novela de Cela, y Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Un camino literario en el que se han recuperado obras imprescindibles, como la serie de El laberinto mágico de Max Aub o Historias de una historia de Manuel Andujar; se han reeditado otras que pasaron desapercibidas en su día, como la impresionante Días de llamas de Juan Iturralde; o traducido al castellano como Incierta gloria de Joan Sales; han sorprendido la calidad de textos tan dispares como Herrumbrosas lanzas de Juan Benet, Los girasoles ciegos, comentado recientemente aquí o los relatos de Juan Eduardo Zúñiga; el sorprendente éxito de público del novedoso acercamiento al tema de Soldados de Salamina de Javier Cercas, y tantos y tantos títulos que bien podrían constituir una especie de subgénero narrativo bien definido.

Antonio Gómez Rufo cree lógico que se haya buscado un retrato de la guerra y de sus consecuencias dando la palabra a quienes fueron enmudecidos o muertos en esos tiempos del franquismo, rescribiendo la historia desde el talante democrático y el reconocimiento a quienes estuvieron del lado de la libertad; pero no parece tan necesario el proceso que se está iniciando de reivindicar otra memoria, la de los vencedores, como si necesitasen ese auxilio o no hubiesen tenido toda una vida para exhibirse y vanagloriarse. Se puede reconstruir la Guerra Civil española, afirma, desde una cierta imparcialidad (en ese sentido la película La vaquilla fue un esfuerzo válido de Berlanga), pero no es de recibo escuchar hoy en día que se escriben novelas desde la objetividad porque el fascismo quedó en la distancia y ya no nos afecta, ni silenciar un fenómeno que no es ni mucho menos casual: la recuperación de los vencedores. Porque una guerra civil (toda guerra civil) determina a un país durante tres generaciones al menos, y aunque no queramos verlo somos hijos o nietos de aquella guerra y muchos de nuestros comportamientos y actitudes cotidianos están perfectamente definidos por esa realidad protagonizada por nuestros antepasados. Los austriacos y los alemanes tienen esta realidad muy clara, por eso huyen de hablar y escribir sobre el nazismo.

Ahora que se leen declaraciones innecesariamente guerracivilistas (Vid. Infra)  y se edita en nuestro país el aplaudido estudio de Anthony Beevor (La Guerra Civil española. Edit. Crítica, Barcelona 2005) me parece necesario reconocer el papel que la Literatura y especialmente la novela han desempeñado en los últimos años en el conocimiento de la guerra y la posguerra. Los escritores tienen la obligación moral de transitar todos los caminos, incluidos aquellos poco transitados o a los que se ha prohibido el paso secularmente, y los lectores que hemos transitado con muchos de ellos por esos caminos hemos conocido las múltiples caras de aquella guerra que, en su lecho de muerte, le inspiró a Azaña las siguientes palabras:

«Es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos  y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón».

Paz para vivir, piedad para olvidar y perdón para recordarlo todo. No estaría de más que esos frívolos voceros del Apocalipsis leyeran textos como este y novelas como aquellas.

 

Piqué: "Zapatero quiere cambiar la legitimidad constitucional por la de los vencidos en la guerra"

El PP acusó ayer al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de querer sustituir la "legitimidad democrática" surgida en la transición y que culminó con la Constitución de 1978 por otra "de los auténticos demócratas", que serían "los vencidos en la Guerra Civil" española. El más explícito en esta acusación fue Josep Piqué, líder de los populares catalanes. También abundó en esta crítica a Zapatero de buscar la ruptura con la transición Eduardo Zaplana, su portavoz en el Congreso. Por ello, el PP ha decidido que sólo aceptará una rectificación global y rotunda al Estatuto si el PSOE quiere pactar con ellos, pero no apoyará ninguna enmienda parcial que "pueda servir de coartada al PSOE para maquillar" la reforma.
"Tengo la convicción de que el presidente del Gobierno no comparte el espíritu de la Transición y cree, al igual que muchos nacionalistas, que todos estos años han sido de baja calidad democrática, y ahora él es la persona designada por la Historia para superar ese periodo y abrir uno nuevo que engarce con la auténtica legitimidad democrática, que él identifica con los vencidos de la Guerra Civil y no con el gran pacto constitucional de 1978". Con esta afirmación, Josep Piqué, líder del PP catalán, acusó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de haber "impulsado" la aprobación del Estatuto catalán "cuando el acuerdo entre el PSC y CiU parecía imposible".
Según él, a través de la reforma constitucional que "esconde" el proyecto de Estatuto catalán, Zapatero pretende "alterar la estructura del Estado" pactando con los nacionalistas para dejar fuera al PP, a quienes cree que "no son auténticos demócratas, sino herederos del franquismo". En un desayuno organizado por Europa Press, Piqué continuó: "Ese planteamiento aberrante" retrotraerá a España y a Cataluña "al siglo XIX, cuando había constituciones liberales o conservadoras", pero no "la Constitución de todos", aprobada en 1978.
Desde Cataluña, los partidos del Gobierno tripartito recriminaron al líder de los populares catalanes que utilice la Guerra Civil para hablar del Estatuto, informa Enric Company. El portavoz socialista, Miquel Iceta, lo atribuyó a la necesidad que Piqué tendría de resituarse dentro del PP después de "haber sido profundamente desautorizado" por cómo afrontó su elaboración. El republicano Joan Ridao le reprochó que "apele a la legitimidad de los vencedores de la guerra, con un lenguaje predemocrático propio de la extrema derecha". Joan Boada, de Iniciativa Verds, apostilló que entre los vencidos en la Guerra Civil "estaban todos los demócratas".
La acusación a Zapatero de "romper" con el espíritu de la Transición "por capricho" o "estrategia política" fue también enarbolada ayer por Eduardo Zaplana en una entrevista en la cadena SER. "Algunos de los actuales dirigentes del PSOE, empezando por su presidente, no han vivido con intensidad esa etapa difícil, de consenso, que fue la Transición".

Ningún libro es tal si no se expone a una mirada

   El lector necesita devorar con su vida la objetividad de cualquier libro para que se produzca el efecto literario, haciendo suyo el miedo, el amor, el odio, el desprecio o la alegría. En el capítulo de sus Ensayos que trata “De los libros”, Montaigne confiesa: “Cualquiera que sea la lengua que hablen mis libros, yo les hablo en la mía.” Por eso la escritura está también sometida al hielo, y si se fija en el tiempo una posibilidad de comunicación es a costa de su propia flexibilidad, de abrirse a los ojos de los ausentes para que construyan el ámbito del intercambio con su ideología, con una red distinta de sobrentendidos, donde los viejos saberes necesitan acomodarse a los nuevos matices. Nuestro placer de lectores ante libros antiguos es siempre la consecuencia de una falsificación verdadera. Admiramos aquello que facilita la impertinencia de nuestras propias inquietudes. Del mismo modo que hablamos con egoísmo de valores eternos o universales, al proyectar una determinada concepción del mundo en el tiempo o en el espacio, pensamos que los libros han confiado siempre lo que nos confían a nosotros. Y ese mecanismo permite la vida literaria, la fortuna literaria, pero deforma y ciega la mirada del historiador.

Luis García Montero, El sexto día. Edit. Debate. Barcelona 2000.

Francisco Boix, una Leica en Mauthausen

Francisco Boix, una Leica en Mauthausen

   Francisco Boix Campo nació en Barcelona en 1920, en el seno de una familia catalanista. Su padre era sastre y había pertenecido en sus años jóvenes a la CNT; se dice de él que era muy aficionado a la fotografía, y parece ser que el joven Boix compartió esta afición con su padre.
   Al inicio de la Guerra Civil encontramos a Boix  en los ambientes de la Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña siempre con su Leica en la mano. En aquellos años empieza a trabajar como fotógrafo de prensa y todos lo recuerdan como un fotógrafo apasionado, pendiente las veinticuatro horas del día de hacer fotografías. No sabemos si llegó a participar en alguna acción armada como combatiente, pero sí estuvo en diversos frentes como fotógrafo.
   Cuando se derrumba la Segunda República, Boix pasa a Francia camino del exilio. Su padre fue encarcelado y liberado en 1942, cuando su muerte era inminente.
   Poco sabemos de los primeros meses de Boix en Francia. Estuvo internado un tiempo en los campos de Vernet d’Ariege y de Septfonds. De este último salió hacia el norte en septiembre de 1939 junto con excombatientes republicanos encuadrados en la 28 Compañía de Trabajadores extranjeros. En mayo de 1940 las líneas defensivas francesas son destrozadas por la Wehrmacht, Boix es hecho prisionero por los alemanes, pasa por diversos campos  y es conducido a Mauthausen, junto con 1506 republicanos españoles, a donde llegan el 27 de enero de 1941.
   En Mauthausen existía un Kommando llamado Erkennungsdients, oficialmente era un laboratorio fotográfico destinado a los retratos policiales de identificación de los presos, aunque en la práctica se hacían fotografías de muertes por arma  de fuego, suicidios, accidentes, asuntos de naturaleza médica y acontecimientos varios del campo, como las visitas de altas jerarquías, por ejemplo las de Himmler y otros altos cargos de las SS. A este Kommando se incorpora Boix a finales de 1942, y allí trabajó como fotógrafo y técnico de laboratorio con dos españoles más.
   Boix y la organización clandestina del Partido Comunista español deciden ese año de 1942 esconder los negativos del Erkennungsdients. Como esconder los negativos dentro del campo era muy peligroso, deciden sacarlos de allí. Para ello, se ponen en contacto con españoles que trabajaban en el llamado Bahnholkommando, un grupo de trabajo que salí a diario desde el campo hasta la estación de Mauthausen. El preso Jacinto Cortés y otros españoles de ese kommando habían hecho una cierta amistad con una familia del pueblo. Fue Jacinto el que le pidió a Anna Pointer que ocultase el paquete de fotografías y negativos que habían robado a los SS en el campo.
   Cuando Mauthausen es liberado, Boix marcha a París. Allí da a conocer algunas de las fotografías sacadas del campo de concentración en periódicos y revistas próximos al Partido Comunista francés. Enseguida se publican varios libros y las autoridades francesas se interesan por quien podría ser un testigo de gran valor en los juicios contra criminales de guerra que se estaban preparando.
   En 1946 Boix declaró como testigo en dos de esos procesos: el proceso de Nuremberg (Tribunal Militar Internacional) contra la cúpula dirigente del Tercer Reich, y unas semanas después en Dachau, en el proceso de la Sección Crímenes de Guerra contra 61 antiguos SS de Mauthausen. En ambos casos las acusaciones presentaron como pruebas las fotografías que Boix había hecho y robado en Mauthausen. Su testimonio y las fotografías presentadas fueron determinantes para sostener varias acusaciones y condenas.

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MAUTHAUSEN. CUADRAGÉSIMA QUINTA JORNADA. Martes 29 de enero de 1949. Sesión de la mañana.
(Se hace entrar al testigo Francisco Boix)
Dubost.- Continuamos. El tribunal recuerda que ayer por la tarde proyectamos seis fotografías de Mauthausen que nos han sido proporcionadas por el testigo que todavía está en el estrado y que fueron comentadas por él. Este testigo indicó particularmente en qué condiciones fue tomada la fotografía que representa a Kaltenbrunner en la cantera de Mauthausen. Depositamos estas fotografías bajo el número RF-332 como documento francés. Permítanme hacer una pregunta más a este testigo y habré terminado con él, al menos en cuanto a lo esencial de esta declaración. (Dirigiéndose a Boix) testigo, ¿reconoce usted entre los acusados a algunos de los visitantes del campo de Mauthausen a quienes haya visto cuando estaba internado?
(El testigo se vuelve hacia el banco de los acusados, se levanta y señala con el dedo)
Boix.- Speer.

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   Boix residió en París desde el verano de 1945 hasta su muerte, en 1951. En París trabajó como reportero gráfico en diversas publicaciones, entre ellas L’Humanité, órgano del PC francés. Escribió un libro sobre su estancia en Mauthausen, al que tituló Spaniaker, la forma despectiva con que se referían a los españoles algunos SS, e hizo llegar el manuscrito al escritor André Wurmser. Cuando en los setenta la escritora catalana Montserrat Roig se interesó por el texto, Wurmser le dijo que se lo había dejado a Pierre Courtade, fallecido unos años después que Boix. Aún hoy se desconoce el paradero de dicho libro.

Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno. DVD documental de Francisco Llorenç Soler. Planeta Historia. 55 minutos.

Benito Bermejo, Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen. Edit. RBA. Barcelona 2002. 255 páginas. 30 €.

 

Necesito tantas cosas para poder llenar pocas páginas

Necesito tantas cosas para poder llenar pocas páginas

Estas palabras de Marisa Madieri (Fiume 1938 – Trieste 1996), la cara sonriente que aquí ven, bien podrían definir el método de escritura de esta mujer, escritora secreta durante años.
Marisa Madieri es autora de Verde agua, una exquisita visión literaria en torno a la idea del paso del tiempo. Tiempo aislado, como el de la infancia, que permanece en lo más hondo de la conciencia y camina con nosotros toda la vida.
El libro es también una lúcida visión del destierro, de cualquier clase de destierro y extrañamiento. La autora tuvo que abandonar con su familia la ciudad de Fiume, entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial. A este primer destierro le siguió un segundo durante siete largos años vividos en un campo de refugiados, en el que permaneció hasta hacerse adulta. Poca a poco el libro se va convirtiendo en una metáfora del exilio y sus heridas y por sus páginas van desfilando algunos de los componentes de su familia que más la marcaron, esos héroes de lo cotidiano que encuentran la grandeza en servir cada día una taza de café sin abandonar del todo las pequeñas miserias cotidianas: la madre, siempre amando y sufriendo; el padre, inventándose historias que acaba por creer, la abuela...
El texto se organiza como un diario, y en el posfacio, escrito por Claudio Magris, marido de la autora, podemos leer lo siguiente: “Somos profundos, volvamos a ser claros. Estas palabras de Nietzsche —tan queridas para Saba, que las consideraba una descripción ideal de su poesía— pueden definir también las páginas de Marisa Madieri. En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.”
Literatura intensa, este es uno de esos libros que forman parte por derecho propio de esas lecturas, necesarias e irrenunciables, que a uno le cambian la vida, que a uno le hacen mejor.
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15 de noviembre de 1984
Fue en San Giovanni donde mi madre pasó el último año de su vida, aquejada de una enfermedad grave, el síndrome de Alzheimer, que, en un proceso irreversible, la hizo caer rápidamente en una senilidad precoz, consumiendo su cuerpo y su mente hasta la muerte. Las primeras señales de este mal se hicieron notar después de que muriera la abuela. Comenzó con unas amnesias relacionadas con pequeñas acciones cotidianas, episodios marginales de su vida. Después olvidaba los nombres de las cosas. Mamá se daba cuenta de que estaba perdiéndose y luchaba desesperadamente, y escribía en papelitos, que esparcía por la casa, el nombre de los objetos —reloj, cojín, silla—, inútiles salvavidas arrojados en el pantano del olvido que la estaba engullendo. Olvidó poco a poco la ortografía y al final la escritura. La realidad, también la más terrible, parece a veces un plagio de célebres páginas literarias.
Su memoria, inexorablemente destruida, se precipitó en la noche. En los últimos meses no fue ni siquiera capaza de reconocernos a mi hermana y a mí. Continuó en cambio hasta el final llamando a papá, que fue el último en quedar borrado.
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Entrevista a Claudio Magris en El Cultural del 9/1/03.
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Marisa Madieri, Verde agua. Posfacio de Claudio Magris. Edit. Minúscula. Barcelona 2001. 203 páginas. 13.22 €.

¿Por qué leo?

Porque me gusta aislarme del mundo real y meterme en el universo ficticio del libro, tanto si es de aventuras, como si es de cualquier otra cosa. Me gusta alejarme y ponerme en el lugar de los personajes, y vivir los acontecimientos desde su punto de vista. Eso me hace reflexionar sobre las situaciones en las que te puedes encontrar en la vida. Además, seas quien seas, siempre hay un libro para ti, un libro que nunca olvidarás. En él puedes encontrar desde la solución a tus problemas a una actividad entretenida con la que podrás disfrutar. Pero para eso debes encontrar el libro pues, si no te esfuerzas en buscarlo, es muy improbable que lo encuentres.
Carmen F. 2º de ESO, 13 años.
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Yo leo, la mayoría de las veces, para divertirme y para pasar el tiempo. Muchas veces me lo paso bien leyendo libros que me mandan mis padres, mis abuelos o los que el colegio exige. Pero cuando yo elijo el libro que más me apetece es cuando me lo paso mejor leyendo. También leo libros de un autor determinado que me haya gustado mucho y que tiene otros muchos libros o colecciones de libros. Los libros que más me han gustado son los de la colección de Harry Potter porque me enganchaban mucho y cuando me había leído cincuenta páginas no podía parar hasta terminarlo y después, otro más.
También leo para mejorar la lectura y la ortografía. Por ejemplo, este verano, antes de hacer el examen del cole me leí el cuento de El Saltamontes Verde de Ana María Matute y me ayudo mucho a mejorar la lectura y a retomar lo que había perdido de castellano en Estados Unidos.
Poder leer bien lo valoro mucho porque necestitas leer durante toda la vida y cuando sea mayor y me retire me gustaría saber disfrutar de la lectura y así pasar el tiempo. Con la de libros buenos que hay, seguro que casi todos me gustarán.
Nicolás E. 2º de ESO, 13 años.
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Transcripción literal.
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Hay algo naif en estas dos opiniones y se las traigo aquí porque esta mañana les he pedido a mis alumnos más pequeños que escriban en un folio las razones por las que leen. Cuando terminaron y leyeron algunas de sus opiniones en voz alta les dije que leer les hace mejores, que sigan leyendo, y recordé entonces la columna de Juan José Millás del viernes pasado, Clandestinos. Se la transcribo íntegra:
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Un amigo íntimo me pidió que acudiera el sábado por la noche a su casa para mostrarme algo. Al llegar, abrió la puerta con aire de misterio y me hizo pasar sigilosamente a su cuarto de trabajo. Mientras yo curioseaba entre sus libros, él iba de acá para allá, ofreciéndome té, café, whisky, como si le diera miedo entrar en materia. Tras dejar transcurrir un tiempo prudencial, le pregunté si tenía algún problema. Respondió que no estaba seguro y a continuación, colocando el dedo índice sobre los labios, me arrastró al pasillo, desde donde nos dirigimos con movimientos furtivos al salón, cuya puerta estaba entreabierta. Al asomarme, vi a su hijo, de 18 años, instalado en el sofá, leyendo tranquilamente Madame Bovary.

De vuelta a su estudio, me miró con expresión interrogativa. "¿No te parece alarmante?", preguntó. "¿Preferirías que leyera Ana Karenina?", pregunté a mi vez. "Por Dios", gritó, "es sábado por la noche y tiene 18 años; debería estar tomando cervezas con los amigos". No le dije nada, pero lo cierto es que la imagen del joven, devorando aquella obra clásica, me había perturbado. Quizá no fuera un psicópata, pero tampoco se podía negar que le ocurría algo. Se empieza con rarezas de este tipo, que al principio hacen gracia, y se acaba leyendo a Samuel Beckett. "La lectura es buena", le tranquilicé, "en eso está de acuerdo hasta el Ministerio de Cultura". "La lectura", respondió mi amigo, "es buena cuando tus amigos leen, como pasaba en nuestra época. Ahora es un síntoma jodido. Si al menos le diera por El Código Da Vinci, que no hace daño a nadie...".

Me pidió que hablara con su hijo. "Después de todo", añadió, "lo conoces desde que era un niño y te escuchará mejor que a mí". A los pocos días, me hice el encontradizo con el chaval y entramos en un bar. Hablamos de literatura y me pidió algún consejo para abordar la lectura de los clásicos latinos, que se le resistían. Le recomendé una edición bilingüe de la Eneida y me ofrecí para que la comentáramos juntos. Pagó él y, al despedirnos, me guiñó un ojo, diciéndome: "De todo esto, ni una palabra a mi padre, que está muy preocupado conmigo". Así que llevamos dos semanas leyendo clandestinamente a Virgilio. ¿Adónde vamos a llegar?
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El País, 14/10/2005.