Ningún libro es tal si no se expone a una mirada
El lector necesita devorar con su vida la objetividad de cualquier libro para que se produzca el efecto literario, haciendo suyo el miedo, el amor, el odio, el desprecio o la alegría. En el capítulo de sus Ensayos que trata “De los libros”, Montaigne confiesa: “Cualquiera que sea la lengua que hablen mis libros, yo les hablo en la mía.” Por eso la escritura está también sometida al hielo, y si se fija en el tiempo una posibilidad de comunicación es a costa de su propia flexibilidad, de abrirse a los ojos de los ausentes para que construyan el ámbito del intercambio con su ideología, con una red distinta de sobrentendidos, donde los viejos saberes necesitan acomodarse a los nuevos matices. Nuestro placer de lectores ante libros antiguos es siempre la consecuencia de una falsificación verdadera. Admiramos aquello que facilita la impertinencia de nuestras propias inquietudes. Del mismo modo que hablamos con egoísmo de valores eternos o universales, al proyectar una determinada concepción del mundo en el tiempo o en el espacio, pensamos que los libros han confiado siempre lo que nos confían a nosotros. Y ese mecanismo permite la vida literaria, la fortuna literaria, pero deforma y ciega la mirada del historiador.
Luis García Montero, El sexto día. Edit. Debate. Barcelona 2000.
La cara económica que define nuestras costumbres sociales ha identificado utilidad con negocio, con ganancia rápida, llegándose incluso a cargar de carácter negativo el concepto de utilidad, sobre todo en arte, ya que la belleza y la profundidad humana han venido siendo los primeros sacrificados en el utilitarismo negociante de las sociedades industriales. Sin embargo, ¿no es una torpeza trazar nuestro destino, aunque sea a la contra, en relación con un mundo prestado?, ¿no es una torpeza consagrarse al territorio de la inutilidad?, ¿no es posible mantener otro concepto más ancho de utilidad, una utilidad que exprese maneras distintas de entender la vida? Dejando a un lado los negocios y muchas de las implicaciones de las costumbres burguesas, ¿es útil conocerse, entenderse con uno mismo, tener más datos sobre las reglas de juego de nuestra propia existencia? ¿Es útil estar informados de nuestra historia, de nuestro corazón, de nuestras posibles razones? En sus Observaciones sobre el sentido de lo bello y lo sublime, Kant afirmaba: «es corriente denominar sólo útil a lo que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en comida y bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mis más vivos sentimientos no se ha de contar igualmente entre las cosas útiles». Pues bien, la poesía es inútil porque vivimos en una sociedad grosera, donde las necesidades creadas tienen muy poco que ver con el talento y con las posibles fronteras de nuestro deseo; la poesía es inútil porque el conocimiento de los demás invita a la solidaridad y la carrera por cubrir falsas necesidades exige otra cosa, competidores, alimañas carnívoras, habitantes de una sociedad donde es mejor guardar secretos, estar desinformados, tener las manos más libres y la conciencia más tranquila; la poesía es inútil, como las humanidades en general, porque se gobierna mejor a los incultos, son más dóciles, se toman menos en serio su propia dignidad.