Blogia

Leyendo a la sombra

El País Semanal habla de nosotros

Curioso reportaje sobre el mundo de los blogs aaprecido hoy en la Revista EPS, del diario El País.Ya hay más de 18 millones en Internet. Una cifra que en seis meses se habrá doblado. Son los ‘blogs’ o bitácoras virtuales. Modernas confesiones en su mayoría escritas por personas anónimas que documentan su vida sin complejos. También en imágenes.
Pasen. Pasen... y lean.

Red de relaciones o La trampa de la Red

Red de relaciones o La trampa de la Red

Cuando empecé el blog en el mes de mayo pasado no dejaba de pensar que esto no tendría sentido, pues nadie me iba a leer, y se suponía que el sentido es que alguien te lea. Bien, me dije, es igual, me leeré yo. A los pocos días pensé: pues no sé yo si no será esto una nueva y sofisticada forma de alimentar el ego. Y en el fondo, qué quieren que les diga, pues que me hacía cierta ilusión tener lectores. Incluso hablé de ello, así como quien no quiere la cosa, con mis compañeros, ya saben, en el colegio. Ni caso. Alguno hubo que preguntó qué era eso de un blog, pero de ahí no pasó la cosa. No me arredré, evidentemente, y llegué a idear una sutil fórmula de captación de lectores: los alumnos, estos no fallan, pensé, ahí sí que no va a haber problemas. Pero cuando me lo pensé mejor, no les comenté nada. Creo que fue lo más sensato (especialmente para ellos).
Me introduje en esto del blog un poco por casualidad y un poco por mi amiga Meritxell, a quien había conocido a través del foro de la Escuela de Letras de Madrid por el mes de mayo. Yo participaba allí ocasionalmente y ella me agradeció una información sobre lecturas relacionadas con el Holocausto. Me habló de su blog, y lo visité. Entraba allí, leía y salía, y al día siguiente repetía fielmente la visita. Meritxell me comentó que tenía dos blogs que usaba con los alumnos y me dio algunas direcciones. Esto me animó y me puse manos a la obra.
Aquella contradicción inicial entre escribir para no-lectores o para lectores se deshizo cuando Palimp y Meritxell me leyeron y desearon suerte. Vaya —me dije—, dos lectores, esto colma todas mis expectativas. Escribiré, pues, para mis escasos lectores, me dije (habrán podido comprobar que esta etapa inicial o de configuración del blog fue muy monologante: no cesaba de decirme cosas, claro como no tenía casi nadie a quien decírselas...).
Tras la fase de alumbramiento, muy relacionada, tristemente por cierto, con mi desconocimiento de cómo crear un blog, vino el aspecto ideológico: bien, me dije (todavía seguía en la fase monologante), y ahora qué perfil ideológico le doy al blog. Después de decirme esto la verdad es que me asusté un poco, ¿era yo el que había dicho eso de “perfil ideológico”? Me temo que por aquellas fechas leía demasiados editoriales, pero lo que quería decir realmente era: ¿y ahora qué escribo aquí? Por aquellas fechas —mes de mayo, ya saben— aprendí a configurar (¿se dice así?) las entradas. ¡Ahhhhh, qué placer informático poder configurar unas entraditas y que te funcionen! Por aquel entonces ya era lector habitual de Espacio sobre Literatura, Un hombre sentado en una silla, La donna è mobile, La Librería, La Divina Comedia, El Lector, Cuchitril Literario, La Bitácora de Magda Bandera, Octaedro, el blog de la Escuela de Letras de Madrid... Y la lectura de estos blog me llevaba a otros y estos a otros (¿efecto dominó se llama esto?). Fue entonces cuando pensé, después de haber superado la fase monologante, que yo debía permanecer mudo, afásico, no publicar nada, pues aquellos señores y señoras escribían post (¡qué palabro!) fantásticos, fenomenales, que a mí me encantaba (y me encanta) leer.
¿A dónde iba a ir yo con este mi blog recién parido? Definitivamente debía volver a la fase monologante y cerrar el blog. Había comprendido que las palabras iniciales de Meritxell y Palimp eran pura cortesía, bienvenida, pero resultó que lo que leía en aquellos blogs funcionó en mí como un acicate, un aldabonazo (aún seguía yo leyendo demasiados editoriales), y poco a poco fui dando forma al blog, que es como configurarlo pero en profano.
Y así están las cosas. Todavía no sé muy bien qué es este blog, aunque creo que es un poco de todo: reseñas, textos pseudoliterarios o con voluntad literaria, textos de otros, vidas ejemplares... en fin, una mixtura que me lleva bastante tiempo escribir. Y cuando escribo pienso en esos amables lectores que se pasan por aquí.
De vez en cuando hago clic en el primer enlace, ese cuadradito azul que está encima del contador, para ver dónde están ustedes, y lo que veo me deja realmente impresionado (ya leo menos editoriales, aunque no sé si ahora editorializo yo):

1. España 2403
2. Estados Unidos 33
3. México 24
4. Argentina 20
5. Chile 16
6. Venezuela 14
7. Uruguay 13
8. Suecia 9
9. Perú 9
10. Colombia 9
11. Alemania 7
12. Ecuador 5
13. Bélgica 4
14. Canadá 3
15. Francia 3
16. Brasil 2
17. República Dominicana 2
18. Países Bajos 2
19. Italia 2
20. El Salvador 2
21. Bolivia 2
22. Japón 1
23. Bulgaria 1
24. Nicaragua 1
25. Australia 1
Desconocido 5

¿Pero es posible, me pregunto, que me hayan visitado nueve personas de Suecia; una de Australia, otra de Japón, otra de Nicaragua, otra de Bulgaria...? Lo de España no me sorprende porque seguro que casi todas son mías...
Desconozco si esto es así o no, es decir: si realmente han pasado y pasan por aquí una persona de Japón, nueve de Suecia y cinco desconocidos. Estos últimos me encantan (y me inquietan, ¿será el doctor Pasavento uno de ellos?). Pero lo que sí es cierto es que cada vez que escribo pienso en ustedes, mis amables lectores, y les imagino contemplando más allá de la pantalla una limpia calle con fachadas de colores, o una montaña nevada, o una llanura amarilla, o escuchando trastear a los niños (¿ya se acostaron, Meritxell?), y si alguno de ustedes se sonríe o medita o apunta un título, entonces escribir este blog tiene sentido. Ésa es la auténtica trampa de la Red, que blogs como los suyos y lectores como ustedes le atrapan a uno en una red de relaciones que, digámoslo ya, le hacen feliz.
¡Muchas gracias!

Paseando por ahí

El escritor Félix Romeo popone un paseo por algunas páginas de escritores. Pasen sin llamar.

Red de relaciones o La trampa de la Red

Cuando empecé este blog en el mes de mayo pasado no dejaba de pensar que esto no tenía sentido, pues nadie me iba a leer, y se suponía que el sentido es que alguien te lea. Bien, me dije, es igual, me leeré yo. A los pocos días pensé: pues no sé yo si no será esto una nueva y sofisticada forma de alimentar el ego. Y en el fondo, pues qué quieren que les diga, pues que me hacía ilusión tener lectores. Incluso lo comenté, así como quien no quiere la cosa, con mis compañeros, ya saben, en el colegio. Ni caso. Alguno hubo que preguntó qué era eso de un blog, pero de ahí no pasó la cosa. No me arredré, evidentemente, y llegué a idear una sutil fórmula de captación de lectores: los alumnos, estos no fallan, pensé, ahí sí que no va a haber problemas. Pero cuando me lo pensé mejor, no les comenté nada. Creo que es lo más sensato (especialmente para ellos).
Me introduje en esto del blog un poco por casualidad y un poco por mi amiga Meritxell, a quien había conocido a través del foro de la Escuela de Letras de Madrid por el mes de mayo. Yo participaba allí ocasionalmente y ella me agradeció una información sobre lecturas relacionadas con el Holocausto, me habló de su blog, y lo visité. Entraba allí, leía y salía, y al día siguiente repetía fielmente la visita. Meritxell me comentó que tenía dos blogs que usaba con los alumnos y me dio algunas direcciones. Esto me animó y me puse manos a la obra.
Aquella contradicción inicial entre escribir para no-lectores o para lectores se deshizo cuando Palimp y Meritxell me leyeron y desearon suerte. Vaya —me dije—, dos lectores, esto colma todas mis expectativas. Escribiré, pues, para mis lectores, me dije (habrán podido comprobar que esta etapa inicial o de configuración del blog fue muy monologante: no cesaba de decirme cosas, claro como no tenía casi nadie a quien decírselas...).
Tras la fase de alumbramiento, muy relacionada, por cierto, con mi desconocimiento de cómo crear un blog, vino el aspecto ideológico: bien, me dije (todavía seguía en la fase monologante), y ahora qué perfil ideológico le doy a esto. Después de decirme esto la verdad es que me asusté un poco, ¿era yo el que había dicho eso de “perfil ideológico”? Me temo que por aquellas fechas leía demasiados editoriales, pero lo que quería decir realmente era: ¿y ahora qué escribo aquí? Por aquellas fechas —mes de mayo, ya saben— aprendí a configurar (¿se dice así?) las entradas. ¡Ahhhhh, qué placer informático poder configurar unas entraditas y que te funcionen! Por aquel entonces ya era lector habitual de Espacio sobre Literatura, Un hombre sentado en una silla, La donna è mobile, La Librería, La Divina Comedia, El Lector, Cuchitril literario, la Bitácora de Magda Bandera, Octaedro, el blog de la Escuela de Letras de Madrid... Y la lectura de estos blog me llevaba a otros y estos a otros. Fue entonces cuando pensé, después de haber superado la fase monologante, que yo debía permanecer mudo, afásico, no publicar nada, pues aquellos señores y señoras escribían post (¡qué palabro!) fantásticos en la mayoría de las veces, fenomenales, que a mí me encantaba (y me encanta) leer.
¿A dónde iba a ir yo con este mi blog recién parido? Definitivamente debía volver a la fase monologante y cerrar el blog. Había comprendido que las palabras iniciales de Meritxell y Palimp eran pura cortesía, bienvenida, pero lo que leía en aquellos blogs funcionó en mí como un acicate (aún seguía leyendo demasiados editoriales), y poco a poco fui dando forma al blog, que es como configurarlo pero en profano.
Y así están las cosas. Que no sé muy bien qué es este blog, aunque es un poco de todo: reseñas, textos pseudoliterarios o con voluntad literaria, textos de otros, vidas ejemplares... en fin, una mixtura que me lleva bastante tiempo escribir. Y cuando escribo pienso en esos amables lectores que se pasan por aquí.
De vez en cuando hago clic en el primer enlace, ese cuadradito azul que está encima del contador, para ver dónde están ustedes, y lo que veo me deja realmente impresionado:

1. España 2403
2. Estados Unidos 33
3. México 24
4. Argentina 20
5. Chile 16
6. Venezuela 14
7. Uruguay 13
8. Suecia 9
9. Perú 9
10. Colombia 9
11. Alemania 7
12. Ecuador 5
13. Bélgica 4
14. Canadá 3
15. Francia 3
16. Brasil 2
17. República Dominicana 2
18. Países Bajos 2
19. Italia 2
20. El Salvador 2
21. Bolivia 2
22. Japón 1
23. Bulgaria 1
24. Nicaragua 1
25. Australia 1
Desconocido 5

¿Pero es posible, me pregunto, que me hayan visitado nueve personas de Suecia; una de Australia, de Japón, de Nicaragua, de Bulgaria...? Lo de España no me sorprende porque seguro que casi todas son mías...
Desconozco si esto es así o no, es decir: si realmente han pasado y pasan por aquí una persona de Japón, nueve de Suecia y cinco desconocidos. Estos últimos me encantan (y me inquietan, ¿será el doctor Pasavento uno de ellos?). Pero lo que sí es cierto es que cada vez que escribo pienso en ustedes, mis amables lectores, y les imagino contemplando más allá de la pantalla una limpia calle con fachadas de colores, o una montaña nevada, o una llanura amarilla, o escuchando trastear a los niños (¿ya se acostaron, Meritxell?), y si alguno de ustedes se sonríe o medita o apunta un título, entonces escribir este blog tiene sentido. Ésa es la auténtica trampa de la Red, que blogs como los suyos y lectores como ustedes le atrapan a uno en una red de relaciones que, digámoslo ya, le hacen feliz.
¡Muchas gracias!

Alberto Méndez, in memoriam (II)

Interesante artículo de Fernando Valls publicado hoy sábado en Babelia, suplemento cultural del diario El País.
Fernando Valls, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, es director de la revista Quimera y crítico habitual del suplemento Cultura/s, del diario barcelonés La Vanguardia. Es autor de La realidad inventada, una excelente y meritoria aproximación a la novela española de los últimos veinticinco años, texto muy recomendable para conocer el panorama narrativo español de esa época.
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Fernando Valls, La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual. Edit. Crítica. Barcelona, 2003. 331 páginas.

¿Es útil la poesía?

¿Es útil la poesía?

La cara económica que define nuestras costumbres sociales ha identificado utilidad con negocio, con ganancia rápida, llegándose incluso a cargar de carácter negativo el concepto de utilidad, sobre todo en arte, ya que la belleza y la profundidad humana han venido siendo los primeros sacrificados en el utilitarismo negociante de las sociedades industriales. Sin embargo, ¿no es una torpeza trazar nuestro destino, aunque sea a la contra, en relación con un mundo prestado?, ¿no es una torpeza consagrarse al territorio de la inutilidad?, ¿no es posible mantener otro concepto más ancho de utilidad, una utilidad que exprese maneras distintas de entender la vida? Dejando a un lado los negocios y muchas de las implicaciones de las costumbres burguesas, ¿es útil conocerse, entenderse con uno mismo, tener más datos sobre las reglas de juego de nuestra propia existencia? ¿Es útil estar informados de nuestra historia, de nuestro corazón, de nuestras posibles razones? En sus Observaciones sobre el sentido de lo bello y lo sublime, Kant afirmaba: «es corriente denominar sólo útil a lo que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en comida y bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mis más vivos sentimientos no se ha de contar igualmente entre las cosas útiles». Pues bien, la poesía es inútil porque vivimos en una sociedad grosera, donde las necesidades creadas tienen muy poco que ver con el talento y con las posibles fronteras de nuestro deseo; la poesía es inútil porque el conocimiento de los demás invita a la solidaridad y la carrera por cubrir falsas necesidades exige otra cosa, competidores, alimañas carnívoras, habitantes de una sociedad donde es mejor guardar secretos, estar desinformados, tener las manos más libres y la conciencia más tranquila; la poesía es inútil, como las humanidades en general, porque se gobierna mejor a los incultos, son más dóciles, se toman menos en serio su propia dignidad.
Y la poesía es inútil porque los poetas, como forma de rechazo a la utilidad grosera, se han consagrado a la inutilidad, sin plantearse un sentido más digno y poético de lo útil.
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Fragmento de ¿Por qué no sirve para nada la poesía? (Observaciones en defensa de una poesía para los seres normales), conferencia leída por Luis García Montero en la Biblioteca de Andalucía, Granada, el 23 de abril de 1992. El texto aparece en Por qué no es útil la literatura, Luis García Montero y Antonio Muñoz Molina. Edit. Hiperión. Madrid, 1993. 76 páginas.

Alberto Méndez, in memoriam

Alberto Méndez, in memoriam

Poco conocemos de Alberto Méndez (1941-2004), madrileño, estudiante de Filosofía y Letras, vinculado al mundo editorial y autor finalista en el 2002 del Premio Internacional de Cuentos Max Aub.
Pero en el año 2004 se edita la única obra narrativa que publicará y uno de los libros de relatos más originales que se han publicado últimamente en este país: Los girasoles ciegos.
El libro de Alberto Méndez contiene cuatro relatos aparentemente independientes que van envolviendo al lector con el hilo del dolor de la tragedia y la derrota de nuestra Guerra Civil, pero de forma callada, silenciosa, con una prosa de un lirismo contenido, casi seco. Y así, sin pretensiones ni aspavientos, y tratando un tema mil veces tratado ya (recuérdese la exitosa Soldados de Salamina, de Javier Cercas) el libro nos va hablando serenamente de personas concretas, de sus sufrimientos, víctimas de la guerra, muertos, pero no en el olvido.
Parecía casi imposible añadir al tan trillado tema de la Guerra Civil española un libro verdaderamente singular, importante, diferente, y, sin embargo, de apariencia corriente. Aquí está una de las claves del libro, que apenas se aprecia su artificio y si podemos convenir que el mejor estilo es el que no se nota, pues en este caso Alberto Méndez ha dado plenamente en el clavo: sutileza formal bajo una capa de anodina normalidad.
Todo lo que aquí se cuenta es verdad, y como señala Santos Sanz Villanueva, el autor apunta hacia un reforzamiento del realismo o una superación de los lindes entre verdad e invención, en la estela del Muñoz Molina de Sefarad. A ese realismo, continúa el crítico, distinto de la observación y copia naturalista, contribuye la aparición de personas reales en el relato, configurando así una poética que es la de rescatar la realidad en su valor intrínseco, como datos ciertos, y pasarla por el tamiz de un tratamiento narrativo
En el primero de los relatos, Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir, se nos cuenta la historia de un militar franquista, el capitán Alegría, que se pasó al ejército republicano el día que Casado rinde Madrid a los rebeldes, porque “no quería formar parte de la victoria”. Antes de pegarse un tiro con un fusil arrebatado a sus guardianes, pertenecientes al bando del que desertó, escribió: ¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra? No, ellos quieren regresar a sus hogares, adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos.
En el segundo relato, Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido, leemos el diario de un poeta, un chico de 18 años, que huye a los montes de Asturias con su compañera. El texto del diario, se nos dice, se encontró en 1940, junto al esqueleto de un adulto y el de un bebé sorprendentemente bien conservado. La mujer había muerto durante el parto.
En el tercero, Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos, Juan Senra, durante su juicio sumarísimo le dice al coronel instructor que conoció en Madrid a su hijo en la cárcel de Porlier, cuando lo trasladaron de la checa de Chamberí. La mujer del coronel quiere saber por qué fusilaron a su hijo. Senra va inventando una historia para dilatar su fusilamiento.
En el cuarto y último de los relatos, Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos, asistimos a la confesión de un diácono, excombatiente de la Cruzada, cuya lascivia por la madre de un alumno lleva al suicidio a su marido, un intelectual antifascista que se ocultó tres años en el doble fondo de un armario. El hombre que fue ese niño rememora ahora aquellos años: Una de las cosas que más sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello.
En el colegio, Franco, José Antonio primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúsculas, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre hombres
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Los girasoles ciegos obtuvo el pasado mes de abril el Premio de la Crítica. El 6 de octubre último su autor ha sido galardonado, a título póstumo, con el Premio Nacional de Narrativa, concedido por el Ministerio de Cultura, a la mejor novela publicada en el 2004.
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Pueden leer reseñas de la obra en El Cultural del diario El Mundo, en el número 112 de la revista Lateral, en la Revista de Letras de la Escuela de Letras de Madrid y un interesante texto de Francisco Solano aparecido en el suplemento Babelia del 28 de febrero de 2004, también la de Enrique Martín en eitb, donde, además, pueden encontrar otras reseñas interesantes.
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Alberto Méndez, Los girasoles ciegos. Edit. Anagrama. Barcelona 2004, 155 páginas, 12 €.

Malas noches

Alguien dijo que todos tenemos una noche de castigo y miedo en nuestra existencia. Suele ser una noche primitiva, una de esas noches de la infancia que, como en tantas otras cosas, inaugura una emoción o un sentimiento perdurable.
Las otras malas noches de castigo y miedo que luego vengan, no podrán borrar el sufrimiento de la primitiva y, a veces, ese sufrimiento posterior crecerá en proporción a aquél que marcó la apauta de nuestra humillación.

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Luis Mateo Díez. Los días del desván. Edit. Edilesa. León, 1997.