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Leyendo a la sombra

Una mujer en Berlín

Existen ciertos libros que son en sí mismos, independientemente de su lectura, todo un mundo, obras que en su publicación y posterior recepción por el lector han recorrido un camino de avatares que los ha ido conformando poco a poco como obras excepcionales; esa clase de libros que dejan en su camino letraheridos.
Es cierto que toda obra, por el mero hecho de su unicidad, tiene un componente de excepcionalidad, incluso bastantes de las que se han incorporado fácilmente a la cultura de masas conservan, no obstante, dicho componente.
Pero sucede a veces que ciertos libros, en el momento mismo de su gestación por parte del autor y la subsiguiente escritura, empiezan ya a convertirse en algo especial, y si a ello añadimos unas determinadas circunstancias que afectan a su publicación y lectura, entenderemos entonces el por qué de su excepcionalidad. Podríamos decir, incluso, que esos libros gozan de una suerte de vida interior, un corazón de papel que late acompasadamente. Y ese latido es el que le llega al lector en estado puro, estableciéndose así una rara sincronía entre literatura y vida.
Permítanme que ejemplifique lo anteriormente expuesto con un caso concreto.
Berlín. 20 de abril de 1945. Cuatro de la tarde. Una mujer escucha desde un refugio antiaéreo el fragor de la batalla. Las tropas rusas ya están en la ciudad y los combates se libran en ocasiones cuerpo a cuerpo, pronto oirá hablar de las atrocidades de esos soldados. En ese momento, esta mujer inicia un diario, escrito para su novio, que redactará entre abril y junio de 1945 en tres cuadernos de notas y algunos trozos sueltos de papel. Tiene que escribir a la luz de las velas en el sótano. No hay contacto con el mundo exterior apenas y sólo los rumores circulan por la ciudad, la radio y los teléfonos callan y la prensa es inexistente.
Unos mese después del final de la guerra puede corregir sus notas, que entregó a Kurt W. Marek, un amigo, crítico y periodista que logró sobrevivir a la guerra a pesar de haber participado en ella como combatiente alistado a la fuerza por los nazis. Marek publica el manuscrito en los Estados Unidos en 1954 sin que figure el nombre de la autora. En 1959, una editorial suiza publica el texto original, anónimo, en alemán. El libro tuvo una fría y hostil acogida en Alemania. Aún estaban recientes las heridas y desgarros de la guerra y el sentimiento de culpa que invade a la sociedad alemana imposibilita la comprensión de un texto como este.
Hans Magnus Enzersberger, quiso editar el libro en Alemania pero le fue imposible localizar a su autora, y desconocía quién tenía la propiedad sobre los derechos de autor. Marek murió en 1972 y Enzersberger logró contactar con su viuda, quien le dijo que Anónima —como aparece en la edición española— no había querido que su libro se editase en Alemania mientras ella viviera. En el año 2001 la viuda de Marek le dijo que Anónima había muerto, y el texto se publica en Alemania en 2003. Ahora se edita en España.
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Viernes, 11 de la noche, en el refugio, a la luz de una lamparilla de petróleo, mi libreta sobre las rodillas. Hacia las diez cayeron tres o cuatro bombas seguidas. Simultáneamente se puso a aullar la sirena de alarma. Eso significa que ahora la accionan manualmente. No hay luz. Desde el martes hay que bajar las escaleras a oscuras. A tientas y a trompicones. En algún lado chirría una dínamo manual arrojando sombras gigantescas sobre la pared de la escalera. El viento sopla a través de los cristales rotos y hace traquear las persianas para el oscurecimiento que ya nadie se preocupa de bajar... ¿Para qué?
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En esa cueva, en esa catacumba del miedo, esta mujer escribirá sin compasión sobre lo que está pasando. Apenas sabemos de ella, excepto que, al parecer, era periodista y que su implacable mirada sobre sus conciudadanos y los vengativos vencedores registra el derrumbamiento de un mundo en el que las principales víctimas serán las mujeres.
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De los tres soldados rusos que estaban junto a la panadera se ha esfumado uno entretanto. Los otros dos siguen a su lado discutiendo. El oficial se entromete en la conversación, sin tono de mando, de igal a igual. Capto varias veces la expresión Ukas Stalina (decreto de Stalin). Este decreto parece tratar de que no suceda “eso”. Pero naturalmente ocurre, tal como me da a entender el oficial encogiéndose de hombros. Uno de los dos reprendidos replica. Su rostro está contraído en una mueca de cólera. “¿Y qué entonces? ¿Qué hicieron los alemanes con nuestras mujeres? Grita: “A mi hermana la...” etcétera, no entiendo todas las palabras pero sí su sentido.
De nuevo trata de convencerle el oficial con mucha calma. Al mismo tiempo se va retirando lentamente hacia la puerta del refugio. Y tiene a los dos también fuera. La panadera pregunta con voz ronca: “¿Se han marchado?”
Asiento con la cabeza, pero por precaución salgo a ver al pasillo oscuro. Y ahí me pillan. Los dos estaban ahí al acecho.
Grito, grito... Detrás de mí se cierra con un sonido sordo la puerta del refugio. Uno tira de mis muñecas haciéndome avanzar por el pasillo. Ahora tira de mí también el otro poniéndome la mano en la garganta de tal manera que ya no puedo gritar, y ya no quiero gritar por temor a acabar estrangulada. Ahora tiran los dos de mí. Ya estoy tendida en el suelo. Del bolsillo de la chaqueta se me escapa algo que tintinea. Deben de ser las llaves de mi casa, mi manojo de llaves. Llego a tocar con mi cabeza el peldaño más debajo de la escalera, siento en la espalda la humedad fría de las losetas. Arriba, junto a la puerta entreabierta por la que se cuela algo de luz, uno de los hombres hace guardia mientras el otro desgarra mi ropa interior, haciéndose camino violentamente...

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Unas 110.000 mujeres de Berlín fueron brutalmente violadas en la semana en que la ciudad permaneció en poder de las tropas rusas. Los maridos, padres, hermanos o novios de estas mujeres permanecieron escondidos.
Estos hechos todavía hoy estremecen al lector, y son fácilmente comprensibles los recelos de la sociedad alemana al afrontar lo que se cuenta en un texto como este.
Aún hoy, muchos años después de aquellos acontecimientos, hay quienes piensan que Alemania tuvo que expiar sus culpas en el sufrimiento infligido a la población civil (recuérdense los bombardeos de ciudades como Dresde en los últimos días de la guerra, con el ejército nazi prácticamente derrotado) y especialmente a las mujeres.
Reseña de Cecilia Dreymüller en Babelia, suplemento cultural del diario El País, del sábado 8/10/2005.
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Anónima, Una mujer en Berlín. Traducción de Jorge Seca. Edit. Anagrama. Barcelona 2005. 323 páginas. 18 €.

Lázaro Cárdenas. Contra la derrota del olvido

A finales de 1939 unos 300.000 refugiados republicanos habían escogido el camino del exilio definitivo, bien en Francia, bien en otros países de Europa o en América. Entre 140.000 y 180.000 habían regresado a España para caer en las manos de Franco.
Los refugiados en Francia, en condiciones más que penosas en duros campos de concentración (en el de Saint-Cyprien se hacinaban más de 90.000 hombre), tienen la opción de reemigrar a otros países. De entre todos los de habla española, México fue el país que ofreció la hospitalidad más generosa.
Los gobernantes de la República en el exilio no sufrieron en su mayoría los padecimientos ni las vejaciones de los campos franceses pero tampoco se libraron de las amarguras del exilio. El expresidente Azaña enfermó enseguida en la localidad donde se refugió, Collonges, y en octubre de 1940 se instaló en Pyla-sur-Mer, localidad cercana a Burdeos, desde donde tuvo que ser trasladado a Montauban. Allí falleció el 4 de noviembre, y fue enterrado cubierto por la bandera de México porque el prefecto de la ciudad prohibió que lo fuera por la bandera republicana y pretendió que se cubriera el féretro con la bandera de Franco, en ese momento, el embajador mexicano se encaró con el funcionario petenista y le dijo: "Pierda cuidado, señor prefecto, no insisto más sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección."
Se celebra estos días, del 3 al 7 de octubre, en Madrid un homenaje a Lázaro Cárdenas, el presidente de México, país que acogió con los brazos abietos a miles de exiliados republicanos españoles.
Cuauhtémoc Cárdenas afirmó: "México sólo hizo lo que debieron hacer todos" .
Estas palabras del nieto del presidente mejicano, recordadas ahora, no hacen sino aumentar la gratitud hacia la persona de su abuelo, el presidente Cárdenas, así como a su gobierno y su pueblo en aquellos infaustos años del exilio republicano, cuando miles de españoles, que se hacinaban en campos de concentración franceses, tuvieron la posiblidad de ser acogidos por el país centroamericano y desarollar allí una intensa labor cultural. Los republicanos españoles encontraron en México la comprensión y el apoyo que las democracias europeas les negaron. No obstante, fueron muchos los que acabaron su viaje en los campos de concentración y exterminio alemanes.
El exilio es hoy uno de los aspectos más desconocidos de nuestra historia reciente. Pero desconocido no significa olvidado del todo. Creo que es de justicia hoy reconocer en la persona de Lázaro Cárdenas todo el apoyo que el pueblo mexicano prestó a aquellos hombres y mujeres que habían sufrido dos derrotas: la de la guerra y la del exilio. Reivindiquemos su memoria en paz y no contribuyamos a la mayor de las derrotas posibles: la del olvido.

Problemas animales. ¿Vamos al psiquiatra?

Problemas animales. ¿Vamos al psiquiatra?

Alessandro Boffa es un italiano nacido en Moscú, que se ha estrenado como autor con Eres una bestia, Viskovitz, 20 relatos protagonizados por el personaje del título, que en cada cuento es un animal diferente, junto a Ljuba, la hermosa hembra a la que desea, y tres congéneres: Petrovic, Zucotic y López. El libro es un divertidísimo bestiario en el que podemos encontrar desde un caracol que siente pánico con su sexo hermafrodita (¿Pero es que nunca piensas en el sexo, Viskovitz?) hasta una mantis religiosa que logra salvar el pellejo por ser eyaculador precoz (Estás perdiendo la cabeza, Viskovitz), y así hasta veinte animales con sus problemas existenciales, sociales o sexuales, que harán las delicias del lector.
Los textos son breves, algunos incluso, muy breves, en la línea del genial Monterroso, y todos resultan muy apropiados para sobrellevar el tedio de esa tarde de domingo que preludia el lunes que está al caer.
A quienes les encanten los animales el libro también les va a encantar, y a quienes les tengan menos apego, los cuentos les serán muy útiles para entenderlos y entendernos. En cualquier caso, para ser una primera obra, este arranque me parece más que meritorio.
Me atrevería a decir que es lectura indispensable para biólogos y para cualquier buen lector. Asimismo, puede resultar un estimulante muy eficaz para lectores juveniles renuentes: el humor casi nunca suele fallar.
Pueden ir abriendo boca con la lectura de ¿Quién te crees que eres, Viskovitz? , ¿Y usted qué dice, Viskovitz?, y Es como para cogerte con pinzas, Viskovitz. Que les aproveche.
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Alessandro Boffa, Eres una bestia, Viskovitz. Edit. Lumen. Barcelona 1999. 161 páginas.

Cinco miradas de Almudena Grandes

Cinco miradas de Almudena Grandes

Francis Bacon pintó Retrato de George Dyer en el espejo en 1968. En él vemos a un hombre sin rostro, mirándose en un espejo que le devuelve su cara partida en dos. Bacon pintó el cuadro unos cinco años después de iniciar una relación con el modelo y tres antes de que este pusiera fin a su vida en el baño de un hotel de París. Ese retrato es la indagación del autor sobre el personaje, y el propio Bacon lo expresó claramente: «La pintura constituye en sí su propio lenguaje, y cuando hablamos de ella, estamos realizando una traducción inferior.» El retrato es para el pintor algo más que la representación de un sujeto que posa, es una forma de conocimiento, de indagación, y no una mera forma de representación.
La lectura de los cinco relatos —o, si lo prefieren, cinco breves novelas— de Almudena Grandes que integran Estaciones de paso, su último libro publicado, me ha traído a la memoria el cuadro de Bacon. Creo que la escritora utiliza estos cinco relatos para realizar una indagación en los respectivos personajes protagonistas, de tal manera que el lector debe trascender la anécdota narrada (ver) para lograr la captación de la dimensión auténtica de lo narrado (mirar).
De la misma manera que Bacon pintó el retrato años después de conocer al modelo, en estos cinco relatos o nouvelles son los protagonistas quienes cuentan en primera persona un episodio de su pasado que tuvo un valor significativo en lo que luego fueron sus vidas. Es decir, desde su presente el narrador refiere un acontecimiento que de alguna manera cambió su existencia, con lo que la mirada al pasado nos da, como en el cuadro, la cara dual del personaje: presente y pasado vienen a configurar una sola visión que el lector ha de recomponer en su lectura.
La mirada del narrador encauza la del lector en un recorrido sobre lo cotidiano y sencillo, pero no por ello menos sorprendente. Y no hay demérito en el empleo del adjetivo sencillo. Tal vez a algunos lectores estos relatos les parezcan materiales para una obra más que una obra misma, pero, como decía Proust, el artista original procede igual que los oculistas, que al concluir el tratamiento, le dicen al paciente: «Ahora mire», y el paciente ve repentinamente con claridad. Pues eso es exactamente lo que sucede con este libro de Almudena Grandes.
La lectura de estos cinco relatos no defraudará al lector más exigente, si bien es cierto que no todos están a la misma altura. El lector es, en última instancia, el que decide.
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Almudena Grandes, Estaciones de paso. Edit. Tusquets. Barcelona, 2005. 287 páginas

Eclipsados

Eclipsados

Se eclipsó el sol en Madrid. Ojalá se hubiera eclipsado el ruido en esta ciudad tan difícilmente soportable a veces.

Interiores vacíos

Interiores vacíos

He vuelto a Ámsterdam para contemplar nuevamente este cuadro, el interior de la iglesia de Saint Bavo, del pintor holandés Pieter Jansz Saenredam. Ahora estoy solo frente al cuadro, es casi la hora de comer y los visitantes buscan discretamente la salida. La otra vez lo vi hace unos años con Luisa, mi mujer. Vine hasta aquí traído por ella.
El verano anterior a aquel año, un verano extrañamente caluroso, visitamos Sevilla. Una tarde fuimos a la catedral, Luisa no había querido dormir la siesta en el hotel y me propuso buscar el frescor del interior del monumento. Paseando por la nave central reparé de pronto en que no había nadie, estábamos sorprendentemente solos. Cuando abracé su cintura pareció extrañarse y me apartó suavemente. Fue entonces cuando oí hablar por primera vez de Saenredam. Luisa me habló de sus interiores de iglesias vacíos, de lo interesante de su pintura, incluso tan interesante como la del famoso Vermeer. Afirmó que esos interiores sin nadie, como el de la catedral en aquellos momentos, había que interpretarlos como parte de la historia de la subjetividad y de ahí, afirmó, lo interesante de esta pintura, pues ya en el siglo XVII se nos habla de la desaparición del sujeto.
Apenas entendí lo que me decía y renuncié a volver a abrazar su cintura. Recorrimos en silencio las naves de la iglesia y volvimos al calor sofocante del exterior. Cuando íbamos hacia el hotel me propuso ir el verano próximo a Ámsterdam para ver la obra de este pintor de interiores vacíos.
Aquel verano en Ámsterdam fue el último que pasamos juntos. Habíamos ido hasta allí a conocer la obra de aquel pintor del que me habló una tarde en Sevilla y cuyo nombre ni siquiera recordaba entonces. Cuando contemplábamos este cuadro me habló de un tal Ettore Majorana. La miré sorprendido, sin entender nada. Majorana, repitió, un físico italiano. No tenía ni idea de quién me estaba hablando y empecé a pensar que empezaba a no entender lo que estaba pasando. Sí, soy físico, concedí, pero en este momento no sé de quién me estás hablando, tal vez haya oído hablar de él en alguna ocasión, pero ahora no me suena de nada. Me sorprendió que mi respuesta provocara esa cara de desolación en Luisa, pero lo cierto es que me sentí mal. No creo que no saber quién es ese Majorana sea tan importante, añadí.
Luisa inició ante el cuadro un delirante monólogo sobre la identidad y el yo, me habló de la desaparición de Majorana, de escritores como Salinger y Robert Walser, de la perspectiva del cuadro y de la vida, y repetía constantemente la palabra necesidad. Yo cada vez entendía menos pero no dije nada, me limité a escuchar, esforzándome por comprender lo que estaba diciendo. Por la tarde, en el pequeño hotel en el que nos alojábamos, cuando la abrazaba, noté algo extraño en su piel que nunca antes había percibido, o tal vez sólo fuera mi imaginación, pienso ahora.
Bajó a la calle a comprar unas postales para los amigos. Cuando horas después, antes de acudir a la policía, pregunté en recepción por ella me dieron esta nota que aún conservo y que siempre llevo conmigo: No me busques, nunca me encontraste. Habían pasado exactamente nueve años desde que la conocí.
Contemplando otra vez el interior de la iglesia de Saint Bavo, intento recuperar el sentido de mi vida. Sé que hay algo que se me escapa de todo esto, pero aún no sé con certeza qué es. Pienso en el interior del cuadro de Saenredam y en Ettore Majorana mientras releo la nota que me dejó, lo último que tuve de ella, tanto, que aún es capaz de llenar mi interior vacío.

Arranques

Comentaba recientemente con los alumnos el poder subyugador que tiene el arranque de determinadas novelas —alguien citó los momentos iniciales de Cien años de soledad, de García Márquez—, esos primeros quince o veinte minutos de lectura. Ese inicio, les decía, que te hace sentir, en cierta manera, vinculado con el texto desde los primeros párrafos y que es fundamental para articular la relación del lector con la novela, puede ser o bien de índole argumental, o bien de índole discursiva, y en los mejores textos, una sabia suma de ambas.
En el primer caso, lo que te está contando el narrador te resulta fascinante en sí mismo, independientemente de cómo lo cuente; podríamos denominar a este efecto el poder de la historia —el buen cine lo ha heredado de manera evidente—, y es, tal vez, una herencia de la gran novela decimonónica. En las novelas en las que domina esta clase de inicio, el narrador se suele ver impulsado antes o después a dar entrada en la historia a un determinado elemento desencadenante e impulsor de la trama.
En el segundo caso, el de aquellas novelas en las que domina el inicio de carácter discursivo, parece dominar la voz autorial sobre la del narrador, por lo que el discurso se impone a la historia en los inicios de la misma. Importa en ellas más el cómo se cuenta que lo que se cuenta.
En cualquier caso, de lo que se trata es de subyugar al lector, y el problema surge cuando el autor quiere conseguirlo a toda costa.
En fin, el eterno dilema, entre historia y discurso, contenido y expresión..., lo que me llevó a recordar a mis alumnos aquella conversación de Juan de Mairena con uno de sus alumnos en clase de Retórica y Poética:
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—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena.— No está mal.
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Les propongo a ustedes, al igual que a mis alumnos, el mismo ejercicio que le propuso Mairena al señor Pérez, pero esta vez con el primer capítulo de Cuando la noche obliga, de Montero Glez (Edit. El Cobre. Barcelona 2003. 248 págs.). Ahí va:
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Tenía más curvas que una botella de Cocacola, ojos de carbón mojado y piel café. No llevaba sujetador. Se advertía en su cara nada más verla.
Apareció a la hora de las meriendas, cuando más trajín había. Lo hizo envuelta en piel de zorra y remolinos de viento. Con una forma muy especial de castigar el suelo con el tacón alcanzó la barra y se sentó, pierna sobre pierna, en el único taburete libre de la tarde. Emputeció la sonrisa para pedir un cortado, con dos de azúcar, por favor. Vista de lejos parecía estar pidiendo otra cosa. Llevaba el pelo del mismo color que la mantequilla fresca y él imaginó que se lo había teñido así por aquello de que las rubias gustan más, o tal vez para contrastar con el color de su piel, del mismo color que la tinta. Por lo que fuere, había dado en el blanco, siguió imaginando con la bandeja en la mano y el mandilón atado a los riñones.
Luego vino lo mejor, cuando giró media vuelta sobre el taburete y le regaló un oportuno espectáculo de piernas, trabajado con carne negra y mucha sombra. Y así estuvo la de la mantequilla fresca hasta que le sirvieron el cortado, con dos de azúcar, por favor. Entonces volvió a girar y se puso a hurgar en el bolso, de donde sacó una pitillera de plata. Ajustó un cigarro a su boca y le arrancó la primera calada. Con humo borró un trozo de espejo, tras la barra, que contenía su cara, ovalada como una cucharilla. Después se relamió. La lengua era felina y los labio carnívoros y llenos.
A él se le disparó el resorte de un arma de fuego que palpitaba a la altura de su ombligo. Y le entraron ganas de tirar la bandeja y mandarlo todo a hacer puñetas y unir sus sangres y sus huesos a los de aquella piel de seda negra. Contó hasta diez antes de hacerlo. Cuando iba por el siete le pegaron una voz. Pedían una cuenta desde la última mesa, la más cercana a los retretes y también la más indecente. Y hasta allí que se fue, bandeja en alto, disculpándose siempre que pisaba una pierna o la pata de una silla, perdón, pues no era mi intención, distraído por la figura que se recortaba al final de la barra.
Después del café, acarició el palabreo con los labios para preguntar que cuánto se debía. Él logró escucharlo a pesar de la distancia y el silbido de la puta cafetera. Su voz llevaba el azúcar suficiente como para levantar el bastón a un ciego sólo con hablarle al oído. Sin embargo, él no estaba ciego aquella tarde y ni falta que le hacía. Lo único que echaba en falta era más vista de la que le tocó en el reparto, así que empotró los ojos en el meneo de caderas, en la rumba de agua que marcaban los tacones, afilados y deliciosamente obscenos. Bang, bang. Cada paso de aquella mujer le repercutía en las sienes como si fuese un disparo. La siguió con la mirada hasta la puerta y un poco más. Y pudo ver cómo se colocaba los cabellos y cómo después se borró calle abajo. Y también pudo ver olvidada la pitillera, sobre la barra, junto a una taza de café con los bordes corridos de carmín. Y fue que cayó en la cuenta y que salió a la calle por si veía a su dueña. Sin embargo, lo único que consiguió ver fue verse a sí mismo haciendo el ridículo, en plena Granvía madrileña y con la bandeja bajo el sobaco. Entonces no sospechaba, ni por asomo, que lo que empezaría siendo el despiste de una mujer con más curvas que una Cocacola acabaría convirtiéndose en el nudo de una trama que le llevaría hasta la muerte. Vamos a contar cómo sucedió todo.

Lecturas para minutos

Parafraseo el título de un libro de Hermann Hesse, en el que se recogen los pensamientos dispersos en su obra, para recomendarles la lectura en la distancia corta, en apenas unos minutos; la lectura de breves textos, no exentos, sin embargo, de profundidad y complejidad intelectual. Es decir, textos mínimos cuya lectura e interpretación nos pueden conducir a lo máximo, a un alto nivel de especulación. Y todo ello, repito, en apenas unas líneas y unos minutos, aunque el sedimento que dejan en el lector pueda prolongarse horas e incluso días.
Aquí el lector no se enfrenta, como sucede con lecturas de larga distancia, a un proceso temporal en el que, en determinadas secuencias, vamos procesando una gran cantidad de información acumulada en el proceso lector, caso de la novela o el ensayo. Esta clase de textos está más próxima a los esquemas de la lírica, dada la asociación entre intensidad y brevedad, en algunos casos, incluso, de alto contenido emocional formulado en un complejo esquema intelectual que el lector debe procesar hasta alcanzar el nivel de pensamiento del autor, por lo que también participan de las características especulativas propias del ensayo.
Estos microtextos, a los que podemos llamar también aforismos, o, si lo prefieren textículos, empleando una expresión menos convencional con cierta carga humorística, no exigen del lector una lectura secuenciada en las coordenadas del espacio libro, pues no hay implícito un orden de lectura como tal, en principio, aunque todos ellos vengan a conformar, en un orden superior, una cierta visión del pensamiento del escritor.
La lectura de libros como los que les cito más abajo puede deparar al lector auténticos minutos de reflexión, emoción, felicidad o inquietud. Mucho para los tiempos que corren.
Y si empezábamos con Hermann Hesse, terminemos con un pensamiento suyo: “La lectura disipada e irreflexiva es como un paseo por un paisaje hermoso con los ojos vendados”.
Quitémonos la venda y paseemos por estos paisajes
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Hermann Hesse, Lecturas para minutos, 2 volúmenes. Alianza Editorial, Madrid 2001. 6 € c/v.
Andrés Neuman, El equilibrista. Edit. El Acantilado. Barcelona 2005. 12 €.