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Leyendo a la sombra

Nuevo curso

Se inicia un nuevo curso cuando aún resuenan algunos ecos del anterior, reacios a extinguirse del todo.
Los pasillos y aulas vuelven a recobrar el pulso y las pizarras adquieren nuevamente esa pátina blanquecina que deja la tiza que no se ha ido con el borrado. Suenan nuevamente los ruidos cotidianos que nos indican que el Colegio, como un inmenso ser vivo, se ha puesto en marcha: el organismo funciona.
Un perfecto ajuste de piezas evidencia que el cuerpo ha salido del letargo veraniego, y los seres que lo habitan durante unas horas se mueven por su interior como si nunca lo hubieran abandonado y éste fuera su lugar natural. Sólo por algunas caras de sorpresa y algunas miradas perdidas el profano sería capaz de adivinar que la nostalgia del verano se resiste a abandonarnos. Tiempo al tiempo. El otoño empieza a hacerse hueco tímidamente y el verano empieza a pegarse a las paredes, dentro de poco sólo quedarán de él algunos resquicios en las solanas.
Hoy ha llovido. La tierra apenas recordaba la lluvia.
Un nuevo curso, y las nuevas emociones preceden secretamente a las ideas.

Neguijón

La lectura de El cofrecillo rojo, excelente comentario de Vailima (en tres partes) referido a una pintura de Tiepolo, El sacamuelas, me lleva a animarles a leer dicho comentario, y de paso a recomendarles Neguijón.
Neguijón es el título de la última novela del peruano afincado en Sevilla Fernando Iwasaki (1961), y en ella se nos narran las peripecias de Gregorio Utrilla, sacamuelas sevillano que en el siglo XVII tiene que afincarse en Lima huyendo de la Santa Inquisición. El título hace referencia al gusano que los sacamuelas suponían que se asentaba en la dentadura y que era el causante de terribles dolores, como habrán leído en el triple comentario de La Divina Comedia.
Novela histórica, con contenidas dosis de erudición y humor, con un buen tono narrativo, puede resultar muy recomendable antes de la visita, ritual o forzada, al odontólogo. En cualquier caso, no esperen encontrársela en la sala de espera de su dentista, al lado de las habituales y acaso inevitables (?) revistas del corazón, se supone que para ellas, o de coches, se supone que para ellos, (disculpen la caída en los lugares comunes).
Les iba a hablar de una perversa idea: provéanse de varios ejemplares y, si lo pasan mal en el sillón con su dentista o la factura les deja temblando, se los dejan en la salita de espera disimuladamente... Pero no, no les hablaré de perversiones... al menos por ahora.
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Neguijón, Fernando Iwasaki. Edit. Alfaguara. Madrid 2005. 170 páginas. 13,50 €.

Wolfgang Koeppen, El invernadero

Wolfgang Koeppen escribe El invernadero en 1953, es la segunda novela de la trilogía sobre la situación de la Alemania de posguerra, con anterioridad había publicado como ya comentamos Palomas en la hierba. En El invernadero se narran las convulsiones de la política alemana de los primeros años de la República Federal. En Bonn, la capital del nuevo estado, con las ruinas de los bombardeos aún visibles, luchan por el poder antiguos nazis, conservadores católicos y socialistas; pero los políticos están pactando en secreto el rearme de Alemania.
Inmerso en esta lucha política en la que convergen diputados oportunistas y políticos corruptos, se encuentra el personaje central de la novela, Keetenheuve, parlamentario al que todos quieren apartar, marginar —llegan incluso a ofrecerle la embajada de Guatemala para apartarlo del debate político—, pues su actitud ética les resulta insoportable a los demás: la política es un negocio, y el que no se atiene a las reglas está excluido.
En uno de los momentos finales de la novela podemos leer lo siguiente, no olviden la fecha en que se escribió: 1953... pero de tremenda actualidad.
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En las salas del grupo parlamentario le esperaban, Heinewg y Bierbohm y los otros expertos de las comisiones, los zorros del procedimiento, las águilas del reglamento, volvían a mirar a Keetenheuve con aire de reproche. Knurrewahn vigilaba a los suyos y, mira por dónde, no faltaba sin causa justificada ningún importante. Habían venido a la sesión desde sus provincias, el aire de las provincias colgaba de sus ropas, lo llevaban consigo a la sala, un aire espeso de habitaciones estrechas, en las que habitaban al parecer encerrados, porque tampoco ellos representaban directamente al pueblo, ya no pensaban como el pueblo, también ellos eran —pequeños, muy pequeños— preceptores del pueblo, no precisamente maestros, pero sí personas de respeto o no respeto, ante los que la gente cerraba el pico. Y a su vez ellos, sus huestes, cerraban el pico ante Knurrewahn, que a veces tenía la sensación de que algo no iba bien aquí. Contempló a su guardia silenciosa, parlamentarios de cráneo alargado, tipos estupendos en los que podía confiar. Leales de los tiempos de la persecución, pero todos ellos receptores de órdenes, una tropa firmes ante el sargento, y Knurrewahn, que ahora estaba arriba, como hombre del pueblo, sin duda, pero arriba, en el círculo de los dioses, cercano al Gobierno e influyente, Knurrewahn escuchaba en vano en busca de una palabra de nostalgia de abajo, de un grito de libertad, de un latido de corazón que viniera del fondo; no se agitaba ninguna fuerza virgen, difícil de someterse a la disciplina, no se sentía ninguna indomable voluntad de renovación, ningún valor para derribar los viejos valores muertos, sus mensajeros no traían eco alguno de las calles y plazas, de ls fábricas y de los altos hornos, al contrario, eran ellos los que esperaban instrucciones, signos de la cabeza, órdenes de Knurrewahn, exigían a la burocracia de partido de las centrales y no eran más que puestos avanzados de esa burocracia, y ahí estaba la raíz del mal, regresarían a sus lugares de provincias y allí anunciarían: Knurrewahn quiere que nos comportemos de tal o cual modo, Knurrewahn y el partido desean, Knurrewahn y el partido ordenan, en vez de que fuera al revés, en vez de que los mensajeros de provincias le dijeran a Knurrewahn el pueblo desea, el pueblo no quiere, el pueblo te manda, el pueblo espera de ti, Knurrewahn... nada. Quizás el pueblo sabía lo que quería. Pero sus representantes no lo sabían, así que hacían como si al menos hubiera una fuerte voluntad de partido.
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Wolfgang Koeppen, El invernadero. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2005. 189 páginas. 16 €.

Plenitud líquida

Un día noté que los ojos de mi madre estaban permanentemente acuosos. Ella, cuidadosa y discretamente, se aplicaba la puntita de un pañuelo que sacaba con disimulo de entre los entresijos de su puño izquierdo, y con ella se enjugaba alguna esquiva lágrima que apenas asomaba por la comisura de sus cansados párpados. Dirigí mi mirada al punto a donde miraba mi madre y supe que ella veía más y más allá. Aquel día vi en sus ojos y en su mirada la vejez, pero también vi la plenitud. Desde entonces, cuando la beso, me gusta sentir en mi mejilla ese poquito de humedad que me deja algo venido de muy lejos.
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Dedicado a Carmen (23 de agosto de 2005).

Realidad y verosimilitud

Realidad y verosimilitud

Wolfgang Koeppen (1906-1966) fue el gran novelista alemán de la posguerra. Entre 1951 y 1954, cuando los escritores alemanes guardaban silencio intentando ubicarse en la nueva situación que la derrota alemana había traído consigo, escribió tres novelas sobre la realidad de la Alemania que comenzaba a resurgir de las cenizas, sumida en la culpa y en el horror por lo vivido bajo el nazismo: Palomas en la hierba, El invernadero y Muerte en Roma. Por aquellos años era de sobra conocido el hecho de que la mayoría de los soldados y oficiales de las SS que habían estado en Auschwitz no habían sido encausados y que muchos antiguos nazis convencidos empezaban a ocupar puestos en la nueva administración del estado. Koeppen habló sobre aquello que nadie quería hablar, aquello que resultaba incómodo, y expuso sin rodeos su convencimiento de que la Alemania fascista no había sido aniquilada ni con la muerte de Hitler ni con las condenas de Nuremberg. Esta actitud no fue entendida por sus contemporáneos, que lo relegaron al olvido.
Les recomiendo la lectura del primer título de la trilogía, una obra verdaderamente magnífica, y como una breve aproximación al autor, lean detenidamente esta declaración de intenciones que escribió en el prefacio de El invernadero:
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La novela El invernadero sólo tiene que ver con acontecimientos, especialemente políticos, en la medida en que éstos constituyen un catalizador para la imaginación del autor. Los personajes, lugares y acontecimientos que sirven de marco al relato en ningún caso son idénticos a la realidad. La singularidad de personas reales no se ve afectada por la descripción puramente ficticia, ni es ésa la intención del autor. La dimensión de todas las afirmaciones hechas en el libro está más allá de toda referencia a personas, organizaciones y acontecimientos; la novela tiene su propia verdad poética.
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W. Koeppen, Palomas en la hierba. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2003. 237 páginas. 16 euros.

Rogelio, suites para violonchelo en los atascos de Madrid

La vida de Rogelio es verdaderamente ejemplar. Rogelio es taxista en Madrid, la ciudad que lo vio nacer, como él dice.
—A mí lo de natal, qué quiere que le diga, pero me suena empalagoso.
Aunque también podríamos decir de él que es un estoico, definición que la mayoría de sus compañeros de profesión tal vez no entenderían. La vida de Rogelio transcurre durante muchas horas en su taxi, su pequeño mundo.
—Alguien dijo que hay otros mundos, pero que están en éste —dice desplegando la mano abierta—. El taxi es un trabajo en cierta manera solitario, y esa soledad da para pensar mucho. Como los pastores, ¿verdad?, aunque ya pocos deben de quedar.
No sé en qué puede pensar Rogelio en sus ratos de soledad, pero casi con seguridad deben ser pensamientos profundos, o así me lo pareció la mañana en que me cruzó Madrid de parte a parte. Nada más entrar en el coche vi dos periódicos, creí que alguien se los habría dejado olvidados y así se lo hice saber, me respondió que los había comprado él.
—Los dejo ahí para que el cliente les eche un vistazo.
Cuando leía por encima los titulares reparé en la música que sonaba en el coche, la reconocí enseguida: una de las suites para violonchelo de Bach. No pude resistir hacer un comentario trivial y le dije que la música que tenía puesta era muy bonita.
—El chelo templa los nervios en estos atascos. No hay nada mejor.
Me dijo que le gustaba la música clásica y el jazz, y tuvo la deferencia de no citar intérpretes, pero estoy seguro de que podría haberlo hecho perfectamente; en lugar de eso se limitó a señalar indolentemente una colección de compactos que tenía sobre el asiento del acompañante, junto a una caja con monedas para el cambio. Mientras Madrid parecía licuarse bajo el sol de agosto en una mañana de agobiante calor el taxi de Rogelio serpenteaba por las calles de la ciudad y el viajero agradecía no escuchar a los contertulios de turno que le obligan a uno a conversar con el conductor y arreglar el país a gritos en un trayecto.
A pesar de que esta ciudad es una obra total, a pesar de que el tráfico de agosto es puro surrealismo, Rogelio en ningún momento hizo referencia alguna a las políticas de nuestro alcalde en lo que al tráfico se refiere —movilidad se llama ahora el asunto, incluso hay un concejal dedicado al tema: concejalía de movilidad, en serio—, y cuando le pregunté maliciosamente qué opinaba, se limitó apenas a encogerse de hombros y señalando una de las incontables vallas que nos separan de las máquinas me dijo que había que aguantarse, que después de los inconvenientes vendrían las ventajas y que las obras beneficiaban a los habitantes de la ciudad. Le insinué maliciosamente que quizás algunas de estas obras obedecían a extraños intereses económicos y que no tenía claro que fueran a suponer realmente algún beneficio. Rogelio me miró por el espejo retrovisor pero no dijo nada. Estábamos llegando al final del recorrido y buscaba en mi cartera el dinero para pagar la carrera. Unos metros antes de mi destino Rogelio aprovechó uno de esos impagables momentos de atasco en los que la masa metálica de coches dormita al sol para girarse hacía mí y con una amplia sonrisa me dijo:
—¿Sabe? Esto de las obras sería realmente insoportable si no fuera algo que sirviera verdaderamente para hacer mejor la ciudad. Eso es lo que creo y lo que quiero creer, que esto algún día mejorará y todos nos beneficiaremos de alguna manera. Creo en ello de una manera profundamente democrática. Por supuesto que en mis horas bajas soy un pesimista y pienso entonces todo lo contrario; pero ya le digo, estas obras las sufrimos todos, pero también nos beneficiarán a todos, ¿no cree? Democracia pura y simple, a pesar de Flaubert.
Pagué y cambié una suite de Bach por el ruido de las tripas de Madrid y una bocanada de calor. Lo de Flaubert no me cuadraba. Me volví y en unos pasos alcancé el taxi, golpeé suavemente la ventanilla del conductor.
—¿Qué ha querido decir con lo de a pesar de Flaubert? —Pregunté. El semáforo apenas permitía a la mesa metálica avanzar lentamente y me puse a caminar junto al vehículo. Rogelio bajó el cristal. Le repetí la pregunta.
—Flaubert dijo que el mayor sueño de la democracia consiste en elevar al proletariado hasta el nivel de estupidez de la burguesía.
Cuando entré al despacho anoté en la agenda su nombre, que había leído en la tarjeta de identificación del conductor. Hice memoria pero fui incapaz de recordar los apellidos. Antes de abrir el ordenador y leer el correo le pedí a la secretaria que llamase sobre las doce al taller, a ver si ya estaba terminado el coche.

HIROSHIMA, 6 DE AGOSTO DE 1945, 08:15 HORAS.

HIROSHIMA, 6 DE AGOSTO DE 1945, 08:15 HORAS.

UN RESPLANDOR SILENCIOSO
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Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masazaku Fujii se acomodaba las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.
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Así empieza el relato de aquellos hechos que escribió el corresponsal de guerra de la revista Time John Hersey.
El libro fue originariamente un reportaje publicado en 1946 y en él se reconstruye de una manera sobria la historia de seis supervivientes desde el momento mismo de la explosión hasta años después, cuando las secuelas psicológicas y físicas afectaban a miles de personas.
El texto nos habla de esos supervivientes a una situación de extrema violencia, que han vivido terribles momentos de dolor y angustia imposibles de comparar a nada vivido o conocido hasta entonces. Esa experiencia fue tan terrible que no fue posible en muchos casos que quienes las vieron fueran capaces de contarlas, no tenían palabras, no había palabras que fueran capaces de contener esa experiencia tan atroz. Este es, de alguna manera, uno de los méritos del libro de Hersey: dar voz al sufrimiento de las víctimas para contrarrestar en parte su silencio.
En estos días en que las televisiones recuerdan con imágenes los bombardeos atómicos a que fue sometido Japón, en que se discute la necesidad de lanzar aquellas bombas, no estaría de más la lectura de las vivencias de estas seis personas que nos relata Hersey. Ellos estuvieron allí, ellos lo vivieron todos y cada uno de los días de sus vidas.
Akiya Utaka, un poeta que sobrevivió ese seis de agosto escribió:
Todo lo que creo
son las palabras dentro del silencio,
palabras atestadas de peligro.
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John Hersey, Hiroshima. Edit. Turner; Madrid 2002. 184 páginas.

¡¡UN OCUPA EN EL BLOG!! ¡¡AHHHHH!!

¿Pero qué es eso verde fosforito de la derecha?
¡Será posible! ¡Habrase visto! Se va uno quince días y te encuentras a la vuelta un ocupa en el blog. Y además ¡¡es mutante!! Esto del Goooooooogle debe de ser la manifestación nueva (y hortera) del Gran Hermano. Lo del color verde y mutante me da mala espina, esto no puede acabar bien. ¡Pero qué hecho yo, que he sobrevivido a los ataques de las procelosas medusas de Roquetas, y vuelvo y me encuentro en el blog con esto!
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Denme tiempo a que me reponga (y sobre todo a que vea cómo puedo quitar eso). Por cierto: alguno de ustedes saben cómo se quita. Claro que en este momento estoy pensando que no hay efecto sin causa: o sea: ¡¡que lo he puesto yo!! ¿Pero cómo, dónde, cuándo, cómo, por qué y para qué? La duda me atenaza y me corroe. Ya me lo decía mi madre: eres un enreda...

VOLVERÉÉÉÉ...