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Cuando vomité los langostinos y vi la cara de mamá, supe que ella sabía que mi boda era un fracaso. ¿Te acuerdas de la que se montó? Papá y tú sujetándome, yo limpiándome las manos en el vestido. Fui una estúpida por haber llegado hasta allí. Lo dijo en voz alta, en la sala del tanatorio sólo estaban aquellas dos mujeres elegantemente vestidas como para ir a cenar un sábado por la noche. En un sillón de color negro reposaban dos bolsos, dos periódicos y tres teléfonos móviles. Cuando papá y yo te llevábamos al lavabo recuerdo que dijiste algo que no entendimos, y pensamos que habías bebido demasiado vino y que estabas borracha, dijiste, lo recuerdo perfectamente, que mamá tenía los ojos grises y los párpados transparentes; nunca hemos hablado de aquello, ¿verdad? Tras el cristal, en la pequeña habitación refrigerada, un féretro con el cadáver de una anciana, una pequeña corona y un desproporcionado candelabro de latón con una vela apagada parecen componer un cuadro hiperrealista. En la pared del fondo, en la parte superior, una rejilla metálica con tres cintas de color negro que se mueven como siguiendo el compás de una música que no se oye. Te juro, Celia, que mamá tenía los ojos grises en aquel momento, y no estaba tan borracha, además, los seguía teniendo grises cuando parpadeaba. La mujer se acercó al cristal que la separaba de la habitación refrigerada y apoyó en él su mano derecha. Sintió una leve vibración que le hizo estremecerse por un instante. Me gustaría entrar ahí y levantarle los párpados. ¿A mamá?, ¿pero qué te pasa? Lo dijo como gritando en voz baja, temiendo acaso que alguien pudieras oírlas, y se agarró los brazos en un gesto que parecía denotar frío, sensación imposible en aquella sala donde no hacía nada, ni frío ni calor. Se acercó al cristal y ambas miraron por unos segundos hacia adentro. El vidrio devolvía extrañamente una parte de su reflejo, cuatro mujeres quietas. Permanecieron así unos segundos, como si esperasen expectantes que se produjera un acontecimiento al otro lado del cristal y fueran a convertirse en testigos excepcionales de algo. Pero lo único excepcional había pasado la noche anterior y las había reunido después de varios años en el tanatorio a esperar la llegada de la hora del traslado al cementerio del féretro con el cadáver de su madre. Te digo que no me importaría entrar y levantarle los párpados, y cuando vengan los señores de la funeraria les voy a pedir que me dejen un momento a solas. Eso se puede hacer, ¿no?, es algo normal que una hija quiera despedirse de su madre, no sé, decirle algo, hablarle, darle un beso. Y no, no estoy loca, Celia. Tenlo por seguro. Desde aquel día de mi boda tengo esos ojos grises en la memoria y cuando pensaba en mamá nunca la veía con los ojos verdes. La mujer a la que la otra ha llamado Celia se sienta con gesto de cansancio en un sillón, coge uno de los teléfonos y con movimientos mecánicos manipula el teclado y mira la pequeña pantalla. ¿Va a venir Luis? La otra mujer no responde. Se sienta en un lado del pequeño sofá y echa la cabeza hacia atrás. No cierra los ojos y fija su mirada en el techo. Preferiría que no, además, ni siquiera creo que sepa que mamá ha muerto. Cierra los ojos y tiene la sensación de seguir viendo el techo. Se pasa la mano por el pelo y se frota rítmicamente los párpados que cubren sus ojos. Ahora lo ve todo negro con puntos brillantes que se mueven en ese fondo negro. Celia, estoy viendo fosfenos. La mujer a la que llama Celia la mira con una cara de cansancio en la que están empezando a hacerse visibles unas tenues ojeras. ¿Fosfenos? ¿Qué es eso? ¿No te acuerdas? le dice la otra mujer, aún con los ojos cerrados. Los fosfenos. Una noche, al poco de casarnos, en casa, cenando, Luis nos habló de un cuento que había leído de un escritor de Zaragoza que conoció en un bar de Barcelona y que había escrito un cuento sobre eso; se titulaba no sé qué de los fosfenos. Nos contó algo pero no le hicimos mucho caso. Luego, cuando Ángel y tú os marchasteis, me quedé recogiendo y ordenando un poco el salón mientras Luis se acostaba. Cuando acabé, estuve curioseando por los estantes de la librería pequeña, la que está junto al ventanal. En la balda de arriba había bastantes volúmenes de cuentos, casi todos de no más de doscientas páginas. Me costó un rato dar con el libro, y en la página 51 empezaba el cuento del que Luis nos había hablado en la cena. Me senté y lo leí despacio. Volví al índice y leí los títulos de los otros cuentos, luego cerré el libro y lo volví a abrir por el principio. La mujer habla pausadamente con los ojos cerrados, como si así fuese capaz de ver lo que refiere. La mujer a la que ha llamado Celia apenas la mira. En la página donde aparece el título había una breve dedicatoria en letra mayúscula y una fecha, escritas a pluma con tinta de color verde oscuro, de ese color verde tan bonito como el que siempre has usado para escribir. La fecha era enero de 1998. Pensé que podría leer el libro y lo devolví a su lugar y me fui a la cama. Luis no pareció sorprenderse cuando le dije que no me apetecía, que tenía el estómago revuelto, con mal sabor de boca. Como si hubiera vomitado langostinos.
A la segunda cerveza me dijo que el amor no existía, lo sé porque estuve enamorada, susurró. No le di importancia, opiniones, nada como la experiencia, añadí. En efecto. Sé que rumiaba una respuesta pues le pidió otra cerveza al camarero, y aún había color en el vaso que sostenía su mano derecha. Con la izquierda se rizaba el pelo, hubiera jurado que seguía un ritmo con algún significado que se me escapaba entre sus dedos. A partir de las doce hubiera preferido callejear, no me gustan los bares que se acaban convirtiendo en lo que detesto. Esta vez me había equivocado. Tal vez uno con otra música y más ruido habría sido mejor, los silencios son menos espesos. ¿Sabes?, me gusta este sitio, me dijo aumentando la cadencia de los rizos. Intenté mirarla sin verla, pero me fue imposible. Temía que mis ojos en los suyos hicieran naufragar lo que había empezado naufragando. Sí, no está mal, mentí. ¡Mentiroso! Dejó de tocarse el pelo. Me faltaba aire y me sobraba sed. Los abrigos colgaban del perchero, testigos mudos ajenos a todo, como si el piano de Keith Jarret tocase solo para ellos. Cerré los ojos y sentí su aliento, cálido, pastoso y amargo, como el susurro de un animal. Los fosfenos y sus labios en los míos me decían que algo estaba empezando por el final. Otro de esos principios que fácilmente se olvidan en cualquier bar, cuando la cerveza anestesia los recuerdos. O casi.
—Sí, papá, ya sé que fumo demasiado. No hace falta que me lo estés recordando constantemente —rezonga suavemente la mujer, prolongando la afirmación y la negación—. Duérmete un poco, que el viaje es largo.
La mujer conduce con el cigarrillo en la boca. El humo azulado asciende suavemente pegado a una de sus mejillas y le hace guiñar un ojo. La carretera brilla de una manera extraña. Debe ser el sol que me da de espaldas —piensa —, ¡bonito día!
Está amaneciendo y el vehículo enfila la nacional 5 dejando atrás Madrid. Los carrilles de la autovía en dirección a la ciudad son un amasijo coloreado de coches. Los de salida presentan un tráfico fluido, piensa la mujer recordando la voz del locutor que acaba de oír en la radio. El sol empieza a calentar el interior del vehículo y el anciano siente que los párpados le pesan. Apenas duerme por la noche y hoy se ha levantado muy temprano; pese a ello, ha tomado la determinación de no dormirse y estar atento a la carretera. No es que no se fíe de su hija. No, no es eso —se dice—. Quiero ver todo bien.
Pero el viejo no sabe que el paisaje es muy distinto al que vio la última vez que volvió al pueblo, hace de ello ya más de cuarenta años. No obstante, los ratos que esté despierto mirará fijamente con sus pequeños ojos húmedos ambos lados de la carretera y no hará apenas comentarios.
—Entonces la carretera era más estrecha y pasaba por los pueblos: Móstoles, Navalcarnero, Santa Cruz del Retamar. En Talavera parábamos a comer. A veces hacíamos noche allí. Ya sabes, tu madre no soportaba los viajes. Parábamos en un hotel que había en la estación de autobuses, creo que por aquella época era el único que había. Antes de reemprender el viaje nos dábamos un paseo por un parque que hay junto a la plaza de toros.
»En esa plaza murió un torero muy famoso, Joselito el Gallo, que había dado la alternativa a otro torero también muy conocido, ya sabes, Ignacio Sánchez Mejías, que toreaba con él la tarde en que murió. Mi padre estuvo ese día en aquella corrida.
La mujer conduce concentrada en la carretera. Mantiene uno de sus ojos entrecerrado, aunque ahora no está fumando. Apenas presta atención a las palabras de su padre. Tal vez ya conozca la historia, o quizás no le interese.
—Le oí decir a mi padre muchas veces, cuando contaba lo que sucedió aquella tarde —prosigue el hombre—, que cuando la gente supo que Joselito había muerto en la enfermería de la plaza, una ola de consternación corrió por toda la ciudad. ¡Una ola de consternación! Sí, eso decía siempre.
»Cuando el público abandonó la plaza mi padre se dirigió a una taberna en la que se juntaban los aficionados a los toros. Allí todos lo tenían por un entendido y sabían que no se perdía ninguna corrida de la feria de mayo. Enseguida se hizo un corro alrededor de la mesa en la que él y un amigo con el que había visto la lidia comentaban lo que habían visto en la plaza. Los parroquianos callaban ante las palabras de los dos hombres. Entonces, el dueño de la taberna le dijo a mi padre: “Don Eduardo, píntelo usted”, y retiró los vasos de la mesa, pasó una bayeta al mármol con esmero y le dio a mi padre un trozo de lápiz que llevaba en la oreja.
»Ya sabes que tu abuelo pintaba y dibujaba, y no lo hacía nada mal. Y Allí, delante de todos, dibujó en el mármol de la mesa el instante de la cogida. Aquel dibujo permaneció en el mármol del velador durante muchos años, en un rincón de aquella taberna, debajo de un inmenso cartel que anunciaba aquella corrida, y que iba del suelo al techo. Lo recuerdo perfectamente.
»Alguna vez fui de chico con él a los toros. A la salida, siempre le pedía que me llevase a ver aquel dibujo, y allí que nos íbamos. Yo miraba el mármol atentamente mientras mi padre tomaba un chato de vino. Una de esas veces me habló de Ignacio Sánchez Mejías, que dejó los toros en 1927 para dedicarse a la literatura, ¡nada menos!, exclamaba mi padre. Luego, en voz baja, me decía que fue amigo de muchos poetas de la Generación del 27, especialmente de Lorca, que le compuso un extraordinario poema cuando un toro mató a Sánchez Mejías en Manzanares. Y bajando más la voz, casi susurrando me recitaba:
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
»Federico García Lorca, ¡un gran poeta!, aseguraba. Cuando crezcas ya te dejaré alguno de sus libros y de otros poetas, como Cernuda, Salinas, Alberti. En fin, ya los leerás, me decía mi padre, pero no le hables de esto a tu madre, y me daba un suave pescozón sonriendo.
»Yo no sabía entonces de qué me hablaba mi padre, pero intuía que era algo de lo que no se podía hablar, porque en una ocasión cuando le pregunté por los libros de aquellos poetas después de haber mirado concienzudamente en la biblioteca de su despacho sin llegar a ver ninguno, me insistía en que no dijera nada, que en su momento él me los dejaría.
—Pero papá, ¿aquellos libros realmente existieron alguna vez? —pregunta la mujer sin despegar la mirada de la banda negra de la carretera.
—Supongo, hija. Pero nunca los llegué a encontrar. Y mira que los busqué la misma tarde en que enterraron a mi padre. Nada más volver del cementerio me fui derecho a su despacho y estuve buscándolos hasta la hora de la cena. Tu abuela sabía bien lo que estaba haciendo, porque cuando me senté a cenar me miró fijamente y me dijo: ¡Los libros, los malditos libros! ¡Y no me preguntes!
—¿La abuela sabía lo de los libros?
—¡Cómo no lo iba a saber! Y si en alguna ocasión volvía a salir el tema, ya sabes lo que me decía, que por aquellos libros estuvo a punto de entrar la desgracia en la casa. Y nunca habló más de ellos. Llegué a pensar más de una vez que mi padre los había quemado, que no existían. En cierta ocasión, unos meses antes de su muerte le pregunté a tu abuela por los libros, si estaban escondidos o se los habían llevado aquellos legionarios que bajo el mando de un capitán de las tropas de Castejón registraron la casa. Tampoco obtuve respuesta. Ya ves. Lo que sea, murió con ella en el 64. Y fíjate si ya había pasado tiempo de la guerra, ¡como que Fraga estaba entonces con aquello de los 25 años de paz!
—¿Y nadie en el pueblo lo sabía? No sé, algún amigo del abuelo, o su hermano, alguien que lo conociera.
—No. Pregunté a varios, y nada. Mi tío Jesús tampoco sabía nada, pero me aseguró que había visto aquellos libros en una balda de la librería de mi padre.
El viejo calla y parece rumiar sus recuerdos al compás del suave sonido del motor. La sombra del coche es ahora más pequeña. El sol ya no le da a la mujer en los ojos reflejado en el espejo retrovisor. La carretera ha cambiado ligeramente de color. Ahora es más clara y los remiendos de los baches más evidentes. La mujer piensa que tal vez no haya sido una buena idea emprender este viaje e inconscientemente levanta por unos instantes el pie del acelerador. Se pone unas gafas de sol. Oscuras. La carretera vuelve a cambiar de color. Su padre parece dormir o tal vez dormitar. Piensa en los libros. Ha leído a esos poetas y muchos de sus textos los ha recitado incluso en sus clases. Recuerda la cara de indiferencia de muchos de los alumnos. Algunos de ellos le han llegado a decir que les gustaban los poemas que leía, cuando les propone que lean al autor, esbozan una medio sonrisa y dan la conversación por terminada.
El viejo reposa la cabeza sobre el cristal de la ventanilla, buscando tal vez el calor del sol de este día de primavera. Ahora parece dormir. Mueve levemente los labios. La mujer recuerda a Ignacio Sánchez Mejías, torero, novelista, poeta, actor de cine y presidente del Betis. Le quitó la novia a Joselito. No sabe si su padre conoce el poema que le dedicó Miguel Hernández. No recuerda el título.
Un letrero deja una cifra y una frase en la retina de la mujer: Talavera de la Reina 22 Km.

Marco nunca llegó a entender por qué Gregorio no se inmutaba cuando le llamaban cerdo, burro, borrego, gallina y otros ultrajes por el estilo, sin que siquiera pestañeara. Ocurría con frecuencia, de camino a casa, después de las clases, por los motivos más nimios, el caso era insultarlo. Gregorio se pegaba a la pared y no los miraba, miraba al suelo, y apenas variaba el ritmo de sus pasos, como si llegar antes a casa no constituyera una auténtica necesidad. Cuando los insultos arreciaban, abrazaba su cartera de cuero marrón contra el pecho y parecía que encontraba así un parapeto tras el que guarecerse de lo que le decían los otros chicos. Tal vez aquella fuera la causa de que la lluvia de insultos se recrudeciera sobre Gregorio, que no se inmutaba. O al menos eso pensaba Marco, una de las piezas de aquella maquinaria perfectamente engrasada que funcionaba muchas tardes. No se inmutaba, recordó Marco muchos años después, el día que supo que a uno le llega el momento de hacer juicios morales distanciados de las emociones. Ese día le vinieron a la memoria Gregorio y los otros chicos de la pandilla del colegio, de los que no volvió a saber cuando se fue de la ciudad para emprender lo que él pensaba que sería una nueva vida, lejos de presentir que nunca lo iba a ser. Entonces cobró fuerza la imagen de Gregorio de camino a casa aquel último día de curso de aquel mes de junio de aquel año que no podía precisar. Ninguno se resistió a poner en marcha la maquinaria, acaso en cierta manera intuían que aquella sería la última vez, pues en alguno de ellos parecía asomar débilmente la compasión. Pero contrariamente a lo que sucedía siempre, Gregorio se les encaró cuando escuchó aquel nuevo insulto que vino a engordar la letanía de los habituales. Cucaracha, cucaracha, cucaracha, giraban a su alrededor. Pasó el verano y en septiembre, en los primeros días del nuevo curso nadie echó en falta a Gregorio. Era un buen chaval, tenía mucho aguante. Mira que la teníamos tomada con él, pensó Marco.
Supo en aquel momento que decía la verdad y ni siquiera por un segundo lo dudó. También supo en aquel instante que se quitaría la vida, y esta vez no era un simple comentario a pesar de que lo dijo sonriendo, mientras encendía un cigarrillo, el humo enredándosele en los ojos, enturbiando su mirada más de lo que habitualmente se enturbiaba aquellas tardes en el fondo del campo de fútbol, junto a las vías del tren, donde los alumnos de los cursos superiores fumaban tumbados en el suelo, desafiando la prohibición de los cuidadores del internado, que no dudaban en castigar severamente a quienes pillasen con el pitillo en la mano o en los labios.
Fumar en el fondo del patio grande del colegio y no hacerlo en los servicios era algo reservado exclusivamente a los alumnos mayores, los de sexto y COU. Los demás solían hacerlo en los baños del edificio del internado, en el piso superior, donde estaban los dormitorios, y raramente se veía fumar a alguno en los baños del edificio del colegio, donde estaban las clases, pues allí no era extraño ver a algún profesor o cuidador especialmente celoso de su cometido, como don Demetrio o el Culebras, los más temidos y odiados de todos, que no pasaban ni una, siempre andando al acecho, casi nunca fallando en la caza.
Don Demetrio y don Paco, el Culebras, tenían un olfato especial y podían distinguir fácilmente entre el humo de un cigarro negro y uno rubio.
—¡A ver, qué está pasando aquí! ¿Quién de vosotros estaba fumado?
—Nadie, don Demetrio. Se lo juro.
—¿Cómo que nadie, si huele a rubio desde el pasillo?
—Que no, don Demetrio, que no hemos fumado.
—A ver, Fernández, y tú, Adánez, las manos. ¡Rubio, ya lo decía yo!
Y don Demetrio les olía las manos mirándoles fijamente a los ojos. Nunca se supo si era su mirada o su olfato, pero dicen que jamás se equivocó.
El Culebras no se gastaba tanto protocolo ni sofisticación. Le agarraba al sospechoso de una oreja amenazándole con castigarlo varias tardes en el estudio, sin salir al patio, apuntaba su nombre y curso en papeles doblados que siempre llevaba en los bolsillos, y a partir de ese momento la vida del interno se convertía poco menos que en una pesadilla. El Culebras era el cuidador que desempeñaba el papel de cabrón, como decían los de COU, un requetecabrón, eso es lo que es este. Con él no se podía negociar nada y por mucho que se insistiera con él no había nada que hacer.
La tarde en que dijo me voy a suicidar pero antes le voy a dar una patada en los huevos al hijoputa ese del Culebra que se va acordar de mí toda su puta vida, Fernández no dudó que su compañero de dormitorio decía la verdad. Le había oído decir lo mismo otras veces, pero nunca había pensado que fuera capaz de hacerlo. Fernández sabía que tomaba pastillas para la epilepsia, le había oído decir muchas veces que acabaría loco, que tal vez ya lo estaba y que todo le daba igual. Decía que sus padres lo habían mandado interno porque no podían soportar su enfermedad y que todo eso se iba a terminar algún día. También dijo en alguna ocasión que dejaría una nota metida en un hueco de los ladrillos del internado, en la pared del edificio que daba al campo de fútbol.
Epilepsia. Tengo epilepsia, y sé que me volveré loco, por eso quiero matarme, así todo será más fácil. Lo llevo pensando desde hace tiempo y lo tengo decidido. Hablaba totalmente convencido, repitiendo algunas palabras, a veces vacilando en otras. Estoy guardando pastillas. Algunos días no me tomo las cinco y guardo alguna. Cuando tenga un buen montón me las tomaré todas de una vez. Será como un sueño. Como un sueño de arena. Decía como un sueño de arena y Fernández no entendía nada, pero no le preguntaba. Fernández sólo le decía deberías tomarte las medicinas como te ha dicho el médico, no digas que te vas a suicidar, no digas burradas. Venga, vamos a fumar un cigarro. Y el Loco le contaba extraños sueños, sueños de arena que achacaba a las pastillas.
Fernández nunca le llamaba Loco, acaso porque en su fuero interno pensase que un poco loco sí lo estaba, y aunque el Loco raras veces diera razones, a Fernández siempre lo trató con deferencia desde el primer día en que coincidieron en el dormitorio y el muchacho cogió la cama de abajo, a pesar de que la bolsa de Fernández sobre la colcha azul indicaba que esa cama ya estaba cogida.
En el dormitorio había cuatro literas y era costumbre que los alumnos eligiesen cama según fueran llegando. Las camas de abajo eran generalmente las primeras en ser elegidas, y rara vez había disputas entre los internos por este motivo, y menos entre veteranos. Los nuevos que elegían la cama de abajo eran desalojados sin contemplaciones por los veteranos que hacían valer la ley del internado, y si alguna vez alguno protestaba y decía que él había llegado antes y los que llegan antes eligen y que iba a decírselo al cuidador, los veteranos lo rodeaban y tranquilamente ¿cómo te llamas? Mira, Luis, aquí siempre han elegido cama primero los veteranos, y tú eres un novato, y a los novatos les conviene llevarse bien con los veteranos de su dormitorio, verás cómo el curso que viene, si vuelves, lo entenderás. La cosa no pasaba de ahí, y en los casos más difíciles se llamaba a uno de los repetidores de COU, que le volvía a decir lo mismo poniéndole una mano en el hombro al novato y dándole un par o tres de argumentos más, y asunto solucionado. Lo importante era que ni don Demetrio ni el Culebras se enterasen del tema.
Don Demetrio y el Culebras eran los cuidadores del internado y hacían prácticamente la misma vida que los internos. El Culebras vivía en la ciudad y al final de la tarde, cuando los internos salían del estudio a jugar a los patios antes de la hora de la cena, se marchaba a su casa en un viejo seat de color azul. Don Demetrio vivía en el internado y dormía en una habitación al fondo del pasillo, donde estaban los dormitorios de los internos más pequeños. A las once iba tocando las palmas por lo pasillos y todos sabían que era la hora de acostarse. Apagaba las luces de la sala de juegos, donde estaba la televisión, regañaba a los que armaban jaleo y se quedaba viendo la tele a oscuras hasta las doce y media, momento en que hacía la última ronda y se acostaba.
Fernández no hizo uso de su condición de veterano y consintió en ocupar la cama de arriba y que el Loco ocupara la de abajo. Esa noche, coincidieron en el comedor y Fernández le preguntó por las pastillas de colores que sacó de una caja. Tengo que tomármelas antes de la cena. Dos. Y otra en el desayuno y otras dos en la comida. Cinco diarias. Soy epiléptico. Nadie hizo caso. Sólo Fernández dejó de comer y lo miró, quizás esperando más explicaciones. Pero el Loco siguió cenando y le dijo quieres la cama de abajo, no me importa dormir arriba.
Aquella mañana de primeros de mayo los internos del dormitorio 10 no bajaron a desayunar. Don Demetrio les dijo os vais a la sala de televisión y me esperáis ahí. Voy a llamar al director. Tampoco les dejó que se vistieran en el dormitorio. Les hizo coger rápidamente la ropa, venga, cualquier cosa, daos prisa, hombre, y les dijo que se vistieran en el baño, ¡y no pongáis la tele! Que nadie entre en la habitación. El Culebras se encargó de bajar a los demás al comedor y los internos se vistieron en silencio y se fueron a la sala de televisión. Algunos se pusieron a fumar, sabían que nadie les diría nada.
Con el tiempo, casi todos los internos del dormitorio 10 conocían las intenciones del Loco, pero todos creían que era una más de sus cosas, de sus rarezas. Incluso los alumnos con los que más hablaba, Fernández y Silván, así lo pensaban y a veces bromeaban con ello. De vez en cuando el tema salía en alguna conversación pero era engullido rápidamente por otros. El Loco se mostraba cada vez más retraído y rara vez acudía a la valla de las vías del tren a fumar con los demás. Después de las vacaciones de Semana Santa no se volvió a hablar de aquello y todos parecían concentrarse en el inminente final del curso y las próximas vacaciones de verano. El Loco volvió al fondo del patio a fumar, donde las vías del tren, y aquella tarde de finales de abril, cuando dijo que le iba a dar una patada en los huevos al hijoputa del Culebras, Fernández supo que lo haría, y así lo manifestó en el despacho del director, mientras el juez levantaba el cadáver. No. No se lo había dicho a nadie y no sabía por qué. Los otros compañeros dijeron que eso lo habían oído muchas veces, que nadie hacía caso y nunca pensaron que fuera a hacer lo que había hecho.
El director no quiso hablar más. Antes de hablar con los internos del dormitorio 10 lo hizo con don Demetrio. Fue este quien le dijo que el primero que notó algo raro había sido Silván, uno de COU. Cuando sonó el timbre a las ocho menos cuarto los internos se levantaron, cogieron las toallas y sus cosas de aseo y se fueron a los lavabos. Todos menos él. Silván fue el primero en volver y antes de hacer su cama lo llamó a voces; como no respondía se acercó y lo zarandeó. Notó que se movía como un saco de arena, pesado y frío. Entonces salió corriendo a llamar a los demás y avisar a don Demetrio.
El colegio ya no está a las afueras de la ciudad, en el campo, como lo estaba en aquellos años, en los que había que ir andando hasta allí, a las huertas, junto a la vía del ferrocarril. El edificio del internado es ahora una residencia de ancianos que toman el sol en butacas de plástico blanco, junto a la pared del antiguo campo de fútbol. La carretera por la que se llegaba desde la ciudad comunica ahora esta con la autovía de Extremadura. Silván suele entrar a la ciudad por esta carretera y cuando pasa por delante del edificio del colegio recuerda siempre aquella tarde de mayo en la que recorrió todas las grietas de la pared del internado buscando un papel que nunca encontró. Ya no recuerda el nombre del Loco, aquel alumno que no llegó a estar ni siquiera un curso y del que no se volvió a hablar en el colegio, por respeto a él y a la familia, se decía siempre. Por recomendación de los psicólogos, les decía el Culebras que había dicho el forense.
Desde aquel día permitieron fumar a los internos mayores en la sala de televisión. Algunos dieron las gracias por ello a los internos del dormitorio 10, donde llamaban la atención los alambres desnudos del somier de una de las literas.
Silván ha dejado de fumar. A veces recuerda aquellos años en el internado y recita en voz alta los nombres de algunos de sus compañeros del dormitorio 10. No ha vuelto a ver a ninguno desde entonces.
A la semana siguiente se celebró un funeral en el salón de actos del colegio. Lo ofició don Augusto, el profesor de Religión. Cuando dijo aquello de vuestro compañero duerme ahora el sueño eterno, todos pudieron oír a Fernández, esperemos que este no sea de arena.
En el porche, arrumbadas en un rincón, se pudrían la mesita verde y las butacas de madera, que aun conservaban jirones de la pintura rojiza que a su madre tanto le gustaba. Las persianas estaban subidas, lo que interpretó como una señal de la visita a la casa de su hermana. Junto a la puerta, a la altura de sus ojos, brillaba el azulejo de cerámica de Talavera, “Aquí vive un médico”, como si lo hubieran puesto ayer; era lo único del jardín que parecía ajeno al paso del tiempo.
Rodear la casa e inspeccionar lo que había sido el jardín le ocupó apenas unos minutos. No había nada que ver, o mejor dicho, no se podía ver nada. Los sarmientos de la parra caían del emparrado por todos lados; el suelo estaba cubierto por una espesa capa de hojas que le mojó los zapatos, trasmitiéndole una incómoda impresión de humedad. Todo era desolación y decrepitud, y esa sensación parecía contaminar también a la casa, lo que acentuaba el abandono en el que se sumía desde hace años, ¿cuántos ya?, se preguntó. Le conmovió la visión del sauce, que le trajo el recuerdo de su madre sentada bajo sus ramas en los días calurosos de verano. Cuando uno recuerda a los viejos, pensó, siempre aparece la imagen de un anciano sentado, siempre un viejo sentado, ensimismado, mirando con ojos húmedos a un punto distante, sin ver nada.
En verano colocaban el velador y las butacas de madera debajo del sauce, la zona más fresca del jardín. Ahí se sentaba con su padre después de cenar y le oía hablar de la guerra. Siempre hablaban de la guerra. Ya son ganas, decía la madre, otra vez la maldita guerra, como si no hubiéramos tenido bastante. Y el padre le hablaba del frente, de la toma de Talavera, de las barbaridades de Badajoz, de las tropas dirigiéndose a liberar Toledo. El padre era entonces un muchacho. Mi padre, el abuelo Luis, estaba entonces de médico en Talavera. Cuando las tropas rebeldes tomaron la ciudad, dirigía un improvisado hospital de campaña cerca del puente viejo. Los primeros soldados que entraron, por la carretera de Badajoz, fueron los regulares y legionarios del comandante Castejón. Tu abuelo no consintió que lo evacuaran, y se quedó en el hospital con los enfermos más graves, cinco o seis milicianos que no habrían aguantado el viaje a Madrid. Por lo visto, salió a recibir a los soldados a la puerta del hospital junto con una enfermera y pidió hablar con un mando de la legión. Sin mediar palabra, unos regulares se los llevaron al puente y allí los fusilaron. Tiraron sus cadáveres al Tajo. La abuela y yo buscamos su cuerpo río abajo, hasta Puente del Arzobispo, durante tres días.
La cerradura cedió al primer intento, aunque con cierta resistencia. La penumbra del interior aumentó en él la sensación real de frío. Ciertamente, la casa estaba helada, y ese frío contribuía a hacer más patente su soledad, sentirse un intruso en un lugar que no pisaba desde hacía años, tantos que la memoria se resiste a concretar algo más que no sea esta idea de desvalimiento que parece adueñarse de él. Fue recorriendo pausadamente las estancias, notando en su mano el frío de la manija de las puertas conforme iba entrando en las distintas habitaciones. Reconoció las fotografías colgadas de las paredes o expuestas sobre los muebles. El mundo interior revelado. El tiempo de otro tiempo.
Se asomó a la habitación de sus padres y contempló su reflejo en el espejo del fondo. Una figura extraña, pensó, pero ese soy yo. Recordó la última vez que entró en esa habitación, la mañana del día en que se marchó definitivamente. El padre parecía dormir sobre la cama, vestido, ni siquiera se había quitado los zapatos. Se marchó con la idea firme de no volver. Lo sentía por su madre, pero quedaba la hermana. Los gritos, las humillaciones eran ya algo demasiado habitual. La madre se empeñaba inútilmente en ocultar las ojeras, los restos del naufragio de una falsa, imposible convivencia con el padre. Los silencios. El secreto. Sin saber que lo que esconde todo secreto es la traición, que antes o después alguien llega a una situación en la que tiene necesidad de contar lo que sabe, acaso para saber más. Aquella mañana el padre no respondió a sus preguntas, tampoco la madre. El secreto quemaba, como los ácidos recuerdos regurgitados por la memoria en las madrugadas de duermevela.
No había vuelto a pisar la casa hasta ahora. Supo de la muerte del padre por una llamada de la hermana. Quería sentir cierto pesar, pero sólo experimentó una incómoda sensación de indiferencia. Como forense, la muerte tenía para él sólo una cara clínica, profesional, indiferente. No buscó razones, explicaciones, justificaciones. Ni siquiera afloró la cara emocional que cualquiera hubiera creído propia del momento, no así él. Se había jurado no volver a saber nada más y nunca quiso saberlo.
—¿A qué has venido? ¿Por qué has vuelto? —oyó a la hermana hablar a su espalda. No la había oído llegar, pero allí estaba. Miró el reloj: veinte minutos exactos—. Sabía que no vendrías al entierro y estaba convencida de que tampoco vendrías hoy. Me llamarías con cualquier excusa...
—He venido por la caja.
—¿La caja?
—Esta caja de conchas. La compró mamá el verano en que se casaron, creo que en Valencia.
Conducía despacio. Concentrado en la carretera. Lloviznaba suavemente y el movimiento intermitente y monótono de los limpiaparabrisas distraía su atención de cualquier otro pensamiento.
Le había dicho a su hermana que de pronto se acordó de esa caja. No sabía por qué, pero fue así. Eso le empujó a venir. La caja de conchas. Sólo por eso, nada más, fue como una visión, algo que le empuja a uno a ponerse en marcha, a la acción. Le preguntó si podía llevársela.
—Claro. Mamá siempre dijo que te podías llevar lo que quisieras, ya lo sabes. —La hermana no dijo nada más, apagó el cigarrillo y le miró a los ojos por primera vez mientras le daba la caja.
Se detuvo en una gasolinera. Llenó el depósito, aparcó el coche y entró a la cafetería. Desde la mesa podía ver los puntos de luz entre la neblina de agua. Puntos blancos y puntos rojos. Madrid era una masa negra con puntos que se intuía al final de la autopista. Se bebió la cerveza y sacó la caja de la bolsa. Era una de esas inútiles cajas de concha que siempre le habían parecido estúpidas, vulgares. Sobre una valva que aún conservaba el brillo del barniz se podía leer Castellón, 1950. La estuvo mirando durante unos minutos sin encontrar el significado último que creía que la caja poseía. Pero sólo veía ante sí una caja de conchas. Levantó la tapa y observó el interior.
Dos mechones de pelo atados cada uno con hilo rojo, dos dientes de leche envueltos en un trozo de papel de periódico, una alianza con la fecha de 1950 grabada en su interior, un recorte de revista con una receta de pastel de manzana, una foto en la que se veía a su padre y a él subidos a unos autos de choque, en su reverso su padre había escrito Segovia, verano de 1955, y una carta dirigida a los Reyes Magos en la que reconoció la letra de su madre. Debajo de la lista de juguetes y muñecas la madre había firmado, Carlitos y Anita.
Cerró la caja y apuró la cerveza. Fuera seguía lloviendo. La autopista era una tira de goma negra que llevaba hasta una ciudad negra con pequeños puntos de luz brillando a lo lejos. Es tarde, pero da lo mismo, pensó.
—¿Puedo llevarme esta caja?
—Claro. Mamá siempre dijo que te podías llevar lo que quisieras, ya lo sabes —lo dijo indolentemente, mirando hacia la ventana pero sin ver el jardín, con un tono neutro, el mismo que habría empleado para decir que el tren trae retraso o que la sopa está sosa.
Había llegado a la casa muy temprano, casi dos horas antes de la cita concertada con su hermana. Lo había preferido así; de esa manera tendría tiempo de recorrer el pueblo, tomar un café en algún sitio y ver cómo había cambiado todo. Aparcó el coche en la plaza y recorrió durante un buen rato las calles. Algunas le resultaban vagamente familiares, otras, por el contrario eran totalmente desconocidas para él. El pueblo había crecido bastante en estos veinticinco o treinta años. Ya no era aquel lugar que se ordenaba a lo largo de la carretera que lo cruzaba de parte a parte. Barrios nuevos con impersonales adosados con la parabólica en la fachada evidenciaban la llegada de los nuevos tiempos; barrios que ahora le resultaban extrañamente familiares y que contrastaban con la iglesia románica que apenas era visible en el altozano por la neblina lechosa de la mañana.
El pueblo empezaba a cobrar vida. La gente asomaba a las calles y algunos cruzaban la plaza mirando con curiosidad mal disimulada el lujoso coche negro. Hacía frío. Es la época, pensó, si no te hielas en Segovia en diciembre, no lo vas a hacer en agosto.
Cuando regresó a la plaza, donde había dejado el coche, pensó que aún tenía tiempo de tomar un café, pero se dirigió hacia la iglesia. El tenue sol iba arrastrando los jirones de la neblina y conforme se acercaba pudo comprobar los efectos de una esmerada restauración sufragada por el correspondiente fondo europeo. La piedra del pequeño monumento parecía más viva en todos los muros y contrafuertes excepto en una parte del lienzo sur, en donde se mostraba oscurecida y algo mohosa. Todavía se distinguía perfectamente junto a la entrada la leyenda que encabezaba una lista de doce o quince nombres: Caídos por Dios y por España. Permaneció durante unos minutos observando atentamente los efectos de la restauración y supuso que cuando en algún luminoso y funcional despacho de Bruselas una comisión de pulcros funcionarios libra una partida de fondos de cohesión para España nadie tiene ni la más remota idea de que en un pueblo de Segovia todavía queda el perenne recuerdo de aquella media España que se impuso a la otra media. El recuerdo le trajo a la boca la palabra ignominia y con ella vino el recuerdo del padre, que en cierta ocasión le habló delante de esta misma lista conmemorativa de comedores de Auxilio Social, de cartillas de racionamiento y del fusilamiento en Madrid del abuelo Luis. ¡Victoria! Y una mierda, dijo el padre, venganza, pura venganza, y le puso la mano en el hombro y le dijo algún día te hablaré de ello. Y de ello hablaron años después el padre y el hijo, con gran disgusto de la madre. Y volverían a hablar en los veranos que siguieron a aquel día; todos los veranos en los que Carlos, ya estudiante de Medicina en Madrid, iba unos días al pueblo de vacaciones y después de cenar salían a fumar un cigarro al jardín padre e hijo.
Regresó a la plaza donde estaba el coche y entró al bar. Pidió que le sirvieran el café en una de las mesas que se asomaban a la plaza. Descorrió ligeramente los visillos y se sentó de espaldas a la barra. Intentaba no pensar, sólo mirar. O al menos no pensar qué hacía allí después de casi veinte años, la mañana de un sábado de diciembre, a cinco o seis grados bajo cero.
Había recibido una llamada telefónica de su hermana tres días antes. Anoche murió mamá. El entierro es mañana, le dijo una voz de mujer al otro lado del teléfono. Si quieres venir ya sabes dónde es. Mañana, a las cuatro de la tarde. Pensó que a las cuatro de la tarde en diciembre quedaría poca luz y tal vez lloviera, eso había dicho el hombre del tiempo. El hombre del tiempo, como decía su padre. A su memoria acudió la imagen en blanco y negro de un señor con gafas, con un puntero en la mano señalando el mapa de la Península y hablando de un anticiclón y un barco en el océano, el barco K. Tal vez lo del barco sea producto de su imaginación. Pero al hombre con gafas y cara redonda lo recordaba perfectamente. Era el único momento en que su padre permanecía atento a la imagen en blanco y negro. Lo demás ya me lo sé, decía, es como el parte de Radio Nacional, la misma filfa. La madre miraba al niño y a la niña y luego al padre, Carlos, por Dios, no hables así delante de los niños. Pero el padre sólo atendía a las isobaras, a las borrascas y a las altas presiones que el hombre del puntero iba desgranando meticulosamente, y cuando acababa la información del tiempo esperaba siempre la pregunta, invariablemente la misma, día tras día, padre, ¿qué tiempo va hacer mañana?
No había sido capaz de pedirle más detalles a su hermana. Para qué. Ya sabía lo suficiente. Su madre había muerto y la enterraban el viernes en el pueblo, en la tumba donde enterraron al padre. Eso lo sabía bien, se lo había oído decir a su madre en muchas ocasiones, tantas que no le resultaba desagradable recordarlo ahora.
El café amargaba, pero le amargaba más la sensación de estar allí como de prestado, sentía lo que sentiría un viajante que tiene que hacer noche en un hostal de carretera y entra de mala gana a pedir una habitación y a soltar las consabidas explicaciones.
—Perdone. ¿Usted es el hijo de don Carlos, el médico, verdad? —El viejo tendría unos ochenta años y le hablaba desde el interior de una pelliza, una gorra y una bufanda. En el bar había calefacción y a pesar de ello el hombre permanecía frente a él abrigado. Los escasos árboles del jardincillo que ocupaba el centro de la plaza tenían desnudas las ramas y esa visión no hizo sino acrecentar la sensación de desvalimiento que el anciano abrigado le produjo. Se levantó cansinamente de la silla intentando disimular lo que la pregunta lo importunaba.
Los escasos parroquianos que a esa hora se desayunaban los miraban sin disimulo. El hombre de la barra parecía aparentemente ajeno a lo que sucedía en el bar, pero una mirada más atenta nos lo muestra observando la escena en los espejos en los que se reflejan los ventanales y el jardincillo de la plaza.
—Sí, efectivamente, soy el hijo del médico —lo dijo como si recitara un texto costosamente aprendido, mientras le daba la mano al viejo que lo saludó efusivamente.
—Ya me pareció raro no verte ayer en el entierro... —Le tuteó el viejo al tiempo que volvía a meter la mano sarmentosa y temblorosa en el bolsillo de donde la había sacado.
— ...
—Bueno, quiero decir que vimos a tu hermana y pensamos que...
—Me resultó imposible venir... —Depositó unas monedas sobre la mesa y se puso el abrigo y la bufanda—. Bueno. Ahora tengo que marcharme. He quedado en verme con Ana en la casa..., en mi casa.
No le dio tiempo al viejo a elaborar una respuesta y sin mirar atrás salió del bar. El frío le adelantó la sensación que dentro de unos minutos notaría cuando recorriera el jardín de la casa de la carretera de la estación.
Cuando llegó a la casa su hermana lo esperaba dentro del coche, con el motor en marcha. Se saludaron formulariamente y antes de que la mujer avanzase apenas un metro en dirección a la entrada, la detuvo suavemente sujetándola por un brazo.
—Si no te importa, me gustaría ver la casa solo. Espérame en el coche o vete a tomar un café. Veinte minutos, dame sólo veinte minutos.
La mujer se arrebujó en el abrigo de piel, revolvió en su bolso durante unos segundos con la mano enguantada y le entregó un llavero con dos llaves.
—La llave grande es la de la cancela, pero lleva rota unos meses, con que empujes con fuerza es suficiente. Voy a tomar un café, en veinte minutos estoy aquí. La llave pequeña es la de la casa, bueno, ya sabes.
La cancela se abrió con un pequeño empujón y el jardín le pareció enseguida mucho más pequeño de como lo recordaba. Estaba todo descuidado y el sauce seco le daba un aire de abandono que le resultó hiriente.
Mientras muere indolente la mañana
tu piel solo es recuerdo en los cristales.
¿Dormitan en tus pliegues cerebrales
palabras de mi boca ya lejana?
Del sueño mortecino y sus señales,
de tu mirada azul y su sabor,
el recuerdo persiguen con dolor
mis antiguos desvelos colegiales.
Grabé tu nombre un día en la madera.
Te juré amor eterno en el oído.
Esas palabras de niño atrevido
viven en un papel en mi cartera.
Dime: ¿sabes en qué se ha convertido
aquel amor ahora descolorido?
.
.
(Después de haber leído a Donna)
TACTO
Con precisión de topógrafo, la mano diestra de él acaricia el cuerpo de ella, delineando minuciosamente la superficie caliente. Tiene en su mente una cuadrícula mil veces conocida y sigue un plan minucioso, repetido cada tarde. La piel de ella, territorio al fin, se deja hacer con laxitud. El calor pasa a la palma de su mano, que recorre minuciosa el vivo territorio. El leve temblor de la espalda de ella se acopla en perfecta correspondencia al de la mano de él. Un íntimo terremoto le habla a la piel ella de la mano de él. Una, hace. La otra, se deja hacer. Llega reptando, lamiendo las paredes de la habitación, una pastosa melodía de jazz que él no oye, sólo ella. Las notas del piano que suena envidian la luz que las láminas de la persiana dejan penetrar en la habitación. El sonido encuentra la simetría en la luz, y ella lo sabe, no así él.
OLOR
Por un momento el tiempo no existe, pero nada se detiene. Los olores hablan, dicen mensajes que sólo él es capaza de interpretar. Un pequeño temblor de ella lo detiene, extraña interferencia, pero es sólo el instante necesario para que mano y cuerpo se reconozcan una vez más nuevamente en su tibieza. Luego, él siente en su palma el calor tibio de la ceniza y la piel de ella se asemeja a la arena, desprendiendo un olor húmedo que por un momento permanece enredado en los dedos de su mano, que, en extraña resonancia con la música que suena, acaso un instante, parecen tocar, no acariciar, como es su propósito. Si por un instante nos detuviéramos apenas en ese olor percibiríamos tal vez algo antiguo que no nos infundiría temor. Él sabe muy bien por qué. Ella nunca se lo ha preguntado.
SABOR
Diríase que el cuerpo de ella ofrece por un instante una leve resistencia a la mano de él, no así a sus labios, que rozan apenas la ceniza, gustando y degustando, una vez más, un sabor antiguo. Es sólo un instante: la intensidad lo barca todo, aunque él sabe que su mano es limitada. Mientras, la otra mano reposa indolente, extrañamente ajena a la simetría. El territorio va cobrando sentido. El mapa habla, basta escuchar, y sabe. El beso va más allá del beso que se da. Él lo sabe. Tal vez ella también, pero sus labios sólo besan el beso que los besa.
SONIDO
Los dedos de ella. Diez. Sobre la espalda de él. La melodía de jazz apenas logra ahora traspasar la oscuridad laminada. Las notas del piano se arrastran trabajosas y se enredan en los dedos de ella. Diez. Sobre la espalda de él, que es recorrida por la simetría del pianista. Una vez. Una vez más. Sus labios susurran extrañas voces antiguas: Ergotimo, el alfarero; Clitias, el pintor. Pintor y alfarero se confunden en ella –que calla– y la confunden. El territorio es el barro. La mano lo moldea, le da forma. Pero la forma es inestable y cambiante –ella bien lo sabe– y se renueva a cada instante: se hace necesario volver a empezar y otra vez el barro late. La piel de ella es barro ahora, que no arena. La mano de él ya no es envidiada por la mano de él. Las manos de ella se han desprendido de las notas del piano. El silencio se adueña de la espalda de él y la ceniza ahoga las palabras en su boca; allí se enfría. El silencio todo lo puede. Ella es sólo ella al lado de él. Él cree que es sólo él al lado de ella en imposible simetría. Los dos lo saben.
VISTA
Él se mira en el fondo del espejo y busca allí el cuerpo de ella. La siente otra en ese fondo. No es la misma que fue, ni siquiera su piel ahora es la misma. ¿Lo sabe ella y tal vez por eso no le devuelve la mirada? ¿Qué contiene el vacío del espejo? Simplemente pensarlo da dolor. ¿Da dolor pensar en miradas que se unen en un espejo porque la soledad lo convierte todo en espejismo? ¿Asusta no ver el silencio de unos ojos? La lechosa luz de neón de las farolas de la calle —poderosa e inmisericorde— va poco a poco expulsando de sus dominios a la sombra. Unos pocos jirones de oscuridad van quedando desamparados en los rincones. La luz blanquecina también arrastra hasta allí las preguntas, donde obscenamente se confunden con la oscuridad.
DOLOR
Un hombre solo ante un espejo. El espejo le devuelve toda su soledad. El hombre siente en su boca el sabor agridulce del metal oxidado, aunque se empeña vanamente en recordar el calor áspero de la arena o el sabor tibio de la ceniza. La luz paralela que indolentemente filtran las persianas le dibuja en la espalda la añoranza de las teclas de un piano. Pero él no lo sabe. Es un hombre solo que se mira en un espejo, y lo que ve es un hombre solo que se mira en un espejo y que sabe que ya no son posibles las respuestas porque tampoco existen las preguntas. Ese espejo, duro y metálico, devuelve soledad, como un cuadro de Hopper. Él lo sabe. Ella no está.
He vuelto a Ámsterdam para contemplar nuevamente este cuadro, el interior de la iglesia de Saint Bavo, del pintor holandés Pieter Jansz Saenredam. Ahora estoy solo frente al cuadro, es casi la hora de comer y los visitantes buscan discretamente la salida. La otra vez lo vi hace unos años con Luisa, mi mujer. Vine hasta aquí traído por ella.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/