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Leyendo a la sombra

Fuera de servicio

Un mensaje parpadea en la pantalla verde del cajero automático. Fuera de servicio. Fuera de servicio.

Bonito resumen, sí, fuera de servicio, piensa la mujer. Su bolso reposa a sus pies. Fuera de servicio, así estoy yo también en este mismo instante: fuera de servicio, piensa.

El taxista espera. Tiene paciencia, hace una buena noche y eso le concede una extraña animosidad. Espera a que la mujer saque dinero para abonarle la carrera. Todavía queda un buen trayecto hasta la estación de autobuses. No hay prisa. Intuye que a ella le da igual subirse a un autobús o a otro.

La mujer tiene ganas de golpear la pantalla verde. No debo pensar en lo que estoy haciendo, se dice, es igual, le diré al taxista que paremos en otro cajero. En su mano derecha sujeta con fuerza un juego de llaves, que levanta sorprendida y observa, como si no supiera por qué están en su mano. Pero se ha propuesto no pensar y con decisión se mete las llaves en el bolsillo del pantalón.

El mar. Eso es: el mar. Debo pensar en el mar. Pensar en el mar, se repite en voz alta. El mar. El mar. Coge el bolso y revuelve en su interior para comprobar que desconectó el teléfono móvil.

El taxista piensa que a estas horas sería extraño que saliese algún autobús a alguna parte y sin saber por qué piensa en su mujer. Estará viendo la tele medio dormida. Sabe que antes de irse a la cama lo llamará. Tiene el móvil a mano. A veces lo mira como intuyendo que en ese momento va a sonar. Pero nunca suena. Observa a la mujer y piensa en las palabras que ha utilizado para pedirle que detuviera el coche frente al cajero. Sería capaz de repetir la frase de manera exacta.

La mujer regresa al coche. Le pide al conductor que la lleve a otro cajero, este no funciona. El coche arranca y se suma al tráfico. La mujer siente las llaves en su muslo, y aprieta sobre ellas hasta sentir dolor.

El olvido, dice en voz alta. El olvido, se repite, donde habite el olvido. Y por un momento piensa que le gustaría ser niña. Una niña sin bolso, sin teléfono, sin ese juego de llaves que quizás ya no abran ninguna puerta. Sin bolso. Sin tarjeta de crédito. Sin la luz verde de la pantalla del cajero. Sin memoria y sin olvido.

 

 

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Párpados

 

Cuando vomité los langostinos y vi la cara de mamá, supe que ella sabía que mi boda era un fracaso. ¿Te acuerdas de la que se montó? Papá y tú sujetándome, yo limpiándome las manos en el vestido. Fui una estúpida por haber llegado hasta allí. Lo dijo en voz alta. En la sala del tanatorio sólo estaban aquellas dos mujeres, elegantemente vestidas como para ir a cenar un sábado por la noche. En un sillón de color negro reposaban dos bolsos, dos periódicos y tres teléfonos móviles. Cuando papá y yo te llevábamos al lavabo recuerdo que dijiste algo que no entendimos, y pensamos que habías bebido demasiado vino y que estabas borracha. Dijiste, lo recuerdo perfectamente, que mamá tenía los ojos grises y los párpados transparentes. Nunca hemos hablado de aquello, ¿verdad? Tras el cristal, en la pequeña habitación refrigerada, un féretro con el cadáver de una anciana, una pequeña corona y un desproporcionado candelabro de latón con una vela apagada parecen componer un cuadro hiperrealista. En la pared del fondo, en la parte superior, una rejilla metálica con tres cintas de color negro que se mueven como siguiendo el compás de una música que no se oye. Te juro, Celia, que mamá tenía los ojos grises en aquel momento, y no estaba tan borracha, además, los seguía teniendo grises cuando parpadeaba. La mujer se acercó al cristal que la separaba de la habitación refrigerada y apoyó en él su mano derecha. Sintió una leve vibración que le hizo estremecerse por un instante. Me gustaría entrar ahí y levantarle los párpados. ¿A mamá?, ¿pero qué te pasa? Lo dijo como gritando en voz baja, temiendo acaso que alguien pudiera oírlas, y se agarró los brazos en un gesto que parecía denotar frío, sensación imposible en aquella sala donde no hacía ni frío ni calor. Se acercó al cristal y ambas miraron por unos segundos hacia adentro. El vidrio devolvía extrañamente una parte de su reflejo, cuatro mujeres quietas. Permanecieron así unos segundos, como si esperasen expectantes que se produjera un acontecimiento al otro lado del cristal y fueran a convertirse en testigos excepcionales de algo. Pero  lo único excepcional había pasado la noche anterior y las había reunido después de varios años en el tanatorio a esperar la llegada de la hora del traslado al cementerio del féretro con el cadáver de su madre. Te digo que no me importaría entrar y levantarle los párpados, y cuando vengan los señores de la funeraria les voy a pedir que me dejen un momento a solas.  Eso se puede hacer, ¿no?, es algo normal que una hija quiera despedirse de su madre, no sé, decirle algo, hablarle, darle un beso. Y no, no estoy loca, Celia. Tenlo por seguro. Desde aquel día de mi boda tengo esos ojos grises en la memoria y cuando pensaba en mamá nunca la veía con los ojos verdes. La mujer a la que la otra ha llamado Celia se sienta con gesto de cansancio en un sillón, coge uno de los teléfonos y con movimientos mecánicos manipula el teclado y mira la pequeña pantalla. ¿Va a venir Luis? La otra mujer no responde. Se sienta en un lado del pequeño sofá y echa la cabeza hacia atrás. No cierra los ojos y fija su mirada en el techo. Preferiría que no, además, ni siquiera creo que sepa que mamá ha muerto. Cierra los ojos y tiene la sensación de seguir viendo el techo. Se pasa la mano por el pelo y se frota rítmicamente los párpados que cubren sus ojos. Ahora lo ve todo negro con puntos brillantes que se mueven en ese fondo negro. Celia, estoy viendo fosfenos. La mujer a la que llama Celia la mira con una cara de cansancio en la que están empezando a hacerse visibles unas tenues ojeras. ¿Fosfenos? ¿Qué es eso? ¿No te acuerdas? le dice la otra mujer, aún con los ojos cerrados. Los fosfenos. Una noche, al poco de casarnos, en casa, cenando, Luis nos habló de un cuento que había leído de un escritor de Zaragoza que conoció en un bar de Barcelona y que había escrito un cuento sobre eso; se titulaba no sé qué de los fosfenos. Nos contó algo pero no le hicimos mucho caso. Luego, cuando Ángel y tú os marchasteis, me quedé recogiendo y ordenando un poco el salón mientras Luis se acostaba. Cuando acabé, estuve curioseando por los estantes de la librería pequeña, la que está junto al ventanal. En la balda de arriba había bastantes volúmenes de cuentos, casi todos de no más de doscientas páginas. Me costó un rato dar con el libro, y en la página 51 empezaba el cuento del que Luis nos había hablado en la cena. Me senté y lo leí despacio. Volví al índice y leí los títulos de los otros cuentos, luego cerré el libro y lo volví a abrir por el principio. La mujer habla pausadamente con los ojos cerrados, como si así fuese capaz de ver lo que refiere. La mujer a la que ha llamado Celia apenas la mira. En la página donde aparece el título había una breve dedicatoria en letra mayúscula y una fecha, escritas a pluma con tinta de color verde oscuro, de ese color verde tan bonito como el que siempre has usado para escribir. La fecha era enero de 1998. Pensé que podría leer el libro y lo devolví a su lugar y me fui a la cama. Luis no pareció sorprenderse cuando le dije que no me apetecía, que tenía el estómago revuelto, con mal sabor de boca. Como si hubiera vomitado langostinos.

La pequeña muerte

Dos manos, quizás una. Dos dedos, acaso uno. Una boca, también dos. Las miradas sobran, las manos son las que ven. Los labios hablan, callan las bocas. Y dibujos, recorridos por la piel con un destino conocido, a veces fingido, otras ignorado.

Hay un eco del temblor final que pronto se olvida, no os empeñéis en recordarlo, de nada vale. La geometría permanece, aunque no siempre hay simetría.

 

 

Giani Stuparich, La isla

Giani Stuparich, <em>La isla</em>

 

    A veces se encuentra uno con un libro cuya lectura lo reconcilia con la auténtica condición de ser lector. Tal es el caso de la breve novela La isla, del italiano Giani Stuparich (Trieste, 1891-Roma, 1961), un relato admirable, como afirma Claudio Magris en el posfacio, "de vida y de muerte, no conjurada sino mirada sin piedad cara a cara y resumida épicamente en el fluir de la vida".

    La brevedad del texto lo emparenta indudablemente con la lírica, con esa expresión de lo momentáneo, y la narración se va articulando de una manera aparentemente sencilla pero que en realidad encierra esa complejidad que los buenos lectores disfrutan, y a aquellos que no ahondaren tanto, tampoco les defraudará.

    La novela refiere un viaje que hacen un hijo y su viejo padre a la isla natal del Adriático para pasar allí unos días del verano, tal vez este sea el último viaje, la última oportunidad para que padre e hijo estén juntos. El hijo sabe que su padre está desahuciado, y aunque no ha hablado con él de su enfermedad de alguna manera atisba que su padre presiente un final cercano.

    El viaje a la isla y la estancia de varios días se cuenta en breves capítulos de apenas unas cuantas páginas. En esa isla sucede el encuentro entre padre e hijo, que hasta ese momento han vivido distanciados y ahora aquel descubre el cariño de este, y este ve en el padre lo que a él inexorablemente algún día le tocará vivir. Ciertamente, nunca llegamos a conocer a las personas del todo, y si se trata de familiares tal vez mucho menos.

    El abismo de la existencia, la vida, ese aprendizaje para la muerte, no dejan indiferente al lector en la lectura de esta breve pero intensa novela que hace realidad el tópico de cuando lo menos es más.

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He pasado el día de hoy en Toledo, junto con mis dos hijas. Allí viven mis padres y mi hermana y su familia. Hemos comido todos juntos. Cuando volvíamos del restaurante me he visto reflejado en la cristalera de un comercio caminando al lado de mi padre. Mi madre, unos metros más allá iba del brazo de mi hermana. Caminábamos al paso de unos ancianos de 87 años. Mi padre me iba hablando del sol y de la luz del mediodía después del frío del invierno. Por un momento la luz de Toledo me ha traído a la memoria la luz de esa isla de la novela.

En la comida he hablado con mi hermana de libros y de cine. Nos hemos recomendado algunos títulos, hablado de las manías de lector que tenemos... Los libros siempre acaban estando presentes en nuestra conversación.

Cuando nos hemos despedido he pensado en hablarle de esta novela. Estoy seguro de que la leerá algún día. No le he dicho nada. En el viaje de vuelta hacia Madrid, mientras la tarde declinaba, todavía permanecía en mi retina la luz de la ciudad que dejaba a mis espaldas y la imagen reflejada en el cristal. Ese cristal me ha devuelto mucho más que esa imagen.

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Giani Stuparich, La isla

Traducción de J. Á. Sainz

Edit. Minúscula. Barcelona, 2008. 119 págs. 13 €

Alan Bennett, Una lectora nada común

 

Raramente la literatura nos consuela, pero puede ser un espejo en el que mirarnos y reconocernos, un espejo a través del cual podemos establecer un fructífero diálogo con el texto y su contexto, con otros lectores y, en última instancia, con nosotros mismos: leer para leernos. La lectura entendida así contribuye a hacernos como individuos, a construirnos como personas, a entendernos, a levantar el armazón emocional e intelectual del que estamos hechos y  que estamos permanentemente haciendo.

Pero una cosa es la literatura y otra la lectura, de modo que podríamos considerar que existen dos modos de leer, dos tipos de lectura.

En primer lugar estaría una lectura que se proyectaría hacia el futuro, anticipatoria, en la que leemos otras vidas que nos ayudarán después a vivir la propia, pues leyendo se aprende de alguna manera a vivir en las vidas de otros. La lectura se convierte así en una auténtica educación sentimental.

En segundo lugar estaría una lectura hacia el pasado, en la que el lector trataría de encontrar una explicación a lo vivido, en una reconstrucción de la memoria tanto personal como social que en algunos casos puede llegar a cambiar la viuda a al lector. Y aún cabría considerar una tercera: la lectura sobre la marcha, irreflexiva o de puro entretenimiento, leer para pasar el rato, sin mayores pretensiones. Si en los años iniciales de formación, años de aprendizaje, prima la lectura anticipatoria, en la edad adulta predominaría la lectura retrospectiva.

Una lectora poco común, novela de Alan Bennett, es una deliciosa y divertida muestra de esa lectura hecha en la edad adulta que le cambia la vida al lector. A una lectora nada convencional en este caso, una mujer de más de ochenta años a la que podríamos incluso calificar de excepcional: la reina Isabel II de Inglaterra.

La novela relata el encuentro accidental de esta real mujer y mujer real con los libros. El argumento es muy simple: un día, persiguiendo a sus perros por los jardines de Buckingham Palace, cerca de las cocinas, un lugar que la reina no frecuenta, descubre la furgoneta de la biblioteca móvil municipal —lo que por aquí llamamos el bibliobús, vaya—, sube al vehículo para disculparse por el alboroto que han organizado los perros y decide llevarse un libro en préstamo. A partir de ahí, se le despertará una fiebre por la lectura que irá cambiando sus intereses y sus conversaciones, provocando el estupor de sus más directos colaboradores o de los jefes de Estado que la visitan.

En esa primera visita a la biblioteca ambulante conoce a Norman, un joven cocinero de las reales cocina con el que entablará una cómplice amistad con los libros de por medio. Norman le irá recomendando lecturas y la reina las irá leyendo con auténtica delectación. La novela arranca dejando claro que los gustos literarios de la realeza no existen, pues no pueden manifestar ningún tipo de preferencia que pudiera dividir al pueblo y excluir a la gente. Tal vez el lector pueda pensar que la reina sea una mujer culta o al menos amante de la cultura, pero su entorno protocolario la aleja de ello. La reina descubrirá en los libros otras vidas, otros sentimientos y otras experiencias que harán aflorar en su personalidad facetas hasta ahora insospechadas en  una mujer de su condición.

Incluso la propia reina se da cuenta de que algo está cambiando en ella:

“—La señora está cansada —decía su sirvienta, al oírla rezongar ante su mesa. Es hora de que la señora se tome un descanso.

Pero no era eso. Era la lectura, y había veces que deseaba no haber abierto nunca un libro y entrado en otra vida. La había echado a perder. O al menos la había echado a perder para su oficio.” (Pág. 62-63).

La novela es todo un homenaje al poder de la lectura para cambiar la vida al lector, de la capacidad transformadora de la buena literatura. Una historia deliciosa contada con fino humor e ironía, muy británica, en la que el autor indaga en la capacidad de la lectura en cambiar a una persona y hacerla más lúcida.

“Si le hubieran preguntado si la lectura había enriquecido su vida habría contestado que sí, sin duda alguna, aunque habría añadido con la misma certeza que al mismo tiempo la había vaciado de toda finalidad. En otra época era una mujer resuelta y segura de sí misma, que sabía cuál era su deber y tenía intención de cumplirlo todo el tiempo que pudiera. Ahora muchísimas veces estaba dubitativa. Leer no era actuar, eso era lo malo. Y a pesar de su edad era una mujer activa.

Volvió a encender la luz, tomo su libreta y escribió: «No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos». (Pág. 100-1001).

Una novela realmente recomendable.


Alan Bennett, Una lectora nada común.

Traducción de Jaime Zulaika

Edit. Anagrama. Barcelona 2008. 119 páginas. 13 €.

Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias

Antonio Orejudo, <em>Fabulosas narraciones por historias</em>

Esta novela de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) que ahora Tusquets ha rescatado del olvido (la primera edición es de 1996), es la historia de una turbulenta conspiración, la que en los años veinte del pasado siglo Ortega y Gasset dirigió para conseguir terminar de una vez por todas con la novela realista y que Galdós se hundiese totalmente en el olvido. Ortega, resentido por no haber podido triunfar, a pesar de haberlo intentado, en esta modalidad narrativa, se propuso desacreditar este modo de narrar poniendo en marcha una Generación Poética de los Años Veinte que impidiera el desarrollo de cualquier tipo de narración que no fuera la vanguardista y deshumanizada.

Ortega no quería acabar con la novela, sino deshumanizarla, eliminar de ella los personajes humanos y sus pasiones para así acabar con el realismo proveniente del diecinueve. En este asombroso y maquiavélico proyecto estaba incluida la creación de una editorial, la Revista de Occidente, para que fuera fagocitando a todas aquellas otras que publicasen novelas realistas. Como es sabido, el catedrático de Metafísica teorizó ampliamente en artículos y ensayos (recuérdese  en este sentido La deshumanización del arte), para crear este nuevo gusto literario, este nuevo arte, una nueva concepción de la novela en la que desaparecieran la trama y se desdibujasen los personajes. Se trataba de crear una minoría elitista, selecta, de jóvenes autores que con sus nuevas obras fueran dando cuerpo a la nueva deshumanizada literatura.

La Residencia de Estudiantes de Madrid es el centro del complot, y allí se adoctrinaba en este nuevo estilo artístico a los nuevos artistas, a los que luego la masa seguiría. Para ello, Ortega y sus secuaces no reparaban en nada, y si había que matar se mataba, quitando de en medio a todo aquel que se opusiese a este proyecto.

En la Residencia, en la que se aloja el poeta Juan Ramón Jiménez, se celebran conferencia a las que acuden, además de Ortega y el poeta andaluz, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala y Unamuno entre otros, pero allí también tienen lugar reuniones secretas de la llamada Junta de Apoyo a la Juventud y las Artes, en las que, además de Ortega, Juan Ramón y Gómez de la Serna, participa la plana mayor de la Residencia. En una de esas reuniones, la celebrada el 4 de noviembre de 1923, se decide, a petición de Juan Ramón Jiménez, dar entrada en el grupo de minoría a Dámaso Alonso y a Rafael Alberti.

La nueva generación de escritores que propugnaba Ortega era también un negocio fabuloso, y se aseguraba a quienes financiaban este empeño, pues gente hubo que soltaron la pasta por ello, que en quince años proporcionaría un Nóbel y un mártir.

En la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar viven tres amigos: Santos, Martiniano y Patricio, venidos de provincias a estudiar en Madrid. Patricio Cordero Pereda se ha empeñado en ser novelista, pues de casta le viene al galgo: su tío es el inmortal novelista José María de Pereda, quien se le aparece para convencerle de su talento literario y animarle a publicar la novela que tiene escrita. Pero Patricio se topa con esa conspiración en la sombra dirigida por el inmortal filósofo y todo se complicará hasta límites insospechados.

Y estos hechos suceden en el Madrid de los años veinte y treinta, años en los que el fascismo emergente convive con los movimientos obreros anarquistas y comunistas y los intentos de la República por acompasar España y Europa. En esa época y en los cafés, calles y tertulias del Madrid de aquellos años se desarrolla la historia de amistad de estos tres residentes que terminará rompiéndose como se rompió la República y las ilusiones de muchas gentes con el golpe militar del general Franco y la Guerra Civil.

Ahí también terminó la Generación del 27, pues, si bien todos los poetas continuaron escribiendo, a excepción de Lorca, fusilado en Granada en los momentos iniciales del levantamiento militar, lo hicieron diseminados y diezmados por el exilio, como Alberti y Cernuda, o acallados en el exilio interior, como Aleixandre y Dámaso Alonso.

Si quieren disfrutar leyendo, no lo duden: esta novela de Orejudo no les va a defraudar, ni el en fondo ni en la forma. Que no es poco para los tiempos que corren.

Entrevista al autor en el programa A vivir que son dos días (Cadena Ser)

Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias.

Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 379 páginas. 20 €.

Los progres, al descubierto (¡¡Por fin!!)

Ya está bien de seguir atado a esa rutina de ciudadano medio pendiente del saldo que aparece impreso en el resguardo del cajero a fin de mes, de continuar siendo una víctima del libre mercado, de padecer la globalización y creer que te puedes librar de ella, de ello, redimido por un boleto de lotería o unas columnas de primitiva.

Los tiempos oscuros están a punto de pasar a mejor vida y pronto conoceremos las claves para salir del oscuro agujero en que nos ha metido la historia, el euribor, las tendencias imparables del mercado y cómo se han puesto los precios.

Estamos a punto de conocer los secretos de esa clase de gente que pensabas que ya no existía, a la que creías sumida en el olvido de los nuevos tiempos: los progres. Sí, los progres, aquellos que cantaban esas canciones que aún eres capaz de tararear, los que se ligaban a la chica que te gustaba como quien no quiere la cosa, los que decían que ir a clase era un rollo, los que no estudiaban pero luego aprobaban más asignaturas que tú, los que se enrollaban con ese profe interino del departamento que les pagaba las cervezas en el bar de la facultad, aquellas cervezas que acabaron siendo certezas, pues ahora son los que dirigen esos departamentos, los mismos que viven en adosados en los barrios residenciales, hablan maravillas de su todoterreno, despotrican de la sociedad de consumo, el sistema capitalista y el cambio climático a la vez que pagan las cañas en la taberna de diseño con su visa oro.

Estos progres sin barba ni melena, sin trenca, con traje de Armani y pantalla de plasma, lista de la compra por Internet y ecuatoriana en casa recogiendo el dormitorio de los niños, que ahora votan a la gaviota sin un pestañeo, sin recordar los títulos de los libros de Marta Harnecker que se apilaban en su mesilla, y les ríen las gracietas a ese descubrimiento apellidado Pizarro, estos progres, digo, van a quedar expuestos a la mirada escrutadora de aquellos que lean este libro esclarecedor que puede cambiarles la vida. Sí, has leído bien: un libro que puede cambiar tu vida.

¡No desaproveches la oportunidad que este libro te ofrece por unos pocos euros!

Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos

Ian McEwan, Chesil Beach. Marejada en el dormitorio

Ian McEwan, <em>Chesil Beach</em>. Marejada en el dormitorio

Ian McEwan, Chesil Beach

Traducción de Jaime Zulaika

Edit. Anagrama. Barcelona 2007. 184 páginas. 16 €

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    El escritor Ian McEwan (Aldershot, Inglaterra, 1948) ha demostrado sobradamente su capacidad narrativa en la distancia larga (Expiación, 435 páginas), en la media (Sábado, 328 páginas) y ahora viene a corroborar sus excelentes dotes de narrador en la distancia corta con su última novela: Chesil Beach (184 páginas), todas ellas traducidas al español en la editorial Anagrama.

    McEwan es junto con Martin Amis (recuérdese Koba el Temible, magnífica novela-ensayo), Julian Barnes (la novela El loro de Flaubert y los cuentos de La mesa limón son buenas muestras de su quehacer), y Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día) la parte más sólida del grupo de novelistas que cierta crítica ha denominado el “dream team” de la narrativa británica actual o generación de los Young British Novelists. Estos autores han sabido conectar con un amplio público lector con textos atractivos y cuidados que en alguna ocasión han sido llevados al cine con  excelentes resultados. Y si recientemente hemos visto en pantalla la adaptación de Expiación, parece más que probable que pronto suceda lo mismo con la última novela de McEwan, legitimado por la crítica literaria anglosajona gracias a premios como el codiciado Booker en 1998, obtenido por Ámsterdam.

    La historia que se nos narra en Chesil Beach arranca con una pareja de jóvenes cenando en su habitación. Florence y Edward apenas llevan unas horas de casados y han ido a pasar su primera noche juntos en un hotel cerca de la playa de guijarros de Chesil Beach, al sur de Inglaterra.

    Edward, que había nacido en 1940, la misma semana en que empezó la batalla de Inglaterra, es licenciado en historia, y pertenece a una familia que está en los escalones más bajos de esa indefinible clase media. Su padre es director de una escuela de primaria y su madre, que vive en un caos mental a causa de un accidente que la tuvo unos días en coma, pinta cuadros que nunca llega a terminar y se pasa días enteros con la bata sin ocuparse de nada. “Daño cerebral” es la expresión con la que el padre le explicó un día al niño Edward el estado de su madre. En casa, las camas nunca se hacen, rara vez se cambiaban las sábanas y en el baño se acumula la mugre.

    Florence, una muchacha de clase media alta, es violinista. Su madre es profesora de Filosofía en la universidad y su padre un dinámico hombre de negocios. Viven en una gran casa elegante, con servicio, dos automóviles y comidas caras y sofisticadas. En ocasiones Florence acompaña a su padre en el barco al otro lado del Canal. Le apasiona la música y su ideal es dedicarse al cuarteto en el que de alguna manera se podría decir que lleva la voz cantante.

    En la Inglaterra de principios de los sesenta esta pareja son en muchos aspectos unos perfectos desconocidos el uno para el otro, y la perspectiva de una cama a unos pocos metros abre espacios de libertad hasta ahora insospechados. Es esta una época en la que hablar sobre las dificultades sexuales es poco menos que imposible, y en la que muchos jóvenes acudían al matrimonio vírgenes en todos los sentidos; apenas unas caricias era todo lo que el noviazgo había dado de sí en muchas parejas timoratas y educadas en esa moral que está entrando en sus momentos finales para dar lugar a una época nueva.

    Tal es el caso de Florence y Edward en las escenas iniciales del arranque de la novela, magistralmente contadas por un narrador omnisciente que nos va desvelando el ansia y la excitación de él ante la perspectiva de poder abrazar desnuda a la que ya es su mujer, esa mujer a la que apenas ha besado y acariciado tímidamente el pecho. Lleva más de un año pensando en ese momento en que una parte de él se alojará en una cavidad natural de ella, y el miedo al fracaso pugna con su deseo de éxtasis.

    Florence siente una angustia difícil de expresar, a la que intenta denodadamente sobreponerse; pero esta puede más que ella y experimenta una suerte de repulsión que no puede controlar. A su mente se precipitan palabras leídas en algún manual que se asocian inevitablemente al dolor: membrana, glande, penetración… Así es como el narrador va construyendo sutilmente esa corriente de pasión y deseo, repulsión y náusea, que parece que va a terminar arrastrando a estos personajes envueltos en el limo de la represión, los tabúes y las diferencias de clase.

    Edward y Florence son protagonistas involuntarios de los últimos estertores de ese tiempo de resabios postvictorianos que dará paso a una nueva época, en la que las relaciones personales se basarán en decir lo que realmente se piensa, en la que las palabras sinceras habitarán de manera natural en las parejas, al margen de códigos intransigentes y castradores. Edward y Florence son víctimas de ese tiempo agonizante en el que el sentimiento de culpa prevalecía sobre el placer, y ello les hará tomar una decisión que marcará el sentido de sus vidas.

    La novela se organiza en cinco capítulos en los que la mirada y la voz del narrador van superponiendo el presente y el pasado, para que el lector entienda en toda su dimensión lo que va a suceder en la habitación de ese hotel en el momento después de Edward deslizara su mano bajo el vestido de ella y la posase sobre su muslo, apenas rozando la tela de sus bragas.

    La trama es casi intrascendente en un principio, previsible incluso; pero el oficio del autor planea sobre el texto y el lector atento pronto percibe la tensión entre la pareja, el abismo emocional que se abre entre ellos y que se hace cada vez mayor a medida que son incapaces de comunicarse lo que realmente piensan y sienten, hasta la memorable escena de la playa, en el quinto y último capítulo. Es la resolución del final de la novela lo que la convierte en un texto espléndido y contradictorio. Pero permítaseme dejar aquí las cosas, no vaya a ser que acabemos desvelando demasiadas claves de lectura, y le arrebatemos al lector su incuestionable privilegio como tal: ser el que tenga la última palabra.

    Mi hermana me ha dicho que “cuento demasiado” en estas reseñas, y que eso compromete en exceso la lectura. Bien, espero que este no haya sido el caso, y, si algún día decide leer esta novela, que en su lectura le acompañe el ruido de fondo de las olas lamiendo los guijarros de Chesil Beach y mis comentarios no le impidan disfrutar de la emoción de esta pequeña gran novela.

    PS: Parece ser que Pedro Almodóvar está trabajando en la adaptación cinematográfica de esta novela. Ya veremos qué hace el manchego con ella…

    Aquí pueden leer el primer capítulo o descargárselo en formato pdf.

El autor habla de su obra:

Parte 1

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Parte 2: