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Leyendo a la sombra

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.

¡¡UN OCUPA EN EL BLOG!! ¡¡AHHHHH!!

¿Pero qué es eso verde fosforito de la derecha?
¡Será posible! ¡Habrase visto! Se va uno quince días y te encuentras a la vuelta un ocupa en el blog. Y además ¡¡es mutante!! Esto del Goooooooogle debe de ser la manifestación nueva (y hortera) del Gran Hermano. Lo del color verde y mutante me da mala espina, esto no puede acabar bien. ¡Pero qué hecho yo, que he sobrevivido a los ataques de las procelosas medusas de Roquetas, y vuelvo y me encuentro en el blog con esto!
...........
Denme tiempo a que me reponga (y sobre todo a que vea cómo puedo quitar eso). Por cierto: alguno de ustedes saben cómo se quita. Claro que en este momento estoy pensando que no hay efecto sin causa: o sea: ¡¡que lo he puesto yo!! ¿Pero cómo, dónde, cuándo, cómo, por qué y para qué? La duda me atenaza y me corroe. Ya me lo decía mi madre: eres un enreda...

VOLVERÉÉÉÉ...
Martes, 02 de Agosto de 2005 23:22 #. Miscelánea Hay 3 comentarios.

HIROSHIMA, 6 DE AGOSTO DE 1945, 08:15 HORAS.

Hiroshima.jpgUN RESPLANDOR SILENCIOSO
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Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masazaku Fujii se acomodaba las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.
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Así empieza el relato de aquellos hechos que escribió el corresponsal de guerra de la revista Time John Hersey.
El libro fue originariamente un reportaje publicado en 1946 y en él se reconstruye de una manera sobria la historia de seis supervivientes desde el momento mismo de la explosión hasta años después, cuando las secuelas psicológicas y físicas afectaban a miles de personas.
El texto nos habla de esos supervivientes a una situación de extrema violencia, que han vivido terribles momentos de dolor y angustia imposibles de comparar a nada vivido o conocido hasta entonces. Esa experiencia fue tan terrible que no fue posible en muchos casos que quienes las vieron fueran capaces de contarlas, no tenían palabras, no había palabras que fueran capaces de contener esa experiencia tan atroz. Este es, de alguna manera, uno de los méritos del libro de Hersey: dar voz al sufrimiento de las víctimas para contrarrestar en parte su silencio.
En estos días en que las televisiones recuerdan con imágenes los bombardeos atómicos a que fue sometido Japón, en que se discute la necesidad de lanzar aquellas bombas, no estaría de más la lectura de las vivencias de estas seis personas que nos relata Hersey. Ellos estuvieron allí, ellos lo vivieron todos y cada uno de los días de sus vidas.
Akiya Utaka, un poeta que sobrevivió ese seis de agosto escribió:
Todo lo que creo
son las palabras dentro del silencio,
palabras atestadas de peligro.
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John Hersey, Hiroshima. Edit. Turner; Madrid 2002. 184 páginas.
Martes, 09 de Agosto de 2005 18:26 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.


Rogelio, suites para violonchelo en los atascos de Madrid

La vida de Rogelio es verdaderamente ejemplar. Rogelio es taxista en Madrid, la ciudad que lo vio nacer, como él dice.
—A mí lo de natal, qué quiere que le diga, pero me suena empalagoso.
Aunque también podríamos decir de él que es un estoico, definición que la mayoría de sus compañeros de profesión tal vez no entenderían. La vida de Rogelio transcurre durante muchas horas en su taxi, su pequeño mundo.
—Alguien dijo que hay otros mundos, pero que están en éste —dice desplegando la mano abierta—. El taxi es un trabajo en cierta manera solitario, y esa soledad da para pensar mucho. Como los pastores, ¿verdad?, aunque ya pocos deben de quedar.
No sé en qué puede pensar Rogelio en sus ratos de soledad, pero casi con seguridad deben ser pensamientos profundos, o así me lo pareció la mañana en que me cruzó Madrid de parte a parte. Nada más entrar en el coche vi dos periódicos, creí que alguien se los habría dejado olvidados y así se lo hice saber, me respondió que los había comprado él.
—Los dejo ahí para que el cliente les eche un vistazo.
Cuando leía por encima los titulares reparé en la música que sonaba en el coche, la reconocí enseguida: una de las suites para violonchelo de Bach. No pude resistir hacer un comentario trivial y le dije que la música que tenía puesta era muy bonita.
—El chelo templa los nervios en estos atascos. No hay nada mejor.
Me dijo que le gustaba la música clásica y el jazz, y tuvo la deferencia de no citar intérpretes, pero estoy seguro de que podría haberlo hecho perfectamente; en lugar de eso se limitó a señalar indolentemente una colección de compactos que tenía sobre el asiento del acompañante, junto a una caja con monedas para el cambio. Mientras Madrid parecía licuarse bajo el sol de agosto en una mañana de agobiante calor el taxi de Rogelio serpenteaba por las calles de la ciudad y el viajero agradecía no escuchar a los contertulios de turno que le obligan a uno a conversar con el conductor y arreglar el país a gritos en un trayecto.
A pesar de que esta ciudad es una obra total, a pesar de que el tráfico de agosto es puro surrealismo, Rogelio en ningún momento hizo referencia alguna a las políticas de nuestro alcalde en lo que al tráfico se refiere —movilidad se llama ahora el asunto, incluso hay un concejal dedicado al tema: concejalía de movilidad, en serio—, y cuando le pregunté maliciosamente qué opinaba, se limitó apenas a encogerse de hombros y señalando una de las incontables vallas que nos separan de las máquinas me dijo que había que aguantarse, que después de los inconvenientes vendrían las ventajas y que las obras beneficiaban a los habitantes de la ciudad. Le insinué maliciosamente que quizás algunas de estas obras obedecían a extraños intereses económicos y que no tenía claro que fueran a suponer realmente algún beneficio. Rogelio me miró por el espejo retrovisor pero no dijo nada. Estábamos llegando al final del recorrido y buscaba en mi cartera el dinero para pagar la carrera. Unos metros antes de mi destino Rogelio aprovechó uno de esos impagables momentos de atasco en los que la masa metálica de coches dormita al sol para girarse hacía mí y con una amplia sonrisa me dijo:
—¿Sabe? Esto de las obras sería realmente insoportable si no fuera algo que sirviera verdaderamente para hacer mejor la ciudad. Eso es lo que creo y lo que quiero creer, que esto algún día mejorará y todos nos beneficiaremos de alguna manera. Creo en ello de una manera profundamente democrática. Por supuesto que en mis horas bajas soy un pesimista y pienso entonces todo lo contrario; pero ya le digo, estas obras las sufrimos todos, pero también nos beneficiarán a todos, ¿no cree? Democracia pura y simple, a pesar de Flaubert.
Pagué y cambié una suite de Bach por el ruido de las tripas de Madrid y una bocanada de calor. Lo de Flaubert no me cuadraba. Me volví y en unos pasos alcancé el taxi, golpeé suavemente la ventanilla del conductor.
—¿Qué ha querido decir con lo de a pesar de Flaubert? —Pregunté. El semáforo apenas permitía a la mesa metálica avanzar lentamente y me puse a caminar junto al vehículo. Rogelio bajó el cristal. Le repetí la pregunta.
—Flaubert dijo que el mayor sueño de la democracia consiste en elevar al proletariado hasta el nivel de estupidez de la burguesía.
Cuando entré al despacho anoté en la agenda su nombre, que había leído en la tarjeta de identificación del conductor. Hice memoria pero fui incapaz de recordar los apellidos. Antes de abrir el ordenador y leer el correo le pedí a la secretaria que llamase sobre las doce al taller, a ver si ya estaba terminado el coche.
Miércoles, 10 de Agosto de 2005 17:58 #. Vidas ejemplares Hay 12 comentarios.


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