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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005.

Novela, mercado y el nuevo concepto de lector

Para la mayoría de los lectores la lectura de una novela es, sobre todo, una vía de esparcimiento y sus expectativas de distracción se ven cubiertas sobradamente con novelas convencionales que poco o nada aportan a la Literatura. Estas novelas están en la mayor parte de los casos correctamente escritas, sus autores son novelistas con oficio, y conectan fácilmente con la sensibilidad del lector porque le cuentan cuestiones de la realidad social, de las relaciones de pareja, del mundo laboral, etc., que a aquél le llegan a resultar medianamente interesantes, y en las que fácilmente tiende a reconocerse.

Algunas de estas novelas han adquirido o están adquiriendo una cierta relevancia y sus autores una cierta significación, que se deben a factores extraliterarios relacionados con las leyes de la promoción y del mercado. Esto es una clara manifestación del poder de una industria editorial desarrollada en los años noventa, asociada en algunos casos a poderosos grupos de comunicación, y que dictamina qué es bueno y qué debe leerse, con criterios ajenos, en la mayoría de las veces, a esquemas propiamente literarios. Se impone el mercado en detrimento de la literatura, tal y como vienen a evidenciar la promoción mediática de la última novela de Pérez Reverte o los premios Nadal y Planeta de Lucía Etchevarría.

Es cierto que ahora en España se venden más libros que antes y se lee más que antes, y posiblemente se esté editando por encima de la demanda real del mercado. Una visita a la Feria del Libro de Madrid bastaría y sobraría para comprender que es casi imposible que todo lo que se publique sea leído, o que alguien pueda estar al día en narrativa española actual.

Cuestión muy diferente es qué se lee, es decir, la calidad de lo leído. Que tenemos actualmente una gran oferta narrativa es indudable, pero deberíamos preguntarnos por la calidad de lo que se publica. No creo equivocarme mucho si afirmo que la calida de la novela española actual deja mucho que desear. Es esta una apreciación de lector que se empezó a interesar seriamente por la novela española ya en la década de los ochenta y que pocas veces tiene ocasión de leer novelas que reconozca como buenas y que sean capaces de aguantar el juicio de la posteridad, de nutrir la conciencia, de desempeñar una función esencial en la creación de la vida interior, novelas que no nos dejen indiferentes, que perduren en nuestra conciencia de lector días y semanas después de haber sido leídas y que algún día podamos revisitar renovando y aumentando las sensaciones que un principio nos provocaron; novelas, en fin, que tengan la capacidad de nutrir a los lectores, a los verdaderos lectores, como afirmó Susan Sontag en su discurso de los Premios Príncipe de Asturias.
Afirma Nuria Amat que “el desprestigio que, desde el punto de vista de calidad literaria, sufre la novela tiene su origen, en parte, en las leyes devoradoras del mercado y en la banalidad que impregna la cultura de la sociedad moderna. Estas causas han hecho que se considere la novela como el más frívolo de los géneros literarios y que los novelistas seamos vistos y utilizados como marionetas mediáticas. Símbolos o marcas de una realidad social cada vez más ruidosa e impostada, dispuesta a servirse de la novela como trampolín publicitario de sus productos de mercado.” ("La enfermedad de la novela". Diario El País, martes 13 de noviembre de 2001).

Ciertamente, en el mundo de hoy la novela se ha convertido en una esclava de los grandes grupos mediáticos, y sus autores en novelistas que se acaban asimilando a esos grupos como columnistas en sus diarios, asesores de sus editoriales, colaboradores en sus programas de radio y televisión y algunos hasta llegan a convertirse en escritores de novelas que terminarán siendo inevitables guiones cinematográficos. La imagen del escritor rebelde, del enfant terrible, opuesto al sistema, ha pasado a mejor gloria. Ahora los autores se arriman a la sombra protectora de esos grandes grupos de comunicación o se convierten en funcionarios de un Estado generoso con los que se supone que debían militar en la disidencia (1).
Como muestra de esa relación perversa entre novela y grupos mediáticos, no quiero dejar pasar la ocasión de referirme someramente a la vergonzosa salida del crítico Ignacio Echevarría del suplemento Babelia del diario El País por haber criticado duramente la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista. La novela apareció en el sello Alfaguara, editorial del grupo Prisa, propietario también de El País, y el director del periódico zanjó la cuestión de manera meridiana censurando al crítico y dejando claro que Atxaga es un autor “blindado” para Prisa. Aunque el asunto circuló ampliamente por Internet, donde aún quedan rastros, remito al lector interesado al reciente libro de Echevarría, donde encontrará cumplida noticia de este asunto y de otros de no menos interés.(2)
La novela actual adolece en demasía de facilidad, y esa facilidad está en relación con el cambio operado en el concepto de lectura y en las exigencias del lector. En este sentido, creo que nos deberíamos hacer dos preguntas: ¿para qué se leen novelas? y ¿para qué sirve la novela? Intentaré dar respuestas simples a preguntas complejas, aun a riesgo de simplificar en exceso.

¿Para qué se leen novelas? Muchos lectores, si no la mayoría, leen novelas para divertirse, porque la literatura y la novela, sobre todo, tienen que ser algo divertido, algo entretenido en sí mismo. Esto es una falacia mercantilista que emparenta lo bueno a lo divertido, y consecuentemente a lo fácil. Supone, más que nada, una actitud ante la lectura: si la novela me gusta, me divierte, merece la pena. Pero el peligro de esta superficialidad es que abona el terreno de lo costumbrista, de lo anecdótico, lo previsible, lo trivial, en detrimento de una lectura del texto narrativo emparentada con el conocimiento, la formación, una lectura que no nos dé tregua, que nos instale en las preguntas, que nos perturbe. Una lectura, en fin, que sea constructora del sentido del texto, una lectura que en cierta manera sea capaz de cambiar la vida del lector.
La relación mercado/literatura ha originado un nuevo tipo de lector, un lector que busca la satisfacción inmediata, casi instantánea, sin excesivas complicaciones, atento a los premios y a los lanzamientos, que consume lo que aparece en los estantes de novedades de las librerías, poco exigente, con escasas pretensiones. Lee, o más bien consume, una novela “fácil”, de recompensa inmediata.
Para matizar el concepto de novela fácil quiero recordar lo que dijo Milan Kundera: me gustan las novelas fáciles de leer pero difíciles de entender. Creo que debemos entender esta idea en la línea que propugna Félix de Azúa (3): la novela es un artefacto artificioso pero no tiene por qué ser complejo, es complejo aquello que requiere un conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado, y descubrir y aplicar ese código incorporado es el auténtico reto del lector, ahí radica la dificultad a la que se refiere Kundera.

No estoy propugnando una novela hermética, destinada a especialistas, con claves que hagan de la lectura una reconstrucción poco menos que detectivesca propia de un curso de doctorado. No. Me alineo con Kundera: una novela que sea fácil de leer pero que su desentrañamiento nos haga entrar en diálogo con el texto, un diálogo lleno de posibilidades, que nos lleve a preguntas más que a respuestas.
En cuanto a la segunda pregunta, ¿para qué sirve la novela?, he de reconocer que es lo mismo que si me preguntara por la literatura o por la pintura, por lo que no creo que sea fácil elaborar una respuesta medianamente aceptable. Si creemos que la novela sirve sólo para divertirnos, para distraernos, estaremos concibiendo su lectura como un pasatiempo más, reduciendo el texto a un esquema próximo a otros sistemas de diversión muy atractivos y eficaces y relacionados con la imagen, de entre los que destaca el cine. Y sospecho que en este terreno la novela está perdiendo la partida entre los más jóvenes.

Pero, como dije más arriba, respuestas sencillas a preguntas complejas. Podríamos convenir que la novela sirve para proporcionar un placer de orden intelectual al lector en el transcurso de su lectura y para ayudarle a entender un mundo que no acaba de entender, para ponerle ante sí el reto de la lectura y sentirse coautor de lo narrado, para nutrir el alma, para entender que la ficción es necesaria, para mirar hacia fuera y ver dentro de uno mismo, para leer la vida, para vivir más vidas... para llegar a pensar, en fin, que la novela y, por extensión, la Literatura es algo necesario.

(1) Rafael Chirbes, El novelista perplejo. Edit. Anagrama, Barcelona 2002.
(2) Ignacio Echevarría, Trayecto. Un recorrido crítico por la reciente narrativa española. Edit. Debate, Barcelona 2005.
(3) Félix de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama, Barcelona 2003.
Viernes, 03 de Junio de 2005 22:52 #. Miscelánea Hay 4 comentarios.

El realismo honesto de Antonio Ferres

El realismo sigue vigente, y más aún en estos tiempos que corren de incomunicación y de mensajes no solicitados que constantemente nos asaltan envueltos en miles de imágenes, configurando así toda una ceremonia de la confusión. Me refiero al realismo narrativo o, si se quiere, a la novela realista o de corte realista.
Este realismo se manifiesta especialmente en aquellas novelas que contienen una ética que les confiere el difícil estatuto de novelas auténticas, de esas que el lector reconoce como verdaderas obras de arte de la escritura narrativa, aquellas que contienen en sí mismas un universo único, cerrado y completo. Novelas que de alguna manera aspiran a la totalidad, novelas bien armadas, que arrastran en su lectura al lector más exigente y dejan lesionados por el camino a los más apresurados; novelas en las que brilla una prosa poderosa, de limpia factura, de tal manera que discurso e historia se encuentran a la par, sin que uno prevalezca innecesariamente sobre el otro; así, el discurso está al servicio de la historia en la medida que ésta lo está al servicio de aquél.
El lector de estas novelas, obviamente el buen lector, enseguida percibe la dimensión del texto, su auténtica naturaleza, y se siente deudor con su autor, pues reconoce en su escritura un acto de intención que lo implica a él y sólo a él: la configuración de un mundo que existe en el texto en la medida en que también existe en el imaginario del lector. Lector y texto configuran así un diálogo de significados profundos a partir de significantes explícitos e implícitos. El sentido del texto reconocido por el lector, coincide o se acerca al sentido del texto concedido a éste por el autor. La lectura de la novela se convierte entonces en un acto de reconocimiento de sentido fruto de una indagación. Como ejemplo de lo dicho podría citar la novela de Almudena Grandes Los aires difíciles, de la que probablemente hablaré en otro momento, pues ahora quiero hacerlo de Antonio Ferres y de dos novelas suyas recientemente publicadas: La piqueta y Los vencidos.
La carrera literaria de Antonio Ferres comenzó en 1954, año en que obtuvo el Premio Sésamo de cuentos. Por esa época de los últimos años cincuenta y primeros sesenta empezaba a triunfar la llamada novela del realismo social o socialrealismo — Jesús López Pacheco, Armando López Salinas, Alfonso Grosso y el propio Ferres, principalmente—, que había estado precedida por el realismo crítico u objetivo de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Ana María Matute, García Hortelano y Sánchez Ferlosio, entre otros.
Conviene recordar ahora que, mientras los autores del realismo crítico han obtenido o recuperado un lugar de prestigio y respeto en la historia de la literatura española del siglo XX, los novelistas del realismo social fueron enjuiciados negativamente —salvo alguna excepción— porque habían caído en una literatura excesivamente politizada y poco literaturizada (generación de la berza). Una literatura que da testimonio de los más desfavorecidos, de los perdedores de la guerra, los represaliados, siempre ha resultado incómoda.
Es por ello que creo que en estos momentos en los que la figura del escritor comprometido, enfrentado al sistema, ha sido sustituida por el complaciente y asimilado, se debe agradecer la publicación de esas dos novelas de Antonio Ferres.
Nace Antonio Ferres en Madrid, barrio de Argüelles, en el invierno de 1924. Recuerda en sus memorias que cuando acaba la Guerra Civil contaba quince años y en 1940 empieza a trabajar en el Servicio de Recuperación Artística y a la vez estudia para entrar en la Escuela de Peritos Industriales donde conoce a Jesús López Pacheco. Con éste y otros amigos, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, frecuentan tertulias y recitales de poesía en los que entran en contacto con opositores al franquismo.
En los cincuenta empieza a trabajar en el Laboratorio Central de Materiales de Construcción, allí conocerá a Armando López Salinas, del que se hace buen amigo. Por esa época conoce también a Juan Eduardo Zúñiga, a Juan García Hortelano y a Rafael Conte.
En el 56 tienen lugar las primeras protestas del movimiento estudiantil, uno de cuyos cerebros, según informes de la Brigada Político Social, era Enrique Múgica Herzog, militante del PCE por aquellos años. También fue detenido en una de aquellas redadas Luis Martín Santos, que dentro de unos años publicaría la novela que puso fin oficialmente al realismo social, Tiempo de silencio. Por aquella época tuvo lugar el Congreso de Jóvenes Escritores, con participación de Ferres y Pacheco.
En 1957 realiza un viaje a las Hurdes con López Salinas, quien le puso en contacto con el Partido Comunista. Ambos relatan ese viaje en el libro Caminando por las Hurdes, editado en 1960. En 1958 López Pacheco había publicado una de las novelas fundamentales del realismo social, Central eléctrica; al año siguiente Ferres publica La piqueta y seguidamente se publican La mina, de López Salinas, y La zanja, de Alfonso Grosso. Fue por esa época, finales de los cincuenta, cuando Juan Goytisolo, acompañado de Simone de Beauvoir y de Florance Malraux, Hija de André Malraux, visita Madrid y recorren bares y tertulias con Ferres y López Pacheco.
En 1964, se marcha a Francia, y de ahí a México, donde ejerce de profesor y traba amistad con Max Aub. De México marcha a Estados Unidos, a la Universidad de Illinois. Hace esporádicos viajes a España en los setenta, a donde regresa en 1976, encontrándose con una sociedad disparatada y extraña, según sus propias palabras.
Actualmente reside en Madrid, donde se le puede ver pasear con su barba blanca por el Barrio de Maravillas.

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Aunque la novela del realismo social, o socialrealismo, fue sistemáticamente menospreciada, también produjo obras de un importante valor artístico, a pesar de las urgencias por la denuncia. Este es el caso de Antonio Ferres, un autor honesto, del que recientemente se han editado, como dije antes, dos novelas: La piqueta y Los vencidos, así como el primer tomo de sus memorias, Memorias de un hombre perdido.
La piqueta, publicada con éxito en 1959 —un buen momento para la novela con carga social—, está escrita con una clara voluntad testimonial: el novelista testigo de su época. La historia es muy simple pero muy dramática. Una familia de inmigrantes de Jaén, que vive en una chabola de Orcasitas, en el extrarradio de Madrid, recibe la noticia de que su casa será derribada por el Ayuntamiento. A partir de ese momento, la familia que habita la casa se siente perdida, en la incertidumbre de no saber qué será de ellos. Esa familia forma parte de los vencidos en la guerra, y aunque esto no se diga de manera explícita, es fácilmente deducible por el lector atento.
Creo que la novela puede tener sentido en los tiempos que corren, y no sólo como documento histórico —la España de la autarquía— y literario —la novela del realismo social—, sino también por el compromiso ético y político de denuncia de su autor de una sociedad sometida por una dictadura. Había que contarlo y contarlo así, a la manera de Antonio Ferres.
La segunda novela, Los vencidos, es un caso ciertamente extraño en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Escrita en 1960, hasta ahora no había sido editada en España y ha estado todos estos años sumida en un olvido forzoso, a pesar de haber sido traducida a diversas lenguas.
La novela, que se inicia en los últimos días de la Guerra Civil en Madrid y finaliza con la victoria de las potencias aliadas sobre el eje y las expectativas de una intervención en España por parte de las potencias democráticas, se centra en la historia de tres personajes: Asunción, cuyo marido ha sido hecho prisionero en la caída de Madrid; Vidal, médico catalán compañero del marido de Asunción en las cárceles franquistas, y Miguel Armenteros, oficial de prisiones, antiguo oficial franquista cuyo padre fue fusilado por los republicanos.
Estos personajes se articulan en dos bloques narrativos. El primero en torno a una esperanza individual: Asunción espera encontrar vivo a su marido. El segundo, en torno a una esperanza colectiva: que los aliados acaben con el régimen de Franco y devuelvan a España la democracia. Ambas resultan fallidas.
El narrador narra con tono documental la tragedia individual y colectiva de la Guerra Civil, no exento de toques de lirismo que el lector puede apreciar en otros textos de Ferres, y deja que hablen los personajes (el diálogo es uno de los aciertos de la novela) y es a través de ese diálogo como se va levantando la tragedia de lo narrado.
Leer ahora esta novela no es un intento estéril de recuperación de un pasado que definitivamente no fue mejor, sino un acto de justicia y reparación por una parte de un novelista que dice tanto o más por lo que calla que por lo que cuenta, y por otra de una tendencia narrativa que intentó en unos tiempos difíciles, mediante la denuncia de las amarguras y penalidades de los más desfavorecidos, contribuir a la construcción de un mundo más justo. Los tópicos también se rompen leyendo.
Domingo, 05 de Junio de 2005 19:45 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 6 comentarios.


El final de los años de plomo

Camilo José Cela empieza a alumbrar el oscuro panorama narrativo de posguerra en el año 1942 con el tremendismo de La familia de Pascual Duarte. La novela logró pasar la censura pese a contener asesinatos, matricidio, prostitución y adulterio; y fue calificada en el semanario “Ecclesia”, órgano de la iglesia católica española, con un (3), lo que equivalía a “dañosa para la generalidad” y allí se dijo de ella lo siguiente:
“Obra literaria notable; no se debe leer, más que por inmoral, que lo es bastante, por repulsivamente realista. Su nota es la brutal crudeza con que se expresa todo, incluso lo deshonesto, alrededor del relato que hace un condenado a la última pena de su vida y la de su familia. Contagiada del fatalismo ruso, llegan sus personajes al crimen contra su propia voluntad; y en el duro y desconsolador ambiente y en el moroso detalle superan el horror y al repugnancia: el asesinato de una madre por su propio hijo”.
En noviembre de 1943 fue prohibida la segunda edición, pero la policía apenas encontró ejemplares, pues la novela ya había sido distribuida.
En el otoño de ese mismo año, el falangista Rafael García Serrano había publicado en la Editora Nacional la novela La fiel infantería, novela de guerra desde el bando nacional. Fue prohibida en enero de 1944 pues existió un Decreto del Arzobispo de Toledo, Enrique Plá y Daniel que la atacaba duramente:
“Es deber gravísimo de los Obispos el vigilar los libros que se publican, condenando aquellos que, por sus doctrinas o por la licencia de su lenguaje y narraciones inmorales, pongan en peligro la fe o las buenas costumbres de sus lectores [...] El Gobierno dispensará apoyo a los Obispos cuando hubiera de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos.
Examinada serena y objetivamente la novela La fiel infantería de D. Rafael García Serrano, resulta:
1º Que se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud.
2º En la novela se describen varias veces escenas de cabaret y de prostíbulo.
3º Está salpicada toda la novela de expresiones indecorosas y obscenas.
4º Aun cuando varios personajes de la novela manifiestan sentimientos religiosos aparecen éstos como algo rutinario; y al lado de ellos se destacan muchas expresiones de sabor escéptico volteriano y de regusto anticlerical, aun en labios de soldados nacionales.
Por todo ello, la lectura de esta novela resulta muy nociva para la juventud, debilitando su fe, su piedad y la moralidad de costumbres; por lo cual, así lo declaramos y denunciamos oficialmente, cumpliendo nuestros deberes pastorales.
Se nos ha comunicado antes de la publicación de este Decreto, y lo recogemos con satisfacción, la Vicesecretaría de Educación Popular había ordenado la recogida de los ejemplares que aún quedasen de la edición y prohibido publicar nuevas ediciones en tanto no sea la novela satisfactoriamente corregida.
Toledo, 15 de Enero de 1944. ENRIQUE, Arzobispo de Toledo”.
En 1952 Cela publica La colmena. La novela había salido el año antes en Argentina. El primer informe de la censura lo hace Leopoldo Panero, quien benévolamente enjuicia la obra y la califica como “de considerable valor literario”. Pero alguien, descontento con este informe, y considerando el precedente del Pascual Duarte, decidió que el texto pasase a un censor más cualificado, el Padre Andrés de Lucas Casla, quien emite el siguiente veredicto:
“¿Ataca al dogma o al moral? Sí. ¿A las instituciones del Régimen? No. ¿Tiene valor literario documental? Escaso. Razones circunstanciales que aconsejan una u otra decisión: Breves cuadros de la vida madrileña actual hechos a base de conversaciones entre los distintos personajes, a quienes une una breve ligazón, pero sin que exista en esta mal llamada novela un argumento serio. Se sacan a relucir defectos y vicios actuales, especialmente los de tipo sexual. El estilo, muy realista a base de conversaciones chabacanas y salpicadas de frases groseras, no tiene mérito literario alguno. La obra es francamente inmoral y a veces resulta pornográfica y en ocasiones irreverente”.
Cuando la novela sale en Argentina, dice el autor: “me expulsan de la Asociación de la Prensa de Madrid y prohibieron mi nombre en los periódicos”.
También en ese año de 1952 se publica La noria, de Luis Romero. Pero la cosecha narrativa de ese año trajo otros frutos: Juan Goytisolo ganó el premio “Joven literatura” con El mundo de los espejos, y Jesús Fernández Santos obtiene con Los bravos una brillante clasificación en el Nadal; por cierto, también estuvo bien clasificado Mario Lacruz.
La guerra civil iba quedando cada vez más lejos. Los años cuarenta constituyeron la unión de nuestra particular posguerra con otra posguerra, la mundial. Son los años de plomo de una novela orientada por la Iglesia y sometida a una férrea censura, años en los que escritores como Rafael García Serrano marcan la pauta:
“No es nada para nosotros la Literatura, ni el Arte, ni la Música. Nada nos importa pasar por el mundo sin otra huella que la de las botas de clavos, que la de la cruz en un rincón, que la removida huella de una tumba ocasional. No aspiramos a consagrarnos por la obra maestra, por el verso que sentimos y no tenemos tiempo de escribir, por el cuadro que vemos y no podemos pintar, por la estatua que tantea, hermosa y desnuda, nuestra imaginación, mientras la piedra que la contiene nos sirve de parapeto. La misión única de los que ahora vamos bajo la bandera hispana es conseguir un siglo útil para la Patria” (27/6/1943).
Pero en 1952, además de La colmena y las otras novelas citadas apareció también Helena o el mar del verano, la única y extraordinaria novela de Julián Ayesta, que se dio a conocer como poeta y narrador en la revista Garcilaso.
Esta nouvelle (apenas 90 páginas) es un relato lírico, presentado desde la evocación del narrador protagonista, que se inscribe en la tradición del idilio en prosa, inspirado en Daphnis y Clhoe, pero idilio interrumpido cuando el amor adolescente todavía no ha entrado en fase definitiva.
Como contrapunto al caleidoscópico y áspero poderío narrativo de La colmena, traigo aquí el lirismo impresionista y sensual, el inicio del deseo, los prolegómenos del amor, de la novela de Julián Ayesta en sus líneas iniciales e iniciáticas. Los años de plomo habían definitivamente terminado.
Déjense, como en esos cuadros con que de vez en cuando nos obsequia Vailima, conducir a lo demás...
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El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las manchas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y de los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz —los grandes persiguiendo a los pequeños— corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas. Y por la tarde había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza. Y los hombres se reían de medio lado porque tenían un puro en la boca y hablaban y se reían como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva y todo entre una nube azulada de humo. Y era muy bonito ver cómo el color del humo iba cambiando según le diera el sol. Y como era el día de la Asunción de nuestra Señora los niños habíamos ido a tirar pétalos de rosa a la Virgen y sonaban las gaitas, y los voladores, y los violines y la voz de los cantores ya dentro de la iglesia. Y olía todo a incienso, y a flores, y a rosquillas, y a churros, y a la sidra que estaban echando los hombres en el campo de la Iglesia y al vestido nuevo. Y después todos corrimos a los automóviles y todo empezó a oler a gasolina y vinieron con nosotros los curas (que no se dice “curas”, se dice “señores sacerdotes”) que habían dicho la misa cantada a comer. Y antes de empezar la comida nos apretaban lo carrillos y nos preguntaban cómo nos llamábamos y si sabíamos qué día caía nuestro santo y si era un Santo Confeso o un Santo Obispo o una Santa Virgen o un Santo Eremita (¿qué es eremita?) y los paganos los echaban a los leones del Circo Romano. Y los sacerdotes olían muy suave, muy diferente a las demás personas mayores porque eran Ministros de Dios y discutían porque los querían hacer servirse los primeros, y decían:”No faltaba más”, y tío Arturo decía:”Ande, ande, sírvase usted, don José, que ya sabemos todos que tenemos la mitra en casa”. (¿Qué es la mitra? “Los niños, a callarse”.) Y todos se reían y don José empezaba a hablar tartamudeando: “Home, por Dios; home, por Dios...” pero todos seguían riéndose y los niños también, pero con la cara tapada con la servilleta.
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Julián Ayesta, Helena o el mar del verano. Edit. El Acantilado, Barcelona.
Jueves, 09 de Junio de 2005 11:03 #. Las lecturas del lector a la sombra No hay comentarios. Comentar.

El rito de paso de la Selectividad

Hoy viernes han terminado los exámenes de la famosa Selectividad o PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). Después de la tensión acumulada, la incertidumbre, las noches y días de estudio, el calor... llega la liberación y las vacaciones bien merecidas, siestas, lecturas, trasnochar..., en fin, el verano.
El primer examen fue el de Lengua española y Literatura, mi asignatura. Creo que ha sido un ejercicio fácil, en el sentido de que las dos opciones propuestas ofrecían posibilidades para hacer un buen examen, incluso la tan temida sintaxis era bastante normalita; y las preguntas de Literatura en ambas opciones correspondían al siglo XX. Todo dentro de un orden.
Cuando ves que las propuestas las has trabajado en clase con tus alumnos y que el examen no rompe ningún esquema previo de los que te habías hecho con anterioridad, sientes un cierto alivio. Es decir, entiendes que en este momento tus alumnos dependen ya de ellos mismos. El examen es una especie de rito de paso a la edad adulta, ya han dejado de ser tus alumnos, para ser otra cosa; aún no sabes muy bien qué, pero ya no son tus alumnos en el sentido en que lo eran apenas un mes atrás; y dentro de unos meses estarán sentados en las aulas de una facultad y se sentirán ellos también otros. Y yo me alegro por ellos.
Estuve en la Facultad de Físicas antes del examen de Lengua, charlando con unos y otros, dando ánimos, resolviendo alguna duda de última hora, intentando generar un poco de tranquilidad entre tanto nerviosismo. No sé si sirvió de mucho o de nada, pero allí estuve, compartiendo un poco el trance, espectador de cómo empezaban a ser otros, mejores de lo que ya eran. Y cuando salieron del examen y estuvimos comentando las respuestas, los aciertos, los inevitables errores, me sentí más cerca de mis alumnos que en ningún momento, porque percibí que empezaban en ese momento su andadura, a enfrentarse a su alteridad, con lo que no son, para llegar a comprenderse mejor a sí mismos.
Final de un ciclo. A partir de ahora, seremos recuerdo, acaso olvido.
Viernes, 10 de Junio de 2005 20:02 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

Leer hacia el pasado, leer hacia el futuro

La literatura no consuela, pero puede servirnos de espejo en el que mirarnos y reconocernos, y a través del cual podamos establecer un fructífero diálogo con el texto, con otros lectores y, en última instancia, con nosotros mismos. La lectura, así, contribuye a hacernos, a construirnos, a levantar el armazón emocional e intelectual del que estamos hechos y del que estamos permanentemente haciéndonos. Aceptada esta idea de la literatura como formación, podemos hablar básicamente de dos tipos de lectura.
En primer lugar está una lectura hacia el futuro, anticipatoria, con la que leemos la vida, lo que nos ayudará después a vivirla, pues leyendo se aprende de alguna manera a vivir. La lectura deviene así en una auténtica educación sentimental.
La segunda es una lectura hacia el pasado que trata de explicar lo vivido reconstruyendo la memoria personal y social. Y aún cabe considerar una tercera: la lectura sobre la marcha, irreflexiva o de puro entretenimiento, leer para pasar el rato, sin mayores pretensiones.
En los años iniciales de formación, años de aprendizaje, prima la lectura anticipatoria, mientras que en la edad adulta lo que predomina es la lectura retrospectiva. Ahora bien, me pregunto si estos esquemas no estarán cambiando en la actualidad, pues parece que los lectores jóvenes tienden a ser menos, mientras que los adultos tienden a ser más. Es decir, se estaría empezando a imponer en el marco lector la lectura retrospectiva frente a la anticipatoria. Tal vez los lectores adultos sean bastante escépticos ante el futuro, y vivir al día es lo que se impone en este mundo tan complejo y a veces caótico, imprevisible. El futuro está ahí, sí, pero bastante tengo con soportar y administrar mi presente, sobrevivir a diario y encima entender mi pasado, no se me pida más; parece que vienen a decirse muchos lectores.
No es de extrañar, por tanto, que en este escenario de incertidumbre ante los destinos humanos se vaya imponiendo en una amplia franja de lectores esa tercera vía, la de la lectura como puro entretenimiento, literatura kleenex, de usar y olvidar, que no consuela, pero al menos distrae.
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PS: Lista de los libros de ficción más vendidos
1º.- La conspiración, Dan Brown.
2º.- La velocidad de la luz, Javier Cercas.
3º.- La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
4º.- La mujer justa, Sandor Marai.
5º.- Pasión india, Javier Moro.
6º.- Ángeles y demonios, Dan Brown.
7º.- La pirámide, Henning Mankell.
8º.- El Código Da Vinci, Dan Brown.
9º.- En el blanco, Ken Follet.

Libros más solicitados en bibliotecas públicas:
1º.- Ángeles y demonios, Dan Brown.
2º.- El reino del Dragón de Oro, Isabel Allende.
3º.- Cabo Trafalgar, A. Pérez-Reverte.

(Fuente: Suplemento ABCD las artes y las letras, 11/6/05)
Domingo, 12 de Junio de 2005 00:46 #. Miscelánea Hay 1 comentario.

Una metanovela en clase

La velocidad de la luz.jpgCreo que puedo considerar como una experiencia positiva la lectura de La velocidad de la luz, la novela de Javier Cercas que había propuesto a mis alumnos de 4º de ESO.
Plantear en clase la lectura de una novela no es asunto fácil, pues en ese complejo mapa humano que es la clase conviven intereses diversos, alumnos que tienen afición por la lectura y alumnos que leen a regañadientes sólo aquello que se les manda, y entre ambos extremos, un poco de todo. Intentar hacer converger todos estos aspectos tan diferentes en un texto es poco menos que un imposible.
En una primera instancia me pregunté si el planteamiento de esta lectura obedecía exclusivamente a mis gustos particulares —que de alguna manera quisiera hacer extensibles a mis alumnos—, o bien obedecía a la bondad intrínseca de la novela. Me inclino por esto último, pues, intentando ser objetivo, la novela me parece buena y no especialmente difícil para un lector que se esfuerce un poco.
La idea consistía en que todos leyeran la misma obra para después comentarla en clase guiados por el profesor, pero dejar básicamente que fueran los alumnos quienes condujeran la novela a los territorios que creyeran convenientes. En este sentido fueron esenciales las aportaciones que hicieron los alumnos más lectores y críticos, aquellos que están acostumbrados a enfrentarse a textos de cierta complejidad, es decir, aquellos que leen textos que no se encuadrarían en lo que habitualmente se viene llamando “literatura juvenil”. Las aportaciones de estos alumnos funcionaron como un estímulo para los demás: si este lo entendió, yo también puedo entenderlo; si él hizo el esfuerzo, yo también puedo hacerlo.
Así, orientados y conducidos por mí, nos fuimos adentrando en la novela, comentando los matices de los personajes, de la estructura, la trama argumental, el sentido de la obra. En fin, aquellos aspectos que les habían resultado interesantes a los lectores. Y de entre todos ellos hice un especial hincapié en que entendieran que lo que han leído es una metanovela, es decir, una novela en la que se narra el proceso de creación de una novela, convirtiéndose así el texto en objeto de reflexión sobre el proceso de escritura del propio texto.
Tal vez todos estos aspectos se hayan tratado de una manera superficial, pero es que se trata de alumnos de 15/16 años. No se podía pretender más, pero supongo que tampoco menos. Mi objetivo creo que se ha cumplido: que mis alumnos de 4º leyeran una novela actual y original, bien construida, que les haya hecho pensar no sólo sobre aspectos argumentales, sino también sobre aspectos estructurales, de construcción del texto.
Por supuesto que no todos los lectores han estado ni al mismo nivel lector, ni en el mismo nivel de interpretación ni valoración del texto. En este sentido he de decir que me interesan todos mis alumnos como lectores, pero me interesan especialmente, y a ellos creo que debemos dirigirnos en determinadas ocasiones, aquéllos que reciben lo que les ofreces, que se sienten interesados, que cuando les dices que esta novela de Cercas es literatura, y que La sombra del viento —que muchos han leído, por cierto—, no lo es en el sentido que lo es ésta, te preguntan, quieren saber; aquellos alumnos a los que ves con libros, que te preguntan por títulos, por autores, que te dicen haber leído esta novela o esa otra. Los otros, los indiferentes, los que apenas sienten interés por la lectura, tendrán que leer otras cosas de menor calado, “divertidas” en el sentido más fácil del término, y dejar que poco a poco lleguen a donde los otros ya llegaron o van a llegar. O no.

PS: No tengo muy claro qué es eso de literatura juvenil. No voy a entrar en planteamientos académicos, pero creo que es simplemente aquella literatura que puede leer, y gustarle, un lector joven, con inquietudes, con ganas de conocer y acceder a otras lecturas que no sean las manidas lecturas juveniles. Si La velocidad de la luz la han leído alumnos de 4º de ESO y les ha gustado a algunos, como ocurrió con Crónica de una muerte anunciada, pues estas novelas pueden ser consideradas aptas para esos lectores. Hago esta afirmación con ciertas reservas, pues entiendo que un chico de 16 años no es un lector adulto y maduro, pero puede estar en el camino, y convertirse en ello con el tiempo.
Miércoles, 15 de Junio de 2005 15:03 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

El exilio de los niños

Este es el título de la exposición que el Círculo de Bellas Artes de Madrid ha dedicado a aquellos que nunca han empezado una guerra pero han sido los que más han sufrido y perdido en todas. El objeto de la muestra es el exilio de los niños españoles que el Gobierno de la República junto con distintas organizaciones evacuó a otros países que les dieron acogida para alejarlos de la guerra de España, nuestra Guerra Civil (1936-1939).
La exposición recorre a través de diversos documentos, fotografías, cartas, materiales de distintos archivos tanto españoles como extranjeros, objetos cotidianos como muñecos de trapo, cuadernos escolares, precarios juguetes, el drama de estos expatriados forzosos que tuvieron que abandonar su país e instalarse en otros cuyas lenguas y costumbres en la mayoría de los casos desconocían por completo.
Por ejemplo, Francia, el país que más niños acogió (unos 20.000); o Gran Bretaña, a donde fueron unos 4.000; la Unión Soviética, allá fueron 2.900. Bélgica acogió a 5.000; México recibió a 500, como Suiza. En total unos 33.000 niños y niñas fueron evacuados de España en distintos momentos de la guerra e iniciaron así un exilio forzoso que les deparó circunstancias diversas: unos volvieron reclamados por sus padres o algún familiar directo, otros, con menos suerte, allí quedaron, en algunos casos para siempre.
En el recorrido por las salas de la exposición el visitante ve fotografías de grupos de niños pobremente vestidos, los chicos con el pelo muy corto —al rape, se decía—, junto a bultos, hatos, maletas de madera, que constituyen su equipaje. Se les ve con caras serias, de niños-hombre, como si de alguna manera fueran perfectamente conscientes de lo que están viviendo y tal vez de lo que van a vivir. También puede leer el visitante alguna carta que mandó algún niño con esmerada caligrafía a sus padres, o documentos de estos reclamando a través de organizaciones internacionales a sus hijos. Sobrecoge, especialmente, la lectura de una carta escrita a su mujer e hijos por un hombre apenas unas horas antes de ser fusilado.
En esas fotografías, ya digo, casi siempre de grupo, suele haber un niño o una niña que mira directamente al objetivo de la cámara; la cara seria, digna, y unos ojos que transmiten una extraña sensación de tristeza. Es una tristeza que ha recorrido tiempos y espacios, una tristeza universal. Tal vez el paradigma de la tristeza absoluta, la de un niño a quien sus padres han tenido que mandar a otro lugar, muy lejos de donde nació. No es solamente la tristeza del abandono, no. Es una tristeza que de alguna manera se transmite a los ojos del visitante, como si algo en el papel de la foto permaneciera vivo aún, resistiéndose al paso del tiempo. El visitante, perturbado ante esta visión, no tarda en reconocer esos ojos en otros más cercanos: Vietnam, Etiopía, Ruanda, Afganistán, Irak...
El visitante ve las fotografías, y éstas le están mirando desde el pasado. Hay reciprocidad en la mirada. No es una mirada lo que allí se ve. Y el espectador, inevitablemente, se pregunta por el destino de esos niños, que no son historia, sino intrahistoria, una parte de la memoria que se actualiza en la mirada de otros niños, los mismos siempre, los que lo perdieron todo. ¿Qué habrá sido de esta niña que da a la mano a un niño pequeño? ¿Serían hermanos? ¿Y aquél, que mira desafiante a la cámara, volvería a casa? ¿Por qué sonríe esta niña, ésta, la que está al lado de este muchacho con el pelo casi al cero, completamente hierático?
Cuando el visitante abandona la exposición y recorre la acera de la calle de Alcalá, la Cibeles al fondo, entre un mar de chapas de colores, va pensando si no se le habrá pasado algo, algún detalle, ese algo que otorgue un cierto sentido a lo que ha visto, o al menos un sentido diferente. Recuerda los rostros, las manos, los vestidos, los harapos. Pero no recuerda haber visto lágrimas, una cara llorosa, ni siquiera una cara que gimotee. El visitante, entonces, piensa que tal vez debería volver otro día.
Jueves, 16 de Junio de 2005 00:06 #. Miscelánea Hay 6 comentarios.

Historia y discurso en la narrativa de Javier Marías

Baile y sueño (2004), la última novela de Javier Marías, es la segunda parte de la trilogía Tu rostro mañana, iniciada en 2002 con Fiebre y lanza.
Las novelas de Marías se están convirtiendo en novelas para adictos, pues están bastante alejadas del canon (comercial) que se estila últimamente por estos pagos. Cuando digo adictos quiero decir, por una parte, adictos al escritor y, por otra, a la literatura. Esta última afirmación puede parecer una exageración, pero conectada con la anterior, con la que acaba formando inevitablemente cuerpo, nos puede ayudar a entender una de las trayectorias más originales del actual panorama narrativo, bastante gris, por cierto, en términos generales.
Reflexionaba recientemente (3/6/2005) sobre esas novelas que son un mero divertimento (Obra artística o literaria de carácter ligero, cuyo fin es solo divertir, RAE) y sobre esos lectores poco exigentes que vienen a dar por “buena” casi cualquier cosa. En este sentido, creo que se viene imponiendo entre la generalidad de los lectores un tipo de novela en la que se da primacía absoluta a la historia, es decir, a lo que en ellas se cuenta o narra. Esto puede parecer una contradicción, pues eso es lo que hace toda novela: contar una historia. Bien, pero no sólo se trata de contar una historia, puesto que esta debe articularse lingüísticamente de una determinada manera, es decir, sustentarse en un soporte, el discurso. Discurso que puede conferir al texto su carácter de “literaturidad”, aquello por lo cual lo consideramos literario. Pero si el destinatario del texto, el lector, solo confiere categoría a la historia, el discurso se irá relegando a un plano secundario en el conjunto de intereses de dicho lector. La historia, lo que se cuenta, entonces, cobra valor por sí misma, independientemente del modo en que se cuente, el cómo.
Podríamos, en otro orden de cosas, hacer extensible también el comentario al cine: El espectador sólo consume una historia sujeta a ciertos patrones cada vez más previsibles, desentendiéndose de la forma en que esta se cuenta, el discurso cinematográfico se convierte en una simple y anodina sucesión de planos.
Tradicionalmente se viene afirmando que la literatura es la unión solidaria de dos planos: el del contenido (la historia), y el de la expresión (el discurso). En el caso de la narrativa de Javier Marías podemos observar cómo se ha ido produciendo un gradual desplazamiento del foco de interés autorial hacia el discurso, sin que esto necesariamente suponga relegar a un segundo plano la historia. Ésta, entonces, se pone en el texto al servicio de aquel y el resultado es una novela en la que la digresión cobra carta de naturaleza y el discurso se sitúa en un primer plano. Estamos en un territorio híbrido, en el que no se sabe bien cuánto hay de novela y cuánto de ensayo.
Aviso para navegantes: aquí no hay falso retoricismo, prosa leprosa, como dice Andrés Ibáñez. Lo que hay es un texto exigente para lectores exigentes, una novela reflexiva que hace reflexionar al lector. Novela para adictos, como decía más arriba, en la que el discurso se incorpora a la historia y hace del texto algo valioso, tanto por lo que en él se cuenta como por la manera de hacerlo.
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PS: ¿Saben a qué novela recientemente publicada se está refiriendo Andrés Ibáñez en su artículo?
Miércoles, 22 de Junio de 2005 00:36 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 3 comentarios.

Luna lunera

Luna lunera.jpgHoy la luna se adueña del cielo, y en la inmensa negrura vacía será ella la protagonista por esta noche. Estimado lector (inciso: no sé a quién me dirijo, ¿me leerá alguien? me pregunto...), si estás ahí, al otro lado de la pantalla, no dejes de echar hoy una mirada a la luna y no envidies a Júpiter, que con sus dieciséis hubiera vuelto locos a los lunáticos y licántropos más exigentes.
Miércoles, 22 de Junio de 2005 12:52 #. Miscelánea Hay 4 comentarios.

La poética de la libertad en el Quijote (y su recreación por Itziar, 7 años, residente en Madrid, aunque viguesa, amiga de sus amigas y futura lectora de la novela de Cervantes)

Una de las claves para entender el Quijote, como ya notaron los lectores del XIX, es la poética de la libertad, poética que Cervantes aplicó tanto a lo argumental como a lo formal en su novela.
En efecto, en su novela Cervantes, que sufrió cautiverio en Argel, como recordarán, configura un héroe que quiere restituir el ideal de justicia en aquellas situaciones y circunstancias en que este ideal ha sido conculcado de alguna manera. Para ello no repara ni en nada ni en nadie, como sucede en la aventura de los galeotes (Quijote I, cap. XXII), en la cual tiene lugar el siguiente diálogo entre el caballero y su escudero bastante esclarecedor de las intenciones del personaje:
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—Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras, de por fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello sea, este gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
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Este es el espíritu que anima a don Quijote: deshacer injusticias y ayudar a los miserables, a los más débiles; la poética de la libertad explica la conducta del personaje.
Pero, por otra parte, también Cervantes escribe su novela bajo los parámetros de la libertad compositiva, como se pone de manifiesto en las historias intercaladas, los personajes de la segunda parte que han leído la primera (la literatura se hace vida y la vida literatura), el juego de mediaciones autoriales (un autor encuentra los papeles en árabe de otro autor cuando se le han acabado los documentos de los Anales Manchegos y que manda traducir) etc.; la poética de la libertad en lo formal nos ayuda a entender la escritura de la novela.

Si leen atentamente la recreación quijotesca que ha hecho Itziar en La nueva aventura de Don Quijote, lo entenderán perfectamente. Y también entenderán cómo, pese a los temores que manifiesta su padre, Itziar se está convirtiendo en alguien solidario, respetuoso, sensible hacia los otros, autónomo... en una persona que en su momento se encontrará con la novela de Cervantes y de alguna manera se reconocerá en ella.
Jueves, 23 de Junio de 2005 18:56 #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

Vacaciones

Plaza Ayuntamiento.jpgHa llegado el momento de las vacaciones. El colegio, como un gigantesco cetáceo varado en la orilla, reposa ahora exhausto, como agotado después de un gran esfuerzo. Las aulas, vacías, apenas iluminadas por la tenue luz que se cuela por las rendijas de las persianas, permanecen en un oscuro silencio, tal vez en algún rincón perduren aún los ecos de los alumnos que hasta hace unos días las pisaron. El fino polvo de la tiza se ha depositado en el suelo y ya no se percibe esa mezcla de olores que se hacían presentes a diario. Ahora huele a nada. En algunas pizarras todavía pueden verse dibujos, palabras, números, despedidas; son como extraños ecos carentes de sentido. Dentro de poco manos afanosas las convertirán en silencio, sumándolas a la nada circundante.
Las mesas alineadas son apenas un esqueleto de metal y madera, y su simétrica disposición contribuye a dotarles de cierto aire fantasmal. Todavía se pueden ver algunos libros y cuadernos, como objetos fieles que quisieran resistirse a abandonar su lugar natural, pero no es fidelidad precisamente lo que los mantiene ahí.
Los pasillos parecen más grandes, y en la penumbra semejan los intestinos vacíos de un monstruo mudo que acabara de ser derrotado en una desigual batalla. Los pasos apenas resuenan en ellos. Las puertas cerradas no esconden secretos tras ellas, al otro lado no hay nada.
En la biblioteca los libros, correctamente formados en sus estanterías como tropa de papel, esperan.
Todos los años, por estas fechas de inicio de vacaciones, recuerdo el niño que fui en mi pueblo. El día que nos daban las vacaciones llegaba a casa corriendo y tiraba en cualquier lugar mi cartera de cuero. Vacaciones era poder estar casi todo el día en la calle, yendo y viniendo con mi vieja bicicleta, irnos los amigos a bañar al arroyo o a la alberca de alguna huerta, bajar a la vía del tren a poner unas monedas sobre el raíl y esperar que pasase el mercancías. Vacaciones era poder ir a las eras, a ver cómo se trillaban las mieses y se aventaba el grano. Vacaciones era regañar todos los días con mi madre porque no me quería echar la siesta, a pesar de que me amenazaba con una insolación que nunca me dio cuando intentaba coger alguna chicharra en el olivar. Vacaciones era dejar en la cartera la Enciclopedia Álvarez hasta después del verano y no sacar punta a los lápices con la navajilla que nos dejaba el maestro.
Vacaciones era, según mi madre, hacer el bruto por ahí a todas horas y exponernos a rompernos la crisma y dar un día algún disgusto gordo a alguien. Pero nosotros sabíamos que vacaciones era ser más felices de lo que ya éramos.
Lunes, 27 de Junio de 2005 00:00 #. Miscelánea Hay 5 comentarios.

De manías y un encuentro

Debo decir de entrada que soy bastante respetuoso con mis manías de lector, y, consecuentemente, lo soy también con las manías de los demás lectores, y lo que voy a referirles a continuación es la, digamos, reciente consumación de una de mis manías de lector, la persecutoria: conseguir un determinado libro, cuando ya creía que era poco menos que imposible, y en este caso concreto, el de un libro de cuentos: Perros verdes.
Bien, ahora que ya conocen el desenlace, vayamos al nudo, al meollo del asunto. Empezaré por una declaración de principios —¿o debería decir declaración del principio?—: soy un enamorado del cuento. Ya sé que corro el peligro de caer en lo cursi e incluso sobrepasarlo, pero qué se le va a hacer, tengo auténtica pasión lectora por el cuento. Si lo prefieren, pueden catalogar esta pasión como manía, eso sí, por favor, en las acepciones 2 y 3 del diccionario de la RAE, que no me voy a molestar (¡Espero no llegar nunca a la acepción 1, sobre todo por lo del “furor”!).
Discúlpenme si les voy pareciendo (¿demasiado?) sentencioso. Soy consciente de que ya van dos declaraciones de principios: la de las manías y la de los cuentos, pero no habrá más, se lo aseguro, la cuota de declaraciones termina por hoy aquí. Dejemos la digresión y volvamos al nudo: leía el pasado 26 de junio una reflexión de Meritxell sobre la novela Nada, de Carmen Laforet, y recordé entonces el curiosos vínculo que mantengo desde años con un libro de su hijo Agustín Cerezales.
Creo que la primera vez que tuve noticia de este escritor fue en el año 1993, cuando leí su cuento "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)" en una antología de Fernando Valls (Son cuentos, Espasa Calpe) en la que se calificaba al libro de donde procedía este relato, Perros verdes, de excelente. Volví a encontrarme el mismo texto en otra antología del cuento español contemporáneo de Cátedra en el año 1994. En el 98 leí algo sobre este autor en Los cuentos que cuentan (Anagrama), y fue entonces cuando empecé a buscar el libro.
Sería muy prolijo relatar aquí las vueltas que di buscando el dichoso libro, ya saben lo de mi manía persecutoria. Recorrí las librerías más importantes de Madrid (tres o cuatro, no crean que hay muchas más), incluso acabé preguntando por el libro en la FNAC y El Corte Inglés, más que nada por aquello de que por preguntar que no quede. Nada. Siempre nada. El libro no existía. Acudí entonces a las librerías de viejo, pero el libro no era tan viejo (Lumen, Barcelona, 1989). Desistí. Pero sólo temporalmente, como luego sabría más tarde.
Iba a decir que pasaron los años, pero me contengo. Lo cierto es que me olvidé del libro, o, para ser más exactos, su recuerdo se fue desplazando hacia alguna zona arrinconada en mi memoria. Y un día, allá por en el invierno de 2002, hablando de novelas y cuentos con mi amigo Ángel, profesor de universidad y crítico literario para más señas, y cuyas opiniones considero generalmente acertadas, salió a relucir el nombre de Agustín Cerezales. Me hablaba mi amigo de una novela suya y de pronto surgió el título: Perros verdes. Por aquello de ser fiel al principio de verosimilitud reproduzco a continuación, diálogo en estilo directo y narrador omnisciente, el fragmento más relevante de la conversación mantenida con mi amigo:
...................................................................
Ángel señaló con un dedo al lector a la sombra y con el ceño fruncido y expresión evocadora dijo:
—Por cierto, Agustín Cerezales ha escrito uno de los mejores libros de cuentos que he leído últimamente, Perros verdes. ¿Lo conoces?
—No. Lo busqué hace tiempo, pero está totalmente agotado. He leído comentarios muy elogiosos sobre este libro, de él sólo conozco el cuento Expediente en curso, que he visto en alguna antología.
El lector a la sombra le refirió entonces a su interlocutor las vueltas y vueltas que había dado buscando el libro y cómo ya había desistido, y que incluso llegó a ponerse en contacto telefónico con la editorial y le dijeron que nones, que el libro no se iba a reeditar, y que se las apañase como buenamente pudiera.
—Si tienes tanto interés en el libro, te lo puedo dejar —dijo.
El lector a la sombra sopesó esta posibilidad. No quería ofender a su amigo rechazando su ofrecimiento, pero tampoco quería dejar de ser fiel a sus principios. El lector tenía verdadero interés en leer ese libro, es cierto, pero ¿y si le gustaba?, ¿cómo no tener en su biblioteca un libro que le había parecido bueno?, ¿cómo traicionar la confianza de su amigo haciéndose el sueco y no devolviéndole el libro? No podía ser, y tuvo que admitirlo, tenía que seguir siendo fiel a sus principios (manías, para otros). No podía dejar de tener en su biblioteca un libro que ha leído. Esto es bastante frecuente entre algunos lectores, pero a este y a otros muchos les cuesta confesar que poseer en su biblioteca los libros leídos, atesorarlos, verlos ahí, en los estantes, es algo consustancial a su pasión por la lectura. De ahí la manía tan extendida entre ciertos lectores de no leer libros prestados, y, en consecuencia, tampoco prestarlos.
—Bueno, cuando te acuerdes —le respondió el lector, no sin cierto sentimiento de tristeza hábilmente disimulado.
La conversación siguió por otros derroteros literarios pero el lector a la sombra se quedó con la copla.
................................................................................
Y no nos volvimos a acordar. Debería decir ahora que pasó el tiempo, pero no lo diré, pues es de sobra conocido que el tiempo pasa, y hablarles de obviedades a los lectores de esta bitácora puede parecer un insulto a la inteligencia, y no voy a caer en ello.
Pero vayamos cerrando esta historia para que el tedio no invada al amable lector y lo aleje definitivamente de este blog, si es que ya no lo está. La conversación con mi amigo Ángel me reafirmó en la búsqueda del libro. Pensé entonces que si él decía que es un buen libro y las referencias que tengo por ahí vienen a decir lo mismo, es que es un buen libro y lo tengo que leer.
En abril del año 2004 la revista Quimera dedicó un número especial al cuento español en el siglo XX, y otra vez volví a toparme con este libro. En la revista se publicaban los resultados de una encuesta hecha a escritores y críticos, a quienes se les hacían tres preguntas:
1. ¿Cuáles son, en su opinión, los diez mejores libros de cuentos españoles (en castellano) del siglo XX. Intente aunar en la respuesta el valor histórico y sus gustos personales.
2. ¿Qué diez cuentos cree usted que deberían figurar en una antología española del género?
3. ¿Qué autores de cuentos de la literatura universal han influido más en la narrativa breve española del siglo XX?
El libro Perros verdes aparecía citado en cinco ocasiones en las respuestas a la pregunta 1, y el cuento "Expediente en curso(Basilii Afanasiev)" aparecía en tres respuestas a la pregunta 2.
El pasado 26 de junio, domingo, leía el comentario de Meritxell sobre Nada. El día anterior había leído en el suplemento cultural del diario ABC la crítica de Perros verdes; por la tarde me acerqué a la librería Crisol y lo compré. Releí el primer cuento, "Expediente en curso (Basilii Afanasiev)", y cerré el libro.
Veo ahora el libro ahí, sobre una mesa, y no me atrevo a abrirlo y seguir leyendo. Después de tantos años no sé si el libro será lo que creí que era. No sé si el tiempo habrá pasado bien por él, o tal vez haya envejecido mal. Ya lo tengo, pero sé con certeza que no soy el mismo que lo buscó; esta certidumbre hace que, pese a estar ahí, no sepa realmente dónde está el libro.
Sé que algún día lo leeré de un tirón.
...
...
Perros verdes, Agustín Cerezales. Edit. Menoscuarto. Palencia, 2005.
Jueves, 30 de Junio de 2005 16:10 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.


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