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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.

Es cuestión de empezar

27_ico.jpgHoy comienza este blog personal dedicado, básicamente, a exponer las reflexiones de un lector que también es profesor de lengua y literatura.
Aquí iré anotando mi relación con la Literatura, recomendaré la lectura de aquellas obras que me gustaron especialmente, hablaré de mis autores favoritos, de mi relación con los alumnos a través de la Literatura, en fin, y de todo aquello que aquí tenga más o menos cabida.
Sólo es cuestión de empezar.
Y en ello estoy. Ya veremos cómo me va.
Lunes, 09 de Mayo de 2005 19:49 #. sin tema Hay 2 comentarios.

No sé por qué

hoppe.jpgpero la contemplación de este cuadro de Hopper me ha recordado a cierto personaje de la última novela de Javier Cercas, La velocidad de la luz, editorial Tusquets, Barcelona 2005.
Muchos cuadros de Hopper transmiten la idea de soledad, tal vez desolación. Son personajes solos, contemplativos, quizás abandonados, como si estuvieran a punto de gritar o tal vez de bostezar, nunca se sabe. Esos personajes están en ambientes cerrados y frecuentemente hay una ventana o un ventanal. En este cuadro vemos a los clientes de un bar, posiblemente de esos que permanecen abiertos toda la noche. La luz parece acentuar la soledad de los personajes, pero al mismo tiempo deja en sombra alguna zona del cuadro que se nos escapa. Sabemos que ahí hay algo o alguien, pero no sabemos bien qué o quién. Soledad e incertidumbre.
En la novela de Cercas sucede algo parecido, hay un personaje al que uno se imagina sentado en el borde de la cama, sin que sepamos a ciencia cierta en qué está pensando. Duda si levantarse o no, es esa zona de incertidumbre la que nos lleva a preguntarnos por él. El personaje, muy nítido en el "cuadro" inicial de la novela, se desdibuja, pero de alguna manera ha dejado una estela que permanece y que va a condicionar el comportamieneto de otros personajes.
En uno de los momentos finales, el narrador --cuando le preguntan sobre una historia que estaba escribiendo-- dice: "No sé si está acabada. Tampoco sé si la entiendo, o si la entiendo del todo. Claro que a lo mejor no hace falta entender del todo una historia para poder contarla".
Soledad e incertidumbre.
A veces no hay por qué entender del todo una historia para poder disfrutarla, pero este no es el caso de esta excelente novela.
Puedes leer la crítica de Santos Sanz Villanueva en
http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=11508
Martes, 10 de Mayo de 2005 13:24 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.


Quien quiera respuestas que guarde silencio; quien busque preguntas que lea poesía

Estas palabras del filósofo Heidegger se citan en el ensayo Elogio de la transmisión, de George Steiner y Cécile Ladjali, editorial Siruela, Madrid 2005. El libro, subtitulado Maestro y alumno, es una reflexión sobre la enseñanza, la enseñanza de la Literatura, y la creatividad y la escuela, entre otros aspectos, y surge de una suerte de aventura pedagógico-literaria, si se me permite la expresión, que emprende Cécile Ladjali, profesora de un liceo de la periferia de París con sus alumnos de Literatura cuando les propone como trabajo de clase la escritura de unos sonetos. Animada por los resultados, la profesora escribe a Steiner relatándole la experiencia y le manda algunos poemas. Este accede a viajar a París y encontrarse con la profesora y sus alumnos. El libro contiene un prefacio de la profesora y la transcripción del diálogo que ella y Steiner mantuvieron en un coloquio en un programa de radio.
En un momento de ese diálogo se dice lo siguiente:
-----------------
Cécile Ladjali: Hay determinados pedagogos que consideran que es un gran paso adelante el hecho de que los alumnos se vean liberados del aprendizaje memorístico, de esa relación en cierto modo autista con un texto, de esa especie de tortura que, en el pasado, consistía en hacerles aprender poesías y recitarlas delante de toda la clase [...].
George Steiner: ¡Es justo al revés! Lo que los deja vacíos es arrebatarles todo lo que llevan dentro, su bagaje interior, privarles del lastre de felicidad para la gran travesía marítima que es la vida.
------------------
Suelo insistir a mis alumnos en la necesidad de aprender, para poder recordar, y les cito a Aristóteles: saber es recordar. Pero aprender supone un esfuerzo, y no todos están dispuestos a hacer ese esfuerzo. No estoy afirmando que se trate de aprender conceptos para luego evacuarlos sin más. Estoy hablando de aprender razonadamente.
Creo que hay conceptos que sirve de poco almacenarlos en la memoria, sin más; no es cuestión de aprender por aprender. Por ejemplo, me suelo preguntar qué sentido tiene que un alumno memorice todos los tipos de estrofas. Creo que es mejor hacerle ver que el poeta ha elegido un determinado esquema para expresar un contenido, pero lo importante es ese contenido, hacérselo ver claramente, y hacerle ver cómo se organiza el poema, cómo es el ritmo tanto fónico como semántico, pero dudo que la percepción del hecho artístico y humano que es el poema se incremente por saber que esa forma es una octava real o una lira. Entiendo que la obra literaria es la combinación de un significante y un significado, el plano de la expresión y el del contenido, pero los alumnos no deben trabajar los textos como si fueran filólogos de la escuela formalista.
Es evidente que leyendo textos y trabajándolos en clase, acabarán reconociendo estrofas tales como el romance o el soneto, pero me parece más importante encontrar el sentido de las coplas de Manrique, descubrir la expresión del dolor, que saber qué es una estrofa de pie quebrado; o comprender la expresión literaria de la desolación que hace Machado tras la muerte de Leonor.
Creo que la enseñanza de la Literatura es fundamentalmente el acercamiento a los textos, para mostrar cómo en ellos se levanta un mundo sustentado en la palabra.
Recientemente comentaba en una clase de Bachillerato la novela del realismo social de los cincuenta. Los alumnos preguntaban cuántos autores y títulos debían aprenderse, y yo me preguntaba qué sentido tiene memorizar cinco o siete autores y sus correspondientes novelas, que no han leído, frente a leer en clase con ellos y comentar algunos capítulos de algún título significativo, o incluso leer y analizar una obra de esta tendencia. ¿Tiene algún sentido saber que un tal López Pacheco escribió Central eléctrica, o que La piqueta la escribió Antonio Ferres? Me parece que lo importante es comentar las características de la novela social y luego leer en clase algunos capítulos de determinados textos en los que los alumnos puedan reconocer claramente dichas características; hablarles de las novelas más interesantes en incitarles a su lectura, que no es poco. Y a partir de ahí disfrutar con ellos de la lectura, y que ésta no se una especie de martirio filológico. En clase tenemos alumnos de Secundaria y Bachillerato, no de Filología.
Retomo la cita de Heidegger: Quien quiera respuestas que guarde silencio y quien busque preguntas, simplemente que lea.
Sábado, 14 de Mayo de 2005 19:42 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 2 comentarios.

Impostura

Enric Marco.jpgLos diarios del miércoles 11 de mayo publicaban la noticia de la impostura de Enric Marco, presidente de la asociación Amical de Mauthausen, del que se ha sabido ahora que nunca estuvo preso en un campo de concentración alemán.
Es la historia de una impostura, de una tremenda mentira mantenida durante 30 años por este hombre que aquí vemos en una fotografía publicada en el diario El País.
Marco dice que fabricó esa mentira para contribuir a la causa, la divulgación de los sufrimientos de los españoles que estuvieron internados en campos de concentración alemanes durante la segunda Guerra Mundial.
La historia me parece que tiene más de literaria que de otra cosa. Un hombre se convierte en narrador de una historia que le tiene a él mismo como protagonista, y ha tenido que hacerlo muy bien, pues durante treinta años su narración ha funcionado.
Ante la fotografía de este personaje, arrugado por los años, que mira casi insolentemente al fotógrafo, me pregunto si acaso no nos inventamos una parte de nuestra vida cuando se la referimos a los demás, es decir, cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en lo que decimos. Este hombre narraba una vida que no vivió, pero que acabó viviendo en la ficción. Es decir, construyó para sí toda una vida. Hizo de su vida una aventura literaria, una trama argumental que fue construyendo poco a poco, hasta levantar un sólido edificio narrativo, pero le ha fallado el desenlace. Ahora, repudiado por todos, tal vez se pregunte si no tenía derecho a vivir otra vida más amplia, la de la ficción, habida cuenta que le guiaba un noble interés. Pero en muchas narraciones el autor no sabe resolver el final de lo narrado, fallan algunos cabos.
Quizás sea este el caso de Enric Marco, que no supo resolver el desenlace.
Sábado, 14 de Mayo de 2005 20:16 #. Miscelánea Hay 5 comentarios.

Canciones de amor en Lolit’as Club

Me considero un lector de novelistas, es decir, si leo algo que me gusta especialmente de un autor determinado, leo otros títulos del mismo autor, e incluso llego a leer todo o casi todo del mismo. A eso es a lo que me refería cuando hablaba de lector de novelistas. Es lo que me ha ocurrido con escritores como Miguel Delibes, Juan Marsé, Luis Mateo Díez, Rafael Chirles y alguno más.
Así he podido conocer la mayor parte de la obra y la trayectoria de estos autores, es cierto, pero también me he cuestionado en alguna ocasión por qué los leo, y si no tendré con ellos una cierta relación de servidumbre, pues el hecho de que determinados textos de un autor me hayan gustado mucho, esto no presupone automáticamente que todo lo que escriba me vaya a gustar necesariamente.
Canciones de amor en Lolit’as Club es la última novela de Juan Marsé,un novelista y cuentista excepcional, uno de mis autores preferidos. Recuerdo especialmente la primera obra suya que leí, en septiembre de 1977: Si te dicen que caí. Esa novela me enganchó totalmente a este autor, y luego he ido leyendo todo lo demás. Un solo título me condujo a toda una obra. Una obra que ha ido creciendo y madurando con los años hasta convertirse, en mi opinión, en una de las mejores de la narrativa española actual; con títulos impagables como La oscura historia de la prima Montse, Ronda del Guinardó, Últimas tardes con Teresa, El embrujo de Shanghay, Rabos de lagartija y los cuentos de Teniente Bravo.
La novela que ahora publica tiene el sello Marsé, indudablemente, pero no me ha parecido que esté a la altura de las citadas anteriormente, especialmente la publicada con anterioridad a esta: Rabos de lagartija, una obra maestra. Tal vez el origen del texto, un guión cinematográfico, haya sudo un lastre para la novela, convencional y previsible en algunas ocasiones.
La novela narra básicamente una historia de perdedores. Un policía que participó en la lucha contraterrorista, expedientado ahora por sus violentos métodos, viaja a Cataluña, donde reside su familia. Allí se reencuentra con su hermano gemelo, un disminuido psíquico al que siempre protegió, y que ahora trabaja en un club de alterne. El policía es objetivo de ETA y de los narcotraficantes gallegos que trafican con prostitutas sudamericanas. La historia se va construyendo en torno al tema del doble antagónico, el hermano brutal y despiadado y el disminuido con un carácter infantil. El personaje de Raúl, el policía, me parece demasiado plano, poco rico en los matices a los que nos tiene acostumbrados el autor. Con todo, el texto lleva el sello Marsé, la cual ya es una cierta garantía, y se deja leer, aunque personalmente prefiero la novela anterior: Rabos de lagartija, una novela excepcional.
Los lectores de Marsé esperábamos, tal vez, una novela de más aliento, de esas que, como dijo Kundera, son fáciles de leer y difíciles de entender. Esta de ahora no decepciona, y no hablo como lector complaciente, pero para leer al mejor Marsé habrá que esperar a la próxima vez.
Lunes, 16 de Mayo de 2005 19:58 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 1 comentario.

La envidia

"¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos lo vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias." (Quijote II, 8).
De la envida ya dijo Borges que es el vicio español, y apuntaba que llamamos a lo bueno “envidiable”. Para Bertrand Russell es, después de la preocupación, una de las causas más poderosas de infelicidad, y una de las pasiones humanas más universales y arraigadas (1).
Cierto es, como afirma Don Quijote, que la envidia es un vicio que no da placer. Se envidia lo que se ve, pero con una mirada, un enfoque determinados, precisos, sobre lo inmediato; por eso envidiamos a seres próximos, cercanos, del entorno. La envidia no opera sobre abstracciones, sino sobre lo concreto: el nuevo coche del vecino, la casa de ese compañero de trabajo, al primo al que le ha tocado la lotería. La envidia tiene que ver con el entorno, no envidiamos a un potentado alemán, no, está demasiado lejos. Lo inmediato es ese vecino, ese compañero, ese primo.
La envidia, un vicio triste, tiene una falsa cara alegre: nos alegra la desgracia del vecino o del compañero de trabajo... Su fracaso es una parte de nuestro pequeño triunfo.
Tal vez fue la envidia la que llevó a Enric Marco (ver 14/5/2005) a inventarse una vida que nunca tuvo y deseó tener, que nunca vivió pero deseó haber vivido, la parcela de gloria que tienen los presos españoles republicanos que estuvieron en los campos de concentración alemanes. El estatus “envidiable” que no pudo resistir. Por eso inventó cosas pequeñas, corrientes, nunca heroicidades. Lo corriente, lo de los demás, lo que le pasó a cualquiera. ¿Por qué yo no? se dijo un día este hombre, ¿por qué ellos y yo no? Y el ovillo de la mentira fue creciendo. Incluso este hombre llegó a ser una persona envidiable.
¿Podemos estar seguros de que no haya otros como él?

(1) Bertrand Russell, La conquista de la felicidad
Martes, 17 de Mayo de 2005 19:57 #. Miscelánea Hay 1 comentario.

Fin de año

Aquel treinta y uno de diciembre, contra lo acostumbrado, no recibí la llamada de mi padre, sino la de mi hermano. Soy tu hermano -–me dijo–-, papá ha muerto, pero no te entristezcas, la tristeza es un sentimiento denso, pastoso y mineral que sólo te hará sentir tristeza; tampoco te molestes en venir, ya sabes lo que papá pensaba de ti; ahórrate las flores, papá las detesta, y el viaje e intenta superarlo. Después calló. Me quedé unos momentos a la escucha, sin oír nada y, a pesar de ser hijo único, colgué el teléfono sin sentir desazón. No, no sabía con certeza lo que mi padre pensaba de mí, pero me alivió intuirlo por las palabras que escuché a través del auricular. Haber ido al funeral sólo por compromiso hubiera sido algo insoportable. Lo que me sorprendió fue lo de las flores. No sé bien por qué, pero suponía que a mi padre le encantaban, en especial las rosas. Desde ese día espero que mi hermano me vuelva a llamar para agradecerle sus palabras. Seguro que mi padre, a pesar de que no le mandé flores, no esperaría otra cosa de mí.
Martes, 17 de Mayo de 2005 22:49 #. Fotos veladas Hay 1 comentario.

Vamos a leer La velocidad de la luz

Les he propuesto a mis alumnos de 4º de ESO (16 años) para este mes de mayo la lectura de la última novela de Javier Cercas. De este autor ya había leído El inquilino y Soldados de Salamina, ambas me gustaron. Esta última me ha parecido una novela excelente y creo que a algunos de mis alumnos les puede llegar a gustar.
Cuando en clase recomiendo la lectura de algún libro intento dejar claro que las razones que aduzco son estrictamente de índole personal, procuro razonar por qué me ha gustado tal o cual obra, cuáles son las bondades que a mi juicio tiene y por qué recomiendo su lectura. Insisto en que quede claro que uno se mueve por sus propias apreciaciones, y cuando planteo una lectura intento que los lectores sepan qué vamos a leer y qué podemos encontrar ahí.
Anteriormente, a este grupo de 4º les di la posibilidad de elegir entre La metamorfosis, Crónica de una muerte anunciada o Los cachorros. La mayoría se decantó por Kafka, una parte importante leyó a Gabriel García Márquez, y sólo una alumna leyó a Vargas Llosa.
Ahora les he dicho que la decisión corría de mi cuenta y todos van a leer La velocidad de la luz.
Algunos me han preguntado por qué vamos a leer esta novela, y, entre otras consideraciones, les he dicho que vamos a leerla porque en ella se plantea un interesante viaje, un recorrido, y porque en ese viaje la novela se orienta hacia la explicación de un yo, el de un narrador que nos habla sobre la escritura. Es una novela en la que se reflexiona sobre hacer una novela, sobre la escritura. Y también es la novela de una amistad, la del narrador con un excombatiente de Vietnam, que recorrerá toda la obra. Se trata de una novela de indagación psicológica, en la que se construyen y reconstruyen dos mundos principales, el del narrador-escritor y el del excombatiente, además de otros mundos de menor rango. Y la percepción de ese universo narrativo es toda una prueba para el lector.
Ya sé que es un reto leer y entender esta novela, pero puede ser placentero enfrentarte a un texto complejo y llegar a entenderlo. Leer es un arte, como afirma José María Merino, un arte que se construye leyendo y en el que influye poderosamente el contagio, pues sólo los buenos lectores pueden transmitir el encantamiento de la lectura y despertar su gusto en los jóvenes (*). En fin, ya veremos si lo que tengo de lector ha sabido contagiar ese entusiasmo a una parte de mis alumnos y son capaces de entrar en algunos interticios de esta novela y disfrutar con su lectura.

(*) "Leer, aventura y arte" en Ficción continua, edit. Seix Barral, Barcelona 2004.
Sábado, 21 de Mayo de 2005 23:25 #. El lector a la sombra y sus alumnos No hay comentarios. Comentar.

El pianista de la playa

El piano.jpgLos periódicos daban cuenta recientemente de la aparición el pasado 7 de abril en una carretera de una ciudad del condado de Kent, cerca de una playa, al sur de Inglaterra, de un hombre elegantemente vestido, con las etiquetas de sus ropas cortadas y que no decía palabra alguna. Cuando la policía se acercó el hombre se asustó pero dejó que se lo llevaran. Nervioso y desorientado, fue conducido al hospital marítimo de Medway, donde, en un intento de comunicarse con él, le dieron lápiz y papel y el hombre dibujó un piano de cola y una bandera sueca. Lo llevaron a la capilla del hospital y cuando vio el viejo piano se sentó y comenzó a interpretar música clásica durante cuatro horas. Desde entonces sólo toca el piano y continúa sin hablar, incluso escribe en papel pautado sus propias composiciones. Ahora, en un intento de averiguar quién es este hombre se ha hecho pública su fotografía, después de que intérpretes de varias lenguas intentasen hablar con él. El Piano Man, como le llama la prensa británica, sigue siendo un misterio y de él nada se sabe todavía.
Los médicos del hospital desconocen qué es lo que ha llevado a este hombre a su actual situación pero por sus reacciones afirman que está angustiado y deprimido y su estado es de máxima ansiedad. Sólo se relaja frente al piano, que toca como un virtuoso, y del que hay que separarle casi a la fuerza.
Me pregunto qué experiencia traumática habrá provocado en este hombre esa amnesia de la palabra, que no de la música. No se expresa con la palabra, pero lo hace con sus manos recorriendo las teclas del piano. En su cerebro, el área del lenguaje oral ha enmudecido, pero no esa otra parte del lenguaje musical.
Para nosotros es un hombre sin pasado, pues no puede hacer un relato oral de lo vivido, y eso nos resulta inquietante. Queremos saber quién es, pero también quién ha sido —recuerdo ahora las palabras de Paul Valéry: la memoria es el porvenir del pasado—, por ello encontramos el sentido del presente en el pasado. Los médicos se preguntan si habrá sufrido algún tipo de trauma que le haya llevado a esta situación, pero también deberíamos preguntarnos si en su cerebro no ha tenido lugar alguna alteración neurofísica, alguna clase de tumor, por ejemplo, que haya originado alteraciones en su mente.
Domingo, 22 de Mayo de 2005 17:40 #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

Un antropólogo en Marte

A propósito de la noticia del pianista que apareció cerca de una playa en el sur de Inglaterra, he recordado este libro (*) del neurólogo inglés Oliver Saks, autor del espléndido El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Un antropólogo en Marte contiene lo que Saks denomina “relatos paradójicos”, siete historias en las que se nos refiere el potencial creativo de ciertas enfermedades, historias de pacientes en los que los desórdenes neurológicos (amnesia, autismo, etc.) no les han impedido su relación con ciertas formas artísticas o con su trabajo, como el caso del pintor que a causa de un accidente de coche se queda ciego al color (acromatopsia cerebral) y sólo ve en blanco y negro, lo que incide en su nueva manera de entender el mundo; o el de un cirujano que era capaz de operar a pesar de padecer el síndrome de Tourette, caracterizado por tics convulsivos, mímica involuntaria o repetición de las palabras o los actos de los demás, y por pronunciar de una manera involuntaria o compulsiva maldiciones u obscenidades (algunos suponen que Mozart lo padecía); o el caso de Temple Grandin, una autista que es licenciada en zoología, da clases en la universidad y que diseña y construye instalaciones agrícolas. En fin, casos insólitos y verdaderamente apasionantes narrados con un estilo ameno, un libro que al lector a la sombra le pareció fascinante.
Domingo, 22 de Mayo de 2005 19:19 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 3 comentarios.

La expiación de la culpa: la ley del talión se abatió sobre Alemania

Se reflexiona en La Librería (Deutsches Réquiem, del 20 de mayo) sobre los terribles bombardeos de la aviación aliada sobre ciudades alemanas como Hamburgo, Dresde, Colonia, Nuremberg o Berlín entre 1942 y 1945 (en la madrugada del 27 de julio de 1943 Hamburgo se derrite, literalmente, bajo un mar de llamas, mueren unas 200.000 personas).
La cuestión apenas se abordó en los años inmediatamente posteriores al final del conflicto por los escritores e intelectuales alemanes. Parece como si esta especie de amnesia colectiva estuviera justificada, pues se trataba de un merecido castigo a un pueblo que había asesinado y maltratado a millones de personas en los campos de concentración, luego no se podían pedir cuentas a las potencias vencedoras: a la destrucción se respondió con destrucción. Vistas así las cosas, se instaló en la conciencia del pueblo alemán la idea de que los bombardeos aliados eran en cierta manera merecidos. El pago de la culpa.
En el magnífico ensayo Sobre la historia natural de la destrucción Sebald recuerda que en agosto de 1942 la ciudad de Stalingrado, que en aquellos momentos rebosaba de refugiados fue bombardeada por mil doscientos aviones, y que durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que estaban en la otra orilla del Don, 40.000 personas perdieron la vida.
No nos extrañemos, nadie dudaría hoy en día de que el mariscal Göring habría arrasado Londres si hubiera tenido medios técnicos para ello. Cuando Churchill expresa en alguna ocasión sus escrúpulos por los horribles bombardeos sobre ciudades abiertas, Sir Arthur Harris, comandante en jefe del Bomber Command lo tranquiliza diciéndole que sólo se estaba produciendo una justicia poética más alta. El justo castigo, la expiación de la culpa.
Las preguntas que uno se hace son varias: ¿cómo podemos justificar estos ataques aéreos sobre ciudades que carecían de interés estratégico? ¿Cuánto de venganza llegó a haber en esas misiones aéreas?
En el exhaustivo libro El incendio el historiador militar Jörg Friedrich llega a una rotunda conclusión: hubo una planificada decisión de arrasar las ciudades y causar el mayor daño posible entre la población civil para socavar la moral de esa población.
Pero leamos con atención estas palabras de Sebald: la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción.
El libro de Sebald, es un perfecto complemento al de Friedrich y una lectura imprescindible para entender esta cuestión histórica.
Sobre la historia natural de la destrucción, W. G. Sebald. Edit. Anagrama, Barcelona 2003.
Lunes, 23 de Mayo de 2005 16:09 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.

Se te ve muy feliz

La intuición del engaño se convirtió en certeza instantes después de oler aquel perfume que me regaló unos días más tarde. Su sonrisa empezó a ser definitivamente de idiota después de un corto pero definitivo proceso de parecer de idiota. Desde entonces decidí dedicarme a él plenamente: ahora soy una mujer extremadamente complaciente en todo y con todo; hace meses que apenas pronuncio la palabra “no”, que he dejado de indagar en sus gestos, sus miradas, sus palabras, buscando significados ocultos en significantes carentes de ellos. Hace meses que abandoné la ironía. Mi vida está dedicada enteramente a él. Quiero lograr que sienta un remordimiento total, redondo, absoluto y perfecto, la semilla del odio. Mi madre me dice a veces que se me ve muy feliz.
Lunes, 23 de Mayo de 2005 22:51 #. Fotos veladas Hay 1 comentario.

La carta del librero de la calle Santiago

En una librería de lance de la calle Santiago de Madrid apareció en 1968, entre los documentos exhumados de una vieja herencia familiar, un lote de libros y diversos documentos pertenecientes a una biblioteca de Granada.
La biblioteca había sido vendida unos años antes en veinticinco lotes, de los cuales la mayoría habían ido a parar al Rastro, e incluso alguno terminó en cierto ropavejero de la calle Juanelo, junto a la plaza de Cascorro, y se sabe de otro que acabó sus días en la cuesta de Moyano, como refirió Andrés Trapiello.
El lote incluía copias de dos testamentos; un fajo de cartas, unas veinte, con matasellos de Cuba y fechadas todas ellas en 1934; una colección de los Episodios Nacionales editados en Madrid por Perlado, Páez y Compañía (sucesores de Hernando) en 1906 en bastante buen estado; cuatro tomos del Panorama Español, editados en Madrid en 1845, con grabados, algunos de ellos arrancados; un ejemplar de las Fábulas de Samaniego en verso castellano para uso de las escuelas de instrucción primaria, Madrid, 1878, con diversas anotaciones a pluma; cuadernos escolares de caligrafía; una colección completa de la revista de toros Sol y Sombra del año 1935 y los seis primeros meses del año 1936; 235 fotografías en blanco y negro de toreros, banderilleros, mozos de espada, etc., tomadas en diversas plazas de España, de entre las que destaca una del cadáver de Joselito en la enfermería de la plaza de toros de Talavera de la Reina, y un carné de redactor de la revista taurina Sol y Sombra a nombre de un tal Eduardo Quirós, Arponcillo.
El librero de la calle Santiago, si estaba de buenas y se le ofrecía tabaco negro, contaba al visitante cómo encontró aquella carta entre las hojas del tomo tres del Panorama Español, pura casualidad. Y si estaba más que de buenas, lo que no ocurría frecuentemente, le hacía pasar a lo que llamaba la rebotica y con un viejo y asmático acento argentino le leía quedamente al visitante una carta amarillenta que conservaba entre dos cristales sujetos precariamente con cuatro pinzas de madera, de esas de tender la ropa. Y luego, ceremoniosamente, le pasaba con cuidado los dos cristales y le decía: óigame, decía, la carta reza así, lea, hombre, lea. Y en la rebotica resonaba la carta:
..................
mi muy querida Adela: antes de na quiero que sepas que esta carta me la escribe la Maria el hama de la casa del señorito Federico. su familia me tiene aqui en la guerta y no me deja volver al pueblo pues dicen que otra vez tu madre no herrara el tiro. le contao todo al señorito Federico. que yo quiero volver pa verte pa tenerte entre mis brazos a tumbarnos en la paja del corral pa mirar el zielo. con el señorito Federico me quedo hablando por la noche cuando la luna se afila y sentintan de plata las palabras como dize el señorito. yo le cuento muchas cosas y el se rie, se rie. yo le digo que me enseñe a decir te palabras de amor y el se rie y me habla del agua de los peces de los pozos de tus ojos tus ojos que me beben cuando me miran y palabras desas que yo no entiendo. y el me dice hablame de la Adela romano y yo le hablo de ti y la sangre me se calienta y me buye en la boca y no cayo lo que deviera y siento como si yo no fuera yo como si fuera otro que sesale de mi por la boca pa ir a buscar te, y no se porque y macuerdo de mi yegua y de lo que aqueya noche mis ojos vieron cuando te vieron y que ya no olvidaran. solo quiero mas que dicirte esto de mi boca y de mis manos que dice el señorito Federico
Miércoles, 25 de Mayo de 2005 16:20 #. Fotos veladas Hay 2 comentarios.

Cabeza, tórax y extremidades

Amnistia.jpgHojeando el diario El País de ayer (26 de mayo) me he encontrado con una noticia que a medida que iba leyendo se ha convertido poco a poco en un extraño insecto que emite un ruido que no sabría bien definir. Es negro, y con sus patas se desplaza pesadamente no sé bien a dónde. El día ha terminado de una forma turbia que no había previsto. He leído la noticia con ese cuidado con el que los entomólogos manipulan delicadamente al animal objeto de estudio. He levantado sus élitros y han aparecido malformaciones: redefinición de la tortura, usurpación del lenguaje, subcontratación de la tortura... Creo que estoy ante una mutación. Debería levantar el exoesqueleto, pero no estoy seguro de lo que me voy a encontrar.

CABEZA
Amnistía denuncia que EE UU está redefiniendo la tortura

TÓRAX
Amnistía Internacional denuncia que la guerra contra el terrorismo liderada por EE UU se está llevando por delante 60 años de derecho internacional hasta el punto de que en 2004 dio pasos para "redefinir" la tortura para poder aplicarla. En su informe anual sobre el estado de los derechos humanos, la organización dibuja un panorama sombrío en el que los derechos básicos son laminados "en nombre de los derechos humanos". Y el mundo, sostiene, no es más seguro, sino todo lo contrario: los terroristas llegaron en 2004 a "niveles inauditos de crueldad", según Amnistía.

EXTREMIDADES
Amnistía considera que las prácticas de tortura que en su opinión Estados Unidos ha aplicado a detenidos de la "guerra contra el terrorismo" —en las cárceles de Abu Ghraib (Irak), Bagram (Afganistán) y Guantánamo (Cuba)—, prohibidas por todas las convenciones internacionales, se practican bajo un nuevo "lenguaje administrativo", que aspira a hacerlas admisibles con expresiones como "manipulación sensorial", "posturas estresantes" o "manipulación medioambiental". En Londres, la secretaria general de la organización, Irene Khan, calificó incluso a Guantánamo de "el gulag de nuestro tiempo", informa Reuters.
Amnistía considera que, en 2004, se ha documentado por vez primera la "subcontratación de la tortura" por parte de EE UU hacia países cuyos estándares en la protección de derechos humanos son muy inferiores a los de las democracias occidentales. Con esta política, centenares de presos capturados por EE UU en Afganistán e Irak han sido supuestamente trasladados en cárceles de Marruecos, Egipto y otros países y en algunos casos se les ha perdido la pista, según la prestigiosa organización de derechos humanos.
Viernes, 27 de Mayo de 2005 00:38 #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

De cuento

Si tuviera que definirme como lector, no dudaría en hacerlo como lector de cuentos.
También soy fiel a la novela, a esa novela que intenta abarcar toda una vida, pero leer cuentos es entrar en un fragmento, un episodio, un instante de vida que aspira a la eternidad.
Ya nadie menosprecia el cuento como hermano raquítico de la novela, y se reconoce ampliamente que este subgénero narrativo tiene, debido a su economía de medios, unas dificultades que hacen de él algo complejo, y que su complejidad radica precisamente en esa economía.
Es complicado definir qué es un cuento, y más si lo hacemos por oposición a la novela (1). También resulta difícil precisar qué es una novela. Tal vez solo se me ocurra decir ahora que aquél es más antiguo que ésta, y poco más. A veces el cuento se solapa con otros géneros, pensemos —por ejemplo— en los articuentos de Juan José Millás. Si para definir la novela aceptamos que en esta cabe todo, para el cuento digamos que puede ser casi cualquier cosa.
Gabriel García Márquez afirma que “la intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.”
No es cuestión de elaborar ahora una poética del cuento, pero podríamos convenir, para no liarnos demasiado, que un buen cuento es una ficción en prosa de corta extensión, un auténtico reto, en el que prescindiendo de cualquier elemento que no esté al servicio de lo narrado, el lector se vea abocado a un final que sea un auténtico quiebro, de tal manera que el enigma se produzca en la mente del lector y no en el texto. Ahí es nada: que lo pequeño se haga grande. Es por ello que un suceso cualquiera, sin importancia, puede ser el germen de un gran cuento, como han demostrado autores de la talla de Ana María Matute, Luis Mateo Díez, Cortázar, Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile, etc., que supieron entender el cuento como un artefacto narrativo complejo, que incita al lector a descifrar un misterio que está más allá del propio texto. Tal vez por eso sea el cuento la modalidad literaria más inflexible, territorio fronterizo con la novela y la poesía. En muchos cuentos de esos y de otros autores he encontrado historias aparentemente insignificantes e insustanciales que se han convertido en magnífico observatorio de la conducta humana en su insignificancia y su grandeza.
(1) M. Baquero Goyanes, Qué es la novela, qué es el cuento. Universidad de Murcia.
Domingo, 29 de Mayo de 2005 18:37 #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

Laberinto

Es difícil imaginar la cara que se le puede poner a un hombre en el instante en que siente que su vida cambia por completo en un giro inesperado. La vida y la cara de Alberto cambiaron en la barra de un bar y en un instante fugaz en el que se sintió solo y desvalido, desamparado, una sensación que no había vuelto a sentir desde aquella noche en que, de niño, soñó la muerte de su padre. Acodado y aturdido en la barra del bar al que acude casi a diario con los compañeros del trabajo Alberto no oye nada. Ve moverse los labios de los demás. Asiente apenas, pero no sabe de qué le están hablando. Su mirada recorre los límites del local y los espejos de la pared se la devuelven turbia y extrañamente multiplicada. Días después, recordando este momento, creerá entender la ingrávida soledad del pez en el acuario. Ahora sólo siente que algo se ha roto, un fino hilo que ya no lo une a nada cruza brillante su cerebro de lado a lado arrastrando sus pensamientos. La sensación de mareo le hace concentrar su mirada en el vacío, tal vez, piensa, el mejor de los sitios al que llevar la mirada de niño que contempla su juguete hecho añicos en el suelo. Si ahora fuera capaz de hablar sólo pronunciaría una palabra: laberinto. El murmullo del bar recobra su sentido. A pesar de que está bebiendo una cerveza nota la boca seca y siente que le falta el aire; es una sensación momentánea pero tan poderosa que las aletas de su nariz se agiten rítmicamente como las agallas de un pez. La imagen de su padre mostrándole una trucha cobra cuerpo en su memoria; las agallas del pez también se agitan y el pecho del niño se encoge. Cuando su padre lo llevaba con él a pescar no soportaba las miradas redondas y agonizantes. Quizás por eso, cuando ahora mira compasivo al pez del acuario se acuerda de aquellas tardes con su padre en el río. Siente que alguien le agarra del brazo y le habla, pero apenas logra entender lo que dice; aunque asiente disciplinadamente, su cabeza es un espacio vacío en el que las palabras golpean una superficie mullida buscando un eco imposible y arrastran el recuerdo del padre. Atina a decir que está un poco mareado, que se va a sentar un momento y que enseguida se le pasará. Se sienta y desde la silla observa al hombre y piensa en un laberinto. El hombre es joven, tal vez uno o dos años menos que él; le da la espalda y con gesto preciso guarda en el bolsillo interior de su chaqueta una cartera. Acaba de pagar su consumición y deja unas monedas sobre el mostrador. Dobla su periódico bajo el brazo y sale a la calle. Por un momento pensó en seguirlo, pero desechó inmediatamente esa idea, pues le resultaría complicado justificar su comportamiento ante los demás. Por otra parte, daba igual; es un desconocido, piensa, él y yo nos ignoramos, estamos en peceras diferentes, bebemos aguas distintas y vivimos vidas distantes. Pero a pesar de todo nos hemos encontrado en un punto, como esas rectas que se cortaban en el colegio y tenían un punto en común llamado punto de intersección. Elena es ese punto de intersección. Los compañeros del trabajo hablan de irse a casa a comer, pero él prefiere quedarse a comer en el bar, porque Elena le dijo anoche que hoy no podrían comer juntos. La mentira lo alivia momentáneamente. Se despiden y pide otra cerveza. Los ve salir y dispersarse por la acera. Desde donde está puede ver un buen tramo de la calle. Busca al hombre entre la gente pero no lo ve. Tal vez esté en un coche camino de su casa. Quizás no tenga coche. Quizás tampoco tenga casa. Otra vez vuelve a sentirse aturdido. Llama al camarero. Lo conoce desde hace años pero sólo sabe que es el dueño del bar y que su mujer es la cocinera; se llama Luis, pero no sabe el nombre de ella. Se tratan como amigos, con esa rara familiaridad que se da entre los clientes y el dueño de un bar a donde los de la oficina bajan a desayunar por inercia y más tarde a tomar unas cervezas antes de marcharse a casa. El dueño los trata bien y ellos corresponden con una fidelidad monótona. Cuando Luis puso el acuario en la pared del fondo le pidió consejo a Alberto y éste se ocupó prácticamente de todo, incluso le ha regalado un pez de su acuario. Alberto le pregunta indolente al dueño del bar por el hombre que ha estado aquí hace un rato, el que leía el periódico, si lo conoce. Alberto finge indeferencia y dice que su cara le suena, que le suena de algo y no sabe de qué. Luis le dice que ha venido por el bar en las últimas semanas, después del verano, que toma siempre dos cervezas, dobla su periódico y se va. Alberto no insiste, no quiere mostrar un interés excesivo por un desconocido que le acaba de joder la vida en un instante, se dice. Mira distraído el acuario donde un único pez levita indiferente ajeno a todo. Piensa en Elena. Elena, llevan juntos seis años, tal vez siete. Comparten el piso, una buena biblioteca, el coche, el acuario y poco más. Elena, siempre la ha sentido cercana y al mismo tiempo distante. Elena, han ido construyendo una vida que se ha ido haciendo poco a poco, con la minuciosidad de un orfebre. Cuando ella le propuso que vivieran juntos él le preguntó si le gustaría tener un acuario. Es extraño –piensa–, mi vida con Elena se ha ido pareciendo cada vez más a un laberinto, sabes cuando entras, pero desconoces la salida. Hace unos minutos ha mirado distraídamente al hombre que estaba a su lado, ha visto cómo sacaba un billete de su cartera para pagar su consumición. Alberto se ha fijado en él como podría haberlo hecho en cualquier otro cliente del bar. La cartera del hombre ha permanecido abierta unos segundos en su mano, el tiempo suficiente para que Alberto haya visto en ella una fotografía de Elena, que permanece en su retina cuando cierra sus ojos. Es una fotografía reciente, de este verano, en la playa. La cara de Elena es un laberinto que Alberto imagina con los ojos cerrados, ajeno a todo. La sincronía del tic-tac de las agallas del único pez del acuario mide el tiempo en la pecera.
Domingo, 29 de Mayo de 2005 19:57 #. Fotos veladas Hay 5 comentarios.


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