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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.

Problemas animales. ¿Vamos al psiquiatra?

Boffa.jpgAlessandro Boffa es un italiano nacido en Moscú, que se ha estrenado como autor con Eres una bestia, Viskovitz, 20 relatos protagonizados por el personaje del título, que en cada cuento es un animal diferente, junto a Ljuba, la hermosa hembra a la que desea, y tres congéneres: Petrovic, Zucotic y López. El libro es un divertidísimo bestiario en el que podemos encontrar desde un caracol que siente pánico con su sexo hermafrodita (¿Pero es que nunca piensas en el sexo, Viskovitz?) hasta una mantis religiosa que logra salvar el pellejo por ser eyaculador precoz (Estás perdiendo la cabeza, Viskovitz), y así hasta veinte animales con sus problemas existenciales, sociales o sexuales, que harán las delicias del lector.
Los textos son breves, algunos incluso, muy breves, en la línea del genial Monterroso, y todos resultan muy apropiados para sobrellevar el tedio de esa tarde de domingo que preludia el lunes que está al caer.
A quienes les encanten los animales el libro también les va a encantar, y a quienes les tengan menos apego, los cuentos les serán muy útiles para entenderlos y entendernos. En cualquier caso, para ser una primera obra, este arranque me parece más que meritorio.
Me atrevería a decir que es lectura indispensable para biólogos y para cualquier buen lector. Asimismo, puede resultar un estimulante muy eficaz para lectores juveniles renuentes: el humor casi nunca suele fallar.
Pueden ir abriendo boca con la lectura de ¿Quién te crees que eres, Viskovitz? , ¿Y usted qué dice, Viskovitz?, y Es como para cogerte con pinzas, Viskovitz. Que les aproveche.
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Alessandro Boffa, Eres una bestia, Viskovitz. Edit. Lumen. Barcelona 1999. 161 páginas.
Domingo, 02 de Octubre de 2005 13:47 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 3 comentarios.

Eclipsados

silencio el roto.gifSe eclipsó el sol en Madrid. Ojalá se hubiera eclipsado el ruido en esta ciudad tan difícilmente soportable a veces.
Lunes, 03 de Octubre de 2005 15:09 #. Miscelánea Hay 1 comentario.


Cinco miradas de Almudena Grandes

Francis Bacon.jpgFrancis Bacon pintó Retrato de George Dyer en el espejo en 1968. En él vemos a un hombre sin rostro, mirándose en un espejo que le devuelve su cara partida en dos. Bacon pintó el cuadro unos cinco años después de iniciar una relación con el modelo y tres antes de que este pusiera fin a su vida en el baño de un hotel de París. Ese retrato es la indagación del autor sobre el personaje, y el propio Bacon lo expresó claramente: «La pintura constituye en sí su propio lenguaje, y cuando hablamos de ella, estamos realizando una traducción inferior.» El retrato es para el pintor algo más que la representación de un sujeto que posa, es una forma de conocimiento, de indagación, y no una mera forma de representación.
La lectura de los cinco relatos —o, si lo prefieren, cinco breves novelas— de Almudena Grandes que integran Estaciones de paso, su último libro publicado, me ha traído a la memoria el cuadro de Bacon. Creo que la escritora utiliza estos cinco relatos para realizar una indagación en los respectivos personajes protagonistas, de tal manera que el lector debe trascender la anécdota narrada (ver) para lograr la captación de la dimensión auténtica de lo narrado (mirar).
De la misma manera que Bacon pintó el retrato años después de conocer al modelo, en estos cinco relatos o nouvelles son los protagonistas quienes cuentan en primera persona un episodio de su pasado que tuvo un valor significativo en lo que luego fueron sus vidas. Es decir, desde su presente el narrador refiere un acontecimiento que de alguna manera cambió su existencia, con lo que la mirada al pasado nos da, como en el cuadro, la cara dual del personaje: presente y pasado vienen a configurar una sola visión que el lector ha de recomponer en su lectura.
La mirada del narrador encauza la del lector en un recorrido sobre lo cotidiano y sencillo, pero no por ello menos sorprendente. Y no hay demérito en el empleo del adjetivo sencillo. Tal vez a algunos lectores estos relatos les parezcan materiales para una obra más que una obra misma, pero, como decía Proust, el artista original procede igual que los oculistas, que al concluir el tratamiento, le dicen al paciente: «Ahora mire», y el paciente ve repentinamente con claridad. Pues eso es exactamente lo que sucede con este libro de Almudena Grandes.
La lectura de estos cinco relatos no defraudará al lector más exigente, si bien es cierto que no todos están a la misma altura. El lector es, en última instancia, el que decide.
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Almudena Grandes, Estaciones de paso. Edit. Tusquets. Barcelona, 2005. 287 páginas
Lunes, 03 de Octubre de 2005 23:14 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.

Lázaro Cárdenas. Contra la derrota del olvido

A finales de 1939 unos 300.000 refugiados republicanos habían escogido el camino del exilio definitivo, bien en Francia, bien en otros países de Europa o en América. Entre 140.000 y 180.000 habían regresado a España para caer en las manos de Franco.
Los refugiados en Francia, en condiciones más que penosas en duros campos de concentración (en el de Saint-Cyprien se hacinaban más de 90.000 hombre), tienen la opción de reemigrar a otros países. De entre todos los de habla española, México fue el país que ofreció la hospitalidad más generosa.
Los gobernantes de la República en el exilio no sufrieron en su mayoría los padecimientos ni las vejaciones de los campos franceses pero tampoco se libraron de las amarguras del exilio. El expresidente Azaña enfermó enseguida en la localidad donde se refugió, Collonges, y en octubre de 1940 se instaló en Pyla-sur-Mer, localidad cercana a Burdeos, desde donde tuvo que ser trasladado a Montauban. Allí falleció el 4 de noviembre, y fue enterrado cubierto por la bandera de México porque el prefecto de la ciudad prohibió que lo fuera por la bandera republicana y pretendió que se cubriera el féretro con la bandera de Franco, en ese momento, el embajador mexicano se encaró con el funcionario petenista y le dijo: "Pierda cuidado, señor prefecto, no insisto más sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección."
Se celebra estos días, del 3 al 7 de octubre, en Madrid un homenaje a Lázaro Cárdenas, el presidente de México, país que acogió con los brazos abietos a miles de exiliados republicanos españoles.
Cuauhtémoc Cárdenas afirmó: "México sólo hizo lo que debieron hacer todos" .
Estas palabras del nieto del presidente mejicano, recordadas ahora, no hacen sino aumentar la gratitud hacia la persona de su abuelo, el presidente Cárdenas, así como a su gobierno y su pueblo en aquellos infaustos años del exilio republicano, cuando miles de españoles, que se hacinaban en campos de concentración franceses, tuvieron la posiblidad de ser acogidos por el país centroamericano y desarollar allí una intensa labor cultural. Los republicanos españoles encontraron en México la comprensión y el apoyo que las democracias europeas les negaron. No obstante, fueron muchos los que acabaron su viaje en los campos de concentración y exterminio alemanes.
El exilio es hoy uno de los aspectos más desconocidos de nuestra historia reciente. Pero desconocido no significa olvidado del todo. Creo que es de justicia hoy reconocer en la persona de Lázaro Cárdenas todo el apoyo que el pueblo mexicano prestó a aquellos hombres y mujeres que habían sufrido dos derrotas: la de la guerra y la del exilio. Reivindiquemos su memoria en paz y no contribuyamos a la mayor de las derrotas posibles: la del olvido.
Miércoles, 05 de Octubre de 2005 12:39 #. Vidas ejemplares Hay 1 comentario.

Una mujer en Berlín

Existen ciertos libros que son en sí mismos, independientemente de su lectura, todo un mundo, obras que en su publicación y posterior recepción por el lector han recorrido un camino de avatares que los ha ido conformando poco a poco como obras excepcionales; esa clase de libros que dejan en su camino letraheridos.
Es cierto que toda obra, por el mero hecho de su unicidad, tiene un componente de excepcionalidad, incluso bastantes de las que se han incorporado fácilmente a la cultura de masas conservan, no obstante, dicho componente.
Pero sucede a veces que ciertos libros, en el momento mismo de su gestación por parte del autor y la subsiguiente escritura, empiezan ya a convertirse en algo especial, y si a ello añadimos unas determinadas circunstancias que afectan a su publicación y lectura, entenderemos entonces el por qué de su excepcionalidad. Podríamos decir, incluso, que esos libros gozan de una suerte de vida interior, un corazón de papel que late acompasadamente. Y ese latido es el que le llega al lector en estado puro, estableciéndose así una rara sincronía entre literatura y vida.
Permítanme que ejemplifique lo anteriormente expuesto con un caso concreto.
Berlín. 20 de abril de 1945. Cuatro de la tarde. Una mujer escucha desde un refugio antiaéreo el fragor de la batalla. Las tropas rusas ya están en la ciudad y los combates se libran en ocasiones cuerpo a cuerpo, pronto oirá hablar de las atrocidades de esos soldados. En ese momento, esta mujer inicia un diario, escrito para su novio, que redactará entre abril y junio de 1945 en tres cuadernos de notas y algunos trozos sueltos de papel. Tiene que escribir a la luz de las velas en el sótano. No hay contacto con el mundo exterior apenas y sólo los rumores circulan por la ciudad, la radio y los teléfonos callan y la prensa es inexistente.
Unos mese después del final de la guerra puede corregir sus notas, que entregó a Kurt W. Marek, un amigo, crítico y periodista que logró sobrevivir a la guerra a pesar de haber participado en ella como combatiente alistado a la fuerza por los nazis. Marek publica el manuscrito en los Estados Unidos en 1954 sin que figure el nombre de la autora. En 1959, una editorial suiza publica el texto original, anónimo, en alemán. El libro tuvo una fría y hostil acogida en Alemania. Aún estaban recientes las heridas y desgarros de la guerra y el sentimiento de culpa que invade a la sociedad alemana imposibilita la comprensión de un texto como este.
Hans Magnus Enzersberger, quiso editar el libro en Alemania pero le fue imposible localizar a su autora, y desconocía quién tenía la propiedad sobre los derechos de autor. Marek murió en 1972 y Enzersberger logró contactar con su viuda, quien le dijo que Anónima —como aparece en la edición española— no había querido que su libro se editase en Alemania mientras ella viviera. En el año 2001 la viuda de Marek le dijo que Anónima había muerto, y el texto se publica en Alemania en 2003. Ahora se edita en España.
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Viernes, 11 de la noche, en el refugio, a la luz de una lamparilla de petróleo, mi libreta sobre las rodillas. Hacia las diez cayeron tres o cuatro bombas seguidas. Simultáneamente se puso a aullar la sirena de alarma. Eso significa que ahora la accionan manualmente. No hay luz. Desde el martes hay que bajar las escaleras a oscuras. A tientas y a trompicones. En algún lado chirría una dínamo manual arrojando sombras gigantescas sobre la pared de la escalera. El viento sopla a través de los cristales rotos y hace traquear las persianas para el oscurecimiento que ya nadie se preocupa de bajar... ¿Para qué?
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En esa cueva, en esa catacumba del miedo, esta mujer escribirá sin compasión sobre lo que está pasando. Apenas sabemos de ella, excepto que, al parecer, era periodista y que su implacable mirada sobre sus conciudadanos y los vengativos vencedores registra el derrumbamiento de un mundo en el que las principales víctimas serán las mujeres.
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De los tres soldados rusos que estaban junto a la panadera se ha esfumado uno entretanto. Los otros dos siguen a su lado discutiendo. El oficial se entromete en la conversación, sin tono de mando, de igal a igual. Capto varias veces la expresión Ukas Stalina (decreto de Stalin). Este decreto parece tratar de que no suceda “eso”. Pero naturalmente ocurre, tal como me da a entender el oficial encogiéndose de hombros. Uno de los dos reprendidos replica. Su rostro está contraído en una mueca de cólera. “¿Y qué entonces? ¿Qué hicieron los alemanes con nuestras mujeres? Grita: “A mi hermana la...” etcétera, no entiendo todas las palabras pero sí su sentido.
De nuevo trata de convencerle el oficial con mucha calma. Al mismo tiempo se va retirando lentamente hacia la puerta del refugio. Y tiene a los dos también fuera. La panadera pregunta con voz ronca: “¿Se han marchado?”
Asiento con la cabeza, pero por precaución salgo a ver al pasillo oscuro. Y ahí me pillan. Los dos estaban ahí al acecho.
Grito, grito... Detrás de mí se cierra con un sonido sordo la puerta del refugio. Uno tira de mis muñecas haciéndome avanzar por el pasillo. Ahora tira de mí también el otro poniéndome la mano en la garganta de tal manera que ya no puedo gritar, y ya no quiero gritar por temor a acabar estrangulada. Ahora tiran los dos de mí. Ya estoy tendida en el suelo. Del bolsillo de la chaqueta se me escapa algo que tintinea. Deben de ser las llaves de mi casa, mi manojo de llaves. Llego a tocar con mi cabeza el peldaño más debajo de la escalera, siento en la espalda la humedad fría de las losetas. Arriba, junto a la puerta entreabierta por la que se cuela algo de luz, uno de los hombres hace guardia mientras el otro desgarra mi ropa interior, haciéndose camino violentamente...

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Unas 110.000 mujeres de Berlín fueron brutalmente violadas en la semana en que la ciudad permaneció en poder de las tropas rusas. Los maridos, padres, hermanos o novios de estas mujeres permanecieron escondidos.
Estos hechos todavía hoy estremecen al lector, y son fácilmente comprensibles los recelos de la sociedad alemana al afrontar lo que se cuenta en un texto como este.
Aún hoy, muchos años después de aquellos acontecimientos, hay quienes piensan que Alemania tuvo que expiar sus culpas en el sufrimiento infligido a la población civil (recuérdense los bombardeos de ciudades como Dresde en los últimos días de la guerra, con el ejército nazi prácticamente derrotado) y especialmente a las mujeres.
Reseña de Cecilia Dreymüller en Babelia, suplemento cultural del diario El País, del sábado 8/10/2005.
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Anónima, Una mujer en Berlín. Traducción de Jorge Seca. Edit. Anagrama. Barcelona 2005. 323 páginas. 18 €.
Sábado, 08 de Octubre de 2005 20:46 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 8 comentarios.

Malas noches

Alguien dijo que todos tenemos una noche de castigo y miedo en nuestra existencia. Suele ser una noche primitiva, una de esas noches de la infancia que, como en tantas otras cosas, inaugura una emoción o un sentimiento perdurable.
Las otras malas noches de castigo y miedo que luego vengan, no podrán borrar el sufrimiento de la primitiva y, a veces, ese sufrimiento posterior crecerá en proporción a aquél que marcó la apauta de nuestra humillación.

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Luis Mateo Díez. Los días del desván. Edit. Edilesa. León, 1997.
Domingo, 09 de Octubre de 2005 22:03 #. Más que palabras Hay 2 comentarios.

Alberto Méndez, in memoriam

Los girasoles ciegos.jpgPoco conocemos de Alberto Méndez (1941-2004), madrileño, estudiante de Filosofía y Letras, vinculado al mundo editorial y autor finalista en el 2002 del Premio Internacional de Cuentos Max Aub.
Pero en el año 2004 se edita la única obra narrativa que publicará y uno de los libros de relatos más originales que se han publicado últimamente en este país: Los girasoles ciegos.
El libro de Alberto Méndez contiene cuatro relatos aparentemente independientes que van envolviendo al lector con el hilo del dolor de la tragedia y la derrota de nuestra Guerra Civil, pero de forma callada, silenciosa, con una prosa de un lirismo contenido, casi seco. Y así, sin pretensiones ni aspavientos, y tratando un tema mil veces tratado ya (recuérdese la exitosa Soldados de Salamina, de Javier Cercas) el libro nos va hablando serenamente de personas concretas, de sus sufrimientos, víctimas de la guerra, muertos, pero no en el olvido.
Parecía casi imposible añadir al tan trillado tema de la Guerra Civil española un libro verdaderamente singular, importante, diferente, y, sin embargo, de apariencia corriente. Aquí está una de las claves del libro, que apenas se aprecia su artificio y si podemos convenir que el mejor estilo es el que no se nota, pues en este caso Alberto Méndez ha dado plenamente en el clavo: sutileza formal bajo una capa de anodina normalidad.
Todo lo que aquí se cuenta es verdad, y como señala Santos Sanz Villanueva, el autor apunta hacia un reforzamiento del realismo o una superación de los lindes entre verdad e invención, en la estela del Muñoz Molina de Sefarad. A ese realismo, continúa el crítico, distinto de la observación y copia naturalista, contribuye la aparición de personas reales en el relato, configurando así una poética que es la de rescatar la realidad en su valor intrínseco, como datos ciertos, y pasarla por el tamiz de un tratamiento narrativo
En el primero de los relatos, Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir, se nos cuenta la historia de un militar franquista, el capitán Alegría, que se pasó al ejército republicano el día que Casado rinde Madrid a los rebeldes, porque “no quería formar parte de la victoria”. Antes de pegarse un tiro con un fusil arrebatado a sus guardianes, pertenecientes al bando del que desertó, escribió: ¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra? No, ellos quieren regresar a sus hogares, adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos.
En el segundo relato, Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido, leemos el diario de un poeta, un chico de 18 años, que huye a los montes de Asturias con su compañera. El texto del diario, se nos dice, se encontró en 1940, junto al esqueleto de un adulto y el de un bebé sorprendentemente bien conservado. La mujer había muerto durante el parto.
En el tercero, Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos, Juan Senra, durante su juicio sumarísimo le dice al coronel instructor que conoció en Madrid a su hijo en la cárcel de Porlier, cuando lo trasladaron de la checa de Chamberí. La mujer del coronel quiere saber por qué fusilaron a su hijo. Senra va inventando una historia para dilatar su fusilamiento.
En el cuarto y último de los relatos, Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos, asistimos a la confesión de un diácono, excombatiente de la Cruzada, cuya lascivia por la madre de un alumno lleva al suicidio a su marido, un intelectual antifascista que se ocultó tres años en el doble fondo de un armario. El hombre que fue ese niño rememora ahora aquellos años: Una de las cosas que más sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello.
En el colegio, Franco, José Antonio primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúsculas, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre hombres
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Los girasoles ciegos obtuvo el pasado mes de abril el Premio de la Crítica. El 6 de octubre último su autor ha sido galardonado, a título póstumo, con el Premio Nacional de Narrativa, concedido por el Ministerio de Cultura, a la mejor novela publicada en el 2004.
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Pueden leer reseñas de la obra en El Cultural del diario El Mundo, en el número 112 de la revista Lateral, en la Revista de Letras de la Escuela de Letras de Madrid y un interesante texto de Francisco Solano aparecido en el suplemento Babelia del 28 de febrero de 2004, también la de Enrique Martín en eitb, donde, además, pueden encontrar otras reseñas interesantes.
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Alberto Méndez, Los girasoles ciegos. Edit. Anagrama. Barcelona 2004, 155 páginas, 12 €.
Miércoles, 12 de Octubre de 2005 00:17 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 5 comentarios.

¿Es útil la poesía?

inmigrantes.jpgLa cara económica que define nuestras costumbres sociales ha identificado utilidad con negocio, con ganancia rápida, llegándose incluso a cargar de carácter negativo el concepto de utilidad, sobre todo en arte, ya que la belleza y la profundidad humana han venido siendo los primeros sacrificados en el utilitarismo negociante de las sociedades industriales. Sin embargo, ¿no es una torpeza trazar nuestro destino, aunque sea a la contra, en relación con un mundo prestado?, ¿no es una torpeza consagrarse al territorio de la inutilidad?, ¿no es posible mantener otro concepto más ancho de utilidad, una utilidad que exprese maneras distintas de entender la vida? Dejando a un lado los negocios y muchas de las implicaciones de las costumbres burguesas, ¿es útil conocerse, entenderse con uno mismo, tener más datos sobre las reglas de juego de nuestra propia existencia? ¿Es útil estar informados de nuestra historia, de nuestro corazón, de nuestras posibles razones? En sus Observaciones sobre el sentido de lo bello y lo sublime, Kant afirmaba: «es corriente denominar sólo útil a lo que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en comida y bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mis más vivos sentimientos no se ha de contar igualmente entre las cosas útiles». Pues bien, la poesía es inútil porque vivimos en una sociedad grosera, donde las necesidades creadas tienen muy poco que ver con el talento y con las posibles fronteras de nuestro deseo; la poesía es inútil porque el conocimiento de los demás invita a la solidaridad y la carrera por cubrir falsas necesidades exige otra cosa, competidores, alimañas carnívoras, habitantes de una sociedad donde es mejor guardar secretos, estar desinformados, tener las manos más libres y la conciencia más tranquila; la poesía es inútil, como las humanidades en general, porque se gobierna mejor a los incultos, son más dóciles, se toman menos en serio su propia dignidad.
Y la poesía es inútil porque los poetas, como forma de rechazo a la utilidad grosera, se han consagrado a la inutilidad, sin plantearse un sentido más digno y poético de lo útil.
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Fragmento de ¿Por qué no sirve para nada la poesía? (Observaciones en defensa de una poesía para los seres normales), conferencia leída por Luis García Montero en la Biblioteca de Andalucía, Granada, el 23 de abril de 1992. El texto aparece en Por qué no es útil la literatura, Luis García Montero y Antonio Muñoz Molina. Edit. Hiperión. Madrid, 1993. 76 páginas.
Jueves, 13 de Octubre de 2005 23:32 #. Más que palabras Hay 4 comentarios.

Alberto Méndez, in memoriam (II)

Interesante artículo de Fernando Valls publicado hoy sábado en Babelia, suplemento cultural del diario El País.
Fernando Valls, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, es director de la revista Quimera y crítico habitual del suplemento Cultura/s, del diario barcelonés La Vanguardia. Es autor de La realidad inventada, una excelente y meritoria aproximación a la novela española de los últimos veinticinco años, texto muy recomendable para conocer el panorama narrativo español de esa época.
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Fernando Valls, La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual. Edit. Crítica. Barcelona, 2003. 331 páginas.
Sábado, 15 de Octubre de 2005 16:56 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.

Paseando por ahí

El escritor Félix Romeo popone un paseo por algunas páginas de escritores. Pasen sin llamar.
Domingo, 16 de Octubre de 2005 00:30 #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

Red de relaciones o La trampa de la Red

Tela.jpgCuando empecé el blog en el mes de mayo pasado no dejaba de pensar que esto no tendría sentido, pues nadie me iba a leer, y se suponía que el sentido es que alguien te lea. Bien, me dije, es igual, me leeré yo. A los pocos días pensé: pues no sé yo si no será esto una nueva y sofisticada forma de alimentar el ego. Y en el fondo, qué quieren que les diga, pues que me hacía cierta ilusión tener lectores. Incluso hablé de ello, así como quien no quiere la cosa, con mis compañeros, ya saben, en el colegio. Ni caso. Alguno hubo que preguntó qué era eso de un blog, pero de ahí no pasó la cosa. No me arredré, evidentemente, y llegué a idear una sutil fórmula de captación de lectores: los alumnos, estos no fallan, pensé, ahí sí que no va a haber problemas. Pero cuando me lo pensé mejor, no les comenté nada. Creo que fue lo más sensato (especialmente para ellos).
Me introduje en esto del blog un poco por casualidad y un poco por mi amiga Meritxell, a quien había conocido a través del foro de la Escuela de Letras de Madrid por el mes de mayo. Yo participaba allí ocasionalmente y ella me agradeció una información sobre lecturas relacionadas con el Holocausto. Me habló de su blog, y lo visité. Entraba allí, leía y salía, y al día siguiente repetía fielmente la visita. Meritxell me comentó que tenía dos blogs que usaba con los alumnos y me dio algunas direcciones. Esto me animó y me puse manos a la obra.
Aquella contradicción inicial entre escribir para no-lectores o para lectores se deshizo cuando Palimp y Meritxell me leyeron y desearon suerte. Vaya —me dije—, dos lectores, esto colma todas mis expectativas. Escribiré, pues, para mis escasos lectores, me dije (habrán podido comprobar que esta etapa inicial o de configuración del blog fue muy monologante: no cesaba de decirme cosas, claro como no tenía casi nadie a quien decírselas...).
Tras la fase de alumbramiento, muy relacionada, tristemente por cierto, con mi desconocimiento de cómo crear un blog, vino el aspecto ideológico: bien, me dije (todavía seguía en la fase monologante), y ahora qué perfil ideológico le doy al blog. Después de decirme esto la verdad es que me asusté un poco, ¿era yo el que había dicho eso de “perfil ideológico”? Me temo que por aquellas fechas leía demasiados editoriales, pero lo que quería decir realmente era: ¿y ahora qué escribo aquí? Por aquellas fechas —mes de mayo, ya saben— aprendí a configurar (¿se dice así?) las entradas. ¡Ahhhhh, qué placer informático poder configurar unas entraditas y que te funcionen! Por aquel entonces ya era lector habitual de Espacio sobre Literatura, Un hombre sentado en una silla, La donna è mobile, La Librería, La Divina Comedia, El Lector, Cuchitril Literario, La Bitácora de Magda Bandera, Octaedro, el blog de la Escuela de Letras de Madrid... Y la lectura de estos blog me llevaba a otros y estos a otros (¿efecto dominó se llama esto?). Fue entonces cuando pensé, después de haber superado la fase monologante, que yo debía permanecer mudo, afásico, no publicar nada, pues aquellos señores y señoras escribían post (¡qué palabro!) fantásticos, fenomenales, que a mí me encantaba (y me encanta) leer.
¿A dónde iba a ir yo con este mi blog recién parido? Definitivamente debía volver a la fase monologante y cerrar el blog. Había comprendido que las palabras iniciales de Meritxell y Palimp eran pura cortesía, bienvenida, pero resultó que lo que leía en aquellos blogs funcionó en mí como un acicate, un aldabonazo (aún seguía yo leyendo demasiados editoriales), y poco a poco fui dando forma al blog, que es como configurarlo pero en profano.
Y así están las cosas. Todavía no sé muy bien qué es este blog, aunque creo que es un poco de todo: reseñas, textos pseudoliterarios o con voluntad literaria, textos de otros, vidas ejemplares... en fin, una mixtura que me lleva bastante tiempo escribir. Y cuando escribo pienso en esos amables lectores que se pasan por aquí.
De vez en cuando hago clic en el primer enlace, ese cuadradito azul que está encima del contador, para ver dónde están ustedes, y lo que veo me deja realmente impresionado (ya leo menos editoriales, aunque no sé si ahora editorializo yo):

1. España 2403
2. Estados Unidos 33
3. México 24
4. Argentina 20
5. Chile 16
6. Venezuela 14
7. Uruguay 13
8. Suecia 9
9. Perú 9
10. Colombia 9
11. Alemania 7
12. Ecuador 5
13. Bélgica 4
14. Canadá 3
15. Francia 3
16. Brasil 2
17. República Dominicana 2
18. Países Bajos 2
19. Italia 2
20. El Salvador 2
21. Bolivia 2
22. Japón 1
23. Bulgaria 1
24. Nicaragua 1
25. Australia 1
Desconocido 5

¿Pero es posible, me pregunto, que me hayan visitado nueve personas de Suecia; una de Australia, otra de Japón, otra de Nicaragua, otra de Bulgaria...? Lo de España no me sorprende porque seguro que casi todas son mías...
Desconozco si esto es así o no, es decir: si realmente han pasado y pasan por aquí una persona de Japón, nueve de Suecia y cinco desconocidos. Estos últimos me encantan (y me inquietan, ¿será el doctor Pasavento uno de ellos?). Pero lo que sí es cierto es que cada vez que escribo pienso en ustedes, mis amables lectores, y les imagino contemplando más allá de la pantalla una limpia calle con fachadas de colores, o una montaña nevada, o una llanura amarilla, o escuchando trastear a los niños (¿ya se acostaron, Meritxell?), y si alguno de ustedes se sonríe o medita o apunta un título, entonces escribir este blog tiene sentido. Ésa es la auténtica trampa de la Red, que blogs como los suyos y lectores como ustedes le atrapan a uno en una red de relaciones que, digámoslo ya, le hacen feliz.
¡Muchas gracias!
Domingo, 16 de Octubre de 2005 01:13 #. Miscelánea Hay 6 comentarios.

El País Semanal habla de nosotros

Curioso reportaje sobre el mundo de los blogs aaprecido hoy en la Revista EPS, del diario El País.Ya hay más de 18 millones en Internet. Una cifra que en seis meses se habrá doblado. Son los ‘blogs’ o bitácoras virtuales. Modernas confesiones en su mayoría escritas por personas anónimas que documentan su vida sin complejos. También en imágenes.
Pasen. Pasen... y lean.
Domingo, 16 de Octubre de 2005 23:05 #. Miscelánea Hay 2 comentarios.

¿Por qué leo?

Porque me gusta aislarme del mundo real y meterme en el universo ficticio del libro, tanto si es de aventuras, como si es de cualquier otra cosa. Me gusta alejarme y ponerme en el lugar de los personajes, y vivir los acontecimientos desde su punto de vista. Eso me hace reflexionar sobre las situaciones en las que te puedes encontrar en la vida. Además, seas quien seas, siempre hay un libro para ti, un libro que nunca olvidarás. En él puedes encontrar desde la solución a tus problemas a una actividad entretenida con la que podrás disfrutar. Pero para eso debes encontrar el libro pues, si no te esfuerzas en buscarlo, es muy improbable que lo encuentres.
Carmen F. 2º de ESO, 13 años.
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Yo leo, la mayoría de las veces, para divertirme y para pasar el tiempo. Muchas veces me lo paso bien leyendo libros que me mandan mis padres, mis abuelos o los que el colegio exige. Pero cuando yo elijo el libro que más me apetece es cuando me lo paso mejor leyendo. También leo libros de un autor determinado que me haya gustado mucho y que tiene otros muchos libros o colecciones de libros. Los libros que más me han gustado son los de la colección de Harry Potter porque me enganchaban mucho y cuando me había leído cincuenta páginas no podía parar hasta terminarlo y después, otro más.
También leo para mejorar la lectura y la ortografía. Por ejemplo, este verano, antes de hacer el examen del cole me leí el cuento de El Saltamontes Verde de Ana María Matute y me ayudo mucho a mejorar la lectura y a retomar lo que había perdido de castellano en Estados Unidos.
Poder leer bien lo valoro mucho porque necestitas leer durante toda la vida y cuando sea mayor y me retire me gustaría saber disfrutar de la lectura y así pasar el tiempo. Con la de libros buenos que hay, seguro que casi todos me gustarán.
Nicolás E. 2º de ESO, 13 años.
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Transcripción literal.
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Hay algo naif en estas dos opiniones y se las traigo aquí porque esta mañana les he pedido a mis alumnos más pequeños que escriban en un folio las razones por las que leen. Cuando terminaron y leyeron algunas de sus opiniones en voz alta les dije que leer les hace mejores, que sigan leyendo, y recordé entonces la columna de Juan José Millás del viernes pasado, Clandestinos. Se la transcribo íntegra:
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Un amigo íntimo me pidió que acudiera el sábado por la noche a su casa para mostrarme algo. Al llegar, abrió la puerta con aire de misterio y me hizo pasar sigilosamente a su cuarto de trabajo. Mientras yo curioseaba entre sus libros, él iba de acá para allá, ofreciéndome té, café, whisky, como si le diera miedo entrar en materia. Tras dejar transcurrir un tiempo prudencial, le pregunté si tenía algún problema. Respondió que no estaba seguro y a continuación, colocando el dedo índice sobre los labios, me arrastró al pasillo, desde donde nos dirigimos con movimientos furtivos al salón, cuya puerta estaba entreabierta. Al asomarme, vi a su hijo, de 18 años, instalado en el sofá, leyendo tranquilamente Madame Bovary.

De vuelta a su estudio, me miró con expresión interrogativa. "¿No te parece alarmante?", preguntó. "¿Preferirías que leyera Ana Karenina?", pregunté a mi vez. "Por Dios", gritó, "es sábado por la noche y tiene 18 años; debería estar tomando cervezas con los amigos". No le dije nada, pero lo cierto es que la imagen del joven, devorando aquella obra clásica, me había perturbado. Quizá no fuera un psicópata, pero tampoco se podía negar que le ocurría algo. Se empieza con rarezas de este tipo, que al principio hacen gracia, y se acaba leyendo a Samuel Beckett. "La lectura es buena", le tranquilicé, "en eso está de acuerdo hasta el Ministerio de Cultura". "La lectura", respondió mi amigo, "es buena cuando tus amigos leen, como pasaba en nuestra época. Ahora es un síntoma jodido. Si al menos le diera por El Código Da Vinci, que no hace daño a nadie...".

Me pidió que hablara con su hijo. "Después de todo", añadió, "lo conoces desde que era un niño y te escuchará mejor que a mí". A los pocos días, me hice el encontradizo con el chaval y entramos en un bar. Hablamos de literatura y me pidió algún consejo para abordar la lectura de los clásicos latinos, que se le resistían. Le recomendé una edición bilingüe de la Eneida y me ofrecí para que la comentáramos juntos. Pagó él y, al despedirnos, me guiñó un ojo, diciéndome: "De todo esto, ni una palabra a mi padre, que está muy preocupado conmigo". Así que llevamos dos semanas leyendo clandestinamente a Virgilio. ¿Adónde vamos a llegar?
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El País, 14/10/2005.
Lunes, 17 de Octubre de 2005 23:28 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 4 comentarios.

Necesito tantas cosas para poder llenar pocas páginas

Marisa Madieri.jpgEstas palabras de Marisa Madieri (Fiume 1938 – Trieste 1996), la cara sonriente que aquí ven, bien podrían definir el método de escritura de esta mujer, escritora secreta durante años.
Marisa Madieri es autora de Verde agua, una exquisita visión literaria en torno a la idea del paso del tiempo. Tiempo aislado, como el de la infancia, que permanece en lo más hondo de la conciencia y camina con nosotros toda la vida.
El libro es también una lúcida visión del destierro, de cualquier clase de destierro y extrañamiento. La autora tuvo que abandonar con su familia la ciudad de Fiume, entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial. A este primer destierro le siguió un segundo durante siete largos años vividos en un campo de refugiados, en el que permaneció hasta hacerse adulta. Poca a poco el libro se va convirtiendo en una metáfora del exilio y sus heridas y por sus páginas van desfilando algunos de los componentes de su familia que más la marcaron, esos héroes de lo cotidiano que encuentran la grandeza en servir cada día una taza de café sin abandonar del todo las pequeñas miserias cotidianas: la madre, siempre amando y sufriendo; el padre, inventándose historias que acaba por creer, la abuela...
El texto se organiza como un diario, y en el posfacio, escrito por Claudio Magris, marido de la autora, podemos leer lo siguiente: “Somos profundos, volvamos a ser claros. Estas palabras de Nietzsche —tan queridas para Saba, que las consideraba una descripción ideal de su poesía— pueden definir también las páginas de Marisa Madieri. En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.”
Literatura intensa, este es uno de esos libros que forman parte por derecho propio de esas lecturas, necesarias e irrenunciables, que a uno le cambian la vida, que a uno le hacen mejor.
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15 de noviembre de 1984
Fue en San Giovanni donde mi madre pasó el último año de su vida, aquejada de una enfermedad grave, el síndrome de Alzheimer, que, en un proceso irreversible, la hizo caer rápidamente en una senilidad precoz, consumiendo su cuerpo y su mente hasta la muerte. Las primeras señales de este mal se hicieron notar después de que muriera la abuela. Comenzó con unas amnesias relacionadas con pequeñas acciones cotidianas, episodios marginales de su vida. Después olvidaba los nombres de las cosas. Mamá se daba cuenta de que estaba perdiéndose y luchaba desesperadamente, y escribía en papelitos, que esparcía por la casa, el nombre de los objetos —reloj, cojín, silla—, inútiles salvavidas arrojados en el pantano del olvido que la estaba engullendo. Olvidó poco a poco la ortografía y al final la escritura. La realidad, también la más terrible, parece a veces un plagio de célebres páginas literarias.
Su memoria, inexorablemente destruida, se precipitó en la noche. En los últimos meses no fue ni siquiera capaza de reconocernos a mi hermana y a mí. Continuó en cambio hasta el final llamando a papá, que fue el último en quedar borrado.
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Entrevista a Claudio Magris en El Cultural del 9/1/03.
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Marisa Madieri, Verde agua. Posfacio de Claudio Magris. Edit. Minúscula. Barcelona 2001. 203 páginas. 13.22 €.
Miércoles, 19 de Octubre de 2005 00:08 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.

Francisco Boix, una Leica en Mauthausen

20051023213554-FBoix.jpg

   Francisco Boix Campo nació en Barcelona en 1920, en el seno de una familia catalanista. Su padre era sastre y había pertenecido en sus años jóvenes a la CNT; se dice de él que era muy aficionado a la fotografía, y parece ser que el joven Boix compartió esta afición con su padre.
   Al inicio de la Guerra Civil encontramos a Boix  en los ambientes de la Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña siempre con su Leica en la mano. En aquellos años empieza a trabajar como fotógrafo de prensa y todos lo recuerdan como un fotógrafo apasionado, pendiente las veinticuatro horas del día de hacer fotografías. No sabemos si llegó a participar en alguna acción armada como combatiente, pero sí estuvo en diversos frentes como fotógrafo.
   Cuando se derrumba la Segunda República, Boix pasa a Francia camino del exilio. Su padre fue encarcelado y liberado en 1942, cuando su muerte era inminente.
   Poco sabemos de los primeros meses de Boix en Francia. Estuvo internado un tiempo en los campos de Vernet d’Ariege y de Septfonds. De este último salió hacia el norte en septiembre de 1939 junto con excombatientes republicanos encuadrados en la 28 Compañía de Trabajadores extranjeros. En mayo de 1940 las líneas defensivas francesas son destrozadas por la Wehrmacht, Boix es hecho prisionero por los alemanes, pasa por diversos campos  y es conducido a Mauthausen, junto con 1506 republicanos españoles, a donde llegan el 27 de enero de 1941.
   En Mauthausen existía un Kommando llamado Erkennungsdients, oficialmente era un laboratorio fotográfico destinado a los retratos policiales de identificación de los presos, aunque en la práctica se hacían fotografías de muertes por arma  de fuego, suicidios, accidentes, asuntos de naturaleza médica y acontecimientos varios del campo, como las visitas de altas jerarquías, por ejemplo las de Himmler y otros altos cargos de las SS. A este Kommando se incorpora Boix a finales de 1942, y allí trabajó como fotógrafo y técnico de laboratorio con dos españoles más.
   Boix y la organización clandestina del Partido Comunista español deciden ese año de 1942 esconder los negativos del Erkennungsdients. Como esconder los negativos dentro del campo era muy peligroso, deciden sacarlos de allí. Para ello, se ponen en contacto con españoles que trabajaban en el llamado Bahnholkommando, un grupo de trabajo que salí a diario desde el campo hasta la estación de Mauthausen. El preso Jacinto Cortés y otros españoles de ese kommando habían hecho una cierta amistad con una familia del pueblo. Fue Jacinto el que le pidió a Anna Pointer que ocultase el paquete de fotografías y negativos que habían robado a los SS en el campo.
   Cuando Mauthausen es liberado, Boix marcha a París. Allí da a conocer algunas de las fotografías sacadas del campo de concentración en periódicos y revistas próximos al Partido Comunista francés. Enseguida se publican varios libros y las autoridades francesas se interesan por quien podría ser un testigo de gran valor en los juicios contra criminales de guerra que se estaban preparando.
   En 1946 Boix declaró como testigo en dos de esos procesos: el proceso de Nuremberg (Tribunal Militar Internacional) contra la cúpula dirigente del Tercer Reich, y unas semanas después en Dachau, en el proceso de la Sección Crímenes de Guerra contra 61 antiguos SS de Mauthausen. En ambos casos las acusaciones presentaron como pruebas las fotografías que Boix había hecho y robado en Mauthausen. Su testimonio y las fotografías presentadas fueron determinantes para sostener varias acusaciones y condenas.

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MAUTHAUSEN. CUADRAGÉSIMA QUINTA JORNADA. Martes 29 de enero de 1949. Sesión de la mañana.
(Se hace entrar al testigo Francisco Boix)
Dubost.- Continuamos. El tribunal recuerda que ayer por la tarde proyectamos seis fotografías de Mauthausen que nos han sido proporcionadas por el testigo que todavía está en el estrado y que fueron comentadas por él. Este testigo indicó particularmente en qué condiciones fue tomada la fotografía que representa a Kaltenbrunner en la cantera de Mauthausen. Depositamos estas fotografías bajo el número RF-332 como documento francés. Permítanme hacer una pregunta más a este testigo y habré terminado con él, al menos en cuanto a lo esencial de esta declaración. (Dirigiéndose a Boix) testigo, ¿reconoce usted entre los acusados a algunos de los visitantes del campo de Mauthausen a quienes haya visto cuando estaba internado?
(El testigo se vuelve hacia el banco de los acusados, se levanta y señala con el dedo)
Boix.- Speer.

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   Boix residió en París desde el verano de 1945 hasta su muerte, en 1951. En París trabajó como reportero gráfico en diversas publicaciones, entre ellas L’Humanité, órgano del PC francés. Escribió un libro sobre su estancia en Mauthausen, al que tituló Spaniaker, la forma despectiva con que se referían a los españoles algunos SS, e hizo llegar el manuscrito al escritor André Wurmser. Cuando en los setenta la escritora catalana Montserrat Roig se interesó por el texto, Wurmser le dijo que se lo había dejado a Pierre Courtade, fallecido unos años después que Boix. Aún hoy se desconoce el paradero de dicho libro.

Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno. DVD documental de Francisco Llorenç Soler. Planeta Historia. 55 minutos.

Benito Bermejo, Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen. Edit. RBA. Barcelona 2002. 255 páginas. 30 €.

 

Domingo, 23 de Octubre de 2005 2:05 #. Vidas ejemplares Hay 2 comentarios.

Ningún libro es tal si no se expone a una mirada

   El lector necesita devorar con su vida la objetividad de cualquier libro para que se produzca el efecto literario, haciendo suyo el miedo, el amor, el odio, el desprecio o la alegría. En el capítulo de sus Ensayos que trata “De los libros”, Montaigne confiesa: “Cualquiera que sea la lengua que hablen mis libros, yo les hablo en la mía.” Por eso la escritura está también sometida al hielo, y si se fija en el tiempo una posibilidad de comunicación es a costa de su propia flexibilidad, de abrirse a los ojos de los ausentes para que construyan el ámbito del intercambio con su ideología, con una red distinta de sobrentendidos, donde los viejos saberes necesitan acomodarse a los nuevos matices. Nuestro placer de lectores ante libros antiguos es siempre la consecuencia de una falsificación verdadera. Admiramos aquello que facilita la impertinencia de nuestras propias inquietudes. Del mismo modo que hablamos con egoísmo de valores eternos o universales, al proyectar una determinada concepción del mundo en el tiempo o en el espacio, pensamos que los libros han confiado siempre lo que nos confían a nosotros. Y ese mecanismo permite la vida literaria, la fortuna literaria, pero deforma y ciega la mirada del historiador.

Luis García Montero, El sexto día. Edit. Debate. Barcelona 2000.

Jueves, 27 de Octubre de 2005 23:36 #. Más que palabras Hay 3 comentarios.


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