Facebook Twitter Google +1     Admin

Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

Temas

Enlaces

Archivos

 

Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005.

Realidad y verosimilitud

Koeppen.jpgWolfgang Koeppen (1906-1966) fue el gran novelista alemán de la posguerra. Entre 1951 y 1954, cuando los escritores alemanes guardaban silencio intentando ubicarse en la nueva situación que la derrota alemana había traído consigo, escribió tres novelas sobre la realidad de la Alemania que comenzaba a resurgir de las cenizas, sumida en la culpa y en el horror por lo vivido bajo el nazismo: Palomas en la hierba, El invernadero y Muerte en Roma. Por aquellos años era de sobra conocido el hecho de que la mayoría de los soldados y oficiales de las SS que habían estado en Auschwitz no habían sido encausados y que muchos antiguos nazis convencidos empezaban a ocupar puestos en la nueva administración del estado. Koeppen habló sobre aquello que nadie quería hablar, aquello que resultaba incómodo, y expuso sin rodeos su convencimiento de que la Alemania fascista no había sido aniquilada ni con la muerte de Hitler ni con las condenas de Nuremberg. Esta actitud no fue entendida por sus contemporáneos, que lo relegaron al olvido.
Les recomiendo la lectura del primer título de la trilogía, una obra verdaderamente magnífica, y como una breve aproximación al autor, lean detenidamente esta declaración de intenciones que escribió en el prefacio de El invernadero:
.
La novela El invernadero sólo tiene que ver con acontecimientos, especialemente políticos, en la medida en que éstos constituyen un catalizador para la imaginación del autor. Los personajes, lugares y acontecimientos que sirven de marco al relato en ningún caso son idénticos a la realidad. La singularidad de personas reales no se ve afectada por la descripción puramente ficticia, ni es ésa la intención del autor. La dimensión de todas las afirmaciones hechas en el libro está más allá de toda referencia a personas, organizaciones y acontecimientos; la novela tiene su propia verdad poética.
.
.
W. Koeppen, Palomas en la hierba. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2003. 237 páginas. 16 euros.
Lunes, 05 de Septiembre de 2005 23:39 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.

Plenitud líquida

Un día noté que los ojos de mi madre estaban permanentemente acuosos. Ella, cuidadosa y discretamente, se aplicaba la puntita de un pañuelo que sacaba con disimulo de entre los entresijos de su puño izquierdo, y con ella se enjugaba alguna esquiva lágrima que apenas asomaba por la comisura de sus cansados párpados. Dirigí mi mirada al punto a donde miraba mi madre y supe que ella veía más y más allá. Aquel día vi en sus ojos y en su mirada la vejez, pero también vi la plenitud. Desde entonces, cuando la beso, me gusta sentir en mi mejilla ese poquito de humedad que me deja algo venido de muy lejos.
.
Dedicado a Carmen (23 de agosto de 2005).
Martes, 06 de Septiembre de 2005 11:33 #. Fotos veladas Hay 3 comentarios.


Wolfgang Koeppen, El invernadero

Wolfgang Koeppen escribe El invernadero en 1953, es la segunda novela de la trilogía sobre la situación de la Alemania de posguerra, con anterioridad había publicado como ya comentamos Palomas en la hierba. En El invernadero se narran las convulsiones de la política alemana de los primeros años de la República Federal. En Bonn, la capital del nuevo estado, con las ruinas de los bombardeos aún visibles, luchan por el poder antiguos nazis, conservadores católicos y socialistas; pero los políticos están pactando en secreto el rearme de Alemania.
Inmerso en esta lucha política en la que convergen diputados oportunistas y políticos corruptos, se encuentra el personaje central de la novela, Keetenheuve, parlamentario al que todos quieren apartar, marginar —llegan incluso a ofrecerle la embajada de Guatemala para apartarlo del debate político—, pues su actitud ética les resulta insoportable a los demás: la política es un negocio, y el que no se atiene a las reglas está excluido.
En uno de los momentos finales de la novela podemos leer lo siguiente, no olviden la fecha en que se escribió: 1953... pero de tremenda actualidad.
...
En las salas del grupo parlamentario le esperaban, Heinewg y Bierbohm y los otros expertos de las comisiones, los zorros del procedimiento, las águilas del reglamento, volvían a mirar a Keetenheuve con aire de reproche. Knurrewahn vigilaba a los suyos y, mira por dónde, no faltaba sin causa justificada ningún importante. Habían venido a la sesión desde sus provincias, el aire de las provincias colgaba de sus ropas, lo llevaban consigo a la sala, un aire espeso de habitaciones estrechas, en las que habitaban al parecer encerrados, porque tampoco ellos representaban directamente al pueblo, ya no pensaban como el pueblo, también ellos eran —pequeños, muy pequeños— preceptores del pueblo, no precisamente maestros, pero sí personas de respeto o no respeto, ante los que la gente cerraba el pico. Y a su vez ellos, sus huestes, cerraban el pico ante Knurrewahn, que a veces tenía la sensación de que algo no iba bien aquí. Contempló a su guardia silenciosa, parlamentarios de cráneo alargado, tipos estupendos en los que podía confiar. Leales de los tiempos de la persecución, pero todos ellos receptores de órdenes, una tropa firmes ante el sargento, y Knurrewahn, que ahora estaba arriba, como hombre del pueblo, sin duda, pero arriba, en el círculo de los dioses, cercano al Gobierno e influyente, Knurrewahn escuchaba en vano en busca de una palabra de nostalgia de abajo, de un grito de libertad, de un latido de corazón que viniera del fondo; no se agitaba ninguna fuerza virgen, difícil de someterse a la disciplina, no se sentía ninguna indomable voluntad de renovación, ningún valor para derribar los viejos valores muertos, sus mensajeros no traían eco alguno de las calles y plazas, de ls fábricas y de los altos hornos, al contrario, eran ellos los que esperaban instrucciones, signos de la cabeza, órdenes de Knurrewahn, exigían a la burocracia de partido de las centrales y no eran más que puestos avanzados de esa burocracia, y ahí estaba la raíz del mal, regresarían a sus lugares de provincias y allí anunciarían: Knurrewahn quiere que nos comportemos de tal o cual modo, Knurrewahn y el partido desean, Knurrewahn y el partido ordenan, en vez de que fuera al revés, en vez de que los mensajeros de provincias le dijeran a Knurrewahn el pueblo desea, el pueblo no quiere, el pueblo te manda, el pueblo espera de ti, Knurrewahn... nada. Quizás el pueblo sabía lo que quería. Pero sus representantes no lo sabían, así que hacían como si al menos hubiera una fuerte voluntad de partido.
...

Wolfgang Koeppen, El invernadero. Traducción de Carlos Fortea. Edit. RBA. Barcelona 2005. 189 páginas. 16 €.
Miércoles, 07 de Septiembre de 2005 10:25 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.

Neguijón

La lectura de El cofrecillo rojo, excelente comentario de Vailima (en tres partes) referido a una pintura de Tiepolo, El sacamuelas, me lleva a animarles a leer dicho comentario, y de paso a recomendarles Neguijón.
Neguijón es el título de la última novela del peruano afincado en Sevilla Fernando Iwasaki (1961), y en ella se nos narran las peripecias de Gregorio Utrilla, sacamuelas sevillano que en el siglo XVII tiene que afincarse en Lima huyendo de la Santa Inquisición. El título hace referencia al gusano que los sacamuelas suponían que se asentaba en la dentadura y que era el causante de terribles dolores, como habrán leído en el triple comentario de La Divina Comedia.
Novela histórica, con contenidas dosis de erudición y humor, con un buen tono narrativo, puede resultar muy recomendable antes de la visita, ritual o forzada, al odontólogo. En cualquier caso, no esperen encontrársela en la sala de espera de su dentista, al lado de las habituales y acaso inevitables (?) revistas del corazón, se supone que para ellas, o de coches, se supone que para ellos, (disculpen la caída en los lugares comunes).
Les iba a hablar de una perversa idea: provéanse de varios ejemplares y, si lo pasan mal en el sillón con su dentista o la factura les deja temblando, se los dejan en la salita de espera disimuladamente... Pero no, no les hablaré de perversiones... al menos por ahora.
.
Neguijón, Fernando Iwasaki. Edit. Alfaguara. Madrid 2005. 170 páginas. 13,50 €.
Domingo, 11 de Septiembre de 2005 23:52 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 3 comentarios.

Nuevo curso

Se inicia un nuevo curso cuando aún resuenan algunos ecos del anterior, reacios a extinguirse del todo.
Los pasillos y aulas vuelven a recobrar el pulso y las pizarras adquieren nuevamente esa pátina blanquecina que deja la tiza que no se ha ido con el borrado. Suenan nuevamente los ruidos cotidianos que nos indican que el Colegio, como un inmenso ser vivo, se ha puesto en marcha: el organismo funciona.
Un perfecto ajuste de piezas evidencia que el cuerpo ha salido del letargo veraniego, y los seres que lo habitan durante unas horas se mueven por su interior como si nunca lo hubieran abandonado y éste fuera su lugar natural. Sólo por algunas caras de sorpresa y algunas miradas perdidas el profano sería capaz de adivinar que la nostalgia del verano se resiste a abandonarnos. Tiempo al tiempo. El otoño empieza a hacerse hueco tímidamente y el verano empieza a pegarse a las paredes, dentro de poco sólo quedarán de él algunos resquicios en las solanas.
Hoy ha llovido. La tierra apenas recordaba la lluvia.
Un nuevo curso, y las nuevas emociones preceden secretamente a las ideas.
Martes, 13 de Septiembre de 2005 00:17 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 1 comentario.

Lecturas para minutos

Parafraseo el título de un libro de Hermann Hesse, en el que se recogen los pensamientos dispersos en su obra, para recomendarles la lectura en la distancia corta, en apenas unos minutos; la lectura de breves textos, no exentos, sin embargo, de profundidad y complejidad intelectual. Es decir, textos mínimos cuya lectura e interpretación nos pueden conducir a lo máximo, a un alto nivel de especulación. Y todo ello, repito, en apenas unas líneas y unos minutos, aunque el sedimento que dejan en el lector pueda prolongarse horas e incluso días.
Aquí el lector no se enfrenta, como sucede con lecturas de larga distancia, a un proceso temporal en el que, en determinadas secuencias, vamos procesando una gran cantidad de información acumulada en el proceso lector, caso de la novela o el ensayo. Esta clase de textos está más próxima a los esquemas de la lírica, dada la asociación entre intensidad y brevedad, en algunos casos, incluso, de alto contenido emocional formulado en un complejo esquema intelectual que el lector debe procesar hasta alcanzar el nivel de pensamiento del autor, por lo que también participan de las características especulativas propias del ensayo.
Estos microtextos, a los que podemos llamar también aforismos, o, si lo prefieren textículos, empleando una expresión menos convencional con cierta carga humorística, no exigen del lector una lectura secuenciada en las coordenadas del espacio libro, pues no hay implícito un orden de lectura como tal, en principio, aunque todos ellos vengan a conformar, en un orden superior, una cierta visión del pensamiento del escritor.
La lectura de libros como los que les cito más abajo puede deparar al lector auténticos minutos de reflexión, emoción, felicidad o inquietud. Mucho para los tiempos que corren.
Y si empezábamos con Hermann Hesse, terminemos con un pensamiento suyo: “La lectura disipada e irreflexiva es como un paseo por un paisaje hermoso con los ojos vendados”.
Quitémonos la venda y paseemos por estos paisajes
.
Hermann Hesse, Lecturas para minutos, 2 volúmenes. Alianza Editorial, Madrid 2001. 6 € c/v.
Andrés Neuman, El equilibrista. Edit. El Acantilado. Barcelona 2005. 12 €.
Jueves, 15 de Septiembre de 2005 17:22 #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 6 comentarios.

Arranques

Comentaba recientemente con los alumnos el poder subyugador que tiene el arranque de determinadas novelas —alguien citó los momentos iniciales de Cien años de soledad, de García Márquez—, esos primeros quince o veinte minutos de lectura. Ese inicio, les decía, que te hace sentir, en cierta manera, vinculado con el texto desde los primeros párrafos y que es fundamental para articular la relación del lector con la novela, puede ser o bien de índole argumental, o bien de índole discursiva, y en los mejores textos, una sabia suma de ambas.
En el primer caso, lo que te está contando el narrador te resulta fascinante en sí mismo, independientemente de cómo lo cuente; podríamos denominar a este efecto el poder de la historia —el buen cine lo ha heredado de manera evidente—, y es, tal vez, una herencia de la gran novela decimonónica. En las novelas en las que domina esta clase de inicio, el narrador se suele ver impulsado antes o después a dar entrada en la historia a un determinado elemento desencadenante e impulsor de la trama.
En el segundo caso, el de aquellas novelas en las que domina el inicio de carácter discursivo, parece dominar la voz autorial sobre la del narrador, por lo que el discurso se impone a la historia en los inicios de la misma. Importa en ellas más el cómo se cuenta que lo que se cuenta.
En cualquier caso, de lo que se trata es de subyugar al lector, y el problema surge cuando el autor quiere conseguirlo a toda costa.
En fin, el eterno dilema, entre historia y discurso, contenido y expresión..., lo que me llevó a recordar a mis alumnos aquella conversación de Juan de Mairena con uno de sus alumnos en clase de Retórica y Poética:
.
—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena.— No está mal.
.
Les propongo a ustedes, al igual que a mis alumnos, el mismo ejercicio que le propuso Mairena al señor Pérez, pero esta vez con el primer capítulo de Cuando la noche obliga, de Montero Glez (Edit. El Cobre. Barcelona 2003. 248 págs.). Ahí va:
.
Tenía más curvas que una botella de Cocacola, ojos de carbón mojado y piel café. No llevaba sujetador. Se advertía en su cara nada más verla.
Apareció a la hora de las meriendas, cuando más trajín había. Lo hizo envuelta en piel de zorra y remolinos de viento. Con una forma muy especial de castigar el suelo con el tacón alcanzó la barra y se sentó, pierna sobre pierna, en el único taburete libre de la tarde. Emputeció la sonrisa para pedir un cortado, con dos de azúcar, por favor. Vista de lejos parecía estar pidiendo otra cosa. Llevaba el pelo del mismo color que la mantequilla fresca y él imaginó que se lo había teñido así por aquello de que las rubias gustan más, o tal vez para contrastar con el color de su piel, del mismo color que la tinta. Por lo que fuere, había dado en el blanco, siguió imaginando con la bandeja en la mano y el mandilón atado a los riñones.
Luego vino lo mejor, cuando giró media vuelta sobre el taburete y le regaló un oportuno espectáculo de piernas, trabajado con carne negra y mucha sombra. Y así estuvo la de la mantequilla fresca hasta que le sirvieron el cortado, con dos de azúcar, por favor. Entonces volvió a girar y se puso a hurgar en el bolso, de donde sacó una pitillera de plata. Ajustó un cigarro a su boca y le arrancó la primera calada. Con humo borró un trozo de espejo, tras la barra, que contenía su cara, ovalada como una cucharilla. Después se relamió. La lengua era felina y los labio carnívoros y llenos.
A él se le disparó el resorte de un arma de fuego que palpitaba a la altura de su ombligo. Y le entraron ganas de tirar la bandeja y mandarlo todo a hacer puñetas y unir sus sangres y sus huesos a los de aquella piel de seda negra. Contó hasta diez antes de hacerlo. Cuando iba por el siete le pegaron una voz. Pedían una cuenta desde la última mesa, la más cercana a los retretes y también la más indecente. Y hasta allí que se fue, bandeja en alto, disculpándose siempre que pisaba una pierna o la pata de una silla, perdón, pues no era mi intención, distraído por la figura que se recortaba al final de la barra.
Después del café, acarició el palabreo con los labios para preguntar que cuánto se debía. Él logró escucharlo a pesar de la distancia y el silbido de la puta cafetera. Su voz llevaba el azúcar suficiente como para levantar el bastón a un ciego sólo con hablarle al oído. Sin embargo, él no estaba ciego aquella tarde y ni falta que le hacía. Lo único que echaba en falta era más vista de la que le tocó en el reparto, así que empotró los ojos en el meneo de caderas, en la rumba de agua que marcaban los tacones, afilados y deliciosamente obscenos. Bang, bang. Cada paso de aquella mujer le repercutía en las sienes como si fuese un disparo. La siguió con la mirada hasta la puerta y un poco más. Y pudo ver cómo se colocaba los cabellos y cómo después se borró calle abajo. Y también pudo ver olvidada la pitillera, sobre la barra, junto a una taza de café con los bordes corridos de carmín. Y fue que cayó en la cuenta y que salió a la calle por si veía a su dueña. Sin embargo, lo único que consiguió ver fue verse a sí mismo haciendo el ridículo, en plena Granvía madrileña y con la bandeja bajo el sobaco. Entonces no sospechaba, ni por asomo, que lo que empezaría siendo el despiste de una mujer con más curvas que una Cocacola acabaría convirtiéndose en el nudo de una trama que le llevaría hasta la muerte. Vamos a contar cómo sucedió todo.
Lunes, 19 de Septiembre de 2005 23:20 #. El lector a la sombra y sus alumnos Hay 8 comentarios.

Interiores vacíos

Saenredam.jpgHe vuelto a Ámsterdam para contemplar nuevamente este cuadro, el interior de la iglesia de Saint Bavo, del pintor holandés Pieter Jansz Saenredam. Ahora estoy solo frente al cuadro, es casi la hora de comer y los visitantes buscan discretamente la salida. La otra vez lo vi hace unos años con Luisa, mi mujer. Vine hasta aquí traído por ella.
El verano anterior a aquel año, un verano extrañamente caluroso, visitamos Sevilla. Una tarde fuimos a la catedral, Luisa no había querido dormir la siesta en el hotel y me propuso buscar el frescor del interior del monumento. Paseando por la nave central reparé de pronto en que no había nadie, estábamos sorprendentemente solos. Cuando abracé su cintura pareció extrañarse y me apartó suavemente. Fue entonces cuando oí hablar por primera vez de Saenredam. Luisa me habló de sus interiores de iglesias vacíos, de lo interesante de su pintura, incluso tan interesante como la del famoso Vermeer. Afirmó que esos interiores sin nadie, como el de la catedral en aquellos momentos, había que interpretarlos como parte de la historia de la subjetividad y de ahí, afirmó, lo interesante de esta pintura, pues ya en el siglo XVII se nos habla de la desaparición del sujeto.
Apenas entendí lo que me decía y renuncié a volver a abrazar su cintura. Recorrimos en silencio las naves de la iglesia y volvimos al calor sofocante del exterior. Cuando íbamos hacia el hotel me propuso ir el verano próximo a Ámsterdam para ver la obra de este pintor de interiores vacíos.
Aquel verano en Ámsterdam fue el último que pasamos juntos. Habíamos ido hasta allí a conocer la obra de aquel pintor del que me habló una tarde en Sevilla y cuyo nombre ni siquiera recordaba entonces. Cuando contemplábamos este cuadro me habló de un tal Ettore Majorana. La miré sorprendido, sin entender nada. Majorana, repitió, un físico italiano. No tenía ni idea de quién me estaba hablando y empecé a pensar que empezaba a no entender lo que estaba pasando. Sí, soy físico, concedí, pero en este momento no sé de quién me estás hablando, tal vez haya oído hablar de él en alguna ocasión, pero ahora no me suena de nada. Me sorprendió que mi respuesta provocara esa cara de desolación en Luisa, pero lo cierto es que me sentí mal. No creo que no saber quién es ese Majorana sea tan importante, añadí.
Luisa inició ante el cuadro un delirante monólogo sobre la identidad y el yo, me habló de la desaparición de Majorana, de escritores como Salinger y Robert Walser, de la perspectiva del cuadro y de la vida, y repetía constantemente la palabra necesidad. Yo cada vez entendía menos pero no dije nada, me limité a escuchar, esforzándome por comprender lo que estaba diciendo. Por la tarde, en el pequeño hotel en el que nos alojábamos, cuando la abrazaba, noté algo extraño en su piel que nunca antes había percibido, o tal vez sólo fuera mi imaginación, pienso ahora.
Bajó a la calle a comprar unas postales para los amigos. Cuando horas después, antes de acudir a la policía, pregunté en recepción por ella me dieron esta nota que aún conservo y que siempre llevo conmigo: No me busques, nunca me encontraste. Habían pasado exactamente nueve años desde que la conocí.
Contemplando otra vez el interior de la iglesia de Saint Bavo, intento recuperar el sentido de mi vida. Sé que hay algo que se me escapa de todo esto, pero aún no sé con certeza qué es. Pienso en el interior del cuadro de Saenredam y en Ettore Majorana mientras releo la nota que me dejó, lo último que tuve de ella, tanto, que aún es capaz de llenar mi interior vacío.
Martes, 27 de Septiembre de 2005 22:46 #. Fotos veladas Hay 6 comentarios.


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris