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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala (o el que tuvo, retuvo)

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  Esa vieja sombrilla ha sido testigo este verano durante unos días de mis lecturas playeras. Ahí me ven, en esa especie de diminuto locus amoenus, mientras las medusas campaban a sus anchas, yo leía a la sombra de la sombrilla pasajes como este, perteneciente a la última novela de Mario Vargas Llosa:

 

  La idea de pasar una noche entera con ella, de hacerle el amor, gustar en mis labios el parpadeo de “su sexo de pestañas nocturnas” (un verso del poema Material nupcial, de Neruda, que yo le había recitado al oído la primera noche que pasamos juntos, en mi buhardilla del Hotel du Sénat), sentir que se dormía en mis brazos y despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio acurrucado contra el mío, me tuvo los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y el miedo a que algo frustrara el plan apenas me permitían concentrarme en el trabajo (Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala, pág. 74).

  Seguro que Ricardo Somocurcio también cree, como Vargas Losa, que la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse del infortunio, porque si de alguna manera hubiera que calificar su vida, ése sería el calificativo que más le convendría: infortunio.

  Pero Ricardo Somocurcio tardó casi toda una vida en darse cuenta de la verdadera naturaleza de la suya, y nunca lo lamentó, a pesar de tener sobradas razones para ello. Todo empezó allá por el verano de 1950, en un Miraflores inundado por los sones del mambo. Aquel verano, además de la Orquesta de Pérez Prado, también llegaron a Miraflores las hermanas Lily y Lucy, las chilenitas, que con sus liberales costumbres deslumbraron a todos los muchachos. Pronto inicia Ricardo una historia de amor con Lily, que se irá convirtiendo con el paso de los años en una verdadera y obsesiva pasión que lo irá atrapando, hasta casi destrozarlo, y que incluso lo lleva a la puerta del suicidio.

  Ricardo es el narrador-protagonista de la última novela de Mario Vargas llosa, Travesuras de la niña mala, que en un relato en primera persona da cuenta al lector de una vida organizada en torno a dos pasiones: vivir en París y un amor imposible por una mujer fatal, con la que llegará a casarse por conveniencia. El texto es una deposición de un Ricardo maduro, ya entrado en la cincuentena, en la que refiere los avatares de las uniones y separaciones de dos personas con sentimientos, intereses y aspiraciones totalmente diferentes: ella, la “niña mala”, sólo pretende redimirse de su pecado original, pertenecer a una clase social baja; para ello, pragmática y ambiciosa, únicamente busca estar con hombres ricos y poderosos a los que no duda en esquilmar; él, el “niño bueno”, que la ama por encima de todo y vive para perdonarle sus desprecios y abandonos, es el auténtico héroe del melodrama, casi folletín, que es la novela.

  La narración constituye una exploración de un misterioso sentimiento que dura toda una vida, una auténtica pasión, en el estricto significado del término (acción de padecer). El autor organiza para ello una historia de amor atormentado e irracional, con ribetes de sadismo y masoquismo, que se sustenta en la atracción casi enfermiza por la persona que puede hacernos daño (¿es amor o enfermedad?, se preguntará el lector en más de una ocasión). Es amar el daño, afirma Rosa Montero.

  La historia se estructura en siete capítulos, numerados y titulados, que se corresponden con los sucesivos encuentros y desencuentros de Ricardo y la “niña mala”. En ellos se va construyendo todo un mundo de personajes —eso es básicamente la novela— en un recorrido por distintas ciudades (Lima, París, Londres, Tokio, Madrid) y tiempos por los que discurre ese amor poderoso y obsesivo en la más pura tradición del irracionalismo romántico.

  La novela se inicia en la ciudad de Lima (Cap. I), años cincuenta, en donde el quinceañero Ricardito conoce a Lily, una de las hermanas chilenas, de la que se enamorará perdidamente. Pronto descubrirá que no son chilenas.

  Diez años después (Cap. II), Ricardo vive en el revuelto París de los sesenta y aprueba el examen para traductores de la Unesco. Lleva una vida un poco a salto de mata y se relaciona con gentes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), como Paúl, el encargado de mandar a jóvenes con ansias revolucionarias a formarse en Cuba, actividad en la que Ricardo lo ayuda ocasionalmente. Esto le pone en contacto con una tal camarada Arlette, a la que reconoce enseguida, pues no es otra que la Lily de Miraflores. Aunque ha pasado bastante tiempo, Ricardo sigue perdidamente enamorado de ella, pero Arlette se marcha a Cuba, donde parece ser que llega a mantener una relación con un gerifalte de la Revolución. Un tiempo después, Ricardo la vuelve a encontrar casualmente en la sede de la Unesco; ahora es madame Robert Arnoux, elegante señora de un alto funcionario de dicho organismo. Retoman los furtivos encuentros sexuales hasta que un día ella desaparece; algo inevitable, pues la señora Arnoux le reconoce que sólo se quedaría con un hombre muy rico y poderoso. Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más (pág. 81). A estas alturas de la novela el melodrama está servido y no tiene caso seguir resumiéndoles lo que en ella se narra. Mejor que la lean, porque lo realmente interesante es leer novelas, no hacerles la autopsia (Vargas Llosa dixit). Con todo, merece la pena hacer una pequeña consideración sobre este aspecto de la novela.

  El melodrama es uno de los géneros literarios más populares y su eficacia radica en la repetición de un esquema  dramático basado en el principio de positivo/negativo o esperanza/desesperanza, de tal manera que a una situación de bienestar le corresponde una de dolor, y a una de dolor, una de bienestar. En el caso de la última novela de Vargas Llosa, la alternancia se da entre los sucesivos encuentros de Ricardo y la “niña mala”, elemento positivo, y el abandono subsiguiente de aquel por parte de esta, elemento negativo. Este esquema le permite al autor complicar la historia cuanto desee y alargarla lo que le parezca; así, los encuentros y abandonos se suceden cuantas veces necesite el autor para su propósito.

  Por otra parte, el melodrama se articula con personajes muy bien definidos desde el principio, como es el caso. El lector percibe pronto que Ricardo es una buena persona, sin fisuras, y que la “niña mala” lo es cada vez más e incluso alcanza la perversión, y así se afirma en el tramo final de la novela:

  —Me conoces mal —dijo ella, muy tranquila—. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.

  —A mí me has hecho las peores maldades que puede hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque tenían más dinero, y me largabas sin el menor cargo de conciencia. No lo has hecho una sino dos, tres veces. Dejándome destrozado, aturdido, sin ánimos de nada. (Pág. 370)

  Travesuras de la niña mala es esencialmente una novela de personajes que en ocasiones acusa demasiado la deuda con el género del melodrama. No obstante, y como contrapunto, creo que debe destacarse, por una parte, el tono humorístico que impregna la novela, y que viene a actuar como contrapeso del melodrama, y por otra, el abanico de personajes secundarios, algunos de ellos suponen realmente un acierto, como el niño que no habla y sus padres.

  La novela se lee bien, lo cual no es ningún demérito, y aunque los compases iniciales puede parecer que flojean, a partir del capítulo V (El niño sin voz), cuando la vida de ella da un dramático giro que la redime de su ser egoísta y arribista cuya causa se nos revela en el último capítulo, la novela remonta el vuelo, de tal manera que toma altura hacia el final y el lector puede constatar el buen hacer del autor, su dominio de la narración.

  En fin. El que tuvo, retuvo. Pero de este autor me quedo con novelas como Conversación en La Catedral o La tía Julia y el escribidor, sin que ello haga suponer que crea que esta Travesuras de la niña mala sea una mala novela, que no lo es, aunque no alcance la altura de las antedichas.

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Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 375 páginas. 19.50 €.

Miércoles, 09 de Agosto de 2006 23:34 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 9 comentarios.


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