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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Gert Ledig, Represalia

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   Gert Ledig es un novelista injustamente olvidado, tal y como afirma Sebald en su ensayo Historia natural de la destrucción (Anagrama, Barcelona 2003. Página 102). Ledig había publicado en Alemania tres novelas en un corto espacio de tiempo: Die Stalinorgel [El órgano de Stalin] (1955), Die Vergeltung [Represalia] (1956) y Faustrech [La ley del más fuerte] (1957), y después no volvió a publicar, a pesar del éxito que obtuvo con la primera novela, tanto entre el público como por la crítica; algunos, incluso, llegaron a firmar que  Die Stalinorgel era una de las mejores obras sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero cayó en el olvido y hoy en día es un autor casi desconocido, del que la excelente editorial Minúscula ha recuperado Represalia.

  Ledig nació el 4 de noviembre de 1921 en Leipzig y se crió en Viena. En 1939, con 18 años, se alistó como voluntario en la Wehramacht y llegó a conocer en el 42 el horror en Stalingrado, donde sufrió graves heridas —un fragmento de metralla le destrozó la mandíbula inferior— por las que fue devuelto a Alemania. Allí trabajó en tareas burocráticas, que le llevaron a visitar diversas ciudades, en algunas de las cuales llegó a presenciar ataques aéreos que lo marcaron profundamente.

  Después de la guerra vagó por un Munich en ruinas instalando andamios y fracasando en distintos negocios. En 1950 trabajó en Austria para el ejército norteamericano. Allí empezó a escribir su primera novela, cuya primera edición se agotó enseguida. Cuando en el otoño de 1956 apreció Represalia, su autor se sentía muy esperanzado después de la buena acogida que tuvo la primera. Sin embargo, la reacción pública ante esta nueva obra fue devastadora, y la crítica dijo de ella que era una «terrorífica pintura deliberadamente macabra», una obra «que desbordaba el marco de lo verosímil y lo razonable», «una abominable perversidad, una cámara de los horrores». El Badische Zeitung expuso con claridad la clave del virulento rechazo de la novela: el lector alemán no admitía descripciones en las que se echaba de menos cualquier trasfondo y visión metafísica de orientación positiva. En definitiva, no se quería leer sobre lo sucedido, se quería olvidar el tema, aún quedaban demasiados escombros que recordaban claramente lo sucedido, y era insoportable revivirlo en la lectura.

  Después de ello, Ledig se fue apartando de la literatura, y a partir de los años sesenta se dedicó al periodismo y a escribir para la radio.

  A comienzos de 1998 diversos periódicos alemanes se sumaron al debate sobre “Guerra aérea y literatura” que iniciara Sebald con las conferencias pronunciadas en Zurich en el otoño de 1997, publicadas posteriormente con el título citado al principio. Ese debate despertó el interés por Represalia, pues esta novela junto con Der Untergang [La caída], de Hans Erich Nossak, son la gran excepción en la literatura alemana de posguerra, pues se centran totalmente en los bombardeos a ciudades alemanas, un tema que generalmente se ha abordado de pasada.

  Gert Ledig murió el 1 de junio de 1999 en un hospital de Landsberg am Lech. Sólo pudo ver las galeradas de la segunda edición de Represalia.

  La novela comienza sí:

                                                                                       13.01, hora de Centroeuropa

  Dejad que los niños se acerquen a mí.

  Cuando explotó la primera bomba, la onda expansiva arro­jó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cemen­terio porque sus padres combatían en el frente y había que bus­car primero a las madres. Solo hallaron a una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.

  La bomba, al explotar, lanzó un zapatito por los aires. Pero eso carecía de importancia. Ya estaba destrozado. Cuando la tie­rra proyectada hacia arriba volvió a caer con un repiqueteo, las sirenas empezaron a aullar. Daba la impresión de que se había desatado un huracán. Cien mil personas notaron como latían sus corazones. La ciudad llevaba tres días ardiendo y desde entonces las sirenas aullaban siempre demasiado tarde. Parecía hecho adre­de, porque entre la destrucción provocada por los bombardeos se necesitaba tiempo para vivir.

  Así comenzó todo.

  Al otro lado del muro del cementerio dos mujeres soltaron el cochecito y cruzaron corriendo la calle. Pensaban que el muro del cementerio era seguro, pero se equivocaban.

  De repente, los motores atronaron el aire. Una lluvia de bengalas de magnesio se clavó, siseando, en el asfalto. Al instan­te siguiente estallaron. Las llamas crepitaban en lo que momen­tos antes era asfalto. La onda expansiva volcó el cochecito. La barra salió proyectada hacia el cielo y un bebé cayó rodando de una manta. La madre, situada junto al muro, no gritó. No le dio tiem­po. Aquello no era un parque infantil.

  Junto a la madre chillaba una mujer que ardía como una tea. La madre la miró sin saber qué hacer antes de ser ella misma pasto de las llamas, que empezaron por los pies y subieron por las pan­torrillas hasta el vientre. Se dio cuenta justo antes de encogerse. Una bomba explotó a lo largo de la tapia del cementerio, y en ese ins­tante ardió también la calle. Y el asfalto, y las piedras, y el aire.

  Eso sucedió junto al cementerio.

  En el interior era diferente. Dos días antes las bombas habían desenterrado los cuerpos. El día anterior los habían ente­rrado. Lo que fuera a suceder ese día aun estaba por ver. Hasta los soldados que se pudrían en sus tumbas lo ignoraban. Y ellos hu­bieran debido saberlo. Sobre sus cruces se leía: «No habéis caído en vano.»

  A lo mejor hoy quedaban reducidos a cenizas...

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  La novela relata en toda su crudeza el ataque aéreo a una ciudad alemana en julio de 1944, cuando el final de la guerra era ya conocido e irreversible. El narrador, con una fría y distante actitud notarial, muestra en toda su crudeza “la súbita irrupción del invierno un día de verano”.

  El relato se organiza en diversos planos que el autor va hilvanando en un eficaz montaje. Esos planos se estructuran en tres niveles. El nivel del suelo, donde destaca un pelotón de adolescentes al servicio de una batería antiaérea a cuyo mando está un nazi enloquecido que pretende enfrentarse a la lluvia descomunal de bombas. En ese mismo nivel también están los prisioneros rusos y algunos habitantes que vagan por las calles sin ningún propósito.

  Por encima de ese nivel, un bombardero de la US-Air-Force, que atraviesa la barrera antiaérea.

  Llegaron en formación de combate. La primera oleada. Nubes de langosta con inteligencia humana, volando a cuatro kilómetros de altura, bombardero junto a bombardero. Las alas, casi rozándose, refulgían al sol. Cuando el alférez levantó la mano para proteger sus ojos, divisó también a los cazas: insectos por encima de las escuadrillas, zumbando entre las nubes.

  Al mando de las palancas que abren las compuertas de la bodega del bombardero está el sargento Strenehem. Acciona los mandos y suelta su mortífera carga sobre el cementerio. El piloto del aparato le recrimina esa acción. Minutos más tarde Strenehem tendrá que saltar en paracaídas y será capturado.

  El tercer nivel es el del subsuelo. Los búnkeres y los sótanos convertidos en refugios antiaéreos. En los sótanos se hacina la población civil, los pocos que no han querido o no han podido huir de la ciudad. Con silenciosa resignación esperan su destino, morir ahora bajo las bombas o esperar la llegada de los soldados rusos. En los búnkeres los soldados no piensan, algunos se emborrachan.

  —Rezar —sugirió alguien.

  La bóveda gemía sin cesar. Detrás de las paredes, el ruido sordo aumentó para después amortiguarse. La chica percibió el movimiento a su espalda y se mordió los labios. Todo parecía afelpado, como si ya estuviera podrido.

  La alfombra de bombas cae implacable sobre la ciudad arrasándolo todo  en una ceremonia de caos y destrucción sin sentido.

  Quien todavía gemía, fue reducido al silencio. El que gritaba, lo hacía en vano. La técnica aniquilaba a la técnica. Doblaba postes, despedazaba maquinaria, abría cráteres, derribaba muros: la vida era un simple despojo.

  No es de extrañar que los lectores alemanes de aquellos años, los del famoso milagro alemán, no pudieran soportar la lectura de tanta muerte y destrucción. Estaban reconstruyendo un país y expiando una culpa, aquello ya era demasiado, otra vez el horror.

  En el otoño de 1957, cuando ya se había evidenciado el desprecio de los lectores hacia la novela, Ledig escribió a la editorial: «Represalia fue un libro muy fuerte, y de un modo u otro recorrerá su camino. Como mínimo tiene asegurada una nueva edición después de la Tercera Guerra Mundial»...

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 PS: En la obra citada de Sebald, páginas 35-38, puede leerse lo siguiente:

 En pleno verano de 1943, durante un largo pe­ríodo de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El ob­jetivo de esa empresa, llamada «Operation Gomo­rrah», era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madru­gada, se descargaron diez toneladas de bombas explo­sivas e incendiarias sobre la zona residencial densa­mente poblada situada al este del Elba, que abarcaba los barrios de Hammerbrook, Hamm Norte y Sur, y Billwerder Ausschlag, así como partes de St. Georg, Eilbek, Barmbek y Wandsbek. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas que­daron rotas y arrancadas de sus marcos median­te bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quin­ce kilos penetraban hasta las plantas más bajas. En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas par­tes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanza­ba la vista, era un solo mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran ac­cionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivien­tes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las ca­lles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas con­torsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos per­dieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Has­ta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos ha­bían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes. Zonas residenciales cuyas fachadas sumaban doscien­tos kilómetros en total quedaron completamente destruidas. Por todas partes yacían cadáveres aterra­doramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quema­do hasta volverse pardos o purpúreos, o se habían re­ducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían re­torcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración co­menzaron a despejar el terreno, encontraron perso­nas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pa­red, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hir­viente que había brotado de las calderas de calefac­ción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas,  cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto  para la ropa..

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Crítica de la novela en el suplemento Babelia (diario El País).

Editorial minúscula

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Gert Ledig, Represalia. Edit. Minúscula. Barcelona 2006. 232 páginas. 16.50 €.

Jueves, 07 de Diciembre de 2006 23:55 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.

El libro

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[...] El requerido es camarero en la cantina de la estación del Norte y está domiciliado en la calle Espíritu Santo 18 bajo 1ª, manifiesta no saber nada de dicho libro y no conocer a su autor. Preguntado por el Señor Comisario sobre el dueño del libro que el guardia Morrazo aquí presente encontró sobre una de las mesas de la cantina de la estación dice no recordar bien al hombre que estuvo sentado en  dicha mesa si bien recuerda que tomo un tazón de café con leche y unos churros y que le preguntó de qué estaban hechos dichos churros explicándole que los mismos son una masa de harina y agua y que luego se fríen en aceite muy caliente. También manifiesta que le llamó la atención el bulto que a modo de equipaje el hombre había depositado en el suelo pues tenía bordado un dibujo de una playa con palmeras. Afirma que apenas cruzó unas palabras con el hombre y que por lo poco que le oyó decir notó que hablaba español pero no como se habla aquí. Dice le preguntó que si era gallego pero el hombre no respondió. A la pregunta de que por qué cree que el hombre dejó el libro sobre la mesa tratándose como se trata de un libro de un autor prohibido por las Autoridades el cantinero manifiesta desconocer la razón o razones que llevaron al hombre a ello. Advertido por el Señor Comisario de que deberá avisar inmediatamente a la Autoridad si este hombre volviera a hacer acto de presencia el requerido manifiesta si puede llevarse el libro por si su propietario vuelve a recogerlo [...]

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  Ignacio Jurado recordó nada más salir de la Estación del Norte aquella fría mañana de febrero por qué acera no debía caminar. Se había bajado del tren que lo había traído de Francia con el cuerpo entumecido por la dureza del asiento y las horas interminables de un paisaje apenas visto que creía reconocer. La Castilla mesetaria, había oído en más de una ocasión a más de uno, pensó. El viaje lo había ocupado en repasar lo que llamaba ‘el plan’, comer dos bocadillos, releer Campos de Castilla y dormir lo que buenamente pudo.

  Después de bajar del tren recorrió durante unos minutos los andenes de la estación. Era la primera vez que pisaba Madrid y sabía que nunca volvería, lo había sabido cuando cambió de tren en Hendaya, a donde había llegado procedente de París. Ni siquiera unos minutos antes de pasar el control fronterizo tuvo dudas del motivo de su viaje.

  El frío del andén de la estación del Norte le arrancó las últimas hebras de sueño. Tomó un café y churros en la cantina de la estación, y al salir dejó sobre la mesa el libro de Antonio Machado que le había regalado el señor Arana, “¡qué mejor manera de entrar en España que hacerlo por los poemas de Machado”! Le daba reparo tirarlo a un cubo de basura como le había aconsejado don José Ramón, y prefirió dejarlo allí, como olvidado. El libro estaba forrado con dos hojas de El Popular, el periódico donde el señor Arana escribía una sección llamada “La hora de España”, que era lo primero que leía en cuanto tenía ocasión. En un primer momento pensó arrojarlo a la basura, como le había dicho el señor Arana, pero luego se hizo otras cuentas. Tal vez en aquella mesa alguien lo encontrara y le sirviera de provecho. Lo que Ignacio Jurado nunca supo es que el libro lo encontró Pedro Morrazo, un policía armada de Orense, que entró en Madrid con las tropas por la Moncloa y decidió que bastantes méritos había hecho ya en aquella guerra.

  Don José Ramón Arana nunca entendió los motivos de Ignacio Jurado y tampoco se lo propuso, ciertamente, pero sí pretendió disuadirlo desde el primer momento. Aquel empeño le pareció algo totalmente descabellado y sin ningún fundamento. Es más, aquello no podía salir bien, de ninguna manera. ¿Pero qué se le había metido en la cabeza a este hombre?

  Se conocían desde que empezó a acudir regularmente a aquel café en la calle 15 de Mayo, en la capital de la República, y en más de una ocasión le había referido a aquel mesero, ‘camarero’ se le escapaba a veces, los avatares de exiliado desde que terminó la guerra de España hasta su llegada a México. Ignacio Jurado apenas pestañeaba al oírlo, como si escuchase la historia por primera vez. Era en aquellos ratos en los que el café casi se vaciaba, cuando Ignacio Jurado se arrimaba  a la mesa de los españoles y les escuchaba con devoción, con una extraña devoción que más de uno creyó admiración. Allí le oyó referir al señor Arana lo que tantas otras veces tendría ocasión de oír.

  —Cuando en la primavera del 38 se hundió el frente de Aragón comprendí que la guerra terminaría inevitablemente como luego acabó terminando. Estuve en el campo de Gurs, hasta que me pude instalar en Bayona. Tenía miedo de la Gestapo y de la policía de Franco. Todos teníamos miedo. Yo ya estaba en Francia antes de que acabase la guerra y conocía bien aquello. De Bayona nos fuimos a Marsella con la intención de embarcar, cosa que hicimos gracias a la ayuda de Margaret Palmer, una cuáquera que nos consiguió los pasajes en el La Salle, el vapor que nos llevó hasta La Martinica, donde nació Federico. De allí pasamos a la República Dominicana. Luego quise ir a Cuba, pues allí estaban algunos conocidos, como Manolo Altolaguirrre y Juan Chabás, de los que ya te he hablado en alguna ocasión.

  “Vine aquí, a México, con la ayuda de Manuel Andújar, que nos ofreció su casa. Manolo y yo fundamos en 1946 Las Españas... Manolo fue el que me trajo a este café y el que nos presentó: a ti, el mesero que lee lo que los exiliados españoles publican, y a mí, el periodista de El Popular. En fin, de sobra sabes ya mi historia, como la de tantos otros de por aquí.

  El señor Arana creía entender el interés de Ignacio por España, admiraba en él ese tesón con el que leía algunas obras de españoles exiliados en México, pero lo que nunca entendió fue la decisión que tomó Ignacio en los primeros días del mes de febrero. Alguno hubo después, de aquellos que inicialmente creyeron ver en él admiración, que vieron luego demencia o algo parecido.

  El señor Arana se lo comentó a Max Aub, y este le dijo que veía en ello un buen motivo para una novela, la última del franquismo. Arana quería que Aub hablara con él y le convenciera del despropósito en el que estaba a punto de embarcarse.

  No hubo ocasión. El 20 de febrero de 1959 Ignacio Jurado habló con su patrón, don Rogelio García, y le dijo que tomaba vacaciones, algo que nunca había hecho en los veinte años que llevaba de mesero en el café. Unos días antes le había dicho al señor Arana que se iba a España a matar a Franco. Desde esa fecha no se le volvió a ver por el café de la calle 15 de mayo.

  Tuvieron que pasar muchos años para que el guardia Morrazo entrase un día a una librería en la calle de San Bernardo y comprase un ejemplar de las Poesías completas de Antonio Machado. El único libro que este hombre leería en su vida. Todavía hoy, en alguna ocasión, sus hijos lo recuerdan sacando el libro de un cajón del aparador y sosteniéndolo entre sus manos reverencialmente. Leía en voz baja, despacio, apenas moviendo los labios, y algunas veces callaba sin levantar la vista del libro. Leía cuatro o cinco poemas, y luego de cerrar el libro lo guardaba cuidadosamente en el cajón de donde lo había sacado. Raro fue el mes que no hubiera un día en que cogiese aquel libro y leyera algún poema. Sólo él pudo saber, si es que alguna vez lo supo, las veces que lo leyó.

Miércoles, 27 de Diciembre de 2006 19:21 El lector a la sombra #. Vidas ejemplares Hay 3 comentarios.


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