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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.

Peregrinatio ad loca santa

20060203205520-zaldua.jpgEn el siglo XXVI el detective trisexual José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, es contratado por los dirigentes del Gobierno Vasco del planeta Nueva Euzkadi para una misión de carácter altamente patriótico y altamente peligrosa.
    La Inteligencia Artificial del TBB (Tecno Buru Batzar), el superordenador de ultimísima generación, vital para Nueva Euzkadi, contiene una síntesis del genio político de los más destacados dirigentes e ideólogos de los últimos seis siglos y medio. Pero se ha descubierto que en el proceso se cometió un terrible error: la muestra genética más importante no se recogió y fue sustituida por una falsa. La misión del detective es regresar a la Tierra y recuperar los restos del Fundador: Sabino Arana.
    El demencial viaje, a modo de bajada a los infiernos o loca peregrinación, que emprende el detective Belausteguieta en pos de los huesos del Fundador para recuperar y sintetizar su ADN, es lo que se nos narra en la novela Si Sabino viviría, de Iban Zaldua (San Sebastián 1966, profesor de Historia Económica en la Universidad del País Vasco).
    En clave de ciencia ficción la novela arremete contra el patrioterismo de cualquier índole con un tono de humor digno de agradecer en estos tiempos de cabreo y crispación que corren últimamente por estos (y otros) pagos.
No es una gran novela esta ciertamente, pero es una novela divertida, desenfadada, paródica, inteligente a veces, cuyo mérito acaso esté en plantear el humor como la única clave posible para enfrentarse a los salvapatrias, salvadores y mesías de cualquier clase y condición. La novela se lee bien, divierte, frecuentemente provoca la sonrisa y a veces, incluso, uno hasta se ríe abiertamente.
    Aunque de este autor prefiero el libro de cuentos La isla de los antropólogos y otros relatos (Lengua de Trapo, 2002), no dudaría en recomendar esta su primera novela a más de uno (seguro que en esto coincidiría con ustedes, o, al menos, con algunos de ustedes).
    Si les apetece entrar en materia, cosa que les recomiendo desinteresadamente, pueden leer los tres primeros capítulos de la primera parte, Nueva Euzkadi, en la página de la editorial. Cópienlos, péguenlos en un documento de Word, impriman y lean. Ya me dirán después.
    El diario El País informó de la novela en la edición del País Vasco. No me consta que en la edición del país España hiciera lo mismo. Desconozco, igualmente, si la novela ha tenido algún espacio, hueco, reseña, o atención en la prensa de alguna que otra autonomía, tanto las revisionistas estatutarias como las otras, en trance de revisión, amén de las ciudades de Ceuta y Melilla; aunque en estas supongo que últimamente andarán muy atentos a la crisis de los dibujos del Profeta y no estarán por estas veleidades galáctico-detectivescas.
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Iban Zaldua, Si Sabino viviría.
Edit. Lengua de Tapo. Madrid 2005.
186 páginas. 15.95 € (2654 de las antiguas pesetas)

 

No por ello

El lector a la sombra declara formalmente que no tiene miedo a la libertad,

que lo que de verdad le da miedo es la intolerancia,

el cerrilismo,

la incomprensión,

la censura,

los profetas y mesías que por el mundo andan sueltos, sean del signo que sean,

los conversos fanáticos,

los intransigentes,

los intolerantes,

los que hacen de la ira un modo de ¿vida?

Este humilde lector cree, o al menos cree saber, que el que se convierte en una bestia deja de vivir como un hombre,

que el que teme es un esclavo de su propio temor,

que la verdadera desgracia no es sufrir injusticias, sino cometerlas,

que la auténtica libertad es someterse a las leyes de la razón.

Este lector defiende la alegría, propia y ajena,

sabe que hay que cuidarse de los que dicen poseer la verdad en exclusiva,

porque la verdad nunca es pura y raramente sencilla,

porque todos nacemos sinceros y morimos mentirosos.

Este lector no pretende saber aquello que muchos ignorantes consideran seguro e indiscutible, Dios sabrá disculparle su agnosticismo.

Este lector está convencido del poder de la cultura

para hacernos más fuertes,

mejores,

tolerantes,

compasivos.

En fin, este lector que afirma que el odio es una venda que ciega,

que el odio es la cólera de los débiles,

por mucho que se esfuerce,

se siente,

hoy por hoy,

incapaz de comprender que esto

haya derivado en esto.

Pero no por ello

renuncia a intentar entender el mundo

y a los demás;

renuncia a contribuir con la educación de sus alumnos

a que sean personas fáciles de gobernar,

pero imposibles de esclavizar,

porque el conocimiento es la fuerza de los débiles,

y algo que los poderosos temen.

Sábado, 04 de Febrero de 2006 19:32 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 7 comentarios.


París, 18 de mayo de 1883

Les reproduzco a continuación parte de una carta que el pensador y activista musulmán Yamaleddin al-Afgani, refugiado por aquel entonces en la capital francesa, envió al director del Journal des débats y que fue publicada en dicho periódico el 18 de mayo de 1883. La carta es una refutación de tópicos sobre el Islam y la ciencia difundidos entonces por Europa, así como una muestra de que otro Islam es posible si se ejercita el iytihad, el verdadero esfuerzo de interpretación libre de los textos sagrados fundamentales del Islam.

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   [...] Ha hecho falta que la humanidad busque fuera de sí misma un refugio, un apacible lugar en que su conciencia atormentada pueda encontrar el reposo y ha sido entonces cuando ha surgido un educador cualquiera que no teniendo el poder necesario para obligar a seguir las inspiraciones de la razón, la abandona a lo desconocido, abriéndole los amplios horizontes en que la imaginación se complace y donde pude encontrar, si no la satisfacción completa de sus deseos, sí al menos un campo ilimitado para sus esperanzas. Y como en su origen la humanidad ignoraba las causas de los acontecimientos que acaecían frente a sus ojos y los secretos de las cosas, se vio obligada a seguir los consejos de sus preceptores y las órdenes que estos les daban. Esta obediencia le fue impuesta en nombre del Ser supremo, al que estos educadores atribuían todos los acontecimientos, sin permitir discutir sobre su utilidad o inconvenientes. Para el hombre es, sin duda, un yugo de lo más pesado y humillante, lo reconozco, pero no puede negarse que es gracias a esta educación religiosa, ya sea musulmana, cristiana o pagana, como todas las naciones han salido de la barbarie y han progresado hacia una civilización más avanzada.
   Si es verdad que la religión musulmana es un obstáculo para el desarrollo de las ciencias, ¿puede afirmarse que este obstáculo no desaparecerá algún día? ¿En qué se diferencia sobre este punto la religión musulmana respecto a las demás? Todas las religiones son intolerantes, cada una a su manera. La religión cristiana, quiero decir la sociedad que sigue sus inspiraciones y enseñanzas y que se ha formado a su imagen, ha salido del primer período al  que acabo de aludir. Y a partir de ahora, libre e independiente, parece avanzar rápidamente por la vía del progreso y de las ciencias, mientras que la musulmana no se ha liberado aún de la tutela de la religión. Pensando en todo que la religión cristiana ha precedido en varios siglos a la musulmana en el mundo, no puedo dejar de esperar que la sociedad mahometana llegue un día a quebrar sus lazos y a avanzar resueltamente por la vía de la civilización, a imagen de la sociedad occidental para la que la fe cristiana, a pesar de sus rigores e intolerancia, no ha supuesto ningún obstáculo invencible. Abogo aquí [...] ante el Sr. Renan no por la causa de la religión musulmana, sino por la de varios cientos de millones de hombres que estarían así condenados a vivir en la barbarie la ignorancia.
   En verdad, la religión musulmana ha intentado ahogar la ciencia y frenar sus propósitos. Ha conseguido así detener al movimiento intelectual o filosófico y desviar a los espíritus de la investigación sobre la verdad científica. Si no me equivoco, pareja tentativa llevó a cabo la religión cristiana y los venerados patriarcas de la Iglesia católica, que yo sepa, no han dado su brazo a torcer. Continúan luchando enérgicamente contra lo que llaman el espíritu del vértigo y del error. Conozco todas las dificultadas que los musulmanes tendrán que superar para alcanzar el mismo grado de civilización, estándoles prohibido el acceso a la verdad a la que conducen los procedimientos filosóficos y científicos. Un auténtico creyente debe, en efecto, desviarse de los estudios cuyo objeto es la verdad científica de la que toda verdad debe depender, según opinión aceptada al menos por algunos en Europa. Uncido como un buey al carro, al dogma del que es esclavo, debe andar eternamente por el mismo surco que ha sido trazado con anterioridad por los intérpre­tes de la ley. Convencido, además, de que la religión encierra en sí misma toda la moral y todas las ciencias, se aferra a ella resueltamente y no hace el menor esfuerzo para ir más allá. ¿Para qué agotarse en vanas tentativas? ¿De qué le serviría buscar la verdad si cree poseerla por entero? ¿Sería más feliz el día que hubiera per­dido su fe, el día en que hubiera dejado de creer que toda perfección está en la religión que practica y no en otra? Por eso desprecia la ciencia. Sé de eso, pero sé igualmente que este niño musulmán y árabe, del que el Sr. Renan nos pinta un vigoroso retrato y que a una edad más avanzada se convierte en un «fanático imbuido del estúpido orgullo de poseer lo que cree ser la verdad absoluta», pertenece a una raza que ha dejado huellas de su paso por el mundo. Y no sólo huellas de sangre y fuego, sino de obras brillantes y fecundas que dan tes­timonio de su gusto por la ciencia, por todas las ciencias, incluida la filosofía con la que, debo reconocerlo, su matrimonio no ha dura­do mucho tiempo.

   [...] Sin embargo, es legítimo preguntarse cómo la civilización árabe, tras haber repartido tan viva luz por el mundo, se apagó de golpe: cómo la llama no ha vuelto a encenderse después y por qué el mundo árabe permanece envuelto en profundas tinieblas.

   En este punto se manifiesta totalmente la responsabilidad de la religión musulmana. Está claro que allá donde se estableció, esta religión quiso ahogar a las ciencias, empeño en el que sir­vió extraordinariamente el despotismo. Al-Siuli narra que el califa Al-Hadi ejecutó en Bagdad a cinco mil filósofos para extirpar las ciencias has­ta la raíz en los países musulmanes. Aun admi­tiendo que este historiador haya exagerado el número de víctimas, de lo que no cabe duda es que esta persecución tuvo lugar y supone una mancha sangrienta para la historia de una reli­gión como para la historia de un pueblo. Podría encontrar en el pasado de la religión cristiana hechos análogos. Las religiones, se designen como se designen, se parecen todas. Ningún entendimiento ni reconciliación son posibles entre estas religiones y la filosofía. La religión impone al hombre su fe y creencia, mientras que la filosofía lo libera totalmente o en parte. ¿Cómo pretender entonces que se entiendan entre sí? Cuando la religión cristiana, bajo sus formas más modestas y atractivas, entró en Ate­nas y en Alejandría, que eran, como todo el mundo sabe, los dos principales centros de la ciencia y la filosofía, su primer empeño fue, des­pués de establecerse sólidamente en las dos ciudades, apartar tanto a la ciencia propiamente dicha como a la filosofía, buscando ahogarlas bajo el matorral de las discusiones teológicas, para explicar los inexplicables misterios de la Trinidad, de la Encarnación y la Transubstanciación. Y así ocurrirá siempre. Cada vez que sea la religión la que gane la partida, eliminará a la filosofía. Y sucede lo contrario cuando es la filo­sofía la que se convierte en soberana. En tanto exista la humanidad, no cesará la contienda entre el dogma y el libre examen, entre la religión y la filosofía, en una encarnizada lucha en la  que —me temo— el triunfo no será para el libre pensamiento, porque la razón desagrada a las masas y porque sus enseñanzas no son comprendidas más que por ciertas inteligencias de las  elites, a la vez que la ciencia, por hermosa que sea, no satisfará por entero a una humanidad sedienta de un ideal y a la que le gusta refugiarse en las oscuras y leja­nas regiones que los filósofos y los sabios no pue­den percibir ni explorar.

Miércoles, 08 de Febrero de 2006 23:44 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 2 comentarios.

Paula Fox, Personajes desesperados (o cuidado con el gato)

20060225191702-paula-fox.jpg  Los Bentwood llevan diez años de feliz matrimonio sin hijos ni preocupaciones. Viven en una sólida y confortable casa del siglo XIX con dos pisos y un pequeño jardín en Brooklyn, finales de los años sesenta, en Nueva York. La zona se está empezando a poner de moda y las casas se revalorizan, aunque todavía se pueden ver por el vecindario a marginados, y no es infrecuente que haya algún robo o asalto.
  Otto Betwood es abogado; él y su socio Charlie  Russel regentan  un bufete con una buena cartera de clientes. Sophie, su mujer, traductora de literatura francesa, no trabaja, y a sus cuarenta años empieza a sentir una cierta desilusión por lo que la vida le está deparando.
  Un viernes por la noche, antes de salir a visitar a unos amigos, Sophie da de comer a un gato callejero que ha aparecido en el jardín, e inopinadamente este la araña y le muerde en una mano. Esta dolorosa agresión se diría que es el detonante que hace aflorar en ella su malestar. Pese a todo, intenta en un primer momento que su marido no lo note; no obstante, empieza a sentirse preocupada por si el gato le pueda contagiar la rabia. Esta inquietud se irá convirtiendo paulatinamente en angustia por contraer la enfermedad, aunque también se dice a sí misma que el gato está sano y decide no acudir de momento a un hospital, pese a que su marido le insta a ello.
  Otto, por su parte, le comenta a su mujer que Charlie, su socio, se ha marchado, rompiendo así una relación laboral y supuestamente amistosa de casi veinte años. Otto también se siente confuso por este hecho y las repercusiones que la nueva situación derivada del mismo pueda tener en la marcha del bufete.
  Se diría que el convencional y acomodado matrimonio Bentwood siente a su manera que el mundo se mueve bajo sus pies, que ese mundo sólido que creían conocer y disfrutar no es tan sólido como suponían y esos pequeños indicios que van jalonando tercamente unas horas de unos días de su existencia se empeñan en hacérselo ver: Sophie cree que el gato le ha transmitido una grave enfermedad pero no acude al hospital y Otto no sabe por qué razones se ha marchado su socio y qué va a ocurrir con el despacho.
  Cuando por fin acuden al hospital, allí les dicen que deberán llevar el gato a la Protectora para verificar si tenía o no la rabia, y que ya les llamarán para comunicarles el resultado. Al día siguiente de la visita al hospital Otto decide ir a Flynders, un pueblo donde poseen una casa de campo. Hacen el viaje en su Mercedes, mientras Sophie le lee a su marido Memorias de África...
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    Este es básicamente el esquema narrativo de Personajes desesperados, novela de la escritora estadounidense Paula Fox (Nueva York, 1923), con la que indaga en la pequeña tragedia existencial del matrimonio Bentwood y en su incapacidad para entender la esencia de la vida en un mundo en el que la ausencia de valores, la inseguridad y la violencia son la línea de un nuevo horizonte. La novela es un fino análisis de un mundo que se desmorona y cuyos actores no acaban de entender, incapaces de leer los significados que subyacen bajo la apariencia de las cosas, los sentimientos y la impostura de una sociedad.
  A lo largo de 160 páginas acompañaremos a Sophie y a Otto en la intimidada de su vida, asistiremos a las contradicciones que les embargan, seremos testigos de los pequeños cataclismos domésticos que van modulando su existencia a lo largo de un fin de semana y nos sorprenderá, como a ellos, el final.
  La edición cuenta con un entusiasta prólogo del también novelista Jonathan Franzen, capaz de convencer al más reacio de leer el texto.
  Muy recomendable para estas tardes de invierno, cielo gris, metálico, frío en las aceras, árboles desnudos y atardeceres en parques sin sentido. Un artefacto narrativo impecable, de fina factura, un texto, en fin, en el que, le tomo prestadas las palabras a Franzen, “es difícil hallar una palabra superflua o arbitraria. Un rigor y una densidad temática de tal magnitud no ocurren por casualidad y, no obstante, es casi imposible que un escritor los logre mientras se relaja lo suficiente para permitir que los personajes cobren vida. Y, sin embargo, aquí está la novela, muy superior a cualquier otra obra de ficción realista norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial”.
  Por si queda alguna duda, como muestra del saber hacer de la autora les ofrezco a continuación la llegada de Sophie y su marido al servicio de urgencias del hospital.
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  Era como una estación de autobús, como un solar abandonado, como el pasillo de un viejo vagón de tren, de un andén de metro, de una comisaría. Combinaba la cualidad transitoria, el ambiente desaliñado de una terminal pública, con el terror que se respira en una parada intermedia de la ruta al desastre.
  Era un agujero infecto, olía a piel sintética y a desinfectante, aromas que parecían emanar de los asientos rajados que se distribuían a lo largo de tres paredes. Olía a las cenizas de tabaco que inundaban los dos ceniceros metálicos de pie. En borde cromado de uno, había una colilla de puro encendida que parecía un trozo de carne masticada. Olía a las cáscaras cacahuete y a los céreos envoltorios de caramelo que había esparcidos por el suelo, olía a periódicos viejos, un seco aroma a tinta, asfixiante y ligeramente parecido al de la orina, olía a sudor de axilas, entrepiernas, espaldas y caras, saliendo a raudales y secándose en aquel aire exánime, olía a ropa —productos de limpieza embebidos en el tejido que proliferaban sin piedad en aquel ambiente tibio y sudoroso, clavándose como púas en los orificios nasales—, todas las exudaciones de la carne mana, el aroma de la esencia animal, secretándose, secándose pero dejando un olor peculiar y perpetuo a desesperación en la sala, como si la química se transformara en espíritu, en una suerte de ascensión.
  Apoyada contra la cuarta pared había una mesa larga poco sólida que contenía unas cuantas revistas. Las páginas de una de ellas se levantaban bajo un chorro de calor expulsado por el respiradero de una caja metálica colgada del techo. La luz emitida por los focos del techo era agria y cegadora como el aliento de un enfermo.
  Reinaba en aquella sala una confusión implícita sobre la función de los sentidos. El olor se tornaba color, el color, olor. Los mudos miraban a los mudos con tanta atención que podrían haber estado escuchando con los ojos, y el oído se tornaba excepcionalmente agudo, pero sólo aguardaba las familiares sílabas de los apellidos. El sabor moría, abiertas las bocas por el negativo sopor de la espera.
  Había dos niños dormidos en los asientos. Su padre, con la cabeza echada hacia atrás, la boca floja, se quejaba regularmente. Su esposa estaba acurrucada junto a él; llevaba un pa­ñuelo atado a la cabeza y las piernas, cubiertas de vello negro, apenas le llegaban al suelo. Era pequeña, oscura y huesuda, y estaba tan inquieta que parecía la única persona de la sala que había encontrado refugio en ella —como si viniera de un lugar aún más desolador—. A su lado, había tres hombres sentados muy juntos que llevaban sombreros negros de ala estrecha. El del centro tenía el brazo sujeto por un tosco cabestrillo y no apartaba los ojos del reloj de la pared, mirando fijamente las interminables vueltas de la segundera. Frente a ellos había una anciana bien vestida con la pierna profusamente vendada. Ju­gaba distraídamente con el puño curvo de un bastón negro, y en una ocasión golpeó con él uno de los ceniceros de pie. El hombre que se quejaba levantó bruscamente la cabeza, se agarró la panza y la fulminó con la mirada. La anciana frunció su boca surcada de arrugas y, con mucha delicadeza, pero a propósito, volvió a golpear el cenicero.
—Vámonos —susurró Sophie en tono apremiante—. Iré a ver a Noel el martes. Ahora ya da igual. No hace falta que sigamos sentados aquí. —Otto la sujetó por el antebrazo y se lo estrujó violentamente,
  —¡Aguanta! —le exigió apretando los dientes—. ¡Aguanta! —repitió—. Todos los demás lo hacen.
  Al cabo de una hora, tal vez dos, la madre despertó a sus hijos cuando intentó acompañar a su esposo a la sala de curas. Él, soltándose la panza un instante, la empujó para que se que­dara sentada. El hijo mayor se echó a reír y le asestó un puñe­tazo en el cuello a su hermano. Éste se puso a llorar ruidosa­mente y la mujer se sujetó la mandíbula como si le doliera una muela. Luego volvió a levantarse. El hombre le habló rápidamente en español mientras la enfermera que había venido en su busca lo observaba con impaciencia. Sólo Sophie alzó la para mirar al niño que lloraba, al hombre que ahora comenzaba a gritar, la obstinada figura de la mujer. El resto de los heridos apartaron los ojos de la escena; su atención continuaba fija en la segundera del reloj, el bastón negro, las páginas de revista que levantaba el aire caliente del respiradero.
  Al fin, la mujer volvió a desplomarse en el banco. Su hijo apoyó la cabeza en su regazo, sonándose la nariz con su falda. Pronto, el hombre regresó, agitando un trozo de papel, una amedrantadora expresión de felicidad en el rostro. Llamaron a la mujer del bastón, que al fin cruzó la sala de espera renqueando de camino a la salida, con otra venda en la pierna. Los tres hombres permanecieron en silencio, inmutables, como los extras de una escena, contratados y luego olvidados.
  —¿Y si alguien se estuviera desangrando? —susurró Sophie. Otto no respondió. Se había quedado dormido, con mentón hundido en el cuello de la camisa.
  —¡Señora Bentwood! —dijo la enfermera desde la puerta. Otto se levantó de un salto. A lo mejor no estaba dormido, pensó Sophie, sino que había estado fingiéndolo porque no la soportaba, no soportaba otra palabra suya.
  —No hace falta que me acompañes —dijo ella.
  —¡Venga! —dijo el, y la tomó del brazo.
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Paula Fox, Personajes desesperados. Introducción de Jonathan Franzen. Edit. El Aleph. Barcelona 2005. 175 páginas. 17 €.

 


Sábado, 25 de Febrero de 2006 19:17 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 1 comentario.


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