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Leyendo a la sombra

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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.

Irène Némironsky, Suite francesa. La calle de los desconocidos a los que se acaba conociendo

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   El 20 de enero del año de 1942 se celebró en una villa a las afueras de Berlín la Conferencia de Wannsee, en la que se ultimó el plan para llevar a cabo la denominada “solución final al problema judío”, lo que suponía el traslado de los judíos europeos a campos de concentración del Este, primer paso hacia su eliminación total. Las actas de la reunión fueron descubiertas en marzo de 1947 por el equipo del fiscal de EEUU que recopilaba información para los juicios de Nuremberg (Mark Roseman, La villa, el lago, la reunión. Edit. RBA).

   En la ofensiva de verano de ese mismo año de 1942, los alemanes tienen como objetivo principal la conquista de los campos petrolíferos del Cáucaso y Estalingrado. Los ejércitos alemanes llegan hasta el Ebrus pero no consiguen alcanzar la frontera meridional rusa ni cortar la ayuda militar americana.

   La mañana del lunes 13 de julio de 1942, Victor Klemplerer va caminando por una calle de Dresde con Sara Kätchen a visitar una residencia de ancianos. No puede viajar en tranvía, medio de transporte prohibido a los judíos. En su diario anota lo siguiente: “Por el camino creímos durante unos minutos que un joven (¿Gestapo?) nos seguía; nos había adelantado y mirado de un modo sospechoso, se quedó parado delante de un escaparate; hasta que no torció por una bocacalle no nos quedamos tranquilos” (Víctor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1942-1945. Vol. II. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Su mujer, Eva, dada su condición de aria, ha podido realizar el trayecto hasta la residencia en transporte público.

   Ese mismo día del 13 de julio del año 1942 unos gendarmes franceses detienen a Irène Némironsky en su casa de Issy-l'Évêque. La familia Némironsky había abandonado París la víspera del día 1 de septiembre de 1939, día en que Alemania invade Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial. Iréne y Michel Epstein, su marido, habían decidido llevar a sus dos hijas, Denise y Élisabeth, al pequeño pueblo de Issy-l'Évêque, de donde es su niñera, Cécile Michaud, y dejarlas allí a cargo de la madre de esta. Iréne y Michel vuelven a París y visitan con frecuencia a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en 1940.

   Los Némironsky son censados como judíos por las autoridades francesas en 1941. Michel no puede seguir trabajando en la banca ni Iréne, que por aquellas fechas era ya una novelista de prestigio reconocida por la crítica e incluso traducida al alemán, puede seguir publicando. La ley sobre los ciudadanos extranjeros de raza judía promulgada en 1940 estipulaba que los judíos pueden ser arrestados en su domicilio o internados en campos de concentración.

   El matrimonio abandona París y se instala con sus dos hijas en un hotel en Issy-l'Évêque, donde también se alojan soldados y oficiales de la Wehrmacht. Después de vivir un año en el hotel, alquilan una casa en el pueblo. Iréne consigue que su editor le publique varias novelas cortas con pseudónimo, y durante 1941 y 1942 inicia su obra más ambiciosa, Suite francesa, que concibe en cinco partes, pero de las que solo logrará terminar dos.

   El 13 de julio de 1942 los gendarmes a las órdenes del gobierno de Vichy detienen a Iréne. El 16 es internada en el campo de concentración de Pithiviers. Al día siguiente es deportada en el tren número 6 a Auschwitz. Es asesinada el 17 de agosto de 1942.

   Michel Epstein es detenido en octubre de 1942. Fue deportado a Auschwitz el 6 de noviembre del mismo año y ejecutado nada más llegar.

   Cuando arrestaron a Michel, los gendarmes se dirigieron a la escuela a buscar a sus dos hijas, pero estas lograron escapar del acoso escondidas por su institutriz en conventos y refugios de provincias. En su peregrinaje las dos niñas nunca se separaron de la maleta de piel marrón de su madre, que guardaba su ropa, fotos, cartas y diversos cuadernos y papeles sueltos escritos con una apretada letra. Sus hijas siempre creyeron que esos papeles eran un diario de su madre, pero en realidad eran el manuscrito de Suite francesa, que la autora había escrito con una letra minúscula para economizar papel.

   Denise Epstein, que hoy cuenta 75 años, ha recordado que cuando terminó la guerra ella y su hermana acudían a diario a la Gare de L’Est para ver si sus padres regresaban entre los supervivientes de los campos. Tuvieron que pasar varios años para que conocieran las circunstancias reales de la muerte de sus padres.

   Los papeles de la maleta permanecieron en el fondo de un armario hasta 1980, año en que Denise los empezó a leer y se dio cuenta de que lo que ella creía un diario era en realidad una novela. Todavía hubo que esperar hasta 2004 para que se decidiera a dar el texto a la imprenta.

   Suite francesa es una novela organizada en dos partes (Tempestad en junio y Dolce). En la primera se describe en breves capítulos la evacuación de París por parte de diversos personajes, de una manera coral. Así, vemos las diversas reacciones de una familia  de la alta burguesía, de un célebre escritor y su amante, de unos empleados de un banco que tienen un hijo en la guerra, de un coleccionista de antigüedades, etc. Es la derrota y el caos, los momentos de incertidumbre en los que nadie sabe realmente lo que sucede. La segunda parte varía el enfoque. Ahora la acción se desarrolla en el pueblo de Bussy, próximo a Dijon, y se nos narra la ocupación y la convivencia entre alemanes y  franceses, en ocasiones forzados a confraternizar.

   Némironsky ha escrito una novela en la que afloran el sustrato moral y social que mueve a los individuos en una época convulsa. Eso fue lo que le tocó vivir y sobre lo que escribe, y lo hace al mismo tiempo que está pasando y sin pasión —casi notas del natural—, distanciadamente, de tal manera que el lector se erige en testigo de unos acontecimientos que han permanecido vivos en el interior de una maleta marrón, que afectaron a hombres y mujeres brutalmente zarandeados por el horror y la miseria de la guerra.

   En la página 44 de la edición española, uno de los personajes de la novela, el escritor Gabriel Corte, pronuncia estas palabras: “Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo”.

   Suite francesa es una de las calles más importantes de la narrativa europea de la segunda mitad del convulso siglo XX. Déjense llevar de la mano de la autora por ese fascinante mundo de esta novela. El paseo por ella merece realmente la pena.

   La edición española contiene dos interesantes apéndices al texto: las notas manuscritas de la autora y unas cartas (1936-1945), documentos que ayudan inestimablemente a la contextualización y comprensión del texto.

   Reseña de Francisco Solano en el suplemento Babelia del diario El País (5/11/2005).

   Una visión de la escritora por Octavi Martí, suplemento “Domingo” del diario El País (5/12/2004).

   Reseña de Rafael Narbona en El Cultural del diario El  Mundo (17/11/2005).

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Irène Némironsky, Suite francesa. Edit. Salamandra. Barcelona 2005. 473 páginas. 19 €.

Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor (y editorial)

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   Fue al crítico Miguel García-Posada a quien por primera vez le oí hablar en una conferencia de una novela titulada Paradoja del interventor, allá por el mes de abril o mayo del año 2004. La conferencia versaba sobre novela contemporánea y el crítico comentaba  la extraña suerte de algunos textos valiosos que pasan desapercibidos, inexistentes para los lectores, engullidos por la vorágine de un mercado editorial en el que priman casi exclusivamente criterios comerciales. Citó entonces a un autor completamente desconocido para mí: Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat. Cáceres, 1950) como ejemplo de lo que venía diciendo. Comentó que era un autor casi desconocido que había publicado una novela excelente en una editorial de Badajoz, que probablemente no traspasaría los estrechos límites de la provincia o de la autonomía.

   Apunté en un trozo de papel el título de la novela y el nombre del autor y lo guardé en la cartera. Unos días después, encargué la novela. Me llegó a finales de junio y la leí casi de un tirón.

   Ciertamente es una buena novela, muy kafkiana —incluso en algunos momentos me llegó a recordar a alguna de las novelas de Luis Mateo Díez—, en la que se relata la búsqueda de la identidad de un hombre que se apea de un tren nocturno en una perdida estación de provincias para tomar algo en la cantina y pierde el tren. Se queda en la estación y entabla una relación con el camarero de la cantina y con un extraño parroquiano que musita frases en latín. El hombre, forastero y perdido en un mundo extraño, es ayudado por unos y rechazado por otros y pronto es considerado lo que no es, el interventor de la estación. Ese mundo inconcreto, indefinido y misterioso, una metáfora del mundo actual, atrapa al lector hasta el final, en una peregrinación en busca del sentido que de alguna manera nos resulta familiarmente cercana.

   La novela ha sido recientemente editada (¿o reeditada?) por Tusquets y de ella ha dicho Rafael Conte en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, que es la mejor novela que ha leído en los últimos años.

   Hipérboles aparte, creo que merece la pena leer un texto original, sobre todo en estos días, con la que está cayendo: 37º grados a la sombra en Madrid....

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Gonzalo Hidalgo Bayal, Paradoja del interventor. Del Oeste Ediciones. Badajoz, 2004. 239 páginas. 12 €.

>> Edit. Tusquets. Barcelona, 2006. 232 páginas.

Miércoles, 26 de Julio de 2006 21:18 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 4 comentarios.


E. L. Doctorow, La gran marcha

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  La gran marcha, la nueva novela de E.L. Doctorow, es un inmenso mosaico de piezas que constituyen un rompecabezas de historias y personajes que se van entrelazando finamente entre sí hasta constituir una excelente narración de los momentos finales de la Guerra de Secesión americana. La novela es una pieza más (excelente, en este caso) de ese ejercicio de reconstrucción de la historia de los Estados Unidos que viene haciendo Doctorow, con títulos tan notables como El libro de Daniel (1971) o Ragtime (1975), y en ella se narra la gran marcha de más de sesenta mil hombres que condujo el general Sherman por Georgia y las dos Carolinas arrasando plantaciones, pueblos, ciudades, y liberando esclavos.

  Por la novela desfilan personajes reales y ficticios, en la tradición americana de fact and fiction que también pudimos ver en Libra de Don DeLillo, y al lado de Sherman o el presidente Lincoln encontramos a Pearl, la esclava manumitida, los soldados Arly y Will —una especie de criminales nihilistas y uno de los logros de la novela—, el periodista Hugh Pryce, el soldado Calvin y otros que recorren el texto se diría que con precisión militar sustentados por una depurada técnica narrativa (fíjese el lector atento especialmente en los diálogos sin entrecomillar ni guión fundidos en la narración, una auténtica exhibición de poderío estilístico).

  En el año 1864, después de incendiar Atlanta, el general unionista William T. Sherman inicia una terrible marcha hacia el mar por los estados de Georgia y las dos Carolinas con un ejército de 60.000 soldados a los que se van uniendo miles de negros liberados, como atraídos por una extraña fuerza que no hace sino aumentar esta marea humana. Es la Guerra de Secesión, una guerra implacable, como piensa Hugh Pryce, enviado especial del Times de Londres y corresponsal con el Ejército del Oeste.

  ¿Qué guerra se libraba de manera tan implacable y con tanto fervor e intensidad como una guerra civil? Ninguna contienda entre naciones podría igualarla. Los generales del Norte y del Sur se conocían: habían coincidido en West Point o luchado codo con codo en la guerra de México. Inglaterra tenía, desde luego, un largo y sangriento historial de guerras civiles, pero eran hechos antiguos que se estudiaban en los colegios privados. Lo que sucedía en América era algo que uno tenía que ver con sus propios ojos. Y por cruentas y brutales que fueran las contiendas de Lancaster y York, el combate era cuerpo a cuerpo: con hachas de guerra, picas, mazas. Estos hombres eran asesinos de la era industrial: tenían fusiles de repetición capaces de matar a cien metros, metralla capaz de diezmar una fila mientras avanzaba, cañones fijos y móviles, munición capaz de destruir ciudades enteras. Su guerra era tan impersonal y mortífera que, en comparación con cualquier hecho anterior, resultaba poco más que pintoresco.

  Sin embargo, todavía quedaba algo de la antigua cultura militar. El brutal romanticismo de la guerra aún era posible en el momento de hacerse con el botín. Cada población por la que pasaba el ejército era un trofeo. En tal pueblo había una gran provisión de vino, en tal otro un granero lleno a rebosar, aquí un rebaño de vacas, allá un arsenal, casa que saquear, esclavos que reclutar. Había algo innegablemente clásico en todo eso, ya que, ¿cómo, si no, se habían abastecido los ejércitos de Grecia y Roma? ¿Cómo, si no, los soldados de Alejandro habían creado un imperio? El ejército invasor, cuando acampaba, se establecía como propietario de la tierra, con todos los elementos de la domesticidad, incluidas las mujeres, ampliando la función puramente comercial de su orden social.

  Los hacendados sureños pronto intuyen lo que sucederá, tal es el caso de John Jameson, de Fieldstone, que engrilletó a una docena de sus mejores esclavos y los mandó a un negrero de Columbia —ninguno de mis negros llevará el uniforme federal, eso te lo aseguro— pese a la oposición de Mattie, su mujer. Pero ha llegado el momento de huir.

  Ya vienen, Mattie, ya marchan hacia aquí. Es un ejército de perros salvajes bajo el mando de ese apóstata, ese canalla repugnante, ese demonio que primero se beberá tu té y saludará con una reverencia y luego te lo arrebatará todo.

  Los ricos terratenientes recogen sus más valiosas pertenencias y abandonan sus plantaciones. Es entonces cuando los esclavos comprenden, al ver el miedo en los ojos de sus amos, que el tiempo de la liberación ha llegado y dirigen sus miradas al horizonte, esperando la llegada del ejército unionista.

  Y luego, en la periferia de ese ruido de tierra pisoteada, oyeron, por fin, el vocerío de hombres vivos. Y los mugidos del ganado. Y los chirridos de las ruedas. Peo no vieron nada. Involuntariamente bajaron hacia la carretera, pero siguieron sin ver nada. Aquel clamor sinfónico lo invadía todo, llenando el cielo igual que la nube de polvo rojo que pasaba como una flecha  por el sur y empañaba el cielo, era la gran procesión de los ejércitos de la Unión, pero sin más sustancia que un ejército de fantasmas.

  Pearl, la esclava negra de piel blanca, hijastra de Jameson, decide como muchos otros unirse al ejército. También se une a la gran marcha la dama sureña Emily Thomson, quien trabajará como enfermera ayudando al doctor Drede Sartorius. No sentirá el menor remordimiento por haber traicionado sus lealtades sureñas y será capaz de contemplar imperturbable todo el horror y la miseria de la guerra.

  Otros, como Josiah Culp, fotógrafo, comisionado por el Gobierno para fotografiar la guerra y sus intérpretes, sigue a los ejércitos con el propósito de fotografiar a ambos: Soy fotógrafo con licencia del Ejército de Estados Unidos, explicó Culp. ¿Y por qué cree que es así? Porque el Gobierno es consciente de que, por primera vez en la historia, la guerra quedará grabada para la posteridad. Hago un registro pictórico de este terrible conflicto, caballero. Por eso estoy aquí. Ésa es mi contribución. Retrato la gran marcha del general Sherman para las generaciones venideras.

  Josiah todavía no sabe que un soldado rebelde desertor le hará cavar su propia tumba, vestirá sus ropas y a punta de pistola obligará a su ayudante negro a seguirlo hasta el cuartel general de Sherman, donde intentará matar al general. Este personaje recuerda a  Mathew Brady, uno de los fotógrafos más importantes que recogió la guerra en sus daguerrotipos.

  Pero Sherman sobrevive al atentado y sigue encaminando la guerra hacia su final, con los soldados exhaustos: Esta gente está dando de sí un poco más de  lo que yo creía posible, dijo Sherman. [...] Los hombres estaban famélicos y extenuados, y tan consumidos por los meses de marcha y escaramuzas y batallas que ya no quedaba nada de ellos salvo tendón y músculo. Estaban tan coléricos como sólo pueden estarlo los hombres agotados. La ropa que llevaban puesta ni siquiera llegaba a la categoría de harapos, y tenían hinchados y ensangrentados los pies descalzos. No había tamborileros para marcar el paso. No marcaban el paso. Mírelos, dijo Sherman a Teak, montados ambos en sus caballos al pasar revista. ¿Alguna vez ha visto un ejército mejor que éste? Me han dado todo lo que he pedido y más. Cuando acaba esta maldita guerra, los haría marchar Por Pensylvania Avenue en este mismo estado lamentable, apara que la gente se dé cuanta de lo que significa luchar en una guerra, cómo despoja a un hombre de todo lo intrascendente y deja a un luchador aguerrido con entrañas de hierro y el robusto corazón de un héroe.

  El General Lee se rinde con todo su ejército ante el general Grant el 9 de abril en el palacio de justicia de Appotomatox, Virginia. La Guerra Civil había terminado, aunque la mente de algunos hombres todavía guarde rescoldos que tardarán tiempo en apagarse.

  Aunque esta marcha ha acabado, y airosamente, ahora, y que Dios me perdone, siento nostalgia: no por la sangre y la muerte, sino porque ha dado sentido al suelo mismo que pisó, por cómo ha otorgado trascendencia moral a los campos, ciénagas, ríos y caminos, en tanto que ahora, conforme se disuelve la marcha, también se disuelve su sentido, a la vez que el ejército se disgrega en las intenciones aisladas de la difusa vida privada, y por tanto el terreno queda vacío y también difuso, e inefable, convertido una vez más en objeto, y queda, en la victoria, despojado de su razón de ser, y, ya sea iluminado por el día o a oscuras, ya sea estéril o fértil, aya sea violento o sereno, también queda completamente insensible y sin un objetivo propio.

  Y por qué Grant está hoy tan solemne frente a nuestro gran logro si no es porque este planeta inhumano y sin sentido necesitará nuestra huella guerrera para concederle valor, y porque nuestra guerra civil, la fábrica devastadora de los huesos de nuestros hijos, no es más que una guerra posterior a otra guerra, una guerra anterior a otra guerra.

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E.L. Doctorow, La gran marcha. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. Roca Editorial. Barcelona 2006. 379 páginas. 18 €.



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