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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.



Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Una novela con instrucciones de uso

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  La Virgen de la Anunciación, de Antonello da Messina, se puede contemplar en el Palazzo Abatellis de Palermo. Bruno Gouvy quiso que Nadia Orlov, su mujer, y su hija Brooklyn conocieran el cuadro y con ocasión de un viaje  a Roma, antes de regresar a Londres, alquiló un coche y logró concertar a través de la embajada una visita privada al Palazzo.

  Bruno Gouvy es diplomático, hijo y nieto de diplomáticos, pero sin vocación. Nadia lo conoció en París, en el año 85, a donde había acudido becada a estudiar en el conservatorio, después de años de esfuerzo tocando el violín. Enseguida se enamoraron y se casaron después de unos meses. Con Bruno Nadia encontró una estabilidad que le había sido negada hasta entonces y pudo conseguir algo que siempre había creído imposible, quedarse embarazada. En sus variadas relaciones anteriores con otros hombres Nadia abortó varias veces, siempre en el cuarto mes; eso llegó a crearle una situación de culpabilidad extrema.

  Nadia nació y creció en Laryat, una ciudad de Siberia, una de esas ciudades de científicos que en una época no figuraban en los mapas. Cuando sus padres emigraron a Estados Unidos ya era una niña prodigio con el violín.

  Néstor Oliver-Chapman escucha atentamente este relato que le está refiriendo Brooklyn Gouvy entre las tumbas de un cementerio, en Cádiz, bajo un sol luminoso. Néstor es un periodista de origen español que ha logrado terminar una novela que su amigo Gal Ackerman dejó inacabada a su muerte. Un día ya lejano Gal conoció a Nadia y nada más verla supo que se enamoraría de esa mujer.

  Muchas veces pensó en ella cuando escribía su novela en el Oakland, un bar que descubrió por casualidad. El bar lo regenta Frank Otero, un tipo despreocupado y generoso al que le encantaba hablar con desconocidos...

  Podría seguir hablándoles de estas y otras historias, historias que se entrelazan formando un complejo y a veces confuso tejido, que a algunos lectores les puede resultar escurridizo, como le ocurría a Gal con su novela, que se le escapaba de entre las manos y no supo o no pudo terminar, delegando para ello en su amigo Néstor. Eso es lo que narra la novela Llámame Brooklyn, la trastienda de otra novela, Brooklyn; literatura desde la literatura, novela de una novela.

  En los tiempos que corren —que se lo digan a Auster—, escribir una novela que hable del proceso de creación de otra es una empresa arriesgada, máxime cuando el lector tiene la sensación de tener entre sus manos un cubo de Rubik narrativo, y que después de manipular sus variadas facetas intuye la existencia de una ley que ordena el artefacto pero que parece escapársele en la lectura. Sin embargo esa ley existe, y no se le hurta al lector, aquí no hay extraños guiños ni escamoteos. Lo que ocurre es más bien sencillo: toda buena novela tiene una historia indisociable de la manera de contarla y en esta novela hecha desde la novela el lector encontrará una buena historia y una buena manera de contarla.

  Muchos de los lectores actuales tal vez no estén acostumbrados a lidiar con la forma, pues los envoltorios predominantes han favorecido la especie de los lectores limitados, exigentes apenas con la historia, demasiado complacientes y a los que era fácil complacer, pero que rechazaban cualquier movimiento en lo formal que vaya más allá de una convención realista. En este sentido hago mías las palabras de Félix de Azúa: “Todo artefacto (y la novela es un artefacto) es artificioso, pero no tiene por qué ser complejo. Es complejo aquello que requiere uno conocimiento de códigos previos a su descifrado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio código de descifrado” (F. de Azúa, Lecturas compulsivas. Edit. Anagrama).

  Llámame Brooklyn se inserta en la fecunda tradición de fragmentarismo de la novela experimental del siglo XX, y a la vez entronca con nuestra tradición literaria de una manera audaz, con desparpajo; es una novela de personajes y ambientes, en la que las distintas voces van orquestando un coro de múltiples caras que se van armando en la lectura hasta resolver el cubo de Rubik narrativo. Las caras encajan a la perfección si seguimos las instrucciones de uso que el texto contiene.

  El lector disfrutará armando (leyendo) la novela, como cuando de niños rematábamos en las tardes de invierno aquellos interminables puzzles de cientos de piezas con la colocación de la última, la que nos permitía entonces disfrutar del todo, sin asombro, contemplando aquello que tenía algo de nosotros. Tal vez algo de eso debió de sentir Bruno Gouvy cuando contemplaba absorto la Nunziata de Antonello da Messina en el silencio de aquel museo vacío.

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Eduardo Lago, Llámame Brooklyn. Edit. Destino. 397 páginas. 19.50 €. Premio Nadal 2006.



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