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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.



Mujeres en el Lager (I)

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  A media que las tropas americanas iban liberando los campos de concentración algunos mandos instaban a los soldados que tenían cámaras fotográficas a dejar constancia del horror que iba apareciendo ante sus ojos, fotografiando aquello que tenían ante sí y cuya contemplación les llenó de horror desde los primeros momentos. De esta manera se obtuvo un importante material gráfico de primera mano de aquella locura que los curtidos soldados americanos grabaron para siempre en sus retinas y en sus carretes.

  A pesar de que las tropas tenían prohibida la confraternización con los civiles alemanes, pronto tuvieron lugar los primeros contactos entre soldados y paisanos. En las primeras conversaciones entre la tropa y paisanos de pueblos y ciudades próximos a los campos inevitablemente surgieron preguntas sobre esos terribles lugares de exterminio.

  Los soldados comentaron sorprendidos a sus mandos que muchos ciudadanos alemanes les insistían en su absoluto desconocimiento sobre esta cuestión, mostrando su escepticismo ante lo que los soldados les relataban. No sabían, no habían visto, no habían oído... Muchos soldados se mostraban indignados ante esa indiferencia, ese no saber, y algunos propusieron a sus mandos que se llevase a los campos a quienes decían no saber ni haber visto nada, para  que pudieran ver allí ver las fosas comunes, los crematorios, con sus propios ojos. Hubo mandos que accedieron a esta propuesta y bastantes ciudadanos alemanes fueron obligados a contemplar aquello que muchos decían desconocer.

  El propio general Dwight Eisenhower, relató en sus memorias su visita al campo de concentración de Buchenwald, el 13 de abril de 1945: “Visité cada rincón del campo porque sentí que, desde ese momento, era mi obligación estar en condiciones de dar un testimonio de primera mano sobre esas cosas, en caso de que en mi país aumentara la presunción de que “las historias de la brutalidad nazi eran sólo propaganda”. Algunos miembros del grupo de visitantes fueron incapaces de atravesar esa experiencia. Envié comunicaciones tanto a Washington como a Londres, exhortando a ambos gobiernos a que mandaran en el acto a Alemania a diferentes editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debía ser presentada inmediatamente a los públicos norteamericano y británico de una manera que no dejara ningún lugar a dudas cínicas”.

  La mujer que vemos en la fotografía pasa apresuradamente, con una mano tapándose la boca, ante decenas de cuerpos exhumados. Lo hace con los ojos apenas entreabiertos, como si quisiera seguir resistiéndose a no saber. Al fondo, una fila de soldados americanos contempla la escena. La fotografía fue hecha por Edward Belfer el 17 de mayo de 1945. Por aquella fecha muchos alemanes habían arrancado ya la doble S de su uniforme, o quemado algún documento comprometedor.

  Seguramente esa mujer no sabe nada de la pertenencia a las juventudes nazis de un tal Joseph Ratzinger, ni conoce a un  muchacho de diecisiete años que se sintió orgulloso la primera vez que se vistió con el uniforme de las Waffen SS. Es mejor no saber, apresurar el paso y hurtar la mirada.

  Pero hubo otras mujeres que no cerraron los ojos ante el horror y dieron testimonio de ello. Mujeres que un día decidieron escribir y traspasaron su mirada al papel. Esas miradas abrieron otras y por ellas también supimos del horror y la barbarie que vivieron las víctimas del sistema concentracionario del Tercer Reich.

  Aunque la mayor parte de los testimonios sobre los campos de concentración es de hombres —recordemos la imprescindible trilogía de Primo Levi, o las obras de Jean Améry, Jorge Semprún, Elie Wiesel, J. Amat-Piniella, entre tantos otros—, recientemente está apareciendo entre nosotros el testimonio de las mujeres, la barbarie no entendía de sexos, en obras que, en palabras de Primi Levi, “transmiten dolorosa sabiduría del mundo, lo que demuestra que la autora no padeció en vano” (prólogo a  El humo de Birkenau). Me referiré aquí al testimonio de tres de ellas: Liana Millu, Margarete Buber-Neumann y Helene Holzman.

  Liana Millu nació en Pisa en 1914 en el seno de una familia judía. Se dedicó a la enseñanza, pero fue apartada de la docencia por las leyes racistas del estado italiano en 1938. En 1943 se integra en la Resistencia, fue arrestada por la Gestapo al año siguiente y deportada a Auschwitz-Birkenau, de donde logró sobrevivir. Murió en febrero de 2005.

  Millu es autora del libro de relatos El humo de Birkenau, publicado en 1947, el mismo año en que Levi publica Si esto es un hombre. El libro lo constituye un conjunto de seis relatos escritos en primera persona, hay una clara identificación entre narradora y autora, protagonizados por mujeres, en la línea de la literatura testimonial propia de este tipo de textos, en los que se evocan distintas historias que la autora conoció en su cautiverio en Birkenau.

  Millu deja de lado la reflexión y análisis sobre lo que le tocó vivir en el campo y opta por un relato objetivo, a veces distanciado, para que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.

  En los cuentos se narran profundas experiencias protagonizadas por mujeres, con la tortura y la muerte como trasfondo. Así, en Lily Marlene, la primera de las historias, se nos refiere lo acontecido a  la joven húngara Lily, que se sonroja cuando le dicen las compañeras que tiene un hochane (enamorado) en el campo. Lily hace labores de costura para una brutal kapo, encargada de llevarlas a un campo, donde trabajan llenando de tierra grandes carretones. Mientras las presas trabajan, la kapo se encierra en una cabaña con su hochane, un preso de un grupo que trabaja cerca. Un día, el hombre sale de la cabaña y le dice a Lily besándola que sea su enamorada. La escena la contempla la kapo, quien golpea brutalmente a la muchacha. Cuando regresan al campo, a la entrada, la columna es detenida: es una selección. La narradora intenta ayudar a Lily, que, abandonada, no quiere luchar más. La kapo le indica al médico que la muchacha no puede trabajar. El médico la aparta de la fila y la secretaria apunta el número tatuado en el brazo.

  En La clandestina se nos refieren los sufrimientos de una prisionera embarazada de siete meses que intenta ocultar su abultado vientre en el convencimiento de que la guerra acabará y su hijo podrá conocer un nuevo mundo y no acabar siendo humo.

  Bruna, la protagonista de Alta tensión, que ve a diario a su hijo trabajar hasta la extenuación entre hombres, corre a abrazarse con él en un último acto de amor a través de la alambrada electrificada: Llegó a los cables y en el instante en que los bracitos se fundían con los de la madre, se produjo un chisporroteo de llamas de color violeta; sacudidos con violencia los cables emitían un zumbido y esparcieron en el aire un olor acre a quemado. [...] Antes de alejarme me di la vuelta: Bruna y Pinin seguían allí, estrechamente abrazados, la cabeza de la madre posada sobre la del hijo, como si quisiera proteger su sueño. La muerte, siempre inevitablemente la muerte. Muerte que no se siente si oyes la alarma aérea (El billete de cinco rublos), la ilusión de la liberación, que si no existe se inventa para poder vivir al menos un día más. Otras veces es un acto de amor, como en Scheiss Egal, protagonizado por una mujer que se alista en el comando de las prostitutas y poder así conseguir comida para su hermana enferma, que la rechaza desde su lecho de muerte, la antesala del horno crematorio.

  En el último de los relatos, Ardua decisión, Lise encuentra el amor en el campo a pesar de todo. O tal vez a causa de todo eso el amor sea un antídoto contra la muerte.

  Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, sostiene que el holocausto ha entrado a formar parte de nuestra cultura y se ha convertido, además, en un mito (con todo lo que ello supone) para la civilización occidental. Es, además, un problema moral. En Sombra larga y oscura señala: “Europa no es sólo un mercado común y una unión aduanera, sino espíritu y espiritualidad. Quien quiera participar en este espíritu, deberá pasar, entre otras cosas, por la prueba de fuego que supone enfrentarse de forma moral y existencial al holocausto”. El humo de Birkenau es una buena manera de hacerlo.

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Liana Millu, El humo de Birkenau. Edit. Acantilado. Barcelona 2005. 196 pág. 14 €. 

Miércoles, 06 de Septiembre de 2006 17:41 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.

Mujeres en el Lager (II)

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Había llegado el momento temible que considerábamos que podía llegar desde hacía ya muchos años y que habíamos discutido con los amigos un centenar de veces, sin creer seriamente que se aproximaba. Durante ocho años el nacionalsocialismo se había hinchado como un fantasma, cada vez más. En nuestros viajes a Alemania, veíamos cómo echaba a perder a la gente, la atontaba, la engañaba con un falso socialismo aparente; y cómo el loco antisemitismo segaba implacable la vida de miles de alemanes, tan buenos alemanes como todos los demás, sólo porque, según la nueva locura, no eran “arios”. (pag. 14)

 A ese fantasma sobrevivió Helene Holzman, una mujer de origen alemán descendiente de judíos, culta, liberal, pintora de renombre y profesora de dibujo, que vivía en la ciudad lituana de Kaunas. Estaba casada con Max Holzman, librero, alemán, también de origen judío. Ambos habían adquirido la nacionalidad lituana en 1936.

 Según la nomenclatura nazi Max era judío “pleno”, como hijo de dos padres judíos. Helene era “medio judía”, pues era hija de padre judío y madre no judía, pero fue considerada alemana por las autoridades del Reich y las lituanas; además, estaba bautizada como evangélica. El matrimonio se había trasladado junto con sus dos hijas, Marie y Margarete, a Kaunas, donde Max regentaba una librería. En el año 33 el antisemitismo prendió entre los alemanes afincados allí y Max, que hasta ese momento era considerado un alemán más, ahora deja de serlo, y es tenido por judío.

 Al atardecer del día 24 de junio de 1944, Kaunas fue tomada por el ejército alemán, pero antes de que llegaran los soldados alemanes, los partisanos habían recibido ya órdenes antisemitas y organizaron los primeros progromos. Muchos de los judíos que trataron de huir en esos días fueron detenidos por los partisanos. El día 25 son detenidos Max y Marie, la hija mayor. Marie es liberada, pero el librero es fusilado al día siguiente.

 Marie, una pacifista convencida, miembro del Komsomol, que incluso hablaba con los soldados alemanes con el propósito de convencerlos de lo inútil de la guerra, fue detenida el 4 de agosto. Su madre, como ya había hecho con ocasión de la detención de su marido, inicia un peregrinaje por despachos de policía, abogados, amigos y funcionarios que resulta inútil. Los amigos la aconsejan huir, salir de allí inmediatamente, que ella y su hija pequeña se pongan a salvo. Marie es asesinada en diciembre, en lo que se conoce como “la gran acción”, que supuso la muerte de 10.000 judíos de Kaunas. Mientras tanto, el ejército alemán penetraba hacia el interior de Rusia con paso victorioso.

 A partir de este momento a Helene solo le guía una idea fija: salvar a su hija, esa obsesión daría título a estos tres cuadernos publicados ahora y redactados en 1944 en una prosa concisa, distanciada de todo sentimentalismo, casi como un frío informe académico o un acta notarial:

 En el gueto reinaba una relativa calma. Ya no se producían grandes carnicerías. Comparada con las lamentables condiciones de vida, la situación sanitaria no era mala, la mortalidad, baja. Se veía que lo que había quedado era realmente una selección natural: hombres y mujeres duros, y cuanto más duras las condiciones, tanto más fanática era su voluntad de vivir, su fuerza para superar todos los peligros (pág. 189).

 Helene y Margarete abandonan su casa y se refugian en la humilde cabaña de dos mujeres rusas, a las que llaman las Natachas. En esa cabaña estas mujeres se organizan para ayudar a los judíos del gueto en todo lo que les era posible, incluso ayudándoles a escapar y esconderse, y todo ello corriendo un tremendo riesgo:

 Nosotros nos habíamos propuesto no recoger en casa a nadie más, porque durante las visitas diurnas a las brigadas podíamos sufrir fácilmente un registro. Pero las semanas con Mositchen, que habían transcurrido tan felizmente, nos dieron valor para seguir arriesgándonos (pág. 253).

 Cuando en agosto de 1944 los soviéticos ocupan Kaunas, el gueto ya no existía, los alemanes lo habían destruido y trasladado sus últimos moradores a campos de concentración en Polonia. Los pocos judíos que lograron sobrevivir a esta masacre lo hicieron gracias a la ayuda de ciudadanos como estas mujeres, y otros muchos como ella que desinteresadamente pusieron en peligro sus vidas para salvar las de otros en un acto de generosidad del que estas memorias dan fe.

 Helene Holzman da por finalizados sus cuadernos cuando los alemanes se han marchado: Ese día había terminado el espantoso sueño, la espantosa realidad que había destruido nuestras vidas, la vida de miles y cientos de miles de manera absurda y demente. Mirábamos confiados hacia la nueva era.

 Después de la retirada alemana de Lituania, Helene Holzman dio clases de alemán en la universidad de Kaunas. Después de abandonar la universidad dio clases de alemán en la escuela de música de esta ciudad. En 1965 las autoridades soviéticas le conceden a ella y a su hija permiso para viajar a la República Federal de Alemania. En 1967 vistan Israel. El 25 de agosto de 1968 muere en un accidente de automóvil en la ciudad alemana de Giessen.

 Había empezado a escribir el lunes 25 de septiembre de 1944, con cincuenta y tres años, a lápiz. Termina su relato el 1 de agosto de 1945. Estos cuadernos estuvieron en manos de su hija Margarete hasta que el escritor y traductor Reinhard Kaiser contactó con esta durante la investigación para otro libro y ambos se decidieron a publicarlos. La obra fue merecedora del premio Geschwister-Scholl porque “en su calidad de testimonio  individual impresionante y profundo bien merecía figurar junto a los diarios de Ana Frank y Victor Klemperer.

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Helene Holzman. Esta niña debe vivir. Tres cuadernos 1941-1944. Traducción de Carlos Fortea. Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores. Barcelona 2005. 396 páginas. 18.90 €.

Sábado, 30 de Septiembre de 2006 22:48 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra Hay 2 comentarios.


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