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Leyendo a la sombra

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2007.



Manuel Rivas, Los libros arden mal

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Tal vez una de las características más importantes de la novela del siglo XX (y trascendente, por su influencia tanto en la manera de escribir como en la de leer) es la participación en la obra del lector.

En la novela realista de la segunda mitad del XIX y prácticamente en la del primer tercio del XX, la primacía absoluta se concedía al autor y al texto, pero en la década de los sesenta del siglo pasado surge una corriente crítica que propone dirigir la atención sobre el lector, con lo que la perspectiva de comprensión del texto literario de carácter narrativo se desplaza de una estética de la producción a una estética de la recepción. Este cambio de perspectiva no fue una radical novedad, pues la relación de la literatura con el público lector (el receptor individual o colectivo en la teoría de la comunicación) ya había sido objeto de análisis desde perspectivas históricas y sociológicas. Pero ahora, la novedad está en el papel que esta nueva visión, denominada Estética de la Recepción, otorga a la influencia de los lectores en la creación y estructura de determinadas novelas.

La lectura es, pues, un acto de creación, en el que el lector coopera al (re)construir en una novela lo que aparece como un simple esquema que ha de ser completado y dotado de sentido por él. La lectura, entonces, deviene en un acto de creación de sentido, de tal manera que el significado de una obra es producto de la interrelación lector-texto. El lector construye en su imaginación el mundo de la novela, y esa visión va cambiando a medida que este avanza en la lectura y se van poniendo en juego estrategias de ordenación, descubrimiento y comprensión de la estructura del texto. El punto de vista del lector va evolucionando a medida que lee al descubrir nuevas perspectivas y “rellenar” los huecos que el texto contiene.

Esta intervención del lector en la novela no la realiza un lector considerado individualmente, sino que sería obra de una conciencia de la comunidad de lectores de una determinada época que da una determinada valoración y significado a una novela concreta. Esto supone que una novela no puede concebirse sin la participación activa de los lectores, y esa participación tiene un sentido histórico, pues las distintas generaciones de lectores van enriqueciendo el texto a medida que lo van recibiendo (incluso hay quien habla de la Literatura y la estética de la Recepción en la literatura infantil y juvenil).

El lector de novelas es, desde el siglo XX, un lector que considera la novela un artefacto complejo, en el que hay múltiples vacíos que ha de llenar de sentido. Se trata, pues, de un lector activo, participativo, como queda de manifiesto en la lectura de los textos más exigentes.

Tal es el caso de Los libros arden mal, la última novela del escritor gallego Manuel Rivas (A Coruña, 1957), en la que el lector que se acerque a ella puede comprobar cómo todo lo dicho anteriormente se pone de manifiesto.

La novela es la obra más ambiciosa hasta ahora del escritor gallego, y es uno de esos libros cuyo tamaño (610 páginas) puede arredrar a más de un lector. En efecto, la novela rebosa por los cuatro costados de literatura y el talento y buen hacer del autor se ponen constantemente de manifiesto cuando va armando ante el lector las piezas de un puzzle complejo que abarca desde los primeros años del siglo XX hasta finales del mismo siglo.

La novela es polifónica, y esas voces narrativas acaban constituyendo una sola voz que cuenta una vida en un territorio en el que se abren cicatrices que tardarán muchos años en cerrarse, si es que aún alguna no permanece abierta. Esas cicatrices tienen su origen en una primera herida: el hecho histórico de la quema de libros en la Dársena del Puerto y en la Plaza de María Pita de la ciudad de A Coruña el 19 de agosto de 1936, en los momentos iniciales de la Guerra Civil española. Ese acontecimiento, espléndidamente narrado, será una especie de eje vertebrador de la novela.

En esa quema de libros encontramos a varios de los personajes que luego volveremos a encontrar apareciendo y desapareciendo a alo largo de la historia, tanto los identificados con el golpe militar, los vencedores, especialmente falangistas, como a los republicanos, los vencidos. Los libros que se queman pertenecen a distintas bibliotecas libertarias de A Coruña, y a la de Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros de la República. Los libros de este, con su exlibris, tendrán una especial importancia en el desarrollo de la novela.

La quema de libros pone de manifiesto dos hechos contradictorios: por una parte la brutalidad fascista y la ignorancia del nuevo Régimen surgido del golpe de estado, y por otra una pasión desbordada por esos libros que comparten algunos franquistas y republicanos.

El grupo de los personajes vencedores está compuesto por tres jóvenes que con el andar del tiempo se convertirán en el juez Ricardo Samos, el comandante y censor Dez y el inspector de la brigada políticosocial Ren. La brutalidad de este y sus métodos acabarán asqueando a Samos, intelectual joseantoniano deslumbrado por la Alemania nazi. El censor Dez es el más exquisito de todos, incluso escribe versos y reivindica la cultura.

El grupo de personajes republicanos es más amplio, social, intelectual e ideológicamente. Hay figuras históricas, como Casares Quiroga y Ánxel Casas, alcalde de Santiago en 1936, y otros como Arturo da Silva, boxeador, Luis Terranova, cantante de tangos que fue brutalmente apaleado por la policía, el pintor Sada, la pintora Chelo Vidal y su hermano Leica, fotógrafo.

La novela se va tejiendo con las múltiples historias de estos y otros personajes, a veces entrelazadas entre sí, por ejemplo: el juez Samos es el marido de Chelo Vidal. El juez se codea con las más altas instancias del Régimen y su obsesión es obtener un destino más alto en Madrid, una especie de reconocimiento a su labor. Su mujer, que en una cena de aniversario en la ciudad para conmemorar el 18 de julio arrojará panfletos sobre las cabezas de los prebostes asistentes a la misma, acabará siendo víctima de la represión que encarna su marido.

Pero la novela es mucho más, es una crónica de la ciudad de A Coruña en el siglo XX, especialmente de la guerra civil, la posguerra y el posfranquismo, y por extensión de la España de aquellos años. También es excelente literatura, con la variedad de sus registros expresivos, y su prosa lírica y rigurosa que llega a convertirse incluso en protagonista de la novela.

Un texto ambicioso y exigente para el lector, que se va construyendo entre sus manos. ¿Hay algo más placentero que aquello que tú mismo has ayudado a construir?

Un auténtico deleite en todos los sentidos. Literatura a raudales. Placer asegurado. Disfrútenla y déjense fascinar según la van “cocinando”.

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Manuel Rivas. Los libros arden mal. Edit. Alfaguara. Madrid, 2006. 610 páginas. 22 €.

 

Carretera y manta (I)

—Sí, papá, ya sé que fumo demasiado. No hace falta que me lo estés recordando constantemente —rezonga suavemente la mujer, prolongando la afirmación y la negación—. Duérmete un poco, que el viaje es largo.

La mujer conduce con el cigarrillo en la boca. El humo azulado asciende suavemente pegado a una de sus mejillas y le hace guiñar un ojo. La carretera brilla de una manera extraña. Debe ser el sol que me da de espaldas —piensa —, ¡bonito día!

Está amaneciendo y el vehículo enfila la nacional 5 dejando atrás Madrid. Los carrilles de la autovía en dirección a la ciudad son un amasijo coloreado de coches. Los de salida presentan un tráfico fluido, piensa la mujer recordando la voz del locutor que acaba de oír en la radio. El sol empieza a calentar el interior del vehículo y el anciano siente que los párpados le pesan. Apenas duerme por la noche y hoy se ha levantado muy temprano; pese a ello, ha tomado la determinación de no dormirse y estar atento a la carretera. No es que no se fíe de su hija. No, no es eso —se dice—. Quiero ver todo bien.

Pero el viejo no sabe que el paisaje es muy distinto al que vio la última vez que volvió al pueblo, hace de ello ya más de cuarenta años. No obstante, los ratos que esté despierto mirará fijamente con sus pequeños ojos húmedos ambos lados de la carretera y no hará apenas comentarios.

—Entonces la carretera era más estrecha y pasaba por los pueblos: Móstoles, Navalcarnero, Santa Cruz del Retamar. En Talavera parábamos a comer. A veces hacíamos noche allí. Ya sabes, tu madre no soportaba los viajes. Parábamos en un hotel que había en la estación de autobuses, creo que por aquella época era el único que había. Antes de reemprender el viaje nos dábamos un paseo por un parque que hay junto a la plaza de toros.

»En esa plaza murió un torero muy famoso, Joselito el Gallo, que había dado la alternativa a otro torero también muy conocido, ya sabes, Ignacio Sánchez Mejías, que toreaba con él la tarde en que murió. Mi padre estuvo ese día en aquella corrida.

La mujer conduce concentrada en la carretera. Mantiene uno de sus ojos entrecerrado, aunque ahora no está fumando. Apenas presta atención a las palabras de su padre. Tal vez ya conozca la historia, o quizás no le interese.

—Le oí decir a mi padre muchas veces, cuando contaba lo que sucedió aquella tarde —prosigue el hombre—, que cuando la gente supo que Joselito había muerto en la enfermería de la plaza, una ola de consternación corrió por toda la ciudad. ¡Una ola de consternación! Sí, eso decía siempre.

»Cuando el público abandonó la plaza mi padre se dirigió a una taberna en la que se juntaban los aficionados a los toros. Allí todos lo tenían por un entendido y sabían que no se perdía ninguna corrida de la feria de mayo. Enseguida se hizo un corro alrededor de la mesa en la que él y un amigo con el que había visto la lidia comentaban lo que habían visto en la plaza. Los parroquianos callaban ante las palabras de los dos hombres. Entonces, el dueño de la taberna le dijo a mi padre: “Don Eduardo, píntelo usted”, y retiró los vasos de la  mesa, pasó una bayeta al mármol con esmero y le dio a mi padre un trozo de lápiz que llevaba en la oreja.

»Ya sabes que tu abuelo pintaba y dibujaba, y no lo hacía nada mal. Y Allí, delante de todos, dibujó en el mármol de la mesa el instante  de la cogida. Aquel dibujo permaneció en el mármol del velador durante muchos años, en un rincón de aquella taberna, debajo de un inmenso cartel que anunciaba aquella corrida, y que iba del suelo al techo. Lo recuerdo perfectamente.

»Alguna vez fui de chico con él a los toros. A la salida, siempre le pedía que me llevase a ver aquel dibujo, y allí que nos íbamos. Yo miraba el mármol atentamente mientras mi padre tomaba un chato de vino. Una de esas veces me habló de Ignacio Sánchez Mejías, que dejó los toros en 1927 para dedicarse a la literatura, ¡nada menos!, exclamaba mi padre. Luego, en voz baja, me decía que fue amigo de muchos poetas de la Generación del 27, especialmente de Lorca, que le compuso un extraordinario poema cuando un toro mató a Sánchez Mejías en Manzanares. Y bajando más la voz, casi susurrando me recitaba:

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde.

»Federico García Lorca, ¡un gran poeta!, aseguraba. Cuando crezcas ya te dejaré alguno de sus libros y de otros poetas, como Cernuda, Salinas, Alberti. En fin, ya los leerás, me decía mi padre, pero no le hables de esto a tu madre, y me daba un suave pescozón sonriendo.

»Yo no sabía entonces de qué me hablaba mi padre, pero intuía que era algo de lo que no se podía hablar, porque en una ocasión cuando le pregunté por los libros de aquellos poetas después de haber mirado concienzudamente en la biblioteca de su despacho sin llegar a ver ninguno, me insistía en que no dijera nada, que en su momento él me los dejaría.

—Pero papá, ¿aquellos libros realmente existieron alguna vez? —pregunta la mujer sin despegar la mirada de la banda negra de la carretera.

—Supongo, hija. Pero nunca los llegué a encontrar. Y mira que los busqué la misma tarde en que enterraron a mi padre. Nada más volver del cementerio me fui derecho a su despacho y estuve buscándolos hasta la hora de la cena. Tu abuela sabía bien lo que estaba haciendo, porque cuando me senté a cenar me miró fijamente y me dijo: ¡Los libros, los malditos libros! ¡Y no me preguntes!

—¿La abuela sabía lo de los libros?

—¡Cómo no lo iba a saber! Y si en alguna ocasión volvía a salir el tema, ya sabes lo que me decía, que por aquellos libros estuvo a punto de entrar la desgracia en la casa. Y nunca habló más de ellos. Llegué a pensar más de una vez que mi padre los había quemado, que no existían. En cierta ocasión, unos meses antes de su muerte le pregunté a tu abuela por los libros, si estaban escondidos o se los habían llevado aquellos legionarios que bajo el mando de un capitán de las tropas de Castejón registraron la casa. Tampoco obtuve respuesta. Ya ves. Lo que sea, murió con ella en el 64. Y fíjate si ya había pasado tiempo de la guerra, ¡como que Fraga estaba entonces con aquello de los 25 años de paz!

—¿Y nadie en el pueblo lo sabía? No sé, algún amigo del abuelo, o su hermano, alguien que lo conociera.

—No. Pregunté a varios, y nada. Mi tío Jesús tampoco sabía nada, pero me aseguró que había visto aquellos libros en una balda de la librería de mi padre.

El viejo calla y parece rumiar sus recuerdos al compás del suave sonido del motor. La sombra del coche es ahora más pequeña. El sol ya no le da a la mujer en los ojos reflejado en el espejo retrovisor. La carretera ha cambiado ligeramente de color. Ahora es más clara y los remiendos de los baches más evidentes. La mujer piensa que tal vez no haya sido una buena idea emprender este viaje e inconscientemente levanta por unos instantes el pie del acelerador. Se pone unas gafas de sol. Oscuras. La carretera vuelve a cambiar de color. Su padre parece dormir o tal vez dormitar. Piensa en los libros. Ha leído a esos poetas y muchos de sus textos los ha recitado incluso en sus clases. Recuerda la cara de indiferencia de muchos de los alumnos. Algunos de ellos le han llegado a decir que les gustaban los poemas que leía, cuando les propone que lean al autor, esbozan una medio sonrisa y dan la conversación por terminada.

El viejo reposa la cabeza sobre el cristal de la ventanilla, buscando tal vez el calor del sol de este día de primavera. Ahora parece dormir. Mueve levemente los labios. La mujer recuerda a Ignacio Sánchez Mejías, torero, novelista, poeta, actor de cine y presidente del Betis. Le quitó la novia a Joselito. No sabe si su padre conoce el poema que le dedicó Miguel Hernández. No recuerda el título.

 Un letrero deja una cifra y una frase en la retina de la mujer: Talavera de la Reina 22 Km.

Viernes, 31 de Agosto de 2007 23:41 El lector a la sombra #. Fotos veladas Hay 2 comentarios.


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