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Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.

Tu quoque

Allí, tumbado en el suelo, mientras se le entra la muerte entre sus manos y su perfil blanquecino apenas deja ver la mueca de sonrisa, lo que va dejando de ser su cuerpo dibuja como un quiebro en la acera de los pares de la Gran Vía. Los que le rodean, ejecutantes rituales de esa coreografía de tubos, inyecciones de adrenalina y cables, no saben que este es el último lance del Bolerito, torero fracasado, aficionado al latín desde sus años mozos en Sevilla y lector de Julio César. Él mismo se quitó la navaja, le dice el policía al médico, que suelta en la acera los guantes que ya no son blancos. Cuando el Bolerito se llevó las manos al costado se acordó de las clases de latín de don Luis, allí, en su Sevilla, y cuando supo que de esta no salía dijo, sonriendo apenas, ¡me has jodido, tío! El conductor de la ambulancia ha apagado los destellos naranjas y enciende un cigarrillo. La muerte vuelve a ser otra vez del color de la noche, pero esto ya no lo sabe el Bolerito.

Lunes, 10 de Diciembre de 2007 18:50 El lector a la sombra #. Vidas ejemplares Hay 1 comentario.

Así en la prosa como en el verso

    A la segunda cerveza me dijo que el amor no existía, lo sé porque estuve enamorada, susurró. No le di importancia, opiniones, nada como la experiencia, añadí. En efecto. Sé que rumiaba una respuesta pues le pidió otra cerveza al camarero, y aún había color en el vaso que sostenía su mano derecha. Con la izquierda se rizaba el pelo, hubiera jurado que seguía un ritmo con algún significado que se me escapaba entre sus dedos. A partir de las doce hubiera preferido callejear, no me gustan los bares que se acaban convirtiendo en lo que detesto. Esta vez me había equivocado. Tal vez uno con otra música y más ruido habría sido mejor, los silencios son menos espesos. ¿Sabes?, me gusta este sitio, me dijo aumentando la cadencia de los rizos. Intenté mirarla sin verla, pero me fue imposible. Temía que mis ojos en los suyos hicieran naufragar lo que había empezado naufragando. Sí, no está mal, mentí. ¡Mentiroso! Dejó de tocarse el pelo. Me faltaba aire y me sobraba sed. Los abrigos colgaban del perchero, testigos mudos ajenos a todo, como si el piano de Keith Jarret tocase solo para ellos. Cerré los ojos y sentí su aliento, cálido, pastoso y amargo, como el susurro de un animal. Los fosfenos y sus labios en los míos me decían que algo estaba empezando por el final. Otro de esos principios que fácilmente se olvidan en cualquier bar, cuando la cerveza anestesia los recuerdos. O casi.

Martes, 25 de Diciembre de 2007 21:47 El lector a la sombra #. Fotos veladas No hay comentarios. Comentar.


El buen lector

    El buen lector se hace, no nace, pues la lectura no es un don natural, sino un arte.

    El buen lector es el que empieza a serlo antes de empezar a leer, cuando oye ensimismado las historias que le cuentan su padre, o su madre, o sus abuelos.

    El buen lector leyó de niño, pues en casa le decían a veces con voz autoritaria “¡A tu habitación a leer!”, y el niño, obediente, se iba a su cuarto, abría un libro y leía. Aquel niño acabó descubriendo con el tiempo la auténtica dimensión de la lectura, y en la lectura su imaginación volaba libre, fuera de aquellas paredes, unas veces muy lejos, otras no tanto. Aquel niño no sabía entonces que se iniciaba así una relación que duraría toda una vida, y no podía imaginar que cada vez que abriese las páginas de una novela, iba a sentir cómo el libro lo acogía, cómo la lectura es un reto, una experimentación, un conocimiento, y el hombre o mujer que es ahora sigue sintiendo la misma curiosidad del niño que fue. Y lee, y cree que es casi imposible que un libro cambie la vida de alguien, pero está convencido de que los libros que ha leído le han permitido vivir otras vidas, han dado otra dimensión a la suya y ha conseguido ver el mundo y entender la vida de una manera que sólo la lectura concede. En alguna ocasión oyó decir a otro que leía para ser mejor. Hoy, otros se lo oyen decir a él. Y no es raro que afirme convencido, tomándole prestadas las palabras al señor don Quijote, que el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho.

    El buen lector debe tener memoria, imaginación, cierto sentido artístico y un diccionario al lado, como decía Vladimir Navokov.

    El buen lector no sabe por qué elige un libro, y a veces sospecha si no será que el libro lo elige a él.

    El buen lector ama la literatura, y no sólo lee novela, también lee poesía porque sabe, o al menos intuye, que el que entiende la poesía tal vez lo entienda todo. También lee ensayo o lo leerá, y también lee ciencia o la leerá, porque el buen lector pertenece a su mundo y sabe que la ciencia lo está cambiando a una velocidad nunca vista.

    El buen lector recomienda sus lecturas, porque le gusta que otros conozcan y disfruten lo que él conoció y disfrutó.

    El buen lector hace suyos, también, los derechos imprescriptibles del lector enunciados por Pennac: el derecho a no leer; a saltarse las páginas; a no terminar un libro; a releer; a leer lo que sea; el derecho al bovaryismo (enfermedad de transmisión textual); el derecho a leer donde sea; a hojear; a leer en voz alta; el derecho a callarse.

    El buen lector ama los cuentos.

    El buen lector sabe que puede ser mejor lector siempre.

    El buen lector a veces piensa que Borges tenía razón, y que lo que tomamos por realidad acaso sean ficciones que alguien sueña, ¡vaya usted a saber!

    El buen lector no se preocupa de colocar los libros al mismo nivel de aprecio y estimación de aquellas actividades con las que se divierten los adolescentes. Todo llegará, piensa, y si no, pues qué se le va a hacer.

    El buen lector no acaba de saber muy bien por qué lee, y mientras se le ocurre algo, sigue leyendo.

    El buen lector lee porque, aunque sabe que la lectura no le ofrece consuelo, sin embargo puede servir de espejo, y eso, piensa, ya es mucho. Ciertamente, se dice, es mucho encontrar en las páginas de los libros el reflejo de la experiencia de uno.

    El buen lector lee porque leer es comprender, y en un mundo tan complejo como este, la lectura es una inestimable ayuda.

    El buen lector no quiere ser reflejo de su sociedad y procura ser crítico, exigente, selectivo; quiere saber, tiene necesidad de saber, por eso no es un lector de anécdotas, sino de sentido.

    El buen lector sabe que en la ficción está la realidad, pues el artista miente en beneficio de la verdad, por eso hay que creerlo.

    El buen lector nunca se pregunta para qué sirve la literatura, para qué sirve la pintura, dar un paseo, oler la hierba o mirar las nubes.

    El buen lector sabe que la literatura no nos hace más felices, pero nos proporciona placer, aunque a veces sea un placer melancólico, masoquista, o puede que hasta perverso. ¡Qué le vamos a hacer —se dice—, si la gran literatura es triste, a veces desoladora, pero es que la tristeza forma parte del ser humano y todas las grandes historias son tristes!

    El buen lector sabe que su patria es su biblioteca.

    El buen lector quizás haya sido capaz de llegar hasta aquí, habrá hecho suyas alguna o algunas de las aseveraciones anteriores, y se dirá a sí mismo que podría seguir, cómplice, continuando lo hasta aquí expuesto.

Miércoles, 26 de Diciembre de 2007 20:50 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 11 comentarios.

Vuelve Eduardo Mendoza

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    Eduardo Mendoza, uno de mis novelistas actuales preferidos, está dando los últimos toques a su próxima novela, que se publicará a finales de marzo de 2008 con el título de El asombroso viaje de Pomponio Flato. En ella se narra el viaje de Pomponio por los confines del Imperio Romano en busca  de unas aguas de efectos portentosos. El azar del viaje lo lleva hasta Nazaret, justo en el momento en que va a ser ejecutado el carpintero del pueblo, convicto del brutal asesinato de un rico ciudadano. Pomponio es contratado para esclarecer el crimen por el más extraordinario de los clientes: el hijo del carpintero, un niño candoroso y singular, convencido de la inocencia de su padre, hombre en apariencia pacífico y taciturno, que oculta, sin embargo, un gran secreto.

   Parece que esta simbiosis de novela histórica, policíaca, y hagiografía, nos devuelve al Mendoza divertido de Mauricio o las elecciones primarias (Seix Barral, 2006) y La aventura del tocador de señoras (Seix Barral, 2001). Ya veremos, aunque personalmente prefiero al Mendoza de La ciudad de los prodigios, tampoco me disgusta pasar unos ratos divertidos, aunque existe el peligro de caer en el mero divertimento.

   La editorial, según el diario barcelonés La Vanguardia, “asegura que la novela ajusta "las cuentas" con "muchas novelas de consumo" y construye además "una nueva modalidad del género más característico" de Mendoza, el de la trama detectivesca "original e irónica"”.

Lunes, 31 de Diciembre de 2007 23:24 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 4 comentarios.


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