Facebook Twitter Google +1     Admin

Leyendo a la sombra

Nunca se lee en vano

Temas

Enlaces

Archivos

 

Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.

Volviendo a casa

Llegó al barrio una mañana de domingo, cargada con dos grandes bolsas en las que, como después supimos, arrastraba todo su equipaje. Tomaba el sol en un rincón apartado del parque. Un sol apenas tibio que compartía con abuelos y nietos a los que miraba indiferente con sus grandes ojos mientras a ratos escribía en un cuaderno escolar de tapas azules. Uno dijo que dormía en un cajero; otro comentó sorprendido que no pedía dinero, pero que le dio unos euros que aceptó agradecida mirándole a los ojos. A veces la veíamos hablar con doña Concha, la anciana del décimo, que raramente salía a la calle, excepto para proveerse de sus medicinas en la farmacia de la esquina. Cuando toma el sol, hierática en su rincón del parque, su figura adquiere una extraña dignidad. Los perros y los niños lo saben, se acercan a ella y parecen  mirarla con respeto; ella los mira y sonríe vagamente, apenas desvía su mirada del imposible horizonte de este barrio de Madrid. Esta mañana me he sentado en un banco del parque a leer el periódico. Un olor dulzón me ha hecho levantar la vista del diario y ahí estaba, a mi lado, dándose crema en los brazos, con sus dos grandes bolsas y su cuaderno de tapas azules. He reanudado la lectura, pero no podía sustraerme a su presencia y por un momento pensé que deberíamos ofrecer una estampa curiosa; una escribiendo en su cuaderno, las mangas de su jersey arremangadas ofreciendo al sol su piel dorada, yo leyendo y mirándola de reojo. Al cabo de una hora, he separado el suplemento cultural y mientras me levantaba para marcharme a casa le he ofrecido el periódico, yo ya lo he leído, me ha sonreído, gracias, ha cerrado el cuaderno y lo ha cogido. De nada. ¿Qué tal por el barrio? ¿Le gusta? Ha sonreído y afirmando con la cabeza me ha dicho sí, no está mal, hay gente muy amable, como en muchas partes. Claro, como en muchos sitios. Cuando me disponía a irme me ha vuelto a dar las gracias por el periódico. Está bien saber cómo está el mundo, ¿verdad?, aunque a veces dé miedo. He sonreído y le he dicho adiós con la mano. ¿Vive por aquí? Sí, ahí, al otro lado del parque, en ese edificio alto de color gris. Yo vivo por aquí, ha dicho extendiendo los brazos y la sonrisa. Pero estoy sólo de paso, ¿sabe?, hace un tiempo me fui de casa, tenía demasiadas preguntas en mi cabeza y pensé que era bueno buscarles respuestas, ¿verdad?, no conviene vivir con tanto interrogante, ¿no cree?; ahora ya sé que estoy volviendo y que mi hijo me estará esperando en casa, y eso está bien. Claro, feliz regreso. Y he cruzado el parque preguntándome por las preguntas de esa mujer. Desde el ventanal del salón la he visto leyendo el periódico, allá abajo. Va camino a casa, he pensado. Feliz regreso.

Sábado, 05 de Mayo de 2007 13:58 El lector a la sombra #. Vidas ejemplares No hay comentarios. Comentar.

Almudena Grandes, El corazón helado

20070510212936-almudena-grandes.jpg

Decía un buen amigo que le encantaban las aceitunas negras porque eran las mejores que había, de manera que cuando surgía la ocasión, no cabía controversia alguna: aceitunas negras. Y las comía sin pasión, como asumiendo que no cabía hacer otra cosa. Compadecía sinceramente a los que no sabían, o no querían o no podían apreciar la bondad de aquellas olivas. El problema es de los otros, decía, no de las aceitunas. Me he acordado de este amigo hoy, cuando he terminado de leer las más de novecientas páginas de la última novela de Almudena Grandes.

Empecé la  novela convencido de que iba a ser una buena novela, que iba a disfrutar de su lectura. Nada nuevo a estas alturas tratándose de otra obra de Almudena Grandes, me dije. Por otra parte, había leído la anterior novela, Los aires difíciles (Edit. Tusquets, 593 páginas), ciertamente magnífica, que apareció en febrero de 2002. Leí después los cinco relatos tirando a novelas cortas de Estaciones de paso (Edit. Tusquets, 287 páginas, septiembre de 2005), que me convencieron definitivamente de que esta escritora se maneja mejor en la larga distancia que en la corta y que comenté en su día. Y ahora, ya digo, acabo de terminar la última: El corazón helado.

Es una extensa novela, tal vez algunos pensarán que demasiado. A pesar de ello, empecé su lectura totalmente convencido de que entraba en un libro excelente, y según y conforme avanzaba por el texto me iba persuadiendo cada vez de más de estar en lo cierto, como el de las aceitunas, vaya.

Prejuicios de lector aparte —y reconozco que los tengo—, esta novela me ha parecido magnífica, desbordante de literatura. Por momentos, una auténtica desmesura. Un texto que va creciendo, creciendo, levantándose poco a poco hasta hacerse verdad.

La novela es una tremenda historia de amor, de esas que hay tantas por ahí y tan parecidas, grandes o pequeñas, grandiosas o sórdidas, que parece que no van a ir a ningún lado y al final terminan por ser verdad. Pero también es algo más, mucho más que eso. Es la voluntad de contar lo que sucedió en un pasado próximo, reciente, en la época turbulenta de los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil, y la larga posguerra, con sus exiliados, sus vencedores y sus perdedores, su hambre, su dolor y su miseria, y también su dignidad. Un pasado que se nos viene al momento presente en los hijos y nietos de aquellos que lo vivieron y protagonizaron de alguna manera.

Es la historia de un traidor, Julio Carrión, un hombre que se hace a sí mismo sin escrúpulo alguno, que no dudará en marchar a Rusia después de la guerra civil como soldado de la División Azul, escondiendo entre sus ropas un carné de las Juventudes Socialistas. Y un traicionado, Ignacio Fernández, republicano, soldado defensor de Madrid, exiliado. Y esta historia va hilvanándose con otras que van armando un tejido narrativo fluido, una novela de novelas, subyugante y maciza, sin fisuras, que es capaz de convulsionar al lector, que de ninguna manera queda indiferente, sino más bien todo lo contrario. Tocado, pero no hundido.

La obra se articula formalmente en tres partes: “El corazón” (113 páginas), “El hielo” (610 páginas), y “El corazón helado” (176 páginas), a las que hay que sumar una nota de la autora bajo el título “Al otro lado del hielo” (10 páginas). La estructura en tríptico, con ese gran bloque central flanqueado por los otros de menor extensión, consigue un eficaz despliegue de la materia narrada ya que cada una de esas tres partes se divide a su vez en capítulos en los que se van alternando y sucediendo las voces de dos narradoras con un grado diferente de implicación con lo narrado.

En los capítulos impares de cada parte aparece un narrador interno en primera persona que es la voz de un personaje, el hijo de Julio Carrión, Álvaro. Él es quien nos introduce en la novela y su focalización perceptual (vista, oído, olfato, tacto…), psicológica e ideológica van dosificándose con oficio a lo largo de todo el texto según va narrando el encuentro y enamoramiento entre él y Raquel, que les llevará a ambos a descubrir la fractura que supuso la guerra civil y cómo ese pasado todavía alcanza hasta el presente.

Por otra parte, en los capítulos pares un narrador omnisciente en tercera persona va contando fragmentariamente la historia familiar de la familia de Ignacio Fernández, el abuelo de Raquel.

La técnica básica es la realista, pero sabiamente combinada con procedimientos que vienen de la renovación de la novela en el siglo XX, como el estilo indirecto libre o el monólogo interior. Lo moderno y lo tradicional se funden sin estridencias en algunos momentos clave de la novela, como la desgarradora lectura que hace Álvaro de la carta de su abuela Teresa que su padre le ocultó en vida (páginas 302 a 307).

En fin, en estos tiempos en los que parece que no es lícito revisar una inamovible visión histórica, en los que se quiere perpetuar el olvido interesado —algunos voceros hablan de remover el pasado, cuando tal vez deberían decir hacer, por fin, justicia a tantos a los que se les negó durante tanto tiempo—, la lectura de esta novela se hace necesaria.

Permítaseme añadir un dato anecdótico. El texto que les propuse en el examen de la tercera evaluación a mis alumnos de 2º de Bachillerato para que analizaran sus características lingüísticas y literarias, es el siguiente fragmento de la novela, un pasaje en el que se narra la celebración de la muerte de Franco que hacen los exiliados en París (pág. 41-42).

.

  Raquel se acordaría siempre de aquel día, pero no por la milagro­sa transformación de su abuela, que parecía de repente una mujer muy joven, porque le brillaban los ojos, y los labios, ni por la forma en que su abuelo Ignacio miraba a su mujer, pozos salvajes, sombríos, también sus ojos salvo cuando la seguían como si estuviera a punto de enamorarse de ella, treinta y tres años después de que ella le enamorara por primera vez. Los dos se besaron en la boca durante mucho tiempo cuando terminaron de bailar en una plaza don­de otros españoles mucho más jóvenes y muy distintos, frutos amar­gos de la España de Franco, estudiantes y exiliados voluntarios de últi­ma hora mezclados con pseudoaventureros izquierdistas de buena familia y trabajadores a secas, habían improvisado una verbena con el acor­deón de un argentino que sabía tocar pasodobles.

  Eran españoles y bebían champán. Eran españoles y por eso baila­ban, y cantaban, y hacían ruido, e invitaban a beber, a bailar, a cantar, a cualquiera que se acercara a mirarlos, pero su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa, más trivial quizás que la que ilumina­ba las mejillas hundidas de quienes habían pagado un precio elevadí­simo por sonreír aquella noche, pero también más entera, más cercana a la felicidad auténtica. Los vieron por casualidad, cuando iban a recoger el coche para volver a casa, y se quedaron mirándoles por pura di­versión, sólo porque eran tan jóvenes y hablaban tan alto y se reían tan fuerte y hacían tanto ruido y estaban tan contentos.

  —¿Sois españoles? —preguntó a la tía Olga el que se fijó en ellos, y Olga bebió de la botella antes de contestar.

  —Sí.

  —¿Emigrantes? —insistió, y Olga volvió a beber, negó con la cabeza, hizo una pausa para tomar aire y señaló al abuelo.

  —Ese es mi padre —dijo—. Ignacio Fernández Muñoz, alias el Abo­gado, defensor de Madrid, capitán del Ejército Popular de la Repúbli­ca, combatiente antifascista en la segunda guerra mundial, condeco­rado dos veces por liberar Francia, rojo y español —y en su voz tembló una emoción, un orgullo que Raquel no pudo interpretar..

.

Cuando se pasa la última página de esta magnífica, intensa y terrible historia uno se encuentra con esta emotiva cita de don Antonio Machado: para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente no estoy tan seguro... Quizás la hemos ganado.

Pero mejor que oigan las palabras de la propia autora. Les propongo para ello varias opciones: una breve e informal entrevista (2.30 minutos), también pueden ver (se accede directamente a la descarga del archivo) esta entrevista con Almudena Grandes de casi una hora de duración en un programa cultural de una televisión chilena en la que habla de Atlas de geografía humana, y les recomiendo especialmente la grabación de esta entrevista que le hizo a la escritora el periodista Antonio San José para CNN+ con motivo de la publicación de El corazón helado.

Y después, lean esta excelente novela. Merece la pena, es aceitunas negras.

.

Almudena Grandes, El corazón helado. Edit. Tusquets. Barcelona 2007. 933 páginas. 25 €.

   


Esto se acaba...

Fin de curso para 2º de Bachilerato.

Notas.

Alegrías.

Decepciones.

Frustraciones.

Las pruebas de acceso a la universidad a la vuelta de la esquina.

¡Cómo pasa el tiempo!

Un poco de diversión podrá compensar los duros momentos.

<object width=

Domingo, 13 de Mayo de 2007 18:33 El lector a la sombra #. Miscelánea No hay comentarios. Comentar.

Una historia española, de esas que parecen imposibles y acaban siendo verdad

(Post dedicado a Aurelia, que también sintió emoción)

.

Ernesto Sempere tenía 18 años cuando fue condenado en un consejo de guerra a 20 años y un día. En el juicio, que tuvo lugar en 1940, sin garantías, sin legitimidad, se aportaron como pruebas unos dibujos que había hecho tres años antes, cuando contaba 15. Era un muchacho, denunciado por otros chicos, compañeros de su instituto, por una pelea. Quienes lo acusaron nunca comparecieron en aquel juicio-farsa, se limitaron a declarar en oficinas de Falange. Ernesto estuvo en la cárcel desde 1940 hasta 1948. Antes de morir, en el año 2005, buscó a quienes lo delataron para decirles que los perdonaba. Encontró el teléfono de uno de ellos y lo llamó. Habló con un hijo de este hombre, que ya había fallecido, y lo que sorprendentemente escuchó al otro lado del teléfono le disuadió de intentarlo con los demás.

Pero esta historia (diario El País, 13/05/2007) no acaba ahí, y parece condenada a no hacerlo nunca, a permanecer en la memoria de los hijos y nietos de este hombre, que siempre la llevó consigo.

Es una tremenda historia, una de muchas, una de tantas, de esas historias que con el tiempo terminan pareciéndose a otras. Historias que a veces afloran en el relato de hombres y mujeres que saben que ya les queda poco tiempo. Historias que morirán con ellos un poco, pero no del todo. La memoria es tozuda y alberga, ya digo, muchas de esas historias, tan parecidas las unas a las otras, tantas veces contadas sin pasión, acaso en voz baja, en un tono neutro, como para no hacer daño, como si la memoria fuera algo incómodo. ¿Para qué contarlo ahora? ¡Hace tanto tiempo que pasó! Se escucha decir. Pero qué triste es la desmemoria.

Esas historias grandes, a veces feas, tristes y sucias, nos evocan unos años que parecen no haber existido nunca, pero de los que aún quedan testigos. Son esas historias que acaban siendo verdad cuando parecían mentira. Esas historias que han permanecido agazapadas en esa zona helada del corazón, donde apenas llega la luz.

Una de esas historias es la que se cuenta en la última novela de Almudena Grandes. Una historia del pasado que se convierte en una historia del presente para unos personajes que no pueden vivir con ella y acaso tampoco sin ella. Una terrible historia que dos personajes cuyos caminos convergen, Álvaro cree que por azar, Raquel por calculada premeditación, usarán y administrarán para dos fines bien diferentes.

En manos de Raquel supone la venganza, el ajuste de cuentas con el pasado de su familia, una familia destrozada por la guerra civil y arruinada por un ventajista sin escrúpulos. Raquel es una mujer que se mueve en los negocios de inversión, en el mundo financiero de los potentados, y está dispuesta a usar sus conocimientos y su posición para hacerle pagar un precio al hombre que arruinó a su familia. Es algo que cree deberse a sí misma. Ha vivido toda su vida con ese estigma y ahora cree llegado el momento de reparar en parte el daño causado. Su venganza, aun teniendo una cara económica, es realmente moral, y entronca en cierta manera con la dignidad de sus abuelos.

Álvaro, el hijo de ese hombre sin escrúpulos, profesor universitario, científico, se encuentra con ese pasado impensadamente. Se le viene a la cara un día, revolviendo viejos papeles de su padre, como esas imágenes que uno quiere apartar de sí pero que a la vez nos atraen de forma poderosa. Álvaro no sabe, como Raquel, pero quiere saber, y es consciente de que saber tal vez le haga daño, pero aún así, indagará con denuedo en esa zona que le ha sido vedada durante toda su vida.

Raquel siempre supo, Álvaro empezará a saber y querrá saber. Es en ese plano del conocimiento donde estas dos vidas, zarandeadas por algo de lo que ellos no han sido responsables, convergerán en un imposible territorio que acabará haciéndose habitable; pero para ello cada uno deberá desprenderse de algo, algo que le pertenece al otro también. El pasado ya no es suyo, conocerlo no es poseerlo. Pero  a pesar de todo y de todos, se saben dueños del futuro, y para llegar a él tendrán que soltar lastre, no es otra la forma de emprender el vuelo.

Al final, el pasado no sólo explica el presente, también lo ensucia. Algunos prefieren seguir ocultando la suciedad bajo los muebles. Ahí sigue.

.

<object width=" title="" class="" />

Una noticia de ahora (aunque a muchos no se lo parezca)

Esta es una de esas noticias cuya lectura no deja indiferente e incluso puede llegar a ser inquietante para algunos. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha dicho en varias ocasiones en la pasada campaña electoral que profesores y alumnos no deben tutearse, sino tratarse de usted, y que se debe recuperar la costumbre de que los alumnos se pongan de pie cuando al aula entre un profesor.

Como era de suponer, ya han surgido opiniones a favor y en contra, y ya hay quien ve en la propuesta del presidente francés el inicio de un rearme moral del que estamos realmente necesitados; otros, por el contrario, opinan que supeditar todo a lo meramente formal no conduce a ningún sitio. Los sectores conservadores parecen ver con buenos ojos la propuesta del francés, mientras que sectores progresistas sostienen que más bien parece una vuelta al pasado, un anacronismo impropio de la época que vivimos.

Una vez más, se pone en evidencia lo fácil que es incurrir en los tópicos. Parece como si el respeto fuera patrimonio exclusivo de la derecha, y la autoridad del profesor debiera hacerse evidente, marcar las distancias, se dice, colocar a cada uno en su sitio. De paso, no faltará quien aproveche para cargar una vez más contra el sistema educativo. Por otra parte, qué fácil es identificar posiciones progresistas con actitudes disolutas. En fin, lo de siempre. Ya vendrán después los matices, supongo.

Al leer esta noticia, he rememorado mis tiempos de internado. Época de pantalón con rodillera, zapatos “gorila”, cartera de cuero —aún no existían las mochilas—, dormitorios con literas, estudio vigilado y miedo. El miedo presidía las relaciones entre alumnos y profesores. Y castigos, estúpidos, arbitrarios —a veces sádicos— castigos que sólo tenían como fin en muchos casos, demasiados casos, humillar a los alumnos, dejar claro que allí no existían relaciones de poder, sólo existía el poder. Unos lo tenían y otros se sometían a él. No era posible discutir nada, sólo había una opinión, la del jerárquicamente superior. Los alumnos no podían expresar su punto de vista, simplemente acataban lo que los adultos decían, se les educaba en el sometimiento

En más de una ocasión me tocó aguantar la reprimenda del director del internado o de alguno de los cuidadores. Sabíamos que después de las voces y los gestos grotescos vendría el castigo. Ni siquiera nos atrevíamos a mirar a la cara a quienes nos acusaban, pues hacerlo podría ser entendido como un atrevimiento, como una muestra de osadía, que no iba a quedar impune.

Esta noticia me ha traído a la memoria aquella época, casi olvidada, que pasé en aquel internado de la calle El Sol, cuyas puertas traspasábamos cuatro veces al día. El colegio, distante apenas cuatrocientos metros, estaba en un edificio vetusto, con fachada de piedra y portada neogótica, sobre la que colgaba un rótulo con el nombre del lugar: Colegio Electrón. Allí pasábamos la mañana, hasta el mediodía, momento en que volvíamos a comer al internado, para regresar después al colegio para las clases de la tarde. Una vez que terminaban estas, otra vez de vuelta al internado; merendar, estudio vigilado, un rato de ocio, la cena, otro rato de estudio y a los dormitorios. Si había algún partido se nos permitía verlo como algo excepcional en un televisor en blanco y negro encaramado a una estantería en el fondo del estudio. Las más de las veces, ya en los dormitorios, alguno que había visto recientemente una película nos la contaba en voz baja. Auténticos narradores que susurraban lo visto a un complaciente auditorio que se adormecía en los pasajes más aburridos de la narración.

Una tarde, cuando regresábamos al internado, un avión dibujaba con su estela blanca una figura en el cielo. Al día siguiente, el profesor de “Política” nos dijo orgulloso que el avión había dibujado en el cielo el número 25. Nadie dijo nada. El profesor, señalando con su dedo la calle nos dijo: “¡25! ¡25 años de paz! ¡Es que no os enteráis de nada!”. En efecto, nada más cierto, no nos enterábamos de nada.

Tuvieron que pasar unos años para que empezara a enterarme de algo. Todavía sigo haciéndolo.

Esta mañana cuando he entrado en clase, he saludado a mis alumnos y les he explicado la poesía española de los años cincuenta. Hemos leído algunos poemas de Celaya y de José Hierro. En esos momentos sólo me interesaba que entendieran los textos, que fueran capaces de aproximarse al sentimiento de aquellos autores que escribieron esos poemas en aquellas difíciles circunstancias, que juntos nos alzáramos al plano superior de la comprensión y disfrute de la poesía. Nada más (¡y nada menos!).

Martes, 29 de Mayo de 2007 21:55 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 4 comentarios.


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris