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Vida y destino, una novela ética

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Sólo se puede experimentar la alegría de la libertad cuando encontramos en los demás lo que hemos encontrado en nosotros mismos.

Vasili Grossman

   

Son escasas las ocasiones en que los lectores tienen la impagable oportunidad de acercarse a novelas de la dimensión y entidad de Vida y destino, de Vasili Grossman, con la que este escritor ruso ocupa por méritos propios un lugar destacado en la literatura mundial del siglo XX. Y en pocas podrán esos lectores encontrar una visión como la que en esta obra se da de las tragedias políticas, sociales, humanas y morales del azaroso siglo XX, en la que se combinan la épica del relato de guerra con la intensidad lírica y la humana emoción de los pensamientos más profundos con las acciones desinteresadas.

Vasili Grossman nació el 12 de diciembre de 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, que contaba por aquel entonces con una de las mayores poblaciones judías de Europa central, de la cual la familia Grossman formaba parte de su élite ilustrada. Los padres de Grossman se separaron y este pasó dos años en Suiza con su madre. En 1918 regresan a Berdichev. Ucrania fue devastada por la ocupación alemana dirigida por el mariscal Von Eichhorn y luego, al estallar la guerra civil, por los ejércitos blancos y rojos. Los blancos y los nacionalistas, y en algún caso los guardias rojos, descargaron su odio contra los judíos, de los que fueron asesinados alrededor de 150.000.

Grossman ingresó en 1923 en la Universidad de Moscú, donde estudió Química, y ya entonces se sentía fuertemente atraído por el ejército. En 1928, siendo aún universitario, se casa con Anna Pterovna Matsuk, con la que tuvo una hija a la que llamaron Ekaterina (Katia), como la madre de Grossman. El matrimonio duró poco y la niña se fue a vivir con la abuela a Berdichev.

En 1932 una terrible hambruna provocada por la campaña de Stalin contra los kulaki (campesinos acomodados) y la colectivización forzada de la agricultura mató a unos ocho millones de personas; por ello, no es de extrañar que diez años después muchos ucranianos vieran a los invasores alemanes como unos auténticos libertadores. Aunque Grossman no fue testigo directo de estos hechos, sí tuvo que conocer necesariamente sus efectos y resultados.

Muy pronto le interesó la literatura, a la que se dedicó a partir de 1937 a instancias de Gorki. La publicación de su primera novela coincide con su interrogatorio por el OGPU. Resulta sorprendente que un escritor tan veraz e ingenuo políticamente saliera indemne de las terribles purgas  de los años treinta.

En 1935 inicia una relación con Olga Mijailovna Guber, que había estado casada con un escritor ejecutado en 1937. Por este hecho, Olga es detenida y Grossman fue interrogado en la Lubianka. En aquella época de humillación moral fue requerido para que firmase un manifiesto de apoyo a los juicios farsa de viejos bolcheviques, obviamente, no tuvo alternativa. Ese período lo recreará después en varios pasajes de Vida y destino.

La Wehrmacht invade la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. Como la inmensa mayoría de los escritores, Grossman se presenta voluntario para el ejército, sólo tiene treinta y cinco años, pero es totalmente inútil para la guerra, que avanzaba imparable por el territorio soviético. Cuando el escritor percibió la rapidez del avance alemán no tuvo tiempo de ayudar a escapar a su madre, que fue asesinada por las SS. Esto lo recordará toda su vida y dejará una profunda huella en la novela en los personajes de Víctor Shtrum y su madre Anna Semióvnova. Uno de los muchos pasajes emotivos de la novela es la larga carta de despedida que Anna le escribe a su hijo (capítulo 18, primera parte) y que finaliza con estas conmovedoras palabras: “Vítenka… Ésta es la última línea de la última carta de tu madre. Vive, vive, vive siempre…”

En agosto de 1941 parte hacia el frente como corresponsal del periódico Estrella Roja, órgano oficial del Ejército Rojo del que se dice que censuraba Stalin personalmente. En el invierno de ese año cubrió los combates del sur de Ucrania y en agosto llega a Stalingrado. Fue el periodista que más tiempo pasó en la ciudad sitiada. La batalla de Stalingrado fue una de las experiencias más importantes en la vida de Grossman, hasta el punto de llegar a creer apasionadamente que el heroísmo del Ejército Rojo serviría para ganar la guerra y cambiar la sociedad soviética.

De Stalingrado pasó a Kalmukia y estuvo en la batalla de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia. Después, Grossman acompaña al ejército en su avance hacia el oste, siendo uno  de los primeros corresponsales que llegaron a los campos de concentración de Majdanek y Treblinka; algunas de sus crónicas fueron utilizadas en el proceso de Nuremberg. Vive el avance de las tropas hacia Berlín con el ejército del general Chuikov y registra en sus cuadernos los crímenes de los soldados soviéticos, especialmente la violación en masa de mujeres alemanas, la “verdad despiadada de la guerra”, como escribió en una ocasión (Anthony Beevor, Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945. Edit.  Crítica, Barcelona 2006, 479 páginas).

Después de la guerra, Grossman continuó publicando, y durante la década de 1950 trabajó en Vida y destino, que completó en 1960. Pensaba que, muerto Stalin, con Nikita Jruschov, el principal comisario de Stalingrado y acusador de aquel en el XX Congreso del PCUS en 1956, se podría contar la verdad, de modo que presentó el manuscrito de la novela a la revista Zanamia. El 14 de febrero de 1961, avisados por el aterrorizado editor, se presentan en casa del escritor tres altos funcionarios del KGB y confiscan todas las copias del manuscrito. Saquearon los apartamentos del novelista y de su mecanógrafa, llevándose hasta el papel carbón y las cintas de tela de la máquina de escribir.

Grossman había creído ingenuamente que la desestalinización iniciada por Jruschov cambiaría las cosas, pero pronto comprendió que Stalin no era la perversión del sistema, sino su expresión más genuina.

El manuscrito original terminó en poder de Mijail Suslov, importante ideólogo del partido comunista y jefe de la Sección Cultural del Comité Central, quien afirmó que esa novela no se podría publicar en doscientos años, un certero análisis de la importancia y perdurabilidad de la misma.

Los libros anteriores de Grossman fueron retirados de la circulación y el escritor, empobrecido y con escasos amigos, enfermó de cáncer de estómago. Murió, solo y olvidado, en el verano de 1964 convencido de que su novela nunca sería publicada. Pero había entregado una copia del manuscrito a su amigo el poeta Semión Lipkin; esa copia fue microfilmada por el físico y disidente Andrei Sajarov en 1980. El novelista Vladimir Voinovich pasó el microfilm a Suiza, y ese mismo año se publica la novela en francés. La obra tuvo que esperar hasta la glasnost de Gorbachov para ser editada en Rusia, en 1989. En España la publicó Seix Barral en 1985, traducida del francés, y pasó desapercibida. La edición actual, una excelente traducción del ruso de Marta Rebón, es de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Vida y destino es una reflexión sobre la libertad del hombre, que destruyeron los totalitarismos del siglo XX, el nazismo y el estalinismo; es un relato magistral de uno de los grandes horrores del siglo: la destrucción de la libertad individual en las oscuras redes de detenciones arbitrarias, juicios sumarísimos, interrogatorios, campos de la muerte y fusilamientos.

Los protagonistas de la novela viven la guerra como una intensa lucha por la libertad, de manera que la derrota del nazismo supondría la derrota del estalinismo. Grossman fue testigo privilegiado del cerco de Stalingrado, convertido en la novela en auténtica metáfora de la libertad. No obstante, mientras millones de soldados daban su vida por la victoria final, la novela también refleja las otras vidas, las de la retaguardia, las de las ciudades no ocupadas, que quedaban destrozadas por el aparato represivo que había puesto en marcha el totalitarismo soviético, una maquinaria implacable que tendría su máxima expresión en el gulag, en los campos helados del infierno blanco de Kolimá, de los que hablarán Alexander Solzhenitsyn  en Archipiélago Gulag y Varlam Shalámov en sus magníficos Relatos de Kolimá (vol. I, edit. Minúscula. Barcelona 2007, 350 páginas).

Uno de los ejes temáticos de la novela es la libertad, opuesta al totalitarismo que con sus herramientas implacables busca la destrucción del individuo. Para Grossman, la libertad es salvaguardar la integridad humana, y nada vale tanto como ella, como muy bien sabe el físico Shtrum, uno de los personajes clave de la obra, quien afirma en un pasaje de la misma: “Cada día, cada hora, año tras año, es necesario librar una lucha por el derecho a ser un hombre, ser bueno y puro. Y en esa lucha no debe haber lugar para el orgullo ni la soberbia. Y si en un momento terrible llega la hora desesperada, no se debe temer a la muerte, no se debe temer si se quiere seguir siendo un hombre”.

La idea de la libertad individual y el sometimiento hasta la esclavitud o la anulación ejercido por el estado totalitario estará presente en toda la novela.

Otro de los temas que recorren el libro es el de la bondad. En el capítulo 16 de la 2ª parte, una emocionante reflexión sobre la bondad sin sentido, y que está considerado el testamento filosófico de Grossman, podemos leer:

    El daño que esta bondad sin sentido a veces puede ocasionar a la sociedad, a la clase, a la raza, al Estado, palidece ante la luz que irradian los hombres que están dotados de ella.

    Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.

Momentos antes, se nos refiere cómo una vieja mujer da agua a un soldado alemán herido mientras sus compañeros fusilan a los hombres de la aldea, “Después explicó a la gente lo que había pasado, pero nadie la comprendió; ni ella misma sabía explicárselo”.

La acción de la novela transcurre desde los momentos más duros del asedio de Stalingrado, en el otoño de 1942, hasta la derrota del IV Ejército alemán de Von Paulus y, una vez roto el cerco a la ciudad, el posterior avance implacable de las tropas rusas hacia el oeste, que les llevará hasta Berlín. Grossman conoció de primera mano los pormenores de la batalla de Stalingrado, pues estuvo destinado en la ciudad como corresponsal del Estrella Roja, y allí pudo ver la capacidad de resistencia de los soldados rusos frente a la poderosa maquinaria bélica alemana. No obstante, la novela no se centra exclusivamente en este episodio bélico, si bien la batalla de Stalingrado funciona de hecho en el texto como eje vertebrador de la narración. La poderosa voz del narrador nos lleva no sólo a las trincheras, pasadizos y búnkeres o a una casa en la primera línea de fuego de la ciudad, sino también a una celda de la Lubianka, a la vivienda del físico Shtrum en Moscú, al puesto de mando de un destacamento de tanques en la estepa calmuca, a la cámara de gas de un campo de exterminio alemán, a los barracones de un campo del gulag, o a un Sonderkommando.

A este variado paisaje físico le corresponde un no menos variado paisaje humano, pues son más de 150 los personajes de la novela. Estos personajes van tejiendo a lo largo de la narración un complejo entramado de relaciones que da coherencia y unidad al relato, acierto compositivo que, no obstante, puede dificultar en cierta manera la lectura del texto, pero que es sin duda un reto para los buenos lectores (la edición de la novela que comentamos tiene un censo de personajes que, sin duda, en algún caso supondrá una inestimable ayuda). Así, el lector atento descubrirá pronto que gran parte de la acción tiene que ver con la familia Sháposhnikov, dispersa por la guerra.

Por ejemplo, el físico Víktor Pávlovich, Shtrum, está casado con Liudmila Nikoláyevna,  cuyo primer marido, Abarchuk, está internado en un campo de trabajo en Siberia. Yevguenia (Zhenia), hermana de Liudmila, amante del coronel Piotr Pávlovich Novíkov, héroe de Stalingrado, estuvo casada con Nikolái Grigórievich Krímov, comisario del Ejército Rojo durante la batalla de Stalingrado, detenido después y torturado en la prisión moscovita de la Lubianka. Zhenia no dudará en abandonar al militar y seguir a su exmarido al gulag para  ser fiel a su conciencia. Krímov —protagonista, víctima y verdugo de la Revolución—, es un abnegado revolucionario que a pesar de las torturas se niega a confesar crímenes que no ha cometido, sigue confiando en la bondad del hombre, y se enfrenta al juez en el interrogatorio diciéndole vehementemente que “todo esto no es más que una farsa” (cap. 43 de la 3ª parte).

Pávlovich Novíkov, el amante de Zenia, joven coronel al mando de un cuerpo de tanques que tendrá una intervención decisiva en la ruptura del cerco de Stalingrado, es uno de los personajes militares interesantes. Es un militar profesional que en los momentos iniciales de la acometida soviética para romper el cerco de la ciudad se atreve a retrasar el inicio de un ataque ocho minutos, contradiciendo la cadena de órdenes que proviene del mismo Stalin desde Moscú, para que la artillería soviética termine con sus objetivos, con ello consigue penetrar en las líneas alemanas sin perder un tanque ni un solo hombre. Guétmanov, el comisario político del cuerpo de tanques, lo felicita en voz baja, reconociendo su profesionalidad, pero por la noche lo denuncia a sus superiores, poniendo así en marcha un despiadado mecanismo que infinidad de veces acabó en la farsa de juicios sumarísimos y fusilamientos.

Shtrum, alter ego del autor, es uno de los personajes más interesantes y con uno de los papeles más destacados en el entramado narrativo de la novela. Al igual que Grossman, Shtrum también es un científico de origen judío, que en un primer momento es encumbrado por el régimen por sus avances en la física teórica del estudio del átomo y posteriormente es sospechoso de actividades contrarrevolucionarias. Como el autor, pierde a su madre asesinada por los nazis en tierras de Ucrania.

Grossman se sirve magistralmente de un narrador omnisciente para dar a conocer al lector los sentimientos y emociones de sus personajes. Así, se nos revela el complejo mundo interior de Víktor Shtrum, con sus pensamientos, sus deseos y sus miedos. El físico es un hombre íntegro, pero sabe lo fácil que es perder el favor del sistema por algo tan banal como un comentario vertido en una charla con los amigos o con los compañeros del laboratorio.  Shtrum representa en cierta manera al hombre que cree en los ideales de la Revolución, pero a la vez rechaza el autoritarismo brutal del Estado, representado frecuentemente en la novela en la represión de los años treinta que siguió a la colectivización.

Shtrum protagoniza pasajes inolvidables narrados con una maestría digna de admiración. Por ejemplo, se enfrenta a su superior en el laboratorio por defender a sus más inmediatos colaboradores y vemos sus tribulaciones cuando rellena un formulario en el que tiene que manifestar su condición de judío pequeñoburgués (cap. 54 de la 2ª parte). Paulatinamente comienza a percibir que algo va mal, y en la reunión del comité del Partido se habla de su enfrentamiento con la dirección. Empieza a ser considerado sospechoso, desleal. Shtrum, un físico teórico dedicado en cuerpo y alma al trabajo, contribuyendo con su esfuerzo intelectual a la victoria sobre el invasor nazi, no entiende qué está sucediendo. Algunos de sus compañeros del laboratorio, complacientes con el sistema o aterrorizados por este, le piden que escriba una carta arrepintiéndose:

—Pero ¿de qué debo arrepentirme? ¿De qué errores? —preguntó Shtrum.

—Qué más da, lo hace todo el mundo: escritores, científicos, dirigentes del Partido; incluso nuestro querido músico Shostakóvich reconoce sus errores, escribe cartas de arrepentimiento y, después, continúa trabajando como si nada.

—Pero ¿de qué debería arrepentirme? ¿Ante quién?

—Escriba a la dirección, escriba al Comité Central. No importa, a cualquier parte. Lo principal es que se arrepienta.

Esta situación cambia radicalmente cuando recibe en su casa una llamada de Stalin alabando su trabajo, el único momento de la novela en que interviene el dictador. Como consecuencia de esa llamada, se le asigna un coche oficial y todos en el laboratorio lo miran con otros ojos, ya no es un traidor desleal acusado de actividades contrarrevolucionarias. Aquellos que antes lo acusaban, ahora lo saludan, le desean todo lo mejor y le dedican elogiosos comentarios por su trabajo, es un verdadero ciudadano soviético ejemplar, y le piden que firme una carta de protesta por una información aparecida en el New York Times en la que se hablaba de científicos y escritores soviéticos fusilados. Firmar la carta le resulta repugnante, pues íntimamente sabe que lo que publica el periódico es cierto, pero no hacerlo sería terrible. El narrador nos adentra en las tribulaciones del físico:

Enseguida se imaginó una noche de insomnio, tormen­tosa. Titubeos, indecisiones, una repentina improvisación y el miedo ante esa misma determinación; de nuevo dudas, de nuevo una decisión. Era extenuante, peor que la mala­ria. Y estaba en sus manos prolongar o no esa tortura. No, no tenía fuerzas. Rápido, rápido, tenía que acabar cuanto antes.

Sacó su estilográfica.

Vio entonces que Shishakov se había quedado boquia­bierto, porque también él, el más rebelde, había cedido.

Shtrum no pudo trabajar en todo el día. Nadie le dis­traía, el teléfono no sonaba. Simplemente no podía traba­jar. No trabajaba porque el trabajo, aquel día, le parecía aburrido, vacío, inútil.

¿Quién había firmado la carta? ¿Chepizhin? ¿Ioffe? ¿Krilov? ¿Maridelshtam? Tenía ganas de esconderse detrás de alguien. Pero negarse hubiera sido imposible. Equivalía al suicidio. No, nada de eso. Podía haberse ne­gado. No, no, había hecho lo correcto. Nadie le había amenazado. Habría sido mejor si hubiera firmado movi­do por un miedo animal. Pero no había firmado por mie­do, sino por aquel sentimiento oscuro, nauseabundo, de sumisión.” (pág. 1062).

También resultan interesantes algunos personajes femeninos, como Anna Semiónovna, la madre de Víktor Shtrum, cuyo nombre proviene del personaje de un cuento de Chéjov titulado Un niño maligno, o Maria Ivánovna, esposa de Piotr Lavréntievich, científico compañero de Víktor en el laboratorio.

Uno de los momentos más duros y emotivos del relato lo protagoniza Sofia Ósipovna Levinton, médico militar y amiga de Yevguenia Nikoláyevna, hermana de Liudmila. Capturada por los alemanes, de camino a la muerte aferra con su mano la mano de David, un niño judío. Podía haber eludido la fila de los condenados dada su condición de médico, pero decide no hacerlo. El narrador nos introduce de manera estremecedora en el interior de la cámara de gas:

El rumor de pasos se calmó; a veces se oían palabras con­fusas, gemidos, lamentos. Hablar ya no servía para nada, moverse no tenía sentido: ésas son acciones que se proyec­tan hacia el futuro, y en la cámara de gas ya no hay futuro. Los movimientos que David hizo con la cabeza y el cuello no despertaron en Sofia Ósipovna el deseo de volverse y mi­rar qué estaba observando otro ser humano.

Sus ojos, que habían leído a Homero, el Izvestia, Las aventuras de Huckleberry Finn, a Mayne Reid, la Lógica de Hegel, que habían visto gente buena y mala, que habían visto gansos en los vastos prados de Kursk, estrellas en el observatorio de Púlkovo, el brillo del acero quirúrgico, La Gioconda en el Louvre, tomates y nabos en los puestos del mercado, las aguas azules del lago Issik-Kul, ahora ya no eran necesarios. Si alguien la hubiera cegado en ese instante, no habría notado la pérdida de la visión.

Respiraba, pero respirar se había convertido en un trabajo fatigoso, y ese acto tan sencillo la agotaba. Deseaba concentrarse en su último pensamiento a pesar del estruendo de campanas que resonaba en su cabeza. Pero no lograba concebir ningún pensamiento. Estaba de pie, muda, sin cerrar los ojos que ya no veían nada.

El movimiento del niño la colmó de piedad. Su senti­miento hacia el niño era tan sencillo que ya no hacían falta palabras ni miradas. El niño agonizante respiraba, pero el aire que inspiraba no le traía la vida, se la llevaba. Su cabe­za se volvía: continuaba queriendo ver. Miraba a los que se habían desplomado en el suelo, las bocas desdentadas abiertas, bocas con dientes blancos y de oro, los hilos de sangre que manaban de la nariz. Vio los ojos curiosos que observaban la cámara de gas a través del cristal; los ojos contemplativos de Roze se cruzaron por un momento con los de David. El todavía necesitaba su voz, le hubiera pre­guntado a tía Sonia qué eran esos ojos de lobo. Y necesitaba también el pensamiento. Sólo había dado unos pocos pasos en el mundo, había visto las huellas de los talones desnudos de los niños sobre la tierra caliente y polvorienta; en Moscú vivía su madre, la luna miraba desde arriba y desde abajo la miraban los ojos, en la cocina de gas hervía la tetera... Ese mundo, donde corría una gallina decapita­da, el mundo donde vivían las ranas que hacía bailar suje­tándolas por las patas delanteras y donde bebía la leche por la mañana; ese mundo continuaba interesándole.

Durante todo ese tiempo unos brazos fuertes y cálidos habían estrechado a David. El niño no entendía que en los ojos se le habían hundido las tinieblas, en el corazón, un desierto, y el cerebro se le empañó, invadido del sopor.

Sofia Osipovna Levinton sintió el cuerpo del niño de­rrumbarse en sus brazos. Luego volvió a separarse de él. En las minas, cuando el aire se intoxica, son siempre las pequeñas criaturas, los pájaros y los ratones, las que mue­ren primero, y el niño con su cuerpecito de pájaro se había ido antes que ella.

«Soy madre», pensó.

Ése fue su último pensamiento.

Pero en su corazón todavía había vida: se comprimía, su­fría, se compadecía de vosotros, tanto de los vivos como de los muertos. Sofia Ósipovna sintió náuseas. Presionó a Da­vid contra sí, ahora un muñeco, y murió, también muñeca.

Madre, bondad y libertad son palabras claves en esta excepcional novela en la que la vida y la muerte se nos muestran en todas sus dimensiones mediante diversos registros. Hay capítulos puramente narrativos, con fragmentos descriptivos, también los hay de carácter ensayístico, filosóficos, que podrían parecer en una primera instancia una digresión que lastra la novela, pero que se engarzan perfectamente en el entramado narrativo del texto y lo dotan de profundidad. Algunos pasajes son textos científicos, otros se acercan a la crónica periodística, y otros, como el trascrito más arriba, están impregnados de un hondo lirismo que contrasta fuertemente con las escenas bélicas.

Grossman utiliza el contraste, la oposición, como elemento compositivo de la novela. Tal vez los más importantes los encuentre el lector en los personajes del físico Shtrum y el comisario Krímov, pues en ellos se da la misma contradicción entre los ideales revolucionarios y el rechazo al poder omnímodo del estado; o en la contraposición entre la épica colectiva de los soldados que mueren en masa en Stalingrado y la individual de esas viejecitas que se compadecen de los alemanes que han matado a sus hijos o marido; o en el nacimiento del hijo de Vera en una barcaza en el río Volga y la muerte de David, el niño judío, en la cámara de gas. También encontramos esta contraposición en los lugares en los que discurre lo narrado, y así, vamos de los agobiantes pasadizos y búnkeres de Stalingrado en mitad del fragor de la batalla, a la inmensidad silenciosa de la estepa calmuca, auténtica metáfora de la libertad; o de la casa de los Shtrum, a las humildes viviendas de los campesinos.

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Vida y destino no es una novela de guerra, o, al menos, no sólo, si bien la batalla de Stalingrado puede considerarse el eje de la obra como dijimos anteriormente. La novela es una metáfora de la lucha del hombre por la libertad, en la que se da voz a las víctimas del estado totalitario, a aquellos que se niegan a la esclavitud, a esos criminales que nunca cometieron ningún crimen. Y ello supone una reivindicación de lo humano, de lo individual, una denuncia implacable de que en el siglo XX los totalitarismos fueron los que destruyeron la libertad del individuo. Podríamos afirmar que en la épica del sufrimiento del pueblo ruso que se enfrentó al fascismo encontramos la ética de la novela.

Vida y destino es una compleja y profunda reflexión sobre el hombre y su condición, obra de un escritor que no quiso morir como un homo sovieticus; un hombre que pasó de ser un escritor admirado y complaciente con el sistema a ser señalado y acusado de contrarrevolucionario. En sus últimos años no se resignó a aceptar servilmente los tiempos que corrían, y puso la libertad por encima de cualquier otro imperativo. Escribió esta novela como un hombre libre, pues sabía que esa era su obligación con su pueblo, una obra que salda una deuda personal con los veinte millones de muertos en la guerra contra el fascismo.

Su conversión se produjo en los años de la contienda, cuando en plena batalla de Stalingrado dice que sólo leía Guerra y Paz, pues era el único libro que le resultaba soportable.

En 1937 fue aceptado como miembro en la privilegiada Unión de Escritores Soviéticos. En los años 1938 y 1939 el órgano central de censura del PCUS retiró 7.806 obras «políticamente perjudiciales» de 1.860 escritores diferentes. Otros 4.512 títulos fueron reciclados al ser considerados «de ningún valor para el lector soviético». En total fueron destruidos 24.138.799 libros.

Grossman, que no aceptó ser uno de esos «ingenieros del alma» que preconizaba Stalin, murió en el olvido, pero nunca se olvidó de su madre, a la que dedicó la novela que hemos comentado, y de la que dijo en una carta encontrada en el momento de su fallecimiento: «Tú representas para mí lo humano por excelencia y tu terrible destino es el de la humanidad en tiempos inhumanos».

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Vasili Grossman, Vida y destino

Traducción de Marta Rebón

Edit. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores

Barcelona, 2007. 1111 páginas. 26 €

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La muerte venida del cielo

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Masuji Ibuse, Lluvia negra

Prólogo de Jorge Volpi

Traducción de Pedro Tena

Edit. Libros del Asteroide. Barcelona 2007. 388 páginas, 21.95 €

  

El 6 de agosto de 1945 estalla sobre Hiroshima una bomba de uranio. En la ciudad están Shigematsu Shizuma, su esposa  Shigeko, y su sobrina Yasuko, que junto a otros miles de habitantes se convierten en hibakushas (víctimas de la radiación). Yasuko, que estaba a más de 10 kilómetros del epicentro de la explosión, fue alcanzada por la contaminada lluvia negra que se precipitó sobre Hiroshima después de que el hongo cubriese la ciudad, y que fue la causante de una contaminación que causó graves heridas y en muchos casos la muerte.

Cuatro años después de la rendición de Japón, la sobrina recibe una propuesta de matrimonio, y Shigematsu, para contrarrestar los rumores de que la muchacha está enferma del mal de la radiación, envía a la intermediara casamentera un certificado de salud de su sobrina. Yasuko, preocupada, le muestra a su tío el cuaderno de su diario personal correspondiente a  1945, y este decide entonces que transcriba las entradas del mismo a partir del 5 de agosto para mandárselo a la intermediaria. En el diario, la sobrina relata el episodio de la lluvia y el tío, cuando lo lee, decide entregarle también a la casamentera su propio relato de esos mismos días.

La novela se estructura en veinte capítulos de desigual extensión, narrados por un narrador en tercera persona omnisciente y cuya voz se va alternando con la trascripción del diario de Shigematsu escrito en primera persona y que este titula “Un diario de la bomba atómica”, más otros diversos documentos. De esta manera, las tribulaciones que viven los personajes en el presente, una vez que han asimilado el nuevo orden de las cosas, se van alternando con el relato de lo sucedido en la ciudad entre los días 6 y 15 de agosto que Shigematsu cuenta en su diario. Esta polifonía es un verdadero acierto compositivo de la novela que pone de manifiesto el oficio del autor, en plena madurez como narrador cuando la escribió.

El relato de Shigematsu, personaje y a la vez narrador, da entrada al sufrimiento de anónimos ciudadanos que vivieron aquellos terribles días de agosto, y nos acerca, desprovisto de patetismo y grandilocuencia, a los devastadores efectos de la bomba sobre la ciudad de Hiroshima y sus habitantes. Es un relato que en ocasiones se aproxima al esquema del documental, distanciado, con pretensión objetivista, casi como un documento fotográfico, en el que el personaje-narrador refiere lo que ve como observador en un estilo sencillo, sin efectismos de ningún tipo, funcional, a veces casi descarnado, con una prosa cuidada y altamente eficaz.

Aunque el diario de Shigematsu parece en primera instancia de carácter expositivo, encierra verdaderamente una argumentación sobre los horrores de la guerra, una auténtica intrahistoria que se contrapone a la grandilocuencia de la historia oficial, escrita siempre por los vencedores, que induce al lector a adoptar una postura moral, un posicionamiento en el que no es ajeno lo relatado por  Shigematsu. En este caso, es esa voz de los vencidos la que lleva al lector a las terribles vivencias de esos miles de anónimos ciudadanos que padecieron las secuelas del primer bombardeo atómico. La Muerte desfila ante los ojos del lector, y baila su macabra danza con todos sin excepción: militares, jóvenes, viejos, niños, mujeres… es el fuego apocalíptico que se ha abatido sobre la ciudad y sus habitantes.

Para redundar en la eficacia del relato, además del diario de la sobrina y el tío, el autor, en un esquema próximo a la docuficción, introduce en la novela documentos como “La dieta en Hiroshima durante la guerra”, la carta del doctor Hosawaka, o fragmentos de las “Notas sobre el bombardeo de Hiroshima, por Hiroshi Iwatake, Reserva Sanitaria”, dando a la novela la forma de muñeca rusa: una historia que contiene a  su vez otras. Todo ello contribuye, como dijimos anteriormente, a la polifonía de este magnífico relato, una novela necesaria para conocer aquellos acontecimientos, que en la línea de textos como el Diario de Hiroshima de un médico japonés (6 de agosto – 30 de septiembre de 1945), de Michihiko Hachiaya, o Hiroshima, de John Hersey, introducen al lector en el epicentro histórico de aquel singular acontecimiento que cambió la concepción de la guerra, de la vida y de la muerte, acercándole al dolor y al sufrimiento de los vencidos, en un momento en que ya eran tales.

Esta novela es una buena muestra de la literatura entendida como conocimiento, y, si aceptamos que para interpretar en toda su dimensión el siglo XIX se hace necesario leer a Galdós, Clarín, Sthendal o Flaubert, igualmente es necesario leer Lluvia negra para comprender uno de los episodios más traumáticos del siglo XX.

Aún hoy, muchos se siguen preguntando si aquello fue realmente necesario. Libros como este no dan respuestas, simplemente nos obligan a hacernos más preguntas.

Martes, 26 de Febrero de 2008 21:31 El lector a la sombra #. Las lecturas del lector a la sombra No hay comentarios. Comentar.


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Viernes, 29 de Febrero de 2008 20:54 El lector a la sombra #. Miscelánea Hay 1 comentario.


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