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Leyendo a la sombra

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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2011.



David Vann, Sukkwan Island

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    No es muy dado este lector a conceder excesivo crédito a las primeras novelas, y no porque no sea condescendiente, que lo es sin duda, sino más bien por aquello de que primeras obras fueron siempre primeras obras y, como mucho y en la mayoría de los casos, el texto apunta maneras y poco más.

    Y bien mirado, hay que reconocer que en alguna ocasión se ha dado el caso de que la primera novela de un autor, aquella con la que se lanza a navegar por las procelosas aguas de los mares de la Literatura, ha salido realmente excepcional rayando la condición de obra maestra, lo cual ha debido de suponer más de un quebradero de cabeza para su autor, pues colocar de salida el listón tan alto en esa su primera obra abre el abismo del vértigo a la hora de ponerse con la segunda. En fin, recuerdo ahora Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero, una verdadera magnífica primera obra.

    En el caso que nos ocupa, sorprende la madurez de Sukkwan Island, del estadounidense de 43 años nacido en Alaska David Vann, obra con la que este autor ha ganado el Premio Médicis 2010 a la mejor novela extranjera editada en Francia y que aquí publica la editorial Alfabia. Confiesa el autor que escribir la novela le ocupó diez años y publicarla doce más. El libro apareció en Estados Unidos con el título de Leyendas del suicidio, título revelador cuando conocemos que el padre del novelista se suicidó cuando este tenía trece años. Sin embargo, la novela pasó sin pena ni gloria y ha tenido que venir a Europa, cambiar el título a sugerencia del editor y triunfar de manera incuestionable.

    Sukkwan Island es una obra breve, 210 páginas, pero intensa, y encierra un artefacto poco corriente: un dentista de mediana edad, James  Edwin Fenn, vende su casa y su consulta y adquiere un terreno con una cabaña de madera en una despoblada isla de Alaska. Convence a su hijo Roy, de trece años, y a su ex mujer y madre del chico, para que los dos se vayan a pasar un año a la isla. Roy vive en California con su madre y su hermana y acepta a regañadientes acompañar a su padre pues este plantea la estancia en la isla como una ruptura con el pasado, una forma de iniciar así una nueva vida en compañía del hijo, de reencontrarse en el marco de una naturaleza inhóspita.

    El hijo acepta porque ve que su padre no quiere afrontar solo la nueva situación y entiende que su afecto puede ayudarlo de alguna manera. Un hidroavión los traslada hasta la isla, y allí, en la inmensa soledad de aquellas tierras, deberán hacer todo con sus propias manos. Pero pronto las cosas se desviarán del rumbo inicialmente previsto, y enseguida veremos las dudas y torpezas del padre, que no sabe construir un almacén, guardar los alimentos o conseguir leña para el fuego.

    Los acontecimientos se van sucediendo y la acción se tensa cada vez más, y Roy quiere irse pero no quiere causar daño a su padre, quien poco a poco empieza a meterse en un callejón sin salida del que no logrará salir indemne. Así, lo que inicialmente planeó como una aventura con tintes adánicos, de regeneración, se está empezando a convertir en una trampa que lo va atrapando cada vez más. Ya nada tiene sentido, todo es un desastre y el lector sabe que algo va a estallar. Hasta que estalla.

    La novela se organiza en dos partes de semejante extensión. La primera de ellas finaliza de manera realmente sorprendente, dejando al lector descolocado y abriendo las expectativas para afrontar la lectura de la segunda. Si en la primera se relatan los acontecimientos vividos por el padre y el hijo en la isla, la segunda es el relato despiadado del derrumbamiento de un individuo que se ha instalado en una zona de sombra en la que cada vez se le hace más difícil vislumbrar la luz de la salida. La oscuridad del túnel en que se encuentra este hombre es un tormento para el que nunca estuvo preparado este ser desnortado y desdichado.

    James Edwin Fenn se siente hundido en el pozo, y ve cómo está arrastrando a su hijo al fondo, sin que este tenga la culpa de ello. Es un fracasado y no sabe reaccionar, nunca lo ha hecho, todo le ha salido mal en la vida porque sólo piensa y ha pensado siempre en sí mismo, ajeno por completo a las consecuencias derivadas de sus actos. El pobre dentista James  Edwin Fenn "no había entendido nada a tiempo".

    La lectura de esta breve novela, en la que según se avanza en ella se va asistiendo a la  construcción paulatina del derrumbamiento psicológico del personaje del padre, arrastra verdaderamente al lector. Este siente toda la hondura del ser interior del padre, conoce su fracaso en la vida y lo va acompañando en ese descenso a los infiernos que inicialmente emprendió como un viaje regenerador. Es ese sinsentido lo que al final dota de sentido al comportamiento del padre.

    Una novela cuya lectura exige del lector comprensión, no compasión. Un reto, sin duda, entre tanto texto inane.

 

Sukkwan Island. David Vann.

Traducción de Daniel Gascón. Ediciones Alfabia. Barcelona, 2010. 210 páginas. 18 euros.


Entrevista al autor en el programa Página 2


 

El autor presenta su libro

 



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